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Fragmentos de libros. LA SÉPTIMA CRUZ de Anna Seghers  Fragmentos II:

  

Editorial:     Alfaguara            Acceso/Volver a los fragmentos I de "La séptima cruz": CurzHormigaYNaranja177

  

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       ...

     ... Estas colinas no llegan a montes, Cualquier niño puede trasladarse un domingo a un pueblo de la otra vertiente para tomar café y pastas con sus parientes y estar de regreso al toque vespertino. Pero esta cadena de colinas fue en tiempo la CubiertaL7C 1larga frontera del mundo; más allá comenzaba el despoblado, la tierra ignota. A lo largo de estas colinas trazaron los romanos el limes del imperio. Sacrificaron tantas generaciones desde el día en que incendiaran en estas colinas los altares de los celtas consagrados al Sol, libraron tantas batallas, que pudieron hacerse la ilusión de haber acotado definitivamente el mundo habitable. Pero la ciudad que se levanta allá abajo no retuvo en su escudo el águila ni la cruz, sino el disco solar de los celtas, el sol que hace madurar las manzanas de Marnet. Aquí acamparon las legiones, y con ellos todos los dioses del mundo, dioses urbanos y campesinos, el dios de los judíos y el dios de los  cristianos. Astarte e Isis, Mitras y Orfeo. Aquí inició su historia la tierra inhóspita, en ese punto donde Ernst de Schmiedtheim mira a las ovejas, una pierna adelantada, un brazo en la cadera y una punta de su bufanda flotando como si soplara siempre el viento...

 

  

 P32

       Fahrenberg, comandante del campo de concentración, quiso pensar que aquella realidad intolerable era puro sueño del que debía despertar cuanto antes, que toda la pesadilla no fue siquiera un mal sueño, sino el recuerdo de un mal sueño. Mucho después de habérsele comunicado la noticia se debatía aún con esta sensación. Tomó todas las medidas FahrenbergCommandnecesarias con aparente sangre fría; pero en realidad no las tomó él, Fahrenberg, pues los sueños, por pavorosos que sean, no requieren medidas; fue algún otro el que ls tomó por él para poner remedio a unos sucesos que nunca debían haberse producido.

         Cuando la sirena comenzó a bramar por orden suya, Fahrenberg evitó pisar un cable eléctrico –un obstáculo para los sueños- y fue a asomarse a la ventana. ¿Por qué sonaba la sirena? Desde la ventana no se veía nada: el panorama adecuado para un tiempo inexistente. Pero esa nada tenía un nombre: densa niebla.

 P116

         Al hombre esperado, aunque no mucho, un tal Heinrich Kübler, le había conocido por un azar: El azar, cuando se le deja hacer, no es ciego, como suelen decir, sino astuto y con sentido el humor. Hay que abandonarse a él sin reservas. Si DaSiebte kreuzintentamos manejarlo, se convierte en chapuza y se le hace culpable sin razón. Cuando se le respeta y se le obedece fielmente, da casi siempre en el blanco, y lo hace con rapidez, directamente y sin rodeos.

         Un día, una amiga de la oficina invitó a Elli a un baile. En seguida le pesó haber ido. Detrás de ella, a un camarero se le cayó un vaso de la mano. Ella se volvió, coincidiendo con este Kübler, que acababa de entrar en la sala. Era un hombre alto, de pelo negro y fuerte dentadura; su vaga semejanza con Georg en la actitud y en la sonrisa fascinó a Elli, por lo que Kübler puso sus ojos en ella y se aproximó, un tanto azorado. Bailaron hasta la madrugada. De cerca no se parecía nada a Georg. Era un joven formal. La invitaban a menudo a bailar y los domingos la llevaba al Taunus. Se besaban y vivían contentos...

 

 P206

       De la cocina de éstos trasciende un olor de asado a la vinagreta. La Eugenie sale al campo llevando una cazuela. Ernst levanta la tapa y los dos miran dentro: Ernst y Nelly (su perra).

       -  Es curioso –dice Ernst a su perra- que un cocido de guisante huela a asado a la vinagreta.

       Eugenie dio media vuelta. Es un término medio entre una prima de los Messer y una ama de llaves.

       En casa se comen también la sobras, amigo.

       -  Pero nosotros, Nelly y yo, no somos cubos de basura.

       La mujer le mira y se ríe.

       GralManguinNo me coja manía, Ernst. En casa hay dos principios. Cuando termine, deje el plato en la ventana de la cocina.

        Vuelve presurosa: no es muy joven, pero su andar es bello y flexible. Y Ernst tenía oído que su pelo fue en tiempo tan negro y brillante como las alas de un mirlo. Era hija de buena familia; quizá hubiera podido casarse con los Messer; pero todo se torció cuando el general Mangin, de la Comisión Interaliada, tuvo la idea el año 1920 de hacer acampar allí dos regimientos. Una nube azul grisácea, que subió de la carretera para distribuirse luego en valles, pueblos y colinas, en un punto o en otro; y una música estridente que perforaba los tímpanos. Extraña chaqueta militar en el colgador del pasillo de la casa, extraño olor en las escaleras del portal, extraño vino que te escancia una extraña mano, extrañas palabras de amor, hasta que el extranjero se te hace familiar y lo familiar se te vuelve extraño.  Cuando al fin, casi ocho años después, la nube azul grisácea se alejó carretera abajo y aquella lancinante música militar dejó de sonar en el aire, aunque siguiera resonando en los oídos. Eugenie se asomó a la ventana de la buhardilla de los Messer. Allí fue acogida después que falleciera el ama de casa a las cinco semanas de caer enferma. Los padres de Eugenie ya habían Kronbergfallecido; la habían expulsado de su casa. Su hijo francés, el niño de la guarnición, va a la escuela de Kronberg. El padre de la criatura hace tiempo que toma su aperitivo en el boulevard Sebastopol. Nadie habla ya de ese tema. La gente se ha acostumbrado. También Eugenie se ha acostumbrado. Su rostro está pálido, aunque sigue siendo bello. Dijo en una ocasión, en un tono seco, que el azul grisáceo que ella contemplaba no era el ejército de ocupación, sino simple niebla. De esto hace también muchos años.

         Ernst piensa que Eugenie es un regalo inmerecido para el viejo y gordo Messer.

        «Me gustaría saber si eso de los dos principios lo tenía preparado o lo ha inventado después.»

 P286

       PirckheimerBlogDe pronto uno, dos, tres bocinazos; todo se relegaron a derecha e izquierda: llegaba el SS motorizado, el primo de Antón Greiner.

       -    Este nos contó anoche una estupidez –dijo Antón-; me preguntó hasta por ti.

       Franz sintió pánico.

        -   A ver si estabas de buen humor; a ver si te reías a tus anchas.

        -   ¿Por qué he de estar de buen humor?

        -    Esto es lo que le pregunté yo también. Estaba medio bebido. Esos medio bebidos se le pegan a uno, son peores que el bebido del todo. Esa moto es suya; ha terminado de pagarla. Dijo que todos ellos estaban en servicio con sus motos para inspeccionar la ciudad. Han acordonado calles enteras.

