CucharaSaturada

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Fragmentos de libros. JAKOB VON GUNTEN de Robert WalserComienzo II:

 

 Editorial:  Alfaguara            Acceso/Volver al comienzo I de "Jakob Von Gunten": RastroNiñoAnticuario177  

 
Continúa comienzo  

...

...También me he visto contagiado por un extraño sentimiento de satisfacción, desconocido hasta ahora. Soy bastante obediente; no tanto como Kraus, que es un maestro en ejecutar celosamente cualquier tipo de órdenes. Hay un punto en el que nosotros, los alumnos (Kraus, Schacht, Schilinski, Fuchs, Peter el larguirucho, yo, etc.), nos parecemos todos: el de PerformanceJVGnuestra pobreza y dependencia absolutas. Somos humildes, humildes hasta la indignidad total. Quien recibe un marco de propina pasa por ser un príncipe privilegiado. Quien, como yo, fuma cigarrillos, despierta preocupación por sus hábitos de despilfarro. Vamos uniformados. Pues bien, este hecho de llevar uniforme nos humilla y nos encumbra al mismo tiempo: tenemos aspecto de gente no libre, lo que posiblemente sea una ignominia, pero también nos vemos bonitos, y eso nos ahorra la profunda vergüenza de quienes se pasean en ropas personalísimas y, sin embargo, sucias y ajadas. A mí, por ejemplo, vestir el uniforme me resulta bastante agradable, pues nunca he sabido muy bien qué ropa ponerme. Pero incluso a este respecto sigo siendo un enigma para mí mismo. Acaso en mi interior resida un ser vulgar, totalmente vulgar. O tal vez por mis venas corra sangre azul. No lo sé. Pero de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré.

Nosotros, los alumnos o internos, tenemos en verdad muy poco que hacer, casi no nos dan tareas. Aprendemos de memoria los reglamentos que rigen aquí dentro. O leemos el libro ¿Qué objetivo persigue la escuela de muchachos Benjamenta? Kraus estudia además francés, totalmente por su cuenta, ya que las lenguas extranjeras o asignaturas AulaDifusasimilares no figuran en nuestro plan de estudios. Sólo hay un curso único que se repite constantemente: «¿Cómo debe comportarse un muchacho?» Y toda la enseñanza, en el fondo, gira en torno a esta pregunta. Conocimientos no se nos imparte ninguno. Como ya he dicho, falta personal docente, es decir, que los señores educadores y maestros duermen, o bien están muertos, o lo están sólo en apariencia, o quizá se han petrificado, lo mismo da; el hecho es que no nos aportan realmente nada. En lugar de los maestros, que por alguna extraña razón están ahí tumbados, como muertos, y dormitan, quien nos da las lecciones y nos dirige es una mujer joven, Fräulein Lisa Benjamenta, hermana del señor director del Instituto. A la hora de la lección entra en el aula con una varita blanca en la mano. Todos nos levantamos de nuestros puestos al verla entrar; no bien ha tomado asiento, también nosotros podemos sentarnos. Con su varita da tres golpes breves e imperiosos contra el borde de la mesa, y la clase comienza. ¡Vaya clase! Aunque mentiría si dijera que la encuentro extraña. Institute BenjamentaNo, lo que Fräulein Benjamenta nos enseña me parece digno de consideración. Es poco y no paramos de repetirlo, aunque tal vez haya un secreto detrás de todas esas naderías irrisorias. ¿Irrisorias? Nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, no somos lo que se dice reidores. Nuestros rostros y modales son muy serios. Hasta Schilinski, que en realidad es todavía un niño, se ríe muy raramente. Kraus nunca se ríe, o bien lo hace un instante, cuando ya no puede contenerse, y luego se enfurece por haberse entregado a un comportamiento tan antirreglamentario. En general, a los alumnos no nos gusta reír, o, mejor dicho, apenas podemos hacerlo. Nos faltan la alegría y el relajamiento necesarios. ¿O me equivoco? Dios mío, a veces llego a sentir toda mi estancia aquí como un sueño incomprensible.

