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Fragmentos de libros. LA CAMPANA DE CRISTAL de Sylvia Plath   Fragmentos II

Acceso/Volver a los FRAGMENTOS I de este libro: Arriba FraLib
Continúa...     (Se muestra alguna información de las imágenes al sobreponer el ratón sobre ellas)

... Me gustaba observar a otras personas en situaciones cruciales. Si había un accidente en la carretera o una pelea callejera o un bebé conservado en una probeta de laboratorio que yo pudiera ver, me detenía y miraba tan fijamente que nunca más lo olvidaba.

Por cierto, aprendí muchas cosas que nunca hubiera aprendido de otra manera, y aun cuando me sorprendieran o me dieran náuseas no lo dejaba traslucir; en cambio, fingía saber que ésa era la forma en que las cosas sucedían siempre. 

   

p20  ... Debe de haber unas cuantas cosas que un baño caliente no puede curar, pero yo conozco muchas; siempre que estoy triste hasta morir, o tan nerviosa que no puedo dormir, o enamorada de alguien a quien no veré en una semana, me deprimo, pero sólo hasta el punto en que me digo: «Tomaré un baño caliente».

DaveQuiggleMedito en el baño. El agua tiene que estar bien caliente, tan caliente que apenas se soporte el poner el pie dentro. Entonces uno se desliza suavemente, hasta que el agua le llega al cuello.

Recuerdo todos los techos que había sobre cada una de las bañeras en que me he estirado. Recuerdo las texturas de los techos y las grietas y los colores y las manchas de humedad y la disposición de las luces. Recuerdo también las bañeras: las bañeras antiguas, con patas como garras, y las modernas bañeras en forma de ataúd, y las bañeras de mármol rosado de imitación, que semejaban estanques interiores de lirios, y recuerdo las formas y los tamaños de los distintos grifos y soportes para el jabón.

Nunca me siento tan yo misma como cuando tomo un baño caliente.

Me tendí en aquella bañera, en la planta diecisiete de aquel hotel sólo-para-mujeres, muy por encima del ajetreo neoyorquino, durante casi una hora, y sentí cómo volvía a ser pura.

No creo en el bautismo ni en las aguas del Jordán, ni en nada por el estilo, pero sospecho que lo que siento respecto al baño caliente es lo que los creyentes sienten del agua bendita.

AutorretratoSPMe dije: «Doreen se está disolviendo, Lenny Shepherd se está disolviendo, Frankie se está disolviendo, Nueva York se está disolviendo, todo se está disolviendo, y se está alejando y nada, ninguno de ellos, importa ya. No los conozco, no los he conocido nunca y soy más pura. Todo aquel licor y aquellos besos pegajosos que vi y la suciedad que se pegó a mi piel en el camino de egreso a casa se convierten ahora en algo puro».

Mientras más tiempo pasaba allí, en el agua clara y caliente, más pura me sentía, y cuando por fin salí y me envolví en una de las toallas de baño del hotel, grandes, suaves, blancas, me sentía pura y dulce como un bebé...

   

p31  ... Protegida por el tintineo de las copas de agua y los cubiertos de plata y la porcelana, pavimenté mi plato con tajadas de pollo. Luego recubrí las tajadas con caviar en capas tan espesas como si se tratara de untar crema de cacahuete en una tostada. Entonces tomé, una por una, las lonjas de carne con los dedos, y las enrollé para que el caviar no escapara por los bordes y me las comí.

Había descubierto, después de dejar atrás grandes recelos respecto de qué cucharas utilizar, que si uno hace algo incorrecto en la mesa con cierta arrogancia, como si supiera perfectamente que está haciendo lo que corresponde, puede salir del paso y nadie pensará que es grosero o que ha recibido una pobre educación. Pensarán que uno es original y muy ocurrente.

MoviePosterAprendí este truco el día en que Jota Ce me llevó a almorzar con un famoso poeta. Él vestía una horrible, mugrienta, arrugada chaqueta de tweed pardo y pantalones grises y un jersey de cuello abierto, a cuadros rojos y azules en un restaurante muy formal lleno de fuentes y candelabros, donde todos los demás hombres llevaban trajes oscuros e inmaculadas camisas blancas.

Este poeta comió la ensalada con los dedos, hoja por hoja, mientras me hablaba de la antítesis entre la naturaleza y el arte. Yo no lograba apartar mis ojos de los dedos pálidos, regordetes, que iban y venían de la ensaladera del poeta a la boca del poeta con una chorreante hoja de lechuga en cada viaje. Nadie rió entre dientes ni hizo comentarios descorteses en voz baja. El poeta hacía que el comer ensalada con los dedos pareciera la única cosa natural y sensata que cabía hacer...

   

p41  ... La película era muy mala. Las estrellas eran una bonita chica rubia que se parecía a June Allyson, pero que era en realidad otra persona, y una chica de pelo negro muy atractiva, que se parecía a Elizabeth Taylor, pero también era otra persona, y dos tipos de amplias espaldas y cabezas cuadradas con nombres como Rick y Gil.

