FRAGMENTOS DE LIBROS.  EL DIFUNTO MATÍAS PASCAL   (1904)

                                             Il fu Mattia Pascal

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     Luigi Pirandello      (Italia) Italia 

      Editorial       :   RBA Editores  -  Collec. Historia de la Literatura 

      Traducción     :    Rafael Cansinos Assens

 

 

 Comienzos de libros

 

1. Premisa

Hubo un tiempo en que una de las pocas cosas, quizá la única, que yo supiera de cierto era ésta: que me llamaba Matías Pascal. Y de ello me aprovechaba. Siempre que algún amigo o conocido mío daba muestras de haber perdido el bien de la inteligencia, hasta el punto de venir a pedirme consejo o indicación alguna, me encogía de hombros, entornaba los ojos y respondía:

-    Yo me llamo Matías Pascal.

-     Gracias, querido amigo; pero ya lo sabía.

-    ¿Y te parece poco?

Alguno se dignará compadecerme -¡cuesta tan poco! - imaginándose el atroz sentimiento de un desventurado al cual le ocurra descubrir hasta cierto punto, que..., nada, en fin de cuentas, que ni padre, ni madre, ni cómo fue o cómo no fue; y se dignará también indignarse -lo cual cuesta todavía menos- de la corrupción de las costumbres, y de los vicios, y de la plaga de los tiempos, que tanto mal pueden ocasionar a un pobre inocente.

Que hagan lo que gusten. Mas es deber mío advertirles que no es ese mi caso, que no se trata precisamente de eso que se figuran. Podría exponer aquí, en un árbol genealógico, el origen y descendencia de mi familia, y demostrarles que no sólo he conocido a mis padres, sino también a mis antepasados y sus hazañas en un largo período de tiempo, no por cierto todas ellas verdaderamente laudables...

¿Y entonces?

Pues ahí está el quid; mi caso es muy distinto y extraño; tan distinto y peregrino que por eso me pongo a contarlo.

BibliotecaMPascal

 Por espacio de dos años, poco más o menos, fui no sé si más cazador de ratas que guardián de los libros en la biblioteca que cierto monseñor Boccamazza, en 1803, tuvo a bien dejarle en herencia, al morir, a nuestro Municipio. Indudablemente, no debía el tal monseñor estar muy al tanto de la índole y aptitudes de sus paisanos, o abrigaba la esperanza de que con el tiempo y la comodidad inflamaría con su legado el amor al estudio en sus favorecidos. Hasta ahora puedo certificar que no se les ha inflamado; lo cual hago constar en alabanza de mis paisanos. El Municipio mismo mostróse tan poco agradecido al monseñor por su presente, que ni siquiera se dignó erigirle un busto, por lo menos, y tuvo los libros arrumbados mucho tiempo en un destartalado y lóbrego almacén, de donde los sacó luego, ya podéis figuraros en qué estado, para colocarlos en la iglesuca trasconejada de Santa María Liberal, donde, no sé por qué razón, no se celebra. Allí se los encomendó a tontas y a locas, a título de beneficio y como prebenda, a un gandulazo con buenas aldabas, que por dos liras al día había de tomarse la molestia de aguantar por algunas horas el tufo de la humedad y la vejez. La misma suerte hubo de tocarme a mí también; y desde el primer día concebí tan menguada estima por los libros, así impresos como manuscritos —sin excluir algunos antiquísimos de nuestra biblioteca—, que nunca en la vida me hubiera puesto a escribir, según he dicho, si no considerase verdaderamente extraño mi caso y tal como para poderle servir de enseñanza a algún curioso lector que por ventura, cumpliéndose finalmente la antigua esperanza de aquel buen hombre de monseñor Boccamazza, hubiese de caer por esta biblioteca, a la cual lego mi manuscrito, con la obligación, sin embargo, de que nadie pueda abrirlo hasta pasados cincuenta años de MI ULTIMA Y DEFINITIVA muerte.

Ya que, por ahora - y sólo Dios sabe si me pesa-, he muerto dos veces; dos, así, como suena: la primera por error, y la segunda..., ¡prepárense a escuchar! 

 

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2. Premisa segunda (filosófica).

A modo de disculpa 

La idea, o más bien, el consejo de que cogiese la pluma débolo a mi reverendo amigo don Eligio Pellegrinotto, que actualmente está encargado de los libros de monseñor Boccamazza, y al cual le haré entrega de mi manuscrito no bien le haya dado remate, si es que lo consigo.

