CucharaSaturada

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Fragmentos de libros. EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTY de Peter Handke  FINAL II:

  

                     Editorial:   Alfaguara                Acceso/Volver al Final I de "El miedo del portero al penalty":  TiroACasillas177

 
 
 
Continúa.   

    ... El comedor estaba ocupado por el viaje turístico. El fondista llevó a Bloch a la habitación de al lado, donde la madre del fondista estaba sentada delante de la televisión, y las cortinas estaban corridas. El fondista descorrió las cortinas y se quedó al lado de Bloch ; que tan pronto le veía de pie a su izquierda como, cuando alzaba la vista de nuevo, le tenía a su derecha. Bloch dijo que le trajeran el desayuno y preguntó por el periódico. El fondista contestó que en ese momento lo estaban leyendo los miembros del viaje turístico. Bloch se palpó la cara con los dedos; le daba la impresión de que tenía las mejillas entumecidas. Tenía frío. Las moscas se arrastraban por el suelo con tanta lentitud que al principio se creyó que eran escarabajos. Una abeja emprendió el vuelo desde el alféizar de la ventana y enseguida volvió. La gente daba saltos en la calle para esquivar los charcos; llevaban bolsas de la compra muy abultadas. Bloch se palpó la cara por todos lados. 

     Cover dadtbeEl fondista entró con la bandeja y dijo que el periódico no estaba libre todavía.

    Hablaba en un tono de voz tan bajo que Bloch , al contestarle, le habló en el mismo tono. «No corre prisa», susurró. La pantalla de la televisión se veía llena de polvo a la luz del día, y en ella se reflejaba la ventana, por la que se asomaban los niños al pasar para la escuela. Bloch comía al mismo tiempo que miraba la película. La madre del fondista gemía de vez en cuando. 

      Afuera divisó un carrito de periódicos con la bolsa cargada. Fue a la calle, entonces introdujo primeramente una moneda por la ranura y a continuación sacó el periódico. Tenía tanta práctica en hojearlo que, cuando entró, ya estaba leyendo la descripción de sí mismo. Una mujer se había fijado en él en un autobús porque se le habían caído unas monedas del bolsillo; entonces ella se agachó a recogerlas y vio que eran monedas americanas. Más tarde se enteró de que también se habían encontrado unas monedas parecidas junto a la taquillera. En un principio no se habían tomado en serio sus declaraciones, pero después resultó que su descripción coincidía con la descripción de un amigo de la taquillera que, la noche anterior al suceso, había visto a un hombre merodeando cerca del cine, cuando fue a recoger en coche a la taquillera.

    StummBloch se sentó de nuevo en la habitación y contempló el dibujo que habían hecho, basándose en las declaraciones de la mujer. ¿Significaba eso que todavía no conocían su nombre? ¿Cuándo se había impreso el periódico? Vio que correspondía al primer reparto, que por regla general aparecía ya por la tarde del día anterior. Le parecía como si los titulares y el dibujo hubieran sido pegados encima de la página; como en los periódicos de las películas, pensó: allí los titulares auténticos también se sustituían por los titulares que convenían a la película; o como los titulares referentes a uno mismo que se podían imprimir en las ferias de barrio. 

     Habían descifrado la palabra «Stumm» en los garabatos de los bordes, y, por cierto, con la letra inicial mayúscula; por lo tanto, se trataba con toda seguridad de un nombre propio. ¿Estaba complicado en el asunto alguien que se llamara Stumm? Bloch se acordó de que le había hablado a la taquillera de su amigo, el futbolista Stumm.

     Cuando la chica recogió la mesa, Bloch no dobló el periódico. Oyó decir que habían puesto al gitano en libertad, que la muerte del colegial mudo había sido un accidente. En el periódico había salido solamente una foto del niño junto con sus compañeros de colegio, porque nunca le habían fotografiado a él solo. El almohadón que la madre del fondista tenía a la espalda se cayó del sillón al suelo. Bloch lo recogió y se marchó llevándose el periódico. Vio el ejemplar de la fonda en la mesa de jugar a las cartas; entretanto, el viaje turístico ya había emprendido la marcha. El periódico —se trataba de una edición de fin de semana— era tan grueso que no cabía en la pinza.

     Traktorspuren eicieCuando un coche pasó por su lado, se extrañó, sin ninguna razón —en realidad el día era bastante claro—, de que llevara los faros apagados. No ocurrió nada especial. Vio cómo en los huertos vaciaban las cestas de manzanas en los talegos. Una bicicleta que le adelantó iba de aquí para allá resbalándose en el fango. Vio cómo dos campesinos se daban la mano en la puerta de una tienda; tenían las manos tan ásperas que oía cómo raspaban al contacto. En la carretera asfaltada había huellas embarradas de tractores, que venían de los caminos vecinales. Vio que una mujer anciana estaba inclinada delante de un escaparate con el dedo en los labios. Los aparcamientos delante de las tiendas se iban quedando vacíos; los últimos clientes entraban ya por la puerta trasera. «La espuma» «se resbalaba hacia abajo» «por los escalones de la puerta cochera». «Detrás» «de la luna de los escaparates» «había» «colchones de plumas». Metían de nuevo las pizarras negras de los precios en el interior de las tiendas. «Los pollos» «picoteaban» «las uvas caídas por el suelo». Los pavos se acurrucaban Goaliepesadamente en las jaulas de alambre de los huertos de frutas. Las estudiantes de magisterio salían por la puerta con las manos apoyadas en las caderas. En la oscura tienda, el comerciante estaba en silencio detrás del peso. «Encima del mostrador» «había» «trocitos de levadura». Bloch estaba apoyado en la pared de una casa. Se oyó un ruido extraño, como si, justamente a su lado, hubieran abierto de par en par una ventana que solamente estaba entreabierta. Inmediatamente siguió andando. 

     Se quedó de pie delante de un edificio nuevo que todavía no estaba habitado, pero que sin embargo ya tenía puestos los cristales de las ventanas. Las habitaciones estaban tan vacías que, a través de las ventanas, se veía el paisaje de detrás. A Bloch le pareció como si él mismo hubiese edificado la casa. Él mismo había puesto los enchufes y también los cristales de las ventanas. También eran suyos el cincel, el papel de envolver y la fiambrera que había en el alféizar de la ventana. 

     Miró el edificio por segunda vez: no, los interruptores de la luz seguían siendo interruptores de la luz, y las sillas en el jardín detrás de la casa seguían siendo sillas de jardín. Siguió andando, porque—

    DieAngst¿Tenía que justificarse porque siguiera andando? ¿Y cómo—?

   ¿Cuál era su objetivo? ¿Cuándo—? ¿Tenía que justificar el «cuándo», mientras él —? ¿Continuaba esto así, hasta—? ¿Ya había llegado tan lejos, que—? 

     ¿Por qué motivo tenía que deducirse algo, simplemente porque estuviera caminando por aquí? ¿Tenía que justificar por qué se quedaba ahí parado? ¿Por qué tenía que justificar algo cuando pasaba por una piscina pública? 

      Esos «de manera que», «porque» y «por medio de» parecían instrucciones; decidió evitarlos, para no—

    Era como si a su lado abrieran silenciosamente un escaparate entreabierto. Todo lo imaginable, todo lo visible estaba ocupado. No era un chillido lo que le asustaba, sino una frase sin pies ni cabeza, después de un montón de frases normales y corrientes. Parecía como si todas las cosas tuvieran otro nombre.

    Las tiendas ya estaban cerradas. Las repisas para las mercancías, de las que ya no iba y venía nadie, estaban abarrotadas. No había ningún hueco en el que por lo menos no hubiera una pila de latas de conservas. Todavía colgaba de ellas una etiqueta medio arrancada. Las tiendas estaban tan ordenadas que… 

    «Las tiendas estaban tan ordenadas que no se podía mostrar nada, porque...» «Las tiendas estaban tan ordenadas que no se podía mostrar nada, porque unas cosas tapaban a otras.» Mientras tanto, en el aparcamiento solamente quedaban ya las bicicletas de las estudiantes de magisterio. 

     TheGoaliAanxietyBloch se fue al estadio después de comer. A bastante distancia de allí escuchó los gritos de los espectadores. Cuando llegó, todavía estaban en el calentamiento los hombres de la reserva. Se sentó en un banco en el sentido longitudinal del campo, y comenzó a leer el periódico, hasta que llegó al suplemento del fin de semana. Oyó un ruido, como cuando cae un pedazo de carne en un suelo de piedra; levantó la vista y vio que el balón, que pesaba mucho porque estaba mojado, había rebotado en la cabeza de un jugador.

    Se levantó y se marchó. Cuando volvió, el juego ya había empezado. Todos los bancos estaban ocupados, así que caminó a lo largo del campo hasta llegar a la portería. No quería quedarse parado tan cerca de la portería, y subió la pendiente hasta la carretera. Caminó por la carretera hasta llegar a la esquina donde estaba la bandera. Le pareció como si se le arrancara un botón del abrigo y se pusiera a dar saltos en la carretera. Cogió el botón y se lo metió en el bolsillo. 

    Comenzó a hablar con alguien que estaba de pie a su lado. Se informó de los equipos que estaban jugando y preguntó por el sitio donde se exponían los resultados. Con este viento contrario no iban a meter muchos goles, dijo.

    Se dio cuenta de que el hombre que estaba junto a él llevaba hebillas en los zapatos. «Yo tampoco conozco este sitio», contestó el hombre. «Soy representante, y solamente me voy a quedar unos cuantos días por aquí.» 

     —Los jugadores gritan demasiado —dijo Bloch—. Un buen juego se desarrolla con mucha tranquilidad.

   —No tienen ningún entrenador que les diga desde el borde del campo lo que tienen que hacer —contestó el representante. A Bloch le pareció como si estuvieran representando esta conversación para una tercera persona. 

     EnUnCampoTanPequeño—Cuando se juega en un campo tan pequeño, tienen que tomarse decisiones muy rápidas —dijo.

    Oyó un aplauso, como si la pelota hubiera rebotado en los bordes de la portería. Bloch contó que una vez había jugado contra un equipo en el que todos los jugadores iban descalzos; cada vez que daban una patada a la pelota, los aplausos le atravesaban de punta a punta.

     —Una vez vi en un estadio cómo un jugador se rompía una pierna —dijo el representante—. Se oyó el crujido hasta los sitios de arriba, donde está uno de pie.

    Bloch vio junto a él a otros espectadores que charlaban entre sí. No observaba al que estaba hablando en ese momento sino, por el contrario, a aquel que estaba escuchando. Preguntó al representante si alguna vez, cuando un equipo atacaba, había intentado dejar de mirar a los delanteros para mirar al portero de la portería, hacia la que corrían los delanteros. 

     —Es muy difícil apartar la vista de los delanteros y del balón para mirar al portero —dijo Bloch—. Se tiene uno que desprender del balón, es una cosa completamente forzada. En lugar del balón se ve cómo el portero, con las manos apoyadas en los muslos, corre hacia delante, hacia atrás, se inclina a derecha e izquierda y grita a los defensas. Normalmente la gente se fija en él solamente cuando ya han lanzado la pelota hacia la portería.

    Torwart XCaminaron juntos por la línea lateral. Bloch escuchó una respiración jadeante, como si el juez de línea pasara corriendo a su lado. «Es un espectáculo muy cómico ver correr al portero de aquí para allá esperando la pelota, pero todavía sin ella», dijo.

     Él no podía estar mucho tiempo mirando hacia allá, contestó el representante, involuntariamente volvía la mirada hacia los delanteros. Cuando se miraba al portero, parecía como si tuviese uno que ponerse bizco. Era como si se viese a alguien caminar hacia una puerta y, en lugar de mirar a la persona, se mirara al picaporte. Empieza a dolerle a uno la cabeza y se tienen dificultades para respirar.

     —Uno se acostumbra a ello —dijo Bloch —, pero es ridículo.

     Se anunció un penalty. Todos los espectadores corrieron a ponerse detrás de la portería.

    —El portero está pensando hacia qué esquina va a lanzar el otro el balón —dijo Bloch—. Si conoce al jugador, sabrá cuál es la esquina que elige normalmente. Pero, generalmente, el jugador que lanza el penalty cuenta también con que el portero está haciendo estas o aquellas conjeturas. Así que el portero sigue reflexionando, y llega a la conclusión de que esta vez el tiro irá dirigido a la otra esquina. Pero ¿qué ocurre si el jugador continúa reflexionando también, y decide elegir el tiro a la esquina acostumbrada? Etcétera, etcétera.

      Penalty Kick 2Bloch vio cómo poco a poco todos los jugadores iban saliendo del área de castigo. El que iba a lanzar el penalty colocó el balón en el sitio adecuado. Entonces él mismo retrocedió y salió del área de castigo.

  — Cuando el jugador toma la carrerilla, el portero indica con el cuerpo inconscientemente la dirección en que se va a lanzar, antes de que hayan dado la patada al balón, y el jugador puede entonces lanzar el balón tranquilamente en la otra dirección —dijo Bloch—. Es como si el portero intentara abrir una puerta con una brizna de paja.

      De repente el jugador echó a correr. El portero, que llevaba una camiseta de un amarillo chillón, se quedó parado sin hacer un solo movimiento, y el jugador le lanzó el balón a las manos.