 ActricesEra un romance de fútbol y era en tecnicolor. Odio el tecnicolor. Todo el mundo en una película en tecnicolor parece sentirse obligado a usar fantásticos trajes nuevos en cada nueva escena y a posar como maniquíes con montones de árboles muy verdes o trigo muy amarillo o un océano muy azul extendiéndose kilómetros y kilómetros en todas direcciones.

La mayor parte de la acción de esta película se desarrollaba en las tribunas de un estadio de fútbol, donde las dos chicas agitaban las manos y vitoreaban vestidas con unos elegantes trajes con crisantemos anaranjados del tamaño de repollos en las solapas, o en un salón de baile, donde las muchachas se deslizaban a toda velocidad junto a sus parejas, con vestidos que parecían sacados de Lo que el viento se llevó y luego se escapaban secretamente hasta el tocador para decirse tremendas obscenidades.

Finalmente pude darme cuenta de que la chica buena iba a terminar junto al héroe bueno del fútbol, y de que la chica atractiva no iba a terminar junto a nadie porque lo que el hombre llamado Gil buscaba era una amante y no una esposa, y ahora estaba haciendo las maletas para irse a Europa solo.

Aproximadamente en ese punto, empecé a sentirme rara. Miré en derredor todas las filas de extasiadas cabecitas, todas con el mismo resplandor plateado delante y la misma sombra negra detrás, y no me parecieron ni más ni menos que un montón de estúpidos lunáticos...

   

p62  ... Pasé de un relato a otro hasta llegar finalmente a uno acerca de una higuera. Pasé de un relato a otro hasta llegar finalmente a uno acerca de una higuera. La higuera crecía en un verde prado entre la casa de un judío y un convento, y el judío y una hermosa monja trigueña se encontraban a menudo junto al árbol para recoger higos maduros, hasta que un día vieron en LiteratureTatoosuna rama un huevo empollado en un nido y mientras observaban al pajarillo abrirse camino con el pico, sus manos se rozaron, y desde entonces la monja no volvió a recoger higos maduros con el judío; en su lugar iba una cocinera católica y de rostro perverso, quien contaba los higos que el judío recogía para asegurarse de que no se llevaba más que ella, y el hombre estaba furioso.

Me pareció una historia encantadora, especialmente la parte referente a la higuera en invierno, bajo la nieve, y luego en primavera cargada de fruta verde. Lamenté llegar a la última página. Deseé poder arrastrarme por entre las líneas negras del papel impreso, como si se tratara de una cerca, e ir a dormir bajo la gran higuera,verde y hermosa.

Tenía la impresión de que Buddy Willard y yo éramos como el judío y la monja del cuento, aunque por supuesto no éramos judíos ni católicos sino miembros de la Iglesia Unitaria. Nos conocimos bajo nuestra propia higuera imaginaria y lo que veíamos no era un pajarillo salir de su cascarón, sino un niño nacer de una mujer, y entonces algo terrible ocurría y nuestros caminos se separaban.... Era una melodía muy distinta de la que Buddy Willard había entonado durante los dos años que habíamos empleado en conocernos.

Mientras estaba allí tendida en la blanca cama del hotel sintiéndome sola y débil, pensé en Buddy Willard, solo y más débil que yo, en aquel sanatorio de los montes Adirondacks, y me sentí una traidora de la peor especie. En sus cartas, Buddy me decía que estaba leyendo poemas Chejovescritos por alguien que también era médico y que había descubierto que había un famoso cuentista ruso, ya muerto, que también había sido médico, así que era posible que los escritores y los médicos congeniaran.

Era una melodía muy distinta de la que Buddy Willard había entonado durante los dos años que habíamos empleado en conocernos. Recuerdo el día en que Buddy me sonrió y dijo:

Recuerdo el día en que Buddy me sonrió y dijo:

—¿Sabes lo que es un poema, Esther?

—No, ¿qué es? —dije.

—Un grano de polvo. —Y pareció tan orgulloso de haber pensado una cosa así que me quedé mirando su rubio cabello y sus ojos azules y sus blancos dientes.

—Supongo que sí —dije.

Pasaba gran parte del tiempo sosteniendo conversaciones imaginarias con Buddy Willard. Él era un par de años mayor que yo, y muy científico, así que siempre podía demostrar las cosas. Cuando estaba con él, tenía que hacer un gran esfuerzo para no llevar la peor parte.

Cub TheBellJarAquellas conversaciones que yo desarrollaba mentalmente, solían repetir el inicio de conversaciones que en verdad había tenido con Buddy, sólo que yo terminaba dando agudas respuestas en lugar de quedarme allí sin decir otra cosa que «Supongo que sí».

Ahora, tendida en la cama, imaginaba a Buddy diciendo:

—¿Sabes lo que es un poema, Esther?

—No, ¿qué es? —decía yo.

—Un grano de polvo.

