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Fragmentos de libros. IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de M.Elvira Roca Barea  FINAL II:

 

Editorial:  SiruelaEdiciones     Acceso/Volver al Final I de "Imperiofobia y leyenda negra": ToroLlevaCaballo177  


 
Continúa.

  

    ... La idea la compartieron por igual liberales y conservadores en la España de la segunda mitad del siglo XIX por razones que hemos procurado explicar. Concentrémonos en este punto: es una evidencia para la opinión pública occidental que el Norte es laborioso y el Sur, despilfarrador, y que en la presente crisis el pobre Norte está pagando las desastrosas políticas de los países del Sur. Así, en 2013 se publica en España Europa a la deriva del periodista Gavin Hewitt, que venía de ser un gran éxito en lengua inglesa. Según Hewitt, esta crisis es un duelo entre el Norte frugal y el Sur derrochador[** Gavin Hewitt, Europa a la deriva, Madrid: Alianza Editorial, 2013.].

     Conviene aquí detenerse un momento en el caso griego, porque constituye una suerte de parábola moral de mucha enjundia. Cuando en las elecciones del 25 de enero de 2015 ganó en Grecia el partido Syriza, cualquier periódico servía como ejemplo del sentir general: un pueblo idiota que se ha dejado engañar por las promesas demagógicas de un partido indigno de credibilidad y que finalmente terminará por toparse con la realidad austera e implacable de la Europa seria. SyrizaEngañar para ganar elecciones no es una excepción en democracia, sino más bien la norma. A fin de cuentas no hay mucha diferencia entre vender un candidato o cualquier tipo de mercancía. Ya se nos ha olvidado que George Bush llegó a la presidencia de Estados Unidos por un fraude electoral. Pero los trapos sucios del Norte se airean poco. Son siempre una excepción en una normalidad de buena gestión y ejemplar democracia. En cambio, el Sur vive en un estado de tropiezo permanente. Es como un error congénito.

    Damos por sentado que Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical, debe atenerse a lo firmado con las autoridades financieras europeas e internacionales por el gobierno de Samaras, el anterior primer ministro, y por los de antes de Samaras, esto es, por los que han llevado a Grecia a la quiebra. Ya nadie recuerda las peticiones de la opinión pública griega (intelectuales, medios de comunicación, asociaciones cívicas…) para dar una solución «a la islandesa» a la crisis que acababa de estallar. Recordemos que en Islandia los bancos no fueron rescatados con dinero público y sus directivos fueron a prisión por haber abusado irresponsablemente de la confianza de los ciudadanos.

      Recordemos que Islandia dejó morir a tres de los cuatro bancos que operaban en el país (Kaupthing, Landsbanki Islands y Glitnir), pero esto no evitó que fuera necesaria una quita de en torno al 70 por ciento del capital adeudado. Islandia pudo hacer esto porque no está en la zona euro y, por tanto, puede tomar decisiones como devaluar su moneda para hacerla competitiva. «Si estuviéramos fijados al euro… tendríamos que sucumbir a las leyes de Francia y QuemaLandsbarAlemania», declaró David Oddsson, director del Banco Central de Islandia, cuando se hizo saber a la opinión pública internacional que los prestamistas extranjeros no iban a poder recuperar más que un 10 o un 15 por ciento de sus inversiones[** David Ollsson, Wall Street Journal, 17-octubre-2008. Daniel Chartier, La spectaculaire déroute de l’Island, Presses de L’Université du Québec, 2010. Es un buen ejemplo de rendida admiración hacia los islandeses por exactamente lo mismo que se ha denigrado e insultado a los griegos. Aparte de eso, tiene interés.]. Sin embargo, esto no convirtió a los islandeses en PIGS. Nadie piensa de ellos que son unos vagos y unos irresponsables por haberse endeudado exageradamente. Es más, parece que todo el mundo admira el valor con que los islandeses decidieron tomar el toro por los cuernos y romper las reglas de juego del mundo financiero internacional al decidir no pagar sus deudas.  

     Pero cuando los griegos quisieron hacer lo mismo, esas mismas autoridades financieras que aceptaron el envite islandés se negaron a permitirlo, entre otras razones porque los grandes bancos, en su mayoría alemanes, eran el principal acreedor de Grecia. Y Grecia no podía (ningún país de la Unión Europea puede) tomar esa decisión libremente. De manera que los griegos se enfrentan al vendaval con una mano atada a la espalda y un pie en un cepo. Para empezar no tienen control de ninguna clase sobre la moneda protagonista de esta crisis financiera: el euro. Hans-Werner Sinn, presidente de IFO (Instituto de Investigación Económico Alemán, que es como la patronal alemana) considera que si Grecia hubiera salido del euro hace cinco años estaría ahora mucho mejor. Entonces, ¿por qué no sale Grecia del euro? Porque el euro es la moneda de Alemania y una fuente de ingresos inapreciable. Por cada euro que sale de Alemania, vuelven dos (datos del IFO).

       Grecia es un país del que no hay que fiarse. Ni de Grecia ni de Italia ni de Portugal ni de Irlanda ni de España (PIGS). ¿Qué tienen en común las naciones que forman tan heterogéneo grupo? Que no son protestantes. ¿Y cómo se ha llegado a la conclusión de que no hay que fiarse de ellos? ¿Esto es algo que se sabe desde hace poco o desde hace mucho? ¿Qué datos de la experiencia avalan este convencimiento que nadie, ni en el Sur ni en el Norte, pone en duda? Expondremos algunos ejemplos para ilustrar esos «datos de la experiencia» que toda Europa parece conocer por ciencia infusa.  

     Cuando acabó la Primera Guerra Mundial se fijaron las indemnizaciones de guerra que Alemania debía pagar en 132.000 millones de marcos, es decir, 2,8 veces el PIB alemán de 1913 (47.000 millones de marcos) y cinco veces el francés. Es una cifra importante que hubiera puesto en apuros a cualquiera, pero no a Alemania. Porque no pagó. Rápidamente las potencias ganadoras recortaron la cantidad en un 60 por ciento (sin duda una buena quita) y el pago anual se redujo a 2.000 millones de marcos, algo más del 4 por ciento del PIB. Pero esto solo se pagó un año, porque rápidamente se decretó una moratoria para renegociar. Un complejo sistema de ingeniería financiera se puso en marcha para que Alemania no pagara sus deudas sin que nadie acusara a Alemania de no hacerlo. Los griegos, como son una raza inferior, no merecen tanto. Es difícil encontrar un texto en el que no se diga que los alemanes «no podían» pagar sus deudas o en el que se les infravalore por ello. En cambio, en cualquier tertulia televisiva o escrito periodístico se lee que los griegos «no quieren» pagar las suyas. Pero volvamos a lo principal. Como los alemanes no pagaban, el estadounidense Charles Gates Dawes vino a echar una mano por cuenta estadounidense, lo que se PlanDawescondensó en el llamado Plan Dawes (1924): préstamos a bajo interés, ayudas a fondo perdido, inversiones estadounidenses a gran escala[** A. G. Kenwood y A. L. Lougheed, Historia del desarrollo económico internacional, Madrid: Akal, 1995, págs. 275 y ss.]. Los 2.000 millones pasaron a 800 millones anuales. Pero esto tampoco fue suficiente. La crisis de 1929 puso de manifiesto hasta qué punto era grande la dependencia económica de Alemania con respecto a Estados Unidos. Si esto es una verdad molesta, pero irrefutable para muchos países europeos, en el caso de Alemania la dependencia llega al mero existir. Alemania existe solo porque Rusia existe y Estados Unidos necesita que esté ahí, si no ya habría acertado a morir en alguno de esos suicidios que organiza cada cierto tiempo. Lo asombroso es el espejismo que considera que una nación que ha tenido que ser completamente reconstruida dos veces en menos de un siglo con dinero extranjero sea considerada un dechado de cualidades admirables y no como un socio sospechoso. Hasta los años setenta, más de sesenta aviones estadounidenses aterrizaban diariamente en Berlín (tinta, papel higiénico, monederos… cualquier cosa) para que nada faltara a la población alemana. La reconstrucción de la universidad y de todas sus instalaciones la pagaron los dólares yanquis, que la estuvieron costeando a fondo perdido hasta esa década. 

