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Fragmentos de libros. UNA PUERTA QUE NUNCA ENCONTRÉ de Thomas Wolfe  Final II:

 

Editorial  Periferica       Acceso/Volver al final I de "Una puerta que nunca encontré": Erny CuevaRetiro177

 

Continúa. Capítuo IV

    ... En una vieja casa, al atardecer, había un hombre sentado junto a la ventana. Sin violencia, casi sin calor, los últimos rayos del sol caían sobre los ladrillos de la casa pintándolos con una luz triste y sobrenatural. Aquel hombre siempre estaba allí, mirando por la ventana. No hablaba nunca. La mirada, imperturbable y fija. Su rostro no era el rostro del hombre de la ventana de enfrente, ni rostro alguno que hubiera visto antes. Se limitaba a mirarme en silencio, y el exilio inmutable de un espíritu prisionero se podía leer en su expresión. Era el rostro más sereno y más triste que había visto en mi vida.

LaFlor

  Aprecié la imagen con sencillez, y en su totalidad, como algo que hubiera vivido y, por tanto, me perteneciera. Y el rostro de aquel hombre se convirtió para mí en el rostro de la oscuridad y el tiempo. Quedó clavado en mi recuerdo de esa primavera como otro juez de mi destino, como un testito melancólico e impasible de la furia y angustia que hay en las vidas de los hombres.

  Nunca me dijo una sola palabra, su boca estaba cerrada, no se podía hablar su lengua. Pero lo que me decía me resultaba más claro e inevitable que cualquier palabra jamás pronunciada. Era una voz que parecía contener la tierra entera y resumir en ella todo el susurrante y eterno sonido del tiempo, ese sonido que, día u noche, se eleva inmutable sobre la tierra y las calles salvajes, siempre constante e indiferente a los hombres que viven o mueren.

    Era la voz de la noche y las tinieblas, en ella confluían todas las lenguas de todos los hombres que han sobrevivido a la furia y al calor del día y que al atardecer se asoman por la ventana en silencio. En aquella voz se hallaba el silencio y la extenuación que parecía cubrir la ciudad entera a la hora del crepúsculo, cuando el caos salvaje y ciego del día llega a sus fin y cuando todos, calles, edificios y millones de hombre y mujeres, encuentra la calma y suspiran con tristeza y alivio, cuando todos los sonidos, toda la violencia y la agitación de la ciudad se apagan con esa misma luz de tristeza, paz y resignación.

  ElVientoTodo el saber de sus millones de lenguas se hallaba en aquella única voz inefable: el conocimiento que un hombre acumula a lo largo de toda una vida de trabajo, rabia y desesperación me hablaba al atardecer y permanecía dentro de mí durante toda la angustia de la noche. Y lo que esta imagen inefable me decía era esto: «Hijo, ten paciencia y fe, porque la vida es larga y todo este dolor y esta locura que vives ahora pasará pronto. Has caído en la furia, te has llenado de odio y de angustia y de todas las oscuras confusiones del alma. Tu sed y tu hambre eran tan grandes que creíste que podrías tragar la tierra entera, pero es así como les ha ocurrido a todos los hombres, vivos o muertos, durante su juventud. Sin embargo, no volverás a caer en la oscuridad, no volveremos a caer en la oscuridad; no escucharemos los relojes del tiempo marcando la hora en tierra extranjera, no despertaremos por la mañana en algún lugar extraño para añorar el hogar, ni oiremos ese ruido de cascos y ruedas, en la pequeña ciudad de la infancia, recorriendo las calles de la memoria una vez más.


     »Algunas cosas nunca cambiarán. Pega tu oído a la superficie de la tierra y recuerda que hay cosas que duran para siempre. Presta atención: porque nos hallamos en el deslumbrante cruce de tantas ideas, porque hemos visto tantas cosas que van y vienen, tantas palabras olvidadas, tantas famas que ardieron antes de desvanecerse; porque nuestros cerebros estaban doblegados y enfermos y enloquecidos por la prisa y el estrépito, por la multitudinaria agitación; porque éramos una mota de polvo, una célula, un átomo agonizantes, un minúsculo planeta en medio del horror de monstruosas y gigantescas arquitecturas, un viajero cuyos pasos no lograron apartarlo hamás del millón de calles salvajes; porque éramos un amasijo de nervios y de sangre apabullado por el peso de los deseos imposibles de satisfacer; porque estábamos carcomidos por un hambre insaciable; y porque nuestras canciones más entusiastas quedaron ahogadas en el bullido de mil voces. Aturdida, nuestra visión quedó aplastada bajo los edificios, y veíamos a los hombres como mera argamasa. Por eso perdimos la esperanza.

ElPuñal»Pero sabemos que los niños desaparecidos, los ancianos desaparecidos, nuestros padres, nuestros hermanos, los llevados a toda prisa al cementerio para ser rápidamente enterrados, permanecerán aquí cuando este mundo hecho de cemento o de hormigón no sea más que ruinas. Sabemos que el polvo de los amantes enterrados durará más que el polvo de las ciudades.

  »Aviva, por tanto, el fuego de tu corazón mientras contemplas esas orgullosas torres: has de saber que son mucho menos que el puñal y la hoja, pues el puñal y la hoja durarán siempre.

  »Algunas cosas nunca cambiarán. Algunas cosas serán siempre iguales. La tarántula, la víbora y el águila siempre serán iguales.  El sonido de los cascos en las calles será siempre el mismo, el brillo del sol sobre el agua estancada será siempre el mismo y la hoja que se agita con el viento en las ramas será siempre la misma.

  »¡Abril otra vez! Retazos de verdor repentino, esa contradicción: consistencia borrosa, ramas que retoñan, y un algo que viene y va pero nunca podremos capturar. Todo esto también será siempre igual.

»La voz de los arroyos del bosque nocturno, la risa de una mujer en la oscuridad, el hambre y el dolor, la muerte. Todo esto nunca cambiará.

   »Ni el cascabeleo de la gravilla barrida por el viento, ni el canto afilado de los grillos en el mediodía de los campos ardiente, ni el trajín de las gallinas en el corral, ni el olor del mar en los muelles y la delicada telaraña de las voces infantiles en el aire luminoso.

LaHoja   »Todas las cosas que pertenecen a la tierra serán siempre iguales: la hoja, el puñal, la flor, el viento que aúlla y duerme y se despierta de nuevo, los árboles cuyas ramas rígidas se agitan y ofrecen sus chasquidos. Todas las cosas que proceden de la tierra y que mudan con las estaciones, todas las cosas que duran y cambian y vuelven a ser como eran en la tierra, esas cosas siempre serán iguales, pues vienen de la tierra, que nunca cambia, y vuelven a la tierra.

   »Bajo las pulsaciones del pavimento, bajo los edificios que se estremecen como en un llanto, bajo los restos del tiempo, donde el casco de la bestia se junta con los huesos rotos de las ciudades, algo está creciendo como una flor, siempre brotando de la tierra, siempre inmortal y obstinado, algo que vuelve a la vida una vez más, como abril».

