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Fragmentos de libros. NOCHES BLANCAS de Fiódor Dostoyevski  FINAL II:

 

 

Editorial: NordicaLibros       Acceso/Volver al Final I de "Noches blancas":  Navijon Nocturno177

 
(Se incorporan ilustraciones de esta edición de Nørdica libros creadas por Nicolai Troshinsky)

 

Continúa (Cuarta noche)...  

    ...

   ... Bajó la mirada, después quiso alzarla pero no pudo. Pocos minutos después se había sobrepuesto a la emoción; sin embargo, de repente se dio la vuelta, se acodó en la balaustrada de la orilla y se anegó en llanto.

    —Basta, no llore —empecé yo, pero al mirarla me faltaron las fuerzas para seguir; además, ¿qué le iba a decir?

   —No intente consolarme —decía ella llorando—, no me hable de él, no me diga que va a venir, que no me ha dejado con tanta crueldad, tan inhumanamente como lo ha hecho. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso había algo en mi carta, en esa infeliz carta?  

     Los sollozos le rompieron la voz, se me partía el corazón al verla.

    LeNotteBianche—¡Ah, qué inhumano y cruel! —volvió a empezar—. Y ni una línea, ¡ni una! Al menos, responder que no me necesitaba, que me rechazaba, pero ¡ni una sola línea en tres días! ¡Qué fácil le resulta herir, ofender a una pobre muchacha indefensa, culpable de quererlo! ¡Ah, cuánto he soportado estos tres días! ¡Dios mío, Dios mío! Cuando recuerdo que yo fui a él la primera vez, que me humillé, lloré, que le imploré aunque fuera una gota de amor… y después de todo eso… Escuche —se dirigió a mí y sus ojos negros comenzaron a brillar—, pero no es así, no puede ser así, ¡no es natural! O usted o yo nos hemos engañado, quizá no haya recibido la carta. ¿Quizá todavía no sepa nada? ¿Cómo es posible? Júzguelo usted, dígamelo, por el amor de Dios, explíquemelo porque yo no puedo entenderlo: ¿Cómo se puede obrar de una forma tan bárbara y grosera como él lo ha hecho conmigo? ¡Ni una sola palabra! Hasta con el hombre más insignificante del mundo se tiene más compasión. ¿Quizá haya oído algo? ¿Quizá le hayan contado algo sobre mí? —exclamó girándose hacia mí para preguntarme—. ¿Usted qué cree?

   —Escuche, Nástenka, iré mañana a verlo de parte de usted.
   —Bien.
   —Le preguntaré todo, se lo contaré todo.
   —Bueno.
  —Escriba usted una carta. No diga que no, Nástenka, no lo diga. Le obligaré a respetar su comportamiento, se enterará de todo y si…

  —No, amigo mío, no —me interrumpió—, ya basta. Ni una palabra más, ni una sola palabra mía, ni una línea, es suficiente. No lo conozco, ya no lo quiero, yo lo… ol… vidaré…

   No acabó de hablar.

  —¡Tranquilícese, tranquilícese! Siéntese, Nástenka —le dije y la senté en el banco.

  —Pero si estoy tranquila. Ya basta. Ha pasado. Las lágrimas se secarán. ¿Qué cree, que voy a echarme a perder, que voy a tirarme al agua?

   Mi corazón rebosaba, quería hablar pero no podía.

   —Dígame —ella agarró mi mano y siguió—, usted no habría actuado así, ¿no? Usted no habría abandonado a quien fue a usted por sí sola, usted no le habría lanzado burlas descaradas a un corazón débil y bobo. Usted habría cuidado de ella, ¿no? Usted se habría dado cuenta de que ella está sola, que ella no había sabido protegerse de su amor por usted, que no es culpable, no, que ella no es culpable… ¡que ella no ha hecho nada!… Ay, Dios mío… Dios mío… 

   —¡Nástenka! —grité yo al fin incapaz de contener la emoción—. ¡Nástenka! Está lastimando mi corazón, me mata usted, Nástenka, ¡no puedo callar más! Debo contárselo, decirle qué oprime mi corazón…

    Mientras hablaba, me había incorporado un poco. Ella me tomó de la mano y me miró sorprendida.