        -   ¿Por qué?

        -   Por los fugitivos.

   -  Con ese control –dijo Franz- no será difícil encontrar a un individuo.

   ComicL7C 1 -  Eso le dije yo también a mi primo, pero me contestó que el control tenía una pega.

   -  ¿Cuál?

   - Eso le pregunté yo. Y me dijo que ese control tan espectacular era difícilmente controlable. Por lo demás, se va a casar muy pronto. ¿Sabes con quién?

        -  Antón, tú me pides demasiado; ¿cómo voy a saber yo con quién se casa tu primo?

      ... 

    P343

    Liesel cortó sus pensamientos. También cesó en sus lágrimas. Tuvo la sensación de que le estaba prohibido seguir pensando. Nada podría ser ya como fue antes. Liesel se concentró en su propia vida. Ella, que nada entendía de la sombra que está más allá de la frontera de la realidad y mucho menos de los extraños acontecimientos que se producen Das7Kreuz20April18en la linea fronteriza, cuando la realidad está abocada a la nada para no volver o las sombras quieren regresar para hacerse pasar una vez más por la realidad.

    Pero en aquel momento comprendió también Liesel lo que puede ser un mundo ficticio, un Paul de regreso que ya no es Paul, una familia que tampoco puede ser ya familia, una vida en común prolongada durante años que en una noche de octubre, dejó de ser vida por unas palabras de delación pronunciadas en el calabozo de la Gestapo.

    Liesel sacudió la cabeza y se retiró de la ventana. Sentóse en el diván junto a los niños. Al hijo mayor le hizo cambiar las medias sucias por otras limpias que se habían secado en la barra del hogar. Sentó a la niña sobre sus rodillas y le cosió un botón...

 

 

 P355

     ...

       Ella se inclinó sobre él y le dijo en tono de desesperación:

    -   Yo soy la Lotte.

    Franz iba a exclamar: «imposible.» Pero se contuvo a tiempo.

    Ella debió de adivinarle el pensamiento y le miró a los ojos como esperando un signo de reconocimiento, siquiera un pálido reflejo de lo que ella había sido: una chica llena de alegría, de grácil, bruñido cuerpo tostado por el sol, el cabello lustroso y fuerte como la melena de un animal sano. 

     L7C MaterialienCuando la señora advirtió que Franz empezaba al fin a reconocerla, afloró un atisbo de sonrisa en su rostro, y sólo entonces, en aquel atisbo de sonrisa, llegó él a reconocerla de verdad. Recordó como distribuía la comida en el campamento sobre unas tablas extendidas entre dos troncos de árbol. Cómo volvía de remar en uniforme azul. Cómo se sentaba en la tierra doblando las rodillas. Cómo llevaba la bandera, cansada y sonriente, como copos de nieve sobre el cabello espeso. «Una chica tan bella y valiente, que resultaba como un símbolo, como el mascarón de proa de nuestro barco veloz.» Recordó también cómo se casó muy pronto con un hombre alto, de color pálido, un ferroviario oriundo del Norte de Alemania, que se apellidaba Herbert. Franz nunca más olvidó a pensar en aquel hombre, como no se suele pensar en lo que no ha dejado huella alguna.   

    - ¿Dónde anda metido Herbert?- preguntó, arrepintiéndose acto seguido de la pregunta. 

    -  Dónde va a andar. Ahí –señaló con el índice la tierra parda del jardín, donde se veían algunas hojas de nogal y algunas cáscaras de nuez punzantes y secas. El gesto fue tan exacto, tan sereno, que Franz creyó ver a Herbert, al que él perdiera de vista sin buscarle más, presente ante sí, en aquel jardín donde él había recalado al azar, entre las hojas marchitas, las botas altas de los SS y lo SA y las botitas de sus esposas, pues el jardín se fue llevando de gente. Gente de uniforme con sus novias bellas y jóvenes; pero Franz los detestaba a todos.

    Das siebte kreuz Getty- Siéntate, Lotte- dijo. Encargó sidra para la señora y limonada para la niña.

    -   En eso tuve suerte –recaló Lotte, volviendo al tono seco-. Herbert se había marchado ya a Colonia, donde fue denunciado. También a mí me quisieron llevar. Había ocurrido un accidente en nuestra sección: rotura de tuberías. Yo estuve en el hospital entre la vida y la muerte; del niño, que era aún muy pequeño, se hizo cargo un pariente, que lo llevó consigo al campo. Cuando pude tenerme en pie, el niño había aprendido a andar y Herbert…, bueno, Herbert había muerto. Después no me ha pasado ya nada; estoy para el arrastre.

     -  No tienes que soplar, sino aspirar por la pajita- dijo a la niña, para disculparse a continuación con Franz-. Es la primera vez que toma eso. 

     La señora enderezó el gorrito y dijo:

    - A veces es mejor morir, pero la niña… ¿Puedo dejarles mi niña a esos? No hace falta que me reconvengas, Franz, ni que me consueles. A veces una se siente sola. Entonces piensa: «Vosotros os habéis olvidado de todos».

     - ¿Quiénes son «vosotros»?

     -  Vosotros, vosotros. Tú también, Franz. ¿No tenías olvidado a Herbert? ¿Crees acaso que no lo he leído en tu rostro? Y si tú ya le olvidas… Así se aprovechan ésos… -y señaló con el hombro la mesa vecina, que estaba ocupada por los SA y sus acompañantes-. No digas que no; tú has olvidado muchas cosas. Ya es malo que uno se insensibilice y olvide el mal que ésos nos hicieron. Pero que olvide lo óptimo en medio de tantas cosas atroces, eso es aún peor. ¿No recuerdas lo unidos que estábamos todos?

   -  Pero yo…, yo no he olvidado nada.

    Franz le tendió la mano antes de lo que hubiera deseado. Con un leve movimiento separó aquellos absurdos rizos y le pasó la mano por el ojo dañado, por toda la cara, que bajo sus dedos se volvió aún más pálida y más fría. Ella bajó los ojos. Así su rostro se asemejó más al de otros tiempos. Sí, Franz pensó que debía volver a acariciarla, y luego curarle la herida; entonces reaparecería el antiguo brillo, la perdida belleza de aquel rostro. Pero retiró la mano prematuramente. Ella le miró con su ojo sano, tan negro en aquel momento que desaparecía la pupila y por eso resultaba demasiado grande. Sacó un espejito, lo apoyó en el vaso y volvió a arreglarse el pelo.

     - Ver Lotte – le dijo Franz; aún es temprano; ven a hablar un poco con mi familia.

       - ¿Te casaste, Franz? ¿Vives con tus padres?

      - Ninguna de las dos cosas; vivo con parientes. Estoy prácticamente solo.