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Fragmentos de libros. UN MUNDO FELIZ de Aldous Huxley  Final  II: 

  

Editorial:  Planeta          Acceso/Volver al Final I de "Un mundo feliz": AlcobaEmigNegro177

 

Continua Capítulo 18       Advertencia, este capítulo final es un "spoiler"

 ...

- Pero, ¿qué es lo que te ocurre... ? Ahora mismo estabas...

- Ya estoy purificado -dijo el salvaje- . Tomé un poco de mostaza con agua caliente.

Los otros dos le miraron, asombrados.

- ¿Quieres decir que... que lo has hecho a propósito? - preguntó Bernard.

- Así es como se purifican los indios.- John se sentó, y, suspirando, se pasó una mano por la frente- . Descansaré unos minutos - dijo- . Estoy muy cansado.

- Claro, no me extraña - dijo Helmholtz. Tras una pausa, agregó en otro tono- : Hemos venido a despedirnos. Nos marchamos mañana por la mañana.

- Sí, salimos mañana - dijo Bemard, en cuyo rostro el salvaje observó una nueva expresión de resignación decidida- . Y, a propósito, John - prosiguió, inclinándose hacia delante y apoyando una mano en la rodilla del salvaje- , quería decirte cuánto siento lo que ocurrió ayer. - Se sonrojó- . Estoy avergonzado - siguió a pesar de la inseguridad de su voz- , realmente avergonzado...

El salvaje le obligó a callar y, cogiéndole la mano, se la estrechó con afecto.

- Helmholtz se ha portado maravillosamente conmigo - siguió Bernard, después de un silencio- . De no haber sido por él, yo no hubiese podido...

- Vamos, vamos - protestó Helmholtz. - Esta mañana he ido a ver al Interventor - dijo el salvaje al fin.

- ¿Para qué?

- Para pedirle que me enviara a las islas con vosotros.

- ¿Y cuál fue su respuesta? - preguntó Hehnholtz.

El salvaje movió la cabeza.

BNW4- No me concede el permiso.

- ¿Por qué no?

- Dijo que quería proseguir el experimento. Pero me niego a seguir siendo objeto de experimentación. No quiero, ni por todos los Interventores del mundo entero. Yo también me marcharé mañana –agregó con súbito furor.

- Pero ¿adónde? - preguntaron a coro sus dos amigos.

El salvaje se encogió de hombros.

- A cualquier sitio, no me importa. Con tal de poder estar solo.

***

Desde Guildford, la línea descendente seguía el valle de Wey hasta Godalming y después, pasando por encima de Mildford y Witley, continuaba hacia Haslemere y Portsmouth a través de Petersfield. Casi paralela a la misma, la línea ascendente pasaba por encima de Worplesdon, Tongham, Puttenham, Elstead y Grayshott. Entre Hog's Back y Hindhead había puntos en que la distancia entre ambas líneas no era superior a los cinco o seis kilómetros, lo que podía resultar peligroso si los pilotos eran poco expertos, sobre todo de noche y en el caso de que hubieses consumido una dosis de soma mayor de la habitual. Se habían producido accidentes, y graves. En consecuencia, se había decidido desplazar la línea ascendente unos pocos kilómetros hacia el oeste. Entre Grayshott y Tongham, cuatro faros de aviación abandonados señalaban el curso de la antigua ruta Portsmouth- Londres.

El salvaje había elegido como ermita el viejo faro situado en la cima de la colina entre Puttenham y Elstead. El edificio era de hormigón armado y se hallaba en excelentes condiciones. Demasiado cómodo, había pensado el salvaje cuando había explorado el lugar por primera vez, demasiado lujoso y civilizado. Tranquilizó su conciencia prometiéndose compensar tales inconvenientes con una autodisciplina más férrea, con purificaciones más duras. Pasó su primera noche sin conciliar el sueño, a propósito. Permaneció horas enteras rezando, al cielo al que el culpable Claudio había pedido perdón, o a Awonawilona, en zuñí, a Jesús y Poukong, a su propio animal guardián, el águila. De vez en cuando abría los brazos en cruz, y los mantenía así largo rato, soportando un dolor que aumentaba gradualmente hasta convertirse en una agonía trémula y atormentadora; los mantenía así, en crucifixión voluntaria, mientras con los dientes apretados, y el rostro empapado en sudor, repetía: ¡Oh, perdóname! ¡Hazme puro! ¡Ayúdame a ser bueno!, una y otra vez, hasta que estaba a punto de desmayarse de dolor.

UnMundoFelizCuando llegó la mañana, el salvaje sintió que se había ganado el derecho a habitar el faro; sí, a pesar de que todavía había cristales en la mayoria de las ventanas, y a pesar de que la vista, desde la plataforma, era preciosa. Porque la misma razón por la cual había elegido el faro se había trocado casi inmediatamente en una razón para marcharse a otra parte. John había decidido vivir allí porque la vista era muy hermosa, porque, desde su punto de observación tan ventajoso, le parecía contemplar la encarnación de un ser divino. Pero ¿quién era él para recrearse con la visión cotidiana y constante, de la belleza? ¿Quién era él para vivir en la visible presencia de Dios? Él merecía vivir en una sucia pocilga, en un sombrío agujero bajo tierra. Con los miembros rígidos y doloridos todavía por la pasada noche de sufrimiento que había pasado y, fortalecido interiormente por esta misma razón, subió a la plataforma de su torre y contempló el brillante mundo del amanecer en el que volvía a habitar por derecho propio, recién reconquistado.

En el valle que separaba Hog's Back de la colina arenosa en la cima de la cual se levantaba el faro, se hallaba Puttenham, un modesto edificio de nueve pisos, con silos, una granja avícola, y una pequeña fábrica de Vitamina D. Al otro lado del faro, al sur, el terreno descendía en largas pendientes cubiertas de brezales en dirección a un rosario de lagunas.

TowersMás allá de estas lagunas, por encima de los bosques, se levantaba la torre de catorce pisos de Elstead. Borrosas, en el brumoso aire inglés, Hindhead y Selborne atraían las miradas hacia la azulada y romántica distancia. Pero el salvaje no se había sentido atraído solo por las vistas que le podía proporcionar el faro, sino también por sus alrededores más inmediatos, igualmente seductores. Los bosques, las extensiones abiertas de brezos y amarilla aliaga, los grupos de pinos silvestres, las lagunas y albercas relucientes, con sus abedules y sauces llorones, sus lirios de agua y sus alfombras de juntos, poseían una intensa belleza y, para unos ojos acostumbrados a la aridez del desierto americano, resultaban asombrosos. Y, además, ¡la soledad! El salvaje pasaba días enteros sin ver a un solo hombre. El faro se hallaba sólo a un cuarto de hora de vuelo de la Torre de Charing- T; pero las colinas de Malpaís apenas eran más deshabitadas que aquel brezal de Surrey. Las multitudes que diariamente salían de Londres, lo hacían sólo para jugar al golf Electromagnético o al tenis.

La mayor parte del dinero que, a su llegada, John había recibido para sus gastos personales había sido empleado en la adquisición del equipo necesario. Antes de salir de Londres el Salvaje se había comprado cuatro mantas de lana de viscosa, cuerdas, alambres, clavos, cola, unas pocas herramientas, cerillas (aunque pensaba construirse en su día algo para hacer fuego), algo de batería de cocina, dos docenas de paquetes de semilla y diez kilos de harina de trigo.