   —¿Qué le ocurre? —articuló al fin.

  —¡Escúcheme —dije resuelto—, Nástenka, escúcheme! Todo lo que voy a decirle ahora es una tontería, es irrealizable, es absurdo. Sé que nunca sucederá, pero no puedo callar más. En nombre de eso que ahora le hace sufrir, le suplico de antemano que me perdone. 

   —Pero ¿por qué? —dijo ella ya sin llorar y mirándome fijamente al mismo tiempo que una extraña curiosidad brillaba en sus sorprendidos ojos—. ¿Qué le ocurre?

  EnElBancoElAmor —Es irrealizable, pero la quiero, Nástenka, eso es lo que me ocurre. Bueno, ya lo he dicho —dije con un ademán—. Ahora usted verá si puede hablar conmigo como ha hablado ahora mismo, si puede al fin oír lo que voy a decirle…

    —Pero, pero… ¿y qué? —me interrumpió—. Hace mucho que sé que me quiere, pero siempre me parecía que, bueno, que usted me quería así, de cualquier manera, sencillamente. ¡Ay, Dios mío!

   —Al principio era sencillo, Nástenka, pero ahora, ahora… estoy justo igual que usted cuando fue a verlo a él con su hatillo. Peor que usted, Nástenka, porque él entonces no quería a nadie, pero usted sí.

  —¿Por qué me dice eso? No lo comprendo. Pero, dígame, ¿para qué me cuenta…? Bueno, no para qué, sino por qué así, tan de repente… ¡Dios, estoy diciendo tonterías! Pero es que usted…

    Nástenka estaba completamente confundida. Sus mejillas ardían; bajó la vista.

   —¿Qué puedo hacer, Nástenka , qué? Es culpa mía, me he aprovechado… Pero no, no, no es culpa mía, lo oigo, lo siento porque mi corazón me dice que tengo razón, porque yo no puedo hacerle daño, no puedo ofenderla. He sido su amigo, y ahora soy su amigo, no he cambiado en nada. Y ahora se me caen las lágrimas, bueno, dejemos que caigan, no molestan a nadie, que sigan cayendo. Se secarán, Nástenka … 

—Siéntese, siéntese usted —dijo ella tirando de mí hacia el banco—. ¡Ay, Dios mío!

No, Nástenka , no voy a sentarme, no puedo seguir aquí, ya no me verá más. Se lo diré todo y me iré. Sólo quiero decirle que usted nunca habría sabido que la quiero. Yo habría guardado el secreto. Yo no habría empezado a atormentarla con mi egoísmo, claro que no. Pero ahora no he podido contenerme, usted misma ha empezado a hablar del tema, usted es la culpable, usted tiene la culpa de todo, no yo. No puede echarme…

   —Que no, que yo no lo rechazo —dijo Nástenka ocultando como podía su confusión, la pobre.

    —¿Usted no me echa? Pero yo sí desearía escapar de usted. Y me iré, sólo que antes le contaré todo, porque mientras usted hablaba, yo no podía quedarme sentado, mientras usted lloraba, cuando usted se torturaba por… bueno, por —voy a ponerle nombre, Nástenka — haber sido rechazada, porque han rechazado su amor; yo sentía, yo entendía que mi corazón tenía tanto amor para usted, Nástenka, ¡tanto amor! Y era tan amargo no poder ayudarla con este amor que mi corazón se desgarraba y yo… yo no podía callar, tenía que hablar, Nástenka, ¡tenía que hablar!

   —Sí, sí, hábleme, hable conmigo —dijo Nástenka con un movimiento inexplicable—. A lo mejor le resulta extraño que le diga esto, pero… ¡hable! Después hablaré yo, ¡después yo le contaré todo!