 

También, de "El miedo del portero al penalty", los fragmentos:

 AutorretratoYCamarera177

 

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Fragmentos de libros. EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTY de Peter Handke  FINAL I:

Nuestra portada:
 TiroACasillas800
 
VOZ DE LA FOTO. Deambular. Una calle sin sol adornada con farolillos de papel que el viento balancea. Mirada boba a un globo perdido de un azul más oscuro que el del cielo. Aplastar con el pie un bote de cerveza, sostener luego el pensamiento en el chirriar del metal contra el asfalto. Va, viene, se para gente anónima, desenfadada, indiferente. Sentada en terrazas, en aceras, apoyada en bolardos, atestando garitos, abreva, risotea, charla, pulula en la tarde de feria. Desde un estrecho, viejo balcón, una mujer en bata nos moja con el agua que se le desborda de las macetas que está regando. Música regional desde un escenario. La cantante del grupo bailotea, rasguea un timple, embarazadísima, con su vientre terso, brillante, hinchado y desnudo bajo un top negro. Puestos de feria, churros y rosquillas, tómbola, fritanga, tiro al blanco y penaltys a un portero de madera que gira sobre si mismo, dos euros, tres pelotas, un peluche made in Bangladesh..
 Penalti a un portero de madera. Atracción de feria.   Madrid   © LCJ  
 
Finales de libros.
 

    … Otra vez a solas en la habitación, le pareció como si hubieran cambiado todo de lugar. Abrió el grifo. Inmediatamente cayó una mosca del espejo al lavabo, y en un momento el agua se la llevó. Se sentó en la cama: un momento antes la silla estaba a su derecha y ahora estaba a su izquierda. La volvió a mirar de izquierda a derecha; esa mirada le pareció una lectura. Veía un «armario», «después» «una» «mesa» «pequeña», «después» «una» «papelera», «después» «una» «cortina»; sin embargo, al

Dibujos Todo

    Bloch corrió las cortinas y salió de la habitación.

 

   Continuar final    (Continuar con el FINAL de "El miedo del portero al penalty" )                        

 

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Fragmentos de libros. EL SEÑOR DE LAS MOSCAS de William Golding   Final II:

  

Editorial:     AlianzaEditorial  Alianza          Acceso/Volver al final I de "El señor de las moscas": TroncoVacaMuerta177
 

  
Finales de libros (continúa Cap 12 -último- "El grito de los cazadores)

...

... Escuchó atentamente. No se hallaba muy lejos del Peñón del Castillo. En los primeros momentos de pánico creyó oír el ruido de la persecución, pero no había sido más que una breve incursión de los cazadores por los bordes de la zona boscosa, quizá en busca de las lanzas perdidas, porque al poco rato corrieron de vuelta hacia la soleada roca como si les hubiese aterrado la oscuridad bajo el follaje. Había logrado ver a uno de ellos, una figura de rayas marrones, negras y rojas que le pareció ser Bill. Pero, pensó Ralph, realmente no era Bill. La imagen de aquel salvaje se negaba siempre a fundirse con la antigua estampa de un muchacho que vestía camiseta y pantalones cortos.

CryOfTheHuntersLa tarde avanzó; las manchas circulares de sol pasaban sin descanso sobre la verde fronda y las fibras pardas, pero no llegaba ruido alguno del peñón. Por fin, Ralph se deslizó entre los helechos y salió sigilosamente hasta el borde de los impenetrables matorrales frente al istmo. Ya en el borde, se asomó con extraordinaria cautela entre unas ramas y vió a Robert montando guardia en la cima del acantilado. En la mano izquierda sostenía una lanza y con la derecha arrojaba al aire una piedra que luego volvía a recoger. Tras él se alzaba una columna de humo espeso. Ralph sintió un cosquilleo en la nariz y la boca se le hizo agua. Se pasó del dorso de una mano por la cara y por primera vez desde la mañana sintió hambre. La tribu, seguramente, estaría sentada alrededor del destripado cerdo, viendo cómo su grasa goteaba y ardía entre las ascuas. Estarían embobados en el festín. Un nuevo rostro que no reconoció apareció junto a Robert y le entregó algo; luego dio la vuelta y desapareció detrás de la roca. Robert dejó la lanza en la roca a su lado y empezó a comer algo que sostenía en las manos. El festín, al parecer, había comenzado y el vigilante acababa de recibir su porción.

Ralph comprendió que por el momento no corría riesgo. Se alejó cojeando hacia los frutales, atraído por aquel mísero alimento, pero amargado por el recuerdo del festín. Hoy festín y mañana…

ImgRaraJapoIntentó, aunque sin lograrlo, convencerse a sí mismo de que quizá se olvidasen de él, llegando incluso a declararle desterrado. Pero, en seguida, el instinto le devolvía a la negra e inmediata realidad. La destrucción de la caracola y las muertes de Piggy y Simon cubrían la isla como un niebla. Aquello salvajes pintados se atreverían a más y más violencias. Además, aún existía aquella indefinible relación entre él y Jack, que jamás le dejaría en paz, jamás.

Se detuvo, su rostro salpicado por el sol, y se arrimó a una rama, dispuesto a esconderse tras ella. Le sacudió un espasmo de terror y exclamo en voz alta:

- No. No son en verdad tan malos. Fue un accidente.

Pasó bajo la rama, corrió inseguro y después se detuvo a escuchar. Llegó a la devastada zona de los frutales y comió con voracidad. Encontró a dos de los pequeños e, ignorando por completo su propio aspecto, se extrañó de verlos salir gritando.

Después de comer se dirigió a la playa. El sol llegaba ahora inclinado sobre las palmeras, junto al destrozado refugio. Allí estaban la plataforma y la poza. Lo mejor era rechazar aquel peso que le oprimía el corazón y confiar en el sentido común de la tribu, en la cordura que el sol de la mañana les devolvería. Ahora que la tribu había comido, lo lógico era que lo intentase de nuevo. Y, además, no podía quedarse allí toda la noche, en un refugio vacío junta a la playa abandonada. La piel se le erizó y todo su ser tembló bajo el sol vespertino. Ni hoguera, ni humo, ni rescate. Se volvió y marchó cojeando a través del bosque, hacia el extremo de la isla que le pertenecía a Jack.

CCerdoLos rayos oblicuos del sol ser perdían entre las ramas. Llegó por fin a un claro en la selva donde la roca impedía el crecimiento de la vegetación. En aquellos momentos no era más que una charca de sombras y Ralph estuvo a punto de estrellarse contra un árbol cuando vio algo en el centro; pero pronto advirtió que el blanco rostro era en realidad hueso, que la calavera del cerdo le sonreía desde el extremo de una estaca. Se dirigió lentamente hacia el centro del claro y contempló fijamente el cráneo que brillaba con la mejor blancura de la caracola y parecía sonreírle burlonamente. Una hormiga curioseaba en la cuenca de uno de los ojos, pero aparte de eso, aquel objeto no ofrecía señal de vida.

¿O sí?

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se paró para apartarse de los ojos, con ambas manos, el pelo. El cráneo y su propio rostro se encontraban casi al mismo nivel; los dientes se mostraban en una sonrisa, y las vacías cuencas parecían sujetar, como por magia, la mirada de Ralph. ¿Qué era aquello?

El cráneo le contemplaba como alguien que conoce todas las respuestas, pero se niega a revelarlas. Se vio sobrecogido CCerdo Jap2de pánico e ira febriles. Golpeó con furia aquella cosa asquerosa que se balanceaba frente a él como un juguete y volvía a su sitio siempre con la misma sonrisa, obligando a Ralph a asestarle nuevos golpes y a gritarle sus insultos. Se detuvo para frotarse los nudillos lastimados y contemplar la estaca vacía, mientras el cráneo, partido en dos, le sonreía aún desde el suelo a dos metros. Arrancó la temblorosa estaca y a modo de lanza lo interpuso entre él y los blancos trozos. Después se apartó poco a poco, sin desviar la mirada de aquel cráneo que sonreía al cielo.

Cuando el verde resplandor del horizonte desapareció y llegó la noche, Ralph regresó al soto frente al Peñón del Castillo. Al asomarse comprobó que la cima aún estaba ocupada y que el vigilante, quienquiera que fuese, tenía su lanza preparada. Se arrodilló entre las sombras, con una amarga sensación de soledad. Eran salvajes, desde luego, pero eran personas como él. Y en aquellos momentos los escondidos terrores de la profunda noche emprendían su camino.

Ralph gimió quedamente. A pesar de su agotamiento, el temor a la tribu no le permitía cobijarse en el descanso ni el sueño. ¿No sería posible penetrar osadamente en la fortaleza, decir «vengo en son de paz», sonreír y dormir en compañía de los otros? ¿No podría actuar como si aún fueran niños, colegiales que en otro tiempo decían cosas como «Señor, sí, señor» y llevaban gorras de uniforme? La respuesta del sol mañanero quizá hubiera sido «sí», pero la oscuridad y el terror de la muerte decían «no». Allí tumbado, en la oscuridad, comprendió que era un desterrado.

Ralph- Y sólo por tener un poco de sentido común.

Se frotó una mejilla con el antebrazo y pudo percibir el áspero olor a sal y sudor y el hedor de la suciedad. A su izquierda, las olas del océano respiraban, se contraían y volvían a hervir sobre la roca.

Oyó ruidos que venían de detrás del Peñón del Castillo. Escuchó atentamente, desviando su mente del movimiento del mar, y logró descifrar un cántico familiar.

- ¡Mata a la fiera! ¡Córtale el cuello! ¡Derrama su sangre!

La tribu danzaba. En alguna parte, tras aquella rocosa muralla, habría un círculo oscuro, un fuego resplandeciente y carne. Estarían saboreando tanto el alimento como el sosiego de su seguridad.

Un ruido más cercano le espantó. Unos cuantos salvajes escalaban el Peñón del Castillo hacia la cima y pudo oír algunas voces. Se acercó unos cuantos metros a gatas y observó que la figura sobre la roca cambiaba de forma y se agrandaba. Sólo dos muchachos en toda la isla hablaban y se movían de aquel modo.

Ralph reclinó la cabeza sobre los brazos y aceptó aquel descubrimiento como una nueva herida. Samyeric se habían unido a la tribu. Defendían el Peñón del Castillo contra él. No había posibilidad alguna de rescatarles y formar con ellos una tribu de deportados, al otro extremo de la isla. Samyeric eran salvajes como los demás; Piggy había muerto y la caracola estallado en mil pedazos. Al cabo de un rato, el vigilante se retiró. Los dos que permanecieron no parecían sino una oscura prolongación de la roca. Tras ellos apareció una estrella que fue momentáneamente eclipsada por el movimiento de las siluetas.

Ralph siguió adelante a gatas, tanteando el escarpado terreno como un ciego. Vastas extensiones de aguas apenas perceptibles se extendían a su derecha y junto a su mano izquierda estaba el inquieto océano, tan temible como la boca de un pozo. Una vez por minuto las aguas se alzaban en torno a la losa de la muerte y caían como flores en una pradera de blancura. Ralph siguió a rastras hasta que alcanzó el borde de la entrada. Justo encima de él se hallaban los vigías y pudo ver la punta de una lanza asomando sobre la roca.

Tribu

Muy suavemente llamó:

- Samyeric...

No hubo respuesta. Debía hablar más alto si quería hacerse oír, pero así llamaría la atención de aquellos seres pintarrajeados y hostiles que festejaban junto al fuego. Se armó de valor y empezó a escalar, buscando a tientas los salientes de la roca. La estaca que había servido de soporte a una calavera le estorbaba, pero no quería deshacerse de su única arma. Estaba casi a la altura de los mellizos cuando habló de nuevo.

- Samyeric...

Oyó una exclamación y un brusco movimiento en la roca. Los mellizos estaban abrazados, balbuceando algo indescifrable.

- Soy yo, Ralph.

Atemorizado por si salían corriendo a dar la alarma, se alzó hasta asomar la cabeza y los hombros sobre el borde de la cima. Bajo él, a gran distancia, pudo ver la luminosa floración envolviendo la losa.

Soy yo, no os asustéis.

Por fin se agacharon y vieron su cara.

- Creíamos que era...

-...no sabíamos lo que era...

-...creíamos...

TwinsRecordaron su nuevo y vergonzoso vasallaje. Eric permaneció callado, pero Sam se esforzó por cumplir con su deber.

- Será mejor que te vayas, Ralph. Vete ya...

Sacudió su lanza, esbozando un gesto enérgico.

- Lárgate, ¿me oyes?

Eric le secundó con la cabeza y sacudió la lanza en el aire. Ralph se apoyó sobre sus brazos, sin moverse.

- Os vine a ver a los dos.

Hablaba con gran esfuerzo; sentía dolor en la garganta, aunque no la tenía herida.

- Os vine a ver a los dos...

Meras palabras no podían expresar el sordo dolor que sentía. Guardó silencio, mientras las brillantes estrellas se derramaban y bailaban por todo el cielo.

Sam se movió intranquilo

- En serio, Ralph, es mejor que te vayas. Ralph volvió a alzar los ojos.

- Vosotros dos no os habéis pintarrajeado. ¿Cómo podéis...?

Si fuese de día... Si fuese de día sentirían el escozor de la vergüenza por admitir aquellas cosas. Pero la noche era oscura. Eric habló primero, pero en seguida los mellizos reanudaron su habla antifonal.