- No, no quiero almidón sintético ni sucedáneo de harina de desperdicios de algodón - había insistido- . Por muy nutritivos que sean.

DystopieSlovaqueEn cuanto a las galletas panglandulares y el sucedáneo vitaminizado de buey, no había podido resistir a las dotes persuasivas del dependiente. En aquel momento mirando las latas que tenía en su poder, se reprochaba amargamente su debilidad. ¡Odiosos productos de la civilización! Decidió que jamás los comería, aunque se muriera de hambre. «Les daré una lección», pensó vengativamente. Y de paso se la daría a sí mismo.

John contó su dinero. Esperaba que lo poco que le quedaba le bastaría para pasar el invierno. Cuando llegara la primavera, su huerto produciría lo suficiente para permitirle vivir con independencia del mundo exterior. Entretanto, siempre quedaba el recurso de la caza. Había visto muchos conejos, y en las lagunas había aves acuáticas. Inmediatamente se puso a construir un arco con sus correspondientes flechas.

Cerca del faro crecían fresnos, y para las varas de las flechas no faltaban avellanos llenos de serpollos rectos y hermosos. Empezó por batir un fresno joven, cortó un trozo de tronco liso, sin ramas, de casi dos metros de longitud, lo despojó de la corteza, y, capa por capa, fue quitándole la madera blanca, tal como le había enseñado a hacer el viejo Mitsima, hasta que obtuvo una vara de su misma altura, rígida y gruesa en el centro, ágil y flexible en los ahusados extremos. Aquel trabajo le produjo un placer muy intenso. Tras aquellas semanas de ocio en Londres, durante las cuales, cuando deseaba algo, le bastaba pulsar un botón o girar una manija, fue para él una delicia hacer algo que exigía habilidad y paciencia.

Casi había terminado de dar forma al arco cuando se dio cuenta, con un sobresalto, de que estaba cantando. ¡Cantando! Fue como si se hubiese descubierto de pronto en flagrante delito. Se sonrojó, abochornado. Al fin y al cabo, no había ido allá para cantar y divertirse, sino para escapar al contagio de la vida civilizada, para purificarse y mejorarse, para enmendarse de una manera activa. Comprendió, decepcionado, que, absorto en la confección de su arco, había olvidado lo que se había jurado a sí mismo recordar siempre: la pobre Linda, su propia asesina violencia para con ella, los odiosos mellizos que pululaban como gusanos alrededor de su lecho de muerte, profanando con su sola presencia no sólo el dolor y el remordimiento del propio John, síno a los mismos dioses. Había jurado recordar, había jurado reparar incesantemente. Y allá estaba, trabajando en su arco, y cantando, así, tal como suena, cantando... Entró en el faro, abrió el bote de mostaza y puso a hervir agua en el fuego.

Media hora después, tres campesinos Delta- Menos de uno de los grupos de Bakonovsky de Puttenham se dirigían en camión hacia Elstead, y,. desde lo alto de la colina, se sorprendieron al ver a un joven de pie en el exterior del faro abandonado, desnudo hasta la cintura y azotándose a sí mismo con un látigo de cuerdas de nudos. La espalda del joven estaba cruzada horizontalmente por rayas oscuras, y entre surco y surco discurrían hilillos de sangre. El conductor del camión detuvo el vehículo a un lado de la carretera, y, junto con sus dos compañeros, se quedó mirando boquiabierto aquel espectáculo extraordinario. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Después del octavo latigazo, el joven interrumpió su castigo, corrió hacia el bosque y allá vomitó violentamente. Luego volvió a coger el látigo y siguió azotándose: nueve, diez, once, doce...

- ¡Ford! - murmuró el conductor.

Y los mellizos fueron de la misma opinión.

 - ¡Reford! - dijeron.

OjoMultiple

Tres días más tarde, como los búhos a la vista de una carroña, llegaron los periodistas.

Secado y endurecido al fuego lento de leña verde, el arco ya estaba listo. El salvaje trabajaba afanosamente en sus flechas. Había cortado y secado treinta varas de avellano, y las había guarnecido en la punta con aguzados clavos firmemente sujetos. Una noche había efectuado una incursión a la granja avícola de Puttenham y ahora tenía plumas suficientes para equipar a todo un ejército. Estaba empeñado en la tarea de acoplar las plumas a las flechas cuando el primer periodista fue a su encuentro. Silenciosamente, calzado con sus zapatos neumáticos, el hombre se le acercó por detrás.

- Buenos días, míster Salvaje - dijo- . Soy el enviado de El Radio Horario.

Como mordido por una serpiente, el salvaje saltó sobre sus pies, desparramando en todas direcciones las plumas, el bote de cola y el pincel.

- Perdón - dijo el periodista, sinceramente compungido- . No tenía intención... - se tocó el sombrero, el sombrero de copa de aluminio en el que llevaba el receptor y el transmisor telegráfico- . Perdone que no me descubra - dijo- . Este sombrero es un poco pesado. Bien, como le decía, me envía El Radio...

- ¿Qué quiere? - preguntó el salvaje, ceñudo.

- Bueno, como es natural, a nuestros lectores les interesaría muchísimo... - Ladeó la cabeza y su sonrisa adquirió un matiz, casi, de coquetería- . Sólo unas pocas palabras de usted, míster Salvaje.

Rápidamente, con una serie de ademanes rituales, desenrolló dos cables conectados a la batería que llevaba en torno de la cintura; los enchufó simultáneamente a ambos lados de su sombrero de aluminio; tocó un resorte y una antena se disparó en el aire; tocó otro resorte del borde del ala, y, como un muñeco de muelles, saltó un pequeño micrófono que se quedó colgando estremeciéndose, a unos quince centímetros de su nariz; se bajó hasta las orejas un par de auriculares, pulsó un botón situado en el lado izquierdo del sombrero, que produjo un débil zumbido, hizo girar otro botón de la derecha, y el zumbido fue interrumpido por una serie de silbidos y chasquidos estetoscópicos.

- Al habla - dijo, por el micrófono- , al habla, al habla...

Súbitamente sonó un timbre en el interior de su sombrero.

- ¿Eres tú, Edzel? Primo Mellon al habla. Sí, lo he pescado. Ahora míster Salvaje cogerá el micrófono y pronunciará unas palabras. Por favor, míster Salvaje. - Miró a John y le dirigió otra de sus melifluas sonrisas- . Diga solamente a nuestros lectores por qué ha venido aquí. Qué le indujo a marcharse de Londres (¡al habla, Edzel!) tan precipitadamente. Y dígales también algo, naturalmente, del látigo. - El salvaje se sobresaltó. ¿Cómo se habían enterado de lo del látigo? - Todos estamos deseosos de saber algo de ese látigo. Díganos también algo acerca de la civilización. Ya sabe. «Ló que yo opino de la muchacha civilizada». Sólo unas palabras...

El salvaje obedeció con desconcertante exactitud. Sólo pronunció cinco palabras, ni una sola más; cinco palabras, las mismas que habían dicho a Bernard a propósito del archichantre comunal de Canterbury.