Lo escribo aquí, en la iglesita secularizada, a la luz que entra del farol de allá arriba, de la cúpula; aquí, en el ábside, reservado al bibliotecario, y cerrado por una cancela baja de madera con columnitas, mientras don Eligio echa el bofe cumpliendo la misión que heroicamente se ha impuesto de poner un poco de orden en esta verdadera Babel de libros. Me temo que no llegue a lograrlo nunca. Ninguno hasta él habíase preocupado de indagar, por lo menos a bulto, echando una ligera mirada a los lomos, qué clase de libros dejárale Monseñor al Municipio; suponíase buenamente que todos, o casi todos ellos, tratarían de asuntos religiosos. Pero hete aquí que Pellegrinotto ha descubierto, para mayor consuelo suyo, una grandísima variedad de materias en la biblioteca de Monseñor; y como los libros los cogieron a ojo acá y allá en el almacén y los fueron apilando aquí, según se venían a las manos, la confusión es indescriptible. Por razón de vecindad se han establecido entre estos libros amistades sobremanera extrañas; y en ZeusYHerauna ocasión costó a don Eligio no poco trabajo apartar de un tratado harto licencioso: Del arte de amar a las damas (libros III, de Antón Muzio, por año 1571), una Vida y muerte de Faustino Materucci, benedictino de Polirone, tenido por algunos en opinión de santo (biografía editada en Mantua, 1625). Por causa de la humedad habíanse unido fraternalmente unas con otras las pastas de entrambos volúmenes, siendo de notar que en el libro II del tratado se diserta largo y tendido acerca de la vida y lances monacales.

Don Eligio Pellegrinotto, encaramado todo el día en una escalera de lampistero, suele pescar en las tablas de la biblioteca no pocos de estos libros curiosos y amenísimos. Cuando da con uno así, lo arroja desde lo alto sobre la mesa grande que hay en el centro. Al choque retumba la iglesia entera, y se levanta una nube de polvo, de la cual salen huyendo azoradas dos o tres arañas. Yo acudo desde el ábside, saltándome a piola la cancela; empiezo por darles caza con el libro mismo a las arañas, a lo largo de la polvorienta mesa, y luego abro el libro y me pongo a hojearlo.

De esta suerte, poco a poco, he ido cobrándoles afición a estas lecturas. Ahora don Eligio me dice que debería pergeñar mi libro siguiendo el modelo de los que él va desenterrando en la biblioteca; esto es, dándoles su mismo particular sabor. Pero yo me encojo de hombros y le respondo que ésa no es empresa para mí. Y que me importan más otras cosas.

Todo sudoroso y cubierto de polvo, baja don Eligio de la escalera, y, por lo común, sale a respirar un poco de aire al huertecillo que se ha dado maña en apañar aquí, a espaldas del ábside, sostenido a trechos por estacas y puntales.

- Reverendo amigo -dígole yo, sentado en el poyo, con la barba apoyada en el puño del bastón, mientras él anda cuidando sus berzas-, no me parece que sea ya tiempo el que corre de escribir libros, ni siquiera de escribirlos por broma. En relación con la literatura, como con todo lo demás, tengo que repetir mi habitual estribillo: ¡Maldito sea Copérnico!

- Hombre, ¿y qué tiene que freír en esto Copérnico? - exclama don Eligio, irguiendo el busto, con la cara que le echa fuego bajo el sombrero de paja.

- Pues sí que tiene que freír, don Eligio. Porque, cuando la Tierra no giraba...

- ¡Y dale! ¡Pero si ha girado siempre!

- No, señor, no ha girado, porque el hombre no lo sabía, y, por lo tanto, era como si no girase. Además, que usted no puede poner en tela de juicio lo de que Josué detuvo al Sol. Pero dejemos esto a un lado. Digo que, cuando la Tierra no giraba, y el hombre, vestido de griego o de romano, hacía en ella tan gallarda figura y tenía tan alta opinión de sí mismo y se recreaba tanto en su propia dignidad, me parece lógico que pudiese encontrar gusto en la lectura de una narración minuciosa y llena de pormenores ociosos. ¿Dice o no dice Quintiliano, como usted mismo me ha enseñado, que la Historia, debía escribirse para contar y no para probar nada?

- No lo niego -responde don Eligio-; mas también es verdad que jamás se han escrito libros tan prolijos y hasta minuciosos en los más recónditos pormenores como desde que, según usted dice, rompió la Tierra a girar.

