FRAGMENTOS DE LIBROS :   Moby Dick (1851) 


MobyDick

 

  Hermann Melville

  Editorial Santillana

  Traducción de Juan Gómez Casas 

 

   

 

Comienzo:

 

Espejismos. 

           Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuantos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de especial interés que me retuviera en tierra, pensé que lo mejor sería darme a la mar por una temporada para ver la parte acuática del mundo. Es una manera mía de combatir la melancolía y de regular la circulación de la sangre. Siempre que siento que empiezo a hacer mohines y a enfurruñarme, y noto las húmedas brumas de noviembre en mi espíritu; siempre que me sorprendo parándome ante las funerarias, o incorporándome al cortejo de cuantos funerales encuentro y, sobre todo, cuando mi hipocondría prevalece de tal manera sobre mí, que tengo que echar mano de todos mis principios morales para evitar salir a la calle deliberadamente, y a golpes, y de modo metódico, quitarle a la gente los sombreros de la cabeza, entonces es cuando comprendo que ha llegado el tiempo de volver al mar con urgencia. Este es el sustituto que uso para el suicidio. Catón se arroja sobre su espada con elegancia filosófica; yo, pacíficamente, me embarco. No hay nada sorprendente en ello. Si se pudieran dar cuenta, la mayoría de los hombres verían que, en diferente grado, en un momento u otro de sus vidas comparten conmigo estos sentimientos que experimento hacia el Océano. 

Ahora, ahí está vuestra isla de los Manhattoes, rodeada de ballenas como las islas índicas se hallan rodeadas de arrecifes de coral: el comercio la ciñe con su resaca. A izquierda y derecha, las calles os llevan al mar. Su extremo, situado en la parte más baja, es la Batería, noble mole que lavan las olas y refrescan las brisas, la cual, tan sólo unas pocas horas antes estaba lejos de nuestra vista. Mirad allí las tripulaciones que se proveen de agua.

BarcazasAzules

Circunvalad la ciudad en la tarde de un somnoliento sábado. Id desde Corlears Hook hasta Coenties Slip, y desde allí, por Whitehall, hacia el Norte. ¿Qué veis? Apostado como silenciosos centinelas, todo alrededor de la ciudad, permanecen miles de hombres absortos en ensueños oceánicos. Algunos reclinados sobre postes, otros sentados sobre los principales muelles. Otros contemplando la masa de los buques que viene de China. 

Otros aún, en la parte más alta, como esforzándose por obtener una visión del mar todavía más satisfactoria. Pero todos éstos son hombres de tierra. De cotidiano trabajo entre listones y argamasas, o atados a mostradores, clavados en bancos, encorvados sobre pupitres. ¿Cómo sucede esto, pues? ¿No existen ya los verdes campos? ¿Qué hacen estos hombres aquí?

Pero ¡mirad! Aquí llegan más grupos, dirigiéndose en derechura al agua, y al parecer preparados para una zambullida. Sólo se contentarán con el límite más extremado de tierra. El vagar por la sombría hez de las tiendas y almacenes no es suficiente. No. Necesitan estar lo más cerca posible del agua, sin caer en ella. Los hay a millares, formando ligas. Son todos habitantes de tierras interiores y vienen de callejuelas y avenidas, calles y bulevares del Este, Oeste, Norte y Sur. Sin embargo, aquí todos se unen. Decidme, ¿se sentirán atraídos todos hacia aquí por las magnéticas virtudes de las agujas de los compases de todos estos barcos?... 

 

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