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Fragmentos de libros. HISTORIA DEL CERCO DE LISBOA de José Saramago  Final II:

 

 
Editorial:     SeixBarral              Acceso/Volver al FINAL I de "Historia del cerco de Lisboa": AscenEiffeNoctur177

Continúa... 

...

... Se robusteció la esperanza del rey con dos motivos, uno de ellos efecto directo del otro, y venía a ser, motivo primero, que si el asalto resultaba bien, quedaba la ciudad ga­nada, y por tanto, motivo segundo, podría licenciar a la tropa, mandarla a casa, hasta la próxima campaña, ahorrando una soldada general. Tuvo Don Afonso la honradez de no esconder los apuros por los que pa­saba su tesorería, sin liquidez, lo que, por otra parte, sólo en su favor hablaba, pues sencillez y franqueza no son cualidades que habitualmente exornen a los gobernantes de todo el mundo, sin excepción de los nuestros. Pero esta manera de estar en la política nunca es compensada como merecería, y ahora tenemos aquí a OleoCarlosAlbertoSantosun rey con la apetecida ciudad de Lisboa ante los ojos y sin poder llegarle, y encima obligado a rapar el fondo de las arcas para pagar sus haberes a un ejército que anda ya murmurando contra la tardanza. Claro está que no es ésta la primera vez que la corona se retrasa en los pagos, mayormente en estado de guerra, pensemos sólo en las vicisitudes de un conflicto, la recogida de dinero, el transporte, la cuestión de los cambios, el resultado de todo eso junto hace que la llamada a caja se haga generalmente tarde y a deshora, y no son raros los casos en los que la infelicidad es tanta que muere el soldado antes de recibir el sueldo, a veces por minutos.

Si hubiese Don Afonso Henriques consegui­do el dinero unos días antes, la historia de este cerco hubiera sido diferente, no en su conocida conclusión, sino en sus trámites intermedios. Es que, con el paso del tiempo, estábamos ya a mediados de septiembre, y sin que se supiera cómo y de dónde había salido la inaudita idea, empezaron los soldados a decirse unos a los otros que, siendo tanto o tan po­co hombres como los cruzados, también por igual deberían ser merecedores, y que estando sujetos a la misma muerte, les deberían ser reconocidos derechos en todo iguales a los de ellos, cuando llegase la hora del pago. Hablando claro, lo que ellos querían saber era por qué bulas iban los cruzados a tener derecho a saqueo, y aun así la mayoría se habían desinteresado de la empresa, mientras el soldadito portugués tendría que contentarse con un magro salario, asistiendo de bolsillos vacíos, al jolgorio, ocio y festival de los extranjeros. A los oídos de los capi­tanes llegaron ecos de estos movimientos y encuen­tros, pero la pretensión era tan absurda, iba en tal manera contra toda ley y usanza, tanto las escritas como las consuetudinarias, que lAConquista PMasanoa respuesta fue en­cogerse de hombros y un comentario displicente, Son parvos, con lo que pretendían significar, Son peque­ños, que en aquel tiempo aún se daba importancia a la etimología, no es como hoy, que no puede llamársele parvo a nadie, aunque sea obviamente men­guado, sin que le pongan de inmediato a uno una querella por ofensa. Por el sí o por el no, mandaron los capitanes recado a Don Afonso Henriques para que se diera prisa en liquidar los sueldos atrasados, porque andaba relajándose la disciplina y la tropa remoloneaba cada vez que los sargentos mandaban atacar, Por qué no va él, que tiene divisas, y era muy injusto el comentario, que nunca sargento alguno se quedó en la trinchera viendo en qué paraban los resultados del asalto, si debía avanzar para recoger los laureles o quedarse para reprender y castigar a los cobardes fugitivos. Al cabo de más de una semana, cuando las opiniones subversivas ya habían dejado de expresarse por la boca pequeña para ser proclamadas en voz alta en ayuntamientos espontáneos o convocados, corrió la noticia de que al fin iba a serles pagado el sueldo. Suspiraron de alivio los capitanes, pero pronto se les cortó la respiración cuando los de las cajas vinieron diciendo que no aparecía nadie a cobrar. En el propio campamento del rey la afluen­cia fue diminutísima, e incluso ésa debería ser in­terpretada como consecuencia de una intimidación, que en cualquier momento podía el quinto darse de narices con el rey y preguntarle éste, Has ido ya a cobrar, y de dónde iba a sacar el tímido recluta valor para responder, Sepa su alteza por qué no he ido, o me pagan lo mismo que a los cruzados, o no vuelvo a la guerra.

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Todo el temor de los capitanes era que los moros se apercibieran de la bellaquería que circula­ba por los campamentos de los cristianos, no fuera el caso que aprovechasen el desconcierto que en ellos reinaba para, en surtidas fulminantes, irrumpir al mismo tiempo por las cinco puertas y barrer a unos al mar y precipitar a los otros desde las alturas. Por eso, antes de que se hiciera irremediablemente tar­de, mandaron llamar, no a los cabecillas, que no los había, sino a unos cuantos soldados que, por hablar más alto, habían ganado cierto imperio sobre los otros, y quiso el destino que en la Porta de Ferro fuese Mogueime uno de ellos, que su amor por Ouroana no le distraía de las responsabilidades cívicas y de los justos intereses personales y colectivos. Así que fueron los tres procuradores al capitán, a quien, preguntados, Conquista de Santarémparticiparon de las sabidas razones. Usó Mem Ramires, y es de creer que en los otros campa­mentos haya sido éste también el discurso, de arrebatadoras exhortaciones patrióticas, las cuales, pese a ser una novedad, no conmovieron a los soldados de su firmeza, pasando después de los gritos a las amenazas, que tampoco produjeron efecto, y final­mente, tomando a Mogueime como interlocutor, exclamó Mem Ramires, con la voz embargada de emoción, Cómo es posible que tú, Mogueime, estés metido en esta conspiración, tú, que fuiste mi com­pañero de armas en Santarem, cuando generosamente me prestaste tus hombros y tu gran estatura para que yo pudiera lanzar a las almenas la escalera por donde después todos subimos, y ahora, olvidado del papel importantísimo que representaste en aquella gloriosa jornada, desagradecido a tu capitán, ingra­to a tu rey, estás ahí, encuadrillado con unos vaga­bundos ambiciosos, cómo es posible, y Mogueime, sin desconcertarse, no respondió más que esto, Mi capitán, si necesita subir otra vez a caballo de mis hombros para llegar con la espada, las manos o la escalera al adarve más alto de Lisboa, cuente conmi­go, vamos ya si quiere, pero la cuestión no es ésa, la cuestión es que queremos que se nos pague como a los extranjeros, y repare mi capitán hasta dónde lle­ga nuestra sensatez, que no vinimos aquí a pedir que se pague a los extranjeros como nos pagan a noso­tros. Los otros dos procuradores asintieron en silencio, que tal elocuencia no precisaba reiteración, y acabó la conferencia.

Livro HdCLisboaHizo Mem Ramires su informe al rey, el cual, en lo esencial, coincidía con los de otros capitanes, sugiriendo, con todo respeto, que mandase su alteza que comparecieran en su presencia los delegados del movimiento de las fuerzas armadas, que tal vez ante la majestad real se les redujese el atrevimiento y se les encogiesen los ánimos. Dudó Don Afonso Henriques en condescender, pero la situación apre­taba, en cualquier momento podían los moros darse cuenta de la inactividad de los enemigos, y, en desespero de causa, pero furioso, mandó venir a los procuradores. Cuando los cinco hombres entraron en la tienda, el rey, de cerrada catadura y con los po­tentes brazos cruzados sobre el pecho, los increpó sañudamente, No sé si mandar que os corten los pies que os han traído, o la cabeza, de donde saldrán, si a tal cosa os atrevéis, vuestras osadas palabras, y tenía los ojos llameantes puestos en el más alto de los delegados, que era, como se adivina, Mogueime. Fue hermosa cosa de ver, probablemente sólo po­sible en aquellos inocentes tiempos, cómo pareció crecer aún más la figura de Mogueime y cómo le vino clara la voz para decir, Si vuestra alteza nos manda cortar la cabeza y los pies, será todo vuestro ejército quien quedará sin pies ni cabeza. No quería Don Afonso Henriques creer a sus oídos, que un soldado de la infantería popular pretendiese reivindicar para su vil gremio méritos que sólo a la caballería de los nobles deberían ser reconocidos, que ella, sí, es ver­dadero ejército, sin que sirva la peonada más que para redondear las huestes en el campo de batalla o para hacer cordón en los cercos, como es el caso en el que estamos. Incluso así, y porque la naturaleza lo había dotado de algún sentido del humor, confor­mado, evidentemente, a las circunstancias del tiempo, encontró graciosa la respuesta del delegado, no tanto en cuanto al fondo de la cuestión, más que discutible, como por causa del feliz juego de palabras. Volviéndose hacia los cuatro capitanes, que también habían sido llamados, dijo en tono de sonriente es­carnio, Este país, por lo visto, empieza mal, y des­pués, cambiando de expresión y afirmándose mejor en Mogueime, añadió, Yo te conozco, quién eres tú, Estuve en la toma de Santarem, señor, respondió EscudoPortugalMo­gueime, y a mis hombros subió el capitán Mem Ra­mires, que ahí está, Y por eso te crees autorizado para venir aquí a protestar y a reclamar lo que no puede ser tuyo, No es por eso, señor, sino porque lo quisieron mis compañeros, de quienes, como éstos, soy voz y lengua, Y qué queréis, ellos y tú, Ya lo sabéis, señor, queremos tener parte justa en el saqueo, como quien aquí vino a dar su sangre, que, derramada, es igual en color a la de los cruzados extranjeros, como igualmente a ellos hieden nuestros cuerpos si la muerte nos toca y podrecemos, Y si yo dijese que no, que no tendréis parte en el saqueo, Enton­ces, señor, tomaréis la ciudad con los pocos cruza­dos que os quedan de los que no se fueron, Es una rebelión esto que estáis cometiendo, Señor, os ruego que no lo toméis así, y si es verdad que hay alguna ganancia en nuestro espíritu, pensad también que es acto de justicia pagar igual a igual, y que este país en principio de vida empezará mal si no empieza justo, recordad, señor, lo que ya nuestros abuelos dijeron, que lo que torcido nace no hay quien lo en­derece, no queráis que torcido nazca Portugal, no lo queráis, señor, Dónde te han enseñado a hablar así, que ni clérigo mayor, Las palabras, señor, están en el aire, cualquiera puede tomarlas. Don Afonso Hen­riques, que ya había calmado su furia, se quedó pen­sando, con la mano derecha prendida en la barba, y había en su mirada una cierta expresión de melan­colía como si dudase de tantos actos que practicara, y los otros, desconocidos, que lo esperaban en el fu­turo para valorarlo según la medida del alma con que viniese a enfrentarse con ellos, y estando así unos minutos, en un silencio que ninguno de los presen­tes se atrevía a quebrantar, dijo por fin, Marchad, luego os instruirán vuestros capitanes sobre lo que con ellos voy a decidir.