- Hánil, sons éso tse- ná!

Y agarrando al periodista por los hombros, le hizo dar media vuelta (el joven se reveló apetitosamente provisto de materia carnosa en el trasero), y, con toda la fuerza y la precisión de un campeón de fútbol, soltó un puntapié prodigioso.

Ocho minutos más tarde, una nueva edición de El Radio Horario aparecía en las calles de Londres. «Un periodista de El Radio Horario recibe de míster Salvaje un puntapié en el coxis», decía el titular de la primera página. «Sensación en Surrey

«Y sensación en Londres, también», pensó el periodista a su vuelta, cuando leyó estas palabras. Y, lo que era peor, una sensación muy dolorosa. Tuvo que tomar asiento con mucha cautela, a la hora de almorzar.

Sin dejarse amedrentar por la contusión preventiva en el coxis de su colega, otros cuatro periodistas, enviados por el Times de Nueva York, El Continuo de Cuatro dimensiones de FrancfortEl Monitor Científico Fordiano y El Espejo Delta visitaron aquella tarde el faro y fueron recibidos con progresiva violencia.

Desde una distancia prudencial, y frotándose todavía las doloridas nalgas, el periodista de El Monitor Científico Fordiano gritó:

- ¡Pedazo de tonto! ¿Por qué no toma un poco de soma?

- ¡Fuera de aquí! - contestó el salvaje.

El otro se alejó unos pasos, y se volvió.

- El mal se convierte en algo irreal con un solo par de gramos.

- Kohakwa iyathtokyai!

- El dolor es una ilusión.

- ¿Ah, sí? - dijo el salvaje.

Y agarrando una gruesa vara avanzó un paso.

El enviado de El Monitor Científico Fordiano echó a correr hacia su helicóptero. 

A partir de aquel momento el salvaje gozó de paz por un tiempo. Llegaron unos cuantos helicópteros que volaron por encima de la torre, inquisitivamente. John disparó una flecha contra el que más se había acercado. La flecha traspasó el suelo de aluminio de la cabina; se oyó un agudo gemido, y el aparato ascendió como un cohete con toda la rapidez que el motor logró imprimirle. Los demás, desde aquel momento, mantuvieron respetuosamente las distancias. Sin hacer caso de su molesto zumbido, el salvaje, que se veía a sí mismo como uno de los pretendientes de la doncella de Mátsaki, tenaz y resistente entre los alados insectos, trabajaba en su futuro huerto. Al cabo de un tiempo los insectos, por lo visto, se cansaron, y se alejaron volando; durante unas horas, el cielo, sobre su cabeza, permaneció desierto, y, excepto por las alondras, silencioso.

LeninaAquel día hacía un calor asfixiante, y había aires de tormenta. John se había pasado la mañana cavando y ahora descansaba tendido en el suelo. De pronto, el recuerdo de Lenina se transformó en una presencia real, desnuda y tangible, que le decía: ¡Cariño! y ¡Abrázame!, con sólo las medias y los zapatos puestos, perfumada... ¡Impúdica zorra! Pero... iOh, oh ... ! Sus brazos en torno de su cuello, los senos erguidos, sus labios... «La eternidad estaba en nuestros labios y en nuestros ojos. » Lenina... ¡No, no, no, no! El salvaje saltó sobre sus pies, y, desnudo como iba, salió corriendo de la casa. Junto al límite donde empezaban los brezales crecían unas matas de enebro espinoso. John se arrojó a las matas, y estrechó, en lugar del sedoso cuerpo de sus deseos, una brazada de espinas verdes. Agudas, con un millar de agujas, lo pincharon cruelmente. John se esforzó por pensar en la pobre Linda, sin palabra ni aliento, estrujándose las manos, y en el terror indecible que aparecía en sus ojos. La pobre Linda, a la que había jurado no olvidar. Pero la presencia de Lenina seguía acosándole, aun en medio de las heridas y los pinchazos de las espinas de los enebros. «Cariño, cariño... si también tú me deseabas, ¿por qué no lo decías?»

El látigo estaba colgado de un clavo, detrás de la puerta, siempre a mano ante la posible llegada de periodistas. En un acceso de furor, el salvaje volvió corriendo a la casa, lo cogió y lo levantó en el aire. Las cuerdas de nudos mordieron su carne.

- ¡Zorra! ¡Zorra! - gritaba, a cada latigazo, como si fuese a Lenina (¡y con qué frecuencia, aun sin saberlo, deseaba que lo fuera!), blanca, cálida, perfumada, infame, a quien así azotaba- . ¡Zorra! - Y después: ¡Oh, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy pérfido. Soy... ¡No, no, zorra, zorra!

sensorama2Desde su escondrijo cuidadosamente construido en el bosque, a trescientos metros de distancia, Darwin Bonaparte, el fotógrafo de caza mayor más experto de la Sociedad Productora de Filmes para los sensoramas, había observado todos los movimientos del salvaje. La paciencia y la habilidad habían obtenido su recompensa. Darwin Bonaparte se había pasado tres días sentado en el interior del tronco de un roble artificial, tres noches reptando sobre el vientre a través de los brezos, ocultando micrófonos en las matas de aliaga, enterrando cables en la blanda arena gris. Setenta y dos horas de suprema incomodidad. Pero ahora había llegado el gran momento, el más grande desde que había tomado las espeluznantes vistas estereoscópicas de la boda de unos gorilas. «Espléndido - se dijo, cuando el salvaje empezó su número- . ¡Espléndido!»

Mantuvo sus cámaras telescópicas cuidadosamente enfocadas, como pegadas con cola a su móvil objetivo; le aplicó un telescopio más potente para captar un primer plano del rostro frenético y contorsionado (¡admirable!); filmó unos instantes a cámara lenta (un efecto cómico exquisito, se prometió a sí mismo)- , y, entretanto, escuchó con deleite los golpes, los gruñidos y las palabras furiosas que iban grabándose en la cinta sonora del film; probó el efecto de una ligera amplificación (así, decididamente, resultaba mejor); le encantó oír, en un breve momento de pausa, el agudo canto de una alondra; deseó que el salvaje se volviera para poder tomar un buen primer plano de la sangre en su espalda... y casi inmediatamente (¡vaya suerte!) el complaciente muchacho se volvió, y el fotógrafo pudo tomar a la perfección la vista que deseaba.

«¡Bueno, ha sido estupendo! - se dijo, cuando todo hubo acabado- . ¡De primera calidad!» Se secó el rostro empapado en sudor. Cuando en los estudios le hubiesen añadido los efectos táctiles, resultaría una película perfecta. Casi tan buena, pensó Darwin Bonaparte, como La vida amorosa del cachalote. ¡Lo que, por Ford, no era poco decir!

Doce días más tarde, El Salvaje de Surrey se había estrenado ya y podía verse, oírse y palparse en todos los palacios de sensorama de primera categoría de la Europa occidental.

El efecto del film de Darwin Bonaparte fue inmediato y sorprendente. La tarde que siguió a la noche del estreno, la rústica soledad de John fue interrumpida bruscamente por la llegada de un vasto enjambre de helicópteros.