- ¡Y tanto como es así! El señor conde levantóse temprano, a las ocho y media en punto... La señora condesa se puso un traje lila con rica guarnición de encaje en el descote... Teresita moríase de hambre... Lucrecia sentía vértigos de amor... ¡Por Dios vivo! ¿Qué puede importarle a uno todo eso? ¿Vivimos o no vivimos encima de una peonza invisible, a la que da cuerda un hilo de sol; en un granito de arena enloquecido que da vueltas y más vueltas, sin saber por qué, ni llegar nunca a ninguna parte, cual si tuviese gusto en girar así, para hacernos sentir ya un poco más de calor, ya un poco más de frío, y hacernos morir -por lo general con la conciencia de haber cometido una serie de menudas simplezas- a kopernikla cincuenta o sesenta de sus volteretas? Copérnico, Copérnico, don Eligio mío, ha echado a perder a la Humanidad irremisiblemente. Ahora ya todos nos hemos ido acomodando poco a poco al nuevo concepto de nuestra pequeñez infinita, acostumbrándonos a considerarnos poco menos que si no pintáramos nada en el Universo, con todos nuestros flamantes descubrimientos e invenciones; ¿y qué valor quiere usted que tengan las noticias, no digo ya de nuestras particulares miserias, sino hasta de las públicas calamidades? Historias de gusanillos son ahora las nuestras. ¿Se enteró usted de aquel desastre sin importancia de las Antillas? La Tierra, harta la pobre de dar vueltas sin objeto alguno, hizo un ligero movimiento de impaciencia y echó un poquito de fuego por una de sus numerosas fauces. ¡Quién sabe por qué causa se le habría formado aquella bilis! ¡Quizá por culpa de la necedad de los hombres, que nunca como ahora fueron molestos! El caso es que hubo muchos miles de gusanillos torrados; pero no pasó más. Y todo siguió adelante.

Don Eligio Pellegrinotto me observa que, sin embargo, por más esfuerzos que hagamos con la mira cruel de borrar, de destruir las ilusiones que la próvida Naturaleza nos ha infundido para nuestro bien, no lo conseguiremos. Por fortuna, el hombre olvida fácilmente el concepto de su pequeñez.

Así es la verdad. Nuestro Municipio, ciertas noches marcadas en el calendario, no manda encender los faroles, y con frecuencia, cuando está nublado, nos deja a oscuras.

Eso quiere decir en el fondo que a veces también nosotros los de este pueblo seguimos creyendo que la Luna no está en el cielo para otra cosa sino para alumbrarnos de noche como el Sol de día y las estrellas para recrearnos la vista con su magnífico espectáculo. Sí, señor. Y solemos olvidarnos con gusto de que somos átomos infinitesimales para tirarnos los trastos a la cabeza por una pulgada de terreno o lamentarnos de cosas que, si verdaderamente estuviésemos penetrados de lo que somos, deberían parecernos menudencias incalculables.

Pues bien; en atención a ese olvido providencial, a más de la singularidad de mi caso, voy a hablar de mí, aunque lo más brevemente que me sea posible, no exponiendo otros pormenores que los que juzgue necesarios. Algunos de ellos, seguramente, no han de hablar mucho en mi favor; mas yo me encuentro ahora en una situación tan excepcional que puedo considerarme como borrado ya del mundo de los vivos, y, por consiguiente, sin los miramientos ni escrúpulos de rúbrica.

Empecemos.

DibujoSuicidio

3. La casa y el topo

Muy pronto dije que conocía a mi padre, siendo así que no lo he conocido. Tenía cuatro años y medio cuando murió. Habiendo ido con un barco suyo a Córcega a ciertos negociejos que allí tenía, no volvió a casa, falleciendo allá de unas calenturas perniciosas a la edad de treinta y ocho años. Murió dejando en cierta holgura a su viuda y a los dos hijos: Matías, que había de serlo y lo fui yo, y Roberto, que me llevaba a mí dos años.

 Todavía andan por el pueblo viejos que se empeñan en dar crédito al rumor de que la riqueza de mi padre, que no les debía hacer sombra, puesto que hace tiempo pasó a otras manos, procedía de orígenes, digámoslo así, misteriosos.

Según los tales, mi padre se agenció sus caudales jugando a los naipes en Marsella con el capitán de un buque mercante inglés, el cual, después de perder todo el dinero que llevaba encima, y que no debía de ser poco, hubo de jugarse también un considerable cargamento de azufre que había tomado a bordo en la lejana Sicilia por cuenta de un comerciante de Liverpool -¡hasta esto saben los indinos! (¿pero y el nombre?)-, de un comerciante de Liverpool que tenía alquilado el vapor; arrojándose luego, desesperado, al mar, donde se ahogó, al zarpar el barco. De esa forma hubo de arribar el buque a Liverpool, aliviado hasta del peso del capitán. Suerte que tenía por lastre la malignidad de mis viejos paisanos...