Entonces, cuando él comenzara a sonreír y a mostrarse orgulloso, yo diría:

—También lo son los cadáveres que cortas. También lo es la gente a la que crees curar. Son polvo como el polvo mismo es polvo. Calculo que un buen poema dura mucho más que cientos de esas gentes juntas.

Y, por supuesto, Buddy no sabría qué responder porque lo que yo decía era cierto. La gente estaba hecha nada más que de polvo y yo no veía que curar todo aquel polvo fuera algo mejor que escribir poemas que la gente recordaría y se repetiría a sí misma cuando se sintiera infeliz o enferma y no pudiera dormir...

   

Del Cap 6... Observé con gran interés a la muchacha rusa con su traje de chaqueta gris cruzado, que vertía modismo tras modismo a su propia ininteligible lengua —de lo cual Constantino dijo que era la parte más difícil porque los rusos no tienen los mismos modismos que nosotros— y deseé con todo mi corazón poder meterme dentro de ella y pasar el resto de mi vida ladrando un modismo tras otro. Podría no hacerme más feliz, pero sería un granito más de eficiencia entre los demás granitos.

IconSylviaEntonces Constantino y la intérprete rusa y todo aquel montón de hombres negros y blancos y amarillos discutiendo allá abajo detrás de sus micrófonos rotulados parecieron alejarse en la distancia. Vi sus bocas subir y bajar sin sonido, como si estuvieran sentados en la cubierta de un buque que partía, dejándome en medio de un enorme silencio.

Empecé a sumar todas las cosas que yo no podía hacer...

   

... El problema era que yo siempre había sido inadecuada, simplemente no había pensado en ello.

En lo único que destacaba era en ganar becas y premios, y esa época se acercaba a su fin.

Me sentí como un caballo de carreras en un mundo sin pistas o como un campeón universitario de fútbol, súbitamente enfrentado con Wall Street y un traje de ejecutivo, sus días de gloria reducidos a una pequeña copa de oro sobre la repisa de su chimenea, con una fecha grabada en ella como la fecha de una lápida.

Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento.

EstherGreenwoodHigueraDe la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.

Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies...

   

p95  ... Desperté con el sonido de la lluvia.

Estaba oscuro como boca de lobo. Al cabo de un rato descifré las formas borrosas de una ventana poco familiar. De vez en cuando, un rayo de luz se materializaba de la nada, atravesaba la pared como un fantasmal dedo exploratorio y se hundía nuevamente en la nada.

Entonces oí el sonido de la respiración de alguien.

Al principio pensé que era sólo yo misma y que estaba tendida en la oscuridad, en mi cuarto de hotel, después de haberme envenenado. Contuve el aliento, pero la respiración continuó.

RelojFosfor2Un ojo verde brillaba a mi lado en la cama. Estaba dividido en cuartos, como una brújula. Estiré un brazo lentamente y cerré mi mano sobre él. Lo levanté. Con él vino un brazo, pesado como el de un muerto, pero tibio de sueño.

El reloj de Constantino señalaba las tres en punto.

Estaba tendido con la camisa y los pantalones y los calcetines, tal como lo había dejado al dormirme, y a medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad distinguía sus pálidos párpados y su recta nariz y su boca bien formada, tolerante, pero parecían insustanciales, como dibujadas en la niebla. Pasé unos minutos inclinada sobre él, estudiándolo. Nunca antes me había quedado dormida junto a un hombre.

Traté de imaginarme cómo sería todo si Constantino fuera mi marido.

Significaría levantarse a las siete y prepararle huevos con tocino y tostadas y café y vagar en bata después de marcharse él al trabajo, lavar los platos sucios y hacer la cama y luego cuando él regresara a casa tras un agitado, fascinante día, esperaría encontrar una gran cena y yo pasaría la velada lavando aún más platos sucios, hasta caer en la cama, totalmente exhausta.

IconSylviaAquélla parecía ser una vida triste y desperdiciada para una chica con quince años de las mejores calificaciones, pero yo sabía cómo era el matrimonio porque cocinar y limpiar y lavar era precisamente lo que la madre de Buddy Willard hacía desde el amanecer hasta la noche, y ella era esposa de un profesor universitario y había sido profesora de una escuela privada.

Una vez en que fui a ver a Buddy, encontré a la señora Willard tejiendo una alfombra con piezas de lana de trajes viejos del señor Willard Había pasado semanas con esa alfombra, y yo había admirado los lanudos colores pardos y verdes azules que formaban el patrón del tejido, pero cuando la señora Willard terminó, en vez de colgar la alfombra en la pared, como yo lo habría hecho, la puso en lugar de la estera de la cocina y en unos cuantos días estuvo gastada, polvorienta e imposible de distinguir de cualquier estera de las que se compran por menos de un dólar en una tienda de Cinco y Diez Centavos.