El más joven y pequeño de todos los alumnos es Heinrich. Sin segundas intenciones de por medio, uno se enternece involuntariamente en presencia de este chiquillo. Se detiene a mirar los escaparates de las tiendas, abismándose en la contemplación de las mercancías y golosinas. Luego suele entrar y comprarse algún dulce por un par de céntimos. Heinrich es todavía un niño, pero habla y se comporta como un adulto bien educado. Lleva los cabellos siempre cuidadosamente peinados con una impecable raya al medio, detalle que merece mi plena aprobación, pues en este importante punto yo soy muy descuidado. Su voz es tan delicada como el gorjeo de un pajarito. Al pasearse con él o al hablarle, uno se siente, sin querer, impulsado a pasarle un brazo por los hombros. Pese a ser tan bajito, tiene el porte de un GundemYazilarcoronel. Carece de carácter, pues aún no sabe lo que es. Seguro que jamás ha pensado en la vida, ¿para qué? Es muy juicioso, servicial y educado, aunque sin ser consciente de ello. Sí, es como un pájaro. Todo su ser irradia intimidad. Cuando da la mano es como si la diera un pájaro, y como un pájaro camina y se detiene. Todo en Heinrich es inocente, pacífico y feliz. Quiere ser paje, dice. Pero lo dice sin sentimentalismos burdos, y lo cierto es que la profesión de paje sería la más justa e idónea para él. La delicadeza en la conducta y en la sensibilidad aspira a algún fin impreciso, y hete aquí que da en el blanco. ¿Qué experiencias le tocarán en suerte? ¿Habrá experiencias y conocimientos que osen acercarse a este muchacho? ¿No se avergonzarán las crudas decepciones de inquietarlo justamente a él, un ser tan frágil? Por lo demás, observo que es poco frío, no hay en él nada tormentoso ni desafiante. Tal vez nunca llegue a advertir muchas, muchísimas cosas que podrían abatirlo, ni a sentir otras capaces de quitarle su indolencia. Quién sabe si tendré razón. En cualquier caso, este tipo de observaciones me resultan apasionantes. Heinrich es, hasta cierto punto, un chico obtuso. Es su dicha, y hay que celebrársela. Si él fuera un príncipe, yo sería el primero en doblar las rodillas en su presencia y homenajearlo. ¡Lástima!

SchauspielhasZurichT

Qué estúpidamente me porté al llegar aquí! En primer lugar, me irritó el aspecto miserable de la escalera. Pero es el tipo de escalera normal en cualquier casa interior de una gran ciudad. Luego llamé y salió a abrirme un ser de aspecto simiesco. Era Kraus, pero en ese momento lo tomé simplemente por un mono, mientras que ahora lo aprecio muchísimo, gracias a esa manera de ser tan personal, que lo embellece…

...

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Fragmentos de libros. HELENA O EL MAR DEL VERANO de Julián Ayesta  COMIENZO II:

 

Editorial:  ACANTILADO      Acceso/Volver al comienzo I de "Helena o el mar del verano": HelenaAndrin177

 

Continúa:   I EN VERANO.  1 Almuerzo en el jardín

...

        ... Y por las tardes había corrida y los hombres tenían la cara y las mejillas y las narices brillantes. Y también brillaba el café, tan negro con cenizas de puro rodeando la taza. Y los hombres se reían de medio lado porque tenían un puro en la boca y hablaban y se reían como los viejos sin dientes, sacando la punta de la lengua llena de saliva y todo entre una nube azulada de humo. Y era muy bonito ver cómo el color del humo iba cambiando según le diera el petalo de rosa de lipasol. Y como era el Día de la Asunción de Nuestra Señora los niños habíamos ido a tirar pétalos de rosas a la Virgen y sonaban las gaitas, y los voladores, y los violines y la voz de los cantores ya dentro de la iglesia. Y olía todo a incienso, y a flores, y a rosquillas, y a churros, y a la sidra que estaban echando los hombres en el Campo de la Iglesia y al vestido nuevo. Y después todos corrimos a los automóviles y todo empezó a oler a gasolina y vinieron con nosotros los curas (que no se dice «curas» se dice «señores sacerdotes») que habían dicho la misa cantada a comer. Y antes de empezar la comida nos apretaban los carrillos y nos preguntaban cómo nos llamábamos y si sabíamos que día caía nuestro santo y si era un santo Confesor o un santo Obispo o una Santa Virgen o un Santo Eremita (¿qué es eremita?) y los paganos los echaban a los leones del Circo Romano. Y los sacerdotes olían muy suave, muy diferente a las demás personas mayores porque eran Ministros de Dios y discutían porque los querían hacer servirse los primeros, y decían «No faltaba más», y tío Arturo decía «Ande, ande, sírvase usted, don José, que ya sabemos todos que tenemos la mitra en casa.» (¿Qué es la mitra? «Los niños a callarse») Y todos se reían y don José empezaba a hablar tartamudeando: «Home, por Dios; home, por Dios…»pero todos seguían riéndose y los niños también, pero la cara tapada con la servilleta. Y después don José se levantó a dar las gracias y todos rezamos:

Jesucristo Rey de Vida,
aquel que nació en Belén
bendigamos esta comida
por su gracia, amén.

 

      HMarVeranoCuando íbamos en «Belén» a la abuela se le saltó la dentadura y cayó en el lavafrutas y chiscó toda la mesa de agua y todos nos reímos, don José también. Y hubo que empezar otra vez:

 

Jesucristo Rey de Vida,
aquel que nació en Belén
bendigamos esta comida
por su gracia, amén.