- Tienes que irte porque aquí no estás seguro...

-...nos obligaron. Nos hicieron daño...

- ¿Quién? ¿Jack?

- Oh no...

Se inclinaron cerca de él y bajaron sus voces.

- Vete, Ralph...

-...es una tribu...

-...no podíamos hacer otra cosa...

Cuando de nuevo habló Ralph, lo hizo con voz más apagada; parecía faltarle el aliento.

- ¿Pero qué he hecho yo? Me era simpático... y yo sólo quería que nos viniesen a rescatar...

De nuevo se derramaron las estrellas por el cielo. Eric sacudió la cabeza preocupado.

- Escucha, Ralph. No trates de hacer las cosas con sentido común. Eso ya se acabó...

- Olvídate del Jefe...

-...tienes que irte por tu propio bien...

BienVSMal- El Jefe y Roger...

-...sí, Roger...

- Te odian, Ralph. Van a acabar contigo.

- Van a salir a cazarte mañana.

- Pero, ¿por qué?

- No sé. Y Jack, el Jefe, nos ha dicho que será peligroso...

-...y que tenemos que tener mucho cuidado y arrojar las lanzas como lo haríamos contra un cerdo.

- Vamos a extendernos en una fila y cruzar toda la isla...

-...avanzaremos desde aquí...

-...hasta que te encontremos.

- Tenemos que dar una señal. Así

Eric alzó la cabeza y dándose con la palma de la mano en la boca lanzó un leve aullido. Después miró inquieto tras sí.

- Así...

-...sólo que más alto, claro.

- ¡Pero si yo no he hecho nada - murmuró Ralph, angustiado -, sólo quería tener una hoguera para que nos rescatasen!

Guardó silencio unos instantes, pensando con temor en la mañana siguiente. De repente se le ocurrió una pregunta de inmensa importancia.

- ¿Qué vais a…?

Al principio le resultó imposible expresarse con claridad, pero el miedo y la soledad le aguijaron.

- Cuando me encuentren, ¿qué van a hacer?

Los mellizos no contestaron. Bajo él, la losa mortal floreció de nuevo.

- ¿Qué van a...? ¡Dios, que hambre tengo...!

La enorme roca pareció oscilar bajo él.

- Bueno... ¿qué...?

Los mellizos le contestaron con una evasiva.

- Será mejor que te vayas ahora, Ralph.

- Por tu propio bien.

- Aléjate de aquí lo más que puedas.

- ¿No queréis venir conmigo? Los tres juntos... tendríamos más posibilidades.

Tras un momento de silencio, Sam dijo con voz ahogada:

- Tú no conoces a Roger. Es terrible.

-...y el Jefe... los dos son...

-...terribles...

JackMerridew-...pero Roger...

A los dos muchachos se les heló la sangre. Alguien subía hacia ellos.

- Viene a ver si estamos vigilando. Deprisa, Ralph. 

Antes de comenzar el descenso, Ralph intentó sacar de aquella reunión un posible provecho, aunque fuese el único.

- Me esconderé en aquellos matorrales de allá cerca - murmuró -, así que haced que se alejen de allí. Nunca se les ocurriría buscar en un sitio tan cerca...

Los pasos aún se oían a cierta distancia.

- Sam... no corro peligro, ¿verdad? Los mellizos siguieron en silencio.

- ¡Toma! - dijo Sam de repente -, llévate esto...

Ralph sintió un trozo de carne junto a él y le echó la mano.

- ¿Pero qué vais a hacer cuando me capturéis? Silencio de nuevo. Su misma voz le pareció absurda. Fue deslizándose por la roca.

- ¿Qué vais a hacer...?

Desde lo alto de la enorme roca llegó la misteriosa respuesta.

- Roger ha afilado un palo por las dos puntas.

NiñosPintadosRoger ha afilado un palo por las dos puntas. Ralph intentó descifrar el significado de aquella frase, pero no lo logró. En un arrebato de ira, lanzó las palabras más soeces que conocía, pero pronto cedió paso su enfado al cansancio que sentía. ¿Cuánto tiempo puede estar uno sin dormir? Sentía ansia de una cama y unas sábanas, pero allí la única blancura era la de aquella luminosa espuma derramada bajo él en torno a la losa, quince metros más abajo, donde Piggy había caído. Piggy estaba en todas partes, incluso en el istmo, como una terrible presencia de la oscuridad y la muerte. ¿Y si ahora saliese Piggy de las aguas, con su cabeza abierta...? Ralph gimió y bostezó como uno de los peques. La estaca que llevaba consigo le sirvió de muleta para sus agotadas piernas.

Volvió a enderezarse. Oyó voces en la cima del Peñón del Castillo. Samyeric discutían con alguien. Pero los helechos y la hierba estaban a sólo unos pasos. Allí es donde ahora debía ocultarse, junto al matorral que mañana le serviría de escondite. Este - rozó la hierba con sus manos - era un buen lugar para pasar la noche; estaba cerca de la tribu, y si aparecían amenazas sobrenaturales podría encontrar alivio junto a otras personas, aunque eso significase...

¿Qué significaba eso en realidad? Un palo afilado por las dos puntas. ¿Y qué? Ya en otras ocasiones habían arrojado sus lanzas fallando el tiro; todas menos una. Quizá también errasen la próxima vez.

CerdoOgroSe acurrucó bajo la alta hierba y, acordándose del trozo de carne que le había dado Sam, empezó a comer con voracidad. Mientras comía, oyó de nuevo voces: gritos de dolor de Samyeric, gritos de pánico y voces enfurecidas. ¿Qué estaba ocurriendo? Alguien, además de él, se hallaba en apuros, pues al menos uno de los mellizos estaba recibiendo una paliza. Al cabo, las voces se desvanecieron y dejó de pensar en ellos. Tanteó con las manos y sintió las frescas y frágiles hojas al borde del matorral. Esta sería su guarida durante la noche. Y al amanecer se metería en el matorral, apretujado entre los enroscados tallos, oculto en sus profundidades, adonde sólo otro tan experto como él podría llegar, y allí le aguardaría Ralph con su estaca. Permanecería sentado, viendo cómo pasaban de largo los cazadores y cómo se alejaban ululando por toda la isla, mientras él quedaba a salvo.

Se adentró haciendo un túnel bajo los helechos; dejó la estaca junto a él y se acurrucó en la oscuridad. Estaba pensando que debería despertarse con las primeras luces del día, para engañar a los salvajes, cuando el sueño se apoderó de él y le precipitó en oscuras y profundas regiones.

Lord JapoAntes de despegar los párpados estaba ya despierto, escuchando un ruido cercano. Al abrir un ojo, lo primero que vio fue la turba próxima a su rostro, y en él hundió ambas manos mientras la luz del sol se filtraba a través de los helechos. Apenas había advertido que las interminables pesadillas de la caída en el vacío y la muerte habían ya pasado y la mañana se abría sobre la isla, cuando volvió a oír aquel ruido. Era un ulular que procedía de la orilla del mar, al cual contestaba la voz de un salvaje, y luego, la de otro. El grito pasó sobre él y cruzó el extremo más estrecho de la isla, desde el mar a la laguna, como el grito de un pájaro en vuelo. No se paró a pensar: cogió rápidamente su afilado palo y se internó entre los helechos. Escasos segundos después se deslizaba a rastras hacia el matorral, pero no sin antes ver de refilón las piernas de un salvaje que se dirigía a él. Oyó el ruido de los helechos sacudidos y abatidos y el de unas piernas entre la hierba alta. El salvaje, quienquiera que fuese, ululó dos veces; el grito fue repetido en ambas direcciones hasta morir en el aire. Ralph permaneció inmóvil, agachado y confundido con la maleza, y durante unos minutos no volvió a oír nada.

Al fin examinó el material. Allí nadie podría atacarle, y además la suerte se había puesto de su parte. La gran roca que mató a Piggy había ido a parar precisamente a aquel lugar, y, al botar en su centro, había hundido el terreno, formando una pequeña zanja. Al esconderse en ella, Ralph se sintió seguro y orgulloso de su astucia.

Se instaló con prudencia entre las ramas partidas para aguardar a que pasaran los cazadores. Al alzar los ojos observó algo rojizo entre las hojas. Sería seguramente la cima del Peñón del Castillo, ahora remoto e inofensivo. Se tranquilizó, satisfecho de sí mismo, preparándose para oír el alboroto de la caza desvaneciéndose en la lejanía. Pero no oyó ruido alguno y, bajo la verde sombra, su sensación de triunfo se disipaba con el paso de los minutos. Por fin oyó una voz, la voz de Jack, en un murmullo.

- ¿Estás seguro?

ESDLM AcuarelaEl salvaje a quien iba dirigida la pregunta no respondió. Quizá hiciese un gesto.

Oyó después la voz de Roger.

- Mira que si nos estás tomando el pelo...

Inmediatamente oyó una queja y un grito de dolor. Ralph se agachó instintivamente. Allí, al otro lado del matorral, estaba uno de los mellizos con Jack y Roger.

- ¿Estás seguro que es ahí donde te dijo?

El mellizo gimió ligeramente y de nuevo gritó.

- ¿Te dijo que se escondería ahí?

- ¡Sí... sí... may!

Un rocío de risas se esparció entre los árboles.

gritos de pánico y voces enfurecidas. ¿Qué estaba ocurriendo?De modo que lo sabían.

Ralph aferró la estaca y se preparó para la lucha. Pero ¿qué podrían hacer? Tardarían casi una semana en abrirse camino entre aquella espesura y si alguno conseguía introducirse en ella a rastras se encontraría indefenso. Frotó un dedo contra la punta de su lanza y sonrió sin alegría. Si alguien lo intentaba se vería atravesado por su punta, gruñendo como un cerdo.

Se iban; volvían a la torre de rocas. Pudo oír el ruido de sus pisadas y después a alguien que reía en voz baja. De nuevo, aquel grito estridente parecido al de un pájaro volvía a recorrer toda la línea. De modo que permanecían algunos para vigilarle; pero...

Siguió un largo y angustioso silencio. Ralph se dio cuenta de que a fuerza de mordisquear la lanza se había llenado de corteza la boca. Se puso en pie y miró hacia el Peñón del Castillo.

En ese mismo instante oyó la voz de Jack desde la cima.

- ¡Empujad! ¡Empujad! ¡Empujad!

La rojiza roca que había visto en la cima del acantilado desapareció como un telón, y pudo divisar unas cuantas figuras y el cielo azul. Segundos después, retumbaba la tierra; un rugido sacudió el aire y una mano gigantesca pareció abofetear las copas de los árboles. La roca, tronando y arrasando cuanto encontraba, rebotó hacia la playa mientras caía sobre Ralph un chaparrón de hojas y ramas tronchadas. Detrás del matorral se oían los vítores de la tribu.

De nuevo, el silencio.

Ralph se llevó los dedos a la boca y los mordisqueó. Sólo quedaba otra roca allá arriba que pudieran arrojar pero tenía el tamaño de media casa; eran tan grande como un coche, como un tanque. Con angustiosa claridad se presentó en la mente el curso que tomaría la roca: empezaría despacio, botaría de borde en borde y rodaría sobre el istmo como una apisonadora descomunal.

Fluenes Herre

    - ¡Empujad! ¡Empujad! ¡Empujad!

Ralph soltó la lanza para volver a cogerla en seguida. Se echó el pelo hacia atrás con irritación, dio dos pasos rápidos dentro del pequeño espacio donde se hallaba y retrocedió. Se quedó observando las puntas quebradas de las ramas.

Todo seguía en silencio.

Notó el subir y bajar de su pecho y se sorprendió al comprobar la violencia de su respiración; los latidos de su corazón se hicieron visibles. De nuevo soltó la lanza

- ¡Empujad! ¡Empujad! ¡Empujad!

Oyó vítores fuertes y prolongados. Algo retumbó sobre la rojiza roca; después la tierra empezó a temblar incesantemente mientras aumentaba el ruido hasta ser ensordecedor. Ralph fue lanzado al aire, arrojado y abatido contra las ramas. A su derecha, tan sólo a unos cuantos metros de donde él cayó, los árboles del matorral se doblaron y sus raíces chirriaron al desprenderse de la tierra. Vio algo rojo que giraba lentamente, como una rueda de molino. Después, aquella cosa rojiza pasó por delante con saltos enormes que fueron cediendo al acercarse al mar.

ESDLM 1963Ralph se arrodilló sobre la revuelta tierra y aguardó a que todo recobrase su normalidad. A los pocos minutos, los troncos blancos y partidos, los palos rotos y el destrozado matorral volvieron a aparecer con precisión ante sus ojos. Sentía agobio en el pecho, allí donde su propio pulso se había hecho casi visible.

Silencio de nuevo.

Pero no del todo. Oyó murmullos afuera; inesperadamente, las ramas a su derecha se agitaron violentamente en dos lugares. Apareció la punta afilada de un palo. Ralph,

invadido por el pánico, atravesó con su lanza el resquicio abierto, impulsándola con todas sus fuerzas.

- ¡Ayyy!

Giró la lanza ligeramente y después volvió a atraerla hacia sí.

- ¡Uyyy!

