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Fragmentos de libros. BLANCO NOCTURNO de Ricardo Piglia   FINAL  (II):

Editorial:     Anagrama                         Acceso/Volver a Final I de "Blanco nocturno"..: Arriba FraLib

 (continúa)   

...

Aparentemente lo que estaba en litigio eran los 100.000 dólares que Luca se había presentado a reclamar, pero muchas otras cosas estaban en cuestión al mismo tiempo y eso se vio en cuanto el fiscal Cueto empezó a hablar y el juez asintió a todos sus dichos.

El juez -el doctor Gainza- era en realidad un juez de paz, es decir un funcionario del municipio destinado a resolver los litigios locales. Estaba en un sillón, en un estrado, en la sala del Tribunal de Faltas del municipio, con un secretario de actas sentado al lado. El fiscal Cueto ocupaba una mesa abajo y a la izquierda, acompañado por Saldías, el nuevo jefe de policía. En otra mesa, a la derecha, estaba Luca Belladona, vestido con un traje de domingo, con camisa gris y corbata gris, muy serio, con varios papeles y carpetas en la mano y consultando de vez en cuando con el ex seminarista Schultz.

Mucha gente fue autorizada a presenciar la audiencia, estaban Madariaga y también Rosa Estévez y varios estancieros y rematadores de la zona, e incluso el inglés Cooke, dueño del caballo que había estado en el centro del litigio. Estaban las hermanas Belladona pero no estaba el padre. Todos fumaban y hablaban al mismo tiempo y las ventanas de la sala estaban abiertas y se oía el murmullo y las voces de los que no habían podido entrar y ocupaban los pasillos y las salas contiguas. No estaba tampoco el comisario Croce, que por decisión propia ya había dejado el hospicio y ahora vivía en los altos del almacén de Madariaga, que le había alquilado una pieza y lo tenía de pensionista. Croce pensaba que el asunto estaba arreglado de antemano y no quería con su presencia darle el aval a Cueto, su rival, que seguro iba a ganar esa partida con sus manejos turbios. Se veían pocas mujeres aunque las cinco o seis que estaban ahí se hacían notar por su aire de confianza y de seguridad. Una de ellas, una mujer muy bella, de pelo rubio y labios pintados de rojo, era Bimba, la mujer de Lucio, altiva, detrás de sus anteojos negros.

BN PortugalRenzi entró tarde y tuvo que abrirse paso, y cuando se ubicó en un banco de madera cerca de Bravo sus ojos se cruzaron con los de Luca, que le sonrió tranquilo, como si quisiera trasmitir su confianza a los pocos que estaban ahí para apoyarlo. Renzi sólo lo miró a él durante toda la tarde porque le pareció que necesitaba sostenerse en la presencia de un forastero que verdaderamente creyera en sus palabras, y a lo largo de las dos o tres horas -no lo recordaba ya con precisión aunque había un reloj en la pared que daba las campanadas cada media hora y había sonado varias- Luca lo miró siempre que se sintió en apuros o sintió que había logrado expresar lo que quería, como si Renzi fuera el único que lo comprendía porque no era de ahí.

El juez de paz, desde luego, tenía posición tomada desde antes de empezar la así llamada audiencia de conciliación, y lo mismo pasaba con la mayoría de los presentes. Los que hablan de conciliación y de diálogo son siempre los que ya tienen la sartén por el mango y el asunto cocinado, ésa es la verdad. Renzi se dio cuenta enseguida de que el clima era de victoria anticipada y que Luca, con su mirada clara y los gestos calculados y calmos de alguien que siente la violencia en el aire, estaba perdido antes de empezar. El juez lo señaló con la mano y le cedió la palabra. Tardó un poco en decidirse y luego en empezar a hablar, como si vacilara o no encontrara las palabras, pero al final se paró, con sus casi dos metros de estatura, y se puso de perfil para poder mirar a Cueto, porque en realidad fue a Cueto a quien se dirigió.