    white nights—Me daba pena,Nástenka, me daba pena, amiga mía. Lo pasado, pasado está. La palabra dicha ya no puede volver, ¿no es así? Y ahora sabrá todo. Así que este es el punto de partida. Está bien. Ahora todo está muy bien, usted sólo escuche. Mientras estaba usted aquí sentada y llorando, yo pensaba para mí —¡oh, déjeme decir qué he pensado!—, pensaba que… —bueno, por supuesto que no es posible, Nástenka—, yo pensaba que usted…, que usted de alguna manera…, bueno, que de alguna forma completamente ajena, ya no lo quería. Ayer lo pensé, y anteayer ya lo había pensado, y entonces, Nástenka, yo habría actuado para…, sin duda habría actuado de forma que usted me quisiera, porque usted ha dicho, usted misma lo dijo,Nástenka, que ya casi me quería. ¿Y qué más? Pues esto es casi todo lo que quería decirle, sólo me queda contarle qué habría ocurrido si usted me hubiera querido, sólo eso, nada más. Escuche, amiga mía, porque a pesar de todo es usted mi amiga, yo, claro está, soy un hombre sencillo, pobre, tan insignificante, pero no se trata de eso —no hago más que decir lo que no es,Nástenka; es porque estoy azorado—, yo la querría tanto, tantísimo, que si usted lo quisiera a él y continuara queriendo a aquel que no conozco, usted no sentiría mi amor como una carga. Usted sólo oiría, usted sólo sentiría a cada minuto que un corazón agradecido, un corazón agradecido y cálido, late a su lado, por usted… ¡Oh,Nástenka! ¿Qué me ha hecho?

    —No llore, no quiero que llore —dijo Nástenka levantándose rápidamente del banco—, vamos, póngase de pie, venga conmigo, pero no llore, no llore —decía secándome las lágrimas con su pañuelo—, venga, vamos, quizá le cuente algo… Sí, ya que él me ha dejado, ya que me ha olvidado, aunque todavía lo quiera —no voy a engañarle—… pero respóndame. Si yo, por ejemplo, lo quisiera a usted, es decir, si yo… ¡Ay, amigo mío! Cuando pienso en cómo le he insultado antes, en cómo me he burlado de su amor cuando le elogié por no haberse enamorado de mí… ¡Dios mío! ¿Cómo he podido no verlo? ¿Cómo he sido tan tonta? Pero… estoy decidida, le contaré todo…

 —Mire, Nástenka, me voy, no hago más que torturarla. Ahora tiene remordimientos por haberse reído y yo no quiero, sí, no quiero que usted, además de su pena… Sí, la culpa es mía, Nástenka, ¡adiós!

   —¡Espere! Aún no he terminado, ¿puede esperar?

   —¿Esperar? ¿El qué? 

  —Yo lo quiero, pero se me pasará, se me tiene que pasar, es imposible que no se me pase; ya se me está pasando, puedo sentirlo… ¿Quién sabe? A lo mejor se termina hoy porque lo odio, porque se ha burlado de mí, mientras que usted ha llorado aquí conmigo, y por eso usted no me habría rechazado como él, porque usted me quiere y él no me quería, y porque, por último, yo lo quiero a usted… ¡Sí, lo quiero! Lo quiero como usted me quiere a mí, yo misma se lo había dicho antes, usted lo ha oído, lo quiero porque es usted mejor que él, porque es más agradecido que él, porque él…

     La pobrecita estaba tan alterada que no pudo terminar, apoyó la cabeza en mi hombro, luego en mi pecho y se echó a llorar amargamente. Yo la consolaba, la convencía, pero ella no podía parar; no hacía más que apretarme la mano y decir entre sollozos: «Espere, espere, enseguida paro. Quiero decirle… No crea usted que estas lágrimas… son sólo de debilidad, espere a que se me pase…». Por fin paró, se secó las lágrimas y echamos de nuevo a andar. Me hubiera gustado hablar, pero ella siguió pidiéndome que esperara. Los dos guardamos silencio. Por fin recobró el ánimo y empezó a hablar.