      Caminaron en silencio, carretera arriba, casi una hora. La niña no los estorbaba; iba por delante, llevada del deseo de subir cada vez más alto, pues salía rara vez de Höchst. A los pocos minutos se paraba un poco para ver el espacio recorrido, el campo que se extendía a sus pies y también el cielo. La niña pensaba que subiendo a suficiente altura se vería, en lugar de pueblos y campos, alguna otra cosa completamente distinta, el fin de todo, donde asomarían las nubes y el viento, que era algo asó como la luz amarilla de la tarde, algo que no se podía extender ni recorre.

SpecenTracyFranz divisó la casa de los Mangold. Aún no había cruzado una palabra con Lotte; pero tampoco era necesario hablar, sino un estorbo. Compró para la niña un barquillo en la case de agua de Seltz y para Lotte una tabla de chocolate. Cuando llegaron a la cocina de los Marnet, Auguste quedó con la boca abierta.  Todos miraron desconcertados a Franz, a Lotte y a la niña. Lotte los saludó con gran naturalidad. Se puso inmediatamente a ayudar en la limpieza de la vajilla. De la gran tarta de manzanas, casi tan grande como la mesa, sólo quedaba un trocito duro del borde. Dieron este trocito a la niña y la dejaron ir a contemplar la campiña azul del cuadro de amelos. Volvieron a sentarse todos en la cocina, alrededor de la mesa vacía, recién lavada. Ernst, que contemplaba fijamente a Lotte, aunque no le gustó mucho, llevó a mal que Franz, el apático Franz, tuviera una mujer en la trastienda de su vida. La señora Marnet sacó poco después su botella de licor de ciruelas. Todos los hombres tomaron su copia; de las mujeres, bebieron Lotte y Eugenie.

La niña ya había abierto la puerta del jardín para salir al prado. Hizo un alto debajo del primer manzano. Era la hija de Lotte y de Herbert, el asesinado.

ManzanaLa niña miró primero el tronco. Pasó su dedo por las estrías. Luego alzó la cabeza. Las ramas giran y se cimbrean, y taladran con fuerza el aire; y sin embargo, el árbol está quieto. También la niña permanece quieta. Las hojas, que parecen negras desde abajo, se mecen incesantemente, y entre los huecos aparece el cielo vespertino. Un rayo oblicuo de sol penetra en el árbol y da exactamente en algo dorado y redondo.

-  Ahí cuelga una- grita la niña.

Todos se levantan en la cocina, pensando que algún prodigio ha ocurrido. Salen corriendo y todos miran hacia arriba. Luego van por la pértiga de la fruta. Como la niña es aún demasiado débil, le refuerzan la mano que sostiene la pértiga como un lápiz gigantesco. Ya está enganchada, y la manzana cae; buenas tardes, manzana.

-  Puedes llevártela- dijo la señora Marnet, muy espléndida.

... 

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Fragmentos de libros. LA SINAGOGA DE LOS ICONOCLASTAS de J. Rodolfo Wilcook Fragmentos II:

 

Editorial: Anagrama            Acceso/Volver a los Fragmentos I de "La sinagoga de los iconoclastas": MantasCondeDuque177
  
 
Continúa (De 22-IV  Aarron Riseblum).

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... La idea de Aaron Rosenblum era extremadamente sencilla; él no fue el primero en concebirla, pero sí el primero en llevarla hasta sus últimas consecuencias. Sobre el papel, únicamente, porque la humanidad no siempre desea hacer lo que debe hacer para ser feliz, o para lograrlo prefiere elegir sus propios caminos, que en cualquier caso, al igual que los mejores planes globales, también suponen matanzas, torturas, cárceles, exilios, descuartizamientos, guerras. Cronológicamente, la utopía de Rosenblum no fue afortunada: el libro que debía hacerla famosa, Back to Happiness or On to Hell (Atrás hacia la felicidad o adelante hacia el infierno) apareció en 1940, precisamente cuando el mundo pensante estaba mayoritariamente entregado a defenderse de otro plan, no menos utopista, de reforma social, de reforma total.

Rosenblum había comenzado por preguntarse: ¿Cuál ha sido el período más feliz de la historia mundial? Considerándose inglés, y como tal depositario de una tradición perfectamente definida, decidió que el período más feliz de la historia había sido el reino de Isabel, bajo la sabia conducción de Lord Burghley. Entre otras cosas, había producido a Shakespeare; entre otras cosas, en aquel período Inglaterra había descubierto América; entre otras cosas, en aquel período la Iglesia Católica había sido derrotada para siempre y obligada a refugiarse en el lejano Mediterráneo. Rosenblum llevaba muchos años siendo miembro de la Alta Iglesia protestante anglicana.

lord-burghleyAsí que el plan de Back to Happiness era el siguiente: devolver el mundo a 1580. Abolir el carbón, las máquinas, los motores, la luz eléctrica, el maíz, el petróleo, el cinematógrafo, las carreteras asfaltadas, los periódicos, los Estados Unidos, los aviones, el voto, el gas, los papagayos, las motocicletas, los Derechos del Hombre, los tomates, los buques de vapor, la industria siderúrgica, la industria farmacéutica, Newton y la gravitación, Milton y Dickens, los pavos, la cirugía, los trenes, el aluminio, los museos, las anilinas, el guano, el celuloide, Bélgica, la dinamita, los fines de semana, el siglo XVII, el siglo XVIII, el siglo XIX y el siglo XX, la enseñanza obligatoria, los puentes de hierro, el tranvía, la artillería ligera, los desinfectantes, el café. El tabaco podía permanecer, dado que Raleigh fumaba.

Viceversa había que reinstaurar: el manicomio para los deudores; la horca para los ladrones; la esclavitud para los negros; la hoguera para las brujas; los diez años de servicio militar obligatorio; la costumbre de abandonar a los recién nacidos en la calle el mismo día del nacimiento; las antorchas y las velas; la costumbre de comer con sombrero y con cuchillo; el uso de la espada, del espadín y del puñal; la caza con arco; el bandidaje en los bosques; la persecución de los hebreos; el estudio del latín; la prohibición a las mujeres de pisar el escenario; los ataques de los bucaneros a los galeones españoles; la utilización del caballo como medio de transporte y del buey como fuerza motriz; la institución del mayorazgo; los caballeros de Malta en Malta; la lógica escolástica; la peste, la viruela y el tifus como medios de control de la población; el respeto a la nobleza; el barro y los lodazales en las calles del centro; las construcciones de madera; la cría de cisnes en el Támesis y de halcones en los castillos; la alquimia como pasatiempo; la astrología como ciencia; la institución del vasallaje; la ordalía en los tribunales; el laúd en las casas y las trompas al aire libre; los torneos, las corazas adamascadas y las cotas de mallas; en suma, el pasado.

PirámideEdMediaAhora bien, hasta para los ojos de Rosenblum resultaba obvio que la puesta a punto y ordenada realización le dicha utopía, en 1940, exigiría tiempo y paciencia, además de la colaboración entusiasta de la parte más influyente de la opinión pública. Es cierto que Adolfo Hitler parecía dispuesto a facilitar al menos la obtención de algunos de los puntos más comprometidos del proyecto, sobre todo los que se referían a las eliminaciones; pero, en tanto que buen cristiano, Aaron Rosenblum no podía dejar de observar que el jefe de estado alemán se estaba dejando arrastrar excesivamente por tareas a fin de cuentas secundarias, como la supresión de los hebreos, en lugar de ocuparse seriamente de contener a los turcos, por ejemplo, o de organizar torneos, o de difundir la sífilis, o de hacer miniar los misales.