Y yo sabía que a pesar de todas las rosas y besos y cenas en restaurantes que un hombre hacía llover sobre una mujer antes de casarse con ella, lo que secretamente deseaba para cuando la ceremonia de boda terminase era aplastarla bajo sus pies como la alfombra de la señora Willard.

the bell jar film peq¿Acaso no había contado mi propia madre que, tan pronto como ella y mi padre salieron de Reno para su luna de miel —mi padre había estado casado antes, así que necesitaba divorciarse—, mi padre le dijo: «Uf, qué alivio, ahora podemos dejar de fingir y ser nosotros mismos»? Y desde ese día en adelante mi madre no tuvo un momento de paz.

También recordé a Buddy Willard diciendo en un tono siniestro y malicioso que después de que yo tuviera niños sentiría de una manera diferente, no querría escribir más poemas. Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.

Mientras contemplaba a Constantino de la misma manera en que se contempla una piedrecilla brillante, inalcanzable, en el fondo de un profundo pozo, sus párpados se abrieron y miró a través de mí y sus ojos estuvieron llenos de amor. Lo miraba extasiada cuando un pequeño obturador de reconocimiento chasqueó al otro lado de la mancha de ternura, y las enormes pupilas se tornaron brillantes y sin hondura, como el charol...

   

p99  ... El señor Willard me llevó en coche a los montes Adirondacks.

Era el día siguiente al de Navidad y un cielo gris se hinchaba sobre nosotros, lleno de nieve. Me sentía pesada y embotada y defraudada, como me siento siempre el día que sigue al de Navidad, como si lo que prometían las ramas de pino y las velas y los regalos con cintas plateadas y doradas y las fogatas de troncos de abedul y el pavo de Navidad y los villancicos al piano, fuera lo que fuese, no acabara de llegar nunca.

Por Navidad yo casi deseaba ser católica...

   

p135  ... Decidí dejar lo de la novela hasta que hubiera ido a Europa y hubiera tenido un amante, y no aprender jamás una palabra de taquigrafía. Si nunca aprendía taquigrafía, nunca tendría que usarla.

Pensé pasar el verano leyendo Finnegan’s Wake y escribiendo mi tesis.

Luego pensé que tal vez podría dejar los estudios por un año y aprender alfarería.

O trabajar para irme a Alemania y ser camarera hasta que fuera bilingüe.

Luego, un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza como una familia de conejos dispersa.

PostesTelefVi los años de mi vida dispuestos a lo largo de una carretera como postes telefónicos, unidos por medio de alambres. Conté uno, dos, tres… diecinueve postes telefónicos, y luego los alambres pendían en el espacio y por mucho que lo intentara no podía ver un solo poste más después del decimonoveno.

La habitación azuleó hasta resultar visible y me pregunté qué se había hecho de la noche. Mi madre se convirtió de un tronco brumoso en una mujer de mediana edad que dormía profundamente, la boca ligeramente abierta y un ronquido deslizándose por su garganta. El ruido cochinil me irritaba y durante un rato creí que la única manera de acallarlo sería coger la columna de piel y tendón de donde salía y retorcerla hasta reducirla al silencio.

Fingí dormir hasta que mi madre se fue a la escuela, pero ni siquiera mis párpados hacían desaparecer la luz. La cruda, roja red de sus pequeños vasos colgaba frente a mí como una herida. Me deslicé entre el colchón y el somier acolchado y dejé que el colchón cayera sobre mí como una losa. Se estaba a oscuras y a salvo ahí abajo, pero el colchón no era lo bastante pesado.

Hubiera tenido que pesar aproximadamente una tonelada más para hacerme dormir.

ríocorre, más allá de Eva y Adán, desde desvío brusco de la costa hasta la curva de bahía, nos vuelve a traer por una espaciosa vía de recirculación a Howth Castle y Environs.

El grueso libro hacía una desagradable melladura en mi estómago.

ríocorre, más allá de Eva y Adán.

Tal vez era un bar en Dublín.

finnegans wakeMis ojos se hundieron en una sopa alfabética de letras hasta llegar a la larga palabra que estaba a mitad de página.

bababadalgharaghta kammmorronnk onnbronntonnrrronn rounnthunntrovarr haunawanskawntoo hoohoordenenthurnuk!

Conté las letras. Había exactamente cien. Pensé que eso debía ser importante.

¿Por qué debía haber cien letras?

Traté, vacilante, de decir la palabra en voz alta.

Sonaba como un pesado objeto de madera que rodara por las escaleras bump-bump-bump, escalón tras escalón. Levantando las páginas del libro las dejé caer en abanico lentamente ante mis ojos. Las palabras, vagamente familiares, pero al sesgo, como rostros en el espejo de un parque de atracciones pasaron y desaparecieron sin dejar ninguna impresión en la vidriosa superficie de mi cerebro.

Miré de soslayo la página.

A las letras les salieron púas y cuernos de carnero. Observé cada una por separado y las vi brincar una y otra vez de una manera tonta. Luego se asociaron en formas fantásticas, intraducibies, como el árabe o el chino.

Decidí descartar mi tesis...

   

p141  ... La sala de espera del doctor Gordon era silenciosa y beige.