 

       Y tío Arturo decía siempre «¿Hay otro Jesucristo que no haya nacido en Belén?» y tía Honorina decía «Ya salió el volterianote», y los sacerdotes se reían y todos nos desperdigamos: las mujeres a arreglarse para la corrida, los niños al estanque a seguir la Gran Batalla Naval de Lepanto y los hombres volvían a sentarse bajo los robles y tomaban más café y más licores, y de vez en cuando se reían porque debían están contándose chistes. Y de repente todos los hombres se arremolinaron porque la butaca de don José se rompió y él cayó para atrás y se clavó en la cabeza un clavo que los niños habíamos pinchado en el tronco de un roble lleno de hiedra. Y era una cosa rara, una cosa horrible que no se podía pensar ver un sacerdote todo sangrando, con todo el pescuezo lleno de sangre muy brillante y muy roja y Tartanatoda cayendo por la espalda un hilo rojo, rojo, sobre la sotana negra. Y era tan horroroso y tan pecado que los niños teníamos miedo de verlo porque creíamos que los sacerdotes no tenían sangre, sino solo alma por dentro y huesos. Y cuando todas las personas mayores gritaban y corrían trayendo y llevando jarras de agua y medicinas y vendas y algodones los niños fuimos al fondo de la cochera y nos escondimos en la tartana vieja que olía tan bién, como a cosas antiguas, y estaba allí en los oscuro porque ya no se usaba hacía mucho tiempo y a los niños no nos dejaban subirnos a ella porque le último caballo que le enganchaban había muerto de tétanos. 

   

Por si le interesara algo más de este libro:   En Biblioasturias

       El Cultural

  

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Fragmentos de libros. FACTOTUM de Charles Bukowski Comienzo II:

  

Editorial:   Mundo actual de ediciones S.A       Acceso/Volver al Comienzo I de "Factotum"..: BancoPoll 177 

 

Coontinúa

... 

... Cesó de llover y salió el sol. Estaba en el barrio negro. Seguí  caminando con  lentitud.

- ¡Hey, basurita blanca!

Dejé mi maleta en el suelo. Una negraza estaba sentada en los escalones de un porche con las piernas cru­zadas. Tenía buena pinta.

- ¡Hola, basurita blanca!

No dije nada. Sólo me quedé allí mirándola.

- ¿Te gustaría catar un buen culo, basurita blanca?

Se reía de mí. Tenía las piernas cruzadas bien altas y balanceaba los pies; tenía unas piernas de lo más legal, con zapatos de tacón, y las agitaba y se reía. Agarré mi maleta y empecé a acercarme hacia ella por el sende­ro de entrada. Entonces noté como la cortina de una ven­tana a mi izquierda se apartaba un poquito. Vi la cara de un negro. Tenía una pinta tan demoledora como Jersey Joe Wolcott. Volví sobre mis pasos por el sendero hasta la acera. La risa de ella me siguió por toda la calle.

2

factotum Book1Estaba en una habitación de un segundo piso, enfrente de un bar. El bar se llamaba Café Gangplank. Desde mi habitación podía ver, a través de las puertas abiertas del bar, todo el interior del mismo. Había algunos rostros de lo más rudo, rostros interesantes. Me quedaba por las noches en mi habitación bebiendo vino y observando desde mi ventana las caras de la gente en el bar, mientras mi dinero se iba esfumando. Durante el día, me daba grandes paseos con paso tranquilo. Me sentaba horas en­teras mirando a las palomas. Sólo tomaba una comida al día para que me durara el dinero un poco más. Había encontrado un sucio café con un sucio propietario, donde sin embargo podías tomarte un gran desayuno -paneci­llos calientes, cereales, salchichas- por cuatro perras.

3

Salí un día a la calle, como de costumbre, y me puse a vagar por ahí. Me sentía feliz y relajado. El sol estaba en su punto. Era como una melodía. Había paz en el aire. Cuando llegué al centro de la manzana, había un hombre de pie a la puerta de una tienda. Pasé de largo.

- ¡Eh, COMPADRE!

Paré y me di la vuelta.

- ¿Quieres un trabajo?

Volví hasta donde él estaba. Por encima de su hombro pude divisar una gran sala a oscuras. Había una gran mesa con hombres y mujeres alineados a ambos lados de la misma. Manejaban martillos con los cuales golpeaban objetos que tenían enfrente de ellos. En aquella penum­bra los objetos tenían la pinta de ser almejas. Olían como almejas. Me di la vuelta y continué mi paseo calle abajo.

Me acordé de cómo mi padre solía volver a casa cada noche y hablaba a mi madre de su trabajo. La murga del trabajo empezaba nada más cruzar la puerta, continuaba en la mesa de la cena y acababa en la cama cuando daba el grito de «¡Luces fuera!» a las 8 de la tarde, de modo que él pudiera descansar y recobrar fuerzas para el trabajo que le esperaba al día siguiente. No había otro tema en su vida a excepción del trabajo.

Al llegar a la esquina, otro hombre me hizo parar.

- Escucha, amigo... -empezó.

- ¿Sí? -pregunté.

