UN BUEN LIBRO PARA LEER: ÁGATA OJO DE GATO (1974)

AgataOjodeGato     

 

 

    José Manuel Caballero Bonald.  España

    Editorial:   BARRAL EDITORES. HISPANICA NOVA 1975.   

    

 

 Comienzo: 

 

PRIMERA PARTE 

I

            

      Llegaron desde más allá de los últimos montes y levantaron una hornachuela de brezo y arcilla en la ciénaga medio desecada por la sedimentación de los arrastres fluviales. Jamás entendió nadie por qué inconcebibles razones bajaron aquellos dos errabundos –o extraviados- colonos desde sus nativas costas normandas hasta unos paulares ribereños donde, si lograban escapar del paludismo o la pestilencia, solo iban a poder malvivir de la difícil caza del varetón en el breñal o de la venenosa pesca del congrio en los caños pútridos. El caserío más próximo caía al otro lado de lo que fue laguna (y ya marisma) de Argónida, y era de gentes que acudían por temporadas al sanguinario arrimo de los mimbrales, mientras que más al sur, hacia los contrarios rumbos del delta primitivo, bullía la secta de las almadrabas, el mundo suntuoso y enigmático al que solo se podría ingresar a través de navegaciones fraudulentas o pactos ilegítimos con los patrones de los atuneros.

 

            Nadie supo de los normandos ni los vio bregar por la marisma hasta bastante después de su insólita llegada. Debieron de luchar a brazo partido contra la salvaje tiranía de los médanos y la bronca resistencia del terreno a dejarse engendrar. Una costra salina, compacta y tapizada de líquenes, que rompía en formas concoideas de pedernal al ser golpeada por el azadón, les fue metiendo en las entrañas como una progresiva réplica a aquella misma reciedumbre y a aquella misma crueldad. Con asnos cimarrones cazados a lazo y domesticados por hambre, fueron acumulando guano y tierra de aluvión sobre la marga que habían conseguido sacar a flote entre las brechas del salitre. No sembraron cereales ni legumbres ni plantas solanáceas (cuya cohabitación con esquilmado suelo tampoco habría sido posible), sino momificadas simientes de hierbas salutíferas que habían traído con ellos, conservadas en viejos pomos de botica y como única hereditaria manda, desde sus bancales nórdicos. Arropadas en mantillo y recosidas con hilachas de agave aquellas venerandas semillas de ajenjo y ruibarbo, sardonia y camomila, lúpulo y salicaria, germinaron muy luego en la extensión baldía y provisoriamente hurtada a la mordedura del nitro, contraviniendo por vez primera el código de una erosión iniciada desde que el río perdiera uno de sus prehistóricos brazos para ir soldando la isla orienta de la desembocadura con los arenales limítrofes. Nunca llegó a sospecharse, sin embargo, la finalidad o presunto beneficio de aquellas delirantes plantaciones, vigiladas hasta el agotamiento durante meses y cuyas iniciales y precarias cosechas revertieron en su totalidad al semillero destinado a una gradual ampliación de los yerbazales.

 

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 Armonía fractal: Doñana. Fotografía aérea de Héctor Garrido (http://foto.microsiervos.com/fotografos/armonia-fractal-donana-marismas.html)

