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Fragmentos de libros. MARÍA ANTONIETA de Stefan Zweig  FINAL II:

 

Editorial:  ACANTILADO     Acceso/Volver al Final I de "María Antonieta": CabezaManiqui177  

 
Continúa (La vista).
      

    ...

    ... Pero si internamente está llena de resolución, también quiere María Antonieta aparecer con dignidad externa delante del tribunal. El pueblo debe comprender que la mujer que se acerca hoy a la barra es una Habsburgo y que, a pesar de todos los decretos que la destronan, sigue siendo una reina. Con más cuidado del que usa en general, peina la raya de sus cabellos encanecidos. Se pone una cofia de lienzo blanco, plegada y almidonada recientemente, de cuyos lados desciende el velo de luto; como viuda de Luis XVI, el último rey de Francia, quiere María Antonieta comparecer ante el Tribunal Revolucionario.

       MAntoinette lutoA las ocho de la mañana se reúnen los jueces y jurados en la gran sala de audiencia; Herman, el paisano de Robespierre, como presidente; Fouquier-Tinville, como acusador público. Los juramentos proceden de todas las clases sociales: un antiguo marqués, un cirujano, un vendedor de limonada, un músico, un impresor, un peluquero, un sacerdote que colgó los hábitos y un ebanista; junto al fiscal han tomado asiento algunos miembros del Comité de Salud Pública para vigilar el curso de la vista. La sala está totalmente llena. No todos los días se tiene ocasión de ver en el banquillo a una reina.

     María Antonieta entra serenamente y se sienta tranquila; a ella no le han reservado ya un sillón especial, como a su esposo; sólo la espera un desnudo asiento de madera; tampoco los jueces son ya, como en el solemne proceso público de Luis XVI, unos representantes elegidos entre los miembros de la Asamblea Nacional, sino el jurado que actúa de ordinario, que realiza su funesto deber como por oficio. Pero en vano buscan los espectadores en el semblante agotado de la reina, agotado pero no descompuesto, un signo visible de emoción y de miedo. En una actitud rígida y resuelta espera el comienzo de la vista. Mira tranquilamente hacia los jueces, mira tranquilamente hacia la sala y concentra sus fuerzas.

     Bouillon Processo M.AntoinettePrimeramente se levanta Fouquier-Tinville y lee en voz alta el escrito de acusación. La reina apenas presta atención. Conoce ya todos los reproches: los ha examinado ayer con su abogado. Ni una sola vez, ni tampoco ante las más duras acusaciones, levanta la cabeza; sus dedos se mueven con indiferencia sobre los brazos de su asiento, «como si fuera un piano».

     Entonces comienza el desfile de cuarenta y un testigos que prestan juramento de declarar «sin odio y sin temor de decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad». Como el proceso ha sido preparado a toda prisa -tiene verdaderamente mucho que hacer en aquellos días el pobre Fouquier-Tinville: los girondinos, madame Roland y cien otros más esperan ya su turno-, las más diferentes inculpaciones son enunciadas en confuso desorden, sin relación alguna entre sí, lógica o cronológica. Los testigos hablan tan pronto de los acontecimientos del 6 de octubre de 1789, en Versalles, como de los del 10 de agosto de 1792, en París; sobre delitos anteriores a la Revolución o contemporáneos a ella. La mayoría de estas declaraciones carecen de importancia, y algunas son completamente ridículas, como la de aquella criada, Milot, que afirma haber oído en 1788 como el duque de Coigny le decía a alguien que la reina había hecho enviar a su hermano doscientos millones, o aquella otra también de que María Antonieta había llevado sobre sí dos pistolas para asesinar al duque de Orleans. En todo caso, hay dos testigos que juran haber visto los mandatos de la reina para el envío de dinero, pero no pueden ser presentados los originales de estos decisivos documentos, así como tampoco lo es una Fouquier Tinvillecarta de su mano que se dice que María Antonieta había enviado al comandante de la guardia suiza: «¿Puede contarse con toda seguridad con sus suizos? ¿Se mantendrán valientemente si se les ordena?». No es aportado ni un solo pliego de papel escrito por María Antonieta, y tampoco el paquete lacrado que contiene los objetos que le fueron secuestrados en el Temple suministra nada de que se la pueda acusar. Los mechones de cabellos son de su marido y de sus hijos; las miniaturas, una de la princesa de Lamballe y la otra de su amiga de la infancia, la landgravesa de Hesse-Darmstadt; los nombres anotados en el librillo de señas, los de su lavandera y de su médico; ni una sola pieza aparece como utilizable para la acusación. Por tanto, el acusador público trata siempre de volver otra vez a las inculpaciones generales, pero la reina, esta vez preparada, responde, si es posible, aún con mayor firmeza y seguridad que en su primera declaración. Los debates se desenvuelven de un modo análogo a éste:

      - ¿De dónde ha tomado usted el dinero con el cual hizo construir y amueblar el petit Trianon, en el que daba usted fiestas donde era siempre la diosa?

      - De un fondo que estaba destinado para este efecto.

      - Es preciso que este fondo fuera considerable, porque el petit Trianon debe haber costado sumas enormes.

     - Es posible que el petit Trianon haya costado sumas inmensas, acaso más de lo que yo hubiera deseado; se veía una metida poco a poco en gastos; por los demás, deseo más que nadie que se conozca bien lo pasado allí.

     - ¿No fue en el petit Trianon donde conoció usted por primera vez a la De la Motte?

     - No la he visto jamás.

     - ¿No fue ella víctima de usted en el asunto del famoso collar?

     - No pudo serlo, ya que no la conocía.

     - ¿Persiste usted, pues, en negar que la haya conocido?

     - Mi plan no es el negar; es verdad lo que he dicho, y persistiré en decirla.

