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Fragmentos de libros. EL COLOR PROHIBIDO de Yukio Mishima  Final (II):

 

Editorial:     AlianzaEditorial   Literatura        Acceso/Volver al final I de "El color prohibido": BarraMarmolAñil177
 

  
Finales de libros (continúa Cap 32)
 
 

... Desde su infancia, el arte fue para él como una enfermedad congénita. Por lo demás, no hay ningún hecho destacado en su biografía. Familia rica de la prefectura de Hyogo, padre que, después de trabajar durante treinta años en el Banco de Japón, fue nombrado miembro del Consejo de Estado, madre fallecida cuando él tenía quince años, algunos recuerdos de familia, estudios sin dificultades, excelentes notas en francés, tres matrimonios, todos ellos terminados en fracaso. Sólo este último detalle podría llamar, por poco que sea, la atención de un biógrafo. Pero en su obra jamás había abordado ese secreto.

dragonfly cloud ovaloEn uno de sus volúmenes de notas dispersas leemos un fragmento en el que se pasea, de niño, por un bosque del que ya no se acuerda, y encuentra allí un resplandor deslumbrante, un canto, un batir de alas. Se trataba de una nube de libélulas. Pero un pasaje tan bello no se encuentra en ninguna otra parte de su obra. 

Shunsuké Hinoki fue el iniciador de un arte que se parece a un diente de oro extraído de la boca de un cadáver. En ese paraíso artificial, del que están rigurosamente excluidos los valores que no rechazan con una risa despectiva toda finalidad práctica, no hay más que mujeres que parecen difuntas, flores semejantes a fósiles, jardines de metal y lechos de mármol. Shunsuké había descrito de una manera obsesiva todos los valores humanos despreciados. El lugar que ocupa en la literatura japonesa moderna desde la era Meiji tiene algo de funesto.

IzumiKyokaEl escritor que le influyó en su adolescencia fue Kyoka Izumi, cuyo libro El santo varón del monte Koya, publicado en 1900, fue para él durante años la obra de arte ideal. Este relato de una metamorfosis, en el que aparecen una mujer hermosa y sensual, única forma humana que queda en el mundo, y un monje, que no logra conservar su forma humana más que huyendo de ese único ser humano, probablemente le sugirió a Shunsuké el tema fundamental de su creación. Pero más adelante abandonó el mundo lírico de Kyoka y, con su amigo más íntimo, Hatakazu Kayano, se sometió a la influencia de la literatura europea de finales del siglo XIX que por entonces se estaba introduciendo lentamente en Japón.  

Numerosos escritos de juventud que datan de esa época pasaron a formar parte de las obras completas de Shunsuké Hinoki publicadas recientemente y que imitaban las colecciones de obras póstumas. Aunque la prosa era inmadura e ingenua, un relato breve, titulado El aprendiz de ermitaño, escrito a los dieciséis años, de una manera inconsciente contenía casi todos los temas que el escritor desarrollaría posteriormente, lo que no deja de resultar pasmoso.

El narrador es un criado al servicio de unos sennin (ermitaños fabulosos, inmortales y dotados de una fuerza sobrenatural) que viven en una cueva. El muchacho es natural de aquella región montañosa, y desde su infancia sólo se ha alimentado de niebla. Como a los ermitaños les convenía un servidor al que no pagaban nada, le dieron empleo. SeninJaponLos ermitaños fingían que sólo se alimentaban de niebla, pero en realidad, lo mismo que los mortales, no podían sobrevivir sin comer verduras y carne. Así pues, encargaron al muchacho que fuese a una aldea al pie de las montañas y les comprara carne de cordero y verduras. Debía decir que se trataba de alimento para los criados, pero lo cierto era que había un único criado, el narrador. Un día, un avieso aldeano le vendió carne de un cordero que había muerto a causa de una epidemia. Los ermitaños que comieron de aquella carne se contagiaron y murieron uno tras otro. Los buenos aldeanos, enterados de que se había vendido carne en mal estado, se sentían inquietos, y subieron a la cima de la montaña, donde descubrieron que los ermitaños inmortales, que sólo se alimentaban de niebla, habían muerto todos, y que únicamente el criado, que sin duda había comido carne contaminada, gozaba de buena salud. Desde entonces le veneraron como a un ermitaño. El criado declaró que, ahora que se había convertido en ermitaño, sólo se alimentaría de niebla. Así llevó una vida tranquila en la cima de la montaña.

Ni que decir tiene, este relato era una sátira sobre el arte y la vida. El criado aprende el subterfugio de la vida del artista. Incluso antes de conocer el arte adquiere el conocimiento de ese engaño de la vida. Es decir, que el hecho de no comer instintivamente más que niebla ilustra la tesis según la cual la parte inconsciente es el engaño supremo de la vida del artista y, al mismo tiempo, que debido a que en su caso era inconsciente, que los falsos ermitaños le han sojuzgado, su conciencia de artista sólo se revela mediante la muerte de los ermitaños.

«Ahora no me alimentaré más que de niebla —dijo el paje—. La carne y las verduras que comía hasta ahora no las probaré más, porque me he convertido en ermitaño». Esta toma de conciencia, el uso de su don como el mejor subterfugio, le permitió despojarse de la vida y convertirse en artista.

Para Shunsuké Hinoki, el arte era la vía más fácil. Tras haber tomado conciencia de la facilidad, como artista que era encontró el placer del dolor. En sus florituras estilísticas, los lectores veían una forma de abnegación.

EraMeijiSu primera novela, El banquete del diablo (año 44 de la era Meiji) (1911. [N. de los T.]), es una obra de arte que ocupa un lugar especial en la historia literaria. Era la época en que la escuela Shirakaba estaba en su apogeo, el mismo año en que Naoya Shiga escribió La cabeza turbia. Aparte de su amistad con Hatakazu Kayano, que era un hereje de esa escuela, Shunsuké no tuvo ningún vínculo con el grupo Shirakaba.

Con El banquete del diablo estableció su método narrativo y su reputación.

La fealdad de Shunsuké se convirtió en un extraño don de su juventud. El escritor naturalista Seison Tomimoto, con quien estaba enemistado, le tomó como modelo de uno de sus personajes. Su retrato reproducía fielmente el aspecto de Shunsuké en su juventud.

«En varias ocasiones, Mieko se preguntó qué significaba la tristeza que debía experimentar a causa de la mera presencia de aquel hombre frente a ella».

— ¿De qué sirve repetir eso con tanta insistencia?

»Ante esta respuesta seca que ella le daba obstinadamente, él adoptaba una expresión de tristeza infinita.

»Una boca sin la menor nobleza, una nariz desprovista de todo atractivo, orejas aplanadas y pegadas a los lados de la cara, el blanco de los ojos cuyo brillo sólo contrastaba con la piel que tenía el color del papel de embalar y unas cejas casi inexistentes, como las de un leproso. Carecía de energía y de juventud. Mieko decidió que esa tristeza provenía de lo inconsciente que él era de su propia fealdad». (Seison Tomimoto, El dormitorio de las ratas).