Las paredes eran beige , y las alfombras eran beige , y las sillas y sofás tapizados eran beige . No había espejos ni cuadros, sólo certificados de diferentes escuelas de medicina, con el nombre del doctor Gordon en latín, colgados en las paredes. Helechos colgantes de un verde pálido y hojas puntiagudas de un verde mucho más oscuro llenaban los potes de cerámica que estaban sobre la mesa de las revistas.

CubBulgaroAl principio me preguntaba por qué la habitación parecía tan segura. Luego me di cuenta de que era porque no tenía ventanas.

El aire acondicionado me hacía tiritar.

Todavía llevaba la blusa blanca y la falda campesina de Betsy. Estaban un poco ajadas ahora, puesto que no las había lavado en las tres semanas que llevaba en casa. El algodón sudado despedía un olor acre, pero amistoso.

Tampoco me había lavado el pelo en tres semanas.

No había dormido en siete noches.

Mi madre me dijo que debía de haber dormido pues era imposible no dormir en todo ese tiempo, pero si dormí fue con los ojos muy abiertos, ya que había seguido el verde, luminoso curso del segundero, del minutero y de las manecillas que marcan las horas en el reloj de la mesilla de noche a través de sus círculos y semicírculos, cada noche durante siete noches, sin perder un segundo, ni un minuto, ni una hora.

La razón por la que no había lavado mi ropa ni mi pelo era que me parecía de lo más tonto hacerlo.

TemperaEnPapelVeía los días del año extendiéndose ante mí como una serie de brillantes cajas blancas, y separando una caja de otra estaba el sueño, como una sombra negra. Sólo que para mí la larga perspectiva de sombras que separaban una caja de la siguiente había desaparecido repentinamente, y podía ver día tras día resplandeciendo ante mí como una blanca, ancha, infinitamente desolada avenida.

Parecía tonto lavar un día cuando tendría que volver a lavar al siguiente.

El solo pensar en eso me hacía sentir cansada.

Quería hacer todo de una vez por todas y terminar.

El doctor Gordon le daba vueltas a un lápiz de plata.

—Su madre me dice que está usted trastornada.

Me enrosqué en la cavernosa silla de cuero y me encaré con el doctor Gordon por sobre un acre de escritorio extraordinariamente pulido.

El doctor Gordonesperó. Golpeó ligeramente con su lápiz —tap, tap, tap— en el pulcro campo verde de su papel secante.

PoesíaCompletaSus pestañas eran tan largas y espesas que parecían artificiales. Juncos de plástico negro orlando dos piscinas verdes, glaciales.

Las facciones del doctor Gordoneran tan perfectas que era casi guapo.

Me había imaginado a un hombre bondadoso, feo, intuitivo, que me miraría y diría «¡Ah!» alentadoramente, como si pudiera ver algo que yo no veía, y entonces yo encontraría palabras para decirle lo asustada que estaba, como si me estuvieran metiendo más y más adentro en un saco negro sin aire, sin salida.

Luego él se echaría hacia atrás en su silla y juntaría las puntas de los dedos formando un pequeño campanario y me diría por qué no podía dormir y por qué no podía leer y por qué no podía comer y por qué todo lo que la gente hacía parecía tan tonto, porque al final sólo morían.
Y entonces, pensaba yo, él me ayudará, paso a paso, a volver a ser yo misma.

Pero el doctor Gordon no era así en absoluto. Era joven y bien parecido y comprendí enseguida que era engreído.

El doctor Gordontenía una fotografía sobre su escritorio, en un marco plateado, que en parte miraba hacia él y en parte miraba hacia mi silla de cuero. Era una fotografía familiar y mostraba a una hermosa mujer de pelo oscuro, que podía haber sido la hermana del doctor Gordon, sonriendo por encima de las cabezas de dos niños rubios.

DoctorGordonCreo que uno de los niños era un varón y el otro una chica, pero es posible que ambos fueran varones o que ambos fueran niñas; es difícil distinguir cuando los niños son tan pequeños. Creo que también había un perro en la foto, hacia la parte de abajo —una especie de airedale o un perdiguero dorado—, pero pudo haber sido sólo el dibujo de la falda de la mujer.

Por alguna razón, la fotografía me puso furiosa.

No veía por qué tenía que estar vuelta en parte hacia mí, a menos que el doctor Gordon estuviera tratando de mostrarme desde un principio que estaba casado con una mujer encantadora y que era mejor que no me hiciera ideas raras.

Entonces pensé: ¿cómo puede ayudarme, después de todo, este doctor Gordon, con una hermosa mujer y hermosos niños y un hermoso perro aureolándolo como los ángeles de una tarjeta de Navidad?...

   

p150  ... ¡SUICIDA SALVADO EN CORNISA DE SÉPTIMO PISO!

Después de permanecer dos horas en la delgada cornisa de un séptimo piso, sobre el asfalto de un aparcamiento y una multitud aglomerada, el señor George Pollucci permitió que el sargento Will Kilmartin, de la fuerza policial de la calle Charles, le ayudara a regresar al interior del edificio a través de una ventana cercana.