Parecía alguien que tiene una afección en la piel y se expone al sol; después de tantos meses de vivir encerrado en la fábrica, ese lugar abierto y con tanta gente le producía una especie de vértigo. Regresar al pueblo y presentarse ahí, ante todos los que odiaba, a los que hacía responsables de la ruina, fue la primera violencia a la que se vio sometido esa tarde. Se sentía y parecía un pez fuera del agua. Cuando levantó la mano para pedir silencio -aunque no volaba ni una mosca-, Cueto se inclinó sonriendo y distendido hacia Saldías y le comentó algo en voz baja y el otro también sonrió. «Bueno, bien, amigos», dijo Luca, como si estuviera por empezar un sermón. «Hemos venido a pedir lo que es nuestro...» EspadaDamocles 1812RichardWestallNo habló directamente del dinero que estaba en juego sino de la certeza de que esa reunión era un trámite -un trámite molesto si uno tenía que guiarse por su actitud recelosa- necesario para que la fábrica siguiera en manos de quienes la habían construido, y que ese dinero -del que no habló- era de su familia y que su padre había decidido cedérselo como anticipo de la herencia de su madre -estaba destinado exclusivamente a levantar la hipoteca que pesaba sobre su vida como la espada de Damocles-. Habían sufrido ataques y acechanzas, habían sido sorprendidos en su buena fe por los intrusos que se habían infiltrado y llegaron a dominar la empresa, pero habían resistido y por eso estaban ahí. No habló de sus derechos, no habló de lo que estaba en juego, habló de lo único que le interesaba, su proyecto demencial de seguir adelante solo con esa fábrica construyendo lo que llamaba sus obras, sus invenciones, y esperaba que lo dejaran -«que nos dejen»- en paz. Hubo un murmullo, no se sabía si de aprobación o de repudio, y Luca siguió adelante mirando alternativamente a sus hermanas, a Cueto y a Renzi, los únicos que en esa sala parecían entender lo que estaba en juego. Habló sin levantar la voz pero con un aire de confianza y de seguridad sin reparar en ningún momento en la trampa en la que iba a caer. Fue un error catastrófico -avanzó sin pensar hacia la perdición, sin ver, enceguecido por el orgullo y la credulidad-. Era visible que sólo perseguía un sueño, que seguía un sueño tras otro, sin saber adónde iba a terminar esa aventura pero seguro de que él no podía hacer otra cosa que defender esa ilusión que a todos les parecía imposible. Dijo algo así, Luca, al terminar y Gainza, un viejo taimado que se pasaba las PaseInglésnoches jugando al pase inglés en el casino clandestino de la costa, le sonrió con condescendencia y le dio la palabra al fiscal.

Luca se sentó y se mantuvo inmóvil hasta el final de la audiencia como si no estuviera ahí y quizá hasta había cerrado los ojos, sólo se le podían ver la espalda, los hombros y la nuca, porque estaba en la primera fila, frente al juez, y estaba tan quieto que parecía dormido.

Hubo un silencio y luego un murmullo y se levantó Cueto, siempre sonriendo, con una mueca de superioridad y de desgano. Era alto y daba la impresión de tener la piel manchada y un aspecto extraño, quizá por su postura a la vez arrogante y obsecuente. Inmediatamente centró la cuestión en el asesinato de Durán. Para que el dinero fuera reintegrado había que cerrar la causa. Estaba probado que el asesino había sido Yoshio Dazai, un clásico crimen sexual. No había confesado porque nunca se confiesan esos crímenes tan evidentes, no se había encontrado el arma asesina porque el cuchillo que usó para matar a Durán se encuentra en cualquier lado y son los clásicos cuchillos de cocina del hotel, todos los testigos coincidían en que vieron entrar y salir a Yoshio del cuarto a la hora del crimen. Desde luego Yoshio sabía de la existencia del dinero y había llevado el bolso al depósito con la esperanza de poder retirarlo cuando las cosas se calmaran. Cueto se detuvo y miró a todos. Había logrado cambiar el eje de la sesión y había logrado cautivar a los presentes con el recuerdo oscuro del crimen. La versión de los hechos que había dado el ex comisario Croce era delirante y sospechosa de demencia: que un jockey se disfrazara para parecer japonés y matara a un desconocido para comprar un caballo era ridículo y era de antemano imposible. Más ridículo era que un hombre que iba a matar a un hombre al que no conocía se llevara sólo el dinero que supuestamente necesitaba para comprar un caballo y se tomara el trabajo de dejar el resto en el depósito del hotel y no en la misma pieza donde había realizado su crimen.

LosCasosDelComisarioCroce- La carta y el suicidio pueden ser ciertos -concluyó-, pero cartas como ésas son las que Croce nos tiene acostumbrados a escribir en sus delirios nocturnos.

Cueto desplazó el centro de la cuestión y planteó el dilema con extrema claridad jurídica. Si Luca -en su condición de principal demandante- aceptaba que Yoshio Dazai había matado a Durán, la acusación seguía su curso, el caso quedaba resuelto y el dinero iba a su legítimo dueño, el señor Belladona. Si, en cambio, Belladona no firmaba ese acuerdo y mantenía su demanda, el caso seguía abierto y el dinero permanecía incautado durante años porque nadie iba a poder cerrar ese caso y las pruebas no pueden ser retiradas de los tribunales mientras la causa está abierta. Perfecto. La decisión de Luca cerraba el caso ya que se suponía que Durán había venido a traerle ese dinero.

Luca tardó un momento en entender, pero cuando entendió, pareció mareado y bajó la cabeza. Estuvo quieto un minuto y el silencio se extendió por la sala como una sombra. Había pensado que todo iba a ser un simple trámite y entendió inmediatamente que había caído en una trampa. Parecía sofocado. Cualquier decisión que tomara, estaba perdido. Tenía que aceptar que un inocente fuera a la cárcel si quería recibir el dinero, o tenía que decir la verdad y perder la fábrica. Se dio vuelta y miró a sus hermanas, como si ellas fueran las únicas que podían ayudarlo en esa situación. Y luego, como perdido, miró a Renzi, que desvió la mirada porque pensó que no le hubiera gustado estar en su lugar y que si hubiera estado en su lugar no habría aceptado la propuesta, no habría aceptado mentir y mandar a la cárcel por toda la vida a un inocente. Pero Renzi no era él. Nunca había visto a nadie tan pálido, nunca había visto a nadie tardar tanto en hablar para decir luego dos palabras: De acuerdo. Hubo otra vez un murmullo en la sala pero esta vez era distinto, como una comprobación o una venganza. Luca tenía un leve temblor en el ojo izquierdo y se tocaba la corbata como si fuera la soga en la que iba a ser ahorcado. Pero era Yoshio el que iba a ser condenado por un crimen que no había cometido.

Hubo un tumulto mientras la sesión se levantaba, una explosión de alegría, los amigos de Cueto se saludaban y se vio que también Ada se acercaba a ese grupo y que Cueto la tomaba del brazo y le hablaba al oído. La única que se acercó a Luca fue Sofía, que se paró frente a él y trató de animarlo. La fábrica estaba salvada. El Gringo la abrazó y ella lo sostuvo entre sus brazos y le habló en voz baja, como si buscara calmarlo, y después lo acompañó a un cuarto contiguo donde el juez lo esperaba para firmar los papeles.

Renzi siguió sentado mientras todos se iban y vio salir a Luca y caminar por el pasillo como un boxeador que acepta ganar el título en una pelea arreglada, no el boxeador que por necesidad acepta tirarse a la lona porque necesita el dinero; no era -como siempre había sido- el humillado y ofendido que sabe que no ha perdido aunque le hayan ganado; era el que ha mantenido su título de campeón a costa de un fraude que él sólo -y su rival- sabe que es un fraude y que sólo conserva la ilusión de que por fin ha podido hacer realidad sus sueños, pero a un costo imposible de soportar. Salía como si estuviera extremadamente cansado y le costara moverse. Sólo Sofía caminaba con él, sin tocarlo, a su lado y cuando cruzaron el pasillo central ella se despidió y salió por una puerta lateral. De modo que Luca siguió solo hasta la entrada.

IntoTheDark      Había sido sometido a una prueba como un personaje trágico que no tiene opción, cualquier cosa que decidiera sería su ruina, no para él sino para su idea de la justicia, y fue la justicia la que al final lo puso a prueba, fue una entidad abstracta, con sus aparatos retóricos y sus construcciones imaginarias, la que había tenido que enfrentar una y otra vez, esa tarde de abril, hasta capitular. Es decir hasta aceptar una de las dos opciones que le habían planteado, él, que siempre se había jactado de tener claras todas las decisiones, sin dudar, sostenido siempre por su certidumbre y su idea fija. Había preferido su obra, digamos así, a su propia vida y había pagado un precio altísimo, pero su ilusión había seguido intacta hasta el final. Había sido fiel a ese precepto y se había hundido pero no había defeccionado. Era tan orgulloso y obstinado que tardó en comprender que había caído en una trampa sin salida, y cuando lo entendió ya era tarde.

 Los vecinos lo miraban cruzar, en silencio, el pasillo, eran sus viejos conocidos, y estaban tranquilos y parecían magnánimos porque al hacer lo que Luca había hecho -luego de años y años de lucha imposible, sostenido en un orgullo demoníaco- el pueblo había logrado que tuviera que capitular y ahora se podía decir que era igual a todos o que todos eran igual a él: que ahora podían mostrar esas debilidades que Luca no había podido mostrar nunca en su vida. Renzi se apuró a salir para saludarlo pero no lo alcanzó, sólo pudo ir atrás de él mientras bajaba la escalinata hacia la calle. Y entonces lo más extraordinario fue que cuando llegó a la vereda apareció el cuzco, el perro de Croce, medio ladeado como siempre, que al verlo salir a la luz del sol se le fue encima y le ladró, y le mostró los dientes como si fuera a morderlo, casi sin fuerza pero con odio, el pelaje amarillo tenso como su cuerpo, y esos ladridos fueron lo único que Luca recibió ese día.

20

 YoshioAl día siguiente, cuando Renzi volvió al almacén de los Madariaga el clima era lúgubre. Croce estaba en la mesa de siempre, frente a la ventana, de traje oscuro y corbata. Esa mañana había ido a la cárcel de Dolores a visitar a Yoshio para darle la noticia antes de que le llegara la información oficial de que su caso había sido cerrado con la conformidad de Luca Belladona. «La cárcel es un mal lugar para vivir», dijo, «pero es el peor lugar para un hombre como Yoshio

Parecía abatido. Luca iba a levantar la hipoteca y salvar la fábrica pero el costo era demasiado alto; estaba seguro de que iba a terminar mal. Croce tenía una capacidad extraordinaria para captar el sentido de los acontecimientos y también para anticipar sus consecuencias, pero no podía hacer nada para evitarlos y cuando lo intentaba lo acechaba la locura. La realidad era su campo de prueba y muchas veces era capaz de imaginar una serie de hechos antes de que ocurrieran y anticipar su desenlace, pero sólo podía dejar que los acontecimientos sucedieran para probar su experimento y demostrar que tenía razón.

- Por eso no sirvo para comisario -dijo al rato-, trabajo a partir de los hechos consumados y luego imagino sus consecuencias, pero no puedo evitarlas. Lo que sigue a los crímenes son nuevos crímenes. Luca ahora piensa no sólo que condenó a Yoshio sino también a mí. Si no hubiera aceptado la propuesta de Cueto y se hubiera negado a cerrar el caso, yo habría tenido chance contra Cueto. -Hizo una pausa y miró la llanura por la ventana enrejada contra la que se sentaba siempre. El mismo paisaje inmóvil que era, para él, la imagen de su propia vida-. Pero la pifié -dijo después-, a nadie en el pueblo le convenía mi versión del crimen.

- Pero, en definitiva, ¿cuál es la verdad?

Croce lo miró, resignado, y sonrió con la misma chispa de ironía cansada que ardía siempre en sus ojos.

- Vos leés demasiadas novelas policiales, pibe, si supieras cómo son verdaderamente las cosas... No es cierto que se pueda restablecer el orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve... No hay ninguna lógica. Luchamos para restablecer las causas y deducir los efectos, pero nunca podemos conocer la red completa de las intrigas... Aislamos datos, nos detenemos en algunas escenas, interrogamos a varios testigos y avanzamos a ciegas. Cuanto más cerca estás del centro, más te enredas en una telaraña que no tiene fin. Las novelas policiales resuelven con elegancia o con brutalidad los crímenes para que los lectores se queden tranquilos. Cueto tiene una mente tortuosa, hace cosas extrañas, asesina por procuración. Deja a propósito cabos sueltos. ¿Por qué hizo dejar la bolsa con la plata en el depósito del hotel? ¿El viejo Belladona tuvo algo que ver? Hay más incógnitas sin resolver que pistas claras...

BN suecoSe quedó quieto, los ojos fijos en la ventana, hundido en sus pensamientos.

- Entonces te vas -dijo al rato.

- Me voy.

- Hacés bien...

- Mejor no despedirse -dijo Renzi.

- Quién sabe -dijo Croce, y la frase podía referirse a susconclusiones sobre la muerte de Tony o al eventual regreso de Renzi al pueblo del que parecía irse definitivamente.

Croce se levantó con aire ceremonioso y le dio un abrazo; después volvió a sentarse, pesadamente, y se inclinó sobre sus notas y sus diagramas, abstraído, como ausente.

Mientras Croce siga en pie, Cueto nunca va a estar tranquilo, pensó Renzi mientras bajaba a la calle. La historia sigue, puede seguir, hay varias conjeturas posibles, queda abierta, sólo se interrumpe. La investigación no tiene fin, no puede terminar. Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica. Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto. Nadie comprende lo que está pasando; las pistas y los testimonios son contradictorios y mantienen las sospechas en el aire, como si cambiaran con cada interpretación. La víctima es el protagonista y el centro de la intriga; no ya el detective a sueldo o el asesino por contrato. Anduvo pensando en esos desvíos mientras caminaba -quizá por última vez- por las calles polvorientas del pueblo.

CasuarinaVolvió al hotel y preparó la valija. Los días que había pasado en el campo le habían enseñado a ser menos ingenuo. No era cierto que la ciudad fuera el lugar de la experiencia. La llanura tenía capas geológicas de acontecimientos extraordinarios que volvían a la superficie cuando soplaba el viento del sur. La luz mala de los huesos de los muertos sin sepultura titila en el aire como una niebla envenenada. Prendió un cigarrillo y fumó frente a la ventana que daba a la plaza, luego revisó la pieza para comprobar que no olvidaba nada y bajó a pagar las cuentas.

La estación de ferrocarril estaba tranquila y el tren iba a llegar en un rato. Renzi se sentó en un banco, a la sombra de las casuarinas, y de pronto vio detenerse un coche en la calle y bajar a Sofía.

- Me gustaría irme con vos a Buenos Aires...

- Y venite...

- No puedo dejar a mi hermana -dijo ella.

- ¿No podés o no querés?

- Ni puedo ni quiero -dijo ella, y le acarició la cara-. Dale, pichón, no me des consejos.

Nunca se iba a ir. Sofía era como toda la gente del pueblo que Renzi había conocido. Siempre estaban a punto de abandonar el campo y escapar a la ciudad, porque se ahogaban ahí, pero en el fondo todos sabían que nunca se iban a ir.

Estaba preocupada por Luca, había estado con él y parecía tranquilo, concentrado en sus inventos y sus proyectos, pero le daba vuelta una y otra vez a su decisión de pactar con Cueto. «No podía hacer DijeOroRosaotra cosa», le había dicho, pero parecía ausente. Había pasado la noche entera deambulando por la fábrica, con la extraña certidumbre de que ahora que había logrado lo que siempre había deseado, su decisión se había apagado. «No puedo dormir», le había dicho, «y estoy cansado.»

Llegó el tren y en el tumulto nervioso de los pasajeros que subían entre saludos y risas, ellos se besaron y Emilio le puso en la mano un dije de oro con la figura de una rosa tallada. Era un regalo. Ella la sostuvo en la frente, sólo esas rosas no se marchitaban...

Cuando el tren arrancó, Sofía caminó junto a la ventanilla, hasta que al fin se detuvo, hermosísima en medio del andén, con el pelo colorado sobre los hombros y una sonrisa tranquila en el rostro iluminado por el sol de la tarde. Bella, joven, inolvidable, y, en esencia, la mujer de otra mujer.

Renzi viajaba mirando el campo, la quietud de la llanura, las últimas casas, los paisanos a caballo, al tranco al costado del tren; unos chicos descalzos que corrían por el terraplén y saludaban con gestos obscenos. Estaba cansado y el traqueteo monótono del tren lo adormecía. Recordó el comienzo de una novela (no era el comienzo, pero podía ser el comienzo): «Who loved not his sister’s body but TheSoundAndTheFurysome concept of Compson honor.» Y empezó a traducirla: Quien no amaba el cuerpo de su hermana sino cierto concepto de honor..., pero se detuvo y rehizo la frase. Quien no amaba el cuerpo de su hermana sino cierta imagen de sí misma. Se había dormido y escuchaba palabras confusas. Vio la figura de un gran pájaro de madera en el campo con una oruga en el pico. ¿Existe el incesto entre hermanas?... Vio la vidriera de una armería... Su madre vestida con un anorak en una calle helada de Ontario. Y si hubiera sido una de ellas... Croce le preguntó: «¿Usted cuánto mide?», sentado en su catre en el hospicio. «Hay una solución aparente, luego una solución falsa y por fin una tercera solución», dijo Croce. Renzi se despertó sobresaltado. La llanura seguía igual, interminable y gris. Había soñado con Croce y también con ¿su madre? Había nieve en el sueño. Mientras caía la tarde la cara de Emilio se reflejaba, cada vez más nítida, en el cristal de la ventanilla.

El pueblo siguió igual que siempre, pero en mayo, con los primeros fríos del otoño, las calles parecían más inhóspitas, el polvo se arremolinaba en las esquinas y el cielo brillaba, lívido, como si fuera de vidrio. Nada se movía. No se oía a los niños jugar, las mujeres no salían de sus casas, los hombres fumaban en el umbral, sólo se escuchaba el zumbido monótono del tanque de agua de la estación. Los campos estaban secos y empezaron a incendiar los pastos, las cuadrillas avanzaban en línea quemando el rastrojo y altas olas de fuego y de humo se alzaban en la llanura vacía. Todos parecían esperar un anuncio, la confirmación de uno de esos pronósticos oscuros que a veces lanzaba la vieja curandera que vivía aislada, en la tapera del monte; el jardinero pasaba al alba, con la chata cargada de bosta de caballo que traía de la remonta del ejército; las chicas daban la vuelta del perro, rondando la plaza, enfermas de aburrimiento; los muchachos jugaban al billar en el salón del Náutico o corrían picadas en el camino de la laguna. Las noticias de la fábrica eran contradictorias, muchos decían que en esas semanas parecía haber comenzado otra vez la actividad y que las luces de la UnionIndustrialArgentina Logogalería estaban prendidas toda la noche. Luca había comenzado a dictarle a Schultz una serie de medidas y de reglas destinadas a un informe que pensaba enviar al Banco Mundial y a la Unión Industrial Argentina. Pasaba la noche sin dormir paseando por los pasadizos altos de la fábrica, seguido por el secretario Schultz.

«Viví, pretendí, y logré, tanto, que se ha hecho necesaria cierta violencia para alejarme y separarme de mis triunfos. No fue la duda sino la certidumbre la que nos ha acorralado con sus tretas y artimañas» (dictado a Schultz).

«Imputar a los medios de producción industrial una acción perniciosa sobre los afectos es reconocerles una potencia moral. ¿Acaso las acciones económicas no forman una estructura de sentimientos constituida por las reacciones y las emociones? Hay una sexualidad en la economía que excede la normalidad conyugal destinada a la reproducción natural» (dictado a Schultz).

«Los hombres fueron siempre usados como instrumentos mecánicos. En los viejos tiempos, durante las cosechas, los peones cosían con agujas de enfardar las bolsas de arpillera a un ritmo uniforme. Era increíble la velocidad que tenían para coser, cuando el rinde pasaba las treinta o treinta y cinco bolsas por hectárea. Cada dos por tres salía algún paisano de la batea porque, en el apurón, se cosía la punta de la blusa y quedaba en el suelo abrazado a la bolsa como hermano en desgracia» (dictado a Schultz).

EsUnTelarDeDesdichas«Estuve pensando en los tejidos criollos. Hilo, nudo, hilo, cruz y nudo, rojo, verde, hilo y nudo, hilo y nudo. Mi abuela Clara había aprendido a coser las mantas pampas, con los dedos deformados por la artritis, como si fueran ganchos o troncos de sarmiento, ¡pero con las uñas pintadas!, muy coqueta. Recordamos la sentencia de Fierro: es un telar de desdichas / cada gaucho que usté ve. ¡La filatura y la tejeduría mecánica del destino! Ese tejido es escalofriante hasta el tuétano. Se teje en alguna parte, y nosotros vivimos tejidos, floreados en la trama. Ah, si pudiera volver a penetrar aunque fuera un instante en el taller donde funcionan todos los telares. La visión no dura un segundo, porque después ya caigo en el sueño bruto de la realidad. Tengo tantas cosas pavorosas que contar» (dictado a Schultz).

«Varias veces he comprobado que mi inteligencia es como un diamante que atraviesa los cristales más puros. Las determinaciones económicas, geográficas, climáticas, históricas, sociales, familiares pueden, en ocasiones muy extraordinarias, concentrarse y actuar en un solo individuo. Ése es mi caso» (dictado a Schultz).

Se perdía a veces Schultz, no podía seguirle el ritmo, pero anotaba42igual lo que creía haber escuchado, porque Luca marchaba por las instalaciones, a grandes pasos, sin dejar de hablar, trataba de no quedarse solo con sus pensamientos solitarios y le pedía a Schultz que escribiera todas sus ideas mientras iba, nervioso, de un lado a otro cruzando las instalaciones y las grandes máquinas, seguido a veces también por Rocha, que sustituía a Schultz mientras éste dormía en un catre y podían turnarse para tomar el dictado.

 42. «El relámpago que había iluminado, con un nítido zigzag, mi vida, se ha eclipsado» (dictado a Schultz).

«Ya no tendré nada que decir sobre el pasado, podré hablar de lo que haremos. Llegaré a la cima y dejaré de vivir en estos llanos, también nosotros llegaremos a las altas cumbres. Viviré en tiempo futuro. Lo que vendrá, lo que todavía no es ¿nos alcanzará para existir?», dijo Luca mientras se paseaba por la galería que daba al patio interior.

Había pasado varias noches sin dormir, pero igual anotaba sus sueños.

Piglia Babelia SciammarellaDos ciclistas extraviados de la Doble Bragado se desviaron de la ruta y siguieron, solos los dos, lejos de todo, en medio del desierto, pedaleando parejo hacia el sur, inclinados sobre los manubrios, con sus Legnano y sus Bianchi livianas, contra el viento.

Un tiempo después Renzi recibió una carta de Rosa Echeverry con noticias tristes. Cumplía «el penoso deber» de anunciarle que Luca «había sufrido un accidente». Lo habían encontrado muerto en el piso de la fábrica y parecía un suicidio tan bien planeado que todos podían creer -si querían- que había muerto al caer desde lo alto del mirador mientras estaba realizando una de sus habituales mediciones, como le había aclarado Rosa, para quien ese último gesto de Lucaera otra prueba de su bondad y de su extrema cortesía.

Tenía un extraordinario concepto de sí mismo y de su propia integridad y la vida lo puso a prueba y al final -cuando logró lo que quería- falló. Tal vez el fallo -la grieta- ya estaba ahí y se actualizó porque él era incapaz de vivir con el recuerdo de su debilidad. La sombra de Yoshio, el frágil nikkei, que estaba preso volvía, como un espectro, cada vez que intentaba dormir. Basta un brillo fugaz en la noche y un hombre se quiebra como si estuviera hecho de vidrio.

Lo habían enterrado en el cementerio del pueblo luego de que el cura aceptara la versión del accidente -porque los suicidas eran sepultados, con los linyeras y las prostitutas, fuera del campo santo-, y el pueblo entero asistió a la ceremonia.

Lloviznaba esa tarde, una de esas suaves garúas heladas que no cesan durante días y días. El cortejo recorrió la calle central y subió por la llamada Cuesta del Norte, los caballos enlutados del carro fúnebre trotando acompasadamente, y una larga fila de autos que los seguían a paso de hombre hasta llegar al gran portón del cementerio viejo.

La bóveda de la familia Belladona era una construcción sobria que copiaba un mausoleo italiano en el que descansaban en Turín los restos de los oficiales que habían peleado con el coronel Belladona en la Gran Guerra. La puerta de bronce labrada, una liviana telaraña sobre los cristales y los goznes habían sido construidos por Luca en el taller de la familia cuando murió su abuelo. La puerta se abría con un sonido suave y estaba hecha de una material transparente y eterno. Las lápidas de Bruno Belladona, de Lucio y ahora de Luca parecían reproducir la historia de la familia y los tres iban a reposar juntos. Sólo los varones morían y el viejo Belladona -que había enterrado a su padre y a sus dos hijos- avanzó, altivo, la cara mojada por la lluvia, y se detuvo ante el cajón. Sus dos hijas, enlutadas como viudas y tomadas del brazo, se ubicaron junto a él. Su mujer, que sólo había salido tres veces de «su guarida», en cada una de las muertes de la familia, llevaba anteojos negros y una capelina y fumaba en un costado, con los zapatos sucios de barro y las manos enguantadas. Al fondo, bajo un árbol, vestido con un largo impermeable blanco, Cueto miraba la escena.

El ex seminarista se acercó a las hermanas y con un gesto pidió autorización para decir unas palabras. Vestido de negro, pálido y frágil, parecía el más indicado para despedir los restos del que había sido su mentor y su confidente.

Jesús ante Pilatos. Peres Serra.- La muerte es una experiencia aterradora -dijo el ex seminarista- y amenaza con su poder corrosivo la posibilidad de vivir humanamente. Frente a ese peligro existen dos formas de experiencia que protegen del terror a quienes puedan entregarse a ellas. Una es la certidumbre de la verdad, el continuo despertar hacia la comprensión de la «necesidad ineluctable de la verdad», sin la cual no es posible una vida buena. La otra es la ilusión decidida y profunda de que la vida tiene sentido y que el sentido se cifra en el obrar bien.

Abrió la Biblia y anunció que iba a leer el Evangelio según Juan, XVIII, 37.

- «Y dijo Jesús: Para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad, todo aquel que pertenece a la verdad, escuchará mi voz. Y le contestó Poncio Pilatos: ¿Qué es la verdad? ¿De qué verdad hablas? Y luego se dirigió a los jueces y a los sacerdotes: Yo no veo en este hombre ningún delito.» -Schultz alzó la cara del libro-. Luca vivió en la verdad y en la busca de la verdad, no era un hombre religioso pero fue un hombre que supo vivir religiosamente. La pregunta de nuestro tiempo tiene su origen en la réplica de Pilatos. Esa pregunta sostiene, implícita, el triste relativismo de una cultura que desconoce la presencia de lo que es cierto. La vida de Luca fue una buena vida y debemos despedirlo con la certeza de que lo iluminó la esperanza de alcanzar el sentido en sus obras. Estuvo a la altura de esa esperanza y le entregó la vida. Todos debemos estar agradecidos a su persistencia en la realización de su ilusión y a su desdén ante los falsos brillos del mundo. Su obra estaba hecha con la materia de sus sueños.

Croce asistió a la ceremonia desde el auto, sin bajar ni hacerse ver, aunque nadie ignoraba que estaba ahí. Fumaba, nervioso, el pelo encanecido, los rastros de «la sospecha de demencia» ardían en sus ojos claros. Todos fueron abandonando el cementerio y al final Croce se quedó solo, con el rumor de la llovizna en el techo del auto, y el agua cayendo monótona sobre el camino y sobre las tumbas. Y cuando la noche ya había cubierto la llanura y la oscuridad era igual a la lluvia, un haz de luz cruzó frente a él y la claridad circular del faro, como un fantasma blanco, volvió a cruzar una y otra vez entre las sombras. Y de pronto se apagó y no hubo más que oscuridad.

BN ChemaLopez
"Blanco nocturno", 2016. Acrílico sobre tela y dibujo sobre papel, 90 x 130 cm. Exposicion Galería Rosa Santos 2016.. Chema López (http://chemalopez.com/)

Epílogo

Muchas veces, en lugares distintos, a lo largo de los años, Emilio Renzi se había dejado llevar por el recuerdo de Luca Belladona, y siempre lo recordaba como alguien que había tenido el coraje de estar a la altura de sus ilusiones. Podían pasar meses sin que pensara en él hasta que de pronto algún hecho fortuito le hacía volver a tenerlo presente y entonces retomaba el relato donde lo había dejado con nuevas precisiones y detalles frente a sus amigos en un bar de la ciudad, o a veces con alguna mujer, tomando unas copas en su casa en la noche, y siempre volvían vívidas las imágenes de Luca, su cara franca y enrojecida, sus ojos claros. Recordaba la fábrica cerrada, la construcción perdida y a Luca paseándose entre sus instrumentos y sus máquinas, siempre optimista, siempre dispuesto a tener esperanzas, sin imaginar que la realidad iba a golpearlo definitivamente a él, como a tantos otros, por un pequeño desvío de su conducta, como si lo castigara por un error, no por un defecto de carácter sino por una falta de previsión, por una falla que no podría olvidar y que volvería como un remordimiento.

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Esa noche Renzi estaba conversando con unos amigos, después de cenar, en una galería abierta que daba al río, en una casa de fin de semana, en el Tigre, como si esa noche -siempre a pesar suyo, ironizando sobre ese estado natural- sintiera que había vuelto atrás y que el delta era una parte todavía no comprendida de la realidad, como lo había sido ese pueblo de campo en el que había pasado algunas semanas, una suerte de momento arcaico en su vida de hombre de la ciudad, que no podía comprender esa vuelta a la naturaleza aunque nunca dejara de imaginar un retiro drástico que lo llevaría a un lugar apartado y tranquilo donde pudiera dedicarse a lo que Emilio también -como Luca- imaginaba que era su destino o su vocación.

- Luca no podía concebir un defecto en su carácter porque había llegado a la convicción de que su modo de ser era algo ajeno a sus decisiones, una suerte de instinto que lo guiaba en medio de los conflictos y las dificultades. Pero había sido derrotado, en todo caso había tenido que tomar una decisión imperdonable, debió pensar que había defeccionado y no se pudo perdonar, aunque cualquier otra decisión hubiera sido también imposible.

Los alumbraba la luz de una lámpara de querosén, y el olor de los espirales que los defendían de los mosquitos le hacía recordar a Renzi las noches de su infancia. Sus amigos lo escuchaban en silencio, tomaban vino blanco y fumaban, sentados de cara al río. El brillo fijo de los cigarrillos en la oscuridad, la luz vacilante de los botes que cruzaban de vez en cuando frente a ellos, el croar de las ranas, el rumor del viento en las hojas de los árboles, la noche clara de verano, parecían el paisaje de un sueño.

- Era tan orgulloso y obstinado que tardó en comprender que había caído en una trampa sin salida, y cuando lo entendió ya era tarde. Pienso en eso cuando recuerdo la última vez que lo vi, unos días antes de irme del pueblo.

Había contratado un taxi y le había pedido al chofer que lo esperara en el borde del camino y había subido andando hasta la fábrica. Se veía luz en las ventanas y Renzi golpeó varias veces la reja de hierro. Estaba anocheciendo y caía una llovizna helada.

- Al rato Luca abrió apenas el portón de la entrada y, al verme, empezó a retroceder agitando la mano. No, no, parecía decir, mientras retrocedía. No. Imposible.

Luca cerró la puerta y se oyó un ruido de cadenas. Renzi se quedó un rato detenido ante el alto muro de la fábrica y luego, al volver a la calle, le pareció ver a Luca por las ventanas iluminadas de los pisos superiores, caminando, gesticulando y hablando solo.

- Y eso fue todo... -dijo Renzi.

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