ForbidenCol2En realidad, Shunsuké era consciente de «su fealdad». Pero, a diferencia de los ermitaños, en su caso el criado no se dejaba convencer por la vida. La profunda humillación que le causaba su aspecto físico se había convertido en la fuente espiritual secreta de su juventud, y parece ser que esta experiencia le había permitido dominar el método para desarrollar a partir de un problema totalmente superficial un tema elevado. En El banquete del diablo, la heroína, fría como el hielo, llega a ser juguete de un extraño destino debido a un lunarcillo que tiene debajo de un ojo. En este caso, el lunar parece ser el símbolo del destino, pero, en realidad, es lo contrario. Shunsuké Hinoki se mantenía por completo al margen del simbolismo. En su obra, su pensamiento se obstinaba en ocupar una posición externa, en sí misma insignificante, lo mismo que ese lunar, lo cual remitía a su célebre máxima: «Un pensamiento que no se encarna en una forma y que no se oculta detrás de ella no puede considerarse como el pensamiento de una obra de arte» (Florilegio de delirios). 

Para él, un pensamiento nacía de una causa accidental, como un lunar, y llegaba a hacerse necesario por las reacciones del mundo exterior, sin que tuviera fuerza por sí mismo. Un pensamiento es, pues, como un defecto, en resumen, un defecto innato. Es imposible que un pensamiento abstracto nazca para encarnarse a continuación, pero el pensamiento, desde el comienzo, es cierto modo de exageración del cuerpo. Un hombre con una nariz grande tiene un pensamiento que se llama nariz grande; un hombre cuyas orejas se mueven, al margen de lo que haga, posee un pensamiento original que se denomina orejas movibles. Shunsuké Hinoki aspiraba a una obra de arte que se pareciera a la existencia corporal, de modo que para él la forma era sinónimo de cuerpo. Sin embargo, no deja de ser irónico que cada una de sus obras exhalara un olor a cadáver y que su estructura diera la impresión de un extremo artificio, como el de un ataúd hecho de oro fino.

En El banquete del diablo, cuando la heroína se entrega a su amado más que a todos los demás, los dos cuerpos inflamados «tintinean como platos de porcelana que se restriegan uno contra otro».

«Hanako se preguntaba por qué. Y se percataba de que si los dientes de Takayasu, a fuerza de apoyarse en los suyos, temblaban, era porque llevaba una dentadura de porcelana».

Éste es el único pasaje del Banquete escrito en un estilo deliberadamente cómico. Había en ese texto una exageración más bien desprovista de elegancia. Un efecto grotesco y vulgar aparecía de repente en un contexto de un amaneramiento extremo. El pasaje era un signo precursor de la muerte de Takayasu, hombre entrado en años, y transmitía a los lectores el sentimiento trivial del temor repentino a la muerte.

ForColBookAjeno a los cambios de las modas, Shunsuké Hinoki se mantuvo obstinado en sus opciones. Aquel hombre que vivía sin querer vivir tenía el don natural de la indiferencia, que era en sí misma una energía inagotable. En su actitud no se veía el menor rastro de la trayectoria que va de la revuelta al desprecio, del desprecio a la tolerancia y de la tolerancia a la afirmación, y que pasa por el progreso clásico de una evolución individual. El desprecio y el amaneramiento fueron la enfermedad crónica que le persiguió durante toda su vida.

Con El sentimiento de un sueño logró por primera vez la culminación de su arte. A pesar del lirismo de ese título, se trataba de una historia de amor cruel. Al igual que la protagonista del Diario de Sarashina, Tomoo, que ha pasado la infancia con su familia en provincias, viaja a la capital, donde tiene un amor profundamente sensual, pero, debido a su aguda sensibilidad y la debilidad de su carácter, no puede eludir el yugo carnal de una mujer mayor que él y, al cabo de más de una década de repugnancia y hastío, vuelve a su provincia natal con las cenizas de su madre, que ha fallecido de repente. Pues bien, de quinientas páginas, más de cuatrocientas se ocupaban de los detalles de la vida cotidiana que manifestaban el exceso de asco y hastío. La extraña manera en que la descripción de los comportamientos tibios de los protagonistas fascinaba a los lectores, sin el menor aflojamiento de la tensión, parecía deberse a una especie de secreto metodológico que se ocultaba en la actitud del novelista, quien daba la impresión de que despreciaba las pasiones.

TribulatCuando se escribe una novela, es difícilmente imaginable que el autor no trate de arrogarse aquello que desprecia, y, por el contrario, el intento de hacerlo es un cómodo atajo. Es así como Flaubert inventó el personaje imperecedero de Monsieur Homais y Villiers de L’Isle-Adam el de Tribulat Bonhomet. No podemos sustraernos a la idea de que Shunsuké Hinoki carece de ese talento indispensable para el novelista, ese talento misterioso gracias al cual, una vez que una actitud objetiva, sin prejuicios ni hacia sí mismo ni con respecto al prójimo, se enfrenta a la realidad, esa misma objetividad se transforma en pasión para convertir la realidad en libertad. No se encontraba en él esa clase de pasión que anima al sabio experimentador, esa temible «pasión objetiva» con la que el novelista se lanza de nuevo al torbellino de la vida.

Shunsuké Hinoki llevaba a cabo una selección rigurosa de sus sentimientos, y se percibía en ellos la marca de la elección que había hecho entre lo que le parecía bueno y lo que le parecía malo. Eso era lo que le había permitido crear un arte curioso, en el mejor de los casos estético, en el peor ético, pero sin ninguna duda desde el principio había renunciado al difícil cruce de la belleza y la ética. ¿Cuál es la fuente de esa pasión que sustenta tantas obras, o más bien esa sencilla fuerza viva? ¿Es solamente la fuerza de la voluntad estoica que trata de apoyar la facilidad y el hastío de ser artista?

El sentimiento de un sueño era una parodia de literatura naturalista. En Japón, el naturalismo y el simbolismo, que es una reacción contra el primero, se importaron en orden inverso. En la época en que apareció en el país la corriente HerodiadeIIcontraria al naturalismo, Shunsuké Hinoki era partidario del arte por el arte, teoría que estaba en boga a comienzos de la década de 1910, con los escritores como Junichiro Tanizaki, Haruo Sato, Konosuké Hinatsu y Ryunosuké Akutagawa. En modo alguno influido por el simbolismo, había traducido por el placer de hacerlo Hérodiade, de Mallarmé, así como textos de Huysmans, Rodenbach y otros. Lo que le había enseñado el simbolismo no era su aspecto contrario al naturalismo, sino tan sólo una tendencia antirromántica.

Pero el romanticismo en la literatura japonesa moderna no era en rigor su auténtico adversario, pues ya a comienzos de siglo ese romanticismo estaba en decadencia. Su verdadero enemigo se encontraba en su corazón. Nadie era más consciente que él del peligro que conllevaba ser romántico, pues era al mismo tiempo el que abate y el abatido.

Todo cuanto es débil en este mundo, todo cuanto es sentimental, todo cuanto es efímero, la pereza, el libertinaje, la idea de la eternidad, la conciencia de un ego inmaduro, la ensoñación, el dogmatismo, la mezcla de un orgullo extremo y de la denigración de sí mismo, la pretensión de sufrir martirio, la queja y, en ocasiones, la misma vida… en todo esto Two Men Contemplating the Moonreconocía las sombras del romanticismo. El romanticismo era para él un sinónimo de «mal». Shunsuké Hinoki reducía la causa de la crisis de su juventud al virus del romanticismo. Era ahí donde se producía una extraña complicación, pues Shunsuké se había librado de la crisis «romántica» de su juventud, pero cuanto más sobrevivía como antirromántico en el mundo de su obra, tanto más el romanticismo sobrevivía con obstinación en su vida.

Se aferraba a la vida mientras la despreciaba, y esta extraña fe privaba a la creación artística de todo sentido práctico. Shunsuké estaba firmemente convencido de que el arte no podía resolver nada. Su falta de moral acabó por hacer que la belleza artística y la fealdad de la vida tuvieran el mismo peso, fuesen intercambiables, cayeran en el relativismo. ¿Dónde se sitúa el artista? Lo mismo que un prestidigitador, se encuentra delante de un frío subterfugio, de cara al público.

A Shunsuké, que en su juventud había sufrido a causa de su fealdad, le gustaba considerar al artista como un extraño inválido cuyo aspecto está socavado por el virus del espíritu, de la misma manera que el sifilítico tiene el rostro roído por su enfermedad. Tenía un pariente lejano que era un monstruo desdichado, afectado de poliomielitis, que renqueaba por la casa como un perro y cuya barbilla presentaba un extraño desarrollo, saliente como un pico de ave, pero cada vez que veía los innumerables objetos artesanales que aquel hombre confeccionaba para ganarse la vida y que tenían cierto éxito, su refinamiento y su curiosa belleza le asustaban.

Un día, en una lujosa tienda del centro de la ciudad, Shunsuké vio aquellos objetos en un escaparate. Eran unos productos impecables y brillantes que convenían a la elegante clientela. Se trataba de un collar de cuentas de madera tallada y una refinada polvera que también contenía una caja de música. Eran mujeres quienes compraban aquellos objetos, pero quienes los pagaban eran sus ricos protectores. Ése es el sentido que muchos novelistas dan a sus observaciones de la vida. Pues bien, Shunsuké dirigió sus miradas de observador en una dirección opuesta. Las cosas elegantes que complacen a las mujeres, las cosas de finura y belleza extraordinarias, los accesorios sin finalidad, los objetos cuya belleza artificial se ha llevado hasta el extremo… todas estas cosas tienen siempre un lado en la sombra. Un desdichado artesano ha dejado impresas en ellas unas huellas digitales, feas e invisibles. Los autores de tales objetos no pueden ser más que un monstruo poliomielítico o un invertido afeminado de aspecto repelente o con algún defecto espantoso.

«Los nobles del Antiguo Régimen europeo eran honestos y sanos. Sabían que a la pompa y el lujo de su vida los acompañaría inevitablemente alguna fealdad extrema. A fin de exponer esta prueba a la luz del día y de perfeccionar los placeres de la vida transformando esa fealdad en diversión, reclutaban bufones, enanos y grotescos. A mi modo de ver, el mismo Beethoven era una especie de bufón del rey que gozaba del favor de la corte» (De la belleza).

En el mismo ensayo, Shunsuké añade: «Más aún, la idea de que un hombre feo cree una obra de arte bella y refinada se reduce por entero a la belleza del corazón de ese hombre. Se trata siempre del “espíritu” y de eso que se denomina el alma inocente. Ahora bien, nadie lo ha visto con sus propios ojos» (ibíd.).

Opinaba Shunsuké que el papel del espíritu consistía tan sólo en propagar el culto de su propia impotencia. Sócrates introdujo por primera vez el espíritu en la Grecia antigua. Lo que dominaba en Grecia hasta entonces no era más que el equilibrio entre el cuerpo y la sabiduría, y no el «espíritu», que es la expresión de ese equilibrio destruido. En una de sus comedias, Aristófanes se burla de que Sócrates desviara a los jóvenes del gimnasio al ágora, les hiciera pasar del entrenamiento físico para el combate a la discusión sobre la sabiduría y al culto de la impotencia. Así era como dejaban de sacar el pecho. La condena a muerte de Sócrates fue una sentencia justa.

Japanese artShunsuké Hinoki vivió con una indiferencia teñida de desprecio la época de los trastornos sociales y de la confusión de las ideas que comenzó al principio de los años veinte. Estaba convencido de que el espíritu no tenía ninguna fuerza. Su novela corta, El dedo, escrita en 1935, está considerada como un gran acierto. Es el relato de un viejo barquero que navega por los lagos de Itako. Tras haber transportado a lo largo de su vida numerosos pasajeros, lleva a una pasajera bella como una diosa por los estanques que cubre la bruma de otoño y, en uno de los lagos, se convierte en amante de esa princesa de ensueño. Esta intriga es de lo más trillado y anticuado, pero el autor ha imaginado un astuto desenlace: el viejo barquero, que no llega a creer en la realidad de esta aventura, decide conservar como única prueba de aquella noche la herida que la mujer le ha hecho en un dedo índice al morderle juguetonamente. Se las ingenia para que la herida no cicatrice y acaba por verse obligado a amputarse el dedo, en el que tiene un absceso supurante. El relato finaliza cuando el barquero muestra al narrador el horrible despojo de su índice.

Su estilo conciso y cruel y la descripción fantástica de la naturaleza, que recuerda a Ueda Akinari, alcanzan aquí la perfección de un maestro, como se dice en el mundo de las artes japonés. Pero la risa que Shunsuké trataba de suscitar en ese relato era la comicidad propia de un escritor contemporáneo que ha perdido la facultad de creer en la realidad literaria, con riesgo de perder su dedo.

FujiwaraNoTeikaDurante la guerra, Shunsuké había intentado reconstituir el periodo medieval que se encontraba bajo la influencia estética del Juttairon de Fujiwara no Teika, del Guhisko o de Sangoki, pero cuando rompió la injusta ola de la censura, se calló, contentándose con vivir de la herencia familiar. Entonces escribió una extraña novela sobre la zoofilia, sin intención de publicarla. Se titulaba Rinne («metempsicosis»), se publicó después de la guerra y fue comparada a las obras del marqués de Sade.

Sin embargo, una sola vez, en el transcurso de la guerra, publicó un texto que comentaba con acritud la actualidad. Le había exasperado el movimiento del romanticismo japonés dirigido por jóvenes literatos de extrema derecha.

Después de la guerra, la fuerza creadora de Shunsuké Hinoki empezó a declinar. De vez en cuando publicaba textos fragmentarios que, desde luego, manifestaban una perfecta maestría. Pero dos años después del final de la guerra, su mujer, que entonces tenía cincuenta años, se mató con su joven amante, y desde entonces el autor se limitó a escribir de una manera esporádica notas estéticas sobre su obra.

Parecía que Shunsuké Hinoki había dejado de escribir. Daba la impresión de que, como ciertos escritores seniles a los que se considera grandes, iba a encerrarse en las profundidades de su castillo de escritura, que él mismo había levantado, para terminar allí su vida de una manera tan sólida que ni la misma muerte podría mover una sola piedra de la ciudadela. Sin embargo, resguardado de las miradas exteriores, el don del escritor por las locuras, la pulsión romántica rechazada durante largo tiempo, fomentaban en secreto su desquite.