Alguien se quejaba al otro lado, al mismo tiempo que se elevaba un aleteo de voces. Se había entablado una violenta discusión mientras el salvaje herido seguía lamentándose. Cuando por fin volvió a hacerse el silencio, se oyó una sola voz y Ralph decidió que no era la de Jack.

- ¿Ves? ¿No te lo dije? Es peligroso.

El salvaje herido se quejó de nuevo.

¿Qué ocurriría ahora? ¿Qué iba a suceder?

FuegoRalph apretó sus manos sobre la mordida lanza. Alguien hablaba en voz baja a unos cuantos metros de él, en dirección al Peñón del Castillo. Oyó a uno de los salvajes decir «¡No!», con voz sorprendida, y a continuación percibió risas sofocadas. Se sentó en cuclillas y mostró los dientes a la muralla de ramas. Alzó la lanza, gruñó levemente y esperó. El invisible grupo volvió a reír. Oyó un extraño crujido, al cual siguió un chispear más fuerte, como si alguien desenvolviese enormes rollos de papel de celofán. Un palo se partió en dos; Ralph ahogó la tos. Entre las ramas se filtraba humo en nubéculas blancas y amarillas; el rectángulo de cielo azul tomó el color de una nube de tormenta, hasta que por fin el humo creció en torno suyo. Alguien reía excitado y una voz gritó:

- ¡Humo!

Ralph se abrió paso por el matorral hacia el bosque, manteniéndose fuera del alcance del humo. No tardó en llegar a un claro bordeado por las hojas verdes del matorral. Entre él y el bosque se interponía un pequeño salvaje, un salvaje de rayas rojas y blancas, con una lanza en la mano. Tosía y se embadurnaba de pintura alrededor de los ojos, con una mano, mientras intentaba ver a través del humo, cada vez más espeso. Ralph se tiró a él como un felino, lanzó un gruñido, clavó su lanza y el salvaje se retorció de dolor. Ralph oyó un grito al otro lado de la maleza y salió corriendo bajo ella, impelido por el miedo. Llegó a una trocha de cerdos, por la cual avanzó unos cien metros, hasta que decidió cambiar de rumbo. Detrás de él el cántico de la tribu volvía de nuevo a recorrer toda la isla, acompañado ahora por el triple grito de uno de ellos. Supuso que se trataba de la señal para el avance y salió corriendo una vez más hasta que sintió arder su pecho. Se escondió bajo un arbusto y aguardó hasta recobrar el aliento. Se pasó la lengua por dientes y labios y oyó a lo lejos el cántico de sus perseguidores.

Tenía varias soluciones ante él. Podía subirse a un árbol, pero eso era arriesgarse demasiado. Si le veían, no tenían más que esperar tranquilamente.

¡Si tuviese un poco de tiempo para pensar!

Un nuevo grito, repetido y a la misma distancia, le reveló el plan de los salvajes. Aquel de ellos que se encontrase atrapado en el bosque lanzaría doble grito y detendría la línea hasta encontrarse libre de nuevo. De ese modo podrían mantener unida la línea desde un costado de la isla hasta el otro. Ralph pensó en el jabalí que había roto la línea de muchachos con tanta facilidad. Si fuese necesario, cuando los cazadores se aproximasen demasiado, podría lanzarse contra ella, romperla y volver corriendo. Pero ¿volver corriendo a dónde? La línea volvería a formarse y a rodearle de nuevo. Tarde o temprano tendría que dormir o comer... y despertaría para sentir unas manos que le arañaban y la caza se convertiría en una carnicería.

¿Qué debía hacer, entonces? ¿Subirse a un árbol? ¿Romper la línea como el jabalí? De cualquier forma, la elección era terrible.

Un grito aceleró su corazón, y poniéndose en pie de un salto, corrió hacia el lado del océano y la espesura de la jungla hasta encontrarse rodeado de trepadoras. Allí permaneció unos instantes, temblándole las piernas. ¡Si pudiese estar tranquilo, tomarse un buen descanso, tener tiempo para pensar!

Y de nuevo, penetrantes y fatales, surgían aquellos gritos que barrían toda la isla. Al oírlos, Ralph se acobardó como un potrillo y echó a correr una vez más hasta casi desfallecer. Por fin, se tumbó sobre unos helechos. ¿Qué escogería, el árbol o la embestida? Logró recobrar el aliento, se pasó una mano por la boca y se aconsejó a sí mismo tener calma. En alguna parte de aquella línea se encontraban Samyeric, detestando su tarea. O quizás no. Y además, ¿qué ocurriría si en vez de encontrarse con ellos se veía cara a cara con el Jefe o con Roger, que llevaban la muerte en sus manos?

Ralph se echó hacia arras la melena y se limpió el sudor de su mejilla sana. En voz alta, se dijo:

TiempoParaPensar- Piensa.

¿Qué sería lo más sensato?

Ya no estaba Piggy para aconsejarle. Ya no había asambleas solemnes donde entablar debates, ni contaba con la dignidad de la caracola. –

- Piensa.

Lo que ahora más temía era aquella cortinilla que le cerraba la mente y le hacía perder el sentido del peligro hasta convertirle en un bobo.

Una tercera solución podría ser esconderse tan bien que la línea le pasara sin descubrirle.

Alzó bruscamente la cabeza y escuchó. Había que prestar atención ahora a un nuevo ruido: un ruido profundo y amenazador, como si el bosque mismo se hubiera irritado con él, un ruido sombrío, junto al cual el ulular de antes se veía sofocado por su intensidad. Sabía que no era la primera vez que lo oía, pero no tenía tiempo para recordar.

Romper la línea.

Un árbol.

Esconderse y dejarles pasar.

Un grito más cercano le hizo ponerse en pie y echar de nuevo a correr con todas sus fuerzas entre espinos y zarzas. Se halló de improviso en el claro, de nuevo en el espacio abierto, y allí estaba la insondable sonrisa de la calavera, que ahora no dirigía su sarcástica mueca hacia un trozo de cielo, profundamente azul, sino hacia una nube de humo. Al instante Ralph corrió entre los árboles, comprendiendo al fin el tronar del bosque. Usaban el humo para hacerle salir, prendiendo fuego a la isla.

Era mejor esconderse que subirse a un árbol, porque así tenía la posibilidad de romper la línea y escapar si le descubrían.

Así, pues, a esconderse.

Lord of the flies2Se preguntó si un jabalí estaría de acuerdo con su estrategia, y gesticuló sin objeto. Buscaría el matorral más espeso, el agujero más oscuro de la isla y allí se metería. Ahora, al correr, miraba en torno suyo. Los rayos de sol caían sobre él como charcos de luz y el sudor formó surcos en la suciedad de su cuerpo. Los gritos llegaban ahora desde lejos, más tenues.

Encontró por fin un lugar que le pareció adecuado, aunque era una solución desesperada. Allí, los matorrales y las trepadoras, profundamente enlazadas, formaban una estera que impedía por completo el paso de la luz del sol. Bajo ella quedaba un espacio de quizá treinta centímetros de alto, aunque atravesado todo él por tallos verticales. Si se arrastraba hasta el centro de aquello estaría a unos cuatro metros del borde y oculto, a no ser que al salvaje se le ocurriese tirarse al suelo allí para buscarle; pero, aun así, estaría protegido por la oscuridad, y, si sucedía lo peor y era descubierto, podría arrojarse contra el otro, desbaratar la línea y regresar corriendo.

Con cuidado y arrastrando la lanza, Ralph penetró a gatas entre los tallos erguidos. Cuando alcanzó el centro de la estera se echó a tierra y escuchó.

El fuego se propagaba y el rugido que le había parecido tan lejano se acercaba ahora. ¿No era verdad que el fuego corre más que un caballo a galope? Podía ver el suelo, salpicado de manchas de sol, hasta una distancia de quizá cuarenta metros, y mientras lo contemplaba, las manchas luminosas le pestañeaban de una manera tan parecida al aleteo de la cortinilla en su mente que por un momento pensó que el movimiento era imaginación suya. Pero las manchas vibraron con mayor rapidez, perdieron fuerza y se desvanecieron hasta permitirle ver la gran masa de humo que se interponía entre la isla y el sol.

Quizás fuesen Samyeric quienes mirasen bajo los matorrales y lograsen ver un cuerpo humano. Seguramente fingirían no haber visto nada y no le delatarían.

Pegó la mejilla contra la tierra de color chocolate, se pasó la lengua por los labios secos y cerró los ojos. Bajo los arbustos, la tierra temblaba muy ligeramente, o quizás fuese un nuevo sonido demasiado tenue para hacerse sentir junto al tronar del fuego y los chillidos ululantes

Alguien lanzó un grito. Ralph alzó la mejilla del suelo rápidamente y miró en la débil luz. Deben estar cerca ahora, pensó mientras el corazón le empezaba a latir con fuerza. Esconderse, romper la línea, subirse a un árbol; ¿cuál era la solución mejor? Lo malo era que sólo podría elegir una de las tres.

BajoElFuegoEl fuego se aproximaba; aquellas descargas procedían de grandes ramas, incluso de troncos, que estallaban. ¡Esos estúpidos! ¡Esos estúpidos! El fuego debía estar ya cerca de los frutales. ¿Qué comerían mañana?

Ralph se revolvió en su angosto lecho. ¡Si no arriesgaba nada! ¿Qué podrían hacerle? ¿Golpearle? ¿Y qué? ¿Matarle? Un palo afilado por ambas puntas.

Los gritos, tan cerca de pronto, le hicieron levantarse. Pudo ver a un salvaje pintado que se libraba rápidamente de una maraña verde y se aproximaba hacia la estera. Era un salvaje con una lanza. Ralph hundió los dedos en la tierra. Tenía que prepararse, por si acaso.

Ralph tomó la lanza, cuidó de dirigir la punta afilada hacia el frente, y notó por primera vez que estaba afilada por ambos extremos.

 El salvaje se detuvo a unos doce metros de él y lanzó su grito.

Quizás pueda oír los latidos de mi pecho, pensó. No grites. Prepárate.

El salvaje avanzó de modo que sólo se le veía de la cintura para abajo. Aquello era la punta de la lanza. Ahora sólo le podía ver desde las rodillas. No grites.

Una manada de cerdos salió gruñendo de los matorrales por detrás del salvaje, y penetraron velozmente en el bosque. Los pájaros y los ratones chillaban, y un pequeño animalillo entró a saltos bajo la estera y se escondió atemorizado.

El salvaje se detuvo a cuatro metros, junto a los arbustos, y lanzó un grito. Ralph se sentó agazapado, dispuesto. Tenía la lanza en sus manos, aquel palo afilado por ambos extremos, que vibraba furioso, se alargaba, se achicaba, se hacía ligero, pesado, ligero...

Los alaridos abarcaban de orilla a orilla. El salvaje se arrodilló junto al borde de los arbustos y tras él, en el bosque, se veía el brillo de unas luces. Se podía ver una rodilla rozar en la turba. Luego la otra. Sus dos manos. Una lanza.

Una cara.

El salvaje escudriñó la oscuridad bajo los arbustos. Evidentemente, había visto luz a un lado y otro, pero no en el medio. Allí, en el centro, había una mancha de oscuridad, y el salvaje contraía el rostro e intentaba adivinar lo que la oscuridad ocultaba.

Los segundos se alargaron. Ralph miraba directamente a los ojos del salvaje.

No grites.

Te salvarás.

Ahora te ha visto. Se está cerciorando. Tiene un palo afilado.

Ralph lanzó un grito, un grito de terror, ira y desesperación. Se irguió y sus gritos se hicieron insistentes y rabiosos. Se abalanzó, quebrantándolo todo, hasta encontrarse en el espacio abierto, gritando, furioso y ensangrentado. Giró el palo y el salvaje cayó al suelo; pero otros venían hacia él, también gritando. Con un giro de costado esquivó una lanza que voló a él; en silencio, echó a correr. De pronto, todas las lucecillas que habían brillado ante él se fundieron, el rugido del bosque se elevó en un trueno y un arbusto, frente a él, reventó en un abanico de llamas. Giró hacia la derecha, corrió con desesperada velocidad, mientras el calor le abofeteaba el costado izquierdo y el fuego avanzaba como la marea. Oyó el ulular a sus espaldas, que fue quebrándose en una serie de gritos breves y agudos: la señal de que le habían visto. Una figura oscura apareció a su derecha y luego quedó atrás. Todos corrían, todos gritaban como locos. Les oía aplastar la maleza y sentía a su izquierda el ardiente y luminoso tronar del fuego. Olvidó sus heridas, el hambre y la sed y todo ello se convirtió en terror, un terror desesperado que volaba con pies alados a través del bosque y hacia la playa abierta. Manchas de luz bailaban frente a sus ojos y se transformaban en círculos rojos que crecían rápidamente hasta desaparecer de su vista. Sus piernas, que le llevaban como autómatas, empezaban a flaquear y el insistente ulular avanzaba como ola amenazadora, y ya casi se encontraba sobre él.

Tropezó en una raíz y el grito que le perseguía se alzó aún más. Vio uno de los refugios saltar en llamas; el fuego aleteaba junto a su hombro, pero frente a él brillaba el agua. Segundos después rodó sobre la arena cálida; se arrodilló en ella con un brazo alzado; en un esfuerzo por alejar el peligro, intentó llorar pidiendo clemencia.