     Petit TrianonSi, en general, pudiera existir aún alguna esperanza, le habría sido lícito a María Antonieta abandonarse a ella, pues la mayor parte de los testigos han negado plenamente. Ni uno solo de aquellos a quienes temía la acusó seriamente. Siempre es más fuerte su defensa. Cuando el acusador público afirmaba que mediante su influencia había llevado al difunto rey a que hiciese todo lo que ella quisiera, responde la reina: «Es muy distinto aconsejar que se haga una cosa a mandarla ejecutar» . Cuando, en el curso de la vista, el presidente le hace observar que, con sus declaraciones, se pone en contradicción con las afirmaciones de su hijo, responde desdeñosamente: «Es muy fácil hacer decir a un niño de ocho años todo lo que se quiera». En las preguntas verdaderamente amenazadoras se cubre siempre con un prudente «no me acuerdo». De este modo, ni una única vez consigue Herman triunfar de ella, mostrando en sus palabras una manifiesta inexactitud o una contradicción patente; ni una sola vez durante estas largas horas se enciende en el auditorio que escucha con toda atención una manifestación incidental de cólera, un movimiento de odio o un patriótico aplauso. Vacíos, lentos, con mucha paja por en medio, se prosiguen los interrogatorios. Es tiempo de que venga un testimonio decisivo realmente aplastante para dar impulso a la acusación. Esta aportación sensacional piensa traerla Hébert con la espantosa acusación del incesto. 

      AnteElTribunalSe adelanta. Resuelto y convencido, en voz bien perceptible, repite la inculpación monstruosa. Pero pronto advierte que lo increíble de esta acusación provoca incredulidad; que nadie en toda la sala expresa su horror con ningún grito de indignación ante esta madre corrompida, ante esta mujer degenerada; todos permanecen en silencio, pálidos y sobrecogidos. Por ello piensa el pobre petate que tiene que presentarles, además, una explicación especialmente refinada, psicologico-política. «Puede admitirse -declara el majadero- que estos goces criminales no estaban inspirados por una necesidad de placer, sino más bien por la esperanza política de enervar la salud de este niño, al que se complacían aún en creer destinado a ocupar un trono y sobre el cual, con esta maniobra, querían asegurarse el derecho a regir su personalidad moral.» Pero, ¡cosa curiosa!, también el auditorio permanece en silencio, totalmente desconcertado por esta simplicidad histórica. María Antonieta no responde y aparta despreciativamente la vista de Hébert. Indiferente, como si aquel furioso mentecato hubiera hablado en chino, y sin concederle una mirada, permanece rígida a inconmovible.

       También el presidente Herman hace como si no hubiera entendido toda la declaración. Se olvida expresamente de preguntar qué tiene que responder la calumniada madre; ha advertido ya la penosa impresión que esta acusación de incesto produce en el auditorio, especialmente en las mujeres, y deja por ello a toda prisa que se abandone el terreno de esta vidriosa acusación. Pero entonces, torpemente, uno de los jurados comete la indiscreción de recordar al presidente: «Ciudadano presidente, le invito a que llame la atención de la acusada por no haber respondido nada respecto al hecho de que ha hablado Hébert y a lo que ha pasado entre ella y su hijo».

       Jacques René HébertAhora el presidente no puede dilatarlo ya más. Contra sus íntimos sentimientos, tiene que interrogar a la acusada. María Antonieta levanta orgullosa y bruscamente la cabeza -«en este momento la acusada parece vivamente conmovida», relata hasta el mismo Moniteur, de ordinario tan seco- y replica en voz alta, con indecible desprecio: « Si no ha respondido, es que la naturaleza se niega a responder a semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las que puedan encontrarse aquí».

    Y, en efecto, una efervescencia profunda, una fuerte agitación recorre la sala. Las mujeres del pueblo, las trabajadoras, las pescaderas, las calceteras, contienen el aliento, se sienten misteriosamente coligadas: en esta mujer han herido a todo su sexo. El presidente guarda silencio; aquel jurado curioso baja los ojos; el acento de doloroso enojo en la voz de la mujer calumniada ha conmovido a todos. Sin decir palabra se aparta Hébert de la barra, no precisamente orgulloso de su empresa. Todos advierten, y acaso también él, que su acusación ha proporcionado a la reina un gran triunfo moral, precisamente en la hora más difícil. Lo que él pretendía rebajar queda ensalzado.

      Robespierre, que en la misma tarde tiene conocimiento del incidente, no puede dominar su cólera contra Hébert. Como único espíritu político entre aquellas gentes que no eran más que estrepitosos agitadores populares, comprende al instante qué delirante insensatez ha sido sacar a la publicidad aquella acusación dictada contra su madre por un niño que aún no tiene nueve años y brotada del miedo o quizá de la conciencia de una falta. «Ese zopenco de Hébert -lRobespierre1790Anónimoes dice furioso a sus amigos todavía tenía que proporcionarle este triunfo.» Largo tiempo hace que Robespierre está cansado de aquel inculto personaje que, mediante su ordinaria demagogia, mediante su conducta anárquica, deshonra la causa de la Revolución, para él sagrada; este día decide él en su fuero interno suprimir esta mancha de basura. La piedra que Hébert ha lanzado contra María Antonieta vuelve a caer sobre su persona y lo hiere mortalmente. Que pasen algunos meses, y recorrerá idéntico camino en la misma carreta, pero no tan valientemente como ella, sino con un ánimo tan débil que su compañero Rosin tiene que gritarle para que se domine: «Cuando había que actuar, has charlado lamentablemente. Aprende siquiera ahora a morir».

      María Antonieta ha comprendido su triunfo, pero percibe también una voz entre el auditorio que dice con asombro: «¡Ve qué orgullosa es!». Y por ello le pregunta a su defensor: «¿No habré puesto demasiada dignidad en mi respuesta?». Pero éste la tranquiliza: «Señora, siga usted siendo usted misma y estará siempre bien». María Antonieta tiene que luchar aún otro día; pesadamente se arrastra el proceso, fatigando a actores y espectadores; pero, aunque agotada por sus hemorragias y si bien sólo toma durante el descanso una taza de sopa, mantiene su actitud enérgica y recta, lo mismo que su espíritu. «Imaginémonos, si es posible -escribe su defensor en sus Memorias-, toda la fuerza de alma que necesitó la reina para soportar las fatigas de una sesión tan larga y tan horrible; convertida en espectáculo de todo un pueblo, teniendo que luchar contra unos monstruos ávidos de sangre, defenderse de todos los lazos que le tendían, destruir todas sus objeciones, guardar todas las conveniencias y todo lo debido, sin quedar jamás por debajo de sí misma.» Durante quince horas luchó el primer día, más de doce han pasado ya en el segundo, cuando, por fin, declara el presidente terminada la audiencia de testigos y pregunta a la acusada si tiene, en su descargo, todavía algo que añadir. Consciente de sí misma, responde María Antonieta: «Ayer no conocía a los testigos e ignoraba lo que iban a declarar contra mí; pues bien, nadie ha enunciado en mi contra ningún hecho positivo. No tengo nada que observar salvo que yo no era más que la mujer de Luis XVI y que era preciso que me conformara con su voluntad».