PocketEdhasaRompí la cáscara de un cacahuete de la bolsa de diez centavos que había comprado para alimentar las palomas y me lo comí. Sabía a muerto, como un trozo de vieja corteza de árbol.

Acerqué bien el periódico a mis ojos para ver mejor el rostro de George Pollucci, iluminado como una luna en cuarto creciente contra un vago fondo de ladrillo y cielo negro. Sentí que él tenía algo importante que decirme, y que fuera lo que fuese, bien podría estar escrito en su cara.

Pero las borrosas nubosidades del rostro de George Pollucci se derritieron mientras las miraba, fundiéndose en un patrón regular de puntos grises: oscuros, claros e intermedios.

El párrafo en tinta negra del periódico no decía por qué el señor Pollucci estaba en la cornisa, ni qué le hizo el sargento Kilmartin cuando finalmente logró que entrara por la ventana.

El problema al saltar era que si uno no subía el número apropiado de pisos aún podía estar vivo cuando tocara al suelo. Pensé que siete pisos debían de ser una distancia segura.

Doblé el periódico y lo metí entre los listones del banco del parque. Era lo que mi madre llamaba una hoja de escándalos, llena de los asesinatos y suicidios y palizas y robos locales, y en casi cada página había una dama medio desnuda con los pechos surgiendo por el escote del vestido y las piernas colocadas de modo que se pudiera ver hasta las ligas.

ChristianScienceMonitor2No sabía por qué nunca había comprado ninguno de estos periódicos. Eran lo único que podía leer. Los pequeños párrafos entre las fotos terminaban antes de que las letras tuvieran la oportunidad de ponerse vanidosas y comenzaran a bailotear. En casa, lo único que veía era el Christian Science Monitor , que aparecía en el escalón de la puerta delantera a las cinco todos los días menos el domingo, y que trataba suicidios y crímenes sexuales y accidentes de aviación como si no sucedieran.

Un gran cisne blanco rodeado de pequeñuelos se acercó a mi banco, luego dio la vuelta a una frondosa isleta cubierta de patos y se alejó chapoteando bajo el oscuro arco del puente. Todo lo que veía me parecía brillante y extremadamente diminuto...

   

 p174  ... Pensé que ahogarse debería ser la manera más dulce de morir, y quemarse la peor. Algunos de aquellos bebés metidos en frascos que Buddy Willard me había mostrado tenían branquias, dijo él. Pasaban por una fase en que eran exactamente como peces.

Una ola pequeña, de pacotilla, llena de envolturas de caramelo y cáscaras de naranja y algas marinas, rompió sobre mis pies.

Oí la arena crujir tras de mí, y Cal se acercó.

—Nademos hasta aquella roca de allá.

La señalé.

—¿Estás loca? Está a un kilómetro.

—¿Qué eres —dije—, un gallina?

Cal me tomó por el codo y me empujó hacia dentro del agua. Cuando el agua nos llegaba a la cintura me hundió. Salí a la superficie chapoteando, con los ojos abrasados por la sal. Debajo, el agua estaba verde y semiopaca como un pedazo de cuarzo.

IAmIAmIAmEmpecé a nadar, un estilo perro modificado, manteniendo la cara hacia la roca. Cal hacía un crawl lento.

Después de un rato levantó la cabeza y se quedó moviendo únicamente las piernas en el agua.

—No puedo llegar.

Jadeaba fuertemente.

—Muy bien. Vuélvete.

Pensé en nadar hasta estar demasiado cansada para volver. Mientras avanzaba chapoteando, los latidos de mi corazón retumbaban como un pesado motor en mis oídos.

Yo soy yo soy yo soy.

   

... Esa mañana había tratado de ahorcarme.

Había cogido el cordón de seda de la bata amarilla de mi madre, tan pronto como ella se fue al trabajo, y, en la penumbra ámbar de la habitación, le había hecho un nudo que se deslizaba hacia arriba y hacia abajo sobre sí mismo. Me tomó mucho tiempo hacer eso porque no era buena en nudos y no tenía idea de cómo hacer uno adecuado.

Entonces empecé a dar vueltas buscando un lugar donde atar la cuerda.

El problema era que nuestra casa no tenía el tipo de techos adecuados. Los techos eran bajos, blancos y regularmente enyesados sin un soporte para luces ni una viga de madera a la vista. Pensé con nostalgia en la casa que tenía mi abuela antes de venderla para venir a vivir con nosotros, y luego con mi tía Libby.

EstherGreenwoodPinterLa casa de mi abuela estaba construida en el excelente estilo del siglo diecinueve, con habitaciones de techo alto y fuertes soportes para lámparas de araña y grandes armarios con sólidos rieles y un desván a donde nadie iba nunca, lleno de baúles y jaulas de loros y maniquíes de costurera y vigas bajas, gruesas como los maderos de un barco.

Pero era una casa vieja, y ella la vendió, y yo no conocía a nadie que tuviera una casa así.

Después de un desalentador rato de andar por ahí con el cordón de seda colgándome del cuello como la cola amarilla de un gato y sin haber encontrado un lugar en que atarlo, me senté en el borde de la cama de mi madre y traté de ajustar el nudo.