Poseíamos tierras y casas. Sagaz y aventurero, no tuvo nunca mi padre una residencia fija para sus trapicheos, sino que siempre andaba de acá para allá con aquel barco suyo, comprando donde las hallaba más baratas, y a punto para revenderlas en seguida, toda clase de mercancías, y para no dejarse arrastrar de la tentación de meterse en empresas harto considerables y arriesgadas, iba invirtiendo poco a poco sus ganancias en casas y tierras aquí, en su terruño, donde hacía cuenta de retirarse, no tardando, a disfrutar pacíficamente de una holgura, lograda a costa de tantos tramojos, en el amor y compaña de su mujer y sus hijitos.

Así adquirió primero el predio de los Dos Ríos, rico en olivos y moreras; luego, el cortijo de La Cabaña, también muy plantado de árboles y con un buen manantial, que luego se aprovechó para el molino; luego, el collado de El espolón, que era el mejor viñedo de toda la comarca, y, por último, San Roquito, donde edificó una «villa» deliciosa. En el pueblo, además de la casa en que vivíamos, compró otras dos, amén de todo aquel descampado donde ahora han hecho el arsenal.

Su muerte, casi repentina, fue la causa de nuestro desastre. Mi madre, incapaz para gobernar una casa, hubo de fiarse de un individuo que por haber recibido de mi padre tantos beneficios, como para salir de pobre, parecía deber sentirse obligado a un poco de gratitud siquiera, la cual, a más del celo y la honradez, no le hubiera costado ningún sacrificio del otro jueves, puesto que mi madre le remuneraba con largueza.

il-fu-mattia-pascal¡Qué mujer tan santa era mi pobre madre! ¡Arisca y tontona de suyo, tenía harto poca experiencia de la vida y de los hombres! Oyéndola hablar hacía el efecto de una niña. Hablaba con acento nasal y se reía con la nariz, porque siempre, como si se avergonzase de reír, mordíase los labios. Muy endeble de complexión, jamás volvió a levantar cabeza desde la muerte de mi padre, aunque no se quejaba jamás de sus achaques, ni creo que ella misma los llevase a mal; antes bien, los sufría con resignación, como natural consecuencia de su mala ventura. Quizá creyó que iba a morirse de la pena de quedarse viuda y diese gracias a Dios, en su fuero interno, al ver que, aunque tan achacosa y atribulada, la dejaba vivir para bien de sus hijitos.

A mí me tenía un cariño enteramente morboso, salteado de sobresaltos y sustos; siempre nos quería tener pegados a sus faldas, como si temiese perdernos, y solía mandar a la criada a buscarnos por toda la casa en cuanto nos perdía de vista a alguno.

Había vivido abandonada como una ciega a la tutela del marido; y muerto éste, sintióse extraviada en el mundo. Y ya no volvió a poner los pies en la calle, aparte los domingos, muy de mañana, para ir a misa a la cercana iglesia en compañía de las dos criadas viejas, a las que trataba como si fueran de la familia. Y hasta dentro de casa redújose a no ocupar más de tres habitaciones, abandonando las demás que no eran pocas, a los someros cuidados de las criadas y a nuestras diabluras.

Trascendía el aire en aquellas habitaciones a ese tufo especial de las cosas viejas, que parece como el aliento de épocas pasadas, y que allí procedía de los muebles de estilo antiguo y de los descoloridos tapices; y recuerdo que más de una vez hube yo de esparcir la vista a la redonda, presa de una extraña consternación, que tenía su raíz en la silenciosa inmovilidad de aquellos trastos, que llevaban allí tantos años sin servir para nada, privados de vida.

Una de las personas que con mayor frecuencia iban a visitar a mi madre era una tía mía, hermana de mi padre, solterona, de mal genio, con un par de ojos como los de los hurones, cetrina y adusta. Llamábase Escolástica. Pero no solía parar mucho tiempo en casa, pues a lo mejor, hablando, hablando, montaba de repente en cólera y tomaba el portante sin despedirse siquiera. A mí, de pequeño, me infundía un gran pavor. La miraba con ojos tamaños, sobre todo cuando la veía saltar del asiento furiosa y la oía proferir aquellos gritos, encarándose con mi madre y dando rabiosas pataditas en el suelo:

- ¿Pero no notas que está hueco? ¡Si es el topo! ¡El topo!

Aludía a Malagna, el administrador, que nos estaba cavando la sepultura a nuestros pies….

 

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