PortugalHubo fiesta en los cinco campamentos, que hasta en el Monte da Graça se perdió la timidez, cuando, reunidas las tropas en alarde, vinieron los he­raldos a anunciar la merced que hacía el rey de que a todos los soldados, sin diferencia de graduación o antigüedad, les quedaba reconocido el derecho de saqueo en la ciudad, según las costumbres y salva­guardadas las partes que correspondían a la corona y las que se habían prometido a los cruzados. Las aclamaciones fueron tantas y tan prolongadas que definitivamente se convencieron los moros de que ha­bía llegado la hora del asalto final, aunque ningunos preparativos anteriores lo hicieran esperar. Tal no sucedió realmente, pero desde lo alto de los muros pudieron ver la actividad en los campamentos, igual que las hormigas alborotadas por el súbito descubri­miento de una mesa puesta y servida a la orilla del caminillo por el que no habían hecho más que aca­rrear barbas de espigas y migajas de compango. En una hora se pusieron de acuerdo los maestros carpinteros, en dos hervían de diligencia los astilleros donde, perezosamente, la carcoma iba acabando con las torres en construcción, manera figurada de decir, pues los hilótomos y los anobios no está dotados de instrumentos de corte y perforación capaces de enfrentarse con la madera verde y vencerla, y en tres tuvo alguien la idea de que, cavando por debajo de la muralla una mina honda y llenándola de leña y pegándole fuego, el calor de aquel horno haría dilatar las piedras y desencajarse las junturas, con lo que, empujando también Dios un poco, se vendría todo al suelo en un amén. Murmuran los escépticos y los que siempre están maldiciendo de la naturaleza humana que estos hombres, antes insensibles al amor de la patria e indiferentes al futuro de las generaciones, por el amor al satánico lucro se desvelaban ahora, no sólo en el duro trabajo del cuerpo, sino también en las invisibles y superiores operaciones del alma y de la inteligencia, pero habrá que decir que rematadamente se equivocan, pues lo que allí era motor de voluntades y generador de alegrías resultaba infinitamente más del contento que en el espíritu siempre hará nacer una justicia que sea igual para todos y que de que cada uno haga desti­natario escogido de un integral e incorruptible derecho.

LisboaCerco1

Con estas nuevas disposiciones de los cristianos, que incluso a distancia se hacían patentes, empezó el desánimo a filtrarse en el ánimo de los moros, y si en la mayor parte de los casos era a la propia y necesaria lucha contra la flaqueza despuntante adonde iban a buscar fuerzas nuevas, algunos hubo que cedieron a los miedos reales e imaginados e intentaron salvar el cuerpo buscando en un preci­pitado bautismo cristiano la condenación de su islá­mica alma. Por la callada de la noche, usando cuer­das improvisadas, bajaron de las murallas y, ocultos en las ruinas de las casas del arrabal y entre los ar­bustos, esperaron al nacer del día para surgir a la luz. Con los brazos en alto, con la cuerda que les había ayudado a bajar la muralla puesta alrededor del cue­llo como señal de sujeción y obediencia, caminaron hacia el campamento, al tiempo que daban altas vo­ces, Bautismo, bautismo, creyendo en la virtud sal­vadora de una palabra que hasta entonces, firmes en su fe, habían detestado. Desde lejos, viendo a aque­llos moros rendidos, creyeron los portugueses que venían a negociar la propia rendición de la ciudad, aunque les pareciera raro que no hubiesen abierto las puertas para que salieran, ni obedecido al pro­tocolo militar prescrito en estas situaciones, y sobre todo, aproximándose más los supuestos emisarios, resultaba notorio, por lo andrajoso y sucio de las ropas, que no se trataba de gente principal, pero cuando al fin fue comprendido lo que ellos preten­dían, no tiene descripción el furor, la saña Matanzaenloque­cida de los soldados, baste decir que en lenguas, na­rices y orejas cortadas fue aquello un matadero, y, como si tanto fuese nada, con golpes, puñetazos e insultos los hicieron volver a la ciudad, algunos, quién sabe, esperando sin esperar un imposible perdón de aquellos a quienes habían traicionado, pero fue un triste caso, que todos acabaron allí muertos, apedrea­dos y acribillados a flechazos por sus propios hermanos. Después de esta trágica aventura cayó sobre la ciudad un silencio pesado, como si un luto más profundo tuviesen que purgar, tal vez el de una reli­gión ofendida, tal vez el insoportable remordimiento de los actos fratricidas, y fue entonces cuando, rompiendo las últimas barreras de la dignidad y del recato, el hambre se mostró en la ciudad en su más obscena expresión, que menor obscenidad es la exhibición de los comportamientos íntimos del cuerpo que ver extinguirse ese cuerpo por mengua de alimento bajo la indiferente e irónica mirada de dioses que, habiendo dejado de guerrear unos contra otros por ser inmortales, se distraen del aburrimiento eterno aplaudiendo a los que ganan y a los que pierden, a unos porque matan, a otros porque mueren. Por orden inverso a las edades se apagaban las vidas como candelas agotadas, primero los niños pequeños, que no encontraban ni una sola gota de leche en los pechos marchitos de sus madres y se deshacían en podredumbres interiores causadas por alimentos impropios que en último recurso les querían hacer ingerir, después los más crecidos, a quienes, para sobrevivir, no bastaba lo que los adultos se quitaban de la boca, y de éstos más las mujeres que los hombres, que ellas se privaban para que ellos pudieran llevar una última energía a la defensa de los muros, incluso así los viejos eran los que mejor resistían, tal vez gracias a la poca exigencia de cuerpos que por sí mismos se disponían a entrar leves en la muerte para no sobrecargar la barca en que atravesarán el último río. Ya entonces habían desaparecido los gatos y los perros, las ratas eran perseguidas hasta en las tinieblas fétidas donde se refugiaban, y ahora por pa­tios y jardines se raspaban las hierbas hasta las raí­ces, el recuerdo de una cena de perro o gato equiva­lía al sueño de una era de abundancia, cuando aún las personas se podían ofrecer el lujo de tirar los huesos mal descarnados. En los vertederos, ahora, se buscaban restos que diesen para el aprovechamiento inmediato o para transformarlos, por cualquier me­dio, en comida, y el ardor de la busca era tal que las últimas ratas, surgiendo de lo invisible en medio de la noche negra, casi nada encontraban que pudiese aprovechar a su voracidad indiscriminada. Lisboa ge­mía de miseria, y era una ironía grotesca y terrible que los moros tuvieran que celebrar su ramadán cuan­do el hambre hizo el ayuno imposible. 

Sura97 El destino

Sura97 texto
 

 

                                                                                                                     

       Sura 97 del Corán.   El Destino.      ¡En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso!

                1  Lo hemos revelado en la noche del Destino. 
                2. Y ¿cómo sabrás qué es la noche del Destino? 
                3. La noche del Destino vale más de mil meses. 
                4. Los ángeles y el Espíritu descienden en ella, con permiso de su Señor, para fijarlo todo. 
                5. ¡Es una noche de paz, hasta el rayar del alba! 

              

Y así se llegó a la Noche del Destino, esa de la que se habla en la sura noventa y siete del Corán que conmemora la primera revelación del profeta, y en la que, según la tradición, se revelan a su vez los acontecimientos de todo el año. Para estos moros de Lisboa, sin embargo, el destino no esperará tanto tiempo, va a cumplirse en estos días, y llegó sin ser esperado, pues no lo reveló la Noche de hace un año, o no lo supieron leer en sus arcanos, engañados por estar todavía tan al norte los cristianos, ese Ibn Arrinque de mala simiente y su tropa de gallegos. No se puede averiguar la razón por la que los moros atizaron en toda la extensión de los adarves grandes hogueras que, como una enorme corona de fuego rodeando la ciudad, ardieron durante toda aquella noche, llenando de espanto y de inquieto temor re­ligioso los corazones de los portugueses, a quienes el asombroso espectáculo por ventura haría dudar de las esperanzas de victoria si no tuvieran buena infor­mación del desespero al que habían llegado los desgraciados. Con el alba, cuando los almuédanos lla­maron a oración, las últimas columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo purísimo y, teñidas de rojo por el sol naciente, eran empujadas por una brisa suave, sobre el río, en dirección a Almada, co­mo una amenaza.