Pero cada vez que conseguía apretar la cuerda hasta el punto de sentir un agolpamiento de sangre en las orejas y un flujo de sangre en la cara, mis manos se debilitaban y dejaban escapar el nudo y me ponía bien nuevamente.

Entonces vi que mi cuerpo tenía toda clase de pequeños trucos, como hacer que mis manos se aflojaran en el segundo crucial, lo cual lo salvaría esa vez y otra, mientras que si fuera mía toda la decisión, estaría muerta en un relámpago.

StanislawGliwaPinterTendría simplemente que tenderle una emboscada con el poco sentido que me quedara, o me atraparía en su estúpida jaula durante cincuenta años, absolutamente sin ningún sentido. Y cuando la gente descubriera que mi mente se había extraviado, como tendría que suceder más pronto o más tarde, a pesar de la cautelosa lengua de mi madre, la persuadirían de que me metiera en un manicomio donde pudieran curarme.

Sólo que mi caso era incurable.

Yo había comprado varios libros de bolsillo sobre psicopatología en el drugstore y había comparado mis síntomas con los síntomas que aparecían en los libros, y ciertamente, mis síntomas concordaban con los casos más desesperados.

Lo único que podía leer, aparte de las hojas de escándalos, era esos libros sobre psicopatología. Era como si hubiera dejado una delgada abertura para aprender todo lo que necesitaba saber sobre mi caso, y así poder terminarlo de manera apropiada.

ElentroconvulsiveMe pregunté, después del fracaso del ahorcamiento, si no sería mejor desistir y entregarme a los doctores, pero entonces recordé al doctor Gordon y su máquina privada para electroshocks. Una vez estuviera encerrada podría emplearla en mí todo el tiempo.

Y pensé en cómo mi madre, mi hermano y mis amigos me visitarían, día tras día, con la esperanza de que estuviese mejor. Después sus visitas se harían cada vez más espaciadas y abandonarían toda esperanza. Envejecerían. Me olvidarían.

Serían pobres, además.

Querrían que yo tuviera los mejores cuidados al principio, así que no tardarían en tirar todo su dinero en un hospital privado como el del doctor Gordon. Finalmente, cuando el dinero se hubiera acabado, me trasladarían a un hospital del Estado, con cientos de personas como yo en una gran jaula en el sótano.

Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno...

   

... Mi madre me había dicho que el remedio para quienes pensaban demasiado en ellos mismos era ayudar a alguien que estuviera peor, así que Teresa había conseguido tramitar mi inscripción como voluntaria en nuestro hospital local. Era difícil ser voluntaria en ese hospital, porque eso era lo que todas las mujeres de la Júnior League querían hacer, pero afortunadamente para mí, muchas de ellas estaban fuera de vacaciones.

Cub TheBellJar3Había abrigado la esperanza de que me mandaran a una sala con algunos casos realmente horripilantes, quienes verían a través de mi entumecido y estúpido rostro mi buena voluntad y me estarían agradecidos. Pero la jefa de las voluntarias, una dama de sociedad de nuestra iglesia, me echó un vistazo y dijo:

—Estarás en maternidad.

Así que subí tres pisos en ascensor hasta la sala de maternidad y me presenté a la enfermera jefe. Ella me dio el carrito con las flores. Se esperaba que yo pusiera los floreros adecuados en las camas adecuadas en las habitaciones adecuadas.

Pero antes de llegar a la puerta de la primera habitación me di cuenta de que muchas de las flores estaban marchitas y marrones en los bordes. Pensé que sería desalentador para una mujer que acababa de tener un bebé ver a alguien ponerle de improviso un gran ramo de flores marchitas delante, así que conduje el carrito hacia un lavabo de un cuarto del vestíbulo y empecé a quitar todas las flores marchitas.

Después quité todas las que se estaban empezando a marchitar.

No había cubo de desperdicios a la vista, de manera que estrujé las flores y las puse en el profundo lavabo blanco. El lavabo estaba frío como una tumba. Sonreí. Así debía ser como ponían los cuerpos en la morgue del hospital. Mi gesto, en su modesta escala, imitaba el gesto más grande de los médicos y enfermeras.

Abrí la puerta de la primera habitación y entré, arrastrando mi carrito. Un par de enfermeras saltaron y tuve una confusa impresión de estantes y armarios con medicinas.

FloresMarchitas—¿Qué quieres? —preguntó una de las enfermeras severamente. Yo no podía distinguir a una de la otra; todas parecían exactamente iguales.

—Estoy distribuyendo las flores.

La enfermera que había hablado puso una mano sobre mi hombro y me condujo fuera del cuarto, maniobrando el carrito con su experta mano libre. Abrió violentamente las puertas batientes del cuarto próximo a ése y me hizo una reverencia al señalarme la entrada.

Oí risas en la distancia, hasta que una puerta se cerró y las apagó.