      Se levanta entonces Fouquier-Tinville y recapitula, fundamentándolas, sus acusaciones.

    Los dos defensores a quienes ha correspondido la causa le responden en un tono bastante apagado; recuerdan probablemente que el defensor de Luis XVI, por haber tomado partido en su favor con demasiada energía, fue propuesto para el cadalso; por tanto, prefieren invocar más bien piedad del pueblo que afirmar la inocencia de la reina. Antes de que el presidente Herman formule las consabidas preguntas a los jurados, María Antonieta es sacada de la sala, y quedan solos el tribunal y los jurados. Ahora, después de toda la anterior fraseología, el presidente Herman se expresa clara y objetivamente; deja a un lado todas las inciertas a innumerables acusaciones de detalle y resume todas las cuestiones en una breve fórmula. Es el pueblo francés, dice, el que acusa a María Antonieta, pues todos los acontecimientos políticos que han ocurrido desde hace cinco años atestiguan contra ella. Por ello presenta cuatro preguntas a los jurados:

     En primer lugar: ¿Está probado que han existido maniobras o contactos con las potencias extranjeras y otros enemigos exteriores de la República, las cuales maniobras y contactos tendían a proporcionarles socorros en dinero y darles entrada en el territorio francés y a facilitar el avance de sus armas?

      En segundo lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber cooperado en estas maniobras y de haber mantenido estos contactos?

      En tercer lugar: ¿Existe constancia de que ha habido un complot y una conspiración tendentes a encender la guerra civil en el interior de la República?

    En cuarto lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber participado en este complot y en esta conspiración?

    Silenciosamente se levantan los jurados y se retiran a una habitación inmediata. Ha pasado la medianoche. Las velas arden vacilantemente en la sala sobrecargada de gente cuyos corazones palpitan de ansia y de curiosidad.

   Cuestión incidental. Conforme a derecho, ¿cómo deberían haber contestado los jurados? En su discurso de conclusión, el presidente ha prescindido de todos los arrequives políticos del proceso, reduciendo propiamente a una sola las inculpaciones. No se les pregunta a los jurados si tienen a María Antonieta por una mujer desnaturalizada y adúltera, incestuosa y dilapidadora, sino únicamente si la que fue reina es responsable de haber estado en relaciones con el extranjero, de haber deseado y favorecido el triunfo de las armas enemigas y una insurrección en el interior del país.

     Ahora bien: María Antonieta, en sentido legal, ¿es responsable y está convicta de este crimen? Pregunta de doble filo que sólo puede ser contestada en una doble respuesta.

    Indudablemente, María Antonieta -y ésta es la fuerza del proceso- es en realidad responsable, desde el punto de vista republicano. Sabemos que ha mantenido relaciones permanentes y constantes con el enemigo extranjero. Según el sentido de la acusación, ha cometido realmente un delito de alta traición al proporcionar al embajador austríaco los planes militares de ataque a Francia, y ha empleado y fomentado, sin condición alguna, todos los medios legales o ilegales que pudieran devolver a su esposo el trono y la libertad. 

     La acusación tiene, pues, un fundamento jurídico. Pero -éste es el punto débil del proceso- no está en modo alguno probada. En el día de hoy, los documentos que hacen indudablemente culpable a María Antonieta del delito de alta traición contra la República son conocidos y están impresos; están en el Archivo del Estado de Viena y en los papeles dejados por Fersen. Pero este proceso fue instruido en París el 14 de octubre de 1793, y entonces ni uno solo de estos documentos era accesible al acusador público. Ni un solo testimonio realmente válido de aquella traición realmente cometida pudo, en todo el proceso, ser presentado a los jurados. Un jurado honrado y no sometido a influencias se habría visto, por tanto, en grave perplejidad. Si se abandonaban a su instinto, estos doce republicanos tenían que condenar necesariamente a María Antonieta, pues ninguno de ellos puede dudar de que esta mujer sea la enemiga mortal de la República, de que ha hecho to que ha podido para volver a conquistar sin aminoración el poder real para su hijo. Pero, según su letra, la ley está de parte de la reina; falta el hecho convincente. Como republicanos, les era pCalendarioRevolermitido conceptuar a la reina como culpable; pero como jueces tenían que atenerse a la ley, que no reconoce ninguna otra culpa sino aquella que está probada. Pero, felizmente para ellos, les es ahorrado a estos pequeños ciudadanos este último conflicto de conciencia, pues saben que la Convención no exige en modo alguno de ellos una sentencia justa. No los ha enviado para decidir esta cuestión, sino que les ha ordenado que se reunieran para condenar a una mujer peligrosa para la seguridad del Estado. Tienen que entregar la cabeza de María Antonieta o presentar la suya propia. Por ello, en realidad, los doce no deliberan más que en apariencia, y si parece que discuten la cuestión más allá de un minuto, sólo es para fingir una deliberación donde hace tiempo que está ordenada una solución inequívoca.

       A las cuatro de la madrugada, los jurados vuelven a entrar calladamente en la sala: un silencio de muerte espera su veredicto. Unánimemente declara éste a María Antonieta culpable de los crímenes que le son atribuidos. El presidente Herman advierte al auditorio -no es ahora ya muy numeroso a tal hora de la mañana; la fatiga ha impulsado a la mayor parte de la gente hacia sus casas- que se abstenga de toda muestra de aprobación. 