Por otra parte, aunque estuviese tendiéndoles constantemente la mano, Hitler parecía alimentar a escondidas una cierta hostilidad respecto a los ingleses. Rosenblum comprendió que tenía que hacerlo todo por su cuenta; movilizar por su cuenta la opinión pública, solicitar firmas y adhesiones de científicos, sociólogos, ecologistas, escritores, artistas, amantes del pasado en general. Sin embargo, tres meses después de la publicación del libro, el autor fue reclutado por el Servicio Civil de la Guerra como vigilante de un almacén de nula importancia en la zona más deshabitada de la costa de Yorhshire. No disponía ni de un teléfono: su utopía corría el peligro de hundirse en la arena.

Sin embargo, en la arena se hundió él, de manera insólita: mientras paseaba por la playa recogiendo almejas y otros artículos propios del siglo XVI para el desayuno, en el curso de un ataque aéreo realizado evidentemente a título de ejercicio, desapareció lacerado en un agujero y sus fragmentos fueron inmediatamente recubiertos por el mar.

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Ya se ha hablado de la vocación mortífera de los utopistas; hasta la bomba que le destruyó respondía a una utopía, no tan dispar a la suya, si bien aparentemente más violenta. En su esencia, el plan de Rosenblum se basaba en el enrarecimiento progresivo del presente. Partiendo no de Birmingham, que era demasiado negra y habría necesitado al menos un siglo de limpieza, sino de un pequeño centro periférico como Pensance, en Cornualles,se trataba simplemente de delimitar una zona -tal vez adquiriéndola con los fondos de la Sixteenth Century Society, aún por fundar- para proceder después a la exclusión en el área de saneamiento, con minucioso valor, de todo y cualquier objeto o costumbre o forma o música o vocablo que se remontara a los siglos incriminados, o sea XVII, XVIII, XIX y XX. La lista bastante completa de los objetos, conceptos, manifestaciones y fenómenos a eliminar llena cuatro capítulos del libro de Rosenblum.

Al mismo tiempo, la sociedad e institución patrocinadora, es decir la Sixteenth Century Society, procedería a insertar todo lo que ya se ha mencionado -bandidos, velas, espadas, burros de carga, y así sucesivamente durante otros cuatro capítulos del libro-, lo que debería bastar para convertir a la colonia naciente en un paraíso, o en algo muy semejante a un paraíso. La gente de Londres acudiría en tropel para sumergirse en el siglo XVI; la suciedad consiguiente comenzaría inmediatamente a operar una primera selección natural, necesaria como mínimo para devolver la población a los niveles de 1580.

DegliIconoclastiCon las aportaciones de los visitantes y de los nuevos inscritos, la Sixteenth Century Society se encontraría capacitada, por consiguiente, para ampliar poco a poco su campo de acción, extendiéndose hasta Londres. Limpiar Londres de cuatro siglos de construcciones y manufacturados de hierro era un problema que había que resolver aparte, convocando tal vez un concurso de proyectos abierto a todos los jóvenes amantes del pasado. Pero algo en este sentido parecía tener ya en la mente el otro utopista, el del otro lado del Canal de la Mancha; en la duda, Rosenblum optaba por el cerco: es posible que un mero cinturón del siglo xvi en torno a la capital bastara para conseguir que todo se derrumbara.

El plan avanzaba después rápidamente hasta cubrir toda Inglaterra y, desde Inglaterra, Europa. En realidad, los dos utopistas tendían por diferentes caminos hacia la misma meta: asegurar la felicidad del género humano. Con el tiempo, la utopía de Hitler ha caído en el descrédito que todos saben. La de Rosenblum, en cambio, reaparece periódicamente, bajo disfraces diferentes: hay quien tiende hacia la Edad Media, quien al Imperio Romano, otros al Estado Natural, y Grünblatt incluso es partidario del retorno al Mono. Si se resta de la población actual del mundo la población presunta del período elegido, se conoce el número de millones de personas, o de homínidos, condenados a desaparecer, según el plan. Estas propuestas prosperan; el espíritu de Rosenblum sigue recorriendo Europa.

37 - VIII

AURELIANUS GÖTZE

En el clima frívolamente cristiano de retorno al paganismo que acompañó en toda Europa las conocidas vicisitudes políticas y sociales de la Revolución Francesa, Aurelianus Götze recogió la todavía vaga hipótesis, ya propuesta por el joven Kant en su Historia natural universal y teoría de los cielos, del nacimiento del sistema solar como resultado de la condensación de una nebulosa originaria girando en torno a la estrella madre; sólo que en la versión neoclásica de Götze los objetos condensados no eran exactamente los que hoy entendemos por planetas sino los propios númenes titulares de cada una de las sedes.

Kant HistoriaNaturalEsta sutil herejía científica, expuesta por el inspirado e inmediatamente olvidado tratado Der Sichtbar Olymp oder Himmel Aufgeklärt, impreso en Leipzig en el auroral 1799, sólo merece una alusión de pasada; al igual que aquellas cajas cuyo contenido es ligeramente monstruoso, no excluye la curiosidad, pero exige que, apenas entrevisto el contenido, la tapa regrese inmediatamente a su lugar, para evitar cualquier posterior difusión. Eran los años de los incroyables: permítaseme incluir entre esos increíbles a Götze y su tratado.

Inventado por Immanuel Kant en 1755, el vocablo nebulosa era demasiado sugestivo como para que alguien no lo recordase; y era, además, lo suficiente nebuloso como para admitir cualquier significado. Según Götze, la nebulosa originaria estaba enteramente constituida por voluntad de Júpiter (Zeus' Wille); voluntad teleológica que, sin embargo, no excluye el capricho, a partir del momento en que, en lugar de crear el universo, hubiera podido crear cualquier otra cosa (obviamente también en Leipzig, en coincidencia con el paso del siglo de las luces al siglo del humo, el freno teológico se había, como mínimo, aflojado). El más relevante, para nosotros, de esos caprichos se produce precisamente cuando la voluntad de Júpiter comienza a girar, se condensa, se convierte en el Sol, Mercurio, etcétera, hasta que entre los objetos del etcétera encontramos al propio Júpiter, concreta y convenientemente resumido en el más grande y majestuoso de los planetas.

Aquí, para ser justos con el autor, debiéramos citar sus propias palabras, porque el concepto conductor es mucho más impreciso y metafísico de cuanto puedan expresar las nuestras; sin embargo, Götze es escritor prolijo, verboso y errático, y ninguna cita suya sobre un determinado tema, por muy ínfimo que sea, puede caber en pocas páginas sin serio menoscabo y sin, lo que es peor, traición. Peculiaridad genética, por otra parte, de los pensadores germanos: condensarlos es arruinarlos; transcribirlos, otro tanto. A lo más pueden ser comentados.

