GIORGIADAS. Yuri Gagarin y Santa Juana de Arco.          

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     Es muy plausible que la mente bien engrasada e imbuida de racionalidad y cálculo de Yuri Gagarin, no se entretuviera en pensar en Dios cuando, dentro de su Vostok I, iba a ser el primer hombre que se zafara de la gravedad de nuestro planeta y ser el primero en constatarnos: “La Tierra es azul”. Algunos plantean que sí, que orbitando a 350 kilómetros por encima de nuestros templos desde donde miramos hacia arriba, sí se acordó de Dios y comentó: “Aquí no veo ningún Dios”. 

Pero parece ser que no, que no fue él quien, al no estar Dios en el espacio cercano, esgrimió esta Ausencia en la órbita del Vostok I como prueba de que Dios es solo un concepto de coerción colectiva. El autor más probable de una afirmación como ésa fue Nikita Jrushchov, a la sazón Primer Secretario del Comité Central de PC de la URSS -“Gagarin estuvo en el espacio, pero no vio a ningún Dios allí”-. Es más factible que fuera el preboste comunista el que, en el trance de ese colosal paso del progreso humano, sí dedicara un pensamiento para Dios (para su Ausencia) y así aprovechar la oportunidad para lograr arrimar el ascua a su No-Sardina en aquella guerra de fuego de crematorio que elevó tanto la temperatura del planeta del que se escapaba Gagarin, que llamarla Guerra Fría no deja de ser un eufemismo.

 Desconozco si la mente de Yuri Gagarin estaba tan bien permeabilizada como para que su espíritu mortal, con la herencia simbólico-religiosa arraigada en su Ello por unos cuantos cien miles de años, pudiera eludir la necesidad humana de trascendencia ante el no poco riesgo de muerte al que se exponía, y que en su fuero interno, no pusiera su suerte, si no en Dios –que no existía para él-, si en algún santo o santa del que sí había certeza de existencia  y en el que, en su Sanctum intimo, creyera o admirara, vaya a usted a saber porqué razón, le profesara simpatía o confianza. Y ya puestos a lucubrar, hoy que hace calorcito, bien pudo acordarse de Santa Juana de Arco. Sí, ¿por qué no? No solamente el cuerpo de la Doncella de Orleans había ardido en el mismo fuego al que Yuri se arriesgaba –eso sí, de distinta dimensión, manifestación y textura (si es que un fuego puede tener textura), y mucho más lento y doloroso que en el que ardería él si algo salía mal-, sino porque sus respectivas inmolaciones –la suya por suceder- se realizarían para mayor gloria de los dioses de creencias difícilmente conciliables, pudiendo ser la de Yuri el contrapunto adecuado de la de Juana. Razón versus Fe, ya sabe.

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Yuri Gagarin concluyó con éxito su misión de orbitar la Tierra en un cohete por vez primera en la Historia de la Humanidad y no podemos conjeturar más. Si acaso decir que, desgraciadamente para él, la gravedad de la Tierra, de la que había escapado durante algo menos de dos horas, y siete años después de su proeza, atraería con su fuerza constante y violenta el avión que Yuri pilotaba para estrellarlo contra la dura corteza no azul de nuestro planeta, produciéndole la muerte instantánea a los treinta y cuatro años. Es de pensar que Gagarin no moriría finalmente por la acción del fuego y sí por el efecto del impacto. No obstante, aunque hubiera sido así (ardido como Juana), ya Yuri Gagarin no podría haber alcanzado la santidad en el santoral laico -ocasión perdida, ya- , al menos en parecido estrato celestial que el de Santa Juana de Arco, y se hubiera quedado en la consideración que ya ostenta, en Héroe, lo que también está muy bien.

 

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