     —Y bien —empezó con voz débil y temblorosa, pero en la que ya resonaba algo que se me clavó directo en el corazón y le provocó dulce dolor—, no crea que soy tan inestable e inconstante, no crea que puedo olvidar y traicionar con tanta ligereza y rapidez. Un año entero lo he querido y juro por Dios que nunca, ¡nunca! le he sido infiel ni siquiera de pensamiento. Y él lo ha despreciado, él se ha reído de mí, ¡Dios le ampare! Pero ha herido e insultado a mi corazón. Yo… yo no lo quiero porque yo sólo puedo querer lo magnánimo, lo comprensivo, lo agradecido, porque yo misma soy así y él no es digno de mí, ¡Dios le ampare! Ha sido mejor que si yo me hubiera engañado con mis esperanzas y hubiera averiguado que era así… Bueno, ¡se acabó! Pero ¿quién sabe, mi buen amigo —continuó ella estrechándome la mano—, quién sabe si quizá todo mi amor no era un engaño de los sentimientos, una fantasía, quizá empezó como una chiquillada, por una tontería, porque estaba bajo la vigilancia de mi abuela? Quizá yo deba querer a otro, no a él, no a alguien así, sino a otro que se apiade de mí y… y… Bueno, dejémoslo —se interrumpió Nástenka ahogada de emoción—, yo sólo quería decirle…, yo quería decirle que, a pesar de que lo quiero a él —no, de que lo quería—, a pesar de eso, si usted todavía diría…, si usted siente que su amor es tan grande que puede desplazar en mi corazón al de antes, si usted quiere apiadarse de mí, si no quiere dejarme sola con mi destino, sin consuelo, sin esperanzas, si quiere quererme siempre como me quiere ahora, entonces le juro que mi agradecimiento…, que mi amor será al fin digno de su amor… ¿Va a prestarme su apoyo?

   —¡Nástenka! —exclamé yo ahogándome por los sollozos—, Nástenka, ay, Nástenka

   —Bueno, ya basta, es suficiente, ahora sí que es suficiente —dijo ella dominándose a duras penas—, ahora ya está todo dicho, ¿verdad? Usted es feliz y yo soy feliz, ni una palabra más sobre esto, espere, apiádese de mí… Hable de cualquier otra cosa, por el amor de Dios…

  PaseandoLaPromesa—Sí, Nástenka, dejemos de hablar de esto, ahora soy feliz, yo… Bien, Nástenka, hablemos de otra cosa, rápido, de otra cosa. Sí, estoy listo.

  No sabíamos qué decir, reíamos, llorábamos, dijimos miles de palabras sin relación ni sentido; tan pronto íbamos por la acera como nos dábamos la vuelta y empezábamos a cruzar la calle, después nos parábamos y volvíamos a cruzar a la orilla; éramos como niños…

  —Ahora vivo solo, Nástenka—empezaba yo—, y mañana…, bueno, claro, ya sabe que soy pobre, Nástenka, sólo tengo mil doscientos, pero no pasa nada…

  —Naturalmente que no, pero mi abuela tiene una pensión, ella no nos molestará. Tenemos que llevarnos a mi abuela.

  —Claro, tenemos que llevárnosla. Sólo que Matriona

  —Ah, ¡y nosotras tenemos a Fiokla!

  —Matriona es buena, tiene un único defecto: no tiene imaginación, Nástenka, ninguna imaginación, pero no pasa nada.

 —Da igual, las dos pueden estar juntas, pero mañana múdese a nuestra casa.

 —¿Cómo? ¡A su casa! De acuerdo, estoy dispuesto.

 —Sí, vivirá de alquiler con nosotras. Arriba tenemos el entrepiso, está vacío. Había una inquilina, una viejecita, noble; se ha ido y sé que mi abuela quiere que venga alguien joven. Yo le digo: «¿Por qué joven?». Y ella: «Por nada, yo ya soy vieja, pero no pienses que quiero casarte con él, Nástenka». Pero intuyo que es por eso…
   —¡Oh, Nástenka!

  Y los dos nos echamos a reír. —Bueno, ya está bien. ¿Dónde vive usted? Se me ha olvidado.

  —Donde el puente***, en la casa Baránnikov.

  —¿Es esa casa tan grande?

  —Sí, esa tan grande.

  —Ah, la conozco, es una buena casa, pero, ¿sabe?, déjela y véngase a la nuestra enseguida. 

   —Mañana mismo, Nástenka, mañana mismo; debo un poco del alquiler, pero no pasa nada… Voy a cobrar el sueldo enseguida.

   —¿Sabe? Puede que yo dé clases; aprenderé y daré clases…

   —Qué bien… A mí me van a dar una distinción muy pronto.

   —Entonces, mañana será nuestro inquilino.