      Entonces es introducida María Antonieta. Ella sola, que desde hace dos días viene luchando ininterrumpidamente a partir de las ocho de la mañana, no tiene todavía derecho a estar fatigada. Le es leída la resolución de los jurados. Fouquier-Tinville solicita la pena de muerte; se acuerda por unanimidad. Entonces el presidente le pregunta a la condenada si todavía tiene alguna queja que presentar.

    María Antonieta ha escuchado sin movimiento alguno, perfectamente tranquila, la decisión de los jurados y la sentencia. No muestra ni el más pequeño indicio de miedo, de debilidad o de cólera. A la pregunta del presidente no contesta palabra; sólo mueve negativamente la cabeza. Sin volverse, sin mirar a nadie, sale fuera de la sala en medio del silencio general y desciende la escalera; está cansada de esta vida, de estas gentes y, allá en lo más profundo, satisfecha de que ahora hayan terminado todos estos mezquinos tormentos. Ahora no se trata ya más que de conservarse firme para la hora postrera.  

        En un momento, en el oscuro pasillo, se niegan a servirla sus fatigados y débiles ojos; el pie no encuentra el escalón, vacila, está a punto de caer. Vivamente, antes de que ocurra, el oficial de la gendarmería, el teniente Busne, el único que durante toda la vista ha tenido valor para traerle un vaso de agua, le ofrece su brazo para sostenerla. Por ello, y porque tuvo su sombrero en la mano mientras acompañaba a la condenada a muerte, es al instante denunciado por otro gendarme y tiene que defenderse: « Tomé esta determinación para evitar una caída; las gentes de buen sentido no podrán ver en ello ningún otro interés, porque si hubiese caído en la escalera, al punto se hubiera gritado que había conspiración y traición». También los defensores de la reina son detenidos al acabar la sesión y registrados por si la reina les ha transmitido secretamente algún mensaje escrito; ¡pobres almas de juristas!, estos jueces temen la imperturbable energía de esta mujer cuando ya está a un solo paso de la tumba. Pero la que produce todos estos miedos y cuidados, la pobre mujer, desangrada y fatigada, no sabe ni palabra de todas estas lamentables vejaciones; tranquila y sosegada, ha vuelto a entrar en su prisión. Su vida, ahora, no cuenta más que con algunas horas.

 

      ConciergerieEn la pequeña celda arden dos velas sobre la mesa. A la condenada a muerte le han otorgado este último favor para que no tenga que pasar en la oscuridad su última noche antes de la noche eterna. También a otro ruego no osa resistirse el hasta entonces excesivamente cauto carcelero: María Antonieta pide papel y tinta para una carta; desde su última tenebrosa soledad querría dirigir, una vez aún, la palabra a aquellos que se preocupan por ella. El guardia trae tinta, pluma y un papel plegado, y mientras las primeras rojeces de la aurora penetran ya por la enrejada ventana, María Antonieta, con sus últimas fuerzas, comienza a escribir su última carta. 

     Goethe dice una vez, tratando de las últimas manifestaciones de vida espiritual inmediatamente anteriores a la muerte, esta frase magnífica: «Al fin de la vida, pensamientos hasta entonces no pensados surgen claramente del espíritu; son como genios dichosos que se posan deslumbrantes en las cimas de lo pasado». Tal misteriosa luz de despedida ilumina también esta última carta de la consagrada a la muerte: jamás María Antonieta ha concentrado su alma tan poderosamente ni con tan manifiesta claridad como en esta despedida a madame Elisabeth, la hermana de su esposo y ahora también protectora de sus hijos. Más firmes, más seguros, casi varoniles, son los rasgos de esta letra trazada en una miserable mesilla de prisión que todos aquellos que salían revoloteando desde la dorada mesa de escribir de Trianón; más pura es ahora la forma del lenguaje sin recatar el sentimiento; es como si la tempestad interna desencadenada por la muerte hubiera desgarrado toda la inquieta masa de nubes que fatalmente, durante largo tiempo, le habían encubierto a esta mujer trágica la vista de su propia profundidad. María Antonieta escribe así: «A usted, hermana mía, es a quien escribo por última vez. Acabo de ser condenada no a una muerte vergonzosa, sólo lo es para los criminales, sino a ir a reunirme con su hermano de usted inocente como él, espero mostrar la misma firmeza que mostró él en sus últimos momentos. Estoy tranquila como se está cuando la conciencia no reprocha nada. Tengo la profunda pena de abandonar a mis pobres hijos; usted sabe que yo no existía más que para ellos y para usted, mi hermana buena y tierna. A usted, que lo había sacrificado todo por su afecto hacia nosotros y para acompañarnos, MAntoinette conciergerie¡en qué situación la dejo! He sabido, por el curso del mismo proceso, que mi hija está separada de usted. ¡Ay, mi pobre niña!, no me atrevo a escribirle, no recibiría mi carta; no sé siquiera si ésta llegará a sus manos de usted. Reciba usted mi bendición para los dos; espero que un día, cuando sean mayores, podrán reunirse con usted y gozar por completo de sus tiernos cuidados. Que piensen los dos en to que no he cesado yo de inspirarles: que los buenos principios y el cumplimiento exacto de los deberes son la primera base de la vida, que su amistad y confianza mutuas les traerán la dicha. Que comprenda mi hija que, en la edad que tiene, debe ayudar siempre a su hermano con los consejos que su experiencia, mayor que la de él, y su cariño puedan inspirarle; que, a su vez, mi hijo preste a su hermana todos los cuidados y los servicios que su cariño pueda inspirarle; que sepan, en fin, los dos que en cualquier posición en que puedan encontrarse sólo por su unión será verdaderamente felices; que tomen el ejemplo de nosotros. ¡Cuántos consuelos en nuestras desgracias no nos ha dado nuestra amistad! Y de la dicha se goza doblemente cuando puede compartirse con un amigo; y ¿dónde encontrar uno más tierno y más unido que en su propia familia? Que no olvide jamás mi hijo las últimas palabras de su padre, que tantas veces le he repetido expresamente: ¡que no trate jamás de vengar nuestra muerte! »Tengo que hablar a usted de una cosa bien dolorosa para mi corazón. Sé cuánta pena ha debido producirle ese niño. Perdónele usted, mi querida hermana; piense en la edad que tiene y en lo fácil que es hacer decir a un niño lo que se quiera y hasta lo que no comprende. Llegará un día, así to espero, en que tanto mejor sentirá él todo el aprecio de sus bondades y de su ternura hacia los dos. Me falta todavía confiar a usted mis últimos pensamientos. Habría querido escribirlos desde el comienzo del proceso; pero, aparte que no me dejaban escribir, su marcha ha sido tan rápida que, realmente, no habría tenido tiempo.