Con esfuerzo se puso en pie, preparado para recibir nuevos terrores, y alzó la vista hacia una gorra enorme con visera. Era una gorra blanca, que llevaba sobre la verde visera una corona, un ancla y follaje de oro. Vio tela blanca, charreteras, un revólver, una hilera de botones dorados que recorrían el frente del uniforme.

FinInocencia

 Y en medio de ellos, con el cuerpo sucio, el pelo enmarañado y la nariz goteando, Ralph lloró por la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre. 

   

Un oficial de marina se hallaba en pie sobre la arena mirando a Ralph con recelo y asombro. En la playa, tras él, había un bote cuyos remos sostenían dos marineros. En el interior del bote otro marinero sostenía una metralleta. El cántico vaciló y por fin se apagó del todo.

El oficial miró a Ralph dudosamente por unos instantes. Luego retiró la mano de la culata del revólver.

- Hola.

Acobardado y consciente de su descuidado aspecto, Ralph contestó tímidamente:

- Hola.

El oficial hizo un gesto con la cabeza, como si hubiese recibido una respuesta.

- ¿Hay algún adulto..., hay gente mayor entre vosotros?

Ralph sacudió la cabeza en silencio y se volvió. Un semicírculo de niños con cuerpos pintarrajeados de barro y palos en las manos se había detenido en la playa sin hacer el menor ruido.

 - Conque jugando, ¿eh? - dijo el oficial.

El fuego alcanzó las palmeras junto a la playa y las devoró estrepitosamente. Una llama solitaria giró como un acróbata y roció las copas de las palmeras de la plataforma. El cielo estaba ennegrecido. El oficial sonrió alegremente a Ralph.

- Vimos vuestro fuego. ¿Qué habéis estado haciendo? ¿Librando una batalla o algo por el estilo?

Ralph asintió con la cabeza.

El oficial contempló al pequeño espantapájaros que tenía delante, al muchacho le hacía falta un buen baño, un corte de pelo, un pañuelo para la nariz y pomada.

- No habrá muerto nadie, espero. No habrá cadáveres.

- Sólo dos. Pero han desaparecido. El oficial se agachó y miró detenidamente a Ralph.

 - ¿Dos? ¿Muertos?

Ralph volvió a asentir. Tras él, la isla entera llameaba. El oficial sabía distinguir por experiencia la verdad de la mentira. Silbó suavemente.

Otros niños iban apareciendo, algunos de ellos de muy corta edad, con la dilatada barriga de pequeños salvajes. Uno de ellos se acercó al oficial y alzó los ojos hacia él.

- Soy, soy... Pero no supo continuar. Percival Wemys Madison se esforzó por recordar aquella fórmula encantada que se había desvanecido por completo. El oficial se volvió de nuevo a Ralph.

- Os llevaremos con nosotros. ¿Cuántos sois?

Ralph sacudió la cabeza. El oficial recorrió con la mirada el grupo de muchachos pintados,

- ¿Quién de vosotros es el jefe?

- Yo - dijo Ralph con voz firme.

Un niño que vestía los restos de una gorra negra sobre su pelo rojo y de cuya cintura pendían unas gafas rotas se adelantó unos pasos, pero cambió de parecer y permaneció donde estaba.

- Vimos vuestro fuego. ¿Así que no sabéis cuántos sois?

- No, señor.

 Me parece - dijo el oficial, pensando en el trabajo que le esperaba para contar a todos -. Me parece a mí que para ser ingleses..., sois todos ingleses, ¿no es así?..., no ofrecéis un espectáculo demasiado brillante que digamos.

- Lo hicimos bien al principio - dijo Ralph -, antes de que las cosas... Se detuvo.

- Estábamos todos juntos entonces...

El oficial asintió amablemente.

- Ya sé. Como buenos ingleses. Como en la Isla de Coral.

Ralph le miró sin decir nada. Por un momento volvió a sentir el extraño encanto de las playas. Pero ahora la isla estaba chamuscada como leños apagados. Simón había muerto y Jack había... Las lágrimas corrieron de sus ojos y los sollozos sacudieron su cuerpo. Por vez primera en la isla se abandonó a ellos; eran espasmos violentos de pena que se apoderaban de todo su cuerpo. Su voz se alzó bajo el negro humo, ante las ruinas de la isla, y los otros muchachos, contagiados por los mismos sentimientos, comenzaron a sollozar también. Y en medio de ellos, con el cuerpo sucio, el pelo enmarañado y la nariz goteando, Ralph lloró por la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre y la caída al vacío de aquel verdadero y sabio amigo llamado Piggy.

El oficial, rodeado de tal expresión de dolor, se conmovió algo incómodo. Se dio la vuelta para darles tiempo de recobrarse y esperó, dirigiendo la mirada hacia el espléndido crucero, a lo lejos.

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Fragmentos de libros. EL PATO SALVAJE de Henrik Ibsen   FINAL II:

 

 Editorial:CATEDRA Ediciones Letras Universales        Acceso/Volver al final I de "El paso salvaje":PavoRealMural177

Continúa. Acto Quinto

...

GINA. Eso no. El abuelo no debe saber nada. Fue una suerte que no estuviera ayer. Se habría disgustado mucho.

EDUVIGIS. (Entra GREGORIO por la puerta de la escalera.) Sí, pero…

GREGORIO. ¿Qué, ya encontraron la huella del fugitivo?

GINA. Parece que está en casa de Relling.

GREGORIO. ¿En casa de Relling? ¿Es posible que ande con gente de esa categoría?

GINA. Por lo visto sí.

GREGORIO. ¡Con lo que necesita la soledad y el recogimiento!

IbsenPersonajesGINA. Ya lo ve (Entra RELLING por la puerta de la escalera)

EDUVIGIS. (Corre a su encuentro.) ¿Está con usted?

RELLING. Sí, por supuesto, está en casa.

EDUVIGIS. ¡Y no ha venido usted a decírnoslo!

RELLING. ¡Como que soy muy bruto! Y he tenido que ocuparme antes del bruto demoníaco, lo cual no es poco trabajo. Después me he quedado profundamente dormido.

GINA. ¿Cómo está Hialmar hoy?

RELLING. Silencioso.

EDUVIGIS. ¡Pero no habla!

RELLING. Ni una palabra.

GREGORIO. Sí, sí. Lo comprendo.

GINA. ¿Qué hace entonces?

RELLING. Se acostó en el sofá y ronca como un bendito.

GINA. Y ronca fuerte.

EDUVIGIS. ¿Duerme? ¿Puede dormir?

RELLING. Así parece.

GREGORIO. Se comprende que esa fatiga después de la lucha interior que ha sostenido.

GINA. Además, no tiene costumbre de andar fuera de casa por las noches.

EDUVIGIS. Quizá sea bueno que duerma un poco.

GINA. Sí, eso pienso yo también. Será mejor que no lo despertemos. Y ustedes disculparán. Voy a arreglar un poco la casa. Ayúdame, Eduvigis. (Entran en el salón.)

GREGORIO (A RELLING.) ¿Me podría explicar usted el cambio que tiene lugar en el alma de Hialmar Ekdal?

RELLING. Yo no he advertido ningún cambio.

GREGORIO. ¿No ve usted que atraviesa por una crisis en vista de que su vida se levantara sobre bases nuevas? ¿Cómo puedes usted imaginar que un carácter como el de Ekdal…?

RELLING. ¿Él? ¿Carácter, él? Si alguna vez se insinuó en su persona posibilidad de que apareciera ese conjunto de anormalidades que usted llama carácter, créame que tanto sus raíces como sus fibras fueron extirpadas desde su infancia.

GREGORIO. Sería sorprendente que con la educación tan afectuosa que ha recibido.

RELLING. ¿Se refiere usted a las dos tías histéricas y solteras?

GERGORIO. Fueron señoras que no echaron jamás en olvido las exigencias del ideal. Se quiere usted burlar…

Vildanden2RELLING. No, ni pensarlo. Pero estoy bien enterado: ha vomitado bastante retórica sobre sus dos madres espirituales. No creo que tenga mucho que agradecer. Su desgracia ha sido que todos los que le rodeaban lo tenían por un genio.

GREGORIO. ¿Y no lo es? Al menos, en el fondo de su espiritualidad.

RELLING. Yo nunca lo he advertido. Puede ser que su padre lo pensara, porque el viejo teniente ha sido un perfecto idiota desde la mismísima fecha de su nacimiento.

GREGORIO. Ha sido un hombre con el corazón de un niño. Y eso no lo comprende usted.

RELLING. Puede ser. Pero cuando el bueno de Hialmar fue a la escuela, sus compañeros de estudio lo tenían también por una lumbrera. Era guapo, atractivo, muy blanco y sonrosado, como los prefieren las niñas. Y eso con la añadidura del alma sensible y el timbre seductor en la voz. Recitaba muy bien los versos de otros.

GREGORIO. (Indignado) ¿Se atreve usted a hablar así de Hialmar Ekdal?

RELLING. Sí, ¿por qué no? Así es el ídolo que usted reverencia.

GREGORIO. No creí estar ciego hasta ese punto.

RELLING. No me extraña. También usted es un enfermo.

GREGORIO. En eso tiene usted razón.

RELLING. ¡Y tanto! El de usted es un caso complicado. Lo primero, su fiebre por hacer justicia. Es peligrosa. Y después la necesidad que siente de adorar hasta el aturdimiento todo lo que no halla en usted mismo.

GREGORIO. Es cierto. Necesito buscar fuera de mí.

RELLING. Se equivoca usted de medio a causa de las interferencias que le crean esos insectos que zumban por dentro impidiéndole ver la realidad. Esta casa, por ejemplo, no pasa de ser la cabaña de un aldeano pobre. Usted se empeña en que le paguen las exigencias del ideal y aquí no hay nadie solvente.

GREGORIO. ¿Y cómo se explica que busque usted continuamente la compañía de Hialmar teniendo tan mala opinión de su persona.

RELLING. Aunque me cueste trabajo reconocerlo, al fin y al cabo soy médico y me parece que me debo ocupar de los enfermos que viven en mi propia casa.

GREGORIO. Así que también Hialmar está enfermo.

MentiraVitalRELLING. Si se analiza bien, nadie está libre de estar un poco enfermo.

GREGORIO. ¿Y qué tratamiento le aplica usted a Hialmar?

RELLING. El ordinario que le aplico a todo el mundo. Procuro que se sostenga en su mentira vital.

GREGORIO. ¿Su mentira vital? Habré oído mal.

RELLING. No se lo diré. Sería usted capaz de echar a perder a mi paciente más de lo que está. Lo que sí le aseguro que mi método es eficaz. Se lo he aplicado también a Molvik. Gracias a mí, es todo un «demoníaco». Es a lo que él aspiraba.

GREGORIO. ¿Luego, entonces en realidad no es un demoníaco?

RELLING. Yo no sé lo que quiere decir eso de demoníaco. Me sabe a sandez, pero hay que atribuirle esa condición terrible para que no se deje vencer por el sentimiento de inferioridad que no lo deja en paz. ¡Y no hablemos del viejo teniente! A ése no le ruve que fabricar remedio. El mismo se lo inventó.

GREGORIO. ¡El teniente Ekdal! ¿Cómo?

RELLING. Ahí lo tiene usted. Un cazador de osos dedicado a cazar conejos en el fondo de un desván. Apunta y dispara en el colmo de la felicidad cuando le permiten enredar en medio de su revoltijo de cachivaches. Tiene cuatro o cinco árboles reseco de Navidad que ahora representan para él toda la hermosura y la lozanía del bosque de Hoídal. El gallo y las gallinas son aves posadas en las copas de los pinos. Y los conejos que saltan de un lado a otro por el piso son los osos feroces a los que ataca el anciano ágil que disfruta viviendo al aire libre.

GREGORIO. ¡Pobre viejo! ¡Ése si le ha tenido que cortar las alas al ideal de su juventud!

RELLING. Señor Werle hijo. Hay una palabra más apropiada que ideal: mentira.

GREGORIO. ¿Cree usted que el ideal y la mentira se relacionan?

RELLING. Entre las dos cosas no hay mayor diferencia que entre la que nombra el tifus y la que menciona la fiebre tifoidea.

GREGORIO. ¡Doctor Relling! No me detendré hasta que no salve a Hialmar de sus garras.

RELLING. ¡Peor para él! Quítele a un hombre vulgar la mentira de la que vive y le quitará la poca felicidad que los sostiene (A EDUVIGIS, que viene del salón.) Hola, madrecita del pato salvaje. Me voy a ver si tu padre sigue tendido en el sofá meditando en su invento. (Se marcha por la puerta de la escalera).

PatoSilvestreGREGORIO. (Se acerca a EDUVIGIS) Por la expresión de tu cara veo que todavía no has hecho nada.

  EDUVIGIS. ¿De qué? ¡Ah! Del pato salvaje. No

GREGORIO. Si no me equivoco, te ha faltado valor.

EDUVIGIS. No, no ha sido eso. Esta mañana, cuando me desperté, me vino a la memoria lo que hablamos anoche y me pareció tan descabellado.

GREGORIO. ¿Descabellado?

EDUVIGIS. Sí, aunque no sé bien por qué. Anoche me pareció una idea espléndida. Y hoy, al levantarme y recordarlo, la encontré insensata.

GREGORIO. Es muy natural que tus mejores cualidades se malogren al haber sido educada entre estas cuatro paredes.