A riesgo de abolirlo al exponerlo a la luz, procuraremos aquí describir someramente lo poco que se vislumbra del interior de la caja de Götze; con la seguridad tranquilizadora, sin embargo, de que la caja será inmediatamente cerrada y devuelta al repudio de los siglos. Lo que más sorprende de esta visión, que ya hemos calificado de monstruosa, es la doble naturaleza atribuida a los astros. Estos adoptan desde el momento de la condensación sus nombres tradicionales, casi siempre en latín: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y Urano; el sol, sin embargo, se llama Helios, la luna Artemisa y la tierra, tal vez por ignotas afinidades teutónicas, Ops.

CieloTiepoloAdemás de asumir los nombres de los dioses del Olimpo, o al menos de una parte del Olimpo, asumen también su forma física: Júpiter es un digno cabeza de familia, Venus una señorita, Marte el famoso soldado, y así sucesivamente. En este cielo inspirado en Tiépolo es de suponer que los dioses no se pasean desnudos; en efecto, sus vestidos o trajes emanan un gran resplandor, a excepción de Mercurio, que debido a su vecindad con Helios revolotea desnudo y, por tanto, aparece con frecuencia como un punto oscuro. De dichas formas la más especial es la de Saturno, consistente en una serie de anillos: «Lo que en ningún pueblo de la tierra» observa el autor «es compartido, y que, en cualquier caso, parece más propio de una señora que de un hombre». Mann, hombre, escribe Götze: lo llama exactamente así.

Helios está simplemente vestido de fuego. Todas esas personas, aun poseyendo brazos y piernas y otros adminículos divinos, son en realidad redondas, de piedra dura, y como la tierra, Ops, están habitadas por miríadas de animales, plantas, seres humanos, montañas, corvetas, nubes, inmundicias varias, nieve e insectos. Sólo Artemisa está despoblada, porque al ser virgen nunca ha sido fecundada. El sol compone poemas líricos y canta; los restantes, además de girar alrededor suyo, componen horóscopos y se ocupan con diligencia de sus tareas específicas, salvo en la propia esfera. Esto quiere decir que Marte puede provocar guerras en todas partes, excepto en Marte; por consiguiente éste es el único planeta que está exento de guerras. De igual manera, sobre Venus no existe la lujuria, Mercurio ignora la eficiencia, en Saturno el tiempo no se mide y la gente del sol no conoce el arte. La Luna, en cambio, es un desierto de lujuria. A Ops le ha sido asignado el deber de asegurar la justicia por doquier, lo que, entre otras cosas, explica por qué precisamente entre nosotros resulta imposible.

NebulosaYOlimpoLa idea de que los astros fueran al mismo tiempo númenes espirituales y cuerpos materiales había sido implícitamente aceptada prácticamente por todos los antiguos; explícitamente, sin embargo, en el terreno científico y práctico, que es el terreno de la medición, ningún pensador de la Antigüedad conocido había jamás afirmado o pensado seriamente que Marte fuera más o menos resplandeciente según la coraza que endosaba. Sólo Götze, en el umbral del siglo XIX, aventura esta hipótesis cosmológica, en su divagación prerromántica. Hombre del Norte, no le resultaba imposible imaginar una esfera de dura piedra, sometida a las indiscutibles leyes de Newton, con ojos, brazos y piernas incorporados a su brillante redondez, y por añadidura trajes o vestidos, una lira o una hoz o una clepsidra, cabellos, voluntad, gracias femeninas, y el cuerpo concreto y compacto materialmente cubierto de miríadas de piojos humanos, portadores a su vez de piojos, y a flor de piel montañas y funiculares y globos aerostáticos y océanos, de hielo en Saturno y de fuego en Helios.

Sólo él tuvo la germana coherencia y esta precisión ahora decididamente novecentista de calcular en millones de toneladas el peso de Júpiter, padre de los dioses, de su hija Venus, del más obeso de sus hijos, el sol. Un grabado de Hans von Aue nos muestra en su libro a Artemisa cazadora encerrada en el propio globo agujereado por cráteres; otro, la nebulosa originaria con siete brazos en forma de espiral y los dioses arrastrados por el torbellino, siendo todavía niños.

 

  46 - X

KLAUS NACHTKNECHT

TheTempleOfIconPocos años después del descubrimiento del radio, circuló el rumor de sus propiedades maravillosas, de manera especial terapéuticas; noticia vaga e imprecisa pero difundida. Partiendo de la optimista premisa de que todo lo que se descubre sirve para algo –si exceptuamos los dos Polos, el Norte y el Sur–, el honesto periodismo de la época concedió el debido relieve a cualquier tipo de hipótesis, todas falsas, sobre esa nueva fuente de radiaciones. De la misma manera que en el siglo XVII la gente que seguía la moda se brindaba por extravagancia a las sacudidas eléctricas, la gente que seguía la moda en los primeros años del siglo XX quiso brindarse, por higiene, a la radiactividad.

De Karlsbad a Ischia, las aguas y los fangos termales fueron cuidadosamente analizados, y se descubrió, en efecto (así es el destino de todas las cosas del universo), que eran en cierta medida radiactivos; aguas y fangos se sintieron más preciosos, y con grandes carteles y publicidad en la prensa anunciaron al público su nueva y salubre condición. En Budapest el padre de Arthur Koestler, fabricante de jabón, hizo analizar igualmente las tierras de las que sacaba algunos ingredientes de su jabón; y habiéndose revelado también éstas, al igual que todas las tierras del globo, radiactivas, Koestler padre puso en venta con el consiguiente éxito sus pastillas de jabón radiactivas, llamadas después rádicas: sus benéficas influencias convertían, como era de prever, en cada vez más sana y hermosa la piel. Su ejemplo fue imitado en otros países. Cuando estalló la bomba de Hiroshima, y quedó claro para muchos que la radiactividad no siempre hacía resplandecer la piel, esos jabones cambiaron de nombre y de publicidad, pero, con estimable obstinación, termas y fangos radiactivos mantuvieron todavía durante años ese manifiesto interés que promueven las fuerzas secretas de la naturaleza.

KarlsbadCon el mismo espíritu científico-publicitario se inició en 1922 aquella admirable aventura orogenética que fue la cadena de hoteles volcánicos de Nachtknecht y Pons. Hijo del Pons de Valparaíso propietario de una famosa cadena de hoteles meramente oceánicos y balnearios, de los que las crónicas mundanas recuerdan el lujo asiático del Gran Pons de Viña del Mar junto al Pacífico y la mediocridad europea del Nuevo Pons de Mar del Plata junto al Atlántico, Sebastián Pons tuvo la suerte de conocer en la Universidad de Santiago a un geólogo alemán emigrado, sin la menor fama y llamado Klaus Nachtknecht.