           Ya debía de haber muerto en la empresa –envenenado por su propia saliva o apestado de fiebres cuartanas- uno de los normandos cuando el otro, el único del que se conserva fidedigna memoria (y el único que cruzó su vieja sangre norteña con la ya renovada de las pescadoras moriscas del estuario), cavando una noche en los idus de octubre en unas corredizas duras, sintió de pronto como una insoportable calambrina al rebotar la laya contra algo duro y al parecer magnético. Mientras se restregaba el hormigueo del brazo, tuvo la vaga certeza de que por allí abajo debía existir una veta de calamita, no comprobada entonces por ninguna especial sabiduría mineralógica, sino presentida como una atenazante seguridad que los impulsó a escarbar frenéticamente en la arenisca, ya la luna saliendo de lo hondo y la brama de los cérvidos oyéndose en la breña, hasta que descubrió una laja evidentemente labrada or mano de hombre y luego otra y otra más, y cuando ya clareaban los repliegues del páramo, vino a darse cuenta de que lo que había desenterrado era el tramo curvo de una vieja calzada. Pero no se amilanó por ello el normando; impelido por una especie de espectral desasosiego, buscó momentáneo alivio a su calentura con una irrazonable actividad: se apresuró a llevar una y otra vez brazadas de helecho a los dos venados caídos días antes en la trampa natural de la ciénaga y clavó un cerco de estacas junto a la zanja recién abierta por si la arena volvía a cubrirla y se internó por la junquera en busca de camaleones, los mismo que confundía con basiliscos y hacía reventar sobre una estameña empapada en el jugo escarlata del múrice.

            A la amanecida, aún sin dormir y sin sueño, excavó más largo y la calzada era como de cuatro varas de latitud y, según la inclinación de las lajas, allí mismo torcía hacia el norte, viniendo (como al parecer venía) del oeste, o al revés. De modo que lo primero que se le ocurrió fue trazar mentalmente la supuesta trayectoria de aquel sepultado camino, eligiendo para sus iniciales y nada precisas maniobras el rumbo occidental (que no era, por supuesto, el que trajeran un día los dos erráticos buscadores de nada), ya olvidado de sus plantaciones e inconscientemente esclavizado por el obsesivo rastreo del terminal –o del punto de arranque- de la calzada.

            Pasados que hubieron cuatro meses desde que iniciara las subterráneas pesquisas, lejos como estaba el normando aquel luciente día del chozo, vio entrar dos faluchos por la bocana del caño Cleofás, tal vez con la ruta de cabotaje confundida o aventurados por aquellas palúdicas aguas en temerarias intentonas de pesca de bajura. Tardó algún tiempo en comprender que no se trataba de ninguna de las fementidas imágenes pergeñadas de pronto en el caliginoso hondón de la marisma (que tantas veces lo embargaran de terror o lo hicieran sospecha que empezaban a estancársele los humores de la cabeza), pero salió simultáneamente de dudas y ensoñaciones cuando llegó hasta él, conducida por los denso orificios de la salinidad, una ininteligible jerga, marinera y gutural como el griterío de las grullas. Fue arrimándose sin ser notado hasta los vientos de la orilla, hurtando detrás de los juncos un cuerpo ya camuflado por una especia de mimetismo con la mohosa impregnación de la tierra, y distinguió a los tripulantes de uno de los faluchos desenvergando el trinquete y a los del otro, ya arriadas las velas, bogando en un bote hacia los bajíos de Matafalúa.

            Vigiló durante horas sin comprender qué decían ni en que se afanaban. Dos hombres harapientos recogían en unas espuertas lo que debía ser sal mezclada con cierno de un lucio desaguado, transportándola con atropelladas prisas a bordo. Y en eso estaban cuando el normando distinguió la figura de una mujer que revolvía entre unas cuarterolas estibadas en la popa del velero. Con la virilidad entumecida durante años, o tal vez durante toda su indescifrable vida, el solitario se sintió absorbido de pronto por el vórtice de una turbia rotación de delirios que le circuló vertiginosamente por la sangre y se le incrustó en las ingles y allí le violentó las desvencijadas compuertas del sexo. Arrastrándose por el pestilente lodo, restregándolo y lamiéndolo, una mano vibrando entre los muslos, le adelantó a la hembra sobre los entrevistos pechos y el combado vientre su boca jadeante y su envilecido cuerpo de animal celibatario. Tumbado de bruces, mojado de limo y esperma, su propio orgasmo le alimentó la combustión de un ansia que solo podría ya extinguirse, no coincidiendo periódicamente con el celo de la fauna vecina, sino por medio de un inaplazable ayuntamiento con mujer.

 

 

 
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