EDUVIGIS. No me importaría hacerlo si papá vuelve.

GREGORIO. ¡Oh! Si abrieras los ojos para ver lo que enaltece la vida y lo acompañaras de un espíritu de sacrificio resuelto y gozoso, ten la seguridad de que regresaría a tu lado. En fin, no he perdido del todo la confianza en ti, Eduvigis. (Sale por la puerta de la escalera. EDUVIGIS da unos pasos reflexionando. Llaman a la puerta desde el interior del desván, que ella entreabre. Sale el viejo EKDAL y EDUVIGIS la cierra de nuevo)

EDUVIGIS. ¿Te apetecería ir de caza, abuelo?

EKDAL. Hoy no hace un buen día. Está muy oscuro.

EDUVIGIS. ¿Solo te gusta cazar conejos?

EKDAL. ¿Te parece que cazar conejos es indigno de mí?

EDUVIGIS. ¿Y el pato salvaje?

EduvigisByNEKDAL. Je, je. Tienes miedo de que mate a tu pato. Ten la seguridad de que no lo haré.

EDUVIGIS. Como que no podrías. Parece que es muy difícil matar a un pato salvaje.

EKDAL. ¿Que no podría? ¡Claro que podría!

EDUVIGIS. ¿Y como te las arreglarías? No con mi pato, digo con otro cualquiera.

EKDAL. Lo seguro es apuntar directamente a la pechuga. Y se dispara en el sentido contrario a las plumas.

EDUVIGIS. Y entonces, seguro que el pato muere…

EKDAL. Si se atina el tiro, por supuesto que muere. Me voy a vestir. Ya estás informada. (Entra en su habitación)

(EDUVIGIS aguarda un momento, mira por la puerta del salón y se acerca a la estantería; se empina de puntillas, toma la pistola de dos cañones y la examina. Aparece GINA por la puerta del salón con la escoba y el trapo del polvo. EDUVIGIS deja rápidamente la pistola sin que GINA lo advierta.)

GINA. No revuelvas las cosas de papá. Eduvigis.

EDUVIGIS. (Se aparta de la estantería.) Les quito un poco el polvo.

GINA. Mejor ve a la cocina a ver si ya está caliente el café. Quiero llevarle una taza cuando baje a verle. (EDUVIGIS sale y GINA empieza a arreglar el salón. Se abre la puerta y asoma HIALMAR con el gabán puesto, pero sin sombrero. No se ha lavado y tiene el cuello en desorden. Mira con ojos somnolientos e inexpresivos. GINA se detiene con la escoba en la mano.) ¡Ah! ¿Eres tú Ekdal? ¿Vuelves a casa?

HIALMAR. (Entra y contesta con voz sorda.) Vengo para irme enseguida.

GINA. Claro, cuando tú quieras. ¡Jesús! ¡Qué aspecto tienes!

HIALMAR. ¿Qué dices?

GINA. ¡Y con el gabán nuevo! ¡Cómo se ha puesto!

EDUVIGIS. (A la puerta) Mamá, ¿quieres que…? (Ve al padre.) (Da un grito de alegría y corre hacia él.) ¡Papá! ¡Papá!

HIALMAR. (Se vuelve y la rechaza con un gesto.) ¡Vete, vete! (A GINA.) Haz que se marche, por favor.

GINA. (Voz baja) Anda, ve al salón, Eduvigis. (EDUVIGIS se marcha en silencio)

HIALMAR. (Nervioso, saca el cajón de la mesa.) Mis libros, tengo que llevármelos. ¿Dónde están?

GINA. ¿Qué libros?

HIALMAR. Los libros de ciencia, mujer. Las revistas técnicas que utilizo para mi invento.

GINA. (Busca en la librería.) ¿Son las no encuadernadas?

HIALMAR. Las mismas.

GINA. (Pausa.) ¿Insistes en abandonarnos, Ekdal?

HIALMAR. (Revisa los libros.) Sin duda.

GINA. Bueno, bueno.

HIALMAR. (Colérico.) ¡No me puedo quedar desgarrándome el corazón todo el tiempo!

GINA. Dios te perdone lo mal que piensas de mí.

HIALMAR. ¿Pero cómo puedes justificar…?

GINA. (Lo interrumpe.) Eres tú quien debe justificarse.

HialmarHIALMAR. ¿Con un pasado como el tuyo? Hay imperativos… que me atrevo a calificar como propios del ideal.

GINA. ¿Y el abuelo? ¿Qué será del pobre abuelo?

HIALMAR. Yo cumplo con mi deber. Mi padre se marchará conmigo. Voy primero un momento a la ciudad a preparar las cosas y… (Vacila.) ¿Nadie ha encontrado mi sombrero en la escalera?

GINA. No. ¿Lo perdiste?

HIALMAR. Estoy seguro de que anoche lo traía puesto; pero hoy no lo encuentro por ninguna parte.

GINA. ¡Por Dios! ¿Adónde te habrán arrastrado esos dos personajes?

HIALMAR. No es el momento de preguntas poco importantes. ¿Te figuras que estoy de humor para recordar detalles?

GINA. ¡Menos mal que no te has resfriado, Ekdal! (Pasa a la cocina.)

HIALMAR. (Vaciando un cajón, dice para sus adentros con voz sorda y apagada.) ¡Eres un canalla, Relling!... ¡Un perfecto disipado y un seductor! Te mereces que alguien te dé una puñalada. (Aparta unas cartas y encuentra el papel que rompió la víspera. Lo coge y se queda mirando los dos pedazos, que suelta rápidamente al entrar GINA.)

GINA. (Coloca una bandeja con servicio de café en la mesa.) Aquí tienes café caliente, tostadas y si quieres arenques salados.

HIALMAR. (Mira a hurtadillas la bandeja.) ¿Arenques? ¡Nunca en esta casa! La verdad es que no pruebo nada caliente desde hacer veinticuatro horas; ¡pero es igual…! ¡Mis apuntes! ¡Mis memorias empezadas! A ver. ¿Dónde puse mi diario y los otros documentos? (Abre la puerta del salón y retrocede dos pasos.) ¡Otra vez me la encuentro aquí!

GINA. ¡Dios mío! ¡En algún sitio ha de estar la criatura!

HIALMAR. ¡Sal de ahí! (Se aparta para que EDUVIGIS pase y entra en el estudio. A GINA con la mano en el picaporte.) Agradecería que en los últimos momentos que paso en lo que fue mi hogar se me evitara la presencia de intrusos. (Pasa al salón.)

HIALMAR. (Se precipita en los brazos de su madre y le pregunta en voz baja y temblorosa.) ¿Habla de mí!?

GINA. Anda, Eduvigis, por favor, ve a la cocina; o no… mejor será que esperes en tu cuarto. (Se dirige al salón.) Espera un poco, Hialmar. Será mejor que no registres la cómoda. Yo sé donde se guardan los documentos.

EduvigisEDUVIGIS. (Permanece un instante inmóvil, extraviada, mordiéndose los labios para no llorar y cerrando los puños convulsos, con voz sorda.) ¡El pato salvaje! (se acerca con sigilo a la estantería y toma la pistola. Entreabre la puerta del desván, se desliza dentro y la cierra de inmediato.)

 HIALMAR. (Entra con unos papeles y cuadernos deshojados y los coloca sobre la mesa.) ¿Qué hago con este maletín? ¡No es poco lo que tengo que llevarme!

GINA. Deja lo demás ahora y llévate solo una camisa y un par de calzoncillos.

HIALMAR. ¡Es insoportable todo esto! (Se quita el gabán y lo tira sobre el sofá.)

GINA. Anda, que se te enfría el café.

HIALMAR. (Maquinalmente toma un sorbo y después otro.) ¡Hum!

GINA. (Le quita el polvo al respaldo de la silla.) No te resultará fácil encontrar un desván tan grande como éste para darles albergue a los conejos.

HIALMAR. ¿También tengo que cargar con los conejos?

GINA. No me imagino al abuelo desterrándolos de su vida.

HIALMAR. Pues tendrá que acostumbrarse. Yo también tengo que renunciar a cosas muy importantes.

GINA. (Le quita el polvo a la estantería.) ¿Te meto la flauta en el maletín?

HIALMAR. Déjate de flautas. Pero dame la pistola.

GINA. ¿Te quieres llevar la pistola?

HIALMAR. Sí. Mi pistola cargada.

GINA. (La busca.) Ha desparecido. Se la habrá llevado el abuelo.

HIALMAR. Estará en el desván.

GINA. Sí, con seguridad que está en el desván.

HIALMAR. ¡Pobre viejo! Tan solo y… (Toma un arenque, se lo come y vacía la taza de café.)

GINA. Si no hubiéramos alquilado el cuarto, habrías podido mudarte ahí.

HIALMAR. ¿Yo? ¿En la misma casa que…? ¡Jamás! ¡Jamás!

GINA. ¿Por qué no te instalas en el salón un par de días? Estarías completamente solo con tus papeles.

HIALMAR. Sin salir de estas paredes… ¡No! ¡Por nada del mundo!

GINA. Entonces abajo, en casa de Relling y Molvik.

HIALMAR. No me nombre a tamaña gentuza. Siento náuseas solo de pensar en ellos. ¡No! Saldré a la calle en medio de la tormenta a llamar de casa en casa mendigando un refugio para mi padre y para mí.

GINA. Pero, Ekdal, ¡si ni siquiera tienes sombrero! Se te ha perdido.

Vildanden producHIALMAR. ¡Ese par de malditos viciosos! Necesito un sombrero. (Toma un pedazo de arenque.) Hay que tomar una determinación. No estoy dispuesto a arriesgar la vida. (Busca en la bandeja.)

GINA. ¿Qué buscas?

HIALMAR. La mantequilla.

GINA. Te la traigo ahora mismo. (Sale hacia la cocina.)

HIALMAR. (Alza la voz.) No hace falta. Me conformo con el pan seco.

GINA. (Regresa.) Aquí está. Parece bastante fresca. (Le llena la taza de café. Él se sienta en el sofá, una más mantequilla en el pan, come y bebe en silencio.)

HIALMAR. Entonces… ¿te parece que podría vivir esos dos días en el salón sin que nadie en absoluto me molestara?

GINA. Ya lo creo que podrías si quisieras.

HIALMAR. Es imposible sacar todo lo de mi padre en tan poco tiempo.

GINA. Aparte de que antes debes decirle que ya no quieres vivir con nosotras.

HIALMAR. (Deposita la taza.) Cierto. Otra vez tendré que remover esa historia. Siento la necesidad de disponer de un espacio para desenvolverme, respirar, seguir viviendo. No puedo cargar con tanto peso.

GINA. Y menos con un tormenta.

HIALMAR. (Repara en la carta de WERLE.) Por lo visto, ese papel anda aún por aquí.

GINA. Sí. No lo he tocado.

HIALMAR. Bueno, me importa poquísimo el maldito papel.

GINA. En lo que a mí corresponde, ten la seguridad de que tampoco me importa nada.

HIALMAR. Pero ésa no es razón para permitir que se pierda. Con tanto desorden, podía ocurrir que…

GINA. (Zanja la cuestión.) Yo me encargo de guardarlo en lugar seguro, Ekdal.

HIALMAR. El donativo pertenece a mi padre y por lo tanto él es quien debe decidir lo que ha de hacerse.

GINA. (Suspira.) ¡Así es! ¡Pobre viejo!

HIALMAR. Para asegurarnos bien, ¿no habrá por ahí un poco de goma?

GINA. (Busca en el estante) Aquí está el frasco.

HIALMAR. ¿Y un pincel?

GINA. También el pincel. (Le alcanza ambas cosas.)

HIALMAR. (Toma unas tijeras.) Bastará una tira de papel por detrás y… (Corta la tira y la pega.) No puedo apropiarme de lo ajeno y menos tratándose de un infeliz que no tiene nada. Toma, deja que esté seco. Y en cuanto lo esté, te lo llevas. No quiero verlo más.

TheWildDuckGREGORIO. (Entra por la puerta. Sorprendido.) ¿Cómo? ¿Tú aquí. Hialmar?

HIALMAR. (Se levanta.) Estaba rendido de cansancio.

GREGORIO. Y eso que, por las trazas, ya te has desayunado.

HIALMAR. También el cuerpo tiene sus exigencias.

GREGORIO. Veamos: ¿qué has decidido?

HIALMAR. Alguien como yo tiene únicamente la alternativa de un camino. Recojo mis cosas; y ya comprenderás que necesito tiempo.

GINA. (Un poco impaciente.) ¿Te preparo el salón o meto las cosas en el maletín?

HIALMAR. (Enojado. Mira de reojo a GREGORIO.) Mete las cosas… y arregla el salón.

GINA. (Toma el maletín.) Bueno, meteré la camisa y lo demás (Entra en el salón y cierra la puerta.)

GREGORIO. Nunca pensé que esto terminara así. ¿Es necesario que abandones tu hogar?

  HIALMAR. ¿Qué quieres que haga? (Se pasea intranquilo.) No nací para ser desgraciado, Gregorio. Necesito calma, bienestar y serenidad a mi alrededor.

GREGORIO. Puedes disfrutar de todo eso. Inténtalo. Ahora estás pisando un terreno firme sobre el cual puedes empezar a edificar. Solo te hace falta ponerte a ello. Y no se te olvide que tu invento es un proyecto que merece tus esfuerzos.