Obligado por las estrecheces de un inestable exilio, Nachtknecht se ganaba la vida como profesor de alemán, materia de las más facultativas, en la Facultad de Ciencias, cosa que obviamente exasperaba su insatisfecha pasión geológica, hecha todavía más profunda por la muda, multitudinaria y superabundante proximidad de los Andes. Mientras sus compatriotas morían en Ypres como pulgas en una sartén, Nachtknecht cultivaba en silencio, en el invernadero de su lengua impenetrable, diferentes y solitarias teorías. A Pons, que era su discípulo predilecto, mejor dicho, su único discípulo, confió su más querida, su más ensoñada y original teoría, la de las radiaciones volcánicas.

En pocas palabras, Nachtknecht había descubierto que el magma desprende radiaciones de enorme poder vivificante y que nada favorece tanto la salud como vivir sobre un volcán, o al menos bajo un volcán. Citaba como ejemplo y confirmación la belleza y la longevidad de los napolitanos, la inteligencia de los hawaianos, la resistencia física de los islandeses, la fecundidad de los indonesios. Ocurrente como todos los alemanes, mostraba un gráfico sobre la longitud del miembro viril en los diferentes pueblos y países del mundo, con puntas indiscutiblemente envidiables en las regiones volcánicamente más activas. Dicho gráfico, que en las esferas académicas tal vez habría sido acogido con perplejidad, acabó de convencer a su joven alumno.

MolibdenoConvertido en heredero de los hoteles de su padre en 1919 y de una mina de molibdeno de su tía en 1920, Pons confió sus bienes de playa a un administrador inglés, digno por tanto de confianza, y los de excavación a un ingeniero chileno mutilado de las piernas, por consiguiente más digno todavía; después de lo cual, en compañía de su amigo y profesor, se lanzó a la empresa que en un primer tiempo le hizo famoso y en un segundo tiempo tan pobre que se vio obligado a aceptar el puesto de cónsul chileno en Colón (Panamá), con un sueldo de hambre y un clima de infierno.

Había sido Nachtknecht el primero en lanzar la idea de un establecimiento u hotel o casa de salud en las laderas de un volcán; naturalmente, los huéspedes no tenían por qué ser necesariamente enfermos (por otra parte, ¿quién no está enfermo?), sino personas de cualquier edad y condición psíquica; al contrario, cuanto más sanos y más vigorosos fueran los clientes, más segura la reputación del establecimiento como lugar de cura.

El Maestro era reacio a publicar libros en una lengua desprovista para él de toda lógica como el español (una lengua que ha renunciado desde hace siglos al máximo ornamento del pensamiento, que consiste, como es sabido, en concluir cualquier discurso con el verbo), pero Pons le indujo a preparar al menos algún opúsculo, no exactamente publicitario, pero adecuado, en cualquier caso, para difundir entre el público ignorante los principios y los méritos de la nueva radiación.

Así aparecieron a fines de 1920 El magma saludable y en 1921 Acerquémonos al Volcán, y Lava y Gimnasia, los tres traducidos o al menos corregidos por Pons e impresos en Santiago, en una edición prácticamente ilimitada y sobre un papel tan malo que las únicas páginas realmente legibles eran las que estaban impresas por un solo lado. Dos años después, contemporáneamente con los trabajos de construcción del primer hotel de la cadena, apareció de nuevo, siempre con la firma de Nachtknecht, Rayos de Vida (33 páginas).

Volcanes

 El plan original de Pons incluía cuatro hoteles-clínicas de lujo, a construir en las laderas del Kilauea en las islas Hawai, del Etna en Sicilia, del Pillén Chillay en la que era entonces provincia de Neuquén en Argentina, de Cosigüina en Nicaragua, y finalmente un quinto refugio para solitarios en un punto cualquiera, todavía por determinar, de la isla de Tristan da Cunha en el Atlántico; a ser posible sobre la islita contigua llamada justamente Inaccesible.

Por lo que se refiere a las Hawai, surgieron inmediatamente dificultades insuperables con la autoridad que se ocupaba, desde 1916, del Parque Nacional de los Volcanes locales. En cuanto a la superficie sobre el Etna, comprada en 1922 por los agentes de Pons a unos 2000 metros de altura, fue arrasada pocos meses después por un auténtico mar de lava y desapareció a todos los efectos del catastro, entre otras cosas por haberse convertido en una boca secundaria del antiguamente voraz Mongibello.

En Nicaragua, el agente de Managua demoraba inexplicablemente el asunto; posteriormente se supo que había estado todo el tiempo en la cárcel, por motivos políticos, y que desde la misma cárcel dirigía la agencia de compraventa de terrenos, cosa que estaba claro que no le permitía comprar montañas junto a la frontera con Honduras. De pronto reapareció, siempre por carta, con la noticia de que el Cosigüina llevaba sin dar señales de vida desde el lejano 1835 (posteriormente se supo que esto tampoco era cierto) y que podía ofrecer, en cambio, la compra de un terreno muy adecuado en la próspera isla de Omotepe, en el lago de Nicaragua, precisamente entre dos grandes MaderaYConcepciónvolcanes, el Madera y el Concepción, de vegetación lujuriante y una erupción activísima. Pons se dirigió a la Embajada de Nicaragua para ampliar la información; sorprendido en su despacho, el agregado cultural le explicó que precisamente en aquel punto de la isla se encontraba el gran presidio de Omotepe y que muy probablemente el agente estaba intentando venderle la prisión donde purgaba sus erróneas opciones políticas. De modo que el hotelero-minero se vio obligado también a renunciar al proyecto nicaragüense.

 No le quedaba más que dirigir su atención a los dos proyectos meridionales, el patagónico y el atlántico; para el primero tenía que tratar con argentinos, para el segundo con ingleses: todos ellos personas de confianza, europeas, convenientemente tacañas y severas. Pons suponía que Tristan da Cunha era fácilmente accesible por vía marítima, cosa que parecía bastante plausible en tanto que se trataba de una isla; le explicaron a continuación que los barcos del servicio regular llegaban a ella una sola vez por año, a fines de octubre. Por otra parte, esos barcos partían de Santa Elena, residencia estable del Gobernador; pero nadie sabía en Valparaíso cómo llegar a Santa Elena, y nadie lo había siquiera intentado. Todo esto habría hecho ciertamente estable la eventual estancia de los eventuales clientes del hotel, pero exactamente por la misma razón habría hecho problemática su construcción. Hacía siglos, además, que los volcanes de la isla mantenían intacta su digna inactividad.

Pons decidió, por consiguiente, aplazar el viaje a Tristan da Cunha y concentrar sus primeros esfuerzos en el Neuquén. El Pillén Chillay se alzaba –sigue alzándose– en la frontera entre Neuquén y Río Negro, y era más fácilmente accesible desde San Carlos de Bariloche; la carretera, toda ella de puntiagudos guijarros, gozaba de hermosas vistas y la gente del lugar –cuatro personas en total– la llamaba la pincha-ruedas. Estas cuatro personas eran obstinadamente germánicas y reinaban solitarias en aquellos desiertos poblados por millares de ovejas con una lana que colgaba hasta el suelo; poseían además un número no menos desmesurado de cerdos.