HSexualidadClasica¡Qué paradójica era aquella juventud que se apoderaba del escritor cuando había llegado a la edad senil! En este mundo tienen lugar misteriosos encuentros. Shunsuké no creía en la inspiración, pero el carácter sobrenatural de aquel encuentro debió de impresionarle. Cuando vio aparecer entre las olas a un joven provisto de todo cuanto a él le había estado vedado en su propia juventud, un hermoso muchacho que no amaba en absoluto a las mujeres, Shunsuké Hinoki había observado que el molde de su desdichada juventud había dejado aparecer una estatua sorprendente. Al encarnarse en aquel joven de carne marmórea, la juventud de Shunsuké había perdido todo temor hacia la vida.

«Armado con la astucia de mis muchos años —se dijo—, esta vez por fin voy a vivir una juventud de acero».

Yuichi carecía por completo de espiritualidad, y eso fue lo que curó a Shunsuké de su enfermedad crónica, la del arte que corroe el espíritu. El hecho de que Yuichi no sintiera el menor deseo hacia las mujeres salvó a Shunsuké de su miedo a la vida, un miedo que su deseo hacía aún más temible. Entonces Shunsuké había intentado crear una obra de arte ideal, como no había podido concebir en toda su vida. Una obra de arte paradójica en sumo grado, que desafiara al espíritu por medio del cuerpo y desafiara al arte por medio de la vida… Esta tentativa había estado en el origen de un pensamiento que no puede encarnarse en una forma, el primero que se había adueñado de Shunsuké.

Al principio, la tarea parecía fácil, pero incluso el mármol está sometido a la disgregación y la materia viva se alteraba poco a poco. Cuando Yuichi exclamó: «¡Quiero convertirme en una existencia real!», Shunsuké presintió el fracaso por primera vez.

Por una ironía del destino, el presentimiento del fracaso se manifestó igualmente en Shunsuké, y entonces fue mucho más peligroso, porque Shunsuké empezaba a amar a Yuichi. Y el destino se hizo cada vez más irónico, pues ningún amor en el mundo era más natural. En el amor que un artista siente por su modelo, el deseo carnal y el deseo espiritual se unen de un modo tan perfecto que la frontera entre ambos acaba por diluirse. La resistencia del modelo aumenta su encanto. Shunsuké había entrado en posesión de ese modelo del que siempre había tratado de huir.

ShinjiEra la primera vez que Shunsuké Hinoki tenía conciencia de la amplitud del poder de la sensualidad sobre la creación. Son numerosos los escritores que en su juventud realizan esta toma de conciencia que les impulsa a crear, pero Shunsuké había seguido el camino inverso. O tal vez aquel «gran autor» no se había convertido en un verdadero escritor hasta después de que su amor y su deseo hacia Yuichi le hubieran socavado. ¿No había entrado por primera vez en aquel momento esa temible «pasión objetiva» en la experiencia de Shunsuké?

Pero poco después Shunsuké se alejó de Yuichi, que «se había convertido en una existencia real», y había reanudado la vida solitaria en su estudio, dejando de ver durante varios meses al joven que amaba. Si, a diferencia de las diversas tentativas de evasión que había realizado hasta entonces, se trataba de un acto resuelto, se debía a que le era imposible seguir cerrando los ojos a la transformación de su modelo abandonado a la «vida». Una vez que había roto con la realidad, su desordenado deseo se había intensificado cada vez más y había llegado a echar de menos el «espíritu» que tanto había despreciado.

A decir verdad, Shunsuké Hinoki no había saboreado jamás una ruptura tan clara con la realidad. La realidad no había ahondado jamás esa ruptura voluntaria con tanta fuerza sensual. La fuerza sensual de las prostitutas a las que él había amado le cedía fácilmente su realidad mientras rechazaba al mismo Shunsuké: era esto lo que había permitido a Shunsuké escribir sus numerosas obras frías como el hielo.

La soledad de Shunsuké se había convertido en el auténtico acto de la creación. Había construido a Yuichi en una ensoñación. Una juventud de acero, que no estuviera ni turbada ni roída por la vida. Una juventud que resistiera a las erosiones del tiempo. Shunsuké tenía a mano un libro histórico de Montesquieu abierto siempre por la misma página. Era un pasaje que trataba de la juventud de los romanos.

TarquinioElSoberbioSegún los textos sagrados romanos, cuando Tarquino quiso levantar un templo en un lugar que le parecía propicio, numerosas divinidades ya eran veneradas allí. Consultó, pues, a los augures para saber si las divinidades podrían ceder el terreno al altar de Júpiter y, con excepción de Marte, del dios de la Juventud y de Término, los dioses dieron su aprobación. De esto se desprendieron tres ideas religiosas. En primer lugar, que los descendientes de Marte no deben jamás ceder sus tierras una vez que las hayan conquistado; en segundo lugar, que la juventud de los romanos no debe estar sometida a nadie, y, por último, que el dios Término de los romanos no abandona jamás el lugar que ocupa.

Por primera vez, el arte se había convertido en la moral práctica de Shunsuké Hinoki. Aniquilar el detestable romanticismo que durante largo tiempo había sobrevivido en su vida con el arma del mismo romanticismo. Llegado a ese punto, el romanticismo, que había sido sinónimo de la juventud de Shunsuké, estaría encerrado en el mármol. Sería el sacrificio de una idea romántica que tenía por nombre eternidad…

Shunsuké no había dudado nunca de su necesidad de Yuichi. Uno no vive su juventud en soledad. De la misma manera que un gran acontecimiento tiene necesidad de que se le inscriba de inmediato en la historia, así una juventud Forbidden Colors3encerrada en un hermoso cuerpo ha de tener cerca de ella alguien que la describa. Una sola persona no puede asumir a la vez la acción y la descripción. El espíritu que se expande después del cuerpo, la memoria que se expande después de la acción… unos «recuerdos de juventud» que sólo descansaran en eso, por bellos que fuesen, serían del todo inconsistentes.

Si cae una gota de juventud, es preciso que cristalice en seguida y que se convierta en un cristal imperecedero. De la misma manera que la arena que se desliza desde la ampolleta superior de un reloj de arena adopta la misma exacta en la parte inferior, así, cuando la juventud se vive hasta su final, es preciso que todas las gotas que caen de la clepsidra cristalicen y formen en seguida a su lado una estatua inmortal.

No es conveniente lamentarse porque la mala voluntad de los dioses no haga coincidir el espíritu perfecto y el cuerpo perfecto en una misma edad y que ésta haga permanecer en un cuerpo perfumado, como es el destino de la juventud, un espíritu inmaduro e imperfecto, pues la juventud es el antónimo del espíritu. Por mucho tiempo que haya sobrevivido, el espíritu no hace más que calcar torpemente el sutil contorno de un cuerpo en plena juventud.

AnnaKisselgoff333Derroche desmesurado de la juventud que vive inconscientemente. Este periodo de la vida que no se preocupa de la cosecha. El equilibrio supremo en el que las fuerzas destructora y creadora de la vida se equilibran de una manera inconsciente. Es preciso modelar ese equilibrio…

 

Cap. 33   Apoteosis

Yuichi se pasó el día sin hacer nada antes de ir a casa de Shunsuké. Sólo faltaba una semana para los exámenes de ingreso en los grandes almacenes del padre de Yasuko. Su contratación ya estaba decidida gracias a la intervención de su suegro, pero las formas exigían que por lo menos se presentara al examen. Para hablar de ello, tenía que hacer una visita de cortesía a su suegro. Debería haberlo hecho antes, pero el empeoramiento de la enfermedad de su madre le servía como excusa para retrasar esa obligación.