AineCassidy 002John estaba cavando en su huerto; y cavando también en su propia mente, revolviendo la sustancia de sus pensamientos. La muerte... E hincaba su azada una y otra vez... «Y todos nuestros días pasados han iluminado a los necios el camino hacia la polvorienta muerte». Un trueno convincente rugía a través de estas palabras. John levantó una palada de tierra. ¿Por qué había muerto Linda? ¿Por qué le había dejado perder progresivamente su condición humana, y al fin ... ? El salvaje sintió un escalofrío... Y al fin se había convertido en... «una buena carroña para besar... ». Apoyó el pie en el borde de la pala y la hincó profundamente en el suelo. «Somos para los dioses como moscas en manos de chiquillos caprichosos; nos matan como en un juego». Otro trueno; palabras que por sí mismas se proclamaban verdaderas; más verdaderas, en cierto modo, que la misma verdad. Y, sin embargo, el mismo Gloucester los había llamado «dioses eternamente amables». Además, «el mejor de los descansos es el sueño; y tú a menudo lo buscas; sin embargo, temes torpemente la muerte, que es la misma cosa».

AineCassidy 001Lo que había sido un zumbido por encima de su cabeza se transformó en un rugido; y, de pronto, John advirtió que algo se había interpuesto entre el sol y él. Sobresaltado, levantó la mirada como deslumbrado, con la mente vagando todavía por aquel otro mundo de palabras más verdaderas que la misma verdad, concentrada todavía en las inmensidades de la muerte y la divinidad; entonces vio, encima de él, muy cerca, el enjambre de aparatos voladores. Llegaron como una plaga de langostas, permanecieron suspendidos en el aire y, al fin, se posaron sobre los brezales, a su alrededor. De los vientres de aquellas langostas gigantescas surgían hombres con pantalones blancos de franela de viscosa, y mujeres en uniformes de acetato, o pantalones cortos y blusas sin mangas, muy escotadas... Una pareja de cada aparato. En pocos minutos había docenas de ellos, de pie, formando un espacioso círculo alrededor del faro mirando, riendo, disparando sus cámaras fotográficas, arrojándole como a un mono, cacahuetes, paquetes de goma de mascar de hormona sexual, galletitas panglandulares. Y constantemente, porque la corriente de tráfico fluía incesante por encima de Hog's Back, su número iba en aumento. Como en una pesadilla, las docenas se convirtieron en veintenas, y las veintenas en centenares.

El salvaje se había retirado buscando cobijo, y, en la actitud de un animal acorralado, permanecía de pie, de espaldas al muro del faro, mirando aquellas caras con expresión de mudo horror como un hombre que hubiese perdido el juicio.

El impacto en su mejilla de un paquete de chiclé bien dirigido lo sacó de su estupor para devolverle a la realidad. Un dolor agudo, y despertó del todo, en una explosión de ira.

- ¡Fuera! - gritó.

El mono había hablado; estallaron risas. - ¡Viva el buen salvaje! ¡Viva! ¡Viva!

Y entre aquella babel de gritos, John oyó:

- ¡El látigo, el látigo, el látigo!

Obedeciendo a la sugestión de la palabra, John descolgó el atajo de cuerdas de nudos de su clavo, detrás de la puerta, y lo agitó, como amenazando a sus verdugos.

De entre la multitud brotó un clamor de irónico entusiasmo.

John avanzó amenazadoramente hacia ellos. Una mujer chilló asustada. La línea de mirones osciló unos segundos, pero recobró la rigidez y aguantó firme. El hecho de saber que contaban con la superioridad numérica prestaba a aquellos mirones un valor que el salvaje no se había supuesto.

- ¿Por qué no me dejáis en paz?

En su ira había un leve matiz quejumbroso.

- ¿Quieres unas almendras saladas al magnesio? - dijo el hombre que, caso de que el salvaje siguiera avanzando, había de ser el primero en ser atacado. Y agitó una bolsita- . Son estupendas, ¿sabes? - agregó, con una sonrisa propiciatoria y algo nerviosa- . Y las sales de magnesio te mantendrán joven.

Soma Quote- ¿Qué queréis de mí? - preguntó, volviéndose de un rostro sonriente a otro- . ¿Qué queréis de mí?

- ¡El látigo! - contestó un centenar de voces, confusamente- . Haz el número del látigo. Queremos ver el número del látigo.

Entonces un grupo situado a un extremo de la línea empezó a gritar al unísono y rítmicamente:

- ¡El lá- ti- go! ¡El lá- ti- go! ¡El lá- ti- go!

- ¡El lá- ti- go! ¡El lá- ti- go!

Gritaban todos a la vez; y, embriagados por el ruido, por la sensación de comunión rítmica, daban la impresión de que hubiesen podido seguir gritando así durante horas enteras, casi indefinidamente. Pero a la vigésimo quinta repetición se produjo una súbita interrupción. Otro helicóptero procedente de la dirección de Hog's Back, permaneció unos segundos inmóvil sobre la multitud y luego aterrizó a pocos metros de donde se encontraba de pie el salvaje, en el espacio abierto entre la hilera de mirones y el faro. El rugido de las hélices ahogó momentáneamente el griterío; después, cuando el aparato tocó tierra y los motores enmudecieron, los gritos de: ¡El látigo! ¡El látigo! se reanudaron, fuertes, insistentes, monótonos.

La puerta del helicóptero se abrió, y de él se apearon un joven rubio, de rostro bronceado, y después una muchacha que llevaba pantalones cortos de pana verde, blusa blanca y gorrito de jockey.

Al ver a la muchacha, el salvaje se sobresaltó, retrocedió, y su rostro se cubrió de súbita palidez.

La muchacha se quedó mirándole, sonriéndole con una sonrisa incierta, implorante. Pasaron unos segundos. Los labios de la muchacha se movieron; debía de decir algo; pero el sonido de su voz era ahogado por los gritos rítmicos de los curiosos, que seguían vociferando su estribillo.

- ¡El lá- ti- go! ¡El lá- ti- go!

DIbujoLa muchacha se llevó ambas manos al costado izquierdo, y en su rostro de muñeca, aterciopelado como un melocotón, apareció una extraña expresión de dolor y ansiedad. Sus ojos azules parecieron aumentar de tamaño y brillar más intensamente; y, de pronto, dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Volvió a hablar, inaudiblemente; después, con un gesto rápido y apasionado, tendió los brazos hacia el salvaje y avanzó un paso.

- ¡El lá- ti- go! ¡El Látigo!

Y, de pronto, los curiosos consiguieron lo que tanto deseaban.

- ¡Ramera!

El salvaje había corrido al encuentro de la muchacha como un loco. ¡Zorra!, había gritado, como un loco, y empezó a azotarla con su látigo de cuerdas de nudos.

Aterrorizada, la joven se había vuelto, disponiéndose a huir, pero había tropezado y caído al suelo.

- ¡Henry, Henry! - gritó.

Pero su atezado compañero se había ocultado detrás del helicóptero, poniéndose a salvo.

Con un rugido de excitación y delicia, la línea se quebró y se produjo una carrera convergente hacia el centro magnético de atracción. El dolor es un horror que fascina.

