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Fragmentos de libros. IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de M.Elvira Roca Barea  FINAL II:

 

Editorial:  SiruelaEdiciones     Acceso/Volver al Final I de "Imperiofobia y leyenda negra": ToroLlevaCaballo177  


 
Continúa.

  

    ... La idea la compartieron por igual liberales y conservadores en la España de la segunda mitad del siglo XIX por razones que hemos procurado explicar. Concentrémonos en este punto: es una evidencia para la opinión pública occidental que el Norte es laborioso y el Sur, despilfarrador, y que en la presente crisis el pobre Norte está pagando las desastrosas políticas de los países del Sur. Así, en 2013 se publica en España Europa a la deriva del periodista Gavin Hewitt, que venía de ser un gran éxito en lengua inglesa. Según Hewitt, esta crisis es un duelo entre el Norte frugal y el Sur derrochador[** Gavin Hewitt, Europa a la deriva, Madrid: Alianza Editorial, 2013.].

     Conviene aquí detenerse un momento en el caso griego, porque constituye una suerte de parábola moral de mucha enjundia. Cuando en las elecciones del 25 de enero de 2015 ganó en Grecia el partido Syriza, cualquier periódico servía como ejemplo del sentir general: un pueblo idiota que se ha dejado engañar por las promesas demagógicas de un partido indigno de credibilidad y que finalmente terminará por toparse con la realidad austera e implacable de la Europa seria. SyrizaEngañar para ganar elecciones no es una excepción en democracia, sino más bien la norma. A fin de cuentas no hay mucha diferencia entre vender un candidato o cualquier tipo de mercancía. Ya se nos ha olvidado que George Bush llegó a la presidencia de Estados Unidos por un fraude electoral. Pero los trapos sucios del Norte se airean poco. Son siempre una excepción en una normalidad de buena gestión y ejemplar democracia. En cambio, el Sur vive en un estado de tropiezo permanente. Es como un error congénito.

    Damos por sentado que Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical, debe atenerse a lo firmado con las autoridades financieras europeas e internacionales por el gobierno de Samaras, el anterior primer ministro, y por los de antes de Samaras, esto es, por los que han llevado a Grecia a la quiebra. Ya nadie recuerda las peticiones de la opinión pública griega (intelectuales, medios de comunicación, asociaciones cívicas…) para dar una solución «a la islandesa» a la crisis que acababa de estallar. Recordemos que en Islandia los bancos no fueron rescatados con dinero público y sus directivos fueron a prisión por haber abusado irresponsablemente de la confianza de los ciudadanos.

      Recordemos que Islandia dejó morir a tres de los cuatro bancos que operaban en el país (Kaupthing, Landsbanki Islands y Glitnir), pero esto no evitó que fuera necesaria una quita de en torno al 70 por ciento del capital adeudado. Islandia pudo hacer esto porque no está en la zona euro y, por tanto, puede tomar decisiones como devaluar su moneda para hacerla competitiva. «Si estuviéramos fijados al euro… tendríamos que sucumbir a las leyes de Francia y QuemaLandsbarAlemania», declaró David Oddsson, director del Banco Central de Islandia, cuando se hizo saber a la opinión pública internacional que los prestamistas extranjeros no iban a poder recuperar más que un 10 o un 15 por ciento de sus inversiones[** David Ollsson, Wall Street Journal, 17-octubre-2008. Daniel Chartier, La spectaculaire déroute de l’Island, Presses de L’Université du Québec, 2010. Es un buen ejemplo de rendida admiración hacia los islandeses por exactamente lo mismo que se ha denigrado e insultado a los griegos. Aparte de eso, tiene interés.]. Sin embargo, esto no convirtió a los islandeses en PIGS. Nadie piensa de ellos que son unos vagos y unos irresponsables por haberse endeudado exageradamente. Es más, parece que todo el mundo admira el valor con que los islandeses decidieron tomar el toro por los cuernos y romper las reglas de juego del mundo financiero internacional al decidir no pagar sus deudas.  

     Pero cuando los griegos quisieron hacer lo mismo, esas mismas autoridades financieras que aceptaron el envite islandés se negaron a permitirlo, entre otras razones porque los grandes bancos, en su mayoría alemanes, eran el principal acreedor de Grecia. Y Grecia no podía (ningún país de la Unión Europea puede) tomar esa decisión libremente. De manera que los griegos se enfrentan al vendaval con una mano atada a la espalda y un pie en un cepo. Para empezar no tienen control de ninguna clase sobre la moneda protagonista de esta crisis financiera: el euro. Hans-Werner Sinn, presidente de IFO (Instituto de Investigación Económico Alemán, que es como la patronal alemana) considera que si Grecia hubiera salido del euro hace cinco años estaría ahora mucho mejor. Entonces, ¿por qué no sale Grecia del euro? Porque el euro es la moneda de Alemania y una fuente de ingresos inapreciable. Por cada euro que sale de Alemania, vuelven dos (datos del IFO).

       Grecia es un país del que no hay que fiarse. Ni de Grecia ni de Italia ni de Portugal ni de Irlanda ni de España (PIGS). ¿Qué tienen en común las naciones que forman tan heterogéneo grupo? Que no son protestantes. ¿Y cómo se ha llegado a la conclusión de que no hay que fiarse de ellos? ¿Esto es algo que se sabe desde hace poco o desde hace mucho? ¿Qué datos de la experiencia avalan este convencimiento que nadie, ni en el Sur ni en el Norte, pone en duda? Expondremos algunos ejemplos para ilustrar esos «datos de la experiencia» que toda Europa parece conocer por ciencia infusa.  

     Cuando acabó la Primera Guerra Mundial se fijaron las indemnizaciones de guerra que Alemania debía pagar en 132.000 millones de marcos, es decir, 2,8 veces el PIB alemán de 1913 (47.000 millones de marcos) y cinco veces el francés. Es una cifra importante que hubiera puesto en apuros a cualquiera, pero no a Alemania. Porque no pagó. Rápidamente las potencias ganadoras recortaron la cantidad en un 60 por ciento (sin duda una buena quita) y el pago anual se redujo a 2.000 millones de marcos, algo más del 4 por ciento del PIB. Pero esto solo se pagó un año, porque rápidamente se decretó una moratoria para renegociar. Un complejo sistema de ingeniería financiera se puso en marcha para que Alemania no pagara sus deudas sin que nadie acusara a Alemania de no hacerlo. Los griegos, como son una raza inferior, no merecen tanto. Es difícil encontrar un texto en el que no se diga que los alemanes «no podían» pagar sus deudas o en el que se les infravalore por ello. En cambio, en cualquier tertulia televisiva o escrito periodístico se lee que los griegos «no quieren» pagar las suyas. Pero volvamos a lo principal. Como los alemanes no pagaban, el estadounidense Charles Gates Dawes vino a echar una mano por cuenta estadounidense, lo que se PlanDawescondensó en el llamado Plan Dawes (1924): préstamos a bajo interés, ayudas a fondo perdido, inversiones estadounidenses a gran escala[** A. G. Kenwood y A. L. Lougheed, Historia del desarrollo económico internacional, Madrid: Akal, 1995, págs. 275 y ss.]. Los 2.000 millones pasaron a 800 millones anuales. Pero esto tampoco fue suficiente. La crisis de 1929 puso de manifiesto hasta qué punto era grande la dependencia económica de Alemania con respecto a Estados Unidos. Si esto es una verdad molesta, pero irrefutable para muchos países europeos, en el caso de Alemania la dependencia llega al mero existir. Alemania existe solo porque Rusia existe y Estados Unidos necesita que esté ahí, si no ya habría acertado a morir en alguno de esos suicidios que organiza cada cierto tiempo. Lo asombroso es el espejismo que considera que una nación que ha tenido que ser completamente reconstruida dos veces en menos de un siglo con dinero extranjero sea considerada un dechado de cualidades admirables y no como un socio sospechoso. Hasta los años setenta, más de sesenta aviones estadounidenses aterrizaban diariamente en Berlín (tinta, papel higiénico, monederos… cualquier cosa) para que nada faltara a la población alemana. La reconstrucción de la universidad y de todas sus instalaciones la pagaron los dólares yanquis, que la estuvieron costeando a fondo perdido hasta esa década. 

        En 1929 hubo de nuevo que renegociar la deuda alemana. Esta vez se hizo bajo los auspicios de Owen D. Young por parte estadounidense. Siempre el paraguas estadounidense. La cantidad que había que pagar se redujo de nuevo (otra quita) en un tercio y se escalonó el pago de lo restante a lo largo de cincuenta y nueve años. Paralelamente, Alemania recibió el préstamo Young por un montante de 1.200 millones de marcos a un 5,5 por ciento de interés, con vencimiento a los treinta y cinco años, para reflotar el Banco Central Alemán. No tuvo que acudir al mercado internacional de deuda y, por tanto, no hubo prima de riesgo. Pero Alemania tampoco pagaba en estas más que favorables condiciones. Se creó el Banco de Pagos Internacionales dirigido por el francés Pierre Quesney para lidiar con este toro porque la reestructuración de Young tampoco daba resultado. En 1932 Francia terminó renunciando al pago de las compensaciones de guerra, por aburrimiento. Xavier Lépine, presidente del Consejo Ejecutivo de La FBisInDieDritterançaise AM, apostilla: «Sin embargo, la historia de la deuda alemana y, por ende, de la ayuda —también involuntaria— de sus acreedores no termina ahí. Los préstamos Dawes y Young seguían vigentes y a partir de 1934, con la llegada de los nazis al poder, sumada a verdaderas dificultades económicas, cesaron el pago de las obligaciones. Diecinueve años más tarde, en 1953, se firmó un nuevo tratado con los alemanes y se canjearon los préstamos Dawes y Young por otros nuevos con una quita del 40 por ciento (no comment…), que se reembolsaron en 1969 y 1980, respectivamente…, cincuenta años después de su emisión y con un tipo de interés reducido (en torno al 5 por ciento frente a una inflación del 10 por ciento) sobre un principal amputado en un 40 por ciento»[** Xavier Lépine, «La deuda alemana y Europa: una larga y curiosa historia», publicado el 16 de julio de 2012 en www.fundspeople.com/noticias/tribuna. Consultado el 19 de junio de 2015.]. No está mal para el socio más digno de confianza de la Unión Europea y poder hegemónico indiscutible ahora mismo en Europa, y más destacadamente en la zona euro donde España está. Su deuda soberana se ha financiado prácticamente al cero por ciento en la crisis que todavía padecemos y que estalló en 2007. A pesar de ello, no ha podido evitar el estancamiento.

     Pero no acaba aquí la historia. Acabada la Segunda Guerra Mundial se firmaron acuerdos en 1953 que preveían el pago de lo debido al menos hasta 1945, porque lo anterior se refiere solo a los préstamos Dawes y Young. Sin embargo, Alemania no cumplió estos acuerdos[698 Timothy W. Guinnane, «Financial Vergangenheits bewältigung: the 1953 Debt Agreemant», Center Discussion Paper 880, enero de 2004, en http://econ.yale.edu/egcenter/. Consultado el 27 de junio de 2015.]. La República Federal Alemana se negó a abonar los intereses impagados sobre las obligaciones debidas por Alemania en el periodo 1945-1952. El argumento esgrimido por la República RFA RDAFederal Alemana era que la República Democrática Alemana no pagaba y que, por lo tanto, no iba ella sola a cargar con la deuda. Tampoco se pagaron los 10.000 millones de marcos que los griegos se vieron en la obligación de prestar manu militari a la Alemania nazi[** Hein A. M. Klemann y Sergei Kudryaslov, Occupies Economies: An Economic History of Nazi-Occupies Europe, 1939-1945, Londres y Nueva York: Berg, 2012]. Se añadió entonces una cláusula según la cual Alemania solo pagaría en caso de unificación. Y ahí quedó la cosa hasta 1990, en que Alemania comenzó de nuevo a pagar una deuda que tenía ya casi ochenta años. Los intereses impagados se liquidaron a un módico 3 por ciento en una época en que los intereses giraban en torno al 10 por ciento. El principal se pagó el 3 de octubre de 2013. Casi cien años después, tras varias quitas y con una etapa de más de cuarenta años sin pagar nada y recibiendo ayudas a fondo perdido. Si se diesen estas condiciones, ¿no serían capaces los griegos de pagar sus deudas? No hay que ser superhombres para hacerlo.

    El hecho es que el mundo entero cree, contra toda evidencia, que Alemania paga sus deudas. Alemania ha recuperado la virtud (los protestantes nunca la pierden) tras el traspiés de la Segunda Guerra Mundial, que no fue más que un mal momento. Los malos que no pagan son los mediterráneos e irlandeses, esto es, los católicos u ortodoxos. En cualquier caso, no protestantes. Actúan los primeros de acuerdo a su naturaleza inmoral e inferior, y los segundos, como corresponde a la suya, es decir, de manera respetable y virtuosa.

       ¿Por qué el prestigio de Alemania no se ha visto mermado por lo expuesto arriba? Porque el cotarro internacional que crea y destruye opinión pública lo maneja el mundo protestante. En los países que no lo son, la propaganda es un instrumento que se maneja mal, torpemente. Si a esto añadimos que no existe en ellos ley de silencio como mecanismo social de opinión pública, entenderemos por qué la buena reputación protestante nunca se pierde. Pero es que aquellos que se ven perjudicados por las políticas de acrecentamiento de la deuda con el euro como mecanismo de control tampoco saben usar adecuadamente la información. La mayor parte de la opinión pública ignora estos hechos, y aquellos que están en la obligación de conocerlos o no los saben o no saben qué hacer o están tan aplastados por sus complejos que no atinan a nada. Esta información hubiera debido aparecer en todos los medios de comunicación de los países perjudicados por el aumento desmesurado y artificial de las primas de riesgo, no una vez o dos, sino un día sí y otro también, hasta que no quedara un solo griego, un solo italiano, un solo español o un solo portugués que no la supiera. Repetirla hasta la saciedad, hasta que impregne el ambiente con tal espesura que sea imposible respirar sin reaccionar. No contra nadie sino a favor de nosotros mismos.

       Banco Central EuropeoLas autoridades económicas de la Unión Europea, bajo hegemonía alemana, están mucho menos interesadas en superar la crisis que en conseguir que los bancos que financiaron las burbujas del sur (especialmente alemanes) recobren los créditos concedidos irresponsablemente. El argumento lógico sería que ni siquiera los prestamistas más detestables están blindados contra los impagos. Sin embargo, en este caso es así. Y el euro es el conjuro que hace posible este milagro. Un procedimiento inédito en la historia occidental se ha inventado para estos prestamistas: la transformación de la deuda privada en deuda pública. Es muy simple. El crédito a bajo interés y con grandes facilidades hace que aumente la deuda privada, porque familias, empresas pequeñas y grandes aprovechan la coyuntura para mejorar su situación. Se crea una burbuja crediticia que finalmente estalla. Los gobiernos, para evitar las quiebras bancarias, se endeudan para ayudar a los bancos. Y ya tenemos la deuda privada convertida en deuda soberana. Añadamos a esto que el Banco Central Europeo presta dinero no a los Estados, sino a los bancos a muy bajo interés (1 por ciento y menos, por ejemplo), y que los bancos utilizan ese dinero para comprar deuda pública al 3, 4 y 5 por ciento o más. Más las primas de riesgo que se puedan arañar manipulando el mercado de deuda. El negocio es redondo. ¿Para quién? Para los mismos bancos que provocaron esta crisis prestando irresponsablemente. Los ciudadanos terminan pagando la deuda bancaria transformada en pública y las ayudas terminan sirviendo a los bancos para comprar la deuda que ellos han producido, pero a mucho mayor interés. 

       Friedrich Ebert StiftungLa Fundación Friedrich Ebert, ligada a la socialdemocracia alemana y famosa en España por haber financiado ilegalmente al PSOE de Felipe González en los años setenta y ochenta, publicó en 2012 un informe donde se dibujan los posibles escenarios que podemos encontrar en Europa tras la crisis. El más destacable es el que se denomina «síndrome del Mezzogiorno». Presenta un grupo unificado de territorios que mantienen el euro con Alemania en el centro, y España e Italia divididas en varios fragmentos, algunos de los cuales se habrían adherido a esta Europa fuerte y, otros, los que están más al sur, no. Se menciona específicamente a Cataluña y el norte de Italia. Se ve que se despistaron un poco y se olvidaron de La Rioja, que es la comunidad autónoma más rica. 

        Para terminar este esbozo comparativo de las deudas griegas y alemanas y de la actitud de la comunidad internacional ante ellas, nos referiremos brevemente a lo sucedido después de la Segunda Guerra Mundial con los dineros que los alemanes debían a los griegos. Cuando la guerra termina, se condena a Alemania a indemnizar a Grecia con 7.000 millones de dólares por los daños causados durante la ocupación de 1941-1944. Como era de esperar, esta indemnización jamás se pagó. Los argumentos alemanes fueron los esperados. Como la RDA no pagaba, la RFA tampoco. A esto se llamó, con mucho arte, argumento de la discontinuidad del Estado. Cuando se produjo la reunificación, los griegos, haciendo gala de una gran generosidad y comprensión, consideraron el hecho como una etapa nueva en la historia de Alemania y decidieron olvidar la reclamación de la deuda. ¿Bonito, no? La cantidad no era pequeña precisamente. Esos 7.000 millones de dólares al interés de la tasa de inflación estadounidense desde 1946 dan la hermosa cifra de 80.000 millones de hoy día. Si se aplica la tasa de interés del bono americano, la cifra es mucho mayor y sacaría a Grecia de bastantes apuros. El argumento de la discontinuidad del Estado, que fue totalmente tomado en serio por la comunidad internacional, no fue el único empleado por Alemania para no pagar. Se usó otro aún más absurdo, el de los «materiales». Alemania, al parecer, había llevado muchos «materiales» (¿se refiere a los panzer y las minas antipersona con que sembraron los campos del Peloponeso?) a Grecia y se habían quedado allí, de lo cual los griegos tenían que estar más bien agradecidos. En fin, todo esto ha ocurrido. Aunque parezca mentira, ha ocurrido.       

WhatCrisis Imagen incluida en el libro: Portada del  disco Crisis? What crisis? de Supertramp

 

    Tampoco en el caso de Gran Bretaña demostró la comunidad internacional desconfianza ni se oyeron reproches descalificadores. Los británicos, como los islandeses, nunca podrían ser PIGS. En 1976, James Callagham, primer ministro de Gran Bretaña, tuvo que enfrentarse a una gravísima crisis. Había síntomas bastante evidentes, pero nadie la vio venir. La libra esterlina se desplomó y el gobierno comenzó a tener dificultades para colocar la deuda. Con un ingreso fiscal decreciente, pronto no hubo dinero para hacer frente a los gastos corrientes. Callagham tuvo que solicitar un préstamo urgente (rescate) al Fondo Monetario Internacional para evitar la suspensión de pagos. La cantidad fue de 2,3 billones de libras esterlinas. Era el préstamo más grande jamás concedido por el FMI[** Véase www.telegraph.co.uk/comment/columnists/benedict-brogan/6410123/thedebt-crisis-of-1976-offers-a-vision-of-the-blood-sweat-and-tears-facing-DavidCameron.html. Consultado el 28 de julio de 2015.]. Para que nos hagamos una idea de lo que esta cifra representaba en este año, el PIB de Francia era de 335.548 millones de euros y el de Gran Bretaña de 208.260 millones. La inflación estaba en el 27 por ciento y el paro en más del 20 por ciento. Las duras condiciones que este organismo impuso fueron vistas en Gran Bretaña como una auténtica humillación nacional. Fuera de Gran Bretaña, uno de los artículos más duros fue el editorial de The Wall Street Journal (29-abril-1975) titulado «Goodbye, Great Britain»: «The British government is now so clearly headed toward a policy of total confiscation that anyone who has any wealth left is discounting furiously at any chance to get it out of the country […]. Goodbye, Great Britain. It was nice knowing you». Pero ni en este ni en otros textos en la prensa internacional se acusó a Gran Bretaña de estar chupando la sangre a la comunidad internacional ni se los llamó piratas ni se la asoció a ningún animal cuyo nombre sea un insulto[** El artículo, que tuvo una gran repercusión, se transformó luego en un libro: Kathleen Burk y Alec Cairncross, Goodbye Great Britain. The 1976 IMF Crisis, New Haven: Yale University Press, 1992.]. Es más, toda la comunidad internacional lamentó unánimemente las fatigas que estaban pasando los británicos, nadie les culpó de aquella crisis ni demostró desconfianza en Gran Bretaña para superar su deuda. De esta unanimidad en la confianza y el respeto hizo gala El País, que en un editorial titulado «La economía británica o cómo salir de la crisis» (25-septiembre-1977) demostraba una fe inquebrantable en la capacidad de los ingleses y veía por todas partes brotes verdes que anunciaban la recuperación económica. Nada más lejos de la realidad. Al otoño de 1977 siguieron tiempos aún más duros, y eso que Gran Bretaña contaba con algo que Grecia no tiene: petróleo en el mar del Norte. El invierno de 1978 a 1979 se conoce como «the Winter of Discontent», unos meses terribles de paro, huelgas y desórdenes públicos.

       ¿Eran culpables los ingleses de aquel tropiezo? Tanto como lo son ahora quienes tienen problemas para financiar su deuda soberana. Y estuvo bien que la comunidad internacional demostrara comprensión y confianza en ellos. Sin embargo, ¿por qué en circunstancias semejantes se desata un vendaval de descalificaciones e insultos hacia otros países? Porque cuando aprieta el zapato en los países protestantes de Europa, el hábito es recurrir a un procedimiento de autodefensa que se conoce como «chivo expiatorio» y que permite echar las culpas fuera. En otro tiempo la culpa de todos los males propios la tuvieron el Imperio español y la Iglesia católica. Uno y otra sirvieron para justificar desde el racismo religioso al racismo científico. Una parte importante del éxito económico de las sociedades protestantes se debe a haber inventado la propaganda, en primer lugar, y saber usarla en beneficio propio, lógicamente. Con ella se desarrolló otro mecanismo paralelo: el chivo expiatorio. Esta es la viga maestra de la cosmovisión y autorrepresentación protestante. Ante cualquier apuro, se pone en marcha un mecanismo de propaganda interesada que busca lo más sencillo: que sean otros los que paguen la mayor parte de los platos rotos. Ahora esos otros son naturalmente los pueblos no protestantes de la Unión Europea. Los viejos prejuicios anticatólicos e hispanófobos son aventados de nuevo para proteger el bolsillo lo más posible. No nos hemos convertido en PIGS o GIPSY gratuitamente, en un momento de creatividad periodística.

Pigs

Imagen incluida en la libro. Españoles representados como cerdos.
 
Grabado holandés anónimo del siglo XVI, Ingrid Schulze Schneider, La leyenda negra de España. 
Propaganda en la guerra de Flandes (1566-1584), Madrid: Ed. Complutense, 2008, pág. 112.  

       Esta manera ofensiva y agresiva de afrontar los problemas es el primer paso hacia el éxito. El economista Ricardo Aronskind señala: «Llamarlos PIGS no es una humorada. Es el comienzo de una campaña denigratoria, no precisamente con fines éticos. La ideología de las finanzas internacionales parte de la base de que el sistema económico mundial es justo y moral. Sus voceros presentan a los prestamistas como una especie de Cruz Roja que acude en solidaria ayuda de aquellos que la requieren. Una organización moderna que se desvive por asistir a los débiles, a los necesitados (de crédito). Lamentablemente, estos solícitos y prudentes hombres de negocios se tropiezan reiteradamente con… PIGS. Frente a la seriedad, surge la irresponsabilidad. Frente a la eficiencia, la impericia. Frente a la honorabilidad, el pecado bajo la forma de corrupción, desorden, despilfarro. Si alguien ha llegado a ser un PIG, es porque debido a sus desmanejos ha terminado archiendeudado. Por lo tanto, merece sufrir. Si esos países extraviados están siendo arrojados en el camino del ajuste, de los salarios miserables, del desempleo, de la migración forzosa, del estancamiento, es porque son PIGS»[** Disponible en www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-4232-2010-0329.html. Consultado el 12 de junio de 2015].

       No es nada nuevo. Las turbulencias financieras que buscan subordinar económicamente a un país y transformar el Estado en una mera herramienta de recaudar para pagar deuda van necesariamente precedidos de un periodo de denigración colectiva. Se convence a propios y extraños de que la población de ese país es la culpable de los males que se le vienen encima y que, en cambio, hay un mundo serio y respetuoso que viene a meterlos en vereda, por su mala cabeza. Se monta una campaña de denigración que transforma a los que van a ser saqueados en los culpables del saqueo. Para ello es importantísimo proceder a la destrucción de la autoestima nacional de forma que se asuma que son los propios pecados y no las aventuras financieras descontroladas de otros los que han llevado a la situación de endeudamiento.

      El acrónimo PIGS existía desde antes de la crisis, al menos desde mediados de los noventa, pero tenía poco uso. Lo habían empleado Newsweek, The Economist o The Times, pero es Financial Times el que lo populariza. Hace referencia a la frase hecha «flying pig» (cerdo que vuela). Se usa también la expresión «economía porcina». Pero si hay un ambiente pig, un ámbito falto de seriedad y de ética en nuestro mundo global, ese es el del conglomerado denominado Las Vegas Group, un grupo financiero integrado por grandes corporaciones como Goldman Sachs, que tan destacado papel ha tenido en Grecia; agencias de calificación de riesgo como Standard & Poor’s, Fitch y Moody’s, y medios de comunicación afines a ellos como Wall Street Journal, The Economist, Financial Times, The Times, Daily CasinoCapitalismTelegraph y Fox News principalmente. La economista inglesa Susan Strange (London School of Economics) denominaba a este tipo de actividad financiera especulativa «capitalismo de casino», y fue de las primeras en advertir a finales de los setenta de que se estaba abriendo una brecha peligrosísima entre la capacidad de control del mundo financiero por los estados-nación y el mercando financiero globalizado[** Susan Strange, Casino Capitalism, Manchester: Manchester University Press, 1997.]. Esta brecha no ha hecho más que ensancharse en el caso de la Europa Occidental conforme los Estados han ido perdiendo poder a favor de la Unión Europea, y esta no ha creado mecanismos capaces de poner en vereda estos poderes económicos omnímodos que campan por sus respetos y pueden poner a un Estado contra las cuerdas en cuanto ven dificultades en el horizonte. Si disminuyen las ganancias, alguien va a pagar la factura y no van a ser ellos.

      La leyenda negra y sus tópicos eran un artefacto disponible para ser usado urbi et orbi en el contexto de la crisis de la deuda. Otra vez se ha desempolvado el viejo monigote, ya casi una reliquia, pero tan útil como siempre. ¿Hay algún hecho de la experiencia que permita comprender por qué la prima de riesgo de Alemania se ha mantenido alrededor de cero y la española ha llegado a alcanzar el 3 por ciento? De la fiabilidad alemana hemos tratado más arriba. Ahora conviene que, para acabar, nos ocupemos de la in-fiabilidad española.

DolarEpocaImagen inclída en el libro. Dólar estadounidense de la época de Benjamin FranklinDólar estadounidense 
de la época de Benjamin Franklin emitido con la garantía del real de a ocho español.
 

      En la época contemporánea nos encontramos con que el manejo de la deuda externa en el siglo XIX es un desastre en la recién nacida España. Simplemente no tiene experiencia en acudir a ese mercado persa que es el mundo financiero internacional como estado-nación. El imperio recién muerto se ha financiado siempre a su manera. Era rentable prestarle dinero y cuando no podía pagar, imponía las condiciones de sus impagos sin que esto supusiera un gran problema. El real de a ocho era la moneda de aquel imperio y lo sobrevivió con creces. Esta moneda tuvo varios nombres: peso de a ocho, peso duro, peso fuerte o dólar español. El más usado es el de real de a ocho[** Es lo que grita el loro de Long John Silver en La isla del tesoro: «¡Piezas de a ocho, piezas de a ocho!».]. Empezó a acuñarse tras la reforma monetaria de 1497 y en el siglo XVIII se convirtió en la primera divisa de uso mundial. En Estados Unidos fue moneda de curso legal hasta 1857. Se le llamaba allí Spanish dollar y equivalía a un dólar americano. De hecho, al principio los dólares USA eran garantizados con reales de a ocho.

         Como anécdota diremos que hasta 1997 se mantuvo la costumbre en el mercado bursátil estadounidense de vender y comprar acciones en octavos, por el real de a ocho que era la divisa de garantía cuando comenzó a funcionar Wall Street. Con semejante moneda, no había mucho problema de financiación. Durante más de tres siglos el real de a ocho no solo fue moneda internacional, sino que también fue el principal producto de exportación en los Estados del norte, las Antillas, Filipinas, China, Japón, Indochina, Corea, India y los estrechos malayos. Se utilizaba en las transacciones comerciales con Oriente, Inglaterra y Francia. Uno de los principales mercados del real de a ocho fue China y los pueblos asiáticos, que aceptaban esta moneda por su valor intrínseco, y la consideraban como una mercancía sujeta a la ley de la oferta y la demanda. El prestigio internacional del real de a ocho hizo que la tomaran como único medio de cambio del comercio internacional para comerciar con Oriente y obtener té, sedas, marfil, etcétera. Cuando China emitió su primera moneda de plata, el tahel, en 1899, lo hizo según el modelo español del real Talerode a ocho. La unidad del comercio mundial hasta el siglo XIX fue el real de a ocho, que precedió a la libra esterlina de oro inglesa y al dólar de plata estadounidense en su hegemonía financiera mundial. El real de a ocho, como divisa reconocida, sirvió de cambio en las amplias rutas del tráfico mercantil y abrió la puerta a la formación liberal. Asombrosamente, todavía a finales del siglo XIX el papel del real de a ocho seguía siendo competitivo en Oriente, y allí desplazó y superó a otras unidades de plata, como el dólar USA, el dólar británico, el yen japonés, el tálero de María Teresa de Austria, la piastra francesa, la rupia de la India, el chelín inglés de plata. La moneda del imperio tuvo mucha más vida que él. Le pasó como al Cid, que ganaba batallas después de muerto. Fallecida la Monarquía Católica Universal, el real mantuvo su poder competitivo y era la moneda reserva que se atesoraba en China, India y Medio Oriente. [** Guillermo Céspedes Castillo, «El real de a ocho, primera moneda universal», en Carmen Alfaro y otros (coords.), XIII Congreso Internacional de Numismática, Madrid: Ministerio de Cultura, 2005, págs. 1751-1760. María Ruiz Trapero, «El real de a ocho: su importancia y trascendencia», en Susana Cabezas y María del Mar Royo (eds.), IV Jornadas Científicas sobre Documentación de Castilla e Indias en el siglo XVI, Madrid: CEMA, 2005, págs. 357-370. Contiene interesantes imágenes.].

      Pero ahora aquel imperio que hizo posible el real de a ocho ya no existe. La pequeña España, con una deuda enorme después de las guerras napoleónicas, ni siquiera tiene mecanismos de administración adaptados a su nueva situación como parte disgregada de un imperio. Tampoco las nuevas repúblicas latinoamericanas los tienen y padecerán un largo calvario con la deuda, calvario que está muy lejos de haberse acabado. Serían muy largas de contar ahora las tentativas, los ensayos y los errores cometidos por los distintos gobiernos decimonónicos. Baste decir que JuanBravoMurillohubo varias quiebras y también algunos intentos que estuvieron a punto de salir bien, como el de Bravo Murillo, pero no pudieron cuajar. Los ingleses y los holandeses, que habían tenido sus grandes dificultades para financiarse, habían aprendido ya a finales del siglo XVII que había que garantizar los préstamos, porque si no lo hacían con total fiabilidad, no había quien les prestara dinero. Los nuevos españoles tardan algo más de medio siglo en aprender a manejarse en su nueva situación, pero aprenden[** Bartolomé Yun y Francisco Comín, «Spain: from compositive monarchy to nation-state, 1492-1914. An exceptional case?», en Bartolome Yun y P. O’Brien (eds.), The Rise of the Fiscal State in Eurasia. A Global History, 1500-1914, Cambridge: Cambridge University Press, 2012, págs. 233-267.]. Veamos cómo.

      El punto de máxima tensión política y económica se alcanza con el Tratado de París que pone fin a la guerra con Estados Unidos. Es también el punto álgido de la deuda. Las condiciones que los estadounidenses impusieron a España en diciembre de 1898 fueron muy duras. El país tiene que asumir, no ya su propia deuda, lo cual es razonable, sino también la deuda de los territorios secesionados. Recordemos que Alemania había dejado de pagar con el argumento de la discontinuidad del Estado. Mayor discontinuidad que esta no cabe. El hecho es que con la deuda cubana asumida, el montante total alcanza el 123,6 por ciento del PIB. En marzo de 1899 es nombrado un nuevo FdezVillaverdegobierno que preside Francisco Silvela con Raimundo Fernández Villaverde como ministro de Hacienda. Sobre las bases del plan trazado por el anterior ministro, Joaquín López Puigcerver, y su director general de Deuda Pública, Estanislao García Monfort, Villaverde acomete reformas draconianas y consigue reducir la deuda al 76,7 por ciento del PIB[** Bartolomé Yun y Francisco Comín, «Las crisis de la deuda pública en España (siglos XVI-XIX)», Actas del X Congreso Internacional de la AEHE (8, 9 y 10 de septiembre de 2011).]. La aplicación de las reformas de Villaverde y su continuación en el tiempo fueron muy positivamente valoradas dentro y fuera de España. Su plan ha sido calificado como «la obra de más amplio reconocimiento en la historia moderna de España»[** Jordi Maluquer de Motes, España en la crisis de 1898. De la Gran Depresión a la modernización económica del siglo XX, Barcelona: Península, 1999, pág. 17.]. En 1920 la deuda pública española había descendido al 44,4 por ciento y la peseta se había fortalecido tanto que era un problema.  

      La otra gran crisis de deuda se produce con la Guerra Civil, pero ya en agosto de 1939, con el nuevo gobierno todavía en Burgos, José Larraz López, ministro de Hacienda, hace saber a los acreedores que las deudas se van a comenzar a pagar inmediatamente. Y se hace, en muy pocos años además. A la muerte de Franco en 1975 la deuda está en mínimos históricos, el 7,3 por ciento del PIB. [** Enrique Fuentes Quintana, «José Larraz», en F. Comín, P. Martín-Aceña y J. M. Serrano Sanz (eds.), La Hacienda en sus ministros. Franquismo y democracia, Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 1997, págs. 1-15.] Es aproximadamente por estas fechas cuando quiebra Gran Bretaña.

      Nunca desde el fin de la guerra de Cuba ha dejado España de pagar sus deudas. ¿Por qué entonces tiene que asumir un sobrecoste de financiación como si fuera un mal pagador, indigno de confianza? Pero es que España, además de tener todos los pecados congénitos típicamente PIGS, esto es, no-protestantes, tiene un plus. Digamos que se le puede añadir un poco más aprovechando la historia negra que arrastra, con los tópicos hispanófobos del protestantismo, la Ilustración y el liberalismo. Lo explica muy bien Ramón Tamames en una entrevista que transcribo en parte: «Este subidón de la prima de riesgo… es más bien, por ejemplo, cosa de un banco, como el City Bank, que predijo en noviembre que España iba a quebrar… Predijo la quiebra y es que tienen muchas ganas de subir la prima de riesgo y ganar más. Es una paradoja porque nuestra deuda está garantizada por el eurogrupo. Y claro, cuanto más suba, mejor. Es una vergüenza que se tenía que decir constantemente[…]. La situación italiana es más grave en términos de deuda, pero… están inmunizados. Cuando se firma el euro en el 98, Italia tiene una deuda de 120 por ciento, y luego del 110 por ciento o con más de 100 siempre, mientras que España que está en el 68, pues nos tratan así». [** Cadena Intereconomía, entrevista emitida el 25 de marzo de 2012.] Pero Tamames no explica el porqué, de dónde viene este plus de peligrosidad. 

     Esta crisis necesitaba, como dijimos, un chivo expiatorio y lo ha encontrado ya fabricado en parte. El resto del producto solo ha necesitado algún adorno. Hemos mentado más arriba al chivo expiatorio y el mecanismo de transferencia de la culpa como piedra angular de la mentalidad protestante y de su exitosa propaganda. La expresión «chivo expiatorio» designa normalmente en antropología la creencia en que la culpabilidad y otros sufrimientos de la comunidad pueden ser transferidos hacia una víctima, animal o humana, de manera ritual. Para René Girard, en cambio, el mecanismo del chivo expiatorio tiene un sentido mucho más amplio[** René Girard, El chivo expiatorio, Barcelona: Anagrama, 1986]. Limitar su campo de acción al ritual es un error, porque su presencia en casi todas las sociedades es mucho más ubicua y generalizada. El mecanismo autorregulador de la persecución unánime es biológico y cultural al mismo tiempo y tiene que ver con la carencia o el deterioro de los patrones de dominio vigentes hasta el momento en una comunidad, es decir, cuando la jerarquía de poder que ha mantenido cohesionado al grupo entra en crisis por las causas que sean.[** Agustín Moreno Fernández, «Descripción y fases del mecanismo del chivo expiatorio en la teoría mimética de René Girard», Endoxa 32 (2013), págs. 191-206 (pág. 194).] Una comunidad en que se activa el mecanismo para buscar y encontrar chivos expiatorios padece graves disensiones internas o sufre algún desastre real o imaginario. Se establece entonces un falso vínculo causa-efecto entre el chivo expiatorio elegido y el problema real o imaginario al que se enfrenta. El chivo expiatorio es un mecanismo de transferencia de la violencia y búsqueda de cohesión social que existe plenamente en las sociedades protestantes, que lo llevan en sus mismos cimientos, puesto que nacieron contra algo, para alejarse y separarse de ese algo que era en sí mismo malvado e inmoral, el catolicismo. Es un modus operandi que puede, y de hecho lo es, ser manipulado conscientemente por grupos sociales que buscan mantener su poder frente a nuevas situaciones que se lo disputan o por grupos que buscan alcanzar ese poder arrebatándoselo a otros, porque estas crisis colectivas ponen en cuestión el statu quo establecido. En las fases ulteriores del proceso, los perseguidores terminan viéndose a sí mismos como las víctimas pasivas de su propia víctima, del enemigo imaginario que ellos mismos han fabricado. Termina finalmente apareciendo «una progresión de rituales y relatos míticos, que no reflejarían la verdad de lo sucedido sino la visión deformada de la realidad»[** Moreno, «Descripción y fases…», pág. 202]. La antropología considera este proceso como ciego e inconsciente más que interesado o deliberado, y no se entretiene en su manipulación plenamente organizada por determinados grupos o ideologías, como los nacionalismos. O ciertos países o clubes financieros.

 

Aquellos españoles y estos españoles

      Para Platón y Aristóteles la sabiduría es hija de Zauma, la sorpresa. Comienza, por tanto, el saber con el asombro y el maravillarse[** Teeteto (115d); Metafísica (I, 2, 98261).]. Ojalá venga el lector de sumergirse en páginas plagadas de asombros, tantos y tan egregios que la impericia de la autora no habrá podido oscurecer su brillo. Está por un lado el hecho asombroso de la unanimidad en el prejuicio hispanófobo, capaz de atravesar lenguas, siglos y hasta religiones. Era esperable, ya que la imperiofobia en sus distintas manifestaciones vivía y vive sin ser molestada, plácidamente acomodada en el regazo de los que la albergan. Quienes sentirían un pinchazo moral sumamente molesto si se sorprendieran a sí mismos en algún desliz racista u homófobo, proclaman orgullosos su imperiofobia, actualmente bajo la forma habitual de antiamericanismo.

      La persecución o discriminación de los católicos no es un rasgo de intolerancia en Occidente. Desde la Ilustración al menos está sancionado que es más bien un síntoma de modernización. Así, nada ha empañado el título de «una de las naciones más tolerantes del mundo» que puede leerse ligado a Holanda en cualquier texto histórico para plebeyos o expertos, guías de viajes y documentos de todo tipo. Esto a pesar de que las leyes de discriminación de la población católica estuvieron vigentes hasta la invasión francesa. Otro excelso ejemplo de tolerancia es el Reino Unido, aunque sus leyes discriminatorias vivieron hasta mediados del siglo XIX. En Estados Unidos los católicos han sido discriminados hasta los años setenta de manera visible y sin disimulo.

      Es una cosa muy rara, pero los católicos no se defienden. Como no soy católica más que de refilón, esto no lo comprendo. Las causas deben estar en el subsuelo de la mentalidad católica y no llego a ellas. La actitud del protestante es radicalmente distinta, antes y ahora. El protestantismo es el triunfo de una verdad oculta, moralmente superior y arrebatada por Roma a los pueblos durante siglos. Esto no es una idea del pasado, sino un estado de opinión perfectamente vivo y actuante entre los protestantes de toda nacionalidad. Puede el lector entretenerse buscando en Google las páginas de algunas confesiones de reciente implantación en España y verá la virulencia del ataque. En cambio no encontrará esta actitud ofensiva entre los católicos, ni siquiera en los territorios misionales de la IamPaisleyIglesia católica. Durante una visita papal al Parlamento Europeo en 1988, el eurodiputado norirlandés Ian Paisley montó un escándalo inverosímil acusando a Juan Pablo II de ser el Anticristo. El asunto pasó bastante desapercibido. Si hubiera sido al contrario, hubiera habido altavoces proclamando la intolerancia católica como un mal perenne. De hecho los conversos actuales al protestantismo muestran la misma agresividad hacia el catolicismo de los padres fundadores. En definitiva, ¿cómo puede uno ver al Demonio paseándose tranquilamente por las calles y no reaccionar? No iremos muy lejos a buscar un caso ilustrativo. Lo tenemos en casa y es muy popular. El periodista César Vidal es un ejemplo fácil y bien visible. Su proceder insultante tiene la misma causa hoy que hace quinientos años: necesita ofender y denigrar para justificarse. Si los católicos no fuesen demoniacos y moralmente inferiores, ¿por qué me habría hecho yo protestante? He huido de los malos para estar con los buenos.

      Cuando España firma el Tratado de París en 1898, el país recibe la noticia como un mazazo. Cualquier periódico o gacetilla comarcal se hace eco día tras día de lo que se llama el Desastre, porque como tal se vivió colectivamente. ¿Qué fue lo que resultó tan insoportable? ¿Fue realmente un desastre? En realidad no fue más que la recepción del certificado de defunción de un imperio que estaba muerto desde hacía ya mucho. Más de un siglo después resulta difícil calibrar cuánta responsabilidad tuvieron las élites intelectuales en aquel histérico llanto colectivo que ensordeció a los locales y que se oyó con plena claridad más allá de las fronteras. Era natural, por otra parte. La tradición intelectual española es autocrítica y flagelante desde muy antiguo. Ya el marqués de Santillana se quejaba: «Hago un singular reposo [se refiere al ocio intelectual] a las vexaciones e trabajos que el mundo continuamente trahe, mayormente en aquestos nuestros reynos»[** López de Mendoza, Íñigo, Obras completas, ed. Ángel Gómez Moreno y Maximilian Kerkhof, Barcelona: Planeta, 1988, pág. 232.]. El intelectual español nace, crece, se reproduce y muere en un hábitat que exige la crítica nacional, si se quiere conseguir algún respeto. Quien no la practique con la necesaria virulencia, será calificado como mínimo de ignorante y cateto (no sabe las maravillas que hay más allá de las fronteras), y además de derechas. Era por tanto imposible que surgiera ante aquella crisis una solución a la francesa, por falta de tradición. Desde que apareció el salón subvencionado en tiempos de Luis XIV, el intelectual francés ha vivido de y para dar brillo y razones a la grandeur, achicando descalabros y transformando disparates en logros para la humanidad.

     Todo el siglo XIX prepara ese momento, el de la llegada del certificado de defunción. Hay una construcción argumental que comienza en el siglo XVIII y que va durante todo el siglo XIX cargándose de razones y causas históricas inventadas por la propaganda para llegar a la conclusión más que necesaria, necesitada: aquella según la cual la culpa del acabamiento del imperio la tienen aquellos españoles que lo levantaron y no estos que lo llevaron a su final. Con precisión casi matemática van asumiéndose uno a uno los tópicos de la leyenda negra. Los españoles del siglo XIX construyen con ellos una explicación que necesitan casi desesperadamente, y hay que buscarla allí, en aquellos españoles y no aquí, en estos de ahora. Ello nos muestra hasta qué punto la diferencia entre unos y otros es radical. Habría que pensar este asunto con mucho pormenor y mucho mimo porque la continuidad de nombres suele ser engañosa. Los españoles del siglo XIX no son en absoluto los del siglo XVII. El español del siglo XVII no habría buscado nunca un culpable para sus males que no fuese él mismo. Solemos considerar que España es un estado europeo que nació en la primera oleada de formaciones estatales, la del Renacimiento, pero, si bien se piensa, la España de hoy se forma en el siglo XIX, en la etapa postimperial y como parte desgajada de un organismo mayor. Con mucho tino dijo el historiador Juan Antonio Ortega que «España se independizó de sí misma».

      Así las cosas, es muy posible que la historia del Imperio español la escriban alguna vez los arqueólogos. Tendrán mucho y bueno donde entretenerse. Estaría bien saber cómo se imaginarán aquella gente que tantos restos en piedra dejó. Pero esto no sucederá hasta que los pueblos que descienden de aquellos españoles, incluido el nuestro ahora, hayan adquirido despego suficiente y hasta que a aquellos otros que echaron los dientes luchando contra aquellos españoles les suceda lo mismo. Digamos que es un mensaje en una botella que se arroja al mar. Seguro que algún día llegará, pero nosotros no lo veremos. El Imperio español merece justicia histórica y la tendrá, pero hace falta mucho más tiempo. Los españoles de hoy tienen, cuando la tienen, una relación con aquel imperio bastante confusa. En realidad el factor dominante suele ser el de entrar en el Imperio ya muerto para buscar culpables y justificar el presente. En esto los descendientes de aquellos españoles y los descendientes de sus enemigos se comportan igual. De vez en cuando estos españoles y los del otro lado del charco, a los que solemos llamar hispanos por costumbre, tienen como un ataquillo de orgullo, a veces ridículo, a veces nostálgico y siempre inútil. También los peninsulares deberíamos tener otro nombre que nos separara nítidamente a aquellos españoles. Parece que los españoles siguen existiendo, cuando ni los hispanos ni los que llevan ahora este nombre son ya aquellos españoles. En verdad, también los españoles peninsulares deberían llamarse hispanos. Si trasladamos la situación a Roma se verá más claro. Ningún pueblo románico es romano. Los romanos ya no existen. En el siglo V ya no existían. Ni los portugueses, ni los italianos ni los franceses son romanos. Y los que así son llamados hoy día, los habitantes de la ciudad de Roma, no tienen nada que ver con aquellos romanos del imperio.

       SMadariagaElCicloHEl Imperio español es una unidad histórica ya fallecida cuya comprensión escapa por completo a la historiografía occidental hoy vigente. Lo vio muy bien Madariaga cuando habló del «ciclo hispánico». El problema es que solo sucede de vez en cuando que una persona se acerca (o se aleja, según se mire) a los hechos aquí parcialmente historiados y comprende su extraordinaria magnitud. Eso es tan excepcional que ni crea corrientes académicas, ni muchísimo menos opinión pública. 

     Hemos llegado al siglo XX después de fatigarnos por muchos senderos y hemos visto que la leyenda negra sigue viva. ¿Cómo se explica esa continuidad histórica frente a la discontinuidad del Imperio? Si como defendemos aquí no hay continuidad entre aquellos españoles y estos españoles, ¿por qué estos de ahora siguen padeciendo los efectos de la hispanofobia?

      Dos son las razones principales que explican la perpetuación de la hispanofobia y sus tópicos. La primera es su papel en el aparato de autojustificaciones de las naciones protestantes con sus correspondientes iglesias, y luego de la Ilustración y del liberalismo. Las naciones y las religiones que se formaron contra el Imperio español no pueden prescindir de la leyenda negra porque se quedarían sin Historia. Y una vez muerto el imperio, la leyenda negra se transforma de manera suave y natural en el mecanismo que hemos llamado chivo expiatorio. La existencia de la hispanofobia es útil al mundo protestante y rentable económicamente cuando llega el caso. Los tópicos de la leyenda negra se reproducen y se perpetúan porque tienen mercado. Mientras la hispanofobia era imperiofobia, la victimización era poco evidente. Cuando ya no había imperio, la hispanofobia se había convertido en un mecanismo social utilísimo al que costaba renunciar, porque ofrecía grandes ventajas. El mundo protestante necesita culpables, enemigos, un diablo que explique lo que va mal, como toda corriente histórico-ideológica que nace contra algo. Es un mundo moralmente dual. Los nacionalismos funcionan de la misma manera. Esto en la mentalidad católica no se ve ni se comprende, porque el catolicismo no nació ni se ha mantenido contra algo.

     En consecuencia, el protestantismo no podía ser sino la historia de un éxito[** Véase Foxe, I, pág. 27, nota 7]. De otro modo, ¿cuál sería su razón de ser?, ¿cómo justificar el cisma? La ruptura con el catolicismo tenía que ser explicada y solo la denigración de este podía servir para tal fin. Por lo tanto, ningún fracaso es fracaso sino una etapa hacia el triunfo. Para creerse esto hay que repetir hasta la saciedad, hasta el autoconvencimiento y la negación de la realidad, que el mundo católico es un fracaso, de forma que cualquier traspiés se transforma en norma y se magnifica hasta la deformación. No tiene importancia que Holanda, tras la secesión, sufriera el régimen oligárquico más cerrado y falto de representatividad que haya conocido Europa, ni que se pagaran más impuestos que nunca, ni las hambrunas atroces y cíclicas que vinieron después. Tampoco empaña el manto de nación supertolerante que tuviera leyes de discriminación religiosa hasta que perdió su independencia en tiempos de Napoleón, ni que se haya vivido allí en un Rampjaarapartheid de facto (columnización) que todavía es visible. Holanda es rica y tolerante por definición. Su historia es la de un triunfo, una vez liberada del oscurantismo hispanocatólico. La independencia oficial de las provincias neerlandesas que Orange consiguió secesionar se produjo en 1648 (Tratado de Münster). El año 1672 ha pasado a la historia de Holanda como «el año del desastre» (Rampjaar). ¿Qué sucedió en esa región en este año para dejar tan terrible e inolvidable apelativo? Se puede apostar mil contra uno a que el lector no lo sabe. Quien esto escribe tampoco lo sabía hasta hace un año, poco más o menos. La ley del silencio es implacable y perfecta. Sin embargo, es asunto de mucho interés ir al detalle de las consecuencias del éxito del nacionalismo orangista, especialmente en el momento de plena euforia triunfal. Es averiguación que le dejo como tarea al lector, que a estas alturas o es ya un amigo, y por tanto hay confianza, o un enemigo irreconciliable. Así se dará cuenta del esfuerzo que supone traspasar el muro de invisibilidad que las diversas versiones del protestantismo y del nacionalismo han levantado en la historia de Europa. También la historia de Inglaterra es la historia de un enorme triunfo contra toda evidencia, como explicamos más arriba. Es urgente sacar la leyenda negra del estrecho cauce en el que la historiografía al uso la ha mantenido, como un hecho histórico de límites precisos vinculado a las exageraciones de la propaganda de guerra durante los siglos XVI y XVII, con una prolongación en el siglo XVIII. La leyenda negra es un fenómeno histórico y social muchísimo más amplio, que nace en la propaganda pero vive en la literatura y la historia, donde cobra realidad y prestigio, hasta convertirse en lo que primordialmente es: un hecho de opinión pública casi universal en Occidente. Es más: si privamos a Europa de la hispanofobia y el anticatolicismo, su historia moderna se torna un sinsentido.

 
SpanishGenocide 
De la wikipedia en neerlardés con la voz "de zwarte legende", leyenda negra. (Traducción directa de Google) El píe de la imagen reza: "Los indios son quemados en la hoguera en una representación del holandés Theodoor de Bry , realizada para la traducción de una obra de Bartolomé de las Casas".
El párrafo principal y que sirve de introducción dice: La leyenda negra ( español : Leyenda negra ) retrata a Españay a los españoles como crueles, fanáticos, sanguinarios e intolerantes. La medida en que esta representación, que se refiere principalmente al período entre aproximadamente 1450 y 1700 , se basa en la verdad, todavía es parte del debate entre los historiadores. Los temas de la leyenda negra son el tratamiento de los indios por parte de los conquistadores españoles, la Inquisición española , el tratamiento de los protestantes en el Imperio español , el antisemitismo. y extremos en la vida de muchas figuras reales.
 

      La discusión sobre si la leyenda negra existió realmente o no, o si existió pero ya ha muerto, demuestra una incomprensión profunda de esta realidad, cuyas causas hay que buscar en la leyenda negra misma. La primera tiene que ver con la dificultad para calibrar un fenómeno histórico tan largo y ubicuo. No había a mano nada con que se la pudiera comparar y para hacerlo había casi que salirse de la historia de Europa. La segunda es que la leyenda negra mienta una serie de prejuicios que gozan de gran predicamento intelectual, de tal manera que quien se atreva a oponerse a sus tópicos consagrados se arriesga a ser descalificado ideológicamente primero y luego intelectualmente. El que vio al rey desnudo en el desfile y se atrevió a decirlo, no nos engañemos, no pudo pasar de ser un Diógenes, si es que sobrevivió a aquel atrevimiento. Cualquier discusión sobre la leyenda negra adquiere de inmediato tintes ideológicos, y las ideologías, como las religiones en otro tiempo, no muestran una gran capacidad de tolerancia. A fin de cuentas no dejan de ser un artefacto que se monta en el cerebro para que sirva de brújula. Cualquier grumo que venga a entorpecer el engranaje debe ser automáticamente desechado y triturado, no vaya a ser que su presencia indique que la brújula nos lleva en una dirección equivocada o en una dirección que no sabemos cuál es. La tercera razón es la eficacia de la leyenda negra como autojustificación de religiones e ideologías. La leyenda negra nace como un prejuicio imperiófobo, pero se mantiene después por la razón antes explicada y porque, transformada en chivo expiatorio, se muestra extraordinariamente útil y rentable ante cualquier dificultad sobrevenida, como la crisis que arranca en 2007. 

 

P.I.G.S.Claire Fontaine 7

El colectivo de artistas con sede en París Claire Fontaine presenta una gran instalación de arte en llamas a través de un video impresionante. El título del trabajo PIGS utiliza el acrónimo creado por los medios financieros para referirse peyorativamente a Portugal, Italia, Grecia y España desde la recesión de finales de la década de 2000, (www.designisthis.com).

     Decía Leonardo Da Vinci que como no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede. Y lo que se puede ahora es la Unión Europea. No hay por lo tanto más remedio que colaborar activa y lealmente para que ese monstruo de Frankenstein que es la Unión perdure y funcione bien. Pero esto hay que hacerlo sin papanatismos y sin perder el norte de los propios intereses. La Unión Europea debe servir para crear un espacio de convivencia donde puedan habitar en paz, prosperidad y solidaridad pueblos muy diversos, y no para que unos prosperen a costa de otros, logrando por medios poco éticos y poco visibles una hegemonía que por otros procedimientos no lograron. Cuando llegó la crisis de 2007 nos convertimos en PIGS, esto es, directamente en cerdos o en GIPSY, que es algo más pintoresco. Dos generaciones de españoles, al menos, van a trabajar más y a ganar menos que otros europeos para pagar un sobrecoste de financiación cuyas causas carecen de explicación racional, fuera de los prejuicios protestantes y de la propaganda financiera bien urdida a partir del anticatolicismo y la hispanofobia. Y puesto que nuestros hijos y nietos van a cargar con estos sobrecostes de manera casi irremediable, estaría bien que les contáramos el porqué. Sin negar nunca la amarga verdad: que la culpa mayor la tenemos nosotros, porque no fuimos capaces de defender nuestros intereses y los suyos. Para eso, para ayudar a poner en claro no el pasado, sino el futuro, se ha escrito este libro.

                      

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Fragmentos de libros. IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de M.Elvira Roca Barea  FINAL I:

Nuestra portada:
 ToroLlevaCaballo800
 
VOZ DE LA FOTO. ¿Ve usted a este robusto toro como una bestia o como una especie de titán? ¿Avanza por los tejados con poderosa zancada tras raptar con violencia a un atemorizado caballo o puede pensar usted que quizás lo está salvando de un peligro inminente? Parecería sencillo que esta VOZ le llevara a concluir lo que puede que no sea; podría bastar con haber escrito un pie distinto, alguno de estos dos:
1) Plaza Vieja de Vallecas (barrio obrero). Mural alegórico del secuestro de las libertades y del saqueo de los bienes públicos por los esbirros del Oscuro Poder Avaricioso y Manipulador.
2) Plaza Vieja de Vallecas (barrio obrero). Mural alegórico. Un pueblo fuerte y unido rescatando la libertad de entre las garras insaciables del Oscuro Poder Avaricioso y Manipulador.   
 Ambigua alegoría en la plaza Vieja de Vallecas.   Madrid   © LCJ 2018  
 
  
Finales de libros.
         
  

    La crisis de 2007: España y la prima de riesgo (PIGS y GIPSY)

     

     El pensamiento correcto en el mundo financiero y mediático internacional —español también— es que los países del Norte, de tradición calvinista y protestante, son cumplidores, laboriosos y exigentes con la moral. Los del Sur, en cambio, son corruptos, vagos, malos socios y malos pagadores. Esto viene de lejos. Ya para Lutero el término welsch era sinónimo de inmoral y malvado (véase Parte II). Este planteamiento lo hereda la Ilustración y se convierte en ciencia con la frenología y el darwinismo social anglosajón. Es pura y simplemente racismo, puesto a punto con un rebozado científico para servir de excusa a los nacionalismos tribales europeos: el británico colonial, el alemán de entreguerras, el italiano, etcétera. También los nacionalismos celtibéricos de la periferia absorbieron el veneno en grandes cantidades...

 

   Continuar final    (Continuar con el FINAL de "Imperiofobia y leyenda negra" )                        

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Fragmentos de libros. FAHRENHEIT 451 de Ray Bradbury   Final II

 

Editorial:  PlazaYJanés          Acceso/Volver al Final I de "Fahrenheit 451": CortezaConifera177 
 

Continúa:

...

- Conoce usted mi nombre -observó Montag

Granger señaló un televisor portátil que había junto al fuego.

    - Hemos visto la persecución. Nos hemos figurado que huiría hacia el Sur, a lo largo del río. Cuando le hemos oído meterse en la selva como un alce borracho, no nos hemos escondido como solemos hacer. Hemos supuesto que estaría en el río cuando los helicópteros con las cámaras se han vuelto hacia la ciudad. Allí ocurre algo gracioso. La cacería sigue en marcha, aunque en sentido opuesto. 

- ¿En sentido opuesto?   -Echemos una ojeada.  

 Granger puse el televisor en marcha. La imagen era como una pesadilla, condensada, pasando con facilidad de mano en mano, toda en colores revueltos y movedizos. Una voz gritó:

-¡La persecución continúa en el norte de la ciudad! ¡Los helicópteros de la Policía convergen en la Avenida Ochenta y Siete y en Elm Grove Park!

Granger asintió.

Fahren 3

- Están inventándoselo. Usted les ha despistado en el río y ellos no pueden admitirlo. Saben que sólo pueden retener al auditorio un tiempo determinado. El espectáculo tendrá muy pronto un final brusco. Si empezasen a buscar por todo el maldito río, quizá necesitasen la noche entera. Así, pues, buscan alguna cabeza de turco para terminar con la exhibición. Fíjese. Pescarán a Montag durante los próximos cinco minutos.

- Pero cómo...  

- Fíjese.

La cámara, sujeta a la panza de un helicóptero, descendió ahora hacia una calle vacía. 

- ¿Ve eso? -susurró Granger-. Ha de tratarse de usted. Al final de esa calle está nuestra víctima. ¿Ve cómo se acerca nuestra cámara? Prepara la escena. Intriga. Un plano largo. En este momento, un pobre diablo ha salido a pasear. Algo excepcional. Un tipo extraño. No se figure que la Policía no conoce las costumbres de los pajarracos como ése, de hombres que salen a pasear por las mañanas, sólo por el capricho de hacerlo, o porque sufren de insomnio. De cualquier modo, la policía le tiene fichado desde hace meses, años. Nunca se sabe cuándo puede resultar útil esa información. Y hoy, desde luego, ha de serles utilísima. Así pueden salvar las apariencias. ¡Oh, Dios, fíjese ahí!

Los hombres que estaban junto a la hoguera se inclinaron.

En la pantalla, un hombre dobló una esquina. De pronto, el Sabueso Mecánico entró en el campo visual. El helicóptero lanzó una docena de brillantes haces luminosos que construyeron como una jaula alrededor del hombre.

Una voz gritó:

-¡Ahí está Montag! ¡La persecución ha terminado!

El inocente permaneció atónito; un cigarrillo ardía en una de sus manos. Se quedó mirando al Sabueso, sin saber qué era aquello. Probablemente, nunca llegó a saberlo. Levantó la mirada hacia el cielo y hacia el sonido de las sirenas. Las cámaras se precipitaron hacia el suelo. El Sabueso saltó en el aire con un ritmo y una precisión que resultaban increíblemente bellos. Su aguja asomó. Permaneció inmóvil un momento, como para dar al inmenso público tiempo para apreciarlo todo: la mirada de terror en el rostro de la víctima, la calle vacía, el animal de acero, semejante a un proyectil alcanzando el blanco.  

HoundMontag, no te muevas! -gritó una voz desde el Cielo

La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló!

Oscuridad.

Silencio.

Negrura.

Montag gritó en el silencio y se volvió.

Silencio.

Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:

- La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux, para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que...

Granger apagó el televisor.

- No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos -murrnuró-. Diablos...

Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso.

Granger tocó a Montag en un brazo.

Etica y comunicacion- Bienvenido de entre los muertos. -Montag inclinó la cabeza. Granger prosiguió-: Será mejor que nos conozca a todos. Este es Fred Clement, titular de la cátedra Thomas Hardigan, en Cambridge, antes de que se convirtiera en una «Escuela de Ingeniería Atómica»,. Este otro es el doctor Simmons, de la Universidad de California en Los Ángeles, un especialista en Ortega y Gasset; éste es el profesor West que se especializó en Ética, disciplina olvidada actualmente, en la Universídad de Columbia. El reverendo Padover, aquí presente, pronunció unas conferencias hace treinta años y perdió su rebaño entre un domingo y el siguiente, debido a sus opiniones. Lleva ya algún tiempo con nosotros. En cuanto a mí, escribí un libro titulado Los dedos en el guante; la relación adecuada entre el individuo y la sociedad y... aquí estoy. ¡Bien venido, Montag!

- Yo no soy de su clase -dijo Montag, por último, con voz lenta-. Siempre he sido un estúpido.

- Estamos acostumbrados a eso. Todos cometimos algún error, si no, no estaríamos aquí. Cuando éramos individuos aislados, lo único que sentíamos era cólera. yo golpeé a un bombero cuando, hace años, vino a quemar mi biblioteca. Desde entonces, ando huyendo. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag?

- Sí.  

- ¿Qué puede ofrecernos?

- Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso.

Eclesiastes- El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?  

- Aquí.

Montag se tocó la cabeza.

-¡Ah! -exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza-.

-¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? -preguntó Montag.  

- Mejor que bien; ¡perfecto! -Granger se volvió hacia el reverendo-. ¿Tenemos un Eclesiastés?  

- Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.

- Montag -Granger apretó con fuerza un hombro de Montag-. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo importante que se ha vuelto de repente!  

- ¡Pero si lo he olvidado!  

- No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.

- ¡Pero si ya he tratado de recordar!  

- No lo intente. Vendrá cuando lo necesitemos. Todos nosotros tenemos memorias fotográficas, pero pasamos la vida entera aprendiendo a olvidar cosas que en realidad están dentro. Simmons, aquí presente ha trabajado en ello durante veinte años, y ahora hemos perfeccionado el método de modo que podemos recordar dar cualquier cosa que hayamos leído una vez. ¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?

- ¡Claro!

-LaRepublica Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer Marco Aurelio? Mr. Sirnmons es Marco.  

- ¿Cómo está usted? -dijo Mr. Simmons-.  

- Hola -contestó Montag-.  

- Quiero presentarle a Jonathan Swift, el autor de ese malicioso libro político, Los viajes de Gulliver. Este otro sujeto es Charles Darwin, y aquél es Schopenhauer, y aquél, Einstein, y el que está junto a mí es Mr. Albert Schweitzer, un filósofo muy agradable, desde luego. Aquí estamos todos, Montag, Aristófanes, Mahatma Gandhi, Gautama Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Thomas Jefferson y Mr. Lincoln. Y también somos Mateo, Marco, Lucas y Juan

- No es posible -dijo Montag-.  

- Sí lo es -replicó Granger, sonriendo-. También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag

- Pienso que estaba ciego tratando de hacer las cosas mi manera, dejando libros en las casas de los bomberos y enviando denuncias.  

- Ha hecho lo que debía. Llevado a escala nacional hubiese podido dar espléndidos resultados. Pero nuestro sistema es más sencillo y creemos que mejor. Lo que deseamos es conservar los conocimientos que creemos habremos de necesitar, intactos y a salvo. No nos proponemos hostigar ni molestar a nadie. Aún no. porque si se destruyen, los conocimientos habrán muerto, quizá para siempre. Somos ciudadanos modélicos, a nuestra manera especial. Seguimos las viejas vías, dormirnos en las colinas, por la noche, y la gente de las ciudades nos dejan tranquilos. De cuando en cuando, nos detienen y nos registran, pero en nuestras personas no hay nada que pueda comprometernos. La organización es flexible, muy ágil y fragmentada. Algunos de nosotros hemos sido sometidos a cirugía plástica en el rostro y en los dedos. En este momento, nos espera una misión horrible. Esperamos a que empiece la guerra y, con idéntica rapidez, a que termine. No es agradable, pero es que nadie nos controla. Constituimos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo.

- ¿De veras cree que entonces escucharán?  

- Si no lo hacen, no tendremos más que esperar. Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez. De este modo, se perderá mucho, desde luego, pero no se puede obligar a la gente a que escuche. A su debido tiempo, deberá acudir, preguntándose qué ha ocurrido y por qué el mundo ha estallado bajo ellos. Esto no puede durar.  

- ¿Cuántos son ustedes?

- Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así 1o hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentimos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades. El Capítulo 1 del WaldenThoreauWalden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Millow Farm, Maine. Pero si hay un poblado en Maryland, con sólo veintisiete habitantes, ninguna bomba caerá nunca sobre esa localidad, que alberga los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Coge ese poblado y casi divida las páginas, tantas por persona. Y cuando la guerra haya terminado, algún día, los libros podrán ser escritos de nuevo. La gente será convocada una por una, para que recite lo que sabe, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que, quizá, debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo. 

- ¿Qué hacemos esta noche? -preguntó Montag.

- Esperar -repuso Granger-. Y desplazarnos un poco río abajo, por si acaso. 

Empezó a arrojar polvo y tierra a la hoguera.

Los otros hombres le ayudaron, lo mismo que Montag, y allí, en mitad del bosque, todos los hombres movieron sus manos, apagando el fuego conjuntamente

Se detuvieron junto al río, a la luz de las estrellas.

Montag consultó la esfera luminosa de su reloj sumergible. Las cinco. Las cinco de la madrugada. Otro año quemado en una sola hora, un amanecer esperando más allá de la orilla opuesta del río.   

-¿Por qué confían en mí? -preguntó Montag-.

Un hombre se movió en la oscuridad.

- Su aspecto es suficiente. No se ha visto usted últimamente en un espejo. Además, la ciudad nunca se ha preocupado lo bastante de nosotros como para organizar una persecución meticulosa como ésta, con el fin de encontrarnos. Unos pocos chiflados con versos en la sesera no pueden afectarla, y ellos lo saben, y nosotros también. Todos lo saben. En tanto que la mayoría de la población no ande por ahí recitando la Carta Magna y la Constitución, no hay peligro. Los bomberos eran suficientes para mantener esto a raya, con sus actuaciones esporádicas. No, las ciudades no nos preocupan. Y usted tiene un aspecto endiablado. 

fahrenheit451     Se desplazaron por la orilla del río, hacia el Sur. Montag trató de ver los rostros de los hombres, los viejos rostros que recordaba a la luz de la hoguera, mustios, y cansados. Estaban buscando una vivacidad, una resolución. Un triunfo sobre el mañana que no parecía estar allí. Tal vez había esperado que aquellos rostros ardieran y brillasen con los conocimientos, que resplandeciesen como linternas, con la luz encendida. Pero toda la luz había procedido de la hoguera, y aquellos hombres no parecían distintos de cualesquiera otros que hubiesen recorrido un largo camino, una búsqueda prolongada, que hubiesen visto cómo eran destruidas las cosas buenas, y ahora, muy tarde, se reuniesen para esperar el final de la partida, y la extinción de las lámparas. No estaban seguros de que lo que llevaban en sus mentes pudiese hacer que todos los futuros amaneceres brillasen con una luz más pura, no estaban seguros de nada, excepto de que los libros estaban bien archivados tras sus tranquilos ojos, de que los libros esperaban, con las páginas sin cortar, a los lectores que quizá se presentaran años después, unos, con dedos limpios, y otros, con dedos sucios.

Mientras andaban, Montag fue escrutando un rostro tras de otro.

- No juzgue un libro por su sobrecubierta alguien-.

Y todos rieron silenciosamente, mientras se movía río abajo.

Fahren 5Se oyó un chillido estridente, y los reactores de la ciudad pasaron sobre sus cabezas mucho antes de que los hombres levantaran la mirada, Montag se volvió para observar la ciudad, muy lejos, junto al río, convertida sólo en un débil resplandor. 

- Mi esposa está allí.

- Lo siento. A las ciudades no les van a ir bien las cosas en los próximos días -dijo Granger-.

- Es extraño, no la echo en falta, apenas tengo sensación -dijo Montag-. Incluso aunque ella muriera, me he dado cuenta hace un momento, no creo que me sintiera triste. Eso no está bien. Algo debe de ocurrirme.

- Escuche -dijo Granger, cogiéndole por un brazo y andando a su lado, mientras apartaba los arbustos para dejarle pasar-.

Cuando era niño, mi abuelo murió. Era escultor. También era un hombre muy bueno, tenía mucho amor que dar al mundo, y ayudó a eliminar la miseria en nuestra ciudad; y construía juguetes para nosotros, y se dedicó a mil actividades durante su vida; siempre tenía las manos ocupadas. Y cuando murió, de pronto me di cuenta de que no lloraba por él, sino por las cosas que hacía. Lloraba porque nunca más volvería hacerlas, nunca más volvería a labrar otro pedazo de madera y no nos ayudaría a criar pichones en el patio, ni tocaría el violín como él sabía hacerlo, ni nos contaría chistes. Formaba parte de nosotros, y cuando murió todas las actividades se interrumpieron, y nadie era capaz de hacerlas como él. Era individualista. Era un hombre importante. Nunca me he sobrepuesto a su muerte. A menudo, pienso en las tallas maravillosas que nunca han cobrado forma a causa de su muerte. Cuántos chistes faltan al mundo, y cuántos pichones no sido tocados por sus manos. Configuró el mundo, hizo cosas en su beneficio. La noche en que falleció, el mundo sufrió una pérdida de diez millones de buenas acciones. 

Montag anduvo en silencio. 

- Millie, Millie -murmuró-. Millie.

- ¿Qué?

- Mi esposa, mi esposa. ¡Pobre Millie, pobre Millie! No puedo recordar nada. Pienso en sus manos, pero no las veo realizar ninguna acción. Permanecen colgando fláccidamente a sus lados, o están en su regazo, o hay un cigarrillo en ellas. Pero eso es todo. 

Montag se volvió a mirar hacia atrás.

Fahren 1«¿Qué diste a la ciudad, Montag

«Ceniza.»

«¿Qué se dieron los otros mutuamente?»

«Nada.»  

Granger permaneció con Montag, mirando hacia atrás.

      - Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. «No importa lo que hagas -decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.»

     Granger movió una mano.

- Mi abuelo me enseñó una vez, hace cincuenta años unas películas tomadas desde cohetes. ¿Ha visto alguna vez el hongo de una bomba atómica desde  cientos kilómetros de altura? Es una cabeza de alfiler, no es nada. Y a su alrededor, la soledad.

 - Mi abuelo pasó una docena de veces la película tomada desde el cohete, y, después manifestó su esperanza de que algún día nuestras ciudades se abrirían para dejar entrar más verdor, más campiña, más Naturaleza, que recordara a la gente que sólo disponemos de un espacio muy pequeño en la Tierra y que sobreviviremos en ese vacío que puede recuperar lo que ha dado, con tanta facilidad como echarnos el aliento a la cara o enviamos el mar para que nos diga que no somos tan importantes. 

«Cuando en la oscuridad olvidamos lo cerca que estamos del vacío -decía mi abuelo- algún día se presentará y se apoderará de nosotros, porque habremos olvidado lo terrible y real que puede ser.» ¿Se da cuenta? -Granger se volvió hacia Montag-. El abuelo lleva muchos años muerto, pero si me levantara el cráneo, ¡por Dios!, en las circunvoluciones de mi cerebro encontraría las claras huellas de sus dedos. Él me tocó. Como he dicho antes, era escultor. «Detesto a un romano llamado Status Quo», me dijo. «Llena tus ojos de ilusión -decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que, cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, y todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con esto -dijo-, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.» 

-¡Mire! -exclamó Montag-.

  Fahren 2Y la guerra empezó y terminó en aquel instante. 

Posteriormente, los hombres que estaban con Montag no fueron capaces de decir si en realidad había visto algo. Quizás un leve resplandor y movimiento en el cielo. Tal vez las bombas estuviesen allí, y los reactores, veinte kilómetros, diez kilómetros, dos kilómetros cielo arriba durante un breve instante, como grano arrojado desde lo alto por la enorme mano del sembrador, y las bombas cayeron con espantosa rapidez y, sin embargo con una repentina lentitud, sobre la ciudad que habían dejado atrás. El bombardeo había terminado para todos los fines y propósitos, así que los reactores hubieron localizado su objetivo, puesto sobre aviso a sus apuntadores a ocho mil kilómetros por hora; tan fugaz corno el susurro de una guadaña, la guerra había terminado. Una vez soltadas las bombas, ya no hubo nada más. Luego, tres segundos completos, un plazo inmenso en la Historia, antes de que las bombas estallaran, las naves enemigas habían recorrido la mitad del firmamento visible, como balas en las que un salvaje quizá no creyese, porque eran invisibles; sin embargo, el corazón es destrozado de repente, el cuerpo cae despedazado y la sangre se sorprende al verse libre en el aire; el cerebro desparrama sus preciosos recuerdos y muere.

Resultaba increíble. Sólo un gesto. Montag vio el aleteo de un gran puño de metal sobre la ciudad, y conocía el aullido de los reactores que le seguirían diciendo, tras de la hazaña: Desintégrate, no dejes piedra sobre piedra, perece. Muere.

Montag inmovilizó las bombas en el cielo por un breve momento, su mente y sus manos se levantaron desvalidamente hacia ellas. 

-¡Corred! -gritó a Faber, a Clarisse-. ¡Corred! -a Mildred-. ¡Fuera, marchaos de ahí!   Pero Clarisse, recordó Montag, había muerto. Y Faber se había marchado; en algún valle profundo de la región, el autobús de las cinco de la madrugada estaba en camino de una desolación a otra. Aunque la desolación aún no había llegado, todavía estaba en el aire, era tan cierta como el hombre parecía hacerla. Antes de que el autobús hubiera recorrido otros cincuenta metros por la autopista, su destino carecería de significado, su punto de salida habría pasado a ser de metrópoli a montón de ruinas.

Y Mildred...

¡Fuera, corre!

Montag la vio en la habitación de su hotel, durante el medio segundo que quedaba, con las bombas a un metro, un palmo, un centímetro del edificio. La vio inclinada hacia el resplandor de las paredes televisivas desde las que la «familia» hablaba incesantemente con ella, desde donde la familia charlaba y discutía, y pronunciaba su nombre, y le sonreía, y no aludía para nada a la bomba que estaba a un centímetro, después, a medio centímetro, luego, a un cuarto de centímetro del tejado del hotel. Absorta en la pared, como si en el afán de mirar pudiese encontrar el secreto de su intranquilidad e insomnio. Mildred, inclinada ansiosa, nerviosamente, como para zambullirse, caer en la oscilante inmensidad de color, para ahogarse en su brillante felicidad.

La primera bomba estalló. 

Mildred!   Quizá, ¿quién lo sabría nunca? Tal vez las estaciones emisoras, con sus chorros de color, de luz y de palabras, fueron las primeras en desaparecer.

Montag, cayendo de bruces, hundiéndose, vio o sintió, o imaginó que veía o sentía, cómo las paredes se oscurecían frente al rostro de Millie, oyó los chillidos de ella, porque, en la millonésima de segundo que quedaba, ella vio su propio rostro reflejado allí, en un espejo en vez de en una bola de cristal, y era un rostro tan salvajemente vacío, entregado a sí mismo en el salón, sin tocar nada, hambriento y saciándose consigo mismo que, por fin, lo reconoció como el suyo propio y levantó rápidamente la mirada hacia el techo cuando éste y la estructura del hotel se derrumbó sobre ella, arrastrándole con un millón de kilos de ladrillos, de metal, de yeso, de madera, para reunirse con otras personas las colmenas de más abajo, todos en rápido descenso hacía el sótano, donde finalmente la explosión le libraría de todo a su manera irrazonable.

Fahr Trailer

Recuerdo. Montag se aferró al suelo. Recuerdo. Chicago. Chicago, hace mucho tiempo, Millie y yo. ¡Allí fue donde nos conocimos! Ahora lo recuerdo. Chicago. Hace mucho tiempo.

La explosión sacudió el aire sobre el río, derribó a los hombres como fichas de dominó, levantó el agua de su cauce, aventó el polvo e hizo que los árboles se inclinaran hacia el Sur. Montag, agazapado, haciéndose todo lo pequeño posible, con los ojos muy apretados. Los entreabrió por un momento y, en aquel instante, vio la ciudad, en vez de las bombas, en el aire. Habían permutado sus posiciones. Durante otro de esos instantes imposibles, la ciudad se irguió, reconstruida e irreconocible, más alta de lo que nunca había esperado ser, más alta de lo que el hombre la había edificado, erguida sobre pedestales de hormigón triturado y briznas de metal desgarrado, de un millón de colores, con un millón de fenómenos, una puerta donde tendría que haber habido una ventana, un tejado en el sitio de un cimiento, y, después, la ciudad giró sobre sí misma y cayó muerta.

El sonido de su muerte llegó más tarde.

Tumbado, con los ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar: recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo, y por ninguna parte había «Dentífrico Denharn», era tan sólo el Predicador entregado a sí mismo, erguido allí en su mente, mirándole... 

- Allí -dijo una voz-.

Los hombres yacían boqueando como peces fuera del agua. Se aferraban a la tierra como los niños se aferran a los objetos familiares, por muy fríos y muertos que estén, sin importarles lo que ha ocurrido o lo que puede ocurrir; sus dedos estaban hundidos en el polvo y todos gritaban para evitar la rotura de sus tímpanos, para evitar el estallido de su razón, con las bocas abiertas, y Montag gritaba con ellos, una protesta contra el viento que les arrugaba los rostros, les desgarraba los labios y les hacía sangrar las narices.

Fahren 4Montag observó cómo la inmensa nube de polvo iba posándose, y cómo el inmenso silencio caía sobre el mundo. Y allí, tumbado, le pareció que veía cada grano de polvo y cada brizna de hierba, y que oía todos los gritos y voces y susurros que se elevaban en el mundo. El silencio cayó junto con el polvo, y sobre todo el tiempo que necesitarían para mirar a su alrededor, para conseguir que la realidad de aquel día penetrara en sus sentidos.

Montag miró hacia el río. «Iremos por el río. -Miró la vieja vía ferroviaria-. O iremos por ella. O caminaremos por las autopistas y tendremos tiempo de asimilarlo todo. Y algún día, cuando lleve mucho tiempo sedimentado en nosotros, saldrá de nuestras manos Y nuestras bocas. Y gran parte de ella estará equivocado, pero otra será correcta. Hoy empezaremos a andar y a ver mundo, y a observar cómo la gente anda por ahí Y habla, el verdadero aspecto que tiene. Quiero verlo todo. Y aunque nada de ello sea yo cuando entren, al cabo de un tiempo, todo se reunirá en mi interior, y será yo. Fíjate en el mundo, Dios mío, Dios mío. Fíjate en ese mundo, fuera de mí, más allá de mi rostro, y el único medio de tocarlo verdaderamente es ponerlo allí donde por fin sea yo, donde estén la sangre, donde recorra mi cuerpo cien mil veces al día. Me apoderaré de ella de manera que nunca podrá escapar. Algún día, me aferraré con fuerza al mundo. Ahora tengo un dedo apoyado en él. Es un principio.»

El viento cesó.

Los otros hombres permanecieron tendidos, no preparados aún para levantarse y empezar las obligaciones del día, las hogueras y la preparación de alimentos, los miles de detalles para poner un pie delante de otro pie y una mano sobre otra mano. Permanecieron parpadeando con sus polvorientas pestañas. Se les podía oír respirando aprisa; luego, más lentamente...

Montag se sentó.

Sin embargo, no se siguió moviendo. Los otros hombres le imitaron. El sol tocaba el negro horizonte con una débil pincelada rojiza. El aire era fresco y olía a lluvia inminente.  

 En silencio, Granger se levantó, se palpó los brazos, las piernas, blasfemando, blasfemando incesantemente entre dientes, mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Se arrastró hacia el río para mirar aguas arriba.  

-Está arrasada -dijo mucho rato después-. La ciudad parece un montón de polvo. Ha desaparecido. -Y al cabo de una larguísima pausa se preguntó-¿Cuántos sabrían lo que iba a ocurrir? ¿Cuántos se llevarían una sorpresa?

«Y en todo el mundo -pensó Montag-, ¿cuántas ciudades más muertas? Y aquí, en nuestro país, ¿cuántas? ¿Cien, mil?»

Alguien encendió una cerilla y la acercó a un pedal de papel que había sacado de un bolsillo. Colocaron el papel debajo de un montoncito de hierbas y hojas, y, al cabo de un momento, añadieron ramitas húmedas que chisporrotearon, pero prendieron por fin, y la hoguera fue aumentando bajo el aire matutino, mientras el sol se elevaba y los hombres dejaban lentamente de mirar al río y  eran atraídos por el fuego, torpemente, sin nada que decir, y el sol iluminó sus nucas cuando se inclinaron.

Granger desdobló una lona en cuyo interior había algo de tocino.

- Comeremos un bocado. Después, daremos media vuelta y nos dirigiremos corriente arriba. Tal vez nos necesiten por allí.

Alguien sacó una pequeña sartén, y el tocino fue a parar a su interior, y empezó a tostarse sobre la hoguera. Al cabo de un momento, el aroma del tocino impregnaba el aire matutino. Los hombres observaban el ritual en silencio.  

Granger miró la hoguera.  

AveFenix- Fénix

- ¿Qué?  

- Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer. Conocemos todas las tonterías que hemos cometido durante un millar de años, y en tanto que recordemos esto y lo conservemos donde podamos verlo, algún día dejaremos de levantar esas malditas piras funerarias y a arrojamos sobre ellas. Cada generación habrá más gente que recuerde.

Granger sacó la sartén del fuego, dejó que el tocino se enfriara, y se lo comieron lenta, pensativamente.   

-Ahora, vámonos río arriba -dijo George- Y tengamos presente una cosa: no somos importantes. No somos nada. Algún día, la carga que llevamos con nosotros puede ayudar a alguien. Pero incluso cuando teníamos los libros en la mano, mucho tiempo atrás, no utilizamos lo que sacábamos de ellos. Proseguimos impertérritos insultando a los muertos. Proseguimos escupiendo sobre las tumbas de todos los pobres que habían muerto antes que nosotros. Durante la próxima semana, el próximo mes y el próximo año vamos a conocer a mucha gente solitaria. Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: «Estamos recordando.» Ahí es donde venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos. Vamos, ahora. Ante todo, deberemos construir una fábrica de espejos, y durante el próximo año, sólo fabricaremos espejos y nos miraremos prolongadamente en ellos.  

Terminaron de comer y apagaron el fuego. El día empezaba a brillar a su alrededor, como si a una lámpara rosada se le diera más mecha.  

En los árboles, los pájaros que habían huido regresaban y proseguían su vida.

PuñoFuegoMontag empezó a andar, y, al cabo de un momento, se dio cuenta de que los demás le seguían, en dirección Norte. Quedó sorprendido y se hizo a un lado, para dejar que Granger pasara; pero Granger le miró y, con un ademán, le pidió que prosiguiera. Montag continuó andando. Miró el río, el cielo y las vías oxidadas que se adentraban hacia donde estaban las granjas, donde los graneros estaban llenos de heno, donde una serie de personas habían llegado por la noche, fugitivas de la ciudad. Más tarde, al cabo de uno o de seis meses, y no menos de un año, Montag volvería a andar por allí solo, y seguiría andando hasta que alcanzara a la gente.  

Pero, ahora, le esperaba una larga caminata hasta el mediodía, y si los hombres guardaban silencio era porque había que pensar en todo, y mucho que recordar. Quizá más avanzada la mañana, cuando el sol estuviese alto Y les hubiese calentado, empezarían a hablar, o sólo a decir las cosas que recordaban, para estar seguros de que seguían allí, para estar completamente ciertos de que aquellas cosas estaban seguras en su interior, Montag sintió el leve cosquilleo de las palabras, su lenta ebullición. Y cuando le llegara el turno, ¿qué podría decir, qué podría ofrecer en un día como aquél, para hacer el viaje algo más sencillo? Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar. Sí, todo. Pero, algo más. ¿Qué más? Algo, algo...  

Y, a cada lado del río, había un árbol de la vida, con doce clases distintas de frutas, y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían para curar a las naciones. 

 «Sí -pensó Montag-, eso es lo que guardaré para mediodía. Para mediodía ... »

  «Cuando alcancemos la ciudad.»  

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Fragmentos de libros. HISTORIA DEL CERCO DE LISBOA de José Saramago  Final II:

 

 
Editorial:     SeixBarral              Acceso/Volver al FINAL I de "Historia del cerco de Lisboa": AscenEiffeNoctur177

Continúa... 

...

... Se robusteció la esperanza del rey con dos motivos, uno de ellos efecto directo del otro, y venía a ser, motivo primero, que si el asalto resultaba bien, quedaba la ciudad ga­nada, y por tanto, motivo segundo, podría licenciar a la tropa, mandarla a casa, hasta la próxima campaña, ahorrando una soldada general. Tuvo Don Afonso la honradez de no esconder los apuros por los que pa­saba su tesorería, sin liquidez, lo que, por otra parte, sólo en su favor hablaba, pues sencillez y franqueza no son cualidades que habitualmente exornen a los gobernantes de todo el mundo, sin excepción de los nuestros. Pero esta manera de estar en la política nunca es compensada como merecería, y ahora tenemos aquí a OleoCarlosAlbertoSantosun rey con la apetecida ciudad de Lisboa ante los ojos y sin poder llegarle, y encima obligado a rapar el fondo de las arcas para pagar sus haberes a un ejército que anda ya murmurando contra la tardanza. Claro está que no es ésta la primera vez que la corona se retrasa en los pagos, mayormente en estado de guerra, pensemos sólo en las vicisitudes de un conflicto, la recogida de dinero, el transporte, la cuestión de los cambios, el resultado de todo eso junto hace que la llamada a caja se haga generalmente tarde y a deshora, y no son raros los casos en los que la infelicidad es tanta que muere el soldado antes de recibir el sueldo, a veces por minutos.

Si hubiese Don Afonso Henriques consegui­do el dinero unos días antes, la historia de este cerco hubiera sido diferente, no en su conocida conclusión, sino en sus trámites intermedios. Es que, con el paso del tiempo, estábamos ya a mediados de septiembre, y sin que se supiera cómo y de dónde había salido la inaudita idea, empezaron los soldados a decirse unos a los otros que, siendo tanto o tan po­co hombres como los cruzados, también por igual deberían ser merecedores, y que estando sujetos a la misma muerte, les deberían ser reconocidos derechos en todo iguales a los de ellos, cuando llegase la hora del pago. Hablando claro, lo que ellos querían saber era por qué bulas iban los cruzados a tener derecho a saqueo, y aun así la mayoría se habían desinteresado de la empresa, mientras el soldadito portugués tendría que contentarse con un magro salario, asistiendo de bolsillos vacíos, al jolgorio, ocio y festival de los extranjeros. A los oídos de los capi­tanes llegaron ecos de estos movimientos y encuen­tros, pero la pretensión era tan absurda, iba en tal manera contra toda ley y usanza, tanto las escritas como las consuetudinarias, que lAConquista PMasanoa respuesta fue en­cogerse de hombros y un comentario displicente, Son parvos, con lo que pretendían significar, Son peque­ños, que en aquel tiempo aún se daba importancia a la etimología, no es como hoy, que no puede llamársele parvo a nadie, aunque sea obviamente men­guado, sin que le pongan de inmediato a uno una querella por ofensa. Por el sí o por el no, mandaron los capitanes recado a Don Afonso Henriques para que se diera prisa en liquidar los sueldos atrasados, porque andaba relajándose la disciplina y la tropa remoloneaba cada vez que los sargentos mandaban atacar, Por qué no va él, que tiene divisas, y era muy injusto el comentario, que nunca sargento alguno se quedó en la trinchera viendo en qué paraban los resultados del asalto, si debía avanzar para recoger los laureles o quedarse para reprender y castigar a los cobardes fugitivos. Al cabo de más de una semana, cuando las opiniones subversivas ya habían dejado de expresarse por la boca pequeña para ser proclamadas en voz alta en ayuntamientos espontáneos o convocados, corrió la noticia de que al fin iba a serles pagado el sueldo. Suspiraron de alivio los capitanes, pero pronto se les cortó la respiración cuando los de las cajas vinieron diciendo que no aparecía nadie a cobrar. En el propio campamento del rey la afluen­cia fue diminutísima, e incluso ésa debería ser in­terpretada como consecuencia de una intimidación, que en cualquier momento podía el quinto darse de narices con el rey y preguntarle éste, Has ido ya a cobrar, y de dónde iba a sacar el tímido recluta valor para responder, Sepa su alteza por qué no he ido, o me pagan lo mismo que a los cruzados, o no vuelvo a la guerra.

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Todo el temor de los capitanes era que los moros se apercibieran de la bellaquería que circula­ba por los campamentos de los cristianos, no fuera el caso que aprovechasen el desconcierto que en ellos reinaba para, en surtidas fulminantes, irrumpir al mismo tiempo por las cinco puertas y barrer a unos al mar y precipitar a los otros desde las alturas. Por eso, antes de que se hiciera irremediablemente tar­de, mandaron llamar, no a los cabecillas, que no los había, sino a unos cuantos soldados que, por hablar más alto, habían ganado cierto imperio sobre los otros, y quiso el destino que en la Porta de Ferro fuese Mogueime uno de ellos, que su amor por Ouroana no le distraía de las responsabilidades cívicas y de los justos intereses personales y colectivos. Así que fueron los tres procuradores al capitán, a quien, preguntados, Conquista de Santarémparticiparon de las sabidas razones. Usó Mem Ramires, y es de creer que en los otros campa­mentos haya sido éste también el discurso, de arrebatadoras exhortaciones patrióticas, las cuales, pese a ser una novedad, no conmovieron a los soldados de su firmeza, pasando después de los gritos a las amenazas, que tampoco produjeron efecto, y final­mente, tomando a Mogueime como interlocutor, exclamó Mem Ramires, con la voz embargada de emoción, Cómo es posible que tú, Mogueime, estés metido en esta conspiración, tú, que fuiste mi com­pañero de armas en Santarem, cuando generosamente me prestaste tus hombros y tu gran estatura para que yo pudiera lanzar a las almenas la escalera por donde después todos subimos, y ahora, olvidado del papel importantísimo que representaste en aquella gloriosa jornada, desagradecido a tu capitán, ingra­to a tu rey, estás ahí, encuadrillado con unos vaga­bundos ambiciosos, cómo es posible, y Mogueime, sin desconcertarse, no respondió más que esto, Mi capitán, si necesita subir otra vez a caballo de mis hombros para llegar con la espada, las manos o la escalera al adarve más alto de Lisboa, cuente conmi­go, vamos ya si quiere, pero la cuestión no es ésa, la cuestión es que queremos que se nos pague como a los extranjeros, y repare mi capitán hasta dónde lle­ga nuestra sensatez, que no vinimos aquí a pedir que se pague a los extranjeros como nos pagan a noso­tros. Los otros dos procuradores asintieron en silencio, que tal elocuencia no precisaba reiteración, y acabó la conferencia.

Livro HdCLisboaHizo Mem Ramires su informe al rey, el cual, en lo esencial, coincidía con los de otros capitanes, sugiriendo, con todo respeto, que mandase su alteza que comparecieran en su presencia los delegados del movimiento de las fuerzas armadas, que tal vez ante la majestad real se les redujese el atrevimiento y se les encogiesen los ánimos. Dudó Don Afonso Henriques en condescender, pero la situación apre­taba, en cualquier momento podían los moros darse cuenta de la inactividad de los enemigos, y, en desespero de causa, pero furioso, mandó venir a los procuradores. Cuando los cinco hombres entraron en la tienda, el rey, de cerrada catadura y con los po­tentes brazos cruzados sobre el pecho, los increpó sañudamente, No sé si mandar que os corten los pies que os han traído, o la cabeza, de donde saldrán, si a tal cosa os atrevéis, vuestras osadas palabras, y tenía los ojos llameantes puestos en el más alto de los delegados, que era, como se adivina, Mogueime. Fue hermosa cosa de ver, probablemente sólo po­sible en aquellos inocentes tiempos, cómo pareció crecer aún más la figura de Mogueime y cómo le vino clara la voz para decir, Si vuestra alteza nos manda cortar la cabeza y los pies, será todo vuestro ejército quien quedará sin pies ni cabeza. No quería Don Afonso Henriques creer a sus oídos, que un soldado de la infantería popular pretendiese reivindicar para su vil gremio méritos que sólo a la caballería de los nobles deberían ser reconocidos, que ella, sí, es ver­dadero ejército, sin que sirva la peonada más que para redondear las huestes en el campo de batalla o para hacer cordón en los cercos, como es el caso en el que estamos. Incluso así, y porque la naturaleza lo había dotado de algún sentido del humor, confor­mado, evidentemente, a las circunstancias del tiempo, encontró graciosa la respuesta del delegado, no tanto en cuanto al fondo de la cuestión, más que discutible, como por causa del feliz juego de palabras. Volviéndose hacia los cuatro capitanes, que también habían sido llamados, dijo en tono de sonriente es­carnio, Este país, por lo visto, empieza mal, y des­pués, cambiando de expresión y afirmándose mejor en Mogueime, añadió, Yo te conozco, quién eres tú, Estuve en la toma de Santarem, señor, respondió EscudoPortugalMo­gueime, y a mis hombros subió el capitán Mem Ra­mires, que ahí está, Y por eso te crees autorizado para venir aquí a protestar y a reclamar lo que no puede ser tuyo, No es por eso, señor, sino porque lo quisieron mis compañeros, de quienes, como éstos, soy voz y lengua, Y qué queréis, ellos y tú, Ya lo sabéis, señor, queremos tener parte justa en el saqueo, como quien aquí vino a dar su sangre, que, derramada, es igual en color a la de los cruzados extranjeros, como igualmente a ellos hieden nuestros cuerpos si la muerte nos toca y podrecemos, Y si yo dijese que no, que no tendréis parte en el saqueo, Enton­ces, señor, tomaréis la ciudad con los pocos cruza­dos que os quedan de los que no se fueron, Es una rebelión esto que estáis cometiendo, Señor, os ruego que no lo toméis así, y si es verdad que hay alguna ganancia en nuestro espíritu, pensad también que es acto de justicia pagar igual a igual, y que este país en principio de vida empezará mal si no empieza justo, recordad, señor, lo que ya nuestros abuelos dijeron, que lo que torcido nace no hay quien lo en­derece, no queráis que torcido nazca Portugal, no lo queráis, señor, Dónde te han enseñado a hablar así, que ni clérigo mayor, Las palabras, señor, están en el aire, cualquiera puede tomarlas. Don Afonso Hen­riques, que ya había calmado su furia, se quedó pen­sando, con la mano derecha prendida en la barba, y había en su mirada una cierta expresión de melan­colía como si dudase de tantos actos que practicara, y los otros, desconocidos, que lo esperaban en el fu­turo para valorarlo según la medida del alma con que viniese a enfrentarse con ellos, y estando así unos minutos, en un silencio que ninguno de los presen­tes se atrevía a quebrantar, dijo por fin, Marchad, luego os instruirán vuestros capitanes sobre lo que con ellos voy a decidir.

PortugalHubo fiesta en los cinco campamentos, que hasta en el Monte da Graça se perdió la timidez, cuando, reunidas las tropas en alarde, vinieron los he­raldos a anunciar la merced que hacía el rey de que a todos los soldados, sin diferencia de graduación o antigüedad, les quedaba reconocido el derecho de saqueo en la ciudad, según las costumbres y salva­guardadas las partes que correspondían a la corona y las que se habían prometido a los cruzados. Las aclamaciones fueron tantas y tan prolongadas que definitivamente se convencieron los moros de que ha­bía llegado la hora del asalto final, aunque ningunos preparativos anteriores lo hicieran esperar. Tal no sucedió realmente, pero desde lo alto de los muros pudieron ver la actividad en los campamentos, igual que las hormigas alborotadas por el súbito descubri­miento de una mesa puesta y servida a la orilla del caminillo por el que no habían hecho más que aca­rrear barbas de espigas y migajas de compango. En una hora se pusieron de acuerdo los maestros carpinteros, en dos hervían de diligencia los astilleros donde, perezosamente, la carcoma iba acabando con las torres en construcción, manera figurada de decir, pues los hilótomos y los anobios no está dotados de instrumentos de corte y perforación capaces de enfrentarse con la madera verde y vencerla, y en tres tuvo alguien la idea de que, cavando por debajo de la muralla una mina honda y llenándola de leña y pegándole fuego, el calor de aquel horno haría dilatar las piedras y desencajarse las junturas, con lo que, empujando también Dios un poco, se vendría todo al suelo en un amén. Murmuran los escépticos y los que siempre están maldiciendo de la naturaleza humana que estos hombres, antes insensibles al amor de la patria e indiferentes al futuro de las generaciones, por el amor al satánico lucro se desvelaban ahora, no sólo en el duro trabajo del cuerpo, sino también en las invisibles y superiores operaciones del alma y de la inteligencia, pero habrá que decir que rematadamente se equivocan, pues lo que allí era motor de voluntades y generador de alegrías resultaba infinitamente más del contento que en el espíritu siempre hará nacer una justicia que sea igual para todos y que de que cada uno haga desti­natario escogido de un integral e incorruptible derecho.

LisboaCerco1

Con estas nuevas disposiciones de los cristianos, que incluso a distancia se hacían patentes, empezó el desánimo a filtrarse en el ánimo de los moros, y si en la mayor parte de los casos era a la propia y necesaria lucha contra la flaqueza despuntante adonde iban a buscar fuerzas nuevas, algunos hubo que cedieron a los miedos reales e imaginados e intentaron salvar el cuerpo buscando en un preci­pitado bautismo cristiano la condenación de su islá­mica alma. Por la callada de la noche, usando cuer­das improvisadas, bajaron de las murallas y, ocultos en las ruinas de las casas del arrabal y entre los ar­bustos, esperaron al nacer del día para surgir a la luz. Con los brazos en alto, con la cuerda que les había ayudado a bajar la muralla puesta alrededor del cue­llo como señal de sujeción y obediencia, caminaron hacia el campamento, al tiempo que daban altas vo­ces, Bautismo, bautismo, creyendo en la virtud sal­vadora de una palabra que hasta entonces, firmes en su fe, habían detestado. Desde lejos, viendo a aque­llos moros rendidos, creyeron los portugueses que venían a negociar la propia rendición de la ciudad, aunque les pareciera raro que no hubiesen abierto las puertas para que salieran, ni obedecido al pro­tocolo militar prescrito en estas situaciones, y sobre todo, aproximándose más los supuestos emisarios, resultaba notorio, por lo andrajoso y sucio de las ropas, que no se trataba de gente principal, pero cuando al fin fue comprendido lo que ellos preten­dían, no tiene descripción el furor, la saña Matanzaenloque­cida de los soldados, baste decir que en lenguas, na­rices y orejas cortadas fue aquello un matadero, y, como si tanto fuese nada, con golpes, puñetazos e insultos los hicieron volver a la ciudad, algunos, quién sabe, esperando sin esperar un imposible perdón de aquellos a quienes habían traicionado, pero fue un triste caso, que todos acabaron allí muertos, apedrea­dos y acribillados a flechazos por sus propios hermanos. Después de esta trágica aventura cayó sobre la ciudad un silencio pesado, como si un luto más profundo tuviesen que purgar, tal vez el de una reli­gión ofendida, tal vez el insoportable remordimiento de los actos fratricidas, y fue entonces cuando, rompiendo las últimas barreras de la dignidad y del recato, el hambre se mostró en la ciudad en su más obscena expresión, que menor obscenidad es la exhibición de los comportamientos íntimos del cuerpo que ver extinguirse ese cuerpo por mengua de alimento bajo la indiferente e irónica mirada de dioses que, habiendo dejado de guerrear unos contra otros por ser inmortales, se distraen del aburrimiento eterno aplaudiendo a los que ganan y a los que pierden, a unos porque matan, a otros porque mueren. Por orden inverso a las edades se apagaban las vidas como candelas agotadas, primero los niños pequeños, que no encontraban ni una sola gota de leche en los pechos marchitos de sus madres y se deshacían en podredumbres interiores causadas por alimentos impropios que en último recurso les querían hacer ingerir, después los más crecidos, a quienes, para sobrevivir, no bastaba lo que los adultos se quitaban de la boca, y de éstos más las mujeres que los hombres, que ellas se privaban para que ellos pudieran llevar una última energía a la defensa de los muros, incluso así los viejos eran los que mejor resistían, tal vez gracias a la poca exigencia de cuerpos que por sí mismos se disponían a entrar leves en la muerte para no sobrecargar la barca en que atravesarán el último río. Ya entonces habían desaparecido los gatos y los perros, las ratas eran perseguidas hasta en las tinieblas fétidas donde se refugiaban, y ahora por pa­tios y jardines se raspaban las hierbas hasta las raí­ces, el recuerdo de una cena de perro o gato equiva­lía al sueño de una era de abundancia, cuando aún las personas se podían ofrecer el lujo de tirar los huesos mal descarnados. En los vertederos, ahora, se buscaban restos que diesen para el aprovechamiento inmediato o para transformarlos, por cualquier me­dio, en comida, y el ardor de la busca era tal que las últimas ratas, surgiendo de lo invisible en medio de la noche negra, casi nada encontraban que pudiese aprovechar a su voracidad indiscriminada. Lisboa ge­mía de miseria, y era una ironía grotesca y terrible que los moros tuvieran que celebrar su ramadán cuan­do el hambre hizo el ayuno imposible. 

Sura97 El destino

Sura97 texto
 

 

                                                                                                                     

       Sura 97 del Corán.   El Destino.      ¡En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso!

                1  Lo hemos revelado en la noche del Destino. 
                2. Y ¿cómo sabrás qué es la noche del Destino? 
                3. La noche del Destino vale más de mil meses. 
                4. Los ángeles y el Espíritu descienden en ella, con permiso de su Señor, para fijarlo todo. 
                5. ¡Es una noche de paz, hasta el rayar del alba! 

              

Y así se llegó a la Noche del Destino, esa de la que se habla en la sura noventa y siete del Corán que conmemora la primera revelación del profeta, y en la que, según la tradición, se revelan a su vez los acontecimientos de todo el año. Para estos moros de Lisboa, sin embargo, el destino no esperará tanto tiempo, va a cumplirse en estos días, y llegó sin ser esperado, pues no lo reveló la Noche de hace un año, o no lo supieron leer en sus arcanos, engañados por estar todavía tan al norte los cristianos, ese Ibn Arrinque de mala simiente y su tropa de gallegos. No se puede averiguar la razón por la que los moros atizaron en toda la extensión de los adarves grandes hogueras que, como una enorme corona de fuego rodeando la ciudad, ardieron durante toda aquella noche, llenando de espanto y de inquieto temor re­ligioso los corazones de los portugueses, a quienes el asombroso espectáculo por ventura haría dudar de las esperanzas de victoria si no tuvieran buena infor­mación del desespero al que habían llegado los desgraciados. Con el alba, cuando los almuédanos lla­maron a oración, las últimas columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo purísimo y, teñidas de rojo por el sol naciente, eran empujadas por una brisa suave, sobre el río, en dirección a Almada, co­mo una amenaza.

Eran, realmente, llegados los días. La exca­vación de la mina había terminado, las tres torres, la normanda, la francesa, y también la portugue­sa, cuya construcción en breve tiempo alcanzó a las otras, se levantaban cerca de los muros como gigan­tes dispuestos a alzar el puño tremendo que iría a reducir a escombros y destrozos una barrera a la que va faltando el cemento de la voluntad y de la valen­tía de quienes hasta ahora la defendieron. Sonám­bulos, los moros ven las torres que se aproximan, y TorreAsaltosienten que ya sus brazos apenas pueden levantar la espada y tensar la cuerda del arco, que los ojos turbios confunden las distancias, es la derrota que ahí viene, peor qué la muerte. Abajo, el fuego roe la muralla, de la mina salen chorros de humo, como de dragón agonizando. Y es entonces cuando en un esfuerzo final, los moros, intentando sacar de su propia desesperación las últimas energías, irrumpen por la Porta de Ferro para una vez más incendiar la torre amenazadora, que desde arriba, por estar me­jor protegida, no lograrían destruir. De un lado y otro se mata y muere. El fuego llega a prender en la torre, pero el incendio no se propagó, los portugueses la defienden con furia igual a la de los moros, aunque hubo un momento en el que, aterrorizados, heridos unos y otros fingiéndolo, dejando las armas o con ellas vestidos, algunos huyeron lanzándose al agua, una vergüenza, menos mal que no hay aquí cruzados para registrar la cobardía y llevar de ella afrentosa noticia al extranjero, que es donde las fa­mas se hacen o se pierden. En cuanto a Fray Rogei­ro, no hay peligro, anda de observación por otros parajes, si alguien le ha delatado lo que aquí pasó, siempre podremos argumentar, Cómo puede estar tan seguro, si no estaba allí. Flaquearon a su vez los moros, los portugueses de mayor coraje avanza­ban ahora, pidiendo auxilio a todos los santos y a la Virgen Santa María, y, o por esto, o porque todos los materiales tienen un límite de resistencia, lo cierto es que con tremendo estruendo se vino aba­jo el muro, abriéndose un boquete enorme, por el que, disipados humo y polvo, se podía al fin ver la ciudad, las calles estrechas, las casas apiñadas, la gente presa de pánico. Los moros, amargados por el desastre, retrocedieron, se cerró la Porta de Ferro, era igual, que otro vano se había desgarrado casi al lado, para él no hay puerta, a no ser, tan precaria, los pechos de los moros que surgen para cubrir la abertura, con desesperada ira que hace vacilar de nuevo a los portugueses, menos mal que la torre de aquí pudo al fin alcanzar el muro, al tiempo que un alarido de miedo y agonía se oía en la otra par­te de la ciudad, eran las otras dos torres embistiendo AllhuAkbarcontra la muralla, y haciendo puentes por donde los soldados, gritando, Sus, sus, a ellos, invadían los adarves. Lisboa estaba ganada, se había perdido Lisboa. Tras la rendición del castillo, se estancó la sangría. Sin embargo, cuando el sol, descendiendo hacia el mar, tocó el nítido horizonte, se oyó la voz del almuédano de la mezquita mayor clamando por última vez desde lo alto, donde se había refugia­do, Allahu akbar. Se estremecieron las carnes de los moros a la llamada de Alá, pero la llamada no llegó al fin porque un soldado cristiano, de más celosa fe, o pensando que aún le faltaba un muerto para dar por terminada su guerra, subió corriendo al almi­nar y de un tajo degolló al viejo, en cuyos ojos cie­gos relampagueó una luz en el momento de apagár­sele la vida.

 Son las tres de la madrugada. Raimundo Silva posa el bolígrafo, se levanta lentamente, ayudándose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, como si de repente le hubieran caído encima todos los años que tiene por vivir. Entra en el dor­mitorio, que una luz débil apenas ilumina, y se des­nuda cautelosamente, evitando hacer ruido, pero de­seando en el fondo que María Sara se despierte, para nada, sólo para poder decirle que la historia ha lle­gado a su fin, y ella, que al fin no estaba durmien­do, le pregunta, Has acabado, y él respondió, Sí, he acabado, Y cómo termina, Con la muerte del almué­dano, Y Mogueime, y Ouroana, qué les ha pasado, Supongo que Ouroana volverá a Galicia, y Mogueime irá con ella, y antes de partir encontrarán en Lisboa un perro escondido que los acompañará en el viaje, Por qué crees que se van, No lo sé, por lógica debie­ran quedarse, Qué más da, quedamos nosotros. La cabeza de María Sara descansa en el hombro de Raimundo, con la mano izquierda él le acaricia el pelo y el rostro. Tardaron en dormirse. Bajo el alpende del mirador respiraba una sombra.

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Fragmentos de libros.   IMÁN de Ramón J. Sénder    Final:

 

Finales de libros

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DIECISÉIS

Cuatro días y tres noches de viaje. El paisaje frío, concreto e inexpresivo, y por la noche una negra y abstracta España irresponsable en la sombra de la ventanilla.

Viance entró por Málaga, blanca y azul. Su único equipaje, dos cajetillas de tabaco, se lo quitaron en la aduana. Hasta coger la línea general, los trenes eran viejos y míseros y los vagones hervían en un resol de podredumbre. Los viajeros se daban con las rodillas, estaban demasiado próximos y mirarse a la nariz horas y horas era demasiado estúpido. Uno le preguntó si la condecoración era pensionada. Viance mintió: dijo que sí, y un catalán se puso a explicar que al contribuyente le salían caras esas quincallas. En la línea general, los coches atestados. Al cambiar, en Madrid, el viaje se hizo ya insufrible. Sólo la costumbre de la disciplina podía dulcificarlo un poco.

Por fin, a solas en el vagón de un tren secundario que le conducía a la estación de término, mirando la estepa seca y oscura, recobró la conciencia de sí mismo. «Nadie me espera, esta tierra no es la que yo recordaba, la que yo dejé. Todo es extraño. Y, sin embargo, tengo prisa por llegar y me conmueve la idea de que estoy cerca». Tiene deseos de verse ya en la carretera, andando los veinte kilómetros de comarca áspera y estéril para buscar, tras un repliegue, su pueblo, Urbiés, en el que no sabe aún lo que hará, cómo reanudará la vida. Es igual. Ha recorrido España de punta a cabo. Ha visto llanuras, montañas, como en África, y labradores altivos y taciturnos, como los moros. Igual, igual que allá. Pero, ¿por qué los de aquí son tan sumisos? ¿Basta el estrecho de Gibraltar, una «manga de agua», para hacerlos cambiar de esta manera? Sus intuiciones son muy vagas. Lucha histórica del godo contra el africano. La aristocracia del Norte, confabulada con los judíos en un amasijo de catolicismo, contra el hermano de África, gemelo del español primitivo y hermano mayor del auténtico español moderno. El caso de España es el mismo que el de Marruecos. La aristocracia goda «corre los moros» y busca títulos de grandeza, y en España corre a los españoles y busca títulos de la Deuda de acuerdo con los auténticos bárbaros del Norte. Por ignorarlo, se pierde su razón en laberintos. Lo cierto es -concluye- que todo, en este regreso a España, tiene un aspecto absolutamente nuevo y sombrío.

SelloSenderCuando marchó a Marruecos fue bien distinto. Había un impulso juvenil, una conciencia optimista. Eran regocijadas las viejas que lloraban en las estaciones al despedir a sus hijos, a sus nietos. El tren militar, desordenado y alegre. Robó vasos y botellas en las estaciones para lanzarlos después contra los guardabarreras. El humo de las chimeneas aldeanas hablaba de salud, de vida hogareña confortable y segura. Había una fuerza nueva en el traqueteo del tren, en los puentes metálicos que quedaban atrás prendidos de rumores, en la canción y en la bota de vino. Iba a la guerra. Con palabras que sonaban al «mío Cid», algunos viejos taciturnos comentaban desde el andén, haciendo apenas perceptible su ironía:

-¡Al moro, muchachos, al moro!

En una cantina robó una silla y tuvo un gran éxito en el vagón. Otro robó un orinal y lo traía puesto en la cabeza como un yelmo grotesco. Todo era alegría, confianza, seguridad en sí mismo y en el mañana. Hoy…

El tren para. Es una estación muy pequeña. Gallinas, por el andén, tiestos de albahaca en un ventanuco. Un labrador se despide de su mujer subiendo con garbo aventurero. Del carricoche desvencijado que hay junto al camino se acerca un jornalero arrastrando el cabo de un látigo.

- ¡Que vuelva pronto y con salú! Eso es lo que hace falta.

Ella tiene en los ojos un arrobo erótico. Se le va el macho. Viance los contempla. Arranca el tren. La mujer grita adioses casi epilépticos.

- ¡Estas mujeres…! -dice el labrador sentándose satisfecho.

Viance prevé a la esposa entregándose al jornalero del látigo con el mismo arrobo en los ojos. El labrador le parece un bendito de Dios. No ve en las mujeres sino el vicio y la maldad; en los hombres una cobardía o una estupidez dañinas. Sin embargo, ellas y ellos, al mismo tiempo -y eso es lo terrible-, viven y se desenvuelven en un plano superior, firme, ascendente, seguro.

El labrador desenvuelve un papel, saca una tortilla dentro de un pan, corta la mitad y se la ofrece en silencio. Viance duda, aturdido. Los ojos firmes del labrador pesan sobre los suyos reposadamente:

SoboALaBota- Coma usted en paz, que luego le dará un sobo a la bota.

Viance acepta sin gratitud, con cierto receloso despego. El otro pregunta.

- ¿Cuánto tiempo lleva en el moro?

- Vengo licenciao.

- ¿Eh?

Viance se esfuerza en alzar la voz:

- ¡Vengo licenciao!

- ¿Tres años? Dice que sí. No se atreve a confesar los recargos sufridos, porque son patente de mala conducta.

- Dos hijos tengo yo.

- ¿Dos hijos? Si tiene usted dos hijos, procure que no vayan a la guerra.

- ¿Qué puede hacer uno contra eso? -replica con aire escéptico.

- ¡Matarlos!

El labrador se queda muy sorprendido y Viance rectifica, poniéndose colorado:

-O enviarlos a las Américas.

El campo sigue girando a ambos lados del tren dentro del marco de las ventanillas. Dos enormes discos de gramófono. En el uno hay una jota y en el otro un largo y lento mugido. El labrador estira el pescuezo hacia afuera:

CanalBardenas- Mire usted el canal de las Bárdenas.

-¿Ya han llegao aquí las obras?

 -¡Y si sigue usté p'alante, verá mucho más! Algunos cientos de millones van gastaos. Desde marzo, contando lo de todas las obras, se sale a millón diario.

Viance bebe en la bota. Vino fluido, áspero y fuerte, que parece pasar a las venas hirviendo. Un zumbido remoto y agudo. Ganas de hablar. Torpedad de la lengua y un no saber dónde poner los ojos. Una mosca resbala por el cristal aleteando. Viance la aplasta con el dedo, suelta a reír y se limpia en el pantalón. El labrador mira a otro lado, aprieta los dientes. La bota no se ha aflojado apenas; sigue tersa y henchida. Pero Viance está borracho.

Baja. Ya en el andén, se detiene un momento. El cristal de una puerta refleja su guerrera entallada, su guerrera de oficial lavada, remendada y encogida sobre los sucios pantalones. La criada de la estación lo mira un momento extrañada, llama a otra y ambas sueltan a reír. Viance se aturde: quiere decir un cumplimiento y dice una obscenidad. El instinto de venganza predomina sobre el deseo de cortesía. Se molestan, y Viance oye sus dicterios cuando ya ha cogido el camino, a la espalda de la estación.

El campo, el paisaje, no son lo que se figuraba en Marruecos. No hay tanta diferencia entre aquel campo y éste. Matas, tomillo, tierra parda, blanca y alguna vez rojiza. Cuervos, lo mismo que allá. Esperaba que esta tierra le hablara al corazón. En su sorpresa desconcertante hay un punto de gravedad. Sabe a dónde va, por primera vez, después de tanto tiempo. Lleva un rumbo, una dirección. Va al pueblo. Los rincones donde transcurrió su infancia, la vieja casa, los campos que cultivó con su padre, el mismo cementerio, pequeño; un corralillo no mayor que los otros con el portalón de madera resquebrajada y la crucecilla encima. El camino no es nada, hay que andarlo sin reconocerlo, sin querer comprender tampoco su dulzura ni su aspereza. Andar, andar hacia el pueblo. Allí le bastará con oír los gorriones en las retejeras y ver el aire especial que recorta y encuadra cada calle.

Azuara    Vuelve a tender la mirada en torno. Allá arriba está el castillo. Tiene un aspecto desolado y frío. En sus ruinas Viance acechaba a las aves de rapiña otros tiempos. Un poco más abajo, en el muladar de Bicar -el pueblo inmediato al suyo-, acostumbraba a esperarlas oculto junto a la carnaza, provisto de una esquila y un collar de cuero. Cuando algún buitre se le acercaba lo suficiente, se lanzaba sobre él. Necesitan correr unos diez metros antes de alzar el vuelo y entretanto lo atrapaba, luchaba a brazo partido y cuando conseguía colgarle la esquila al cuello lo soltaba. Después, en la plaza del pueblo, veían navegar sobre el azul un pájaro sonando una esquila y Viance recogía la gloria en el entusiasmo de los otros muchachos y en la aprobación regocijada de los hombres.

Estos recuerdos se producen ya fuera de sí mismo, como si se refirieran a otra persona muy diferente. Acelera el paso. «Parece mentira -piensa-: espera uno que se va a volver loco cuando llegue el momento y luego todo se sucede tontamente y las cosas más importantes no son nada». Acelera más el paso. Insensiblemente, le da una regularidad militar, y en sus oídos hay un eco de trompetas.

Se sienta, fastidiado, en la cuneta, y mira con rencor a ambos lados. El monte, el valle, el cielo, los árboles, los pájaros, todos van a lo suyo con una frialdad irritante. Es natural, en medio de todo. También él iría a lo suyo; pero ya no sabe qué es lo suyo, qué interés primordial tienen para él las cosas. Ese hombre que llega con aire decidido e indiferente es, sin duda, un pobre diablo. Pasa hambre entre los hambrientos, frío y calor a la intemperie mudable; su mujer lo desprecia, sus amos lo tratan como a un pobre animalejo; un día, con cualquier pretexto, lo abrirán en canal y lo clavarán en un poste del telégrafo, como hacían en Marruecos. Está gordo. Los cuervos hallarían en sus entrañas más condumio que en las de aquellos desdichados que estaban a la entrada de un blocao cerca de Dríus. Y, sin embargo, se afana y lucha, trabaja.

ContrucciónBlocao- ¡Vaya con Dios! ¿Tiene un cigarro? -pide con una insospechable costumbre de mendigo.

El desconocido lo mide con los ojos y sigue adelante, dejando caer unas palabras:

- No lo gasto.

… Y hasta ti ene cierta vanidad social, cierta satisfacción de hombre serio. En el fondo, se considera persona importante. «Persona importante», repite riendo. Se levanta y echa a andar de nuevo. Un kilómetro, otro, mecánicamente. De pronto se para:

«¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy yo? Porque nada de esto es mi tierra. ¿Yo soy un forastero?».

Un automóvil llega velozmente y se detiene a su lado. Lo llaman, saluda militarmente. El chófer le pregunta si lleva buen camino para Azuara:

- ¡Sí, señor! A la vuelta, aparecerá Bicar: luego, tuerce por un camino antes de llegar a Urbiés, que es mi pueblo, y sigue hasta Azuara, que es el tercero.

- ¿Vas tú allí?

- Sí, señor; a Urbiés.

Uno de los viajeros le dice que puede subir e ir indicándole al conductor el camino.

El chófer advierte:

- ¿Estás con licencia?

- No, señor. Vengo de Marruecos.

- Entonces debes ir cosido de piojos.

Viance quiere explicar:

- ¡Hombre, yo…!

Pero el chófer no le oye. Dice a los de dentro:

- Sé ya por dónde, señor; no hace falta -y arranca.

PuebloBajoElAguaAl anochecer llega al cruce de dos caminos vecinales, después de haberse desviado de la carretera. Cien pasos más y aparecerá abajo la rinconada del valle, el campanario. He ahí el montón de piedras bajo el cual dicen que fue enterrado un salteador de caminos. La costumbre romana se mantiene, y todo el que pasa arroja su piedra. Viance corre, salva en dos saltos el último trecho y se asoma, por fin, al valle con impaciencia. Abajo hay una laguna quieta, sucia, que espejea bajo la última luz. ¿Y el pueblo? Vuelve a mirar en torno. La impresión es tan honda que se resuelve en una estúpida indiferencia. El pueblo está ahí, debajo de esas aguas quietas. Al oír arriba un chirrido de vagonetas comprueba la infamia. Han expropiado el pueblo para hacerlo desaparecer en uno de los embalses del plan de riegos. Urbiés está debajo.

Su casa, el suelo que pisaron sus padres, todo es ahora limo, barro, algas. Le han robado su pueblo. Aquellos recuerdos vivos que flotaban en las esquinas, en el pozo de la plaza, en la abadía, y que eran el punto de partida de toda su vida han desaparecido para siempre.

Un impulso oscuro le hace descender hacia el agua, se detiene de pronto junto a un torrente de argamasa que baja no se sabe por dónde, y una voz grita desde arriba:

- ¡Eh, pasmao!

Asoman vagonetas. Viance sube lleno de una curiosidad desesperada. Arriba, la curiosidad insolente de los obreros le contiene:

- ¿A dónde iba usted? -pregunta uno, mascando la colilla.

- ¡Ahí, a mi pueblo!

- ¿A su pueblo?

- Sí. A Urbiés.

- ¿Sabe usted nadar?

Los demás ríen.

- Lo menos tiene quince metros de agua encima. ¿Es que se dejó olvidado algo?

Vuelven a reír. Ahora ríe también Viance; pero su risa conmueve al que lleva el freno del convoy.

- El pantano de Urbiés -explica éste- coge toda la hondonada y sigue hacia abajo más de diez kilómetros. Allá está la presa principal. Como han cegao algunos barrancos y han abierto vaguadas el agua se ha ido acumulando ahí; pero eso no es nada pa lo que ha de ser. Los del pueblo se fueron a trabajar a Barcelona. Alguno queda en las obras, ¿verdá?

- Sí, pero están en Tormos. Dos familias creo que andan en la Violada. Si quieres venir ahí, a Urbiés, puedes montar en las vagonetas.

- ¿Urbiés? -insiste Viance desconcertado.

- Los papeles del Ayuntamiento y todo lo demás ha pasao al poblao obrero de esta zona, que es como si fuera el mismo Urbiés, o mejor aún, porque éste tiene café cantante y puedes tomar vermú y todo el copón.

Grandes barracas de madera, de ladrillo, donde se hacinan los obreros igual que los soldados en los cuarteles. De vez en cuando, pequeños pabellones con escaleras voladas de hierro. Todo provisional, frío, sin carácter.

-¿Esto es Urbiés? -pregunta Viance con risa abobada.

Un grupo de obreros jóvenes se acerca. Viance, más lamentable en su indumento, la guerrera corta con talle casi femenino, se detiene. Cantan aquí y allá. Los jovenzuelos traen ganas de camorra. Uno grita:

-¡Viva el ejército!

Y otro, atiplando la voz, rectifica:

Melicia- ¡El ejército, no! ¡La melicia, la señora melicia!

Viance se yergue:

-¿Quién ha sido el hijo de…?

Uno, avanza:

-¡Yo! ¿Qué pasa?

Tiene un gran éxito. Todos están pendientes de la reacción de Viance. En cuanto lo ven dudar, lo clasifican con fallo inapelable. Viance quiere protestar; pero su voz apenas sale de la garganta, y es lo primero que denuncia su mezquindad física, su inferioridad. Al lado de esos mozalbetes, es un viejo enfermo, inútil. «¿Para qué?», piensa. Todo es tan lejano e indiferente que sería una estupidez liarse a golpes. «¿Para qué?». Duda, vacila aún. Alguien dice torpemente:

-¡No llores, hombre! ¡Vamos a tomar una copa!

Ríen los demás. Viance se deja arrastrar a la cantina. Uno le ladea el gorro de un manotazo, otro le arranca la condecoración y Viance, creyendo que se le había caído, se pone a buscarla; enciende una cerilla, se quema los dedos, palpa la tierra a oscuras con las manos. Se arma un alboroto enorme. Empujones, risas, insultos

Cuando se da cuenta Viance, está en el café. Los obreros llenan la barraca por completo. En un extremo se alza un tabladillo de madera al nivel de las mesas. En el fondo hay una colcha rameada de amarillo y verde. De vez en cuando sale una mujer -camisa rosa, nariz pelada de herpes- y ondula torpemente, acompañada por un viejo que manotea el piano. Lleva la clientela cal en las ropas, barro en las manos, en la cara.

Viance pasa sin mirar a nadie. Se siente vértice de la curiosidad del cafetín, objeto de ironías mordaces. ¿Por qué? Cuando se ve solo en una mesa lejana, respira tranquilo. Junto al tabladillo han quedado los jovenzuelos, con ojos salaces. Apenas puede reflexionar sobre los últimos sucesos. Entre retazos de música y gañidos de la cupletista, va hilvanando su desconcierto: «El pueblo, Urbiés, muerto bajo el pantano; las sepulturas de sus padres, sepultadas a su vez bajo el agua sucia: todo borrado, todo desvanecido en el aire para siempre». Antes, hasta en los momentos peores de la campaña, tenía una base moral firme: su niñez, su pueblo, los campos familiares, las calles, los niños de entonces, hechos ya hombres. Ahora cree pisar sobre la niebla, sobre el aire. Su vida comienza en el infinito, sin base, sin donde poner los pies para tomar impulso.

AlfonsoXIIIxLaGdeDiosTiene setenta céntimos. ¿Y trabajo? ¿Será fácil aquí encontrar trabajo? En la mesa de al lado le contesta casualmente la afirmación de un labriego:

- Peones no quieren ni uno. Sobra personal en todas partes y sólo admiten a los que vienen con una mula y un carro por lo menos.

Viance prende una mirada de perro en las tres bombillas que lucen envueltas en gasa azul. Se siente suspendido en el aire, como un ahorcado. La cuerda es el secreto que guarda en lo hondo de los ojos, un secreto que lo eleva sobre los demás; pero lo eleva -¡ay!- por la garganta. ¿Vivir, amar, triunfar? Ese secreto ha roto ya la raíz de todos los impulsos, le ha asomado a la gran indiferencia fatalista que rige la vida de los planetas deshabitados, de los planetas muertos.

La cancionista sale ahora entonando «La cruz del Mérito», cuplé patriótico muy popular que habla del soldado ciego acogido por los brazos de su novia. La cupletista lleva sobre la teta izquierda, prendida en la camisa, la medalla de Viance. Cuando marca el paso con exagerados meneos la medalla oscila a compás. El estribillo dice:

 

El corazón de las mujeres

y las trompetas de la Fama

al ver pasar a los soldados,

repiten siempre: ¡Viva España!

 

E insiste tres veces en ese «¡Viva España!», con modulaciones flamencas, moviendo las caderas.

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