Tampoco ese día tenía el menor deseo de ir a casa de su suegro. Seguía llevando el medio millón de yenes en el bolsillo interior de la chaqueta. Se encaminó solo a Ginza

Owaricho2El tranvía se quedó detenido en la parada de Sukiyabashi y no se ponía en marcha de nuevo. Yuichi vio entonces que los transeúntes corrían por la calzada en dirección a Owaricho. El cruce estaba ya lleno de gente. En medio del barullo, tres coches rojos de bomberos dirigían los chorros largos y delgados de sus mangueras hacia el lugar de donde se alzaba la negra nube de humo.

El incendio se había producido en un gran cabaré. A partir del lugar donde se encontraba la multitud, un edificio de dos plantas ocultaba la vista y no se percibía más que el extremo de las llamas, que en ocasiones subían muy alto y brillaban entre el negro humo. Éste, amorfo en su negrura, habría sido invisible en plena noche, y sólo se habrían visto las innumerables chispas. El fuego llegaba ya a los almacenes vecinos. La planta superior del edificio que impedía verlo parecía haber sido atacada por las llamas, aunque el exterior seguía intacto. La pintura, de color yema de huevo, estaba limpia, inmutable, y conservaba su brillo habitual. Un bombero subido a un tejado medio invadido por las llamas intentaba atajar el fuego con un gancho, mientras los espectadores que contemplaban la hazaña le llenaban de elogios. La visión de la sombra minúscula y negra de un hombre que luchaba contra las fuerzas naturales y la muerte parecía producir a la multitud la clase de placer obsceno que procura la visión de un hombre en el momento en que revela su verdadera naturaleza.

No lejos del incendio había un edificio en restauración rodeado de andamios. Unos hombres situados en aquellos andamios observaban con inquietud la extensión del incendio.

ColoriProibitiUn incendio es un acontecimiento asombrosamente silencioso. Desde el lugar donde se encontraba Yuichi no se oía ninguna crepitación, ningún estrépito producido por el derrumbe de las vigas. Un sonido sordo retumbó en las capas inferiores de la atmósfera: era una avioneta roja perteneciente a un periódico, que sobrevolaba el incendio trazando círculos.

Yuichi notó que algo semejante a una bruma le humedecía las mejillas y retrocedió. Una vieja y deteriorada tubería, fijada a una boca de incendios en la esquina de la calle, no había sido bien reparada y tenía un agujero por donde salía el agua, que caía a la calle en forma de fina lluvia. La rociada cubrió el escaparate de una tienda de kimonos e hizo casi invisibles a los tenderos acuclillados alrededor de una caja fuerte portátil y sus pertenencias, que habían reunido por si el fuego se extendía.

El chorro de agua de los bomberos se interrumpía de vez en cuando. El flujo retenido en lo alto de la parábola retrocedía un instante antes de hundirse. Entre tanto, la negra humareda acarreada por el viento no perdía un ápice de su intensidad.

—¡Ya vienen! ¡Ya vienen! —gritó la multitud.

Un camión se abrió camino a través de la gente y unos hombres con cascos metálicos blancos bajaron en fila por la parte trasera. Sólo habían venido para poner orden en la circulación, pero era evidente que asustaban a los espectadores. Tal vez la gente sentía crecer en ella un impulso de rebelión que había atraído a los guardias. Antes de que éstos hubieran tenido tiempo de alzar sus porras, la gente que afluía a la calzada desde todas las direcciones se retiró con un solo movimiento, como una masa revolucionaria que acaba de enterarse de la derrota.

Aquella fuerza ciega era extraordinaria. Cada individuo renunciaba a su propia voluntad y se entregaba al poderío de una fuerza externa. La presión general del repliegue en las aceras era tal que empujaba a los transeúntes que se encontraban ante la tienda contra el lujoso escaparate. Un joven extendió los brazos y gritó:

guirnalda mariposa—¡Cuidado! ¡Es vidrio! ¡Es vidrio!

Como mariposas nocturnas alrededor de una llama, la mayoría de la gente no veía el vidrio del escaparate, y él trataba de llamar su atención.

En medio del tumulto, Yuichi oyó un ruido como de petardos. Dos o tres globos que se le habían escapado a un niño habían estallado al ser pisoteados. Yuichi vio entre los pies en estampida una sandalia de madera que, lanzada de un lado a otro, parecía un objeto flotante que fuese a la deriva en el mar.

Cuando por fin se liberó de la multitud, se encontró en un lugar inesperado. Tras hacerse de nuevo el nudo de la corbata, que se le había deshecho, se puso a caminar. No volvió a mirar en la dirección del incendio, pero la extraña energía del caos había penetrado en su cuerpo y hacía que fermentase en él una alegría inexplicable.

Como ya no sabía adónde ir, caminó un poco más y entró en un cine, donde proyectaban una película que no le interesaba en especial.

*

Shunsuké dejó el lápiz rojo. Tenía un hombro muy rígido. Se levantó y, golpeándose el hombro, se dirigió a la amplia biblioteca al lado del estudio. Un mes antes se había desprendido de la mitad de sus libros. Le sucedía a la inversa que a los ancianos corrientes, y cuanto más envejecía, tanto más inútiles le parecían los libros. Sólo se había quedado con aquellos por los que sentía un apego especial. Había eliminado las estanterías vacías y construido dos ventanas en la pared, que, hasta entonces, había impedido el paso de la luz. A la ventana que daba al norte, por encima del follaje de un magnolio, se habían añadido dos ventanas luminosas. El diván de su estudio, en el que dormía las siestas, se encontraba ahora en la biblioteca, donde Shunsuké se distendía pasando las páginas de los libros alineados en una mesita.

Shunsuké entró en el estudio y buscó algo en el estante de obras francesas en la lengua original, que estaba bastante alto. Era la traducción francesa de Mousa paidiké en una edición de lujo en papel japonés. La musa adolescente es un libro de poemas de Estratón de Sardes, poeta de la época del emperador Adriano. Para adaptarse a los gustos del emperador, enamorado de Antínoo, sólo escribía sobre hermosos muchachos:

LaMuchaMuchachosMe gustan los pálidos, y también los que tienen la piel color de miel, y los rubios. De otro lado quiero, asimismo, a los de pelo oscuro. Y no desdeño a los de ojos marrones. Pero, sobre todo, me gustan los de ojos brillantes y muy negros. (**) Versión española de Luis Antonio de Villena. La musa de los muchachos (Antología de poesía pederástica), Hiperión, Madrid, 1980. [N. de los T.]

 

Una tonalidad de miel, cabellos negros, ojos como el azabache. Así debía de ser un muchacho de aquella Asia Menor, de donde era natural el célebre esclavo oriental. El ideal de belleza de la juventud con el que soñaban los romanos del siglo II era asiático.

Shunsuké sacó entonces del estante Endimión, de Keats, y recorrió con la mirada los versos que se sabía casi de memoria.

«Todavía un poco… —murmuró el viejo escritor en su corazón—. A la visión ya no le falta ningún componente y pronto estará completa. Hacía mucho tiempo que no sentía esta palpitación y este temor irracional ante la conclusión de una obra. ¿Qué aparecerá en el momento final, en ese instante supremo?».

Tendido en diagonal sobre la cama, hojeó distraídamente los libros. Aguzó el oído. Los insectos de otoño llenaban el jardín con sus chirridos.