- Mira, soy un veterano de la primera guerra mun­dial. Arriesgué mi vida en el frente por este país, pero nadie me quiere contratar, nadie quiere darme un tra­bajo. No aprecian lo que hice por ellos. Tengo hambre, ayúdame un poco...

- Yo no trabajo.

- ¿No trabajas?

- Como lo oyes.

Continué mi paseo. Crucé la calle hasta la otra acera.

- ¡Estás mintiendo! -me gritó-. ¡Tú trabajas. Segu­ro que tienes un trabajo! 

Pocos días más tarde, andaba buscando alguno.

 

4

bukowskiCaricaturaEra un hombre detrás de un escritorio, con un aparatito en el oído cuyo cable bajaba junto a su cara hasta su camisa, donde tenía oculta la batería. La oficina era oscura y confortable. Iba vestido con un gastado traje marrón, una camisa blanca arrugada y una pajarita raída en los extremos. Se llamaba Heathercliff.

Yo había leído el anuncio en el periódico, vi que el sitio no estaba a mucha distancia de mi hotel.

SE NECESITA JOVEN AMBICIOSO CON VISIÓN DE FUTURO.

NO ES NECESARIA EXPERIENCIA. EMPIECE EN LA OFICINA DE REPARTOS Y VAYA ASCENDIENDO PUESTOS.

Aguardé en el vestíbulo con cinco o seis jóvenes más, todos ellos tratando de parecer ambiciosos. Habíamos rellenado nuestras solicitudes de empleo y ahora espe­rábamos. Yo fui el último en ser llamado.

- Señor Chinaski, ¿qué fue lo que le hizo abandonar el trabajo en el ferrocarril?

- Bueno, no veo ningún futuro en el ferrocarril.

- Tienen buenos sindicatos, atención médica, retiro.

- A mi edad, el retiro debe ser considerado como algo superfluo.

- ¿Por qué vino a Nueva Orleans?

- Tenía demasiados amigos en Los Angeles, amigos que, me di cuenta, me estaban apartando de mi carrera. Quise ir a un lugar donde pudiera concentrarme en triun­far sin ser continuamente molestado.

- ¿Cómo sabremos que se va a quedar con nosotros el tiempo suficiente?

- Es posible que no me quede.

- ¿Por qué?

- Su anuncio decía que había futuro para un hombre ambicioso. Si no es verdad que haya aquí futuro, enton­ces me iré.

- ¿Por qué no se ha afeitado? ¿Ha perdido alguna apuesta?

- Todavía no.

- ¿Todavía no?

- No; aposté con mi casero a que podía conseguir trabajo en un solo día incluso con esta barba.

- Está bien, ya le haremos saber.

No tengo teléfono.

- Está bien, Sr. Chinaski.

FactotumLivre1Me fui y volví a mi habitación. Bajé al mugriento re­cibidor y me di un baño caliente. Luego me vestí y salí a la calle a comprar una botella de vino.
Regresé a la habi­tación y me senté junto a la ventana, bebiendo y obser­vando a la gente del bar, contemplando a la gente andar por ahí. Bebí con tranquilidad y empecé a pensar de nue­vo en agenciarme una pistola y hacerlo de una vez rápi­damente —sin todo el rollo de la cavilación y la palabre­ría. Una cuestión de cojones. Me pregunté si tendría suficientes cojones. Acabé la botella y me fui a la cama a dormir. Hacia las 4 de la tarde, me despertaron unos golpes en la puerta. Era un recadero de la Western Union. Abrí el telegrama.

SR. H. CHINASKI. PRESÉNTESE A TRABAJAR MAÑANA A LAS OCHO. RMTE. COMPAÑÍA HEATHERCLIFF.

5

Era una compañía distribuidora de revistas y nosotros nos poníamos en la mesa empaquetadora examinando ór­denes para comprobar si las cantidades coincidían con las facturas. Luego firmábamos la factura y, o bien despachábamos el cargamento para el transporte fuera de la ciudad, o bien lo apartábamos a un lado para el reparto local en camionetas. El trabajo era fácil y tonto, pero los empleados estaban en un constante estado de tensión. Se preocupaban por su trabajo. Había una mezcla de hombres y mujeres jóvenes y no parecía que hubiera ningún jefe de personal vigilando. Pasadas unas cuantas horas, dos mujeres empezaron a discutir. Sobre alguna tontería acerca de las revistas. Estábamos empaquetando unos cuadernos de historietas y había pasado no sé qué en un extremo de la mesa. A medida que iba avanzando la discusión, las dos mujeres se iban poniendo más vio­lentas.

FactotumLivre2- Oye –dije-, no vale la pena que por estos librejos os pongáis a discutir.

- Muy bien -dijo una de ellas-, ya sabemos que te crees demasiado bueno para este trabajo.

- ¿Demasiado bueno?

- Sí, esa actitud tuya. ¿Te crees que no nos hemos dado cuenta?

Fue entonces cuando aprendí que no es suficiente con hacer tu trabajo, sino que además tienes que mostrar un interés por él, una pasión incluso.

Trabajé allí tres o cuatro días, el viernes nos pagaron rigurosamente por horas. Nos dieron unos sobres ama­rillos con billetes verdes y el cambio exacto. Dinero a tocateja, nada de cheques.

Cercana ya la hora de cierre, el chófer del camión volvió del reparto un poco más temprano que de costum­bre. Se sentó en una pila de revistas y encendió un ciga­rrillo.

- Sí, Harry -le dijo a uno de los empleados-, hoy he conseguido un aumento de sueldo. Un aumento de dos dólares.

Al salir del trabajo hice una parada para comprar una botella de vino, subí luego a mi habitación, tomé un tra­go, entonces bajé al vestíbulo y telefoneé a mi compañía. El teléfono sonó largo rato. Finalmente lo cogió el señor Heathercliff. Estaba todavía allí.

- ¿Señor Heathercliff?

- ¿Sí?

- Soy Chinaski.

- ¿Sí, Chinaski?

- Quiero un aumento de sueldo de dos dólares.

- ¿Qué?

- Ya lo ha oído. Al conductor del camión se lo han aumentado.

- Pero él lleva dos años con nosotros.

- Necesito un aumento.

- ¿Le estamos dando diecisiete dólares por semana y ya quiere pedir diecinueve?

- En efecto. ¿Me los da o no?

- No podemos hacer eso.

- Entonces dejo el trabajo -colgué el teléfono.

6

Book2El lunes estaba con resaca. Me afeité la barba y escogí una oferta de trabajo. Me senté frente al director, un tío en mangas de camisa con unas profundas ojeras. Tenía pinta de no haber dormido en toda una semana. Hacía frío y el sitio estaba a oscuras. Era la sala de composi­ción de uno de los dos periódicos locales, el más humilde. Los hombres se sentaban en los escritorios bajo las lám­paras de flexo componiendo las páginas para la imprenta.

- Doce dólares a la semana -dijo.

- Está bien –dije-, lo cojo.

Me puse a trabajar con un hombrecito gordo con una barriga de apariencia insana. Tenía un reloj de bolsillo pasado de moda con una cadenita de oro y llevaba chale­co, una visera, tenía labios de gorrino y un oscuro aire carnoso en la cara. Las líneas de su rostro no tenían in­terés ni mostraban carácter; su cara parecía como si hu­biese sido doblada muchas veces y luego desplegada, como un pedazo de cartón. Llevaba zapatos anticuados y mascaba tabaco, echando el jugo en una escupidera a sus pies.

- El señor Belger -dijo del hombre que necesitaba dormir-, ha trabajado muy duro para levantar este pe­riódico. Es un buen hombre. Estábamos en bancarrota antes de que él llegara.

Me miró.

- Normalmente le dan este trabajo a algún estudiante.

Es un sapo, pensé, eso es lo que es.

- Quiero decir –continuó-.  que este trabajo normal­mente le viene bien a un estudiante. Puede estudiar sus libros mientras espera algún recado. ¿Eres estudiante?

- No.

- Este trabajo suele cogerlo algún estudiante.

Factotum posterMe fui a mi despachito y me senté. La habitación es­taba repleta de pilas y pilas de planchas metálicas, y en estas planchas había pequeños moldes de zinc grabado que habían sido usados para anuncios. Muchos de estos moldes eran utilizados una y otra vez. También había montones de hojas mecanografiadas -nombres de los clientes, artículos y logotipos-. El gordo gritaba ¡Chinaski! y yo iba a ver qué anuncio o noticia quería. A me­nudo me mandaban al periódico rival a coger prestadaalguna noticia. Ellos también cogían prestadas algunas nuestras. Era un paseíto agradable, y encontré un sitio en un callejón trasero donde podía tomarme una caña de cerveza por un níquel. No había muchas llamadas del gordo y el sitio de la cerveza de a níquel vino a convertir­se en mi lugar habitual de estancia. El gordo empezó a echarme de menos. Al principio, sólo me lanzaba miradas torvas. Al final, un día me preguntó:

- ¿Dónde estabas?

- Afuera, tomándome una cerveza.

- Este es trabajo para un estudiante.

- Yo no soy estudiante.

- Voy a pedir que te echen. Necesito a alguien que esté aquí todo el tiempo disponible.

El gordo me llevó hasta Belger, que parecía más ago­tado que nunca.

- Este es un trabajo para un estudiante, señor Bel­ger. Me temo que este hombre no encaja. Necesitamos un estudiante.

- Está bien -dijo Belger. El gordo se retiró.

- ¿Qué te debemos? -me preguntó Belger.

- Cinco días.

- De acuerdo, vete con esto a la ventanilla de pagos.

- Escuche, Belger, ese viejo cabrón es repugnante.

Belger suspiró.

- Por Dios, chico. ¿Qué me vas a contar a mí?

Bajé a la oficina de pagos.

 

7

WTrain BNSF

Estábamos todavía en Louisiana. Embarcados en un largo viaje en tren a través de Texas. Nos dieron latas con comida y se olvidaron de darnos abridores. Dejé mis latas en el suelo, me estiré y me puse cómodo en el asiento de madera. Los otros tipos estaban reunidos en un extremo del vagón, sentados juntos, charlando y riendo. Cerré los ojos.

Pasados unos diez minutos sentí alzarse una nube de polvo entre las rendijas del banco en el que estaba tum­bado. Era polvo muy antiguo, polvo de ataúd, apestaba a muerte, a algo que había estado muerto desde hacía si­glos. Penetraba por mi nariz, se depositaba en mis cejas, trataba de entrar por mi boca. Entonces escuché el sonido de una fuerte respiración. A través de las rendijas, pude ver a un tío metido bajo el asiento, soplándome el polvo a la cara. Me puse de pie. El tío salió arrastrándose des­pavorido de debajo del asiento y corrió hasta el extremo del coche. Me limpié la cara y le miré. Era algo difícil de creer…

...

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Fragmentos de libros. HELENA O EL MAR DEL VERANO de Julián Ayesta  COMIENZO I:

Nuestra portada:
HelenaAndrin800
VOZ DE LA FOTO.  Han pasado ya más de tres años desde el atardecer de esta imagen. Sé que los niños son un tema tabú para el retrato y su difusión en la Red y por eso se velan las caras y se omite el nombre de la playa asturiana donde fue tomada. No obstante, el tiempo pasado ha convertido a estos niños en otros y lo que aquí aparece no es más que un fotograma de la infancia que se les va huyendo. La imagen central de la niña, digamos que se llama Helena, podría representar a la Helena de los primeros capítulos de esta deliciosa novela de culto y hoy, tres años después, se habrá transformado en la Helena que ya no quiere ni entretiene el juego de "la batalla de Verdún", esto es, entrar los niños a escondidas en el cuarto de las niñas para batirse a almohadazos; y ya se asemejará más a la Helena de la que nos quiere hablar Ayesta. 
Niños jugando con la arena, al atardecer, en una playa de Asturias.    © LCJ 
 
Comienzos de libros  
 
 
    Por ti la verde hierba, el fresco viento,
        el blanco lirio y colorada rosa
            y dulce primavera deseaba.
 
            GARCILASO,   Égloga I
   
 
                Pero lejos están los remotos días
en que el amor se confundía con la pujanza de
                                    la naturaleza radiante
        y en que un mediodía feliz y poderoso
henchí un pecho, con un mundo a sus plantas.
 
            ALEXAINDRE      Sombra del paraíso
 

  

I

EN VERANO

     I      ALMUERZO EN EL JARDÍN

 

El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las manchas del sol corrían sobre el musgo, sobre la hierba suave y húmeda y sobre la cara de los invitados y de las Mujeres y los Hombres, que estaban fumando y riéndose todos a un tiempo. Y brillaban también las copas azules para el Marie Brizard y los cubiertos de postre. Y los lunares de luz -los grandes persiguiendo a los pequeños- corrían sobre el mantel lleno de manchas moradas de vino y migas...

...

 Continuar comienzo    (Continuar con el comienzo de "Helena o el mar del verano" )

                        

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Fragmentos de libros. JUSTINE de Lawrence Durrell   Comienzo II:

 


Editorial: ELPAIS                Acceder/Volver al Comienzo I de "Justine": ReflejosPlata177 
  

 Continúa:

... ¡He tenido que venir tan lejos para comprenderlo todo! En este desolado promontorio que Arturo arranca noche a noche de las tinieblas, lejos del polvo calcinado de aquellas tardes de verano, veo al fin que ninguno de nosotros puede ser juzgado por lo que ocurrió entonces. La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio.

En esencia, ¿qué es esa ciudad, la nuestra? ¿Qué resume la palabra Alejandría? Evoco enseguida innumerables calles donde se arremolina el polvo. Hoy es de las moscas y los mendigos, y entre ambas especies de todos aquellos que llevan una existencia vicaria.

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Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y solo el griego del pueblo parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir a Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólico del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la dulce anarquía del cuerpo, porque ha ido más allá del cuerpo. Nessim dijo una vez, recuerdo- y creo que lo había leído en alguna parte-, que Alejandría es el más grande lagar del amor; escapan de él los enfermos, los solitarios, los profetas, es decir, todos los que han sido profundamente heridos en su sexo.

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Notas para un paisaje… Largas modulaciones de color. Luz que se filtra a través de la esencia de los limones. Polvo de ladrillo suspendido en el aire fragante, y el olor del pavimento caliente recién regado. Nubes livianas, al ras del suelo, que sin embargo rara vez traen lluvia. Sobre ese fondo se proyectan rojos y verdes polvorientos, malva pastel y un carmesí profundo y diluido. En verano la humedad del mar da una leve pátina al aire. Todo parece cubierto por un manto de goma.

Y luego, en otoño, el aire seco y vibrante, cargado de áspera electricidad estática, que inflama el cuerpo bajo la ropa liviana. La carne despierta siente los barrotes de su prisión. De noche una prostituta borracha camina por una calle oscura, sembrando los fragmentos de una canción con si fueran pétalos. ¿Fue allí donde escucho Antonio los acordes arrobadores de esa música sublime que lo impulso a entregarse para siempre a la ciudad que amaba?

Los cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez cómplice, y en esos pequeños cafés a los que solía ir Balthazar con el viejo poeta de la ciudad,(*) los muchachos, nerviosos, juegan al chaquete bajo las lámparas de petróleo y, perfumamos por el viento seco del desierto –tan poco romántico, tan sospechoso-, se agitan y se vuelven para mirar a los recién llegados. Les cuesta respirar y en cada beso del verano reconocen el gusto a cal viva…

Justine1He venido a reconstruir piedra por piedra esa ciudad en mi mente, esas provincias melancólicas que el viejo (**) veía llenas de «ruinas sombrías» de su vida. Estrépito de los tranvías estremeciéndose en sus venas metálicas mientras atraviesan la meidan color iodo de Mazarita. Oro, fósforo, magnesio, papel. Allí nos encontrábamos a menudo. En verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes. Naturalmente, llegaba siempre un poco tarde, de vuelta quizá de una cita en una habitación oscura en la que yo trataba de no pensar, tan frescos, tan jóvenes eran los pétalos abiertos de la boca que caía sobre la mía para saciar la sed del verano. Quizá el hombre a quien acababa de abandonar rondaba aún en su memoria, quizá persistía aún en ella el polen de sus besos. Pero eso importaba muy poco ahora que sentía el leve peso de su cuerpo apoyando su brazo en el mío, sonriendo con la sinceridad generosa de los que han renunciado a todo secreto. Era bueno estar allí desmañados, un poco tímidos, respirando agitadamente porque sabíamos lo que cada uno esperaba del otro. Los mensajes se transmitían prescindiendo de la conciencia, por la pulpa de los labios, por los ojos, por los sorbetes, por el tenderete abigarrado. Permanecer allí alegremente, tomados de los meñiques, bebiendo la tarde profundamente olorosa a alcanfor, como si fuéramos parte de la ciudad…

Esta noche estuve revisando mis papeles. Algunos han ido a parar a la cocina, la niña ha roto otros. Me gusta esta especie de censura porque tiene la indiferencia del mundo natural por las construcciones del arte, indiferencia que empiezo a compartir. Después de todo, ¿de qué le sirve a Melissa una hermosa metáfora ahora que yace como una momia anónima en la tibia arena del estuario negro?

Pero guardo con cuidado los tres volúmenes del diario de Justine, y las páginas que registran la locura de Nessim. Nessim me entregó todo a mi partida diciendo:

- Tome esto y léalo. Aquí se habla mucho de nosotros. Le ayudará a conservar la imagen de Justine sin echarse atrás, como he tenido que hacerlo yo.

Esto ocurría en el Palacio de Verano, después de la muerte de Melissa, cuando Nessim creía aún que Justine volvería a su lado. Muchas veces pienso, y nunca sin cierto terror, en el amor de Nessim por Justine. ¿Puede concebirse algo más amplio, más sólidamente fundado en sí mismo. Daba a su desdicha un aura de éxtasis, era como esas heridas deliciosas que esperamos encontrar en los santos antes que en los simples enamorados. Sin embargo, un poco de sentido del humor le hubiera evitado un sufrimiento tan espantosamente vasto. Per es fácil criticar, lo sé. Lo sé.

 SaintArseniusShrineSantuario de San Arsenio, en Corfú (Grecia). Un lugar predilecto para Lawrence Durrel y en el que quizás se inspiró para recrear este "retiro".

En la gran calma de estas tardes de invierno hay un reloj: el mar. Su palpitación confusa que se prolonga en la mente es la fuga sobre la cual se compone este relato. Vacías cadencias de las olas que lamen sus propias heridas, hoscas en las bocas del delta, bullentes en las playas desiertsa, vacías, eternamente vacías bajo el vuelo de las gaviotas: garabatos blancos sobre el gris, masticados por las nubes. Si una vela se acerca hasta aquí, muere antes de que la tierra la cubra con su sombra. ¡Despojos barridos hasta los frontones de las islas, último vestigio carcomido por la intemperie, plantado en la vejiga azul de agua… desaparecido!

Aparte de la vieja campesina arrugada que todos los días viene en su mula desde la aldea para limpiar la casa, la niña y yo estamos absolutamente solos. La niña lleva una vida feliz y activa en un ambiente extraño. Todavía no le he dado nombre. Naturalmente, se llamará Justine; ¿cómo si no?

