Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury.

 

LuisC y FreddyMercury  

Entrada cuarta (floris moralina):           

        Comienza a preocuparme que, por esta forma de contar las cosas que tengo, no consiga ser entendido, y al final nos entretengamos todos con lo menos sustancial. Según va la cosa, es alto el riesgo de que sus miradas, las de usted, se puedan quedar enredadas en los dedos que señalan y no se dirijan hacia las lunas señaladas. Por ejemplo, ese final de la tercera entrada, ha quedado un poco equívoco. Parece que sí, que está decentemente construido y muy oportuno para dar paso a una bajada de telón que anuncie el entreacto. Tiene algo de chisposo y esos ademanes de español caduco tan agradecidos por los públicos simpatizantes del sainete; con su pizca de sal, también; pero, lo que es a mí, lo que me evoca es la imagen de ese torero que, con el mentón apuntando hacía Molineteel tendido medio, y levitado por la ovación, se aleja con chulería del toro al que le acaba de aplicar una tanda de molinetes. Pero pasa que los molinetes son pases preciosistas en el que el maestro, con un giro de peonza, se enrolla la muleta al cuerpo como una falda y termina manchándola con la sangre del animal al pasarla por su flanco y son pases para la galería que carecen de la hondura de otras suertes de muleta. Y no. Es verdad que sí ha quedado reflejado que lo primordial que debe de interiorizar un concursante de Saber y Ganar para participar y tener posibilidades de sobrevivir unos cuantos programas, es una resolución sin fisuras que era evidente que yo no llevaba; pero, finalmente, no parece que haya quedado demasiado claro. Pues sí, daría igual lo de los tirantes fashion y los grandes puros; valdría lo mismo aparecer por Barcelona de cuero negro ceñido, muñequeras como collares de perro de presa canario y unas botas altas de tachuelas con las puntas hacia fuera o ir vestido como Pippi Calzaslargas, porque lo que importaría sería llevar la resolución “cardenalicida” grabada en las pupilas y que fuera esa resolución un reflejo del espíritu y de la intención. Eso es.

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        Ahora, mírenme. Estoy camuflado tras un quiosquillo metálico casi bebiéndome un purito y me creo un buen estratega por la treta ideada. Y se oyen ji, jis, en mi escondite. Pero algo no marcha bien y decididamente, no estoy disfrutando; me domina el deseo de terminarlo cuanto antes; lo sé porque me veo inquieto de pies y obsesivamente centrado en la punta incandescente del cigarro que reluce con un naranja tan refulgente que cuando lo acerco a la chapa del puestecillo, llega a reflejar una luna rojo pálido; y las caladas que aspiro son tan ansiosas, que la línea de quemado del purito se ha vuelto caótica y desigual, con forma de fractal… Pero… súbitamente, sin transición y sin causa que lo motive, algo ocurre… y sé lo que es: Es el asalto de una ola repentina de conciencia que me manifiesta la absurdez de mi postura y el propio daño que me está haciendo el disimulo; y enseguida, aparece la pena por esos ji, jis y automáticamente la reacción, el puñetazo en la mesa.

La verdad es que es un contratiempo el que todavía no pueda arrancar la furgoneta hacia el hotel y que mantengamos a nuestro chófer rebuscándome sin suerte, durante unos minutos más, entre los viajeros que salen deslumbrados de la estación. Pero es que, según están situados nuestros personajes, entre los que podemos incluirnos nosotros (usted observando lo que hacen y dicen y yo, ubicuo, en dos sitios a la vez), no parece que sea un mal momento para que aprovechemos la magnífica luz que nos está regalando el sol y que reverbera espléndida en la plaza de la estación y nos detengamos a mirarnos un poco. No sé, concédanmelo, por favor. Hagan ustedes como aquel señor del jurado que escribió INOCENTE en la primera ronda de votaciones de la obra Doce hombres sin piedad, persiguiendo, al menos, una hora de reflexión antes de mandar al joven acusado a la silla eléctrica. Observemos, entonces, nuestra mano izquierda, por ejemplo, así apoyada en la rodilla o encima de la mesa, quizás algo deshidratada o con las uñas demasiado largas o con el anillo de boda, incrustado por los olvidos que conllevan la costumbre, en el dedo anular; o miremos cómo y en dónde estamos sentados, la pierna doblada por debajo del culo, la silla incómoda, la cálida mantita… Les prometo que no es gratuito el que les haya pedido que nos quedemos inmóviles en este momento como en aquel juego de pelota infantil (en nuestro barrio madrileño le llamábamos “el balón prisionero”) al grito de ¡pies quietos!, porque estos momentos en los que detenemos conscientemente nuestro movimiento y lo intentamos también con nuestra vorágine de pensamientos ingobernables; son excelentes para conseguir ver el mundo de manera no habitual y, desde luego, los mejores para la toma de las decisiones más equilibradas. Yo, por ejemplo, doblemente estatua, aquella mañana tras un parapeto de hojalata y ahora ordenando a mis dedos bailar claqué sobre el teclado, y usted preguntándose que adónde quiere ir a parar este tío, pero, eso sí, condescendiendome, amable, en oírse o sentirse el latido de su corazón que es el que le da la vida y reconociendo que sí, que hay un ser vivo dentro de nosotros que vibra con programación matemática y que es él el que nos está sosteniendo y al que, tantas veces, ni saludamos. Bien, yo no sé si a ustedes les pasa, pero no les creería si me dijeran que no. Quiero pensar que todo hombre, desde los más huidizos hasta los más pagados de sí mismos, por el simple hecho de serlo, tienen abierta continuamente la posibilidad de tomar conciencia del papel que están representando en una circunstancia y en un instante concreto. Cuando esto ocurre, no es imposible que se acerque a intuir que el libreto de su vida no lo ha escrito exactamente él y que, por tanto, es posible que sus actos, sus deseos, sus ambiciones, estén teñidos por una alta dosis de búsqueda del reconocimiento ajeno (¿social?, ¿laboral?, ¿familiar?, ¿grupal?, ¿nacional-étnico?) y que los modos y formas con los que exterioriza sus emociones, puede que respondan a simple mimetismo, quién sabe de quién, del cine, de la publicidad o de lo “cualquierconceptomente” correcto. Y no divago, recuerden o busquen la historia de los doce monos como ejemplo del aprendizaje social adquirido. Y lo que es evidente es que ese hombre, todo hombre, tiene siempre abierta la posibilidad de redescubrir que él no es mono, ni debe comportarse como esos monos; y de autoimponerse la obligación de indagar y trabajar para ir raspando con la uña todo aquello de lo parece ser él y realiza, y que podría no pertenecerle en esencia. Desde luego, no es que vaya a llegar un día que, a ese hombre, le vaya a ocurrir lo que a Gregorio Samsa, o que una mañana al afeitarse o al hacerse las cejas, descubra en el espejo del baño que él es un marciano de incógnito o un colaboracionista, no; pero si ese ras-ras continúa, aunque sea muy trabajosamente, sí puede encontrarse, alguna vez, en un punto en el que no serían muchos, ni muy grandes, ni muy difíciles, los pasos que tendría que dar para llegar a dudar razonablemente de la bondad de los hilos de los que penden sus brazos, su cabeza, su cintura y a llegar a plantearse si él podría hacer algo más para poder situarse y vivir su tiempo con un poco más de autenticidad o, al menos, de honestidad. Bueno, así, en abstracto, esta frase es demasiado ostentosa; pero vale; vale porque me refiero a autenticidad y honestidad para las cosas cercanas, cotidianas, las sencillamente importantes. Por ejemplo, reconocer que vive temiendo lo que no debiera ser temido, que juzga a las personas y a las ideas algo artificiosamente, que muchas veces esconde lo que podría estar perfectamente brillando al sol, que valora mal aspectos de sí mismo que podría llevar sin vergüenza en la solapa o que baja la mirada, el volumen de voz o el tono mental, ante quién podría sostenerlo orgullosamente o que lo eleva sobre lo que merecería más reconocimiento.

       FlorisMoralina Vaya, me he puesto la mano en visera para que no me moleste el sol de la plaza y he mirado hacia arriba, hacia el principio de la parrafada, y me doy cuenta que me he metido en un jardín laberíntico de difícil escapatoria, un jardín sembrado de unas flores púrpura que huelen a moho: floris moralina, creo que se llaman. Lo de calificar al jardín de laberíntico es una idea posterior a haber escrito este párrafo. Y, creanme, lo he hecho, no por floritura, si no porque, siendo así, me va a resultar más fácil salir de él. Si se tratara de un jardín convencional, tendría que desandar el camino recorrido o tomar una senda natural que me llevara hasta una salida, y me tocaría continuar con un blablablá que ya resultaría tan excesivo que hasta mi propio chófer podría, aburrido, marcharse sin mí. Pero al convertir el jardín en un laberinto y siendo como es, que yo no soy un individuo capaz de salir de él por mí mismo -como ya habrán podido colegir usted fácilmente por lo leído-, debo buscarme un rescate de fantasía. (No me juzguen mal, es lícito; todos los contadores de historias con final feliz escaparon de sus laberintos de un modo u otro, aquellos que no lo lograron y mondan sus huesos por la hojarasca, no pudieron concluir sus historias y se malograron; pero esta crónica, que va a ser ejemplo venidero para los futuros concursantes de Saber y Ganar, sí merece ser rematada). Para salir, entonces, voy a montar en el aire un jardín-laberinto semejante al que tenemos pero de naturaleza virtual; de tal manera, que ninguno de nosotros podamos saber en cual de los dos me encuentro, para, finalmente, percatarnos de que no estoy en ninguno. Comencemos, entonces, a construir ese jardín paralelo: «Quiero pensar que todo hombre, desde los más huidizos hasta los más pagados de sí mismos, por el simple hecho de serlo, tienen abierta continuamente la posibilidad de tomar conciencia del papel que están representando en una circunstancia y en un instante concreto; y con ello, ir alcanzando algunos de los estados de conciencia que antes hemos ido mencionando». Pero esto conlleva algo más, implica también que, como cualquier cuerpo gaseoso, todo hombre posee un punto de saturación que una vez superado, el encantamiento que parecía real e insoluble, puede cambiar su estado físico… y precipitar; y esa realidad sin alternativa que le ceñía con su nudo grueso el cerebro, o el cuello o el corazón o el estómago, puede caérsele mansamente a los tobillos y entonces, ese hombre, no tiene más que levantar primero un pie y luego el otro y quitárselo como si fueran los calzoncillos; es entonces cuando podemos advertir cómo abre los brazos y da un empellón al aire echando el pecho hacia adelante mientras dice liberado: Sí, ¿y qué huevos pasa?

        Creo recordar que también a Pinocho le paso algo así. Aunque esa historia tenga un fondo con una moraleja opinable y que, honestamente, piense que es una faena que le ocurriera cuando el muñeco estaba tan divinamente en la isla de Strómboli; es verdad que en un momento determinado precipitó algo de su interior que le hizo ser consciente de sus grandes orejas de burro; pues ese mismo algo me hizo a mi darme cuenta de la mías, que, claro, no eran de burro, sino de conejo; unas grandes y algodonosas orejas blancas escondidas tras una chapa de hojalata. Pero me ocurrió, y fue entonces cuando apagué con rabia mi purito a medio quemar aplastándolo contra la chapa de mi escondite y me lancé a pecho descubierto hacía la furgoneta con una sonrisa y con una mano tendida para el hombre de Saber y Ganar que me esperaba; y ya lo hice con un ánimo tan resuelto que, tras los saludos y las presentaciones, pude soportar sin pestañear cómo mi conductor me arrebataba de la mano el pesado maletón morado y permitir, estoicamente, que fuese él el que lo cargara trabajosamente en la parte de atrás de la furgoneta.

        Y entonces, ya sí, nuestro coche arrancó por fin y comenzó a trazar ángulos rectos por una Barcelona equívoca.

 

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