- ¡Quema, lujuria, quema!

- ¡Oh, la carne!

El salvaje rechinó los dientes. Esta vez el látigo cayó sobre sus propios hombros.

- ¡Muera! ¡ Muera!

Arrastrados por la fascinación del horror que produce el espectáculo del dolor, e impelidos íntimamente por el hábito de cooperación, por el deseo de unanimidad y comunión que su condicionamiento había hecho arraigar en ellos, los curiosos empezaron a imitar el frenesí de los gestos del salvaje, golpeándose unos a otros cada vez que éste azotaba su propia carne rebelde o aquella regordeta encarnación de la torpeza carnal que se retorcía sobre la maleza, a sus pies.

- ¡ Muera, muera, muera! - seguía gritando el salvaje.

Después, de pronto, alguien empezó a cantar: «Orgía- Porfía», y al cabo de un instante todos repetían el estribillo y bailaban. «Orgía- Porfía», vueltas y más vueltas, pegándose unos a otros al compás de seis por ocho. «Orgía- Porfía...»

Era más de medianoche cuando el último helicóptero despegó. Obnubilado por elsoma,y agotado por el prolongado frenesí de sensualidad, el salvaje yacía durmiendo sobre los brezos. El sol estaba muy alto cuando despertó. Permaneció echado un momento, parpadeando a la luz, como un mochuelo, sin comprender; después, de pronto, lo recordó todo.

Se cubrió los ojos con una mano.

Brave-New-World

Aquella tarde el enjambre de helicópteros que llegó zumbando a través de Hog's Back formaba una densa nube de diez kilómetros de longitud.

- ¡Salvaje! - llamaron los primeros en llegar- . ¡Míster Salvajel

No hubo respuesta.

La puerta del faro estaba abierta. La empujaron y penetraron en el interior. A través de un arco que se abría en el otro extremo de la estancia podían ver el arranque de la escalera que conducía a las plantas superiores. Exactamente bajo la clave del arco , vieron unos pies que se balanceaban.

- ¡Míster Salvaje!

Lentamente, muy lentamente, como dos agujas de brújula, los pies giraban hacia la derecha: norte, nordeste, este, sudeste, sur, sudsudoeste; después se detuvieron, y, al cabo de pocos segundos, giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: sudsudoeste, sur, sudeste, este...

 ****

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Fragmentos de libros. VELÁZQUEZ PÁJARO SOLITARIO de Ramón Gaya  Final (I):

 
Nuestra Portada:
CieloPtaSol 800
Un acercamiento al tan ensalzado cielo de Madrid del que Velázquez -su Posteridad- ha singularizado un aspecto determinado y que se reconoce como "velazqueño".
En un ejemplo paradigmático del éxito del copia-pega en la Red encontramos que el cielo velazqueño hace referencia a lo que «en meteorología se identifica como “cielos caóticos” en los que no domina un solo tipo de nube».
Quizá haya dudas de que esta imagen nuestra pueda ser ejemplar para exponer ese tipo de cielo, pero que se trata de Madrid no hay debate posible, es Madrid; un cielo sobre la mismísima Puerta del Sol.  © LCJ 
 
   
finales de libros
 

... Para Velázquez, la realidad viva no tiene límites, sino que es más bien imprecisa, movida, fluida, continuada; y a su pintura, claro, le sucede lo mismo. A Velázquez no le puede interesar una realidad compuesta, dispuesta de un cierto modo, plana, encajonada, inmóvil, fija. Los cuadros de Velázquez no es ya que estén abiertos de par en par, sino que carecen de cuadratura, que no son en absoluto cuadros; todo eso que vemos ahí podría muy bien caer más a la izquierda, y tal perro despertarse y marcharse, y Felipe IV desplazarse o sentarse, y la infanta Margarita cambiar de humor o enjugarse la frente, y el bufón don Juan de Austria pedirnos permiso y desaparecer...

...

   Continuar Final      (Continuar con el final de "Velázquez pájaro solitario").

 

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 Fragmentos de libros. VELÁZQUEZ PÁJARO SOLITARIO de Ramón Gaya  Final (II):

 

 

 Editorial:  TRIESTE            Acceso/Volver a los FINAL I de "Velázquez pájaro solitario": CieloPtaSol 177

  

Continúa 

ElBufónDonJAustria… el bufón don Juan de Austria pedirnos permiso y desaparecer.No es que las figuras de Velázquez finjan, con una cierta mímica, estar en movimiento, en agitación, como las de Rubens, pues no hay nada tan pasivo como sus pasmados personajes, sino que todos estos seres, apareciendo precisamente en calma, los sabemos movibles, cambiantes, inseguros. Están aquí, delante de nosotros, pero podrían estar en otro sitio y de otra manera. En un lienzo de Tintoretto, la gesticulación desorbitada, exagerada, teatral, de sus figuras, no descompone nunca la composición, la preconcebida composición, sino al contrario, muchos de esos gestos extravagantes, innaturales, han sido llevados hasta el delirio precisamente para poder hacerlos coincidir con ella, con sus leyes; tendremos entonces delante de los ojos una imagen parada del movimiento, o sea, un movimiento eternizado y una ley de la composición cumplida.

A Velázquez no le pueden importar ninguna de esas mojigangas estéticas; él viene a muy otra cosa, él parece venir no para intentar conquistar la realidad, ni para expresarla, ni para reflejarla, ni para adularla, pues ahora resulta que ni siquiera es la realidad lo que le interesa, sino la vida; él parece venir a toparse con la vida, a encontrarse con ella, a cruzarse con ella, pero no egoístamente para vivir más, ni siquiera mejor, pues nadie como él ha tenido una conciencia tan clara, tan sabia, tan conformada de nuestra condición de pasantes, de transitantes. Su estar de paso -sin asomo de patetismo ni de resignación- no le produce ningún desasosiego, ni tampoco ese escepticismo vividor, frescachón, campante, en que suelen caer tantos (a veces, pueblos enteros) cuando descubren, de pronto, que son mortales. Velázquez se diría en posesión, más aún que de un secreto vital, de un secreto... central, centro de un todo que fuese mucho mayor que la vida, un todo que abarcase desde antes de HomVelazquez VIIla vida hasta más allá de ella; dueño absoluto de algo muy sencillo pero dificilísimo de obtener, que no hay que obtener, sino tener de antemano. Es como si, desde siempre, y con una certidumbre casi animal, Velázquez hubiese sentido y pensado que la vida no es, como vanidosamente suele sentirse y pensarse, algo para nosotros, para nuestro uso, para nuestro particular disfrute o aprovechamiento, sino más bien al revés, que nosotros somos algo para ella, destinados a ella. Y no es tanto que la vida nos necesite, que necesite de nuestro apoyo, pues ella puede muy bien mantenerse en pie, vivir por sí misma, aunque parece aceptar, acaso desear, más que una participación nuestra, activa y útil, algo como un... homenaje. Para ser, sin duda se basta ella, pero le gustaría ser reconocida, valorada, cantada. Velázquez ha escuchado, quizá mejor que nadie, más claramente que nadie, ese deseo, la voz apagada y entrecortada de ese deseo. La realidad, por más que lo enamore, no logra retenerlo, entretenerlo demasiado, porque, en definitiva, ella no es más que una hermosa corteza exterior, y lo que él ha escuchado es más bien una jugosa savia interna. Para Hom VenusEspejoVelázquez, la realidad, el cuerpo de la realidad, es algo imprescindible, pero también sin mucha importancia, o sea, es algo que, siendo absolutamente imprescindible, no es decisivo; lo decisivo estará dentro, encerrado dentro, transparentándose. Velázquez pinta esa transparencia, no quiere pintar más que esa transparencia; de ahí que la realidad que termina por presentarnos -tan veraz- no sea propiamente realista, es decir, corpórea, pesada, abultada, sino imprecisa, indecisa, insegura, movible, casi precaria, me atreveré a decir. La realidad en los lienzos de Velázquez es como una realidad de humo, humosa, neblinosa, delgadísima. Velázquez ya hemos visto que no quiere pintar cuadros, pero aunque quisiera, con esa realidad casi fantasmal que tiene entre las manos, no podría formar cuadro alguno, porque los cuadros se forman, precisamente, con cuerpos materiales, con presencias de bulto, con relieves evidenciados por el claroscuro pictórico. Su pintura, o lo que irremediablemente queda de pintura en su obra -ésta también irremediable-, no es nunca un canto adulador, exaltador de la realidad, sino el claro, calmo, alto homenaje a un vívido centro misterioso que la realidad lleva en sí pero que no es ella.

ElPieVaroElZamboEntierroSardinaGoyaUn adulador de la realidad sería, por ejemplo, Ribera; y un exaltador, Goya. Pues el gran baturro, que antes habíamos tomado por un visionario, por un imaginativo, por un inventivo, ahora nos resulta mucho más atado a lo real que Velázquez; bucea, revuelve con furia, se embarulla gustoso en la realidad, la destaca, la contrasta, mientras que Velázquez se mantiene siempre limpio, desentendido de ella. Goya, el intenso, terco Goya, será decididamente un apasionado realista, que parece esperar muchísimo,  quizá todo, de la realidad. Velázquez, en cambio, no espera de ella apenas nada. Velázquez sabe que la realidad está ahí, figurando la vida, dándole figura a la vida, pero también desfigurándola, enmascarándola. La realidad es verdad, pero es como una verdad... lastimosa, digna de lástima; Velázquez ha sentido en seguida la pobreza, la indigencia de esa realidad en pena, en pecado, atribulada. Esa pobre, lastimosa realidad, Velázquez la contempla lleno de amor, pero no enamorado, apasionado, sino lleno de un piadoso amor impersonal, como ha sido siempre el amor de los grandes redentores. Velázquez no puede caer en el amor, en el avariento amor a la realidad ni en el mezquino amor al arte, ya que el suyo no es un amor de amar, sino de rescatar. De aquí que su obra termine por ser una especie de purgatorio, entre doliente y apacible, expiante, purificante. Toda la realidad, la más hermosa como la más horrorosa, sin distingos, será bien acogida en ese santo terreno de su pintura, y no es que confundiendo unas cosas con otras le parezca igual o le dé igual todo, sino que todo eso que él percibe en sus diferencias como nadie -ya que está dotado de una mirada y una comprensión excepcionales-, todo eso tan rico y tan vario, viene a estar igualmente en pena, en penitencia. Para Velázquez, belleza y DeLasMeninasfealdad no son lo mismo, pero están en pecado lo mismo y valen, pues, lo mismo. La deforme figura de Maribárbola ha sido acogida por Velázquez en su gran lienzo de Las Meninas, no para contrastarla caricaturescamente con las demás, ni como un elemento característico, pintoresco -como habría hecho el genio de Goya montando en seguida su barracón de feria para la desalmada explotación de monstruos-, sino casi como una flor, como una flor un tanto desproporcionada (a la manera, por ejemplo, de los girasoles), fuera de escala, contrahecha, pero viva, con la legitimidad de la vida y recibiendo muy confiadamente en el rostro la luz tierna, igualatoria, del día velazqueño. Porque la luz de Velázquez no es, como suele ser la de otros muchos pintores, una luz... pictórica, es decir, ocupada en modelar, en resaltar las formas, las bellas formas del mundo; no es una luz estética, sino ética, buena; es, en fin, una luz que luce para todos, aunque es cierto también que de esta luz de Velázquez no se puede decir nunca que luzca, que brille, que actúe; es, y nada más, con eso le basta; no es una luz intensa y afanosa, que quiera con ahínco apoderarse de esto o de aquello -como le sucede a la luz de Rembrandt-, sino una sosegada luz reparadora, consoladora. Es una luz que sólo quiere claridad, simple claridad, poner armoniosamente en claro todo.

HomVelazquez1948"IXº Homenaje a Velázquez" de Ramón Gaya, 1948. Gouache sobre papel. Col. particular.   

Pero esta luz igualatoria, que parecía en efecto lucir igual para todos y aclararlo todo, tropezará un buen día con una extraña criatura, El niño de Vallecas, y quedará prendada de su rostro, de la divina bobería de su rostro, de su divino rostro; la luz entonces alterará, por esta vez, su natural y modosa condición, convirtiéndose en otra luz, en una luz más alta, más elevada. Es como si la luz, la simple luz del día, al tropezarse con ese rostro lo encontrara ya iluminado, ocupado por una luz anterior, interior, y no tuviera más remedio, de no pasar de largo, que fundirse con ella, que añadirse a ella. Es una faz, diríase, naciente, como una luna naciente, dolorosamente luminosa, y también dichosa, plena como una hostia alzada y redentora. El niño de Vallecas es todo él como una elevación, como una ascensión. Todos los retratos velazqueños vienen a ser como altares, pero El niño de Vallecas es el altar mayor de su obra, el escalón supremo de su obra desde donde poder saltar, pasar al otro lado de todo, más allá de todo. En ese rostro tierno, manso, santo, animado por una sutil mueca agridulce, es donde con más limpieza parece producirse el sacrificio de la realidad, y también el sacrificio del arte. En los demás retratos de bufones Velázquez aún conserva una actitud de hombre particular y bueno, amparador de unas figuras humanas lamentables, pero en El niño de ElNiñodeVallecasVallecas todo eso ha desaparecido; aquí, pintura y realidad -sin ser alteradas ni evitadas- parecen trocarse, de pronto, en otra cosa, en algo como un cántico, no un cántico artístico, sino un cántico sagrado, es decir, en una especie de misa cantada, en ¡Gloria! A Don Antonio el Inglés y al Calabacillas -por lo demás, como también hace con Felipe IV o con el Príncipe Baltasar Carlos- Velázquez los había observado compasivamente, sin complacencia ni crueldad caracterizadora, pero sí fijándolos en su mísera condición; había sentido por ellos misericordia, pero eso no podía salvarlos, sino dejarlos más perdidamente en la tierra, hundidos en la tierra. Ante El niño de Vallecas Velázquez no actúa en absoluto, no se compadece, no se lamenta, no sufre ni se complace, no se burla o ensaña, ya que ha logrado, por fin, su más perfecta pasividad creadora; a El niño de Vallecas Velázquez lo deja, intacto, vivir, venir a vivir, a estarse entero y verdadero en su gloria de ser vivo, dueño en redondo de su ser central. ¿Qué importa, pues, que por fuera, accidentalmente, resulte ser un enano, o un bufón, o un bobo, o un loco? Y por otra parte, ¿qué puede importar que esto sea un lienzo, unos trazos, unas pinceladas, unos colores, unas formas, si todo eso que constituye la pintura, la hermosa tarea de la pintura, ha sido sobrepasado, vencido por completo? Lo uno y lo otro, es decir, todas esas «circunstancias» juntas, pertenecen a la realidad, a la simple realidad, y ya vimos que Velázquez se había desinteresado, distanciado de ella. Ahora, ante esa extraña criatura de Dios, Velázquez permanecerá, completamente inmóvil, tenso, sin decir nada, y dejará que hable la criatura misma, o mejor, su ser desnudo, su ser solo, libre, liberado, salvado de sí. Pero El niño de Vallecas no articula palabras: nos mira, nos mira entre arrobado y desdeñoso, melodiosamente lastimero, dolido, sonreído; al mismo tiempo que inclina, dulce, la cabeza hacia un lado, parece levantarla en un gesto altanero de autoridad redentora; parece que intentase dar a entender algo muy difícil, excesivo para nosotros; que nos llamara y arrastrara hacia su extraña orilla, acaso lleno de pena y vergüenza de saberse en la verdad, mientras nosotros seguimos aquí, en la realidad únicamente. 