   —Sí, e iremos a ver El barbero de Sevilla porque pronto volverán a representarlo.

  —Iremos, sí —Nástenka se reía—; no, mejor no vayamos a ver El barbero, sino otra…

   —Está bien, otra, será mejor, no lo había pensado.

  CiudadRojaMientras hablábamos, ambos caminábamos como embriagados, como en una nube, como si no supiéramos qué estábamos haciendo. Bien nos deteníamos y hablábamos largo rato en el mismo sitio, bien echábamos de nuevo a andar, Dios sabrá hacia dónde, y de nuevo risas, y de nuevo lágrimas… Entonces Nástenka quiso irse a casa, yo no me atreví a retenerla y quise acompañarla hasta la misma puerta; nos pusimos en camino y entonces, al cabo de cuarto de hora, estábamos en la orilla, en nuestro banco. Entonces ella suspiró, y las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos. Yo vacilo, siento frío… Pero al instante, ella me aprieta la mano y tira de mí para volver a andar, charlar, hablar…

   —Es hora de que me vaya a casa, creo que es muy tarde —dijo Nástenka al fin—. ¡ya basta de tanta chiquillada!

   —Sí, Nástenka, aunque yo no puedo dormir; no voy a ir a casa.

   —Creo que yo tampoco podré dormir, acompáñeme…

   —¡Sin falta!

   —Pero esta vez llegaremos hasta mi casa.

   —Seguro, seguro.

   —¿Palabra de honor? Porque alguna vez tendremos que volver a casa…

   —Palabra de honor —respondí yo riéndome.

   —Bien, vamos.

   —Vamos.

   —Mire el cielo, Nástenka, mañana será un día maravilloso, qué cielo tan azul, ¡qué luna! Vea, esa nube amarilla va a taparla, ¡vea, vea!… No, ha pasado de largo, ¡vea!

   Pero Nástenka no miraba la nube, estaba quieta y parada, como clavada en la tierra. Poco después se volvió como temerosa, se apretó contra mí. Su mano temblaba en la mía, la miré… Se apoyó en mí con más fuerza aún. 

   En ese momento un joven pasó por nuestro lado. Se paró, nos miró fijamente y dio unos pocos pasos más. Mi corazón empezó a temblar.

    — Nástenka —dije yo a media voz—, ¿quién es, Nástenka ?

    —¡Es él! —susurró ella acercándose y temblando más aún. Yo apenas podía tenerme en pie.

   LosViAlejarse—¡Nástenka! ¡Eres tú, Nástenka! —se oyó una voz detrás de nosotros y, en ese momento, el joven dio varios pasos hacia nosotros.

   ¡Qué grito, Dios mío! ¡Cómo se estremeció ella! ¡Cómo se soltó de mis brazos y voló a su encuentro!… Yo me quedé parado mirándolos, como un muerto. Pero apenas le había alargado la mano, apenas se había lanzado a sus brazos, cuando se giró de nuevo hacia mí, apareció junto a mí rápida como el viento, como un rayo, y antes de que yo me hubiera dado cuenta, me abrazó por el cuello y me besó fuerte, cálidamente. Después, sin haberme dicho ni una palabra, corrió de nuevo con él, lo cogió de la mano y lo arrastró tras de sí.

    Yo me quedé largo rato siguiéndolos con la mirada… Finalmente los dos desaparecieron de mi vista. 

 

La mañana

     Mis noches se acabaron una mañana. Fue un día malo, la lluvia golpeaba melancólica en mi cristal. Mi habitación estaba oscura, la calle nublada. La cabeza me dolía y me daba vueltas, la fiebre se colaba por todos mis miembros.

   —Una carta para ti, bátiushka, la ha traído el repartidor del correo local —dijo Matriona por encima de mí.

   —Una carta, ¿de quién? —exclamé yo saltando de la silla.

   —Pues no lo sé, bátiushka, mira a ver, a lo mejor lo pone.

    Rompí el sobre: ¡era de ella!