      »Muero en la religión católica, apostólica y romana, en la de mis padres, en la que he sido educada y que he confesado siempre. No teniendo ningún consuelo espiritual que esperar, no sabiendo si existen todavía aquí sacerdotes de esta religión y ni siquiera si el lugar en que me encuentro los expondría a demasiado peligro si entraran aquí una vez, pido sinceramente perdón a Dios de todas las faltas que he podido cometer desde que existo; espero que, en su bondad, querrá aceptar mis últimos ruegos, lo mismo que los que hago desde hace tiempo para que quiera recibir mi alma en su misericordia y su bondad.

      »Pido perdón a todos los que conozco, y en particular a usted, hermana mía, por todas las penas que sin quererlo haya podido causarle. Perdono a todos mis enemigos el mal que me han hecho. Digo aquí adiós a mis tías y a todos mis hermanos y hermanas. He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir; que sepan, por lo menos, que hasta mi último momento he pensado en ellos. »Adiós, mi buena y tierna hermana; ¡ojalá esta carta pueda llegar a usted! Piense siempre en mí; la abrazo de todo corazón, lo mismo que a esos pobres y queridos niños.

      ¡Dios mío, cómo desgarra el alma dejarlos para siempre! Adiós, adiós: no voy a ocuparme más que de mis deberes espirituales. Como no soy libre en mis acciones, acaso me traigan un sacerdote; pero protesto aquí de que no le diré ni una palabra y de que lo trataré como a un ser absolutamente extraño.» Aquí termina súbitamente la carta, sin fórmula de despedida ni firma. Probablemente la fatiga ha vencido a quien la escribió. Sobre la mesa arden todavía las dos velas de cera, cuyas vacilantes llamas acaso duren más que la vida del ser humano que escribió a su resplandor.

 

       Esta carta, venida de las sombras, no llega ya a manos de casi ninguno de aquellos a quien iba dirigida. María Antonieta, poco antes de la entrada del verdugo, se la entrega al primer carcelero, Bault, encargándole que se la dé a su cuñada; Bault había tenido bastante humanidad para proporcionarle papel y pluma, pero no el valor necesario para desempeñar sin permiso aquel encargo fúnebre (¡cuantas más cabezas se ven caer, tanto más teme uno por la suya propia!). Por tanto, conforme a los reglamentos, entrega la carta de la reina al juez instructor, Fouquier-Tinvile, que le da entrada en su registro pero tampoco la hace seguir adelante. Y cuando, después de dos años, por su parte, tiene que subir también a la carreta que ha enviado para tantos otros a la Conserjería, desaparece aquel documento; nadie en el mundo sospecha ni conoce su existencia, sino sólo un hombre único, en extremo insignificante, llamado Courtois. Este diputado, sin altura ni talento, había recibido el encargo de la Convención, después de la prisión de Robespierre, de MA ThePortraitordenar y publicar los papeles dejados por éste; con tal motivo, aquel antiguo zuequero tiene la revelación de cuánto poder pone en manos de alguien el apropiarse de secretos documentos de Estado, pues todos los diputados comprometidos se mueven ahora humildemente en torno al pequeño Courtois, a quien antes apenas saludaban, y le hacen las más locas promesas si les devuelve las cartas que habían dirigido a Robespierre. Es, por tanto, labor útil -observa el hábil mercader- apoderarse en cuanto sea posible de correspondencias ajenas; así, se aprovecha del caos general para saquear todos los documentos del Tribunal Revolucionario y negociar con ellos; sólo reserva en su poder, el muy ladino, la carta de María Antonieta, que en esta ocasión cae en sus manos; ¿quién puede saber, dado el curso de los tiempo, cómo podrá alguna vez ser utilizado aquel precioso documento secreto si volviese a cambiar de rumbo el viento? Durante veinte años oculta su rapiña, y, en efecto, cambia el viento. Otra vez llega a ser rey de Francia un Borbón, Luis XVIII, y los «regicidas», aquellos que habían votado la ejecución de su hermoso Luis XVI, sienten ahora en el cuello una extraña picazón. Para adquirir su favor, ofrece Courtois a Luis Luis XVIII (¡ya se ve si es bueno el robar papeles!), en una carta hipócrita, como regalo, aquel escrito de María Antonieta «salvado» por él. Su astucia no le sirve de nada; Courtois es desterrado lo mismo que los otros. Pero se ha obtenido la carta. Veintiún años después de que la reina la ha expedido, sale a la luz esta asombrosa carta de despedida.

      Pero ¡demasiado tarde! Casi todos aquellos a quienes María Antonieta quería saludar en la hora de su muerte han seguido sus pasos. Madame Elisabeth, en la guillotina; el delfín ha muerto realmente en el Temple o vaga entonces desconocido por el mundo (hasta hoy no se sabe toda la verdad), bajo nombre extraño, ignorante de su propio destino. Y tampoco a Fersen alcanza ya el amoroso saludo. Ninguna palabra lo cita en aquella carta y, sin embargo, ¿a quién si no a él van dirigidas aquellas emocionantes líneas: «He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir.»? El deber prohíbe a María Antonieta que mencione delante del mundo a aquel que era para ella lo más querido. Pero había confiado en que estas líneas llegarían a estar alguna vez ante su vista y que el amante reconocería también en estas encubiertas palabras que hasta su último aliento había pensado en él con invariable rendimiento de corazón. Pero -¡misterioso efecto lejano del sentimiento!, como si Fersen hubiese sentido el deseo de la reina de estar con él en su última hora, responde a ello, como a una llamada Hans Axel von Fersenmágica, su Diario, al recibir la noticia de la muerte: «Es mi mayor dolor, en medio de todas mis penas, pensar que en sus últimos instantes estuvo sola, sin el consuelo de tener a alguien cerca de sí con quien hubiera podido hablar». Lo mismo que ella en él, en la más extrema soledad, también él piensa en ella en el mismo momento. Apartadas por leguas y muros, invisibles e inalcanzables una para otra, respiran sus dos almas con idéntico deseo en el mismo segundo del tiempo: en espacios inalcanzables, por encima del tiempo, se unen sus pensamientos, al difundirse en vibraciones circulares, lo mismo que labio y labio en el beso.