        En 1929 hubo de nuevo que renegociar la deuda alemana. Esta vez se hizo bajo los auspicios de Owen D. Young por parte estadounidense. Siempre el paraguas estadounidense. La cantidad que había que pagar se redujo de nuevo (otra quita) en un tercio y se escalonó el pago de lo restante a lo largo de cincuenta y nueve años. Paralelamente, Alemania recibió el préstamo Young por un montante de 1.200 millones de marcos a un 5,5 por ciento de interés, con vencimiento a los treinta y cinco años, para reflotar el Banco Central Alemán. No tuvo que acudir al mercado internacional de deuda y, por tanto, no hubo prima de riesgo. Pero Alemania tampoco pagaba en estas más que favorables condiciones. Se creó el Banco de Pagos Internacionales dirigido por el francés Pierre Quesney para lidiar con este toro porque la reestructuración de Young tampoco daba resultado. En 1932 Francia terminó renunciando al pago de las compensaciones de guerra, por aburrimiento. Xavier Lépine, presidente del Consejo Ejecutivo de La FBisInDieDritterançaise AM, apostilla: «Sin embargo, la historia de la deuda alemana y, por ende, de la ayuda —también involuntaria— de sus acreedores no termina ahí. Los préstamos Dawes y Young seguían vigentes y a partir de 1934, con la llegada de los nazis al poder, sumada a verdaderas dificultades económicas, cesaron el pago de las obligaciones. Diecinueve años más tarde, en 1953, se firmó un nuevo tratado con los alemanes y se canjearon los préstamos Dawes y Young por otros nuevos con una quita del 40 por ciento (no comment…), que se reembolsaron en 1969 y 1980, respectivamente…, cincuenta años después de su emisión y con un tipo de interés reducido (en torno al 5 por ciento frente a una inflación del 10 por ciento) sobre un principal amputado en un 40 por ciento»[** Xavier Lépine, «La deuda alemana y Europa: una larga y curiosa historia», publicado el 16 de julio de 2012 en www.fundspeople.com/noticias/tribuna. Consultado el 19 de junio de 2015.]. No está mal para el socio más digno de confianza de la Unión Europea y poder hegemónico indiscutible ahora mismo en Europa, y más destacadamente en la zona euro donde España está. Su deuda soberana se ha financiado prácticamente al cero por ciento en la crisis que todavía padecemos y que estalló en 2007. A pesar de ello, no ha podido evitar el estancamiento.

     Pero no acaba aquí la historia. Acabada la Segunda Guerra Mundial se firmaron acuerdos en 1953 que preveían el pago de lo debido al menos hasta 1945, porque lo anterior se refiere solo a los préstamos Dawes y Young. Sin embargo, Alemania no cumplió estos acuerdos[698 Timothy W. Guinnane, «Financial Vergangenheits bewältigung: the 1953 Debt Agreemant», Center Discussion Paper 880, enero de 2004, en http://econ.yale.edu/egcenter/. Consultado el 27 de junio de 2015.]. La República Federal Alemana se negó a abonar los intereses impagados sobre las obligaciones debidas por Alemania en el periodo 1945-1952. El argumento esgrimido por la República RFA RDAFederal Alemana era que la República Democrática Alemana no pagaba y que, por lo tanto, no iba ella sola a cargar con la deuda. Tampoco se pagaron los 10.000 millones de marcos que los griegos se vieron en la obligación de prestar manu militari a la Alemania nazi[** Hein A. M. Klemann y Sergei Kudryaslov, Occupies Economies: An Economic History of Nazi-Occupies Europe, 1939-1945, Londres y Nueva York: Berg, 2012]. Se añadió entonces una cláusula según la cual Alemania solo pagaría en caso de unificación. Y ahí quedó la cosa hasta 1990, en que Alemania comenzó de nuevo a pagar una deuda que tenía ya casi ochenta años. Los intereses impagados se liquidaron a un módico 3 por ciento en una época en que los intereses giraban en torno al 10 por ciento. El principal se pagó el 3 de octubre de 2013. Casi cien años después, tras varias quitas y con una etapa de más de cuarenta años sin pagar nada y recibiendo ayudas a fondo perdido. Si se diesen estas condiciones, ¿no serían capaces los griegos de pagar sus deudas? No hay que ser superhombres para hacerlo.

    El hecho es que el mundo entero cree, contra toda evidencia, que Alemania paga sus deudas. Alemania ha recuperado la virtud (los protestantes nunca la pierden) tras el traspiés de la Segunda Guerra Mundial, que no fue más que un mal momento. Los malos que no pagan son los mediterráneos e irlandeses, esto es, los católicos u ortodoxos. En cualquier caso, no protestantes. Actúan los primeros de acuerdo a su naturaleza inmoral e inferior, y los segundos, como corresponde a la suya, es decir, de manera respetable y virtuosa.

       ¿Por qué el prestigio de Alemania no se ha visto mermado por lo expuesto arriba? Porque el cotarro internacional que crea y destruye opinión pública lo maneja el mundo protestante. En los países que no lo son, la propaganda es un instrumento que se maneja mal, torpemente. Si a esto añadimos que no existe en ellos ley de silencio como mecanismo social de opinión pública, entenderemos por qué la buena reputación protestante nunca se pierde. Pero es que aquellos que se ven perjudicados por las políticas de acrecentamiento de la deuda con el euro como mecanismo de control tampoco saben usar adecuadamente la información. La mayor parte de la opinión pública ignora estos hechos, y aquellos que están en la obligación de conocerlos o no los saben o no saben qué hacer o están tan aplastados por sus complejos que no atinan a nada. Esta información hubiera debido aparecer en todos los medios de comunicación de los países perjudicados por el aumento desmesurado y artificial de las primas de riesgo, no una vez o dos, sino un día sí y otro también, hasta que no quedara un solo griego, un solo italiano, un solo español o un solo portugués que no la supiera. Repetirla hasta la saciedad, hasta que impregne el ambiente con tal espesura que sea imposible respirar sin reaccionar. No contra nadie sino a favor de nosotros mismos.