Había seis camas en la habitación, y en cada cama había una mujer. Las mujeres estaban sentadas, y hacían punto u hojeaban revistas o se ponían bigudíes en el pelo y charlaban como cotorras en una jaula de cotorras.

Yo había pensado que estarían durmiendo, o yacentes y pálidas, de modo que podría pasar de puntillas por allí sin ningún problema y aparear los números de las camas con los números escritos con tinta sobre la cinta adhesiva de los floreros; pero antes de que yo tuviera oportunidad de empezar mi tarea, una brillante, ostentosa rubia con un rostro agudo, triangular, me llamó con una seña.

Me acerqué a ella dejando el carrito en medio de la habitación, pero entonces ella hizo un gesto de impaciencia y vi que quería que trajera también el carrito.

Llevé el carro hasta su cama con una sonrisa servicial.

EspuelasDeCaballero—Eh, ¿dónde está mi espuela de caballero? —Una dama gruesa, fofa, desde el otro extremo de la sala me escudriñó con ojo de águila.

La rubia de cara afilada se inclinó sobre el carrito.

—Aquí están mis rosas amarillas —dijo—, pero están todas mezcladas con unos miserables iris.

Otras voces se unieron a las de estas dos mujeres. Parecían irritadas y altas y llenas de quejas.

Estaba abriendo la boca para explicar que había tirado un montón de espuelas de caballero muertas en el lavabo y que como algunos de los floreros que yo había escardado tenían aspecto escuálido porque les quedaban tan pocas flores, había unido varios de los ramos para rellenarlos, cuando la puerta batiente se abrió de golpe y una enfermera entró con paso majestuoso a ver qué era aquel jaleo.

—Escuche, enfermera, yo tenía un gran ramo de espuela de caballero que Larry me trajo anoche.

—Ella echó a perder mis rosas amarillas.

Desabotonándome el uniforme verde mientras corría, lo eché, al pasar, en el lavabo, junto a los desperdicios de flores muertas. Entonces bajé, de dos en dos, los desiertos escalones laterales hasta la calle, sin encontrar un alma...

   

... La oscuridad era espesa como terciopelo. Alcancé el vaso y el frasco y, cuidadosamente, de rodillas, con la cabeza inclinada, me arrastré hasta la pared más lejana.

TelarañasRostroLas telarañas me tocaron el rostro con la suavidad de las polillas. Envolviéndome en mi abrigo negro como en mi propia dulce sombra, destapé el frasco de pastillas y empecé a tomármelas velozmente, entre tragos de agua, una por una por una.

Al principio nada sucedió, pero cuando me acercaba al fondo del frasco, luces rojas y azules comenzaron a relampaguear ante mis ojos. El frasco se me escapó de los dedos y me recosté.

El silencio se alejó descubriendo los guijarros y las conchas y toda la sucia ruina de mi vida. Luego, en el umbral de la visión, se congregó, y en una devastadora marea me arrojó al sueño... 

   

p205  ... Mi madre me dijo que debía estar muy agradecida. Dijo que yo le había gastado casi todo su dinero y que si no fuera por la señora Guinea, no sabía dónde estaría yo. Yo sabía dónde estaría, sin embargo. Estaría en el gran hospital del Estado, en las afueras, pared con pared de este sitio privado.

CampanaCristalSabía que debía estarle agradecida a la señora Guinea, sólo que no podía sentir nada. Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado.

El cielo azul abría su cúpula sobre el río, y el río estaba punteado de veleros. Me preparé, pero inmediatamente mi madre y mi hermano apoyaron una mano sobre la manija de cada puerta. Los neumáticos zumbaron brevemente sobre la rejilla del puente. Aguas, velas, cielo azul y gaviotas suspendidas pasaron rápidamente como una improbable postal, y habíamos pasado.

Me arrellané en el asiento de felpa gris y cerré los ojos. El aire de la campana de cristal se acolchaba a mi alrededor y yo no podía moverlo...

   

... Todo el mundo sabría lo mío por supuesto.

La doctora Nolan había dicho, bastante francamente, que mucha gente me trataría con cautela, y hasta me evitaría como a un leproso con una campana de advertencia. El rostro de mi madre me vino a la mente, una luna pálida, reprobatoria, en su primera y última visita al sanatorio desde el día en que cumplí los veinte años. ¡Una hija en un manicomio! Yo le había hecho eso. Aun así, obviamente, había decidido perdonarme.

Characterization2—Comenzaremos donde lo dejamos, Esther —había dicho, con su dulce sonrisa de mártir—. Actuaremos como si todo esto fuera una pesadilla.

—Una pesadilla…

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla.

Una pesadilla.

Yo lo recordaba todo.

Recordaba los cadáveres y a Doreen, y la historia de la higuera y el diamante de Marco y el marinero en el parque y la enfermera de ojos estrábicos del doctor Gordon y los termómetros rotos y el negro con sus dos clases de judías y los diez kilos que engordé por la insulina y la roca que se combaba entre el cielo y el mar como una calavera gris.

Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera.

Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.

...

También, de "La campana de cristal":

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