HIALMAR. ¡No me hables del invento! Puede se que haya que aguardar mucho tiempo por el resultado.

GREGORIO. ¿Tú crees?

HIALMAR. ¿Qué te has figurado? Después de todo, pensándolo bien no sé qué se puede inventar a estas alturas. Todo se ha descubierto antes de que yo comenzara mis investigaciones. Créeme: mientras más vueltas le doy al asunto, más difícil me parece.

GREGORIO. Te has tomado tanto trabajo.

HIALMAR. El libertino de Relling fue quien me dio la idea.

GREGORIO. ¿Relling?

HIALMAR. Sí, Relling. Le debo el primer impulso. Me hizo creer que yo tenía bastante talento como para descubrir algo en el campo de la fotografía.

GREGORIO. Ah, ¿de modo que Relling…?

TheWildDuck2HIALMAR. ¡Si supieras lo feliz que me hizo la idea! Y no solo por el invento en sí, sino por la fe que se despertó en Eduvigis. Está absolutamente convencida de mi capacidad para realizarlo y ponía en el empeño de ayudarme todo el ahínco y el cando de su espíritu infantil. Bueno, supuse que lo creía. ¡Necio de mí!

GREGORIO. ¿Eres capaz de pensar que la niña se puede prestar a semejante farsa?

HIALMAR. ¿Qué importa lo que crea o deje de creer? Ella se cruza en mi camino ahora. Ensombrecerá toda mi existencia.

GREGORIO. ¿Eduvigis? ¿Es posible que sospeches de ella? ¿Cómo va a cruzarse en tu camino?

HIALMAR. (No le responde.) ¡Sentí por ella un cariño infinito! Era enorme mi alegría cada vez que llegaba a mi casa tan humilde y ella corría a mi encuentro con sus ojos enfermos. ¡Bien loco y bien crédulo que fui! La quise tanto, que me forjé un sueño lleno de poesía imaginándome que me amaba como a nadie en el mundo.

GREGORIO. ¿Crees que fue solo un sueño?

HIALMAR. ¿Cómo lo puedo saber? De Gina no saco nada en limpio. Además, ella no ve el lado ideal de las cosas. Es lo contrario de lo que me ocurre contigo. Tratándose de ti me puedo desahogar y confiarte que estoy en una duda que me desgarra. No sé si la niña sintió por mí alguna vez un cariño verdadero.

DieWildente2GREGORIO. (Escucha.) Tal vez te lo puedo probar. ¿Qué es eso? Me parece que grazna el pato salvaje.

HIALMAR. Sí, cloquea. Ocurre así cuando mi padre está en el desván.

GREGORIO. ¡Ah! ¿Está en el desván? Te repito que puedes tener la prueba de cariño de Eduvigis. (Está muy alegre.)

HIALMAR. ¿Qué clase de prueba me podía dar? No creo mucho en las manifestaciones efusivas.

GREGORIO. Eduvigis no sabe lo que es la doblez.

HIALMAR. Precisamente de eso es de lo que me siento tan seguro. Averigua tú lo que Gina y esa señorita Soerby han podido murmurar aquí tantas veces. Eduvigis no es de las que acostumbra a ponerse algodón en los oídos. ¿Quién sabe si el donativo no fue ninguna sorpresa! He creído notar algo…

GREGORIO. ¿Cómo puedes ver las cosas con un espíritu tan mezquino?

HIALMAR. He abierto los ojos. Ese donativo es el comienzo. La señora Soerby sintió siempre una gran debilidad por Eduvigis. Ahora cuenta con medios para hacer lo que se le antoje en bien de la niña. Me la pueden arrebatar cuando quieran.

GREGORIO. Eduvigis no te abandonará jamás.

HIALMAR. Yo no me atrevería a jurarlo. Si la llaman con las manos llenas… Mi mayor felicidad consistía en tomarla suavemente de la mano e irla guiando como se hace con una criatura que atraviesa las tinieblas y le teme a la oscuridad… Ahora tengo la certeza, la angustiosa certeza de que el pobre fotógrafo de la buhardilla nunca significó gran cosa para ella. Todo ha sido una artimaña para llevarse bien con él hasta un momento dado.

GREGORIO. Tengo la certeza de que ni tú mismo crees lo que estás diciendo, Hialmar.

HIALMAR. Eso es lo terrible. No sé lo que debo creer y no lo sabré nunca. Me temo que confías demasiado en las exigencias del ideal. Si llegaran los otros, los de las manos llenas y le gritaran: ¡Ven a nosotros! ¡Aquí te aguarda la buena vida!

GREGORIO. (Vivamente.) Luego, ¿crees que…?

(Se oye un disparo en el desván.)

SeOyeUnDisparo

GREGORIO. (Jubiloso.) ¡Hialmar!

HIALMAR. (Asombrado) ¡Padre! ¿Qué haces ahí?

GINA. ¿Disparó usted en su cuarto, abuelo?

EKDAL. (Iracundo. Se acerca a HIALMAR.) ¿De modo que ahora cazas en soledad, Hialmar?

HIALMAR. (Trémulo, muy tenso) ¿No fuiste tú quién disparó en el desvan?

EKDAL. ¿Disparar yo…? Hum…

GINA. ¡Jesús! ¡Qué habrá ocurrido!

GREGORIO.  (Gritando.) ¡Hialmar! ¡Ella misma ha matado al pato! 

HIALMAR.  ¿Qué dices? (Se precipita hacia la puerta del desván, y la abre de par en par llamando.) ¡Eduvigis!

GINA. ¡Jesús! ¡Qué habrá ocurrido!

HIALMAR.  (Entra en el desván.) Está tendida. En suelo.

GREGORIO.  (Detrás de él.) ¡Tendida ¡Eduvigis!

GINA.  (Al mismo tiempo.) ¡ Eduvigis! (Entra en el desván.) ¡No, no y no! 

EKDAL.  ¡Vaya, vaya! ¿Así que también la niña se dedica a cazar?

                (HIALMARGINA y GREGORIO traen a EDUVIGIS. En su mano crispada empuña la pistola.)

HIALMAR.  (Trastornado.) ¡La pistola se ha disparado! ¡Ella misma se ha herido! ¡Pidan socorro! ¡Socorro! 

GINA.  (Corre hacia la puerta y grita por la escalera.) ¡Relling! ¡Doctor Relling! ¡Venga corriendo! (Entre HIALMAR y GREGORIO acomodan a EDUVIGIS en el sofá.) 

EKDAL.  (Por lo bajo.) El bosque se venga.

MurteNiñaHIALMAR.  (Arrodillado junto a EDUVIGIS.) No tardará en volver en sí. Ya vuelve... ya, ya.

GINA.  (Entra de nuevo.) ¿Dónde está herida? No veo nada.

RELLING.  (Viene a toda prisa, seguido de MOLVIK; Éste sin chaleco ni cuello y con la chaqueta desabrochada.) ¿Qué pasa? 

GINA.  Dicen que Eduvigis se ha matado.

HIALMAR.  ¡Ven, por favor!

RELLING.  ¿Que se ha matado? (Aparta la mesa y examina el cuerpo.)

HIALMAR.  (Arrodillado, mirándole con angustia.) No puede ser grave, ¿no es cierTo, Relling? Casi no sangra ¿Verdad que no es grave?

RELLING. ¿Qué ocurrió?

HIALMAR.  ¡Yo que sé!

 GINA.  Quiso matar el pato salvaje.

RELLING. ¿Al pato salvaje?

 HIALMAR.  La pistola se le habrá disparado.

RELLING. Sí, es probable.

EKDAL.  ¡Di algo, Relling!

RELLING. La bala le ha penetrado en el pecho.

 Vildanden1HIALMAR.  ¿Pero volverá en sí?

RELLING. ¿No estás viendo que ya no vive?

GINA. (Desecha en llanto.) ¡Hija de mi alma!

GREGORIO. (Voz ronca) En el fondo de lo mares…

HIALMAR. Si, tiene que vivir. Por lo más quieras, Relling. Solo un instante… para que yo pueda decirle que no dejé nunca de quererla.

RELLING. Hemorragia interna. La bala se atravesó en el corazón. Ha muerto en un instante.

HIALMAR. ¡Y yo la he rechazado como a un perro! Se ha escondido atemorizada en el desván y se ha matado por cariño a mí. (Sollozos) ¡Y no poderlo reparar jamás! (Cierra los puños con ira.) ¡Oh! ¡Tú que estás en lo alto, si es que existes, ¿cómo has podido permitir esto?

GINA.  ¡Por lo que más quieras Hialmar, no digas atrocidades! Será que no la merecíamos. Por eso no hemos podido conservarla.

MOLVIK. La niña no está muerta. Esta dormida

RELLING. ¡Imbécil!

HIALMAR. (Con más calma, se acerca al sofá y la mira cruzado de brazos.) Aquí yace tranquila.

RELLING. (Intenta desprender la pistola.) La tiene tan apretada…

GINA. No, Relling, por favor. No la rompa los dedos. Deje la pistola donde está.

HIALMAR. Que la lleve con ella.

GINA. Sí, dejésela. Pero tampoco podemos dejarla aquí a la vista. Habrá que llevarla a su cuarto. Ayúdame, Ekdal, por favor.

NationalTeatre

HIALMAR.  ¡Ay, Gina, Gina! ¿Cómo podrás soportar todo esto? 

GINA.  Nos ayudaremos el uno a otro. Porque ahora sí que es hija de los dos.

MOLVIK.  (Abre los brazos.) Alabado sea el Señor! ¡Polvo eres y en polvo te has de convertir!

RELLING. (Aparte.) ¡Cierra el pico, animal! Estás borracho. (HIALMAR y GINA se llevan el cadáver por la puerta de la cocina. RELLING la cierra tras ellos. MOLVIK (se escabulle por la escalera. RELLING se acerca a GREGORIO y dice:) No creo que haya sido  un accidente.

GREGORIO. (Aterrado, con estremecimientos nerviosos.) Imposible saber cómo ha podido ocurrir esta catástrofe.

RELLING.  La bala ha quemado la blusa. Ha tenido que disparar apoyando el cañón contra su pecho.

DieWildente1GREGORIO. Eduvigis no ha muerto en vano. ¿Ha visto usted cómo el dolor ha despertado la grandeza espiritual de Hialmar?

RELLING. – Todo el mundo se engrandece para llorar a un muerto. Habrá que ver la duración de ese esplendor.

GREGORIO. ¿Entonces no piensa usted que lo conservará la vida entera y que aumentará de día en día?

RELLING.  Antes de cuatro o cinco meses, la pequeña Eduvigis no será otra cosa para él que un bello ejercicio declamatorio.

GREGORIO.  ¿Como se atreve usted a decir eso de Hialmar Ekdal?

RELLING. Hablaremos cuando estén secas las primeras flores de la tumba de la pequeña. Será el momento de hablar de la niña arrebatada pronto al corazón de su padre. Y se llenará de ternura, de piedad y de admiración hacia sí mismo. Y si no lo cree, al tiempo.

GREGORIO.  Si tuviera usted razón y yo fuese el equivocado, la vida no valdría la pena ser vivida.

RELLING.  ¡La vida podría ser bastante agradable si nos dejaran en paz esos personajes insoportables que van de puerta en puerta reclamando el cumplimiento de las exigencias del ideal…!  ¡a infelices hombres como nosotros!

GREGORIO.  (Con ojos vagos.) En ese caso, estoy satisfecho de mi resolución.

RELLING.  ¿Sería indiscreto preguntarle en qué consiste?

GREGORIO.  (Inicia su marcha.) El no ocupar en la mesa el número trece.

RELLING.  ¡Bah! al diablo si le creo.

TELÓN

                        

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Fragmentos de libros. EL ARTE DE LA FICCIÓN de David Lodge  Final II:

 

Editorial:   PeninsulaEdiciones          Acceso/Volver al final I de "El arte de la ficción": PezLavapies177
 

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Continúa Cap. 50 El Final

... Como señaló Jane Austen en un aparte “metafictivo” a La abadía de Northanger, un novelista no puede ocultar que se acerca el final de la historia (como sí puede hacerlo un dramaturgo o un director de cine, por ejemplo) porque le delata el escaso número de páginas restantes. Cuando John Fowles concluye La mujer del teniente francés con una «liquidación» TheFrenchLieutenantWomanburlonamente victoriana (Charles sienta la cabeza uniéndose felizmente a Ernestina) no nos engaña, pues nos falta por leer una cuarta parte del libro. Al seguir con la historia de la búsqueda de Sarah por parte de Charles, Fowles nos ofrece otros dos finales alternativos: uno que termina felizmente para el protagonista y otro, infeliz. Nos invita a elegir entre ellos, pero tácitamente nos anima a considerar el segundo más auténtico, no sólo porque es más triste, sino porque es más abierto y nos deja la sensación de que la vida sigue en dirección a un incierto futuro.