San-carlos-de-barilocheRodeado de ovejas y de cerdos, Pons no tardó en descubrir que era imposible cualquier tipo de comunicación con los alemanes; los cuales eran además tan testarudos que aún afirmaban que habían sido los vencedores de la guerra mundial. Roto un Ford modelo T, destrozado un Studebaker todavía más robusto, Pons se vio obligado a regresar a Bariloche a pie porque los caballos que la conocían se negaban a recorrer semejante carretera.

También en Bariloche los indígenas locales eran casi todos alemanes y mostraban, además, una considerable desconfianza respecto de los chilenos, tradicionalmente considerados como bandidos o putas, según el sexo. Finalmente, Sebastián consiguió enviar un telegrama a Nachtknecht, que seguía en Santiago. El Maestro respondió inmediatamente a su llamada: tomó el trasandino, llegó a Puente del Inca y allí permaneció un mes y medio bloqueado por la nieve. De Puente del Inca, Nachtknecht descendió finalmente a Mendoza, vía Uspallata, y cuatro meses después llegaba a Bariloche.

A la llegada del Profesor, toda la comunidad alemana se sacó de encima el patagónico letargo y en un tiempo brevísimo el hotel de Pillén Chillay se convirtió en una realidad. Diríase que detrás de cada colina o montículo o vetusto cedro o peñasco errático estaba oculto un alemán dispuesto a hacer de jardinero o barman o chofer o leñador, incluso encima de un volcán; muchos de ellos eran austríacos o polacos, pero eran llamados alemanes genéricamente, de la misma manera que genéricamente eran llamados turcos los numerosos árabes de los alrededores, que poco a poco corrieron a ofrecer a Nachtknecht sus no menos erráticos servicios.

El volcán era más bien hermoso, con la nieve en la cima y las laderas cubiertas de bosques y abajo dos insólitos lagos en forma de paréntesis, muy azules, fríos como el hielo. El hotel, de madera y ladrillo, se alzaba a media pendiente; con una excelente calefacción, las tempestades de nieve sólo lo hacían inalcanzable cinco meses al año. Entre sus servicios, además de los habituales baños de nieve con sauna finlandesa y la pista de esquí con funicular de vapor hasta el cráter, estaba prevista una vasta gama de actividades típicamente volcánicas: baños de lava caliente, inhalaciones en las solfataras, piscina corrosiva, juegos telúricos variopintos, grutas radiactivas, explosión de nitroglicerina con desprendimiento de bloques cada mediodía, aire acondicionado sulfuroso en las habitaciones y en el espacioso comedor, excursiones nudistas al cráter y a las grietas próximas, venta de cristales tallados en estilo autóctono, y un espléndido sismógrafo en la sala de baile. Había también un proyecto de teatro volcánico, a la italiana, con espectáculos nocturnos y fuegos artificiales sobre la nieve e incluso una cría naturista de cerdos cerca del doble lago.

Estos dos últimos proyectos no superaron, sin embargo, la fase de proyecto. En efecto, dos meses antes de la inauguración con motivo de la implorada erupción de marzo de 1924, la totalidad del hotel desapareció bajo una capa –de unos seis metros– de detritos volcánicos, polvo, cenizas, piedras y lava. Nachtknecht quedó sepultado, junto con la mayor parte de los trabajadores. Pons, más afortunado, se hallaba por casualidad en Bariloche; tuvo que vender cuanto tenía para pagar las indemnizaciones a los parientes de las víctimas, setenta y cinco muertos y dos heridos de quemaduras.

 

81 - XVIII

ALFRED ATTENDU.

En Haut-les-Aigues, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, el doctor Alfred Attendu dirigía su panorámico Sanatorio de Reeducación, o sea hospicio de cretinos. El período entre 1940 y 1944 fueron sus años de oro; en aquel tiempo llevó a cabo sin el menor estorbo los estudios, experimentos y observaciones que más adelante recogió en su texto, convertido en un clásico del tema, El hastío de la inteligencia (L'embêtement de l'intelligence, Bésancon, 1945).

Aislado, olvidado, autosuficiente, abundamente provisto de reeducandos, misteriosamente incólume de cualquier invasión teutónica, gracias también al desastroso estado de la única carretera de acceso, destrozada por un bombardeo equivocado (los alemanes habían creído que la carretera llevaba a Suiza, por culpa de una flecha con la inscripción «Refugio de Retrasados Mentales»); en suma, rey de su pequeño reino de idiotas, Attendu se permitió a lo largo de todos aquellos años ignorar lo que la prensa denominaba pomposamente el hundimiento de un mundo, pero que en realidad, visto desde lo alto de la Historia, o en todo caso desde lo alto del Jura, no fue más que un doble cambio de policías con algún incidente de ajuste.

   CalavYa del título del libro de Attendu se desprende su tesis, es decir, que en cada una de sus funciones y actividades no necesarias para la vida vegetativa, el cerebro es una fuente de problemas. Durante siglos, la opinión habitual ha considerado que la idiotez es un síntoma de degeneración del hombre; Attendu le da la vuelta al prejuicio secular y afirma que el idiota no es más que el prototipo humano primitivo, del cual sólo somos la versión corrompida, y por tanto sujeta a trastornos, a pasiones y a vicios contra natura, que no afectan, sin embargo, al auténtico cretino, al puro.

   En su libro, el psiquiatra francés describe o propone un original Edén poblado de imbéciles: perezosos, torpes, con los ojos porcinos, mejillas amarillentas, labios abultados, lengua salida, voz baja y ronca, oído débil, el sexo irrelevante. Con expresión clásica, les llama les enfants du bon Dieu. Sus descendientes, impropiamente llamados hombres, tienden a alejarse cada vez más del modelo platónico o imbécil primigenio, impulsados hacia los dementes abismos del lenguaje, de la moral, del trabajo y del arte. De vez en cuando, se le concede a una madre afortunada parir un idiota, imagen nostálgica de la creación primera, en cuyo rostro aún, por una vez se refleja Dios. Estos seres cristalinos son el mudo testimonio de nuestra depravación; se mueven entre nosotros como espejos de la primitiva estupidez divina. El hombre, sin embargo, se avergüenza de ellos, y los encierra para olvidarlos; tranquilos, los ángeles sin pecado viven vidas breves pero de perpetua e incontrolada alegría, comiendo tierra, masturbándose a continuación, chapoteando en el barro, agazapándose en el cubil amistoso del perro, metiendo distraídamente los dedos en el fuego, inermes, superiores, invulnerables.

   Cualquier movimiento tendente a reinsertar a los subnormales, congénitos o accidentales, en la sociedad civilizada, se basa en el presupuesto -evidentemente falso- de que los evolucionados somos nosotros, y ellos los degenerados. Attendu invierte dicho presupuesto, es decir, decide que los degenerados somos nosotros y ellos los modelos, e inicia de ese modo un movimiento inverso, dejado hasta ahora por motivos muy claros sin otra consecuencia que la antigua pero tácita colaboración de las máximas autoridades, no sólo psiquiátricas, que tiende a incrementar en los imbéciles lo que precisamente les convierte en tales.