Eran, realmente, llegados los días. La exca­vación de la mina había terminado, las tres torres, la normanda, la francesa, y también la portugue­sa, cuya construcción en breve tiempo alcanzó a las otras, se levantaban cerca de los muros como gigan­tes dispuestos a alzar el puño tremendo que iría a reducir a escombros y destrozos una barrera a la que va faltando el cemento de la voluntad y de la valen­tía de quienes hasta ahora la defendieron. Sonám­bulos, los moros ven las torres que se aproximan, y TorreAsaltosienten que ya sus brazos apenas pueden levantar la espada y tensar la cuerda del arco, que los ojos turbios confunden las distancias, es la derrota que ahí viene, peor qué la muerte. Abajo, el fuego roe la muralla, de la mina salen chorros de humo, como de dragón agonizando. Y es entonces cuando en un esfuerzo final, los moros, intentando sacar de su propia desesperación las últimas energías, irrumpen por la Porta de Ferro para una vez más incendiar la torre amenazadora, que desde arriba, por estar me­jor protegida, no lograrían destruir. De un lado y otro se mata y muere. El fuego llega a prender en la torre, pero el incendio no se propagó, los portugueses la defienden con furia igual a la de los moros, aunque hubo un momento en el que, aterrorizados, heridos unos y otros fingiéndolo, dejando las armas o con ellas vestidos, algunos huyeron lanzándose al agua, una vergüenza, menos mal que no hay aquí cruzados para registrar la cobardía y llevar de ella afrentosa noticia al extranjero, que es donde las fa­mas se hacen o se pierden. En cuanto a Fray Rogei­ro, no hay peligro, anda de observación por otros parajes, si alguien le ha delatado lo que aquí pasó, siempre podremos argumentar, Cómo puede estar tan seguro, si no estaba allí. Flaquearon a su vez los moros, los portugueses de mayor coraje avanza­ban ahora, pidiendo auxilio a todos los santos y a la Virgen Santa María, y, o por esto, o porque todos los materiales tienen un límite de resistencia, lo cierto es que con tremendo estruendo se vino aba­jo el muro, abriéndose un boquete enorme, por el que, disipados humo y polvo, se podía al fin ver la ciudad, las calles estrechas, las casas apiñadas, la gente presa de pánico. Los moros, amargados por el desastre, retrocedieron, se cerró la Porta de Ferro, era igual, que otro vano se había desgarrado casi al lado, para él no hay puerta, a no ser, tan precaria, los pechos de los moros que surgen para cubrir la abertura, con desesperada ira que hace vacilar de nuevo a los portugueses, menos mal que la torre de aquí pudo al fin alcanzar el muro, al tiempo que un alarido de miedo y agonía se oía en la otra par­te de la ciudad, eran las otras dos torres embistiendo AllhuAkbarcontra la muralla, y haciendo puentes por donde los soldados, gritando, Sus, sus, a ellos, invadían los adarves. Lisboa estaba ganada, se había perdido Lisboa. Tras la rendición del castillo, se estancó la sangría. Sin embargo, cuando el sol, descendiendo hacia el mar, tocó el nítido horizonte, se oyó la voz del almuédano de la mezquita mayor clamando por última vez desde lo alto, donde se había refugia­do, Allahu akbar. Se estremecieron las carnes de los moros a la llamada de Alá, pero la llamada no llegó al fin porque un soldado cristiano, de más celosa fe, o pensando que aún le faltaba un muerto para dar por terminada su guerra, subió corriendo al almi­nar y de un tajo degolló al viejo, en cuyos ojos cie­gos relampagueó una luz en el momento de apagár­sele la vida.

 Son las tres de la madrugada. Raimundo Silva posa el bolígrafo, se levanta lentamente, ayudándose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, como si de repente le hubieran caído encima todos los años que tiene por vivir. Entra en el dor­mitorio, que una luz débil apenas ilumina, y se des­nuda cautelosamente, evitando hacer ruido, pero de­seando en el fondo que María Sara se despierte, para nada, sólo para poder decirle que la historia ha lle­gado a su fin, y ella, que al fin no estaba durmien­do, le pregunta, Has acabado, y él respondió, Sí, he acabado, Y cómo termina, Con la muerte del almué­dano, Y Mogueime, y Ouroana, qué les ha pasado, Supongo que Ouroana volverá a Galicia, y Mogueime irá con ella, y antes de partir encontrarán en Lisboa un perro escondido que los acompañará en el viaje, Por qué crees que se van, No lo sé, por lógica debie­ran quedarse, Qué más da, quedamos nosotros. La cabeza de María Sara descansa en el hombro de Raimundo, con la mano izquierda él le acaricia el pelo y el rostro. Tardaron en dormirse. Bajo el alpende del mirador respiraba una sombra.

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Fragmentos de libros. FAHRENHEIT 451 de Ray Bradbury   Final II

 

Editorial:  PlazaYJanés          Acceso/Volver al Final I de "Fahrenheit 451": CortezaConifera177 
 

Continúa:

...

- Conoce usted mi nombre -observó Montag

Granger señaló un televisor portátil que había junto al fuego.

    - Hemos visto la persecución. Nos hemos figurado que huiría hacia el Sur, a lo largo del río. Cuando le hemos oído meterse en la selva como un alce borracho, no nos hemos escondido como solemos hacer. Hemos supuesto que estaría en el río cuando los helicópteros con las cámaras se han vuelto hacia la ciudad. Allí ocurre algo gracioso. La cacería sigue en marcha, aunque en sentido opuesto. 

- ¿En sentido opuesto?   -Echemos una ojeada.  

 Granger puse el televisor en marcha. La imagen era como una pesadilla, condensada, pasando con facilidad de mano en mano, toda en colores revueltos y movedizos. Una voz gritó:

-¡La persecución continúa en el norte de la ciudad! ¡Los helicópteros de la Policía convergen en la Avenida Ochenta y Siete y en Elm Grove Park!

Granger asintió.

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- Están inventándoselo. Usted les ha despistado en el río y ellos no pueden admitirlo. Saben que sólo pueden retener al auditorio un tiempo determinado. El espectáculo tendrá muy pronto un final brusco. Si empezasen a buscar por todo el maldito río, quizá necesitasen la noche entera. Así, pues, buscan alguna cabeza de turco para terminar con la exhibición. Fíjese. Pescarán a Montag durante los próximos cinco minutos.

- Pero cómo...  

- Fíjese.

La cámara, sujeta a la panza de un helicóptero, descendió ahora hacia una calle vacía. 

- ¿Ve eso? -susurró Granger-. Ha de tratarse de usted. Al final de esa calle está nuestra víctima. ¿Ve cómo se acerca nuestra cámara? Prepara la escena. Intriga. Un plano largo. En este momento, un pobre diablo ha salido a pasear. Algo excepcional. Un tipo extraño. No se figure que la Policía no conoce las costumbres de los pajarracos como ése, de hombres que salen a pasear por las mañanas, sólo por el capricho de hacerlo, o porque sufren de insomnio. De cualquier modo, la policía le tiene fichado desde hace meses, años. Nunca se sabe cuándo puede resultar útil esa información. Y hoy, desde luego, ha de serles utilísima. Así pueden salvar las apariencias. ¡Oh, Dios, fíjese ahí!

Los hombres que estaban junto a la hoguera se inclinaron.

En la pantalla, un hombre dobló una esquina. De pronto, el Sabueso Mecánico entró en el campo visual. El helicóptero lanzó una docena de brillantes haces luminosos que construyeron como una jaula alrededor del hombre.

Una voz gritó:

-¡Ahí está Montag! ¡La persecución ha terminado!

El inocente permaneció atónito; un cigarrillo ardía en una de sus manos. Se quedó mirando al Sabueso, sin saber qué era aquello. Probablemente, nunca llegó a saberlo. Levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sonido de las sirenas. Las cámaras se precipitaron hacia el suelo. El Sabueso saltó en el aire con un ritmo y una precisión que resultaban increíblemente bellos. Su aguja asomó. Permaneció inmóvil un momento, como para dar al inmenso público tiempo para apreciarlo todo: la mirada de terror en el rostro de la víctima, la calle vacía, el animal de acero, semejante a un proyectil alcanzando el blanco.  

HoundMontag, no te muevas! -gritó una voz desde el Cielo

La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló!

Oscuridad.

Silencio.

Negrura.

Montag gritó en el silencio y se volvió.

Silencio.

Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:

- La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux, para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que...

Granger apagó el televisor.

- No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos -murrnuró-. Diablos...

Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso.

Granger tocó a Montag en un brazo.

Etica y comunicacion- Bienvenido de entre los muertos. -Montag inclinó la cabeza. Granger prosiguió-: Será mejor que nos conozca a todos. Este es Fred Clement, titular de la cátedra Thomas Hardigan, en Cambridge, antes de que se convirtiera en una «Escuela de Ingeniería Atómica»,. Este otro es el doctor Simmons, de la Universidad de California en Los Ángeles, un especialista en Ortega y Gasset; éste es el profesor West que se especializó en Ética, disciplina olvidada actualmente, en la Universídad de Columbia. El reverendo Padover, aquí presente, pronunció unas conferencias hace treinta años y perdió su rebaño entre un domingo y el siguiente, debido a sus opiniones. Lleva ya algún tiempo con nosotros. En cuanto a mí, escribí un libro titulado Los dedos en el guante; la relación adecuada entre el individuo y la sociedad y... aquí estoy. ¡Bien venido, Montag!