En uno de los estantes estaban colocados los veinte volúmenes de las obras completas de Shunsuké Hinoki, cuya aparición había finalizado el mes anterior. La sucesión de letras doradas tenía un brillo apagado y monótono. Veinte volúmenes que constituían la repetición de un desprecio enojoso. Sin ninguna emoción, el viejo escritor deslizó los dedos por el desfile de caracteres en los lomos de los libros, como uno acaricia por cortesía el mentón de un niño feo.

EscrituraJaponesaEn las dos o tres mesitas que rodeaban la cama había dejado varios libros abiertos por la página en la que había interrumpido la lectura, las blancas páginas desplegadas como otras tantas alas muertas. Esos libros eran la antología del poeta Ton’a, de la escuela de Nijo; el Taiheiki, abierto por el pasaje del sacerdote del templo de Shiga; el Okagami, abierto por el pasaje de la retirada del emperador Kazan; el libro de poemas del sogún Ashikaga Yoshihisa, muerto en la juventud; el Kojiki y el Nihon-shoki, encuadernados en un solo volumen, una edición antigua e imponente. En estos últimos textos aparecían con insistencia los mismos temas: muchos jóvenes y hermosos príncipes se suicidaban o los mataban en su juventud a causa de un amor abyecto o del fracaso de un proyecto de rebelión. Tal era el caso del príncipe Kart-no-miko o el del príncipe Ootsu-no-miko. A Shunsuké le apasionaban los ejemplos de juventud fracasada en los tiempos antiguos.

Oyó el sonido de la puerta de su estudio. Eran las diez de la noche. Era imposible que recibiera una visita a aquellas horas. Debía de ser la criada, que le traía el té. Shunsuké miró en la dirección de su estudio y respondió. No era la criada.

— ¿Está usted trabajando? He subido directamente y me ha sorprendido que la criada no me lo haya impedido.

Shunsuké se levantó y, al acercarse a su estudio, vio a Yuichi en medio de la habitación. La entrada del muchacho había sido tan brusca que Shunsuké tuvo la impresión de que salía de los libros que había abierto hasta entonces.

Los dos hombres, que no se habían visto en mucho tiempo, se saludaron. Shunsuké indicó a Yuichi una tumbona donde sentarse y fue a la biblioteca en busca de una botella de vino.

Yuichi oyó el chirrido de un grillo en un rincón de la estancia. El estudio no había cambiado. En las estanterías que rodeaban los tres cristales de la ventana estaban las numerosas piezas de cerámica, así como la estatuilla funeraria, tosca pero antigua y muy bella. En ningún lugar había flores de temporada. Un pequeño reloj de mármol negro era el único objeto que, de una manera lúgubre, indicaba el paso del tiempo. Si la anciana criada se olvidaba de darle cuerda, el viejo escritor, que no se ocupaba de los asuntos cotidianos, no se molestaba en hacerlo y al cabo de pocos días el reloj se paraba.

Una vez más, Yuichi deslizó la mirada por la habitación y se dijo que tenía un misterioso vínculo con aquel estudio. Cuando, tras haber descubierto por primera vez el placer, vino a aquella casa, fue allí donde Shunsuké le leyó el Chigokanjo. Más adelante, fue también en aquella habitación donde, abrumado por el temor a la vida, buscó consejo acerca del aborto de Yasuko. Ahora Yuichi no experimentaba ni un placer excesivo ni sufrimiento, sino que se mostraba sereno y apático. Pronto devolvería a Shunsuké el medio millón de yenes. Una vez se hubiera quitado de encima esa carga, estaría liberado por completo del dominio de otras personas. Abandonaría aquel lugar y no regresaría jamás. Shunsuké volvió con una bandeja de plata sobre la que había una botella de vino blanco y dos copas, y la depositó ante el visitante. Se sentó bajo la ventana, en el diván con cojines decorados al estilo de las islas Ryukyu, y vertió vino en la copa de Yuichi. La mano le temblaba tanto que derramó algo de vino, y el joven, sin poder evitarlo, recordó la mano temblorosa de Kawada que viera unos días antes.

«Este hombre se siente en la gloria porque he venido a verle de improviso —se dijo Yuichi—. Pero no debo hablarle de dinero en seguida».

El viejo escritor y el joven brindaron. Shunsuké, que aún no había mirado de frente la cara del hermoso muchacho, le miró por fin.

—Bueno, ¿qué me dices de la realidad? —le preguntó—. ¿Te satisface? —Yuichi no pudo reprimir una sonrisa ambigua. En sus labios apareció la mueca de cinismo que había aprendido. Sin esperar respuesta, Shunsuké siguió diciendo—: Desde luego, algo ha debido de pasar. Cosas que no puedes decirme, cosas desagradables, cosas asombrosas y cosas magníficas. Pero, al fin y al cabo, nada de todo eso tiene valor: se te nota en la cara. Es posible que se haya modificado tu interior, pero tu aspecto exterior no ha cambiado en absoluto desde la primera vez que te vi. Tu exterior no ha sufrido ninguna influencia. La realidad ni siquiera ha logrado cincelar una sola marca en tus mejillas. Tienes el genio de la juventud. Y eso no se dejará dominar jamás por esta dichosa realidad.

—He roto con Kawada —dijo el joven.

—Eso es buena cosa. Ese hombre se deja devorar por un idealismo que él mismo se ha creado. Tiene miedo de tu influencia.

—¿Mi influencia?

—Sí. A ti no te influye jamás la realidad, pero tú influyes continuamente en ella. Tu influencia ha transformado la realidad de ese hombre en una idea que le atemoriza.

Aunque el nombre de Kawada había surgido en la conversación, Yuichi no aprovechó la oportunidad para mencionar el medio millón de yenes.

«¿A quién se dirige este viejo? —se preguntó el joven—. ¿A mí? Cuando no sabía nada, podría haberme esforzado por comprender sus extrañas teorías. Pero ¿se dirige a aquel en que me he convertido, a alguien a quien la pasión artificial de este anciano ya no puede provocar pasión?».

De una manera instintiva, Yuichi se volvió hacia un rincón a oscuras de la estancia. Tenía la impresión de que el viejo escritor se dirigía a alguien que estaba detrás de él.

La noche era serena. No se oía más que el chirrido de los insectos. Al verter el vino en las copas, producía el leve murmullo de perlas que tintinean.

butoh04—Anda, bebe —le dijo Shunsuké—. Es una noche de otoño, estás aquí, el vino está aquí, no falta nada… Una mañana, Sócrates, mientras oía el canto de las cigarras, conversaba con el bello Fedro. Sócrates interrogaba y respondía. Llegar a la verdad por medio de preguntas, ése era el método indirecto que había inventado. Pero nunca se puede obtener una respuesta de la belleza natural del cuerpo. Es preciso intercambiar la pregunta y la respuesta en una misma categoría. El espíritu y el cuerpo no pueden dialogar jamás.

»El espíritu sólo puede interrogar. No obtiene nunca respuesta, como no sea en forma de eco. 

»No he elegido un objeto sobre el que pueda plantear preguntas y dar respuestas. Pero interrogar es mi destino. Estás aquí, tú, la hermosa naturaleza. Estoy aquí, yo, el espíritu feo. Éste es el esquema eterno. No hay álgebra capaz de intercambiar los términos. Dicho esto, hoy no tengo ninguna intención de despreciar a propósito mi espíritu. El espíritu también contiene elementos valiosos.

»Pero, mi querido Yuichi, por lo menos mi amor no tiene tanta esperanza como el de Sócrates. El amor sólo puede nacer de la desesperación. El espíritu contra la naturaleza… el movimiento del espíritu hacia esa imposibilidad de comunicación es el amor.

»¿Por qué interrogo entonces? Porque el espíritu no tiene otro medio de demostrar su existencia más que planteando una pregunta sobre alguna cosa. La existencia de un espíritu que no interroga se vuelve frágil…

Shunsuké se interrumpió. Se volvió para abrir la ventana en saliente y contempló el jardín a través de la puerta mosquitera. Se oía el leve soplo del viento.

—Parece que el viento se levanta. El otoño está aquí… ¿Tienes calor? En ese caso, la dejo abierta…

Yuichi sacudió la cabeza. El viejo escritor cerró la ventana y, volviéndose de nuevo hacia el joven, siguió hablando.

— Como iba diciendo. El espíritu no cesa de crear interrogantes y tiene que acumularlos. El poder creativo del espíritu radica en su capacidad de formular interrogantes. Así, el supremo objetivo del espíritu radica en la creación del interrogante mismo, es decir, la naturaleza. Es imposible. Pero el método del espíritu consiste en avanzar siempre hacia lo imposible.

»El espíritu es, en cierta manera, un impulso que acumula ceros hasta el infinito para poder alcanzar el uno. «¿Por qué eres tan bello?». Eso es lo que te pregunto. ¿Puedes responderme? Pero el espíritu no espera respuesta…

Le miraba fijamente. Yuichi trató de sostener aquella mirada, pero sus ojos habían perdido su fuerza, como si fueran víctimas de un hechizo. El hermoso joven, incapaz de oponer resistencia, dejaba que Shunsuké le mirase. Aquella mirada, de una rudeza extrema, le paralizaba, le arrebataba la voluntad y le reducía a pura naturaleza.

«No es a mí a quien mira —se dijo Yuichi, estremecido—. Es cierto que su mirada se posa en mí, pero no es a mí a quien ve. Sin duda en esta habitación hay un Yuichi distinto de mí».

Yuichi vio con claridad a la misma naturaleza, un Yuichi que estaba a la altura de las estatuas clásicas por su perfección, la estatua de un hermoso joven invisible. Como Shunsuké había escrito en Shunsuké Hinoki visto por sí mismo, ante él se alzaba una estatua de arena encajada en la ampolleta superior de un reloj de arena. Era la estatua de la juventud reducida al mármol sin espíritu, que se volvía indestructible como el acero y no retrocedía ante ninguna mirada.

El sonido del vino blanco vertido en su copa sorprendió a Yuichi. Se había abandonado a su ensoñación con los ojos abiertos.

JukioMishima—Bebe —le dijo Shunsuké, llevándose su copa a los labios—. Pues bien, la belleza, ¿sabes?, se encuentra en este lado y es inalcanzable. ¿No lo crees así? La religión siempre sitúa el más allá, el mundo futuro, a una distancia infinita. Pero la distancia, en la acepción humana del término, presenta, a fin de cuentas, la posibilidad de cubrirla, de llegar a su extremo. Entre la religión y la ciencia no hay más que una diferencia de distancia. La gran nebulosa que se encuentra a seiscientos ochenta mil años luz está, pese a todo, dentro de los límites posibles de lo alcanzable. La religión plantea un alcance quimérico; la ciencia ofrece una técnica para lograr ese alcance.

»En cambio, la belleza se encuentra siempre en este lado. Está presente en el mundo, es tangible. El requisito indispensable de la belleza es que nuestra sensualidad pueda saborearla. Así pues, la sensualidad es importante, ya que identifica la belleza. Pero jamás puede alcanzarla, porque la percepción por medio de la sensualidad impide ante todo alcanzar la belleza. Los griegos expresaban la belleza con estatuas: era un método sabio. En cuanto a mí, soy novelista. En todo este batiburrillo inventado por la modernidad he elegido lo peor para convertirlo en mi profesión. ¿No crees que es la profesión más torpe y más vulgar que existe para expresar la belleza?

»Aquello que, pese a encontrarse en este lado, no es posible alcanzar. Puede que esta definición te convenza. La belleza es la naturaleza en el hombre, la naturaleza situada en condiciones humanas. La belleza es lo que, si bien se encuentra en el hombre, lo limita y le opone una resistencia más profunda. Debido a esa misma belleza, el espíritu no tiene un solo momento de respiro.

Yuichi le escuchaba. Notaba que la estatua del hermoso joven hacía lo mismo. El milagro ya se había producido en aquella habitación, pero después del milagro lo que había era una serenidad cotidiana.

—Mi querido Yuichi —siguió diciendo Shunsuké—, hay en este mundo un instante supremo. Es el momento en que el espíritu y la naturaleza se reconcilian y copulan.

»Ahora bien, a un hombre vivo le es imposible expresarlo. Podría saborear ese instante, pero no puede expresarlo, porque rebasa las facultades humanas. Me dirás: “¡Un hombre no puede expresar algo tan sobrehumano!”. Eso es falso. Lo que ocurre es que el hombre no puede expresar el grado supremo de lo realmente humano. No puede expresar el momento sublime en que el hombre se convierte en sí mismo.

»El artista no es todopoderoso, como tampoco lo es la expresión. La expresión siempre se ve abocada a una alternativa. ¿La expresión o el acto? En el amor, el hombre sólo puede amar a alguien si actúa. La expresión viene después de la acción.

Pero el verdadero e importante problema es el de saber si es imposible la simultaneidad de la expresión y del acto. En este aspecto, lo único que conoce el hombre es la muerte.

»La muerte es un acto, pero ningún acto es tan singular y definitivo como ella… Bueno, no me he expresado bien —dijo con una sonrisa—. La muerte es sólo un hecho. En tanto que acto, habría que llamar a la muerte suicidio. El hombre no puede nacer por su voluntad, pero sí morir. Ésa es la tesis fundamental de todas las filosofías habidas y por haber sobre el suicidio. Pero no hay ninguna duda de que, en la muerte, es posible la simultaneidad del acto del suicidio y de la expresión íntegra de la vida. Es preciso esperar la expresión del instante supremo en la muerte. Y es posible demostrarlo a la inversa. La expresión más elevada de un ser vivo apenas llega en segundo lugar tras el instante supremo, es decir, cuando se sustrae a la forma integral de la vida. La vida se realiza por fin cuando a esta expresión se le añade el de la vida. Y es que, por mucho que se entregue a la expresión, el hombre sigue estando vivo. Ahora bien, la vida que no es posible negar queda excluida de la expresión, pues quien la expresa sólo puede fingir la muerte.

»¡Cómo han soñado los hombres con ésa! Ahí reside siempre el sueño del artista. Todo el mundo se percata de que la vida enrarece la expresión, le arrebata su precisión. La precisión que un ser vivo puede concebir no es más que una forma de precisión. Pensamos que el cielo es azul, pero tal vez para un muerto sea de un verde brillante.

»Es extraño. Cuando los hombres vivos se ven arrastrados a la desesperación en su intento de expresar esto, una vez más la belleza acude en su auxilio. Es la belleza la que nos enseña a permanecer resueltamente en la imprecisión de la vida.

»Ahora puedes comprender que la belleza es cautiva de la sensualidad, de la vida, y que, en la medida en que nos enseña a no creer más que en la exactitud de la sensualidad, tiene para el hombre algo de moral.

Shunsuké Hinoki hizo una pausa y emitió una risita.

—Bueno, eso es todo —añadió—. No quiero que te duermas. Esta noche no tienes que apresurarte, ya que hacía tanto tiempo que no venías. —Observó que Yuichi no había tocado su copa de vino—. Si no te apetece beber, podríamos jugar una partida de ajedrez. Kawada te ha enseñado a jugar, ¿no es cierto?

—Sí, un poco.

—También me enseñó a mí… Jamás le habría pasado por la imaginación, al enseñarnos a jugar, que una noche de otoño jugaríamos así, tú y yo… —Señaló un tablero antiguo y elegante, con las piezas blancas y negras—. Este tablero lo encontré en una tienda de antigüedades. Ahora el ajedrez es mi única diversión. ¿Te molestaría jugar?

—No.

Yuichi no se negó. Ya había olvidado que estaba allí para devolver el medio millón de yenes.

Ante Yuichi estaban las dieciséis piezas: las torres, alfiles, el rey, los caballos, etc. A derecha e izquierda del tablero destellaban las copas de vino medio llenas. Los dos hombres callaron y sólo se oyó el sonido casi imperceptible de las piezas de marfil que chocaban. En el silencio del estudio, la sensación de la existencia del otro se hizo más intensa. En varias ocasiones Yuichi sintió la tentación de volverse hacia la estatua invisible que observaba el movimiento de las piezas sobre el tablero.

No era posible calcular el tiempo que transcurrió de esta manera. No sabían si era largo o breve. Si lo que Shunsuké denominaba «el instante supremo» debía producirse, sucedería en un momento como aquél, sin conciencia del tiempo, y pasaría desapercibido. Finalizaron una partida. Yuichi había ganado.

—Vaya, he perdido —suspiró el viejo escritor.

Pero la expresión de su rostro era de un júbilo desbordante. Era la primera vez que Yuichi le veía una expresión tan apacible.

—Sin duda he perdido porque he bebido más de la cuenta. Tenemos que jugar otra partida, pero primero debo despejarme un poco.

—Discúlpame un momento.

Shunsuké fue a la biblioteca. Al cabo de un instante, Yuichi vio sus piernas estiradas en el diván. El viejo escritor le dijo con voz clara:

—Si echo una cabezada, me despejaré. Despiértame dentro de veinte o treinta minutos, ¿de acuerdo? Cuando me despierte, jugaremos la otra partida. ¿Podrás esperarme?

—Sí, claro —respondió Yuichi.

El joven extendió a su vez las piernas en el canapé situado bajo la ventana y jugueteó con las piezas negras y blancas. Cuando fue a despertar a Shunsuké, el anciano no le respondió. Estaba muerto. Había dejado una nota sobre la mesa cercana, la hoja de papel sujeta por el reloj que se había quitado y puesto encima. La nota decía: «Adiós. Te he dejado un regalo en el cajón de la derecha de mi escritorio».

Yuichi se apresuró a despertar a la criada y telefoneó al doctor Kumemura, su médico de cabecera. Pero cuando el médico llegó, ya era demasiado tarde para hacer nada. Tras informarse de lo sucedido, el médico declaró que la causa del suicidio era desconocida, pero que con toda evidencia se trataba de una muerte voluntaria debida a la ingestión de una dosis letal de Pavinal, el sedante que Shunsuké tomaba cuando sufría ataques de neuralgia en la rodilla derecha. El médico preguntó si había un testamento. Entonces Yuichi le mostró la hoja que había encontrado antes. Abrieron el cajón derecho del escritorio y descubrieron un testamento legalizado ante notario. Según el documento, legaba toda su fortuna, de casi diez millones de yenes, en bienes muebles e inmuebles, íntegramente a Yuichi. Los dos testigos del testamento eran el presidente y el director del departamento de publicaciones de la editorial que había publicado sus obras completas, con los que tenía buenas relaciones. Un mes antes, Shunsuké había ido con esas dos personas a la oficina de registros notariales de Kasumigaseki.

El plan de devolución del medio millón de yenes había fracasado. La idea de que toda su vida estaría afectada por el amor de Shunsuké, expresado mediante diez millones de yenes, le llenaba de melancolía, pero ese sentimiento era inapropiado a las circunstancias. El médico avisó a la policía y llegó el inspector jefe, en compañía de un comisario y un médico forense, para investigar lo ocurrido. Yuichi respondió al interrogatorio con claridad. Como el doctor Kumemura intervino a su favor, se vio libre de toda sospecha de haber ayudado a Shunsuké a suicidarse, pero el inspector, tras haber leído el testamento legalizado, le preguntó con insistencia sobre sus relaciones con el difunto.

—Había sido amigo de mi padre, y cuando me casé, me brindó su ayuda como si fuese hijo suyo. Me trataba con una gran generosidad.

Mientras pronunciaba este único falso testimonio, las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Yuichi. El inspector, con una calma de profesional, en seguida se convenció de la autenticidad de aquellas bellas lágrimas, y concluyó que Yuichi era totalmente inocente.

No tardó en presentarse uno de esos periodistas siempre vigilantes, que importunó a Yuichi con las mismas preguntas.

—Puesto que le ha legado la totalidad de sus bienes, el maestro debía de tenerle un enorme afecto.

En estas palabras desprovistas de malicia, la mera mención de «afecto» atravesó el corazón de Yuichi.

El joven permaneció sentado, con expresión seria, y no respondió. Entonces se dio cuenta de que aún no había informado a su familia. Se levantó y fue a telefonear a Yasuko.

Amanecía ya. Yuichi no sentía la menor fatiga, ni siquiera tenía sueño, pero estaba cansado de las personas que venían a dar el pésame y de los periodistas, que acudieron a la casa en cuanto se difundió la noticia, y, tras avisar al doctor Kumemura, salió a dar un paseo.

Era una mañana muy soleada. Al pie de una colina vio las dos líneas destellantes de las vías del tranvía, que se extendían a lo lejos por una avenida sinuosa y aún desierta. La mayor parte de las tiendas estaban todavía cerradas.

«Diez millones de yenes —se dijo el joven mientras cruzaba la calzada—. Pero ten cuidado. Si ahora te atropella un coche, lo echarás todo a perder».

En una floristería que acababa de levantar la puerta metálica ante el escaparate, las flores todavía húmedas formaban tupidos ramos.

«Diez millones de yenes… ¿Cuántas flores podría comprar?».

Aquella libertad inaferrable era aún más pesada que la melancolía que se había apoderado de él durante toda la noche, y esa inquietud entorpecía sus pasos mientras se apresuraba. Habría sido más conveniente que achacara la inquietud a la noche que había pasado en blanco. Se acercó a la estación de la Línea del Gobierno, y vio que los trabajadores que más madrugaban se reunían ante el control de billetes. Delante de la estación, dos o tres limpiabotas ya se habían instalado.

«Para empezar, voy a hacerme lustrar los zapatos…», se dijo Yuichi.

 

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