 Quizá deberíamos distinguir entre el final de la historia que la novela nos cuenta -la resolución o la deliberada ausencia de resolución de las preguntas narrativas que ha suscitado en la mente de sus lectores- y la última página o dos del texto, que a menudo actúan como una especie de epílogo o post-scriptum, una suave disminución de la velocidad del discurso a medida que se va deteniendo. Pero eso difícilmente puede aplicarse a las novelas de Sir William Golding, cuyas últimas páginas tienen una ThePaperMenmanera muy suya de arrojar una nueva y sorprendente luz sobre todo lo que ha ocurrido hasta entonces. Pincher Martin (1956), por ejemplo, parece ser la historia de la lucha desesperada y finalmente vana de un marino, cuyo barco ha sido torpedeado, para sobrevivir en una roca desnuda en medio del Atlántico, pero el capítulo final revela que murió con las botas puestas: la totalidad del relato debe pues reinterpretarse como la visión que tuvo mientras se ahogaba o el paso por el purgatorio después de la muerte. El final de The paper men (1984) se guarda la sorpresa hasta la última palabra del narrador, interrumpida por una bala: «¿De dónde diablos Rick L. Tucker ha sacado una pisto...?»

Este tipo de vuelta de tuerca en el último minuto suele ser más propio del cuento que de la novela. De hecho podría decirse que el cuento está por su propia naturaleza «orientado hacia su final», en la medida en que uno empieza a leerlo esperando alcanzar pronto su conclusión, mientras que uno se embarca en una novela sin una idea demasiado precisa de cuándo la terminará. Tendemos a leer un relato corto de un tirón, arrastrados por la fuerza magnética de la conclusión que esperamos; mientras que cogemos y dejamos una novela a intervalos irregulares y puede ser que acabarla nos entristezca incluso. Los novelistas de antaño solían explotar ese vínculo sentimental formado entre el lector y la novela durante la experiencia de la lectura. Fíelding, por ejemplo, empieza el último libro de Tom Jones con «Nuestro adiós al lector»:  

TomJonesLector, hemos llegado ya a la última etapa de nuestro prolongado viaje. Pero ya que hemos viajado juntos a lo largo de tantas páginas, comportémonos ahora como compañeros de viaje en una diligencia, que han pasado varios días juntos y que, pese a cualquier altercado o pequeña animosidad que haya podido surgir entre ellos, generalmente los olvidan para subir por última vez al vehículo llenos de alegría y buen humor, ya que después de esta última etapa es muy posible que nos ocurra a nosotros lo que a ellos suele suceder, esto es, que nunca volvamos a encontrarnos.

 

La conclusión de El señor de las moscas podría fácilmente haber sido cómoda y tranquilizadora, porque introduce una perspectiva adulta en las últimas páginas de lo que, hasta ese momento, había sido una «historia de chicos», una aventura al estilo de Coral Island, que sale espantosamente mal. Un grupo de colegiales británicos, que llegan a una isla tropical en circunstancias poco claras (aunque hay indicios de que puede tratarse de una guerra), retrocede rápidamente al estado salvaje y supersticioso. Al verse liberados de las prohibiciones de la sociedad adulta y civilizada y sometidos al hambre, la soledad y el miedo, el comportamiento que hasta entonces reservaban a los juegos durante el recreo degenera en violencia tribal. Dos chicos mueren y el protagonista, Ralph, tiene que huir, para salvar el pellejo, de un incendio forestal provocado y de un grupo de enemigos sedientos de sangre que le persigue esgrimiendo lanzas de madera; y, cuando se tropieza mientras corre a toda velocidad con un oficial naval que acaba de desembarcar en la playa alarmado por el humo que ha visto desde su barco, «Cómo nos divertimos, ¿eh?», comenta el oficial contemplando a los chicos con sus armas improvisadas y sus cuerpos pintados.

LordOfTheFlies
Diversas imágenes utilizadas en la transcripción en fragmentos de libros de El Final de "El señor de las moscas" de William Golding. 
Estan "hipervinculadas" a ese Final y pulsando sobre ellas puese usted acceder directamente a él (se abre en una página diferente).
  

Para el lector, la aparición del oficial es un sobresalto y un alivio, casi tan intensos como para Ralph. Hemos estado tan absortos en la historia y tan conmovidos por la suerte de Ralph que hemos olvidado que él y sus crueles enemigos son chicos preadolescentes. De pronto, a través de los ojos del oficial, los vemos como realmente son: un montón de niños sucios y desarrapados. Pero Golding no permite que ese efecto ponga en duda la verdad esencial de lo que ha ocurrido antes, o que haga de la vuelta a la «normalidad» un cómodo final feliz. El oficial naval nunca comprenderá la Loss Of Innocenceexperiencia que Ralph (y el lector, por su mediación) ha sufrido, elocuentemente recapitulada en el penúltimo párrafo: «la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre y la caída al vacío de aquel verdadero y sabio amigo llamado Piggy». Nunca entenderá por qué los sollozos de Ralph se contagian a los otros chicos. «El oficial, rodeado de tal expresión de dolor, se conmovió, algo incómodo. Se dió la vuelta para darles tiempo de recobrarse y esperó, dirigiendo la mirada hacia el espléndido crucero, a lo lejos». La última frase de cualquier relato adquiere cierta resonancia por el simple hecho de ser la última, pero ésta es particularmente rica en ironía. La mirada adulta «hacia el espléndido crucero» implica complacencia, evasión de la verdad y complicidad con una forma institucionalizada de violencia -la guerra moderna- equivalente a la primitiva violencia de esos chicos que han regresado al estado salvaje, tanto como es diferente de ella. 

Los lectores familiarizados con mi novela Intercambios recordarán tal vez que el pasaje de La abadía de Northanger que encabeza la presente sección es recordado por Philip Swallow y citado por Morrís Zapp en la última página de la obra. Philip lo invoca para ilustrar una importante diferencia entre la experiencia que tienen los espectadores del final de una película y la que tiene el lector del final de una novela:

IntercambiosLodgeBueno, es algo que el novelista no puede evitar, ¿no?, que su libro esté llegando al final... no puede disimular el hecho de que la narración está comprimida en las páginas.... Quiero decir que mentalmente trazas el final de la novela. Cuando lees, te das cuenta de que no te quedan por leer más que una o dos páginas y te dispones a cerrar el libro, pero en una película no hay manera de decirlo; especialmente hoy; cuando las películas están estructuradas de una manera más libre, mucho más ambivalente, que antes. No hay manera de decir qué escena será la última. La película continúa, exactamente como continúa la vida: la gente va haciendo cosas, bebiendo, hablando, y estamos observándolos; y en cualquier momento, que el director elige sin avisar, sin que nada quede resuelto, explicado o concluido, puede, sencillamente... acabar. 

En ese momento del libro, Philip es representado como un personaje en un guión de cine, e inmediatamente después de su discurso la novela termina, así:

Philíp se encoge de hombros. La cámara se detiene, fijando su imagen a mitad del gesto.

Terminé la novela de esa manera por varias razones relacionadas entre sí. En parte es una comedia sexual de «intercambio de parejas a escala intercontinental»: la historia se centra en las aventuras y desventuras de dos catedráticos, uno británico y otro estadounidense, que tras intercambiar sus puestos de trabajo en 1969, tienen cada uno un lío con la mujer del otro. Pero los dos protagonistas intercambian muchas más cosas en el curso de la historia -valores, actitudes, lenguaje- y casi cada uno de los incidentes en uno de los escenarios tiene su correspondencia o imagen especular en el otro. Al desarrollar este argumento sumamente simétrico y quizá predecible, sentí la necesidad de suministrar cierta variedad y sorpresa al lector en otro nivel del texto y en consecuencia escribí cada capítulo en un estilo o formato distinto. El primer cambio es relativamente discreto: de la narración en presente en el primer capítulo a la narración en pretérito en el segundo. ElArte FicciónPero el tercer capítulo reviste forma epistolar y el cuarto consiste en extractos de periódicos y otros documentos que se supone que los personajes están leyendo. El quinto es convencional en el estilo, pero se desvía del patrón establecido por los anteriores al presentar las experiencias interrelacionadas de los dos protagonistas en bloques consecutivos.

A medida que la novela progresaba fui dándome cuenta de que iba a ser un problema terminarla de una manera que resultara satisfactoria tanto a nivel formal como narrativo. En cuanto al primero de ellos, era evidente que el capítulo final tenía que exhibir el cambio más llamativo y sorprendente de todos en lo que respecta a la forma narrativa: de lo contrario se arriesgaba a resultar un anticlímax estético. En cuanto al nivel narrativo, me di cuenta de que me resistía a resolver el argumento sobre el intercambio de esposas, en parte porque eso significaría resolver también el argumento cultural. Si Philíp decidiera quedarse con Desirée Zapp, por ejemplo, eso también significaría que decide quedarse en América o que ella está dispuesta a asentarse en Inglaterra, y así sucesivamente. No quería tener que decidir, en tanto que autor implícito, en favor de esta o aquella pareja, esta o aquella cultura. Pero ¿cómo podría «colar» un final radicalmente indeterminado para un argumento que hasta ese momento había seguido una estructura tan regular y simétrica como una cuadrícula?

TheArtOfFictionLa idea de escribir el último capítulo (que se llama «El final») en la forma de un guión cinematográfico parecía resolver todos esos problemas de un plumazo. En primer lugar, semejante formato satisfacía la necesidad de una desviación climática del discurso narrativo «normal». En segundo lugar me liberaba, en tanto que autor implícito, de formular un juicio sobre los cuatro personajes principales o hacer de árbitro entre ellos, ya que no hay huella textual de la voz del autor en un guión, que consiste en diálogo y en descripción impersonal, objetiva, del comportamiento exterior de los personajes. Philip, Desirée, Morris y Hilary se encuentran en Nueva York, a medio camino entre la costa oeste de Estados Unidos y el oeste de los Midlands  (región central) de Inglaterra, para discutir sus problemas conyugales, y durante unos cuantos días analizan cada uno de los posibles desenlaces de la historia -que todos se divorcien y se casen con sus respectivos amantes, que cada pareja vuelva a unirse, que se separen pero no para volverse a casar, etc., etc.- pero sin alcanzar conclusión alguna. Cuando se me ocurrió que Philip llamara la atención sobre el hecho de que las películas se prestan más que las novelas a finales no resueltos, en el momento en que él mismo es representado como un personaje de película dentro de una novela, pensé que había encontrado una manera de justificar, mediante una especie de chiste de metaficción, mi propia negativa a resolver el argumento de Intercambios. De hecho, el deseo humano de certezas, resolución y conclusión es tan fuerte -tan atávicamente fuerte- que no todos los lectores se quedaron satisfechos con ese final, y algunos se me han quejado de que se sienten estafados. Pero a mí me satisfizo (y tenía la ventaja suplementaria de que cuando decidí seguir usando a los protagonistas en personajes de una novela posterior, El mundo es un pañuelo, tuve carta blanca para desarrollar sus biografías).

ChangingPlacesSi cuento esta anécdota, sin embargo, no es para defender el final de Intercambios, sino para demostrar que la decisión sobre cómo manejarlo implicaba muchos otros aspectos de la novela, aspectos que he discutido en otros lugares de este libro bajo distintos encabezamientos. Por ejemplo: l. El punto de vista (la forma de guión eliminaba la necesidad de seleccionar un punto de vista, que implica inevitablemente privilegiar a aquel personaje cuyo punto de vista se adopta). 2. El suspense (al retrasar hasta la última página la respuesta a la pregunta narrativa: ¿cómo se resolverá el doble adulterio?). 3. La sorpresa (la negativa a responder a esa pregunta). 4. La intertextualidad (la alusión a Jane Austen, que resulta natural y apropiada dado que tanto Philip Swallow como Monis Zapp se han especializado en el análisis de su obra). 5. Permanecer en la superficie (un efecto más del formato de guión cinematográfico). 6. Los títulos y los capítulos (el juego de palabras del título de la novela: Changing places -cambio de lugares, lugares en los que uno cambia, posiciones intercambiadas- sugería una serie de títulos de capítulo relacionados: «Huir», «Asentarse», «Correspondencia», etc., y finalmente Ending, «terminar», que en inglés es sustantivo, participio y gerundio: éste es el final de la novela, es como termina, es así como la estoy terminando). 7. La metaficción (el chiste de las últimas líneas se hace a expensas del lector y sus expectativas, pero también está relacionado con un chiste de metaficción sobre un libro práctico titulado Cómo escribir una novela que Morris Zapp encuentra en el despacho de Philip Swallow y que proporciona un comentario sardónico sobre las muy variables técnicas utilizadas para escribir Intercambios. «Toda novela tiene que contar una historia», empieza. «y hay tres clases de historia, la historia que termina felizmente, la que termina infelizmente, y la historia que termina ni feliz ni infelizmente, es decir, en otras palabras, que no termina realmente en absoluto».

StructureOfANovel

Podría, sin mucha dificultad, analizar final en otras secciones, como las tituladas «La desfamilíarización», «La repetición», «La novela experimental», «La novela cómica», «La epifanía», «Casualidades», «La ironía», «La motivación», «Las ideas» y «La aporía», pero no insistiré en lo que quiero demostrar: sencillamente, que las decisiones sobre aspectos o componentes determinados de una novela nunca existen como algo aislado sino que afectan a todos sus otros aspectos y componentes y se ven afectados por ellos. Una novela es un Gestalt una palabra alemana para la que no hay un exacto equivalente inglés y que mi diccionario define como una «estructura o modelo de percepción que posee cualidades en tanto que conjunto, el cual no puede ser descrito meramente como una suma de sus partes». 

 

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