DurrellSignaturePor lo que a mí respecta, no soy ni feliz ni desdichado; vivo en suspenso como un cabello o una pluma en la amalgama nebulosa de mis recuerdos. He hablado de la inutilidad del arte, pero no he dicho la verdad sobre el consuelo que procura. El solaz que me da este trabajo de cabeza y del corazón, reside en que solo aquí, en el silencio del pintor o del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido más profundo. Nuestros actos cotidianos son en realidad la arpillera que oculta la tela laminada de oro, el significado del diseño. Por medio del arte logramos una feliz transacción con todo lo que nos hiere o vence en la vida cotidiana, no para escapar al destino, como trata de hacerlo el hombre ordinario, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias. Si no, ¿por qué habríamos de herirnos unos a otros? No, la paz que busco u que quizá me sea concedida, no la encontraré jamás en los ojos de Melissa, brillantes de cariño, ni en las sombrías pupilas de Justine. Ahora cada uno de nosotros ha tomado un camino distinto, pero en esta primera gran ruptura de mi madurez siento que su recuerdo dilata prodigiosamente los límites de mi arte y de mi vida. Por el pensamiento los alcanzo de nuevo, como si solo aquí, en este mesa de madera, frente al mar, a la sombra de un olivo, solo aquí pudiera enriquecerlos como lo merecen. Así, en el sabor de estas páginas habrá algo de sus modelos vivientes –su aliento, su piel, sus voces- que irá entretejido en la trama flexible de la memoria de los hombres. Quiero que vivan otra vez hasta alcanzar el punto en que el dolor se transmuta en arte… Quizá sea un tentativa inútil, no sé. Pero debo intentarlo.

Hoy la niña y yo hemos terminado de construir la chimenea de la casa; conversamos tranquilamente mientras trabajamos. Le hablo como me hablaría a mí mismo si estuviera solo; ella me contesta en un lenguaje heroico, de su invención. Siguiendo la costumbre de esta isla, enterramos bajo la piedra del hogar los anillos que Cohen había comprado para Melissa. Traerán suerte a todos los que vivan en esta casa.Cuarteto1   

     En la época en que conocía a Justine yo era casi un hombre feliz. Una puerta se había abierto de pronto por obra de mi intimidad con Melissa, intimidad más maravillosa aún por ser inesperada y absolutamente inemrecida. Como todos los egoístas, no puedo vivir solo; la verdad es que mi último año de celibato me había resultado insoportable, y mi ineficacia para la vida doméstica, mi inutilidad en materia de ropa, comida y dinero me abrumaban. Además estaba harto de las habitaciones invadidas de cucarachas donde vivía entonces, con la única ayuda de Hamid, el tuerto, mi criado berberisco.

Melissa no había destruido mis miserables defensas con ninguna de esas cualidades que pueden señalarse en una amante: encanto, belleza excepcional, inteligencia; nada de eso, sino por obra de lo que solo puedo llamar su cariedad, en el sentido griego de la palabra. Recuerdo que solía verla pasar, pálida, más bien delgada, con un raído abrigo de piel de foca, llevando de la traílla a su perrito por las calles invernales. Sus manos de tísica, de venas azules, etcétera. El arco de las cejas artificialmente acentuado para destacar los hermosos ojos cándidos, osados. Durante muchos meses la vi diariamente, pero su belleza taciturna y decadente no hallaba respuesta en mí. Todos los días me cruzaba con ella al ir al café Al Aktar donde Barthazar me esperaba con su sombrero negro para «instruirme». Nunca pensé que llegaría a ser su amante.

JustineLivreSabía que había sido modelo en el Atelier -profesión poco envidiable- y que ahora era bailarina; mas aun, sabía que era la querida de un peletero de cierta edad, un comerciante gordo y vulgar. Anoto simplemente estas cosas para registrar una parte de mi vida que el mar se ha tragado. ¡Melissa! ¡Melissa!

Pienso en la época en que el mundo conocido apenas existía para nosotros cuatro; los días era simplemente espacios entre sueños; espacios entre capas móviles de tiempo, de actividades, de charla intrascendente... Un flujo y reflujo de asuntos insignificante, un husmear cosas muertas, fuera de todo ambiente real, que no nos llevaba a ninguna parte, que no nos exigía nada salvo lo imposible: ser nosotros mismo. Justine decía que habíamos quedado atrapados en la proyección de una voluntad demasiado poderasa y deliberada para ser humana,el campo de atracción que Alejandría presentaba hacia los que había elegido para ser sus símbolos vivientes.

Las seis. Ruido de pasos, figura vestidas de blanco en los accesos a la estación. Las tiendas se llevan y vacían como pulmones en la rue des Soeurs. Los rayos pálidos, alargados del sol de la tarde manchan las largas curvas de la Explanada, y arcos de deslumbradas palomas, como papeles dispersos, se encaraman a los minaretes para recibir en sus alas los últimos resplandores del poniente...

(*) «El poeta de la ciudad», C.P. Cavafis.

(**)«El viejo», C.P. Cavafis.

 

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