       Banco Central EuropeoLas autoridades económicas de la Unión Europea, bajo hegemonía alemana, están mucho menos interesadas en superar la crisis que en conseguir que los bancos que financiaron las burbujas del sur (especialmente alemanes) recobren los créditos concedidos irresponsablemente. El argumento lógico sería que ni siquiera los prestamistas más detestables están blindados contra los impagos. Sin embargo, en este caso es así. Y el euro es el conjuro que hace posible este milagro. Un procedimiento inédito en la historia occidental se ha inventado para estos prestamistas: la transformación de la deuda privada en deuda pública. Es muy simple. El crédito a bajo interés y con grandes facilidades hace que aumente la deuda privada, porque familias, empresas pequeñas y grandes aprovechan la coyuntura para mejorar su situación. Se crea una burbuja crediticia que finalmente estalla. Los gobiernos, para evitar las quiebras bancarias, se endeudan para ayudar a los bancos. Y ya tenemos la deuda privada convertida en deuda soberana. Añadamos a esto que el Banco Central Europeo presta dinero no a los Estados, sino a los bancos a muy bajo interés (1 por ciento y menos, por ejemplo), y que los bancos utilizan ese dinero para comprar deuda pública al 3, 4 y 5 por ciento o más. Más las primas de riesgo que se puedan arañar manipulando el mercado de deuda. El negocio es redondo. ¿Para quién? Para los mismos bancos que provocaron esta crisis prestando irresponsablemente. Los ciudadanos terminan pagando la deuda bancaria transformada en pública y las ayudas terminan sirviendo a los bancos para comprar la deuda que ellos han producido, pero a mucho mayor interés. 

       Friedrich Ebert StiftungLa Fundación Friedrich Ebert, ligada a la socialdemocracia alemana y famosa en España por haber financiado ilegalmente al PSOE de Felipe González en los años setenta y ochenta, publicó en 2012 un informe donde se dibujan los posibles escenarios que podemos encontrar en Europa tras la crisis. El más destacable es el que se denomina «síndrome del Mezzogiorno». Presenta un grupo unificado de territorios que mantienen el euro con Alemania en el centro, y España e Italia divididas en varios fragmentos, algunos de los cuales se habrían adherido a esta Europa fuerte y, otros, los que están más al sur, no. Se menciona específicamente a Cataluña y el norte de Italia. Se ve que se despistaron un poco y se olvidaron de La Rioja, que es la comunidad autónoma más rica. 

        Para terminar este esbozo comparativo de las deudas griegas y alemanas y de la actitud de la comunidad internacional ante ellas, nos referiremos brevemente a lo sucedido después de la Segunda Guerra Mundial con los dineros que los alemanes debían a los griegos. Cuando la guerra termina, se condena a Alemania a indemnizar a Grecia con 7.000 millones de dólares por los daños causados durante la ocupación de 1941-1944. Como era de esperar, esta indemnización jamás se pagó. Los argumentos alemanes fueron los esperados. Como la RDA no pagaba, la RFA tampoco. A esto se llamó, con mucho arte, argumento de la discontinuidad del Estado. Cuando se produjo la reunificación, los griegos, haciendo gala de una gran generosidad y comprensión, consideraron el hecho como una etapa nueva en la historia de Alemania y decidieron olvidar la reclamación de la deuda. ¿Bonito, no? La cantidad no era pequeña precisamente. Esos 7.000 millones de dólares al interés de la tasa de inflación estadounidense desde 1946 dan la hermosa cifra de 80.000 millones de hoy día. Si se aplica la tasa de interés del bono americano, la cifra es mucho mayor y sacaría a Grecia de bastantes apuros. El argumento de la discontinuidad del Estado, que fue totalmente tomado en serio por la comunidad internacional, no fue el único empleado por Alemania para no pagar. Se usó otro aún más absurdo, el de los «materiales». Alemania, al parecer, había llevado muchos «materiales» (¿se refiere a los panzer y las minas antipersona con que sembraron los campos del Peloponeso?) a Grecia y se habían quedado allí, de lo cual los griegos tenían que estar más bien agradecidos. En fin, todo esto ha ocurrido. Aunque parezca mentira, ha ocurrido.       

WhatCrisis Imagen incluida en el libro: Portada del  disco Crisis? What crisis? de Supertramp

 

    Tampoco en el caso de Gran Bretaña demostró la comunidad internacional desconfianza ni se oyeron reproches descalificadores. Los británicos, como los islandeses, nunca podrían ser PIGS. En 1976, James Callagham, primer ministro de Gran Bretaña, tuvo que enfrentarse a una gravísima crisis. Había síntomas bastante evidentes, pero nadie la vio venir. La libra esterlina se desplomó y el gobierno comenzó a tener dificultades para colocar la deuda. Con un ingreso fiscal decreciente, pronto no hubo dinero para hacer frente a los gastos corrientes. Callagham tuvo que solicitar un préstamo urgente (rescate) al Fondo Monetario Internacional para evitar la suspensión de pagos. La cantidad fue de 2,3 billones de libras esterlinas. Era el préstamo más grande jamás concedido por el FMI[** Véase www.telegraph.co.uk/comment/columnists/benedict-brogan/6410123/thedebt-crisis-of-1976-offers-a-vision-of-the-blood-sweat-and-tears-facing-DavidCameron.html. Consultado el 28 de julio de 2015.]. Para que nos hagamos una idea de lo que esta cifra representaba en este año, el PIB de Francia era de 335.548 millones de euros y el de Gran Bretaña de 208.260 millones. La inflación estaba en el 27 por ciento y el paro en más del 20 por ciento. Las duras condiciones que este organismo impuso fueron vistas en Gran Bretaña como una auténtica humillación nacional. Fuera de Gran Bretaña, uno de los artículos más duros fue el editorial de The Wall Street Journal (29-abril-1975) titulado «Goodbye, Great Britain»: «The British government is now so clearly headed toward a policy of total confiscation that anyone who has any wealth left is discounting furiously at any chance to get it out of the country […]. Goodbye, Great Britain. It was nice knowing you». Pero ni en este ni en otros textos en la prensa internacional se acusó a Gran Bretaña de estar chupando la sangre a la comunidad internacional ni se los llamó piratas ni se la asoció a ningún animal cuyo nombre sea un insulto[** El artículo, que tuvo una gran repercusión, se transformó luego en un libro: Kathleen Burk y Alec Cairncross, Goodbye Great Britain. The 1976 IMF Crisis, New Haven: Yale University Press, 1992.]. Es más, toda la comunidad internacional lamentó unánimemente las fatigas que estaban pasando los británicos, nadie les culpó de aquella crisis ni demostró desconfianza en Gran Bretaña para superar su deuda. De esta unanimidad en la confianza y el respeto hizo gala El País, que en un editorial titulado «La economía británica o cómo salir de la crisis» (25-septiembre-1977) demostraba una fe inquebrantable en la capacidad de los ingleses y veía por todas partes brotes verdes que anunciaban la recuperación económica. Nada más lejos de la realidad. Al otoño de 1977 siguieron tiempos aún más duros, y eso que Gran Bretaña contaba con algo que Grecia no tiene: petróleo en el mar del Norte. El invierno de 1978 a 1979 se conoce como «the Winter of Discontent», unos meses terribles de paro, huelgas y desórdenes públicos.

       ¿Eran culpables los ingleses de aquel tropiezo? Tanto como lo son ahora quienes tienen problemas para financiar su deuda soberana. Y estuvo bien que la comunidad internacional demostrara comprensión y confianza en ellos. Sin embargo, ¿por qué en circunstancias semejantes se desata un vendaval de descalificaciones e insultos hacia otros países? Porque cuando aprieta el zapato en los países protestantes de Europa, el hábito es recurrir a un procedimiento de autodefensa que se conoce como «chivo expiatorio» y que permite echar las culpas fuera. En otro tiempo la culpa de todos los males propios la tuvieron el Imperio español y la Iglesia católica. Uno y otra sirvieron para justificar desde el racismo religioso al racismo científico. Una parte importante del éxito económico de las sociedades protestantes se debe a haber inventado la propaganda, en primer lugar, y saber usarla en beneficio propio, lógicamente. Con ella se desarrolló otro mecanismo paralelo: el chivo expiatorio. Esta es la viga maestra de la cosmovisión y autorrepresentación protestante. Ante cualquier apuro, se pone en marcha un mecanismo de propaganda interesada que busca lo más sencillo: que sean otros los que paguen la mayor parte de los platos rotos. Ahora esos otros son naturalmente los pueblos no protestantes de la Unión Europea. Los viejos prejuicios anticatólicos e hispanófobos son aventados de nuevo para proteger el bolsillo lo más posible. No nos hemos convertido en PIGS o GIPSY gratuitamente, en un momento de creatividad periodística.

Pigs

Imagen incluida en la libro. Españoles representados como cerdos.
 
Grabado holandés anónimo del siglo XVI, Ingrid Schulze Schneider, La leyenda negra de España. 
Propaganda en la guerra de Flandes (1566-1584), Madrid: Ed. Complutense, 2008, pág. 112.  

       Esta manera ofensiva y agresiva de afrontar los problemas es el primer paso hacia el éxito. El economista Ricardo Aronskind señala: «Llamarlos PIGS no es una humorada. Es el comienzo de una campaña denigratoria, no precisamente con fines éticos. La ideología de las finanzas internacionales parte de la base de que el sistema económico mundial es justo y moral. Sus voceros presentan a los prestamistas como una especie de Cruz Roja que acude en solidaria ayuda de aquellos que la requieren. Una organización moderna que se desvive por asistir a los débiles, a los necesitados (de crédito). Lamentablemente, estos solícitos y prudentes hombres de negocios se tropiezan reiteradamente con… PIGS. Frente a la seriedad, surge la irresponsabilidad. Frente a la eficiencia, la impericia. Frente a la honorabilidad, el pecado bajo la forma de corrupción, desorden, despilfarro. Si alguien ha llegado a ser un PIG, es porque debido a sus desmanejos ha terminado archiendeudado. Por lo tanto, merece sufrir. Si esos países extraviados están siendo arrojados en el camino del ajuste, de los salarios miserables, del desempleo, de la migración forzosa, del estancamiento, es porque son PIGS»[** Disponible en www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-4232-2010-0329.html. Consultado el 12 de junio de 2015].

       No es nada nuevo. Las turbulencias financieras que buscan subordinar económicamente a un país y transformar el Estado en una mera herramienta de recaudar para pagar deuda van necesariamente precedidos de un periodo de denigración colectiva. Se convence a propios y extraños de que la población de ese país es la culpable de los males que se le vienen encima y que, en cambio, hay un mundo serio y respetuoso que viene a meterlos en vereda, por su mala cabeza. Se monta una campaña de denigración que transforma a los que van a ser saqueados en los culpables del saqueo. Para ello es importantísimo proceder a la destrucción de la autoestima nacional de forma que se asuma que son los propios pecados y no las aventuras financieras descontroladas de otros los que han llevado a la situación de endeudamiento.

      El acrónimo PIGS existía desde antes de la crisis, al menos desde mediados de los noventa, pero tenía poco uso. Lo habían empleado Newsweek, The Economist o The Times, pero es Financial Times el que lo populariza. Hace referencia a la frase hecha «flying pig» (cerdo que vuela). Se usa también la expresión «economía porcina». Pero si hay un ambiente pig, un ámbito falto de seriedad y de ética en nuestro mundo global, ese es el del conglomerado denominado Las Vegas Group, un grupo financiero integrado por grandes corporaciones como Goldman Sachs, que tan destacado papel ha tenido en Grecia; agencias de calificación de riesgo como Standard & Poor’s, Fitch y Moody’s, y medios de comunicación afines a ellos como Wall Street Journal, The Economist, Financial Times, The Times, Daily CasinoCapitalismTelegraph y Fox News principalmente. La economista inglesa Susan Strange (London School of Economics) denominaba a este tipo de actividad financiera especulativa «capitalismo de casino», y fue de las primeras en advertir a finales de los setenta de que se estaba abriendo una brecha peligrosísima entre la capacidad de control del mundo financiero por los estados-nación y el mercando financiero globalizado[** Susan Strange, Casino Capitalism, Manchester: Manchester University Press, 1997.]. Esta brecha no ha hecho más que ensancharse en el caso de la Europa Occidental conforme los Estados han ido perdiendo poder a favor de la Unión Europea, y esta no ha creado mecanismos capaces de poner en vereda estos poderes económicos omnímodos que campan por sus respetos y pueden poner a un Estado contra las cuerdas en cuanto ven dificultades en el horizonte. Si disminuyen las ganancias, alguien va a pagar la factura y no van a ser ellos.

      La leyenda negra y sus tópicos eran un artefacto disponible para ser usado urbi et orbi en el contexto de la crisis de la deuda. Otra vez se ha desempolvado el viejo monigote, ya casi una reliquia, pero tan útil como siempre. ¿Hay algún hecho de la experiencia que permita comprender por qué la prima de riesgo de Alemania se ha mantenido alrededor de cero y la española ha llegado a alcanzar el 3 por ciento? De la fiabilidad alemana hemos tratado más arriba. Ahora conviene que, para acabar, nos ocupemos de la in-fiabilidad española.

DolarEpocaImagen inclída en el libro. Dólar estadounidense de la época de Benjamin FranklinDólar estadounidense 
de la época de Benjamin Franklin emitido con la garantía del real de a ocho español.
 

      En la época contemporánea nos encontramos con que el manejo de la deuda externa en el siglo XIX es un desastre en la recién nacida España. Simplemente no tiene experiencia en acudir a ese mercado persa que es el mundo financiero internacional como estado-nación. El imperio recién muerto se ha financiado siempre a su manera. Era rentable prestarle dinero y cuando no podía pagar, imponía las condiciones de sus impagos sin que esto supusiera un gran problema. El real de a ocho era la moneda de aquel imperio y lo sobrevivió con creces. Esta moneda tuvo varios nombres: peso de a ocho, peso duro, peso fuerte o dólar español. El más usado es el de real de a ocho[** Es lo que grita el loro de Long John Silver en La isla del tesoro: «¡Piezas de a ocho, piezas de a ocho!».]. Empezó a acuñarse tras la reforma monetaria de 1497 y en el siglo XVIII se convirtió en la primera divisa de uso mundial. En Estados Unidos fue moneda de curso legal hasta 1857. Se le llamaba allí Spanish dollar y equivalía a un dólar americano. De hecho, al principio los dólares USA eran garantizados con reales de a ocho.

         Como anécdota diremos que hasta 1997 se mantuvo la costumbre en el mercado bursátil estadounidense de vender y comprar acciones en octavos, por el real de a ocho que era la divisa de garantía cuando comenzó a funcionar Wall Street. Con semejante moneda, no había mucho problema de financiación. Durante más de tres siglos el real de a ocho no solo fue moneda internacional, sino que también fue el principal producto de exportación en los Estados del norte, las Antillas, Filipinas, China, Japón, Indochina, Corea, India y los estrechos malayos. Se utilizaba en las transacciones comerciales con Oriente, Inglaterra y Francia. Uno de los principales mercados del real de a ocho fue China y los pueblos asiáticos, que aceptaban esta moneda por su valor intrínseco, y la consideraban como una mercancía sujeta a la ley de la oferta y la demanda. El prestigio internacional del real de a ocho hizo que la tomaran como único medio de cambio del comercio internacional para comerciar con Oriente y obtener té, sedas, marfil, etcétera. Cuando China emitió su primera moneda de plata, el tahel, en 1899, lo hizo según el modelo español del real Talerode a ocho. La unidad del comercio mundial hasta el siglo XIX fue el real de a ocho, que precedió a la libra esterlina de oro inglesa y al dólar de plata estadounidense en su hegemonía financiera mundial. El real de a ocho, como divisa reconocida, sirvió de cambio en las amplias rutas del tráfico mercantil y abrió la puerta a la formación liberal. Asombrosamente, todavía a finales del siglo XIX el papel del real de a ocho seguía siendo competitivo en Oriente, y allí desplazó y superó a otras unidades de plata, como el dólar USA, el dólar británico, el yen japonés, el tálero de María Teresa de Austria, la piastra francesa, la rupia de la India, el chelín inglés de plata. La moneda del imperio tuvo mucha más vida que él. Le pasó como al Cid, que ganaba batallas después de muerto. Fallecida la Monarquía Católica Universal, el real mantuvo su poder competitivo y era la moneda reserva que se atesoraba en China, India y Medio Oriente. [** Guillermo Céspedes Castillo, «El real de a ocho, primera moneda universal», en Carmen Alfaro y otros (coords.), XIII Congreso Internacional de Numismática, Madrid: Ministerio de Cultura, 2005, págs. 1751-1760. María Ruiz Trapero, «El real de a ocho: su importancia y trascendencia», en Susana Cabezas y María del Mar Royo (eds.), IV Jornadas Científicas sobre Documentación de Castilla e Indias en el siglo XVI, Madrid: CEMA, 2005, págs. 357-370. Contiene interesantes imágenes.].

      Pero ahora aquel imperio que hizo posible el real de a ocho ya no existe. La pequeña España, con una deuda enorme después de las guerras napoleónicas, ni siquiera tiene mecanismos de administración adaptados a su nueva situación como parte disgregada de un imperio. Tampoco las nuevas repúblicas latinoamericanas los tienen y padecerán un largo calvario con la deuda, calvario que está muy lejos de haberse acabado. Serían muy largas de contar ahora las tentativas, los ensayos y los errores cometidos por los distintos gobiernos decimonónicos. Baste decir que JuanBravoMurillohubo varias quiebras y también algunos intentos que estuvieron a punto de salir bien, como el de Bravo Murillo, pero no pudieron cuajar. Los ingleses y los holandeses, que habían tenido sus grandes dificultades para financiarse, habían aprendido ya a finales del siglo XVII que había que garantizar los préstamos, porque si no lo hacían con total fiabilidad, no había quien les prestara dinero. Los nuevos españoles tardan algo más de medio siglo en aprender a manejarse en su nueva situación, pero aprenden[** Bartolomé Yun y Francisco Comín, «Spain: from compositive monarchy to nation-state, 1492-1914. An exceptional case?», en Bartolome Yun y P. O’Brien (eds.), The Rise of the Fiscal State in Eurasia. A Global History, 1500-1914, Cambridge: Cambridge University Press, 2012, págs. 233-267.]. Veamos cómo.

      El punto de máxima tensión política y económica se alcanza con el Tratado de París que pone fin a la guerra con Estados Unidos. Es también el punto álgido de la deuda. Las condiciones que los estadounidenses impusieron a España en diciembre de 1898 fueron muy duras. El país tiene que asumir, no ya su propia deuda, lo cual es razonable, sino también la deuda de los territorios secesionados. Recordemos que Alemania había dejado de pagar con el argumento de la discontinuidad del Estado. Mayor discontinuidad que esta no cabe. El hecho es que con la deuda cubana asumida, el montante total alcanza el 123,6 por ciento del PIB. En marzo de 1899 es nombrado un nuevo FdezVillaverdegobierno que preside Francisco Silvela con Raimundo Fernández Villaverde como ministro de Hacienda. Sobre las bases del plan trazado por el anterior ministro, Joaquín López Puigcerver, y su director general de Deuda Pública, Estanislao García Monfort, Villaverde acomete reformas draconianas y consigue reducir la deuda al 76,7 por ciento del PIB[** Bartolomé Yun y Francisco Comín, «Las crisis de la deuda pública en España (siglos XVI-XIX)», Actas del X Congreso Internacional de la AEHE (8, 9 y 10 de septiembre de 2011).]. La aplicación de las reformas de Villaverde y su continuación en el tiempo fueron muy positivamente valoradas dentro y fuera de España. Su plan ha sido calificado como «la obra de más amplio reconocimiento en la historia moderna de España»[** Jordi Maluquer de Motes, España en la crisis de 1898. De la Gran Depresión a la modernización económica del siglo XX, Barcelona: Península, 1999, pág. 17.]. En 1920 la deuda pública española había descendido al 44,4 por ciento y la peseta se había fortalecido tanto que era un problema.  

      La otra gran crisis de deuda se produce con la Guerra Civil, pero ya en agosto de 1939, con el nuevo gobierno todavía en Burgos, José Larraz López, ministro de Hacienda, hace saber a los acreedores que las deudas se van a comenzar a pagar inmediatamente. Y se hace, en muy pocos años además. A la muerte de Franco en 1975 la deuda está en mínimos históricos, el 7,3 por ciento del PIB. [** Enrique Fuentes Quintana, «José Larraz», en F. Comín, P. Martín-Aceña y J. M. Serrano Sanz (eds.), La Hacienda en sus ministros. Franquismo y democracia, Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 1997, págs. 1-15.] Es aproximadamente por estas fechas cuando quiebra Gran Bretaña.

      Nunca desde el fin de la guerra de Cuba ha dejado España de pagar sus deudas. ¿Por qué entonces tiene que asumir un sobrecoste de financiación como si fuera un mal pagador, indigno de confianza? Pero es que España, además de tener todos los pecados congénitos típicamente PIGS, esto es, no-protestantes, tiene un plus. Digamos que se le puede añadir un poco más aprovechando la historia negra que arrastra, con los tópicos hispanófobos del protestantismo, la Ilustración y el liberalismo. Lo explica muy bien Ramón Tamames en una entrevista que transcribo en parte: «Este subidón de la prima de riesgo… es más bien, por ejemplo, cosa de un banco, como el City Bank, que predijo en noviembre que España iba a quebrar… Predijo la quiebra y es que tienen muchas ganas de subir la prima de riesgo y ganar más. Es una paradoja porque nuestra deuda está garantizada por el eurogrupo. Y claro, cuanto más suba, mejor. Es una vergüenza que se tenía que decir constantemente[…]. La situación italiana es más grave en términos de deuda, pero… están inmunizados. Cuando se firma el euro en el 98, Italia tiene una deuda de 120 por ciento, y luego del 110 por ciento o con más de 100 siempre, mientras que España que está en el 68, pues nos tratan así». [** Cadena Intereconomía, entrevista emitida el 25 de marzo de 2012.] Pero Tamames no explica el porqué, de dónde viene este plus de peligrosidad. 

     Esta crisis necesitaba, como dijimos, un chivo expiatorio y lo ha encontrado ya fabricado en parte. El resto del producto solo ha necesitado algún adorno. Hemos mentado más arriba al chivo expiatorio y el mecanismo de transferencia de la culpa como piedra angular de la mentalidad protestante y de su exitosa propaganda. La expresión «chivo expiatorio» designa normalmente en antropología la creencia en que la culpabilidad y otros sufrimientos de la comunidad pueden ser transferidos hacia una víctima, animal o humana, de manera ritual. Para René Girard, en cambio, el mecanismo del chivo expiatorio tiene un sentido mucho más amplio[** René Girard, El chivo expiatorio, Barcelona: Anagrama, 1986]. Limitar su campo de acción al ritual es un error, porque su presencia en casi todas las sociedades es mucho más ubicua y generalizada. El mecanismo autorregulador de la persecución unánime es biológico y cultural al mismo tiempo y tiene que ver con la carencia o el deterioro de los patrones de dominio vigentes hasta el momento en una comunidad, es decir, cuando la jerarquía de poder que ha mantenido cohesionado al grupo entra en crisis por las causas que sean.[** Agustín Moreno Fernández, «Descripción y fases del mecanismo del chivo expiatorio en la teoría mimética de René Girard», Endoxa 32 (2013), págs. 191-206 (pág. 194).] Una comunidad en que se activa el mecanismo para buscar y encontrar chivos expiatorios padece graves disensiones internas o sufre algún desastre real o imaginario. Se establece entonces un falso vínculo causa-efecto entre el chivo expiatorio elegido y el problema real o imaginario al que se enfrenta. El chivo expiatorio es un mecanismo de transferencia de la violencia y búsqueda de cohesión social que existe plenamente en las sociedades protestantes, que lo llevan en sus mismos cimientos, puesto que nacieron contra algo, para alejarse y separarse de ese algo que era en sí mismo malvado e inmoral, el catolicismo. Es un modus operandi que puede, y de hecho lo es, ser manipulado conscientemente por grupos sociales que buscan mantener su poder frente a nuevas situaciones que se lo disputan o por grupos que buscan alcanzar ese poder arrebatándoselo a otros, porque estas crisis colectivas ponen en cuestión el statu quo establecido. En las fases ulteriores del proceso, los perseguidores terminan viéndose a sí mismos como las víctimas pasivas de su propia víctima, del enemigo imaginario que ellos mismos han fabricado. Termina finalmente apareciendo «una progresión de rituales y relatos míticos, que no reflejarían la verdad de lo sucedido sino la visión deformada de la realidad»[** Moreno, «Descripción y fases…», pág. 202]. La antropología considera este proceso como ciego e inconsciente más que interesado o deliberado, y no se entretiene en su manipulación plenamente organizada por determinados grupos o ideologías, como los nacionalismos. O ciertos países o clubes financieros.

 

Aquellos españoles y estos españoles

      Para Platón y Aristóteles la sabiduría es hija de Zauma, la sorpresa. Comienza, por tanto, el saber con el asombro y el maravillarse[** Teeteto (115d); Metafísica (I, 2, 98261).]. Ojalá venga el lector de sumergirse en páginas plagadas de asombros, tantos y tan egregios que la impericia de la autora no habrá podido oscurecer su brillo. Está por un lado el hecho asombroso de la unanimidad en el prejuicio hispanófobo, capaz de atravesar lenguas, siglos y hasta religiones. Era esperable, ya que la imperiofobia en sus distintas manifestaciones vivía y vive sin ser molestada, plácidamente acomodada en el regazo de los que la albergan. Quienes sentirían un pinchazo moral sumamente molesto si se sorprendieran a sí mismos en algún desliz racista u homófobo, proclaman orgullosos su imperiofobia, actualmente bajo la forma habitual de antiamericanismo.

      La persecución o discriminación de los católicos no es un rasgo de intolerancia en Occidente. Desde la Ilustración al menos está sancionado que es más bien un síntoma de modernización. Así, nada ha empañado el título de «una de las naciones más tolerantes del mundo» que puede leerse ligado a Holanda en cualquier texto histórico para plebeyos o expertos, guías de viajes y documentos de todo tipo. Esto a pesar de que las leyes de discriminación de la población católica estuvieron vigentes hasta la invasión francesa. Otro excelso ejemplo de tolerancia es el Reino Unido, aunque sus leyes discriminatorias vivieron hasta mediados del siglo XIX. En Estados Unidos los católicos han sido discriminados hasta los años setenta de manera visible y sin disimulo.

      Es una cosa muy rara, pero los católicos no se defienden. Como no soy católica más que de refilón, esto no lo comprendo. Las causas deben estar en el subsuelo de la mentalidad católica y no llego a ellas. La actitud del protestante es radicalmente distinta, antes y ahora. El protestantismo es el triunfo de una verdad oculta, moralmente superior y arrebatada por Roma a los pueblos durante siglos. Esto no es una idea del pasado, sino un estado de opinión perfectamente vivo y actuante entre los protestantes de toda nacionalidad. Puede el lector entretenerse buscando en Google las páginas de algunas confesiones de reciente implantación en España y verá la virulencia del ataque. En cambio no encontrará esta actitud ofensiva entre los católicos, ni siquiera en los territorios misionales de la IamPaisleyIglesia católica. Durante una visita papal al Parlamento Europeo en 1988, el eurodiputado norirlandés Ian Paisley montó un escándalo inverosímil acusando a Juan Pablo II de ser el Anticristo. El asunto pasó bastante desapercibido. Si hubiera sido al contrario, hubiera habido altavoces proclamando la intolerancia católica como un mal perenne. De hecho los conversos actuales al protestantismo muestran la misma agresividad hacia el catolicismo de los padres fundadores. En definitiva, ¿cómo puede uno ver al Demonio paseándose tranquilamente por las calles y no reaccionar? No iremos muy lejos a buscar un caso ilustrativo. Lo tenemos en casa y es muy popular. El periodista César Vidal es un ejemplo fácil y bien visible. Su proceder insultante tiene la misma causa hoy que hace quinientos años: necesita ofender y denigrar para justificarse. Si los católicos no fuesen demoniacos y moralmente inferiores, ¿por qué me habría hecho yo protestante? He huido de los malos para estar con los buenos.

      Cuando España firma el Tratado de París en 1898, el país recibe la noticia como un mazazo. Cualquier periódico o gacetilla comarcal se hace eco día tras día de lo que se llama el Desastre, porque como tal se vivió colectivamente. ¿Qué fue lo que resultó tan insoportable? ¿Fue realmente un desastre? En realidad no fue más que la recepción del certificado de defunción de un imperio que estaba muerto desde hacía ya mucho. Más de un siglo después resulta difícil calibrar cuánta responsabilidad tuvieron las élites intelectuales en aquel histérico llanto colectivo que ensordeció a los locales y que se oyó con plena claridad más allá de las fronteras. Era natural, por otra parte. La tradición intelectual española es autocrítica y flagelante desde muy antiguo. Ya el marqués de Santillana se quejaba: «Hago un singular reposo [se refiere al ocio intelectual] a las vexaciones e trabajos que el mundo continuamente trahe, mayormente en aquestos nuestros reynos»[** López de Mendoza, Íñigo, Obras completas, ed. Ángel Gómez Moreno y Maximilian Kerkhof, Barcelona: Planeta, 1988, pág. 232.]. El intelectual español nace, crece, se reproduce y muere en un hábitat que exige la crítica nacional, si se quiere conseguir algún respeto. Quien no la practique con la necesaria virulencia, será calificado como mínimo de ignorante y cateto (no sabe las maravillas que hay más allá de las fronteras), y además de derechas. Era por tanto imposible que surgiera ante aquella crisis una solución a la francesa, por falta de tradición. Desde que apareció el salón subvencionado en tiempos de Luis XIV, el intelectual francés ha vivido de y para dar brillo y razones a la grandeur, achicando descalabros y transformando disparates en logros para la humanidad.

     Todo el siglo XIX prepara ese momento, el de la llegada del certificado de defunción. Hay una construcción argumental que comienza en el siglo XVIII y que va durante todo el siglo XIX cargándose de razones y causas históricas inventadas por la propaganda para llegar a la conclusión más que necesaria, necesitada: aquella según la cual la culpa del acabamiento del imperio la tienen aquellos españoles que lo levantaron y no estos que lo llevaron a su final. Con precisión casi matemática van asumiéndose uno a uno los tópicos de la leyenda negra. Los españoles del siglo XIX construyen con ellos una explicación que necesitan casi desesperadamente, y hay que buscarla allí, en aquellos españoles y no aquí, en estos de ahora. Ello nos muestra hasta qué punto la diferencia entre unos y otros es radical. Habría que pensar este asunto con mucho pormenor y mucho mimo porque la continuidad de nombres suele ser engañosa. Los españoles del siglo XIX no son en absoluto los del siglo XVII. El español del siglo XVII no habría buscado nunca un culpable para sus males que no fuese él mismo. Solemos considerar que España es un estado europeo que nació en la primera oleada de formaciones estatales, la del Renacimiento, pero, si bien se piensa, la España de hoy se forma en el siglo XIX, en la etapa postimperial y como parte desgajada de un organismo mayor. Con mucho tino dijo el historiador Juan Antonio Ortega que «España se independizó de sí misma».

      Así las cosas, es muy posible que la historia del Imperio español la escriban alguna vez los arqueólogos. Tendrán mucho y bueno donde entretenerse. Estaría bien saber cómo se imaginarán aquella gente que tantos restos en piedra dejó. Pero esto no sucederá hasta que los pueblos que descienden de aquellos españoles, incluido el nuestro ahora, hayan adquirido despego suficiente y hasta que a aquellos otros que echaron los dientes luchando contra aquellos españoles les suceda lo mismo. Digamos que es un mensaje en una botella que se arroja al mar. Seguro que algún día llegará, pero nosotros no lo veremos. El Imperio español merece justicia histórica y la tendrá, pero hace falta mucho más tiempo. Los españoles de hoy tienen, cuando la tienen, una relación con aquel imperio bastante confusa. En realidad el factor dominante suele ser el de entrar en el Imperio ya muerto para buscar culpables y justificar el presente. En esto los descendientes de aquellos españoles y los descendientes de sus enemigos se comportan igual. De vez en cuando estos españoles y los del otro lado del charco, a los que solemos llamar hispanos por costumbre, tienen como un ataquillo de orgullo, a veces ridículo, a veces nostálgico y siempre inútil. También los peninsulares deberíamos tener otro nombre que nos separara nítidamente a aquellos españoles. Parece que los españoles siguen existiendo, cuando ni los hispanos ni los que llevan ahora este nombre son ya aquellos españoles. En verdad, también los españoles peninsulares deberían llamarse hispanos. Si trasladamos la situación a Roma se verá más claro. Ningún pueblo románico es romano. Los romanos ya no existen. En el siglo V ya no existían. Ni los portugueses, ni los italianos ni los franceses son romanos. Y los que así son llamados hoy día, los habitantes de la ciudad de Roma, no tienen nada que ver con aquellos romanos del imperio.

       SMadariagaElCicloHEl Imperio español es una unidad histórica ya fallecida cuya comprensión escapa por completo a la historiografía occidental hoy vigente. Lo vio muy bien Madariaga cuando habló del «ciclo hispánico». El problema es que solo sucede de vez en cuando que una persona se acerca (o se aleja, según se mire) a los hechos aquí parcialmente historiados y comprende su extraordinaria magnitud. Eso es tan excepcional que ni crea corrientes académicas, ni muchísimo menos opinión pública. 

     Hemos llegado al siglo XX después de fatigarnos por muchos senderos y hemos visto que la leyenda negra sigue viva. ¿Cómo se explica esa continuidad histórica frente a la discontinuidad del Imperio? Si como defendemos aquí no hay continuidad entre aquellos españoles y estos españoles, ¿por qué estos de ahora siguen padeciendo los efectos de la hispanofobia?

      Dos son las razones principales que explican la perpetuación de la hispanofobia y sus tópicos. La primera es su papel en el aparato de autojustificaciones de las naciones protestantes con sus correspondientes iglesias, y luego de la Ilustración y del liberalismo. Las naciones y las religiones que se formaron contra el Imperio español no pueden prescindir de la leyenda negra porque se quedarían sin Historia. Y una vez muerto el imperio, la leyenda negra se transforma de manera suave y natural en el mecanismo que hemos llamado chivo expiatorio. La existencia de la hispanofobia es útil al mundo protestante y rentable económicamente cuando llega el caso. Los tópicos de la leyenda negra se reproducen y se perpetúan porque tienen mercado. Mientras la hispanofobia era imperiofobia, la victimización era poco evidente. Cuando ya no había imperio, la hispanofobia se había convertido en un mecanismo social utilísimo al que costaba renunciar, porque ofrecía grandes ventajas. El mundo protestante necesita culpables, enemigos, un diablo que explique lo que va mal, como toda corriente histórico-ideológica que nace contra algo. Es un mundo moralmente dual. Los nacionalismos funcionan de la misma manera. Esto en la mentalidad católica no se ve ni se comprende, porque el catolicismo no nació ni se ha mantenido contra algo.