 

Algunos cuadros de Ramón Gaya de homenaje a otros pintores.
GayaRembrandtHomCarpaccioHomTiziano VI
1) Fragmento de Rembrandt (Betsabé), Ramón Gaya,1953. Pastel sobre papel. Col. particular.
                                                  2) Homenaje a Carpaccio, Ramón Gaya,1951. Gouache sobre papel. Museo Ramón Gaya.
                                                                                      3)  VIº Homenaje a Tiziano, Ramón Gaya,1951. Gouache sobre papel. Col. particular 
Hom Rubens
Las tres gracias (de Rubens), Ramón Gaya,1948. Acuarela sobre papel. Col. particular.
 

Pero todo esto no tiene ya nada que ver con el arte, con el gran juego del arte, con las grandes artesanías del espíritu. Si logramos seguir a este despectivo señor de la pintura en su milagrosa y simple ascensión, nos encontraremos, de repente, en un lugar... silencioso, casi vacío, limpio, sin rastro apenas del turbio y ajetreado quehacer estético. No es un lugar de jolgorio, de fiesta, de acalorado carnaval, como viene a ser aquel otro donde se producen las artes, pero es un sitio claro, despejado, placentero, incluso alegre, de una especial alegría tranquila y vigorosa; es un sitio sin apenas nadie ni nada -pues muy pocos y muy pocas cosas resisten este vívido y austero aire sano-, pero, sobre todo, no encontraremos en ese lugar a los artistas, a los afanosos cultivadores del arte, ni pueden estar, en consecuencia, todos aquellos que pululan siempre en torno: estetas, amateurs, gustadores, historiadores, juzgadores, teóricos, críticos. Si no hay producto, obra que trajinar, estudiar, manosear, ¿qué podrían hacer aquí todas esas pintorescas personas? Éste no es un lugar de trabajo, sino de vida. El arte, la industriosidad del arte, ha quedado allá lejos, como una pasión pueril, juvenil, petulante, vanidosa, tonta.

 

         También en fragmentos de libros de "Velázquez pájaro solitario":      
 
                   
Y pudiera interesarle:
    Museo Ramón Gaya
    Universidad de Barcelona. Artículo sobre Gaya y sus homenajes a pintores
    Blog dedicado a la obra, vida y pensamiento del pintor Ramón Gaya
    https://www.ramongaya.com/

(estos enlaces funcionaban y dirigían a los sitios debidos. Su no funcionamiento es posterior y nos es ajena la causa)

 

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Fragmentos de libros. UN MUNDO FELIZ de Aldous Huxley  Final  I:

Nuestra portada:

AlcobaEmigNegro800
VOZ DE LA FOTO: Hubo un tiempo en el que en este sitio incorporábamos opiniones nuestras -muy heterodoxas- de algunos de los libros que referenciábamos. El día en el que decidimos dejar de hacerlo temporalmente -razones había que ahora no conciernen-, teníamos entre manos decir algo sobre "Un mundo feliz". Era la época en la que en los puertos franceses se hacinaban, sufrían, se perseguían, se desesperaban miles de emigrantes que se jugaban la vida -algunos, la perdieron- en su deseo de cruzar el Canal de la Mancha hacia Gran Bretaña. Hoy las coordenadas han cambiado pero la horrible desesperación de decenas de miles de personas, no.
La novela (1932) es un crítica brutal hacia la sociedad distópica que Huxley nos preconizaba para un futuro cercano. Hay un frase atribuída a este autor (seguramente sea apócrifa) que dice:  «Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no soñarían en evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos "tendrían el amor de su servidumbre"». Visto así, parece que en nuestra "avanzada" sociedad occidental la teórica distopía es ya una realidad: El soma tiene otros nombres e intensidades, el consumo es una forma de huida y evasión y usted y yo conocemos a muchos hombres y mujeres que tienen amor por su servidumbre (La libertad es trabajosa, ingrata, solitaria y.... peligrosa).  Aún así, millones de seres humanos darían todo lo que tienen -con conservar el cuerpo y la vida les sería suficiente- por pertenecer a nuestra "sociedad distópica"; millones de seres humanos que "Un mundo feliz" no contempla  como "posibles redimidos por la distopía" y que "morirían" por estar donde nosotros estamos.
No hay ninguna intención crítica ni peyorativa hacia la novela en lo que decimos, solo observamos y asociamos realidad-novela. Este señor de la imagen duerme en el cuchitril del cajero automático de un banco. Ha venido de lejos jugándoselo todo para estar donde está y, pasado lo peor -no estoy seguro-, se encuentra en un punto de partida. Sí, le rodea una incitación casi obscena al "consumo y al entretenimiento" que hasta a uno mismo le molesta, y sin embargo ese señor... 
Madrid, 2018.   © LCJ

 

Finales de libros

 Advertencia, este capítulo final es un "spoiler"

CAPÍTULO 18

...

La puerta estaba entreabierta, entraron.

¡John!

Del cuarto de baño llegó un ruido desagradable y característico.

- ¿Ocurre algo? -preguntó Helmholtz.

No hubo respuesta. El desagradable sonido se repitió, dos veces; siguió un silencio. Después, con un chasquido, la puerta del cuarto de baño se abrió y apareció, muy pálido, el salvaje.

- ¡Oye! -exclamó Helmholtz, solícito-. Tú no te estás bien.

- ¿Te sentó mal algo que comiste? -preguntó Bernard.

El salvaje asintió.

- Sí, comí civilización.

- ¿Cómo?

- Y me sentó mal; me enfermó. Y después -agregó en un tono de voz más bajo-, comí mi propia maldad.

...

 

Continuar final    (Continuar con el final de "Un mundo feliz" )

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