       María Antonieta ha dejado la pluma. Lo más difícil está vencido: despedirse de todos y de todo. Ahora descansa en su lecho algunos momentos para concentrar sus últimas fuerzas. Ya, para ella, no hay nada que hacer en esta vida. Sólo una única cosa: morir, y, a la verdad, morir bien.

 

El último viaje

     A las cinco de la mañana, mientras María Antonieta escribe todavía su última carta, tocan ya a llamada los tambores en todas las cuarenta y ocho secciones de París. A las siete está en pie toda la fuerza armada; cañones dispuestos a ser disparados cierran los puentes y las grandes calles; destacamentos de guardia atraviesan la ciudad con bayoneta calada; la caballería forma grandes filas... Un inmenso movimiento de soldados, y todo contra una única mujer que ella misma no quiere otra cosa sino llegar pronto al fin. Con frecuencia, la fuerza tiene más miedo de la víctima, que la víctima de la fuerza.

      A las siete, la criada del carcelero se desliza silenciosamente en el calabozo. Sobre la mesa arden todavía las dos luces de cera; en el rincón está sentado el oficial de gendarmería, como una sombra vigilante. Al principio, Rosalía no ve a la reina; sólo después nota, toda espantada, que María Antonieta, completamente vestida de su negra ropa de viuda, está tendida en el lecho. No duerme. Sólo está fatigada y agotada por sus permanentes pérdidas de sangre.

     La tierna aldeanita se aproxima temblorosa, conmovida por doble compasión: de la condenada a muerte y de su reina. «Señora -pronuncia sobrecogida al acercarse-, ayer por la noche no tomó usted ningún alimento, y casi nada durante el día. ¿Qué desea hoy por la mañana?» «Hija mía -le responde la reina sin levantarse-, ya no necesito nada; para mí está ya todo terminado.» Pero, como la muchacha le ofrezca de nuevo, insistentemente, una sopa que ha Oxtail Bouillionpreparado especialmente para ella, acaba por decir, fatigada: «Bueno, Rosalía, tráigame usted el bouillon». Toma algunas cucharadas; después, la muchachita la ayuda a cambiar de traje. Han recomendado a María Antonieta que no vaya al cadalso con la negra ropa de luto con que compareció ante los jueces: el llamativo traje de viuda podría excitar al pueblo. María Antonieta -¡qué le importa ahora un vestido!- no opone ninguna resistencia y decide llevar un ligero traje blanco de mañana. 

     Pero tampoco para esta última molestia le es ahorrada una última humillación. En todos estos días, la reina ha perdido sangre incesantemente; todas sus camisas están manchadas de ella. Por el natural deseo de recorrer corporalmente limpia su último camino, quiere cambiar ahora de camisa y ruega al oficial de gendarmes que está de guardia que se retire durante un momento. Pero el hombre, que tiene el severo encargo de no perderla de vista ni un segundo, declara que no le es permitido abandonar su puesto. Por tanto, se acurruca la reina en el estrecho espacio entre la cama y la pared, y mientras se cambia la camisa, la cocinera, compasiva, se coloca delante de ella para ocultar su desnudez. Pero ¿qué hacer con la ensangrentada camisa? Se avergüenza la mujer de dejar aquel lienzo maculado bajo la vista de aquel hombre desconocido, expuesto a las curiosas miradas de los que, pocas horas más tarde, deben venir para repartir la ropa de su pertenencia. Por tanto, la arrolla rápidamente en un pequeño envoltorio y lo introduce en un hueco que hay en el muro, detrás de la estufa.

       Se viste entonces la reina con especial cuidado. Desde hace más de un año no ha vuelto a pisar la calle ni ha visto sobre su cabeza el cielo libre y dilatado: precisamente este último deseo debe hacerlo limpia y decentemente vestida; no es una vanidad femenina to que la determina a ello, sino el sentimiento de la dignidad en esta hora histórica. Fichu2Cuidadosamente se ajusta el blanco vestido mañanero, envuelve su cuello con un fichu de suave muselina, escoge sus mejores zapatos; oculta sus encanecidos cabellos con una cofia de dos volantes.

       A las ocho llaman a la puerta. No, no es todavía el verdugo. No es más que el que le precede, el sacerdote; pero uno de esos que han prestado juramento a la República. La reina se niega cortésmente a confesarse con él; sólo reconoce como verdaderos servidores de Dios a los sacerdotes no juramentados, y, a la pregunta de si debe acompañarla en sus últimos pasos, responde con indiferencia: «Como usted quiera».Esta aparente indiferencia es, hasta cierto punto, el muro protector tras el cual prepara María Antonieta su energía para el último viaje. Cuando, a las diez de la mañana, entra el ejecutor Sansón, joven de estatura gigantesca, para cortarle los cabellos, deja tranquilamente que le ate las manos a la espalda y no opone ninguna resistencia La vida, ya lo sabe, no es posible salvarla; únicamente el honor. Pues ahora, ¡a no mostrar debilidad alguna delante de nadie! Sólo conservar la fortaleza y enseñar a todos los que desean verlo cómo muere una hija de María Teresa.