     En consecuencia, el protestantismo no podía ser sino la historia de un éxito[** Véase Foxe, I, pág. 27, nota 7]. De otro modo, ¿cuál sería su razón de ser?, ¿cómo justificar el cisma? La ruptura con el catolicismo tenía que ser explicada y solo la denigración de este podía servir para tal fin. Por lo tanto, ningún fracaso es fracaso sino una etapa hacia el triunfo. Para creerse esto hay que repetir hasta la saciedad, hasta el autoconvencimiento y la negación de la realidad, que el mundo católico es un fracaso, de forma que cualquier traspiés se transforma en norma y se magnifica hasta la deformación. No tiene importancia que Holanda, tras la secesión, sufriera el régimen oligárquico más cerrado y falto de representatividad que haya conocido Europa, ni que se pagaran más impuestos que nunca, ni las hambrunas atroces y cíclicas que vinieron después. Tampoco empaña el manto de nación supertolerante que tuviera leyes de discriminación religiosa hasta que perdió su independencia en tiempos de Napoleón, ni que se haya vivido allí en un Rampjaarapartheid de facto (columnización) que todavía es visible. Holanda es rica y tolerante por definición. Su historia es la de un triunfo, una vez liberada del oscurantismo hispanocatólico. La independencia oficial de las provincias neerlandesas que Orange consiguió secesionar se produjo en 1648 (Tratado de Münster). El año 1672 ha pasado a la historia de Holanda como «el año del desastre» (Rampjaar). ¿Qué sucedió en esa región en este año para dejar tan terrible e inolvidable apelativo? Se puede apostar mil contra uno a que el lector no lo sabe. Quien esto escribe tampoco lo sabía hasta hace un año, poco más o menos. La ley del silencio es implacable y perfecta. Sin embargo, es asunto de mucho interés ir al detalle de las consecuencias del éxito del nacionalismo orangista, especialmente en el momento de plena euforia triunfal. Es averiguación que le dejo como tarea al lector, que a estas alturas o es ya un amigo, y por tanto hay confianza, o un enemigo irreconciliable. Así se dará cuenta del esfuerzo que supone traspasar el muro de invisibilidad que las diversas versiones del protestantismo y del nacionalismo han levantado en la historia de Europa. También la historia de Inglaterra es la historia de un enorme triunfo contra toda evidencia, como explicamos más arriba. Es urgente sacar la leyenda negra del estrecho cauce en el que la historiografía al uso la ha mantenido, como un hecho histórico de límites precisos vinculado a las exageraciones de la propaganda de guerra durante los siglos XVI y XVII, con una prolongación en el siglo XVIII. La leyenda negra es un fenómeno histórico y social muchísimo más amplio, que nace en la propaganda pero vive en la literatura y la historia, donde cobra realidad y prestigio, hasta convertirse en lo que primordialmente es: un hecho de opinión pública casi universal en Occidente. Es más: si privamos a Europa de la hispanofobia y el anticatolicismo, su historia moderna se torna un sinsentido.

 
SpanishGenocide 
De la wikipedia en neerlardés con la voz "de zwarte legende", leyenda negra. (Traducción directa de Google) El píe de la imagen reza: "Los indios son quemados en la hoguera en una representación del holandés Theodoor de Bry , realizada para la traducción de una obra de Bartolomé de las Casas".
El párrafo principal y que sirve de introducción dice: La leyenda negra ( español : Leyenda negra ) retrata a Españay a los españoles como crueles, fanáticos, sanguinarios e intolerantes. La medida en que esta representación, que se refiere principalmente al período entre aproximadamente 1450 y 1700 , se basa en la verdad, todavía es parte del debate entre los historiadores. Los temas de la leyenda negra son el tratamiento de los indios por parte de los conquistadores españoles, la Inquisición española , el tratamiento de los protestantes en el Imperio español , el antisemitismo. y extremos en la vida de muchas figuras reales.
 

      La discusión sobre si la leyenda negra existió realmente o no, o si existió pero ya ha muerto, demuestra una incomprensión profunda de esta realidad, cuyas causas hay que buscar en la leyenda negra misma. La primera tiene que ver con la dificultad para calibrar un fenómeno histórico tan largo y ubicuo. No había a mano nada con que se la pudiera comparar y para hacerlo había casi que salirse de la historia de Europa. La segunda es que la leyenda negra mienta una serie de prejuicios que gozan de gran predicamento intelectual, de tal manera que quien se atreva a oponerse a sus tópicos consagrados se arriesga a ser descalificado ideológicamente primero y luego intelectualmente. El que vio al rey desnudo en el desfile y se atrevió a decirlo, no nos engañemos, no pudo pasar de ser un Diógenes, si es que sobrevivió a aquel atrevimiento. Cualquier discusión sobre la leyenda negra adquiere de inmediato tintes ideológicos, y las ideologías, como las religiones en otro tiempo, no muestran una gran capacidad de tolerancia. A fin de cuentas no dejan de ser un artefacto que se monta en el cerebro para que sirva de brújula. Cualquier grumo que venga a entorpecer el engranaje debe ser automáticamente desechado y triturado, no vaya a ser que su presencia indique que la brújula nos lleva en una dirección equivocada o en una dirección que no sabemos cuál es. La tercera razón es la eficacia de la leyenda negra como autojustificación de religiones e ideologías. La leyenda negra nace como un prejuicio imperiófobo, pero se mantiene después por la razón antes explicada y porque, transformada en chivo expiatorio, se muestra extraordinariamente útil y rentable ante cualquier dificultad sobrevenida, como la crisis que arranca en 2007. 

 

P.I.G.S.Claire Fontaine 7

El colectivo de artistas con sede en París Claire Fontaine presenta una gran instalación de arte en llamas a través de un video impresionante. El título del trabajo PIGS utiliza el acrónimo creado por los medios financieros para referirse peyorativamente a Portugal, Italia, Grecia y España desde la recesión de finales de la década de 2000, (www.designisthis.com).

     Decía Leonardo Da Vinci que como no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede. Y lo que se puede ahora es la Unión Europea. No hay por lo tanto más remedio que colaborar activa y lealmente para que ese monstruo de Frankenstein que es la Unión perdure y funcione bien. Pero esto hay que hacerlo sin papanatismos y sin perder el norte de los propios intereses. La Unión Europea debe servir para crear un espacio de convivencia donde puedan habitar en paz, prosperidad y solidaridad pueblos muy diversos, y no para que unos prosperen a costa de otros, logrando por medios poco éticos y poco visibles una hegemonía que por otros procedimientos no lograron. Cuando llegó la crisis de 2007 nos convertimos en PIGS, esto es, directamente en cerdos o en GIPSY, que es algo más pintoresco. Dos generaciones de españoles, al menos, van a trabajar más y a ganar menos que otros europeos para pagar un sobrecoste de financiación cuyas causas carecen de explicación racional, fuera de los prejuicios protestantes y de la propaganda financiera bien urdida a partir del anticatolicismo y la hispanofobia. Y puesto que nuestros hijos y nietos van a cargar con estos sobrecostes de manera casi irremediable, estaría bien que les contáramos el porqué. Sin negar nunca la amarga verdad: que la culpa mayor la tenemos nosotros, porque no fuimos capaces de defender nuestros intereses y los suyos. Para eso, para ayudar a poner en claro no el pasado, sino el futuro, se ha escrito este libro.

                      

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