- Yo no soy de su clase -dijo Montag, por último, con voz lenta-. Siempre he sido un estúpido.

- Estamos acostumbrados a eso. Todos cometimos algún error, si no, no estaríamos aquí. Cuando éramos individuos aislados, lo único que sentíamos era cólera. yo golpeé a un bombero cuando, hace años, vino a quemar mi biblioteca. Desde entonces, ando huyendo. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag?

- Sí.  

- ¿Qué puede ofrecernos?

- Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso.

Eclesiastes- El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?  

- Aquí.

Montag se tocó la cabeza.

-¡Ah! -exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza-.

-¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? -preguntó Montag.  

- Mejor que bien; ¡perfecto! -Granger se volvió hacia el reverendo-. ¿Tenemos un Eclesiastés?  

- Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.

- Montag -Granger apretó con fuerza un hombro de Montag-. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo importante que se ha vuelto de repente!  

- ¡Pero si lo he olvidado!  

- No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.

- ¡Pero si ya he tratado de recordar!  

- No lo intente. Vendrá cuando lo necesitemos. Todos nosotros tenemos memorias fotográficas, pero pasamos la vida entera aprendiendo a olvidar cosas que en realidad están dentro. Simmons, aquí presente ha trabajado en ello durante veinte años, y ahora hemos perfeccionado el método de modo que podemos recordar dar cualquier cosa que hayamos leído una vez. ¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?

- ¡Claro!

-LaRepublica Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer Marco Aurelio? Mr. Sirnmons es Marco.  

- ¿Cómo está usted? -dijo Mr. Simmons-.  

- Hola -contestó Montag-.  

- Quiero presentarle a Jonathan Swift, el autor de ese malicioso libro político, Los viajes de Gulliver. Este otro sujeto es Charles Darwin, y aquél es Schopenhauer, y aquél, Einstein, y el que está junto a mí es Mr. Albert Schweitzer, un filósofo muy agradable, desde luego. Aquí estamos todos, Montag, Aristófanes, Mahatma Gandhi, Gautama Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Thomas Jefferson y Mr. Lincoln. Y también somos Mateo, Marco, Lucas y Juan

- No es posible -dijo Montag-.  

- Sí lo es -replicó Granger, sonriendo-. También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag

- Pienso que estaba ciego tratando de hacer las cosas mi manera, dejando libros en las casas de los bomberos y enviando denuncias.  

- Ha hecho lo que debía. Llevado a escala nacional hubiese podido dar espléndidos resultados. Pero nuestro sistema es más sencillo y creemos que mejor. Lo que deseamos es conservar los conocimientos que creemos habremos de necesitar, intactos y a salvo. No nos proponemos hostigar ni molestar a nadie. Aún no. porque si se destruyen, los conocimientos habrán muerto, quizá para siempre. Somos ciudadanos modélicos, a nuestra manera especial. Seguimos las viejas vías, dormirnos en las colinas, por la noche, y la gente de las ciudades nos dejan tranquilos. De cuando en cuando, nos detienen y nos registran, pero en nuestras personas no hay nada que pueda comprometernos. La organización es flexible, muy ágil y fragmentada. Algunos de nosotros hemos sido sometidos a cirugía plástica en el rostro y en los dedos. En este momento, nos espera una misión horrible. Esperamos a que empiece la guerra y, con idéntica rapidez, a que termine. No es agradable, pero es que nadie nos controla. Constituimos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo.

- ¿De veras cree que entonces escucharán?  

- Si no lo hacen, no tendremos más que esperar. Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez. De este modo, se perderá mucho, desde luego, pero no se puede obligar a la gente a que escuche. A su debido tiempo, deberá acudir, preguntándose qué ha ocurrido y por qué el mundo ha estallado bajo ellos. Esto no puede durar.  

- ¿Cuántos son ustedes?

- Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así 1o hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentimos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades. El Capítulo 1 del WaldenThoreauWalden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Millow Farm, Maine. Pero si hay un poblado en Maryland, con sólo veintisiete habitantes, ninguna bomba caerá nunca sobre esa localidad, que alberga los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Coge ese poblado y casi divida las páginas, tantas por persona. Y cuando la guerra haya terminado, algún día, los libros podrán ser escritos de nuevo. La gente será convocada una por una, para que recite lo que sabe, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que, quizá, debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo. 

- ¿Qué hacemos esta noche? -preguntó Montag.

- Esperar -repuso Granger-. Y desplazarnos un poco río abajo, por si acaso. 

Empezó a arrojar polvo y tierra a la hoguera.

Los otros hombres le ayudaron, lo mismo que Montag, y allí, en mitad del bosque, todos los hombres movieron sus manos, apagando el fuego conjuntamente

Se detuvieron junto al río, a la luz de las estrellas.

Montag consultó la esfera luminosa de su reloj sumergible. Las cinco. Las cinco de la madrugada. Otro año quemado en una sola hora, un amanecer esperando más allá de la orilla opuesta del río.   

-¿Por qué confían en mí? -preguntó Montag-.

Un hombre se movió en la oscuridad.

- Su aspecto es suficiente. No se ha visto usted últimamente en un espejo. Además, la ciudad nunca se ha preocupado lo bastante de nosotros como para organizar una persecución meticulosa como ésta, con el fin de encontrarnos. Unos pocos chiflados con versos en la sesera no pueden afectarla, y ellos lo saben, y nosotros también. Todos lo saben. En tanto que la mayoría de la población no ande por ahí recitando la Carta Magna y la Constitución, no hay peligro. Los bomberos eran suficientes para mantener esto a raya, con sus actuaciones esporádicas. No, las ciudades no nos preocupan. Y usted tiene un aspecto endiablado. 

fahrenheit451     Se desplazaron por la orilla del río, hacia el Sur. Montag trató de ver los rostros de los hombres, los viejos rostros que recordaba a la luz de la hoguera, mustios, y cansados. Estaban buscando una vivacidad, una resolución. Un triunfo sobre el mañana que no parecía estar allí. Tal vez había esperado que aquellos rostros ardieran y brillasen con los conocimientos, que resplandeciesen como linternas, con la luz encendida. Pero toda la luz había procedido de la hoguera, y aquellos hombres no parecían distintos de cualesquiera otros que hubiesen recorrido un largo camino, una búsqueda prolongada, que hubiesen visto cómo eran destruidas las cosas buenas, y ahora, muy tarde, se reuniesen para esperar el final de la partida, y la extinción de las lámparas. No estaban seguros de que lo que llevaban en sus mentes pudiese hacer que todos los futuros amaneceres brillasen con una luz más pura, no estaban seguros de nada, excepto de que los libros estaban bien archivados tras sus tranquilos ojos, de que los libros esperaban, con las páginas sin cortar, a los lectores que quizá se presentaran años después, unos, con dedos limpios, y otros, con dedos sucios.

Mientras andaban, Montag fue escrutando un rostro tras de otro.

- No juzgue un libro por su sobrecubierta alguien-.

Y todos rieron silenciosamente, mientras se movía río abajo.

Fahren 5Se oyó un chillido estridente, y los reactores de la ciudad pasaron sobre sus cabezas mucho antes de que los hombres levantaran la mirada, Montag se volvió para observar la ciudad, muy lejos, junto al río, convertida sólo en un débil resplandor. 

- Mi esposa está allí.

- Lo siento. A las ciudades no les van a ir bien las cosas en los próximos días -dijo Granger-.

- Es extraño, no la echo en falta, apenas tengo sensación -dijo Montag-. Incluso aunque ella muriera, me he dado cuenta hace un momento, no creo que me sintiera triste. Eso no está bien. Algo debe de ocurrirme.

- Escuche -dijo Granger, cogiéndole por un brazo y andando a su lado, mientras apartaba los arbustos para dejarle pasar-.

Cuando era niño, mi abuelo murió. Era escultor. También era un hombre muy bueno, tenía mucho amor que dar al mundo, y ayudó a eliminar la miseria en nuestra ciudad; y construía juguetes para nosotros, y se dedicó a mil actividades durante su vida; siempre tenía las manos ocupadas. Y cuando murió, de pronto me di cuenta de que no lloraba por él, sino por las cosas que hacía. Lloraba porque nunca más volvería hacerlas, nunca más volvería a labrar otro pedazo de madera y no nos ayudaría a criar pichones en el patio, ni tocaría el violín como él sabía hacerlo, ni nos contaría chistes. Formaba parte de nosotros, y cuando murió todas las actividades se interrumpieron, y nadie era capaz de hacerlas como él. Era individualista. Era un hombre importante. Nunca me he sobrepuesto a su muerte. A menudo, pienso en las tallas maravillosas que nunca han cobrado forma a causa de su muerte. Cuántos chistes faltan al mundo, y cuántos pichones no sido tocados por sus manos. Configuró el mundo, hizo cosas en su beneficio. La noche en que falleció, el mundo sufrió una pérdida de diez millones de buenas acciones. 

Montag anduvo en silencio. 

- Millie, Millie -murmuró-. Millie.

- ¿Qué?

- Mi esposa, mi esposa. ¡Pobre Millie, pobre Millie! No puedo recordar nada. Pienso en sus manos, pero no las veo realizar ninguna acción. Permanecen colgando fláccidamente a sus lados, o están en su regazo, o hay un cigarrillo en ellas. Pero eso es todo. 

Montag se volvió a mirar hacia atrás.

Fahren 1«¿Qué diste a la ciudad, Montag

«Ceniza.»

«¿Qué se dieron los otros mutuamente?»

«Nada.»  

Granger permaneció con Montag, mirando hacia atrás.

      - Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. «No importa lo que hagas -decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.»

     Granger movió una mano.

- Mi abuelo me enseñó una vez, hace cincuenta años unas películas tomadas desde cohetes. ¿Ha visto alguna vez el hongo de una bomba atómica desde  cientos kilómetros de altura? Es una cabeza de alfiler, no es nada. Y a su alrededor, la soledad.

 - Mi abuelo pasó una docena de veces la película tomada desde el cohete, y, después manifestó su esperanza de que algún día nuestras ciudades se abrirían para dejar entrar más verdor, más campiña, más Naturaleza, que recordara a la gente que sólo disponemos de un espacio muy pequeño en la Tierra y que sobreviviremos en ese vacío que puede recuperar lo que ha dado, con tanta facilidad como echarnos el aliento a la cara o enviamos el mar para que nos diga que no somos tan importantes. 

«Cuando en la oscuridad olvidamos lo cerca que estamos del vacío -decía mi abuelo- algún día se presentará y se apoderará de nosotros, porque habremos olvidado lo terrible y real que puede ser.» ¿Se da cuenta? -Granger se volvió hacia Montag-. El abuelo lleva muchos años muerto, pero si me levantara el cráneo, ¡por Dios!, en las circunvoluciones de mi cerebro encontraría las claras huellas de sus dedos. Él me tocó. Como he dicho antes, era escultor. «Detesto a un romano llamado Status Quo», me dijo. «Llena tus ojos de ilusión -decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que, cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, y todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con esto -dijo-, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.» 

-¡Mire! -exclamó Montag-.

  Fahren 2Y la guerra empezó y terminó en aquel instante. 

Posteriormente, los hombres que estaban con Montag no fueron capaces de decir si en realidad había visto algo. Quizás un leve resplandor y movimiento en el cielo. Tal vez las bombas estuviesen allí, y los reactores, veinte kilómetros, diez kilómetros, dos kilómetros cielo arriba durante un breve instante, como grano arrojado desde lo alto por la enorme mano del sembrador, y las bombas cayeron con espantosa rapidez y, sin embargo con una repentina lentitud, sobre la ciudad que habían dejado atrás. El bombardeo había terminado para todos los fines y propósitos, así que los reactores hubieron localizado su objetivo, puesto sobre aviso a sus apuntadores a ocho mil kilómetros por hora; tan fugaz corno el susurro de una guadaña, la guerra había terminado. Una vez soltadas las bombas, ya no hubo nada más. Luego, tres segundos completos, un plazo inmenso en la Historia, antes de que las bombas estallaran, las naves enemigas habían recorrido la mitad del firmamento visible, como balas en las que un salvaje quizá no creyese, porque eran invisibles; sin embargo, el corazón es destrozado de repente, el cuerpo cae despedazado y la sangre se sorprende al verse libre en el aire; el cerebro desparrama sus preciosos recuerdos y muere.

Resultaba increíble. Sólo un gesto. Montag vio el aleteo de un gran puño de metal sobre la ciudad, y conocía el aullido de los reactores que le seguirían diciendo, tras de la hazaña: Desintégrate, no dejes piedra sobre piedra, perece. Muere.

Montag inmovilizó las bombas en el cielo por un breve momento, su mente y sus manos se levantaron desvalidamente hacia ellas. 

-¡Corred! -gritó a Faber, a Clarisse-. ¡Corred! -a Mildred-. ¡Fuera, marchaos de ahí!   Pero Clarisse, recordó Montag, había muerto. Y Faber se había marchado; en algún valle profundo de la región, el autobús de las cinco de la madrugada estaba en camino de una desolación a otra. Aunque la desolación aún no había llegado, todavía estaba en el aire, era tan cierta como el hombre parecía hacerla. Antes de que el autobús hubiera recorrido otros cincuenta metros por la autopista, su destino carecería de significado, su punto de salida habría pasado a ser de metrópoli a montón de ruinas.

Y Mildred...

¡Fuera, corre!

Montag la vio en la habitación de su hotel, durante el medio segundo que quedaba, con las bombas a un metro, un palmo, un centímetro del edificio. La vio inclinada hacia el resplandor de las paredes televisivas desde las que la «familia» hablaba incesantemente con ella, desde donde la familia charlaba y discutía, y pronunciaba su nombre, y le sonreía, y no aludía para nada a la bomba que estaba a un centímetro, después, a medio centímetro, luego, a un cuarto de centímetro del tejado del hotel. Absorta en la pared, como si en el afán de mirar pudiese encontrar el secreto de su intranquilidad e insomnio. Mildred, inclinada ansiosa, nerviosamente, como para zambullirse, caer en la oscilante inmensidad de color, para ahogarse en su brillante felicidad.

La primera bomba estalló. 

Mildred!   Quizá, ¿quién lo sabría nunca? Tal vez las estaciones emisoras, con sus chorros de color, de luz y de palabras, fueron las primeras en desaparecer.

Montag, cayendo de bruces, hundiéndose, vio o sintió, o imaginó que veía o sentía, cómo las paredes se oscurecían frente al rostro de Millie, oyó los chillidos de ella, porque, en la millonésima de segundo que quedaba, ella vio su propio rostro reflejado allí, en un espejo en vez de en una bola de cristal, y era un rostro tan salvajemente vacío, entregado a sí mismo en el salón, sin tocar nada, hambriento y saciándose consigo mismo que, por fin, lo reconoció como el suyo propio y levantó rápidamente la mirada hacia el techo cuando éste y la estructura del hotel se derrumbó sobre ella, arrastrándole con un millón de kilos de ladrillos, de metal, de yeso, de madera, para reunirse con otras personas las colmenas de más abajo, todos en rápido descenso hacía el sótano, donde finalmente la explosión le libraría de todo a su manera irrazonable.

Fahr Trailer

Recuerdo. Montag se aferró al suelo. Recuerdo. Chicago. Chicago, hace mucho tiempo, Millie y yo. ¡Allí fue donde nos conocimos! Ahora lo recuerdo. Chicago. Hace mucho tiempo.

La explosión sacudió el aire sobre el río, derribó a los hombres como fichas de dominó, levantó el agua de su cauce, aventó el polvo e hizo que los árboles se inclinaran hacia el Sur. Montag, agazapado, haciéndose todo lo pequeño posible, con los ojos muy apretados. Los entreabrió por un momento y, en aquel instante, vio la ciudad, en vez de las bombas, en el aire. Habían permutado sus posiciones. Durante otro de esos instantes imposibles, la ciudad se irguió, reconstruida e irreconocible, más alta de lo que nunca había esperado ser, más alta de lo que el hombre la había edificado, erguida sobre pedestales de hormigón triturado y briznas de metal desgarrado, de un millón de colores, con un millón de fenómenos, una puerta donde tendría que haber habido una ventana, un tejado en el sitio de un cimiento, y, después, la ciudad giró sobre sí misma y cayó muerta.

El sonido de su muerte llegó más tarde.

Tumbado, con los ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar: recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo, y por ninguna parte había «Dentífrico Denharn», era tan sólo el Predicador entregado a sí mismo, erguido allí en su mente, mirándole... 

- Allí -dijo una voz-.

Los hombres yacían boqueando como peces fuera del agua. Se aferraban a la tierra como los niños se aferran a los objetos familiares, por muy fríos y muertos que estén, sin importarles lo que ha ocurrido o lo que puede ocurrir; sus dedos estaban hundidos en el polvo y todos gritaban para evitar la rotura de sus tímpanos, para evitar el estallido de su razón, con las bocas abiertas, y Montag gritaba con ellos, una protesta contra el viento que les arrugaba los rostros, les desgarraba los labios y les hacía sangrar las narices.

Fahren 4Montag observó cómo la inmensa nube de polvo iba posándose, y cómo el inmenso silencio caía sobre el mundo. Y allí, tumbado, le pareció que veía cada grano de polvo y cada brizna de hierba, y que oía todos los gritos y voces y susurros que se elevaban en el mundo. El silencio cayó junto con el polvo, y sobre todo el tiempo que necesitarían para mirar a su alrededor, para conseguir que la realidad de aquel día penetrara en sus sentidos.

Montag miró hacia el río. «Iremos por el río. -Miró la vieja vía ferroviaria-. O iremos por ella. O caminaremos por las autopistas y tendremos tiempo de asimilarlo todo. Y algún día, cuando lleve mucho tiempo sedimentado en nosotros, saldrá de nuestras manos Y nuestras bocas. Y gran parte de ella estará equivocado, pero otra será correcta. Hoy empezaremos a andar y a ver mundo, y a observar cómo la gente anda por ahí Y habla, el verdadero aspecto que tiene. Quiero verlo todo. Y aunque nada de ello sea yo cuando entren, al cabo de un tiempo, todo se reunirá en mi interior, y será yo. Fíjate en el mundo, Dios mío, Dios mío. Fíjate en ese mundo, fuera de mí, más allá de mi rostro, y el único medio de tocarlo verdaderamente es ponerlo allí donde por fin sea yo, donde estén la sangre, donde recorra mi cuerpo cien mil veces al día. Me apoderaré de ella de manera que nunca podrá escapar. Algún día, me aferraré con fuerza al mundo. Ahora tengo un dedo apoyado en él. Es un principio.»

El viento cesó.

Los otros hombres permanecieron tendidos, no preparados aún para levantarse y empezar las obligaciones del día, las hogueras y la preparación de alimentos, los miles de detalles para poner un pie delante de otro pie y una mano sobre otra mano. Permanecieron parpadeando con sus polvorientas pestañas. Se les podía oír respirando aprisa; luego, más lentamente...

Montag se sentó.

Sin embargo, no se siguió moviendo. Los otros hombres le imitaron. El sol tocaba el negro horizonte con una débil pincelada rojiza. El aire era fresco y olía a lluvia inminente.  

 En silencio, Granger se levantó, se palpó los brazos, las piernas, blasfemando, blasfemando incesantemente entre dientes, mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Se arrastró hacia el río para mirar aguas arriba.  

-Está arrasada -dijo mucho rato después-. La ciudad parece un montón de polvo. Ha desaparecido. -Y al cabo de una larguísima pausa se preguntó-¿Cuántos sabrían lo que iba a ocurrir? ¿Cuántos se llevarían una sorpresa?

«Y en todo el mundo -pensó Montag-, ¿cuántas ciudades más muertas? Y aquí, en nuestro país, ¿cuántas? ¿Cien, mil?»

Alguien encendió una cerilla y la acercó a un pedal de papel que había sacado de un bolsillo. Colocaron el papel debajo de un montoncito de hierbas y hojas, y, al cabo de un momento, añadieron ramitas húmedas que chisporrotearon, pero prendieron por fin, y la hoguera fue aumentando bajo el aire matutino, mientras el sol se elevaba y los hombres dejaban lentamente de mirar al río y  eran atraídos por el fuego, torpemente, sin nada que decir, y el sol iluminó sus nucas cuando se inclinaron.

Granger desdobló una lona en cuyo interior había algo de tocino.

- Comeremos un bocado. Después, daremos media vuelta y nos dirigiremos corriente arriba. Tal vez nos necesiten por allí.

Alguien sacó una pequeña sartén, y el tocino fue a parar a su interior, y empezó a tostarse sobre la hoguera. Al cabo de un momento, el aroma del tocino impregnaba el aire matutino. Los hombres observaban el ritual en silencio.  

Granger miró la hoguera.  

AveFenix- Fénix

- ¿Qué?  

- Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer. Conocemos todas las tonterías que hemos cometido durante un millar de años, y en tanto que recordemos esto y lo conservemos donde podamos verlo, algún día dejaremos de levantar esas malditas piras funerarias y a arrojamos sobre ellas. Cada generación habrá más gente que recuerde.

Granger sacó la sartén del fuego, dejó que el tocino se enfriara, y se lo comieron lenta, pensativamente.   

-Ahora, vámonos río arriba -dijo George- Y tengamos presente una cosa: no somos importantes. No somos nada. Algún día, la carga que llevamos con nosotros puede ayudar a alguien. Pero incluso cuando teníamos los libros en la mano, mucho tiempo atrás, no utilizamos lo que sacábamos de ellos. Proseguimos impertérritos insultando a los muertos. Proseguimos escupiendo sobre las tumbas de todos los pobres que habían muerto antes que nosotros. Durante la próxima semana, el próximo mes y el próximo año vamos a conocer a mucha gente solitaria. Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: «Estamos recordando.» Ahí es donde venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos. Vamos, ahora. Ante todo, deberemos construir una fábrica de espejos, y durante el próximo año, sólo fabricaremos espejos y nos miraremos prolongadamente en ellos.  

Terminaron de comer y apagaron el fuego. El día empezaba a brillar a su alrededor, como si a una lámpara rosada se le diera más mecha.  

En los árboles, los pájaros que habían huido regresaban y proseguían su vida.

PuñoFuegoMontag empezó a andar, y, al cabo de un momento, se dio cuenta de que los demás le seguían, en dirección Norte. Quedó sorprendido y se hizo a un lado, para dejar que Granger pasara; pero Granger le miró y, con un ademán, le pidió que prosiguiera. Montag continuó andando. Miró el río, el cielo y las vías oxidadas que se adentraban hacia donde estaban las granjas, donde los graneros estaban llenos de heno, donde una serie de personas habían llegado por la noche, fugitivas de la ciudad. Más tarde, al cabo de uno o de seis meses, y no menos de un año, Montag volvería a andar por allí solo, y seguiría andando hasta que alcanzara a la gente.  

Pero, ahora, le esperaba una larga caminata hasta el mediodía, y si los hombres guardaban silencio era porque había que pensar en todo, y mucho que recordar. Quizá más avanzada la mañana, cuando el sol estuviese alto Y les hubiese calentado, empezarían a hablar, o sólo a decir las cosas que recordaban, para estar seguros de que seguían allí, para estar completamente ciertos de que aquellas cosas estaban seguras en su interior, Montag sintió el leve cosquilleo de las palabras, su lenta ebullición. Y cuando le llegara el turno, ¿qué podría decir, qué podría ofrecer en un día como aquél, para hacer el viaje algo más sencillo? Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar. Sí, todo. Pero, algo más. ¿Qué más? Algo, algo...  

Y, a cada lado del río, había un árbol de la vida, con doce clases distintas de frutas, y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían para curar a las naciones. 

 «Sí -pensó Montag-, eso es lo que guardaré para mediodía. Para mediodía ... »

  «Cuando alcancemos la ciudad.»  

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Fragmentos de libros. HISTORIA DEL CERCO DE LISBOA de José Saramago  Final I:

Nuestra portada:
AscenEiffeNoctur 
 
VOZ DE LA FOTO.  Desde hace más de un siglo sube y baja personas desde la Baixa hasta el Chiado y viceversa. Desde su altura puedes observar las calles por las que Bernando Soares se pensaba para luego escribir en una vieja taberna lisboeta que “la Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiera pensar, se pararía” (Fernando Pessoa. Livro do Desasosego)  
Elevador de Santa Justa (Elevador do Carmo). Lisboa.   © LCJ
 
  

Finales de libros

...

... Han pasado más de dos meses desde que se inició el cerco, tres meses del pago de la última soldada. Ha­bía esperado mucho Don Afonso Henriques, como en su tiempo fuimos informados, de las artes de ingeniería militar del caballero Enrique, y también de aquellos franceses y normandos no nombrados, pe­ro la desastrosa muerte del santo hombre, aunque madre de otros prodigios, y la destrucción de la to­rre que debería atacar el muro sur de la Porta de Ferro, hicieron, en toda la gente, que el entusiasmo bélico pasara de fuego vivo a lumbre blanda, como es posible observar por lo atrasado que está el trabajo de aquellos extranjeros y por las interminables discusiones en que vienen gastando su tiempo los maes­tros carpinteros portugueses, que no logran poner­se de acuerdo sobre si más vale repetir tal cual la obra del alemán, respetando la patente, o introducir en ella modificaciones estructurales, por así decir, que den a la torre un toque nacional...

...

Continuar  final    (Continuar con el final de "Historia del cerco de Lisboa" )
 

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Fragmentos de libros. IMÁN de Ramón J. Sénder  Final:

 

Finales de libros

...

DIECISÉIS

Cuatro días y tres noches de viaje. El paisaje frío, concreto e inexpresivo, y por la noche una negra y abstracta España irresponsable en la sombra de la ventanilla.

Viance entró por Málaga, blanca y azul. Su único equipaje, dos cajetillas de tabaco, se lo quitaron en la aduana. Hasta coger la línea general, los trenes eran viejos y míseros y los vagones hervían en un resol de podredumbre. Los viajeros se daban con las rodillas, estaban demasiado próximos y mirarse a la nariz horas y horas era demasiado estúpido. Uno le preguntó si la condecoración era pensionada. Viance mintió: dijo que sí, y un catalán se puso a explicar que al contribuyente le salían caras esas quincallas. En la línea general, los coches atestados. Al cambiar, en Madrid, el viaje se hizo ya insufrible. Sólo la costumbre de la disciplina podía dulcificarlo un poco.

Por fin, a solas en el vagón de un tren secundario que le conducía a la estación de término, mirando la estepa seca y oscura, recobró la conciencia de sí mismo. «Nadie me espera, esta tierra no es la que yo recordaba, la que yo dejé. Todo es extraño. Y, sin embargo, tengo prisa por llegar y me conmueve la idea de que estoy cerca». Tiene deseos de verse ya en la carretera, andando los veinte kilómetros de comarca áspera y estéril para buscar, tras un repliegue, su pueblo, Urbiés, en el que no sabe aún lo que hará, cómo reanudará la vida. Es igual. Ha recorrido España de punta a cabo. Ha visto llanuras, montañas, como en África, y labradores altivos y taciturnos, como los moros. Igual, igual que allá. Pero, ¿por qué los de aquí son tan sumisos? ¿Basta el estrecho de Gibraltar, una «manga de agua», para hacerlos cambiar de esta manera? Sus intuiciones son muy vagas. Lucha histórica del godo contra el africano. La aristocracia del Norte, confabulada con los judíos en un amasijo de catolicismo, contra el hermano de África, gemelo del español primitivo y hermano mayor del auténtico español moderno. El caso de España es el mismo que el de Marruecos. La aristocracia goda «corre los moros» y busca títulos de grandeza, y en España corre a los españoles y busca títulos de la Deuda de acuerdo con los auténticos bárbaros del Norte. Por ignorarlo, se pierde su razón en laberintos. Lo cierto es -concluye- que todo, en este regreso a España, tiene un aspecto absolutamente nuevo y sombrío.

SelloSenderCuando marchó a Marruecos fue bien distinto. Había un impulso juvenil, una conciencia optimista. Eran regocijadas las viejas que lloraban en las estaciones al despedir a sus hijos, a sus nietos. El tren militar, desordenado y alegre. Robó vasos y botellas en las estaciones para lanzarlos después contra los guardabarreras. El humo de las chimeneas aldeanas hablaba de salud, de vida hogareña confortable y segura. Había una fuerza nueva en el traqueteo del tren, en los puentes metálicos que quedaban atrás prendidos de rumores, en la canción y en la bota de vino. Iba a la guerra. Con palabras que sonaban al «mío Cid», algunos viejos taciturnos comentaban desde el andén, haciendo apenas perceptible su ironía:

-¡Al moro, muchachos, al moro!

En una cantina robó una silla y tuvo un gran éxito en el vagón. Otro robó un orinal y lo traía puesto en la cabeza como un yelmo grotesco. Todo era alegría, confianza, seguridad en sí mismo y en el mañana. Hoy…

El tren para. Es una estación muy pequeña. Gallinas, por el andén, tiestos de albahaca en un ventanuco. Un labrador se despide de su mujer subiendo con garbo aventurero. Del carricoche desvencijado que hay junto al camino se acerca un jornalero arrastrando el cabo de un látigo.

- ¡Que vuelva pronto y con salú! Eso es lo que hace falta.

Ella tiene en los ojos un arrobo erótico. Se le va el macho. Viance los contempla. Arranca el tren. La mujer grita adioses casi epilépticos.

- ¡Estas mujeres…! -dice el labrador sentándose satisfecho.

Viance prevé a la esposa entregándose al jornalero del látigo con el mismo arrobo en los ojos. El labrador le parece un bendito de Dios. No ve en las mujeres sino el vicio y la maldad; en los hombres una cobardía o una estupidez dañinas. Sin embargo, ellas y ellos, al mismo tiempo -y eso es lo terrible-, viven y se desenvuelven en un plano superior, firme, ascendente, seguro.

El labrador desenvuelve un papel, saca una tortilla dentro de un pan, corta la mitad y se la ofrece en silencio. Viance duda, aturdido. Los ojos firmes del labrador pesan sobre los suyos reposadamente:

SoboALaBota- Coma usted en paz, que luego le dará un sobo a la bota.

Viance acepta sin gratitud, con cierto receloso despego. El otro pregunta.

- ¿Cuánto tiempo lleva en el moro?

- Vengo licenciao.

- ¿Eh?

Viance se esfuerza en alzar la voz:

- ¡Vengo licenciao!

- ¿Tres años? Dice que sí. No se atreve a confesar los recargos sufridos, porque son patente de mala conducta.

- Dos hijos tengo yo.

- ¿Dos hijos? Si tiene usted dos hijos, procure que no vayan a la guerra.

- ¿Qué puede hacer uno contra eso? -replica con aire escéptico.

- ¡Matarlos!

El labrador se queda muy sorprendido y Viance rectifica, poniéndose colorado:

-O enviarlos a las Américas.

El campo sigue girando a ambos lados del tren dentro del marco de las ventanillas. Dos enormes discos de gramófono. En el uno hay una jota y en el otro un largo y lento mugido. El labrador estira el pescuezo hacia afuera:

CanalBardenas- Mire usted el canal de las Bárdenas.

-¿Ya han llegao aquí las obras?

 -¡Y si sigue usté p'alante, verá mucho más! Algunos cientos de millones van gastaos. Desde marzo, contando lo de todas las obras, se sale a millón diario.

Viance bebe en la bota. Vino fluido, áspero y fuerte, que parece pasar a las venas hirviendo. Un zumbido remoto y agudo. Ganas de hablar. Torpedad de la lengua y un no saber dónde poner los ojos. Una mosca resbala por el cristal aleteando. Viance la aplasta con el dedo, suelta a reír y se limpia en el pantalón. El labrador mira a otro lado, aprieta los dientes. La bota no se ha aflojado apenas; sigue tersa y henchida. Pero Viance está borracho.

Baja. Ya en el andén, se detiene un momento. El cristal de una puerta refleja su guerrera entallada, su guerrera de oficial lavada, remendada y encogida sobre los sucios pantalones. La criada de la estación lo mira un momento extrañada, llama a otra y ambas sueltan a reír. Viance se aturde: quiere decir un cumplimiento y dice una obscenidad. El instinto de venganza predomina sobre el deseo de cortesía. Se molestan, y Viance oye sus dicterios cuando ya ha cogido el camino, a la espalda de la estación.

El campo, el paisaje, no son lo que se figuraba en Marruecos. No hay tanta diferencia entre aquel campo y éste. Matas, tomillo, tierra parda, blanca y alguna vez rojiza. Cuervos, lo mismo que allá. Esperaba que esta tierra le hablara al corazón. En su sorpresa desconcertante hay un punto de gravedad. Sabe a dónde va, por primera vez, después de tanto tiempo. Lleva un rumbo, una dirección. Va al pueblo. Los rincones donde transcurrió su infancia, la vieja casa, los campos que cultivó con su padre, el mismo cementerio, pequeño; un corralillo no mayor que los otros con el portalón de madera resquebrajada y la crucecilla encima. El camino no es nada, hay que andarlo sin reconocerlo, sin querer comprender tampoco su dulzura ni su aspereza. Andar, andar hacia el pueblo. Allí le bastará con oír los gorriones en las retejeras y ver el aire especial que recorta y encuadra cada calle.

Azuara    Vuelve a tender la mirada en torno. Allá arriba está el castillo. Tiene un aspecto desolado y frío. En sus ruinas Viance acechaba a las aves de rapiña otros tiempos. Un poco más abajo, en el muladar de Bicar -el pueblo inmediato al suyo-, acostumbraba a esperarlas oculto junto a la carnaza, provisto de una esquila y un collar de cuero. Cuando algún buitre se le acercaba lo suficiente, se lanzaba sobre él. Necesitan correr unos diez metros antes de alzar el vuelo y entretanto lo atrapaba, luchaba a brazo partido y cuando conseguía colgarle la esquila al cuello lo soltaba. Después, en la plaza del pueblo, veían navegar sobre el azul un pájaro sonando una esquila y Viance recogía la gloria en el entusiasmo de los otros muchachos y en la aprobación regocijada de los hombres.

Estos recuerdos se producen ya fuera de sí mismo, como si se refirieran a otra persona muy diferente. Acelera el paso. «Parece mentira -piensa-: espera uno que se va a volver loco cuando llegue el momento y luego todo se sucede tontamente y las cosas más importantes no son nada». Acelera más el paso. Insensiblemente, le da una regularidad militar, y en sus oídos hay un eco de trompetas.

Se sienta, fastidiado, en la cuneta, y mira con rencor a ambos lados. El monte, el valle, el cielo, los árboles, los pájaros, todos van a lo suyo con una frialdad irritante. Es natural, en medio de todo. También él iría a lo suyo; pero ya no sabe qué es lo suyo, qué interés primordial tienen para él las cosas. Ese hombre que llega con aire decidido e indiferente es, sin duda, un pobre diablo. Pasa hambre entre los hambrientos, frío y calor a la intemperie mudable; su mujer lo desprecia, sus amos lo tratan como a un pobre animalejo; un día, con cualquier pretexto, lo abrirán en canal y lo clavarán en un poste del telégrafo, como hacían en Marruecos. Está gordo. Los cuervos hallarían en sus entrañas más condumio que en las de aquellos desdichados que estaban a la entrada de un blocao cerca de Dríus. Y, sin embargo, se afana y lucha, trabaja.

ContrucciónBlocao- ¡Vaya con Dios! ¿Tiene un cigarro? -pide con una insospechable costumbre de mendigo.

El desconocido lo mide con los ojos y sigue adelante, dejando caer unas palabras:

- No lo gasto.

… Y hasta ti ene cierta vanidad social, cierta satisfacción de hombre serio. En el fondo, se considera persona importante. «Persona importante», repite riendo. Se levanta y echa a andar de nuevo. Un kilómetro, otro, mecánicamente. De pronto se para:

«¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy yo? Porque nada de esto es mi tierra. ¿Yo soy un forastero?».

Un automóvil llega velozmente y se detiene a su lado. Lo llaman, saluda militarmente. El chófer le pregunta si lleva buen camino para Azuara:

- ¡Sí, señor! A la vuelta, aparecerá Bicar: luego, tuerce por un camino antes de llegar a Urbiés, que es mi pueblo, y sigue hasta Azuara, que es el tercero.

- ¿Vas tú allí?

- Sí, señor; a Urbiés.

Uno de los viajeros le dice que puede subir e ir indicándole al conductor el camino.

El chófer advierte:

- ¿Estás con licencia?

- No, señor. Vengo de Marruecos.

- Entonces debes ir cosido de piojos.

Viance quiere explicar:

- ¡Hombre, yo…!

Pero el chófer no le oye. Dice a los de dentro:

- Sé ya por dónde, señor; no hace falta -y arranca.

PuebloBajoElAguaAl anochecer llega al cruce de dos caminos vecinales, después de haberse desviado de la carretera. Cien pasos más y aparecerá abajo la rinconada del valle, el campanario. He ahí el montón de piedras bajo el cual dicen que fue enterrado un salteador de caminos. La costumbre romana se mantiene, y todo el que pasa arroja su piedra. Viance corre, salva en dos saltos el último trecho y se asoma, por fin, al valle con impaciencia. Abajo hay una laguna quieta, sucia, que espejea bajo la última luz. ¿Y el pueblo? Vuelve a mirar en torno. La impresión es tan honda que se resuelve en una estúpida indiferencia. El pueblo está ahí, debajo de esas aguas quietas. Al oír arriba un chirrido de vagonetas comprueba la infamia. Han expropiado el pueblo para hacerlo desaparecer en uno de los embalses del plan de riegos. Urbiés está debajo.

Su casa, el suelo que pisaron sus padres, todo es ahora limo, barro, algas. Le han robado su pueblo. Aquellos recuerdos vivos que flotaban en las esquinas, en el pozo de la plaza, en la abadía, y que eran el punto de partida de toda su vida han desaparecido para siempre.

Un impulso oscuro le hace descender hacia el agua, se detiene de pronto junto a un torrente de argamasa que baja no se sabe por dónde, y una voz grita desde arriba:

- ¡Eh, pasmao!

Asoman vagonetas. Viance sube lleno de una curiosidad desesperada. Arriba, la curiosidad insolente de los obreros le contiene:

- ¿A dónde iba usted? -pregunta uno, mascando la colilla.

- ¡Ahí, a mi pueblo!

- ¿A su pueblo?

- Sí. A Urbiés.

- ¿Sabe usted nadar?

Los demás ríen.

- Lo menos tiene quince metros de agua encima. ¿Es que se dejó olvidado algo?

Vuelven a reír. Ahora ríe también Viance; pero su risa conmueve al que lleva el freno del convoy.

- El pantano de Urbiés -explica éste- coge toda la hondonada y sigue hacia abajo más de diez kilómetros. Allá está la presa principal. Como han cegao algunos barrancos y han abierto vaguadas el agua se ha ido acumulando ahí; pero eso no es nada pa lo que ha de ser. Los del pueblo se fueron a trabajar a Barcelona. Alguno queda en las obras, ¿verdá?

- Sí, pero están en Tormos. Dos familias creo que andan en la Violada. Si quieres venir ahí, a Urbiés, puedes montar en las vagonetas.

- ¿Urbiés? -insiste Viance desconcertado.

- Los papeles del Ayuntamiento y todo lo demás ha pasao al poblao obrero de esta zona, que es como si fuera el mismo Urbiés, o mejor aún, porque éste tiene café cantante y puedes tomar vermú y todo el copón.

Grandes barracas de madera, de ladrillo, donde se hacinan los obreros igual que los soldados en los cuarteles. De vez en cuando, pequeños pabellones con escaleras voladas de hierro. Todo provisional, frío, sin carácter.

-¿Esto es Urbiés? -pregunta Viance con risa abobada.

Un grupo de obreros jóvenes se acerca. Viance, más lamentable en su indumento, la guerrera corta con talle casi femenino, se detiene. Cantan aquí y allá. Los jovenzuelos traen ganas de camorra. Uno grita:

-¡Viva el ejército!

Y otro, atiplando la voz, rectifica:

Melicia- ¡El ejército, no! ¡La melicia, la señora melicia!

Viance se yergue:

-¿Quién ha sido el hijo de…?

Uno, avanza:

-¡Yo! ¿Qué pasa?

Tiene un gran éxito. Todos están pendientes de la reacción de Viance. En cuanto lo ven dudar, lo clasifican con fallo inapelable. Viance quiere protestar; pero su voz apenas sale de la garganta, y es lo primero que denuncia su mezquindad física, su inferioridad. Al lado de esos mozalbetes, es un viejo enfermo, inútil. «¿Para qué?», piensa. Todo es tan lejano e indiferente que sería una estupidez liarse a golpes. «¿Para qué?». Duda, vacila aún. Alguien dice torpemente:

-¡No llores, hombre! ¡Vamos a tomar una copa!

Ríen los demás. Viance se deja arrastrar a la cantina. Uno le ladea el gorro de un manotazo, otro le arranca la condecoración y Viance, creyendo que se le había caído, se pone a buscarla; enciende una cerilla, se quema los dedos, palpa la tierra a oscuras con las manos. Se arma un alboroto enorme. Empujones, risas, insultos

Cuando se da cuenta Viance, está en el café. Los obreros llenan la barraca por completo. En un extremo se alza un tabladillo de madera al nivel de las mesas. En el fondo hay una colcha rameada de amarillo y verde. De vez en cuando sale una mujer -camisa rosa, nariz pelada de herpes- y ondula torpemente, acompañada por un viejo que manotea el piano. Lleva la clientela cal en las ropas, barro en las manos, en la cara.

Viance pasa sin mirar a nadie. Se siente vértice de la curiosidad del cafetín, objeto de ironías mordaces. ¿Por qué? Cuando se ve solo en una mesa lejana, respira tranquilo. Junto al tabladillo han quedado los jovenzuelos, con ojos salaces. Apenas puede reflexionar sobre los últimos sucesos. Entre retazos de música y gañidos de la cupletista, va hilvanando su desconcierto: «El pueblo, Urbiés, muerto bajo el pantano; las sepulturas de sus padres, sepultadas a su vez bajo el agua sucia: todo borrado, todo desvanecido en el aire para siempre». Antes, hasta en los momentos peores de la campaña, tenía una base moral firme: su niñez, su pueblo, los campos familiares, las calles, los niños de entonces, hechos ya hombres. Ahora cree pisar sobre la niebla, sobre el aire. Su vida comienza en el infinito, sin base, sin donde poner los pies para tomar impulso.

AlfonsoXIIIxLaGdeDiosTiene setenta céntimos. ¿Y trabajo? ¿Será fácil aquí encontrar trabajo? En la mesa de al lado le contesta casualmente la afirmación de un labriego:

- Peones no quieren ni uno. Sobra personal en todas partes y sólo admiten a los que vienen con una mula y un carro por lo menos.

Viance prende una mirada de perro en las tres bombillas que lucen envueltas en gasa azul. Se siente suspendido en el aire, como un ahorcado. La cuerda es el secreto que guarda en lo hondo de los ojos, un secreto que lo eleva sobre los demás; pero lo eleva -¡ay!- por la garganta. ¿Vivir, amar, triunfar? Ese secreto ha roto ya la raíz de todos los impulsos, le ha asomado a la gran indiferencia fatalista que rige la vida de los planetas deshabitados, de los planetas muertos.

La cancionista sale ahora entonando «La cruz del Mérito», cuplé patriótico muy popular que habla del soldado ciego acogido por los brazos de su novia. La cupletista lleva sobre la teta izquierda, prendida en la camisa, la medalla de Viance. Cuando marca el paso con exagerados meneos la medalla oscila a compás. El estribillo dice:

 

El corazón de las mujeres

y las trompetas de la Fama

al ver pasar a los soldados,

repiten siempre: ¡Viva España!

 

E insiste tres veces en ese «¡Viva España!», con modulaciones flamencas, moviendo las caderas.

****

Leer fragmentos de "Imán".....:     Imán

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Fragmentos de libros. FAHRENHEIT 451 de Ray Bradbury   Final  I

Nuestra portada:
PielDeConiferaBarrio790b
He aquí el tronco escamoso, rojizo, fuerte y recto de un arbol ornamental: el lilandi. Pero este es un arbol sucio, sin domesticar, solitario, asilvestrado, quizás casual; que se ha elevado hasta los 15 metros en un jardincillo raquítico y polvoriento, casi pegado a un bloque de casas y enfrente del club nocturno del barrio, el Bombón.
Y ha venido aquí esta imagen y no ninguna otra porque la hemos encontrado una relación extraña con este párrafo de Farenheit 451 y que es de lo que más nos gusta de este final: «Y algún día, cuando lleve mucho tiempo sedimentado en nosotros, saldrá de nuestras manos Y nuestras bocas. Y gran parte de ella estará equivocado, pero otra será correcta. Hoy empezaremos a andar y a ver mundo, y a observar cómo la gente anda por ahí Y habla, el verdadero aspecto que tiene. Quiero verlo todo. Y aunque nada de ello sea yo cuando entren, al cabo de un tiempo, todo se reunirá en mi interior, y será yo. Fíjate en el mundo, Dios mío, Dios mío. Fíjate en ese mundo, fuera de mí, más allá de mi rostro, y el único medio de tocarlo verdaderamente es ponerlo allí donde por fin sea yo, donde estén la sangre, donde recorra mi cuerpo cien mil veces al día. Me apoderaré de ella de manera que nunca podrá escapar. Algún día, me aferraré con fuerza al mundo. Ahora tengo un dedo apoyado en él. Es un principio.»  
El tronco de un ciprés de Leylan ("Lilandi") en un barrio del distrito 28019, Madrid   © LCJ
 

Finales de libros

... Montag retrocedió entre las sombras.

- No tema -dijo la voz-. Sea usted bienvenido.

Montag se adelantó lentamente hacia el fuego, y hacia los cinco viejos allí sentados, vestidos con pantalones y chaquetas de color azul oscuro. No supo qué decirles.

- Siéntese -dijo el hombre que parecía ser el jefe del pequeño grupo-. ¿Quiere café?

Montag contempló la humeante infusión que era vertida en un vaso plegable de aluminio y que seguidamente pusieron en sus manos. Montag sorbió cautelosamente el brebaje y se dio cuenta de que los hombres le miraban con curiosidad. Se quemó los labios, pero aquello resultaba agradable. Los rostros que le rodeaban eran barbudos pero las barbas eran limpias, pulcras, lo mismo que las manos. Se habían levantado como para dar la bienvenida a un invitado, y, entonces, volvieron a sentarle. Montag sorbió el café.  

- Gracias -dijo-. Muchísimas gracias.  

- Sea usted bienvenido, Montag. Yo me llamo Granger.

- El hombre alargó una botellita de líquido incoloro-. Beba esto también. Cambiará la composición química de su transpiración. Dentro de media hora olerá como otra persona. Teniendo en cuenta que el Sabueso le está buscando, lo mejor es esto.

Montag bebió el amargo líquido.

- Apestará como una comadreja, pero no tiene importancia -dijo Granger-.

...

Continuar FINAL       (Continuar con el final de "Fahrenheit 451")

 

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