No le faltaban razones. Desde lo alto de Haut-les-Aigues había visto -metafóricamente, porque no era un águila ni tenía un telescopio- los ejércitos de uno y otro bando ir y venir, como en un film cómico, empujando amplias verjas de aire intangible, disparando hacia atrás, huyendo hacia la victoria, construyendo para destruir, arrancándose banderas de modesto precio al precio de la vida. Sus enloquecidas confusiones superaban la comprensión humana.

   Y dirigiendo en cambio la mirada al otro lado, dentro de los límites de su claro jardín, había visto entre los abetos a sus mozarrones, también ellos veinteañeros y llenos de vida, jugar a juegos de incesante invención, por ejemplo destrozar el balón con los dientes, hurgarse la nariz con el pulgar de los pies del compañero, atrapar los peces del estanque, abrir todos los grifos para ver qué corría, cavar un agujero para sentarse dentro, recortar las sábanas colgadas y después correr por ahí agitando las tiras, mientras los más sosegados, filosóficamente, se llenaban de estiércol el ombligo o se arrancaban reflexivos uno a uno los pelos de la cabeza. Hasta el olor del Jardín original debía haber sido análogo. Pedían protección, sí, pero en su calidad de mensajeros preciosos, ejemplares, delicados; tocados, como siempre se había dicho, por el buen Dios, elegidos para compañeros de Su Hijo.

   La opción era obligada: cualquiera habría elegido a los idiotas del asilo. El mérito de Attendu reside, sin embargo, en haber sacado las debidas consecuencias de dicha opción: dado que la condición del cretino es para el hombre normal la condición ideal, estudiar por qué caminos los cretinos imperfectos pueden alcanzar la deseable perfección. En aquellos años los deficientes psíquicos eran clasificados según la edad mental, deducible de unos tests adecuados: edad mental tres años o menos, idiotas; de tres a siete años, imbéciles; de ocho a doce años, retrasados. De modo que el objetivo del estudioso era descubrir los medios idóneos para reducir a los retrasados al estado de imbéciles, y a los imbéciles a la idiotez completa. Los diferentes intentos de Attendu en dicha dirección y los métodos más pertinentes están detalladamente descritos en su interesante libro, citado con frecuencia en las bibliografías.

Curiosamente, no han sido muchos los que han observado que embétement también quiere decir, etimológicamente, embrutecimiento.

PorLosSuelos

La primera preocupación del personal tratante consiste en abolir cualquier relación del internado con el lenguaje. Dado que algunos de los internados todavía estaban en posesión, en el momento del internamiento, de algún medio, aunque rudimentario, de comunicación verbal, el recién llegado era segregado en una pequeña celda o caja, hasta que el silencio y la oscuridad le quitaban cualquier residuo o sospecha de locuacidad. En general bastaban pocos meses; los expertos enfermeros del doctor Attendu sabían reconocer, por el tipo de gruñidos del educando, cuándo había llegado el momento de sacarle del cubículo para llevarle a la pocilga.

La terapia de la pocilga se había demostrado la más eficaz para la obtención del objetivo siguiente, que era el de suprimir en el pupilo cualquier traza de buenos modales, limpieza, orden y similares características subhumanas adquiridas precedentemente. En dicho sentido los educandos más difíciles resultaron ser los procedentes de instituciones religiosas, lugares conocidos, en efecto, por su escrupuloso respeto a los buenos modales y la higiene. En cambio, los que procedían directamente del seno de la familia, del seno de una familia francesa, eran más espontáneamente propensos a la zafiedad y a la suciedad.

CasaLocaTodos los pupilos estaban provistos de bastones y eran periódicamente invitados por los enfermeros, con el ejemplo, a vapulear a sus compañeros; esta terapia tendía a eliminar de su vacío mental cualquier residuo de agresividad social. Niños y niñas eran invitados además a pasear desnudos, incluso en invierno, e inducidos, también con el ejemplo, a juegos bestiales de tipo vario. Eso sobre todo en el sector de los retrasados, que participaban más bien con placer en tales juegos con los enfermeros; porque en los imbéciles y más aún en los idiotas los instintos se habían ido refinando y regresando a la pureza primitiva: a lo máximo que podían llegar era a comerse mutuamente las heces. Los retrasados, en cambio, se entregaban con gusto a una especie de alegre vida sexual angélica.

Por las noches había un gran barullo, y no pocas veces un auténtico y divertido alboroto. Buena señal, porque el sueño tranquilo y prolongado es un síntoma, según Attendu, de una indebida actividad mental durante el día. En efecto, si un internado era sorprendido de noche en ese estado anómalo de sueño profundo, los enfermeros lo sacaban de la cama y lo arrojaban a una bañera de agua fría. En ocasiones también intervenía algún imbécil y arrojaba a la bañera a un enfermero; los idiotas más evolucionados, en cambio, se mantenían aparte, ahora del todo apáticos: los enfermeros les llamaban los aristócratas, los favoritos del Director. A los reales y auténticos idiotas lo que más les gustaba era el cine, especialmente si era en color; pero también les alegraba el estrépito, y más que nada los discos llamados de Festival.

En el transcurso de los diferentes procesos que tuvo que sufrir el doctor Attendu de 1946 en adelante, apareció otro detalle científico interesante: casi todos los retrasados de uno, dos o tres años que se hallaban en el Sanatorio, los llamados «p’tits anges», eran hijos suyos, producidos in loco a través, según parece, de la inseminación artificial; para las jóvenes mamás, veintitrés, se había construido algo así como un gallinero-maternidad, con un suelo de cemento fácilmente lavable. 

 

88 - XX

HENRIK LORGION

Una lista de sustancias ideales, prolongadamente buscadas y jamás encontradas, incluiría la favorita de Wells, que abole la fuerza de la gravedad; el polvo de cuerno de unicornio, que hace inocuos los venenos; también de Wells, el líquido que nos convierte en invisibles; el flogisto, que es la sustancia del fuego, y que en lugar de poseer peso posee ligereza; los biones de Wilhelm Reich, burbujitas llenas de energía sexual localizables en la arena; la piedra filosofal, que convierte los metales inferiores en oro y plata; los dientes de los dragones, que ahuyentan a los enemigos; el anillo de los Nibelungos, que da el poder; el agua de la fuente que Ponce de León buscó en Florida; los cuatro humores de Galeno, hipocondríaco, melancólico, colérico y flemático, que guerrean en el cuerpo e instauran jerarquías; el ánima, que según Durand Des Gros es una compacta colonia de animillas, y según las últimas teorías una sustancia química que establece los contactos entre sinapsis; la sangre de Cristo, recogida en una copa por José de Arimatea; el elemento 114, que según los cálculos debiera ser estable.

AnimillasA esa lista, tal vez infinita, quiso añadir un término más el médico Henrik Lorgion, de Emmen, Holