Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury.

 

LuisC y FreddyMercury  

Entrada decimonovena (Penumbra y el efecto Doppler):   

Pues sí, en otro momento indeterminado apareció por la sala común Juanjo Cardenal. Estoy absolutamente seguro de que la sala permaneció inalterada y prácticamente de que no se produjo ningún cambio de luz en ella; pero le puedo prometer que en mi memoria aparece empequeñecida y que toda la escena la revivo representada en la penumbra o, mejor dicho, como iluminada por luces débiles y oscilantes y que me parece como si Pedro, Jorge y yo nos estuviéramos preparando para algún tipo de iniciación en la sala secreta de un templo esotérico, y que Juanjo leía sus papeles ayudado por la luz de una vela inexistente.

Es increíble lo que nos engaña el cerebro con respecto a los recuerdos. Yo ya había leído o visionado en algún programa de televisión algo sobre este GrabacionRecuerdosfuncionamiento de la mente, cómo recoloca las imágenes y reorganiza los archivos del pasado, a saber con qué criterio misterioso, de manera que ni de nuestra vida transcurrida podemos asegurar que sucediera como la recordamos. Tampoco ésto es extraño, bastantes veces discrepamos con una persona por algunos detalles o actos o sucesión cronológica de un hecho que, sin embargo, vivimos juntos y desde el mismo punto de vista, y que por mucho que porfiemos y porfiemos, no nos es posible solventar el desacuerdo porque lo rememorado por esa otra persona, aún difiriendo en mucho con nuestro recuerdo, es tan real para ella como lo es para nosotros lo que evocamos de ese mismo hecho.

Para mí, aquellos diez minutos con Juanjo Cardenal en la sala común es una prueba flagrante de esto sucede así. Al fin y al cabo, para el proceso de evocación de nuestros recuerdos, el cerebro realiza un proceso de reconstrucción, y las imágenes son proyecciones creadas por impulsos eléctricos, no hay diapositivas ni fotografías ni videos que recuperemos de un cajón, no existe una cinta grabada que reproduzca lo que se pudo decir entonces. Ya sé que de la realidad presente se podría decir algo similar porque también es captada por nuestros sentidos y procesada, filtrada, catalogada en la oscuridad del cerebro, pero no es lo mismo; podemos dudar de la realidad, sí, pero de una forma que requiere cierta abstracción metafísica o una alteración de la conciencia. Pero ¿del pasado? Para el proceso de recomposición mental de un recuerdo, nuestra mente debe realizar dos procesos diferentes. Cuando vivimos un hecho, el cerebro lo archiva recorriendo un circuito neuronal determinado y, sin embargo, para su recomposición utiliza otro completamente distinto; además, cada uno de ellos está definido por su propio método de relacionar, asociar, por sus propias alteraciones. El cerebro tiene a bien iRecuerdoBorradoncorporar estas subjetividades en los procesos con un fin sintético y protector, y así, por ejemplo, suele enfatizar lo importante y desechar la paja, extiende capas, borra vivencias para ocultar o matizar lo dañino, considera mejor lo práctico, pone lógica en lo caótico, encuentra sentido a lo injustificable... Desde luego, lo que es casi imposible es que apagasen la luz de aquella sala como para que sucediera como yo la rememoro, pero ésa fue mi experiencia recordada, como un conciliábulo en el que Juanjo, con el guión de nuestro programa sobre sus rodillas, se aseguraba de que nosotros tres interpretábamos correctamente las normas y conocíamos el funcionamiento, el mecanismo interno del programa.

Pero, además de estas aclaraciones "técnicas", Juanjo concertó algo más con nosotros... Sé que no es elegante lo que estoy haciendo y que, -me dirá razonablemente usted- para que finalmente le deje con la miel en los labios, sería mejor que me lo callara. Es verdad y lo siento, pero no puedo hurtárselo a esta crónica. Circulan muchos rumores sobre lo que a los concursantes se les anticipa antes del programa, que si les dan algunas de las repuestas, que si algo puede estar amañado. No es cierto ni una cosa ni la otra, por lo menos en lo que se refiere a mi participación; pero con Juanjo sí adelantamos algo referente a una de las pruebas específicas del programa que íbamos a grabar y, por tanto, sí es cierto que algo íbamos a llevar sabido de antemano aunque, créame, no es determinante para el desarrollo del programa. Y, lo siento, hasta aquí puedo decir, ya sabe, el pacto firmado. Son dos humildes razones las que me han impulsado a contárselo sin especificar de qué se trata. Una, ya lo sabe, es por lo que debo a esta crónica, y que no es otra cosa que la de intentar ofrecer el mayor número de detalles posibles dentro de lo que se me esté permitido para convertirla en ejemplar; la segunda consiste en mi deseo de que la curiosidad que pudiera haberse abierto en usted, suponga aportar un pequeño grano más al platillo de los pros que ayude a inclinar el fiel de la balanza a favor de su decisión de animarse a participar en Saber y Ganar; hágalo, es una experiencia única y si a mí, después de mi bochornoso papel no me ha comido nadie y además me lanzo a contárselo, con menos razón a usted, que peor que yo es imposible que lo haga.

CamisaDetalle

 En otro momento indeterminado pero, eso sí, anterior a la aparición de Juanjo por la sala común, la azafata nos avisó para que nos preparásemos porque nuestro programa iba a comenzar (supongo que con la reunión que se ha contado en los párrafos anteriores, mi participación en Saber y Ganar ya era un proceso iniciado). Pero la azafata, con su lunes encima, al darnos el aviso se me quedó mirando de hito en hito (¿tendré abierta la bragueta? ¿Me faltará un botón, un siete en el pantalón, quizás?). Después de mirarme unos segundos, se me acerca y me suelta:

- No puedes concursar con esa camisa. Ya te advertimos en la documentación que te enviamos a casa que no se podían utilizar camisas de rayas. ¿O no lo leíste?

Yo, claro que lo había leído, pero también es verdad que había visto programas en donde algún concursante llevaba una camisa rayada. – Además - argumenté-, estas líneas son muy finas…

- Pues por eso mismo –me rebatió ella-. Con determinadas rayas, si son anchas y de otros colores diferentes a los de la tuya (líneas finísimas a dos tonos, malva y ciruela, una camisa preciosa llevaba, oiga) no pasa nada, pero ésas que tiene tu camisa “salen mal” en la cámara ¿No has traído otra ropa?

- Pero… pero, es que es mi favorita.

- Pues no puede ser, tienes que cambiarte.

Como luego me concretó mucho mejor K., ese “salir mal” al que se refería la azafata es el efecto Doppler, y que tiene que ver con los cambios de percepción de las longitudes de onda, en este caso de la luz (los colores de mi camisa), que un observador (la cámara, usted) percibe de un objeto (yo) en movimiento. Al manifestarse el efecto Doppler por una relación movimiento-ondas, me tengo que retener al escribir este párrafo para no meterme en camisa de once varas porque, por una asociación de ideas que no me parece absurda del todo, me está asaltando la tentanción de encontrar una aplicación de este efecto sobre la relación ondas cerebrales/recuerdos con nuestro movimiento en el tiempo. Y no. Voy a abortar esta digresión ya que tendría que basarse en aceptar que el tiempo es una magnitud sobre la que te puedes mover y, aunque eso fuera cierto, luego tendría que argumentar que nuestro alejamiento del pasado, al envejecer, es un movimiento en el tiempo, así que mejor... lo dejo ir. Bueno, lo que importa es que, después de tanta indecisión y tanta cábala sobre mi indumentaria, tuve que echar mano a la carrerita de un polo de buen abrigo ¡de color gris! que había metido por precaución en el petate –sí, lo confieso, me temía lo de la camisa y aunque me quise hacer el tonto, no coló, que a la azafata la pagan también por este celo-. Así que, allí me tiene usted, para un concurso donde es imprescindible la claridad y rapidez mental, en un lunes y vestido de gris, desde luego una invocación al ensueño y no a la precisión, y yo sé lo que me digo… solo esperaba que con lo de entretiempo que era ese polo que estrenaba, no picara mucho y que no me fuera a cocer con los focos y los sofocones (Lo que, lamentablemente, terminó pasando, ambas cosas).

EfectoDopler

Y en ésas y en otras parecidas estábamos, cuando, de pronto, nos sobresaltó una orden animosa: ¡Venga! ¡Vamos para abajo!

No sé como contarlo sin pecar de reiterativo. Lo que ocurre es que el estado de obnubilación, de pérdida de conciencia sin traumatismo físico al que llegué en ese descenso, alcanzó un límite, una intensidad, que muy pocas veces me ha invadido en la vida, no sé, por traer aquí a modo de ejemplo algún estado similar alcanzado, pues mencionaré que se parece a aquél en el que me sumí en los primeros instantes en los que me quebró la noticia de que mi novia de entonces, tras una relación de siete años, estaba también conociéndose bíblicamente con un compañero de trabajo -sí, es la misma novia, el mundo es muy pequeño y la vida muy corta-. La diferencia de las causas es acusada ¿verdad? Pues sí, lo sé… pero así ocurrió. Sé que bajamos en grupo hasta un pasillo ancho en el que nos detuvimos ante una doble puerta cerrada. Y poco alcanzo a detallar más. Puedo decir que bajamos en grupo –un grupo tan indeterminado, como los momentos-, que la penumbra oscurece todas y cada una de las imágenes de ese recuerdo, que en el centro de la comitiva caminábamos Pedro, Jorge y yo en fila de a uno y que yo iba el último y que me rezagaba algún metro como el niño al que llevan por primera vez al colegio. Y que, después de descender un número indeterminado de escaleras, la comitiva se paró ante unas puertas cerradas, ya lo he dicho, en un pasillo ancho. Pero lo que me terminó por confundir fue algo que tendrá su razón de ser, no digo yo que no, pero que a mí, en aquel momento, me parecía absurdo, y es que, ante esas puertas cerradas, nos estaba aguardando otro grupo de personas –supongo que el equipo del programa-, y que ya mezclados, apelotonados, nos quedamos detenidos ante esas puertas esperando no se qué durante unos largos segundos ¿un minuto? No sé cuántas personas, cuántos segundos, no sé con qué intención aguardábamos, no sé si Jordi y Juanjo habían bajado con nosotros o estaban allí. No sé nada. La penumbra. Un fardo arrastrado. Un polo gris. ¿The Pretenders? Hasta que de pronto, las puertas se abrieron al plató al mismo tiempo que ¿oí?, ¿creí oír? diversas voces altas y decididas proferidas por algunos de los integrantes del grupo:

-¡Venga! ¡Adelante! ¡Vamos allá! Parecía como si quisieran alentarnos a traspasar la brecha recién abierta en el muro de una ciudad sitiada. Se lo prometo. Y ¿qué podiamos hacer sino agachar la cabeza y avanzar acuciados por esas voces altas...? Pero, ya le digo ahora que estoy a salvo, mi sensación al franquear aquellas puertas no fue la de acceder a la conquista de una ciudad, sino muy otra, como si los tres concursantes tuviéramos que ser escoltados para no escapar y que solo nos faltaran las esposas. Quizás decir que ese caminar arrastrando los pies entre jaleos me sugería una conducción hacia un cadalso sea muy exagerado, pero, no sé, que como si nos condujeran ante un tribunal en donde se nos iba a enjuiciar por algún delito grave, esa imagen sí sería muy adecuada para definir lo que me sugería aquella escolta.

timeandspace      Ya dentro del plató, algo de perspectiva sí que recobró mi cerebro. La penumbra continúa en mi recuerdo, pero el espacio recuperó su dimensión cúbica, sus aristas, su ámbito. El tiempo no se normalizó del todo –el tiempo nunca está normalizado, siempre es fluctuante, al menos en lo que se refiere a nuestra percepción de él, y que quizá sea eso lo que más importa, no que exista o que no exista-, pero al menos sí volvió a ser una dimensión mesurable para mí. Los operarios, los encargados del programa se fueron colocando en sus puestos –nosotros en el centro del plató y como centro de todas las miradas y atenciones-. Sé que me pusieron mi nombre encima de un pecho, que me colocaron un micrófono en un ojal del polo gris, que nos dieron algunas directrices, en fin, todo lo que hubieran querido hacer conmigo, oiga. Luego nos fueron presentando a algunas personas que iban a conducir el programa, a la regidora, a no sé quien otra, a no sé quien más… todo deprisa, deprisa. Finalmente, Jordi Hurtado, encaramado en su alto pupitre, me llamó… «Por favor, el nuevo, que venga para acá. ¿Es usted?» Y entonces me acerque al inefable, al incombustible Jordi…

- A ver, su nombre es –leyó en el folio donde tenía escritos mis datos-… Giorgi de tal.

– Sí, musité desde muy abajo. (Los dos estábamos abajo ¿recuerda? por mi abajo era mucho más abajo que el abajo de Jordi).

- Yo tengo aquí apuntado –continuó Jordi- que estudió usted Biología y Geografía e Historia y que es informático, responsable de la Unidad de Desarrollo, y esto y lo otro. Es eso correcto ¿no?

- Bueno, Jordi, las carreras no las acabé… y en cuanto al trabajo… lo era. –Aquí me armé de valor aunque mi tono no sé si resultó muy convincente. -Después de 38 años trabajando –continué-, me han despedido. Ya sabe, un ERE…, y a la calle. Pero bueno, entre un currículum desechado y otro, ahora me dedico a escribir un poco y llevo una página de libros. Se llama fragmentos de libros punto com. (Yo, sí lo reconozco, me había ilusionado con la posibilidad de que Jordi publicitara mi página en Saber y Ganar -y lo hizo, ¡vaya sí lo hizo!, por dos veces, con los resultados que usted ya conoce-) Bueno, además ese despido –concluí- me ha posibilitado venir a este programa, que era uno de mis sueños…

Sorprendentemente, Jordi, ante mi comentario, lanzó un rotundo y redondo: «¡Joder!» Luego, a micrófono cerrado, algunas alusiones sí que haría a esta moda maravillosa para las empresas y a las leyes que la permiten y hasta la alientan, pero voy a guardarme sus palabras exactas para no comprometerle. Pero le honran. Así que dejémoslo solo en ese ¡Joder! con el que me evidenció que éramos últimamente bastantes los que pasábamos por Saber y Ganar en circunstancias parecidas, y que unos buscábamos principalmente cumplir un deseo, pero sí que acudían otros por la necesidad del dinero.

- De acuerdo –terminó Jordi- creo que con esto tengo bastante para presentarle.

- Gracias Jordi. Y volví con mis compañeros.

- Bien ahora os ponéis todos en el centro –ordenó alguien- y cuando yo lo diga, os vais cada uno a vuestro sitio. Pedro y Georgi suben por la parte izquierda y Jorge, rodea el primer pupitre por la derecha.  ¿De acuerdo? Sí, de acuerdo, o vale, contestamos los tres. Luego se nos unieron Juanjo, Pilar y Jordi y formamos un semicírculo, ése que vemos a media luz al empezar el programa. Nos removimos un poquito hasta que oímos la tan perentoria señal… ¡Comenzamos!

Automáticamente, me volví y troté hacia mi puesto. Por unas décimas de segundo equivoqué la dirección y en vez de dirigirme hacia la derecha, en donde estaba mi pupitre, subí el primer peldaño yéndome hacia la izquierda. Rectifiqué al dar el saltito para salvar un segundo escalón. ¡Vale Georgi, bien empiezas, “patoseando”! –pensé- Espero que no se me haya notado… Pero no, no se me notó. Ahora, cuando reviso aquel programa, me doy cuenta de que, salvo para aquél que me conoce muy bien, no han quedado manifestadas en sus imágenes casi ninguna de las fortísimas sensaciones internas de ridículo, de fracaso, de impericia, de deseo de abandonar, que me fueron colonizando durante toda la grabación. Salvo un saltito que di hacia atrás abriendo los brazos cuando no recordé el nombre de Beatrice, poco o nada quedan en ellas del terremoto interno que viví. Y esto quizás sea una nueva evidencia de algo que ya se ha hablado aquí, que es siempre nuestro yo interno el que construye nuestra realidad cierta. Me parece imposible que, salvo el nerviosismo y en algunos momentos una especie de parálisis, nada haya quedado de manifiesto de lo que yo sentí y sufrí en aquel programa. Un buen amigo mío, aunque tampoco puede resaltar los detalles que ponen de manifiesto esos estados, lo concreta muy bien porque dice que no me reconoce, que la persona (per-sona, “por donde suena” –puntualiza-) que estaba concursando no era yo, que llevo una máscara puesta, de hecho –concreta-, en la imagen que aparece en la parte superior de estas entradas es más que evidente: no eres tú.  Bueno, ahora que lo pienso… discúlpeme pero para ejemplarizar este asunto de que creemos que se nos nota algo que no deseamos y resulta que no, que en absoluto, hay una historia antigua que voy a intercalar y que viene al pelo. No se desanime, es muy sabrosa y explicativa.

ComandanciaGeneralCeuta

 Hace muchos años, en Ceuta, yo estaba haciendo aquel servicio militar al que estábamos obligados los jóvenes españoles de entonces. No, no voy a contar mi mili, no se me apure. Mi destino era de administrativo en una sección del Estado Mayor. Entre los militares que trabajaban allí había un hombre recto –un simple sargento primero-, inteligente, de mirada tan inquisitiva y penetrante que te atravesaba, que parecía que podía leerte el pensamiento, el mío y el de cualquiera, que era algo que yo lo constataba diariamente cómo, hasta al soldadito más bragao, le dejaba clavado en el suelo hasta la media bota. Pero además, tenía la peculiaridad de hablar de forma muy suave y queda, sin gritos ni admoniciones desabridas, muy al contraste con la caterva de militares chusqueros que abundaba en aquella colonia en aquel tiempo. Bien. En Ceuta, la droga fumada, principalmente el hachís, era muy barata y abundaba entre la tropa –y el mando-. Por lo que yo puedo decir, al menos en mi Compañía, nadie se licenció sin haber catado aquel costo tan fuerte y puro que con tres escuetas caladas te ponía la cabeza, mínimo, al otro lado del continente, en Ciudad del Cabo, por ejemplo. Una tarde, después de la comida, volví a aquella oficina para el turno de la tarde... Pero, en el postre había incluido unas caladitas a un canuto de tres papeles que un gaditano –de Algodonales- componía muy diestramente y que compartimos en grupo en una camareta. Era chocolate del bueno, ¡vaya sí! Los ojos se me pusieron como cebollas rojas y los pensamientos e imágenes que creaba se paseaban en góndola a la luz de la luna por mi cerebro. Así no podía acudir al trabajo, desde luego. Así que, en vez de ensoñarme veinte minutos en mi camastro con la música de las esferas o de Eno, decidí lavarme la cara y, para despejarme, andar respirando fuerte el kilómetro que separaba mi Compañía de la Comandancia General de Ceuta, que era donde estaba destinado. Así lo hice. Se trataba de gastar un poco de energía y llegar pronto a la oficina para ver, si preparando antes el trabajo de la tarde, se me pasaba el cuelgue. Algo conseguí. Pero, hete aquí, que cuando, cinco minutos antes de la hora de entrada, estaba intentando meterme en harina sube que te baja legajos de los estantes, resoplando el polvo de las carpetillas que íbamos a necesitar esa tarde, apareció de pronto por allí el sargento primero del que he hablado. Glup. Bueno, no pasa nada. Como era perceptivo, le hice un rápido saludo de rigor poniendo cuatro dedos de la mano derecha en mi sien y le di las buenas tardes. Uno de los muchos derechos que sobré ti tenían (¿tienen?) los militares de rango superior es que, ese saludo, se debía de mantener hasta que él no te permitiera bajar la mano. Estábamos solos. Ante mi sorpresa, ese sargento primero se me quedó mirando fijamente y me preguntó:

- ¿Quién te ha dicho a ti que bajaras la mano?

Era algo absolutamente INSólito porque, al fin y al cabo, éramos compañeros de trabajo, nos veíamos todos los días mañana y tarde y nuestros saludos militares siempre los realizábamos con un mero gesto rápido. Pero yo, no podía pensar… Así que, como si me atravesara una descarga eléctrica, me cuadré ante él y volví a poner la punta de los dedos de la mano derecha apoyados en la sien y, con la voz más marcial que me fue posible, le medio grité:

- ¡A sus órdenes, mi sargento primero!

 Y así me quedé, sin mover un músculo. Él se me acercó muy lentamente, con la vista clavada en mis ojos chiribitosos y se me quedó parado a dos cuartas de mi cara. Aún dejó pasar unos cuantos segundos hasta que me hizo una nueva pregunta:

- ¿Y a ti que te pasa?

Yo, entonces, me quedé petrificado con la mano extendida en la sien, absolutamente corrido y haciendo verdaderos esfuerzos por dominarme, mientras él, recreándose, continuaba escrutándome hasta el más leve poro de mi cara a medio metro de mí. –Me lo ha notado –pensé-, se me ha caído el pelo. Evidentemente, al Prr3Papelesmenos en aquel tiempo, el consumo de droga, aunque fuese habitual y común en Ceuta, aunque fuese de la blanda, estaba muy penado por el código militar. Jodida situación. El hachís es una droga que expande el pensamiento porque borra o minimiza los topes artificiales de la cotidianidad –sociales, culturales, de comportamiento, grabados en el aprendizaje-, sin hacerte perder, sin embargo, el sentido de realidad; pero, por lo mismo, te hace más vulnerable, te deja inerme ante los demás, porque en cierto modo, derriba tus defensas mentales. Así que, mal asunto. Por mi cabeza galopaban, como cosacos en la estepa, unos cuantos miles de pensamientos; y mientras buscaba uno que me ofreciese la frase salvadora, se comenzaron a imponer, sin embargo, aquellos que me aconsejaban acabar con aquella tensión y franquearme, contar la verdad y luego apelar a la comprensión y a la magnanimidad que yo le suponía a ese sargento primero, porque le consideraba un hombre cabal, tanto en el sentido de la rectitud como en el de –esperaba- en el de la comprensión. Pero no, no sé cómo lo hice, no sé qué fuerza interna se negó a claudicar y aguanté el tipo como un campeón… sin rajarme, y allí de pié, mas tieso que un ciprés, en aquella posición un poco denigrante, me atreví a contestarle con voz rajada.

- A mí, nada, mi sargento primero. ¿Por qué lo dice?

Aún, aquel hombre me mantuvo allí durante quince segundos más hasta que hizo un movimiento hacia mí con la barbilla acompañándolo con dos nuevas preguntas:

- ¿Qué forma de vestir es ésa? ¿Te crees que estás en una fiesta? Yo, me miro y veo que, efectivamente, tengo el botón superior y el cuello de la guerrera desabrochados. ¡Ahí vaaa! ¡Lo siento mi sargento primero! ¡A sus órdenes! Y rápidamente me abotoné y enganché el corchete del cuello con una sensación de liberación que no puede usted ni imaginársela. Como ve, nunca podré olvidar aquel trago.

Durante un tiempo pensé que aquel sargento me lo había notado y que me ofreció una salida. Pero quizá no, quizás ocurrió lo mismo que pasó en la grabación de mi programa de Saber y Ganar, que mi tumultuoso flujo de pensamientos, mis sentimientos retorcidos y prensados, mi realidad interna, caminan por un lado y lo que de mí alcanzaron a ver los demás, fue por otro. Y que si yo llego a lograr “saber” esto cuando estaba participando, que no estaba haciendo el ridículo, que para los seguidores del programa que luego me verían concursar yo no era más que un concursante más, un poco más inepto que los que estaban acostumbrados a ver pasar por el programa, es muy posible, que mucha de la presión que me creé yo solito, se hubiese disipado.

 

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