       Hacia las once se abren las puertas de la Conserjería. Fuera está la carreta del verdugo, una especie de carro con adrales y al cual está enganchado un poderoso y pesado caballo. Luis XVI había sido conducido todavía a la muerte, solemne y respetuosamente, en su cerrada carroza de corte, protegido por las paredes de cristal contra la más grosera curiosidad y el más ofensivo odio. Pero, después, la República ha seguido avanzando desmedidamente en su camera CroppedHeadsimpetuosa; también exige igualdad en el viaje de la guillotina; una reina no debe morir más cómoda que cualquier otro ciudadano; un carro de adrales es suficiente para la viuda de Capeto. Como asiento le sirve sólo una tabla puesta entre los travesaños, sin almohadón ni cubierta alguna; también madame Roland, Danton, Robespierre, Fouquier, Hébert, todos los que envían ahora a María Antonieta hacia la muerte, harán su último viaje sobre la misma dura tabla; sólo un breve trecho de camino precede la condenada a sus condenadores.

     Primeramente surgen del oscuro pasillo de la Conserjería algunos oficiales, y detrás de ellos toda una compañía de la guardia con el fusil al hombro; después María Antonieta, tranquila y con seguro paso. El verdugo Sansón lleva cogido el extremo de la larga cuerda con la cual ha atado a la espalda las manos de la reina, como si hubiese peligro de que su víctima, rodeada de centenares de guardias y soldados, pudiera todavía escaparse.

     Involuntariamente, la muchedumbre queda sorprendida por esta humillación insospechada a innecesaria. No se alza ninguno de los sarcásticos gritos habituales. En completo silencio, se deja que la reina avance hasta la carreta. Llegados allí, Sansón le ofrece la mano para subir. Junto a ella se sienta el clérigo Girard, vestido de paisano, mas el pere duchesneverdugo permanece en pie, inconmovible el semblante, con la cuerda en la mano; lo mismo que Carón las almas de los difuntos, lleva a diario su cargamento, con impasible corazón, a la otra orilla del río de la vida. Pero esta vez, tanto él como sus ayudantes, durante todo el trayecto llevan bajo el brazo el sombrero de tres picos, como si quisiesen disculparse de su triste oficio ante la mujer indefensa que conducen al patíbulo.La miserable carreta avanza lentamente, bamboleándose sobre el pavimento. Con toda intención se deja tiempo para que cada cual pueda considerar suficientemente este espectáculo único. Sobre su duro asiento, le daña a la reina hasta el tuétano de los huesos cada vaivén de la grosera carreta sobre el mal pavimento, pero, inconmovible el pálido semblante, con sus ojos orlados de rojo mirando fijos ante sí, María Antonieta no da ninguna muestra de miedo o de dolor a las apretadas filas de curiosos. Reconcentra todas las fuerzas de su alma para mantenerse enérgica hasta el final, y en vano sus más crueles enemigos acechan para sorprender en ella un momento de debilidad o desaliento. Pero nada desconcierta a María Antonieta, ni siquiera que, junto a la iglesia de Saint-Roche, las mujeres allí reunidas la reciban con los habituales sarcásticos clamores, ni que el comandante Grammont, para animar la fúnebre escena, cabalgue delante del carro de la muerte con su uniforme de guardia nacional y, blandiendo el sable, exclame: «¡Aquí tenéis a la infame Antonieta! Se ha fastidiado ahora, amigos míos». El semblante de la reina permanece inmóvil, como de bronce; parece no oír ni ver nada. Las manos atadas a la espalda le hacen levantar un poco más la cabeza; mira derechamente ante sí, y todos los abigarrados y bárbaros cuadros de la calle no penetran ya en sus ojos, que, en su interior, se encuentran ya anegados por la muerte. Ni un estremecimiento mueve sus labios, ningún escalofrío recorre su cuerpo; totalmente señora de sus fuerzas, permanece allí sentada, orgullosa y desdeñada, y hasta el mismo Hébert tiene que confesar al día siguiente en su Père Duchéne: «Por lo demás, la muy bribona se mantuvo hasta el final audaz a insolente». 

      En la esquina de la calle de Saint-Honore, en el sitio del actual café de la Régence, esperaba un hombre, lápiz en ristre y una hoja de papel en la mano. Es Luis David, una de las almas más Louis david Mort de maratcobardes al mismo tiempo que uno de los mayores artistas de la época. Siendo uno de los que gritaron más alto durante la Revolución, sirve a los poderosos mientras están en el poder y los abandona en el peligro; pinta a Marat en su lecho de muerte; el 8 Thermidor le jura patéticamente a Robespierre «vaciar con él el cáliz hasta las heces», pero ya el día 9, en sesión fatal, está agotada su sed de heroísmo y el triste personaje se retira a su casa para esconderse, librándose de la guillotina mediante esta cobardía. Enemigo encarnizado de los tiranos durante la Revolución, será el primero que se convierta al nuevo dictador, y para ello, después de haber pintado la coronación de Napoleón, trocará su antiguo odio a los aristócratas por el título de barón. Arquetipo del eterno tránsfuga que corre tras el poder, lisonjeador de los triunfadores, despiadado con los vencidos, pinta a los vencedores en su coronación y a los derrotados, camino del patíbulo. Desde lo alto de la misma carreta que lleva a María Antonieta, también Danton, que conoce bien su lamentable carácter, lo descubrirá más tarde, y rápidamente, al paso, ha de cruzarle la cara con el latigazo de esta despreciativa injuria: «¡Alma de lacayo!». 

     Pero aunque tenga alma de criado y un corazón cobarde y miserable, este hombre posee un ojo magnífico y una mano impecable. En un bosquejo, fija de modo imperecedero, en la volandera hoja de papel, el semblante de la reina tal como va camino del cadalso: boceto espantoso y magnífico, dotado de siniestra fuerza, arrancado de la propia vida, caliente y palpitante: una mujer envejecida, ya no bella, pero todavía orgullosa. La boca cerrada con soberbia, como si gritara hacia dentro; los ojos indiferentes y ajenos a lo que ocurre, va sentada, con las manos atadas a la espalda, tan recta y desafiadora sobre su carreta de adrales como si estuviese en un trono. Un indecible desprecio nos habla desde cada uno de los rasgos de su rostro como de piedra; una inconmovible decisión se ve en el busto bien erguido; una resignación que se ha transformado en pertinacia, un dolor que internamente ha llegado a ser una fuerza, prestan a esta atormentada figura una nueva y terrible majestad. Hasta el mismo odio no puede ocultar, en este dibujo, la nobleza con que María Antonieta triunfa de la vergüenza de la carreta de adrales con su actitud magnífica.

      MAntonietaCarretaLa gigantesca Plaza de la Revolución, la actual Plaza de la Concordia, está llena de gente. Diez mil personas se encuentran allí de pie desde por la mañana temprano, para no perder aquel espectáculo único de ver cómo una reina, según la grosera frase de Hébert, es «afeitada por la navaja nacional». Horas enteras lleva ya de espera la curiosa muchedumbre. Para no aburrirse, se charla un poco con una linda vecinita, se ríe, se bromea, se compran periódicos o caricaturas a los voceadores, se hojea el más reciente folleto de la actualidad: Les Adieux de la Reine à ses mignons et mignonnes (adiós de la reina a sus homosexuales y lesbianas) o Grandes fureurs de la ci-devant Reine (grandes furores de la antigua reina). Se trata de adivinar, en voz baja, qué cabezas caerán aquí, en el cesto, en los días siguientes, y, mientras tanto, se adquiere limonada, panecillos o nueces de los vendedores callejeros: la gran escena bien merece un poco de paciencia.

       Sobre este hervidero de curiosos, negro y ondulante, se elevan rígidamente dos siluetas, las únicas cosas sin vida en aquel espacio cargado de animación humana: la esbelta línea de la guillotina, con su puente de madera que lleva del más acá al más allá; en lo alto de su yugo centellea, bajo el turbio sol de octubre, el brillante indicador del camino, la cuchilla recién afilada. Ligera y esbelta, se recorta sobre el cielo gris, juguete olvidado de un dios horrendo, y los pájaros, que no sospechan la tenebrosa significación de este cruel instrumento, juguetean despreocupadamente sobre él en sus revoloteos.

       Severa y grave se levanta allí al lado, dominando a esta tremenda puerta de la muerte, la gigantesca estatua de la Libertad, sobre el pedestal que sostuvo en otro tiempo la estatua de Luis XV. Tranquilamente se muestra allí sentada la inaccesible diosa, coronada la cabeza con el gorro frigio, meditando con la espada en la mano; permanece allí sentada, piedra sobre piedra, la diosa de la Libertad, y mira soñadora ante sí. Sus blancos ojos sin pupila miran más allá de la muchedumbre, eternamente inquieta, que se tiende a sus pies, y mucho más allá de la inmediata máquina mortífera, fijándose en algo lejano a invisible. No ve en torno suyo lo humano, no ve la vida, no ve la muerte, la incomprensible y eternamente diosa amada, con sus soñadores ojos de piedra. No oye los gritos de todos aquellos que la llaman, no advierte las guirnaldas que se cuelgan en torno a sus rodillas de piedra, ni la sangre que abona la tierra bajo sus pies. Símbolo de un eterno pensamiento, extraño entre los hombres, permanece silenciosa y contempla en la lejanía una invisible meta. Ni pregunta ni sabe qué cosas se realizan en su nombre.

     CharlesHenriSansonDe pronto se agita la muchedumbre, se alza en conmoción, para quedar después súbitamente muda. En este silencio se oyen ahora unos salvajes gritos que llegan desde la calle Saint-Honoré; se ve la caballería que precede al cortejo, y después, bamboleándose al dar la vuelta a la esquina, la trágica carreta con la mujer amarrada que en otro tiempo fue señora de Francia; de pie, detrás de ella, con la cuerda llevada orgullosamente en una mano y humildemente el sombrero en la otra, viene Sansón, el verdugo. Un silencio total se hace ahora en la plaza gigantesca. Los vendedores no lanzan sus pregones, enmudece toda lengua; tan grande llega a ser el silencio, que se perciben los pesados pasos del caballo y el chirriar de las ruedas. Las diez mil personas que poco antes charlaban y se reían animadamente, se sienten de pronto oprimidas y contemplan con una mágica emoción de horror a la pálida mujer atada que no mira a nadie. Sabe que aquello no es más que la última prueba. Sólo cinco minutos hasta morir, y después la inmortalidad.

      La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma alada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de 1a neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, ya los postreros, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo. Ya está terminado todo. Los verdugos la cogen por los hombros; la arrojan, con un rápido impulso, sobre el tablero, con la nuca bajo el filo; un tirón de la cuerda, un relámpago de la cuchilla, que cae zumbando, un golpe sordo, y Sansón coge ya por los cabellos la cabeza que se desangra, alzándola bien visible a los cuatro lados de la plaza. De repente, el horror que cortaba el aliento de las diez mil personas se resuelve ahora en un salvaje grito de «¡Viva la República!» que retumba al salir de unas gargantas libradas ahora de una furiosa congoja. Después, la muchedumbre se dispersa casi presurosa. Parbleu!, realmente son ya las doce y cuarto, más que tiempo para la comida del mediodía; ahora, de prisa a casa. ¿Para qué estar aún más tiempo dando vueltas por allí? Mañana, y todas las próximas semanas, y meses, podrá casi todos los días, en la misma plaza, contemplarse veces y veces idéntico espectáculo.

      Es más de mediodía. La muchedumbre se ha dispersado. En un carretoncillo se lleva el ejecutor de la justicia el cadáver, con la sangrienta cabeza entre las piernas. Algunos gendarmes guardan todavía el cadalso. Pero nadie se preocupa de la sangre que va empapando lentamente la tierra; aquel lugar vuelve a quedar vacío.

      Sólo la diosa de la Libertad con sus soñadores ojos de piedra, ha permanecido inmóvil en su sitio, y contempla sin cesar, allá en lo remoto, una meta invisible. No ha visto ni oído nada. Severamente, columbra una eterna lejanía más allá de las salvajes y locas acciones de los hombres. No sabe ni quiere saber qué cosas se hacen en su nombre.                   

 

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