    «Ay, perdóneme, perdóneme —me escribía Nástenka—, de rodillas se lo suplico, ¡perdóneme! Le mentí a usted, a mí misma. Fue un sueño, una visión… Hoy sufro tanto por usted, ¡perdóneme!… »No me condene, puesto que yo en nada he cambiado, dije que iba a quererlo y ahora lo quiero, lo quiero mucho más. ¡Dios mío, si pudiera quererlos a los dos al mismo tiempo! ¡Ay, si usted fuera él!».

     belye nochi glazunov 4«¡Ay, si usted fuera él!», me pasó por la cabeza. ¡He recordado tus palabras, Nástenka!

   «Dios sabe lo que haría por usted. Sé que para usted es difícil y triste. Le he ofendido, pero bien sabe que, cuando se quiere, la ofensa no dura mucho. ¡Y usted me quiere!

    »Se lo agradezco, le agradezco ese amor, porque se ha quedado grabado en mi memoria como ese sueño dulce que se recuerda tiempo después de haberse despertado, porque voy a recordar siempre ese instante en que usted me abrió fraternalmente su corazón y magnánimo tomó el mío, muerto, como un tesoro al que cuidar, acariciar, curar… Si me perdona, mi recuerdo de usted va a elevarse en un sentimiento de gratitud eterno que nunca se borrará de mi alma… Conservaré ese recuerdo, le seré fiel, no le traicionaré, no traicionaré a mi corazón, es demasiado constante. Ya ayer volvió con prontitud a aquel al que siempre había pertenecido.

    »Nos veremos, vendrá a nuestra casa, no vamos a abandonarlo, siempre será mi amigo, mi hermano… Y cuando me vea, me ofrecerá su mano, ¿verdad? Me la ofrecerá, me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me quiere como antes? 

     AbandonadoHabitacion»Ay, quiérame, no me deje, porque en estos momentos yo lo quiero tanto, porque soy digna de su amor, porque me lo merezco…, mi querido amigo. Me caso con él la semana que viene. Ha regresado enamorado, nunca me olvidó… No se enfade porque escriba sobre él. Quiero ir con él a verlo a usted. Va a quererlo a él también, ¿verdad?

     »Perdónenos, recuerde y quiera a su

        Nástenka».

    Releí la carta varias veces, las lágrimas brotaban de mis ojos. Finalmente se me cayó de las manos y me cubrí la cara.
     —Oye, mi niño —empezó Matriona.
     —¿Qué, vieja?
     —Pues que he quitado las telarañas del techo; ahora, pues, puedes casarte, traer invitados, ya va siendo hora…

     Miré a Matriona. Era una anciana todavía animosa, joven, pero, no sé por qué, de pronto se me presentó con mirada apagada, con arrugas en la cara, encorvada, decrépita… Sin saber por qué también me pareció que mi habitación había envejecido tanto como la anciana. Las paredes y los pisos se habían descolorido, apagado, las telarañas se habían multiplicado. Sin saber por qué, cuando miré por la ventana me pareció que, a su vez, la casa de enfrente también se había vuelto decrépita y apagada, que el estuco de las columnas estaba descascarillado y se había desprendido, que las cornisas se habían ennegrecido y agrietado y que los muros amarillo brillante tenían manchas de otros colores.

     Puede que el rayo de sol que, de pronto, había asomado tras un nubarrón se hubiera ocultado bajo una nube de lluvia y, con él, mi mirada volviera a apagarse. O bien puede que ante mí pasara, fría y triste, la perspectiva entera de mi futuro y me viera tal cual soy ahora, exactamente después de quince años, envejecido, en la misma habitación, igual de solo, con la misma Matriona, quien no habrá ganado ni un poco de juicio en todos estos años. 

    CieloAmarilloPero ¿que yo recuerde tu ofensa, Nástenka, que yo arrastre una nube sombría a tu felicidad clara, serena? ¿Que yo, haciéndote reproches amargos, cause pena a tu corazón, lo hiera con remordimientos secretos y le haga latir angustiado en un momento de felicidad? ¿Que yo marchite siquiera una de las delicadas flores que llevabas prendidas a tus rizos oscuros mientras te dirigías con él al altar? ¡Nunca, nunca! ¡Sea claro tu cielo, sea clara y serena tu sonrisa querida, seas bienaventurada por ese minuto de felicidad y dicha que le ofreciste a otro corazón, a uno solitario y agradecido! 

      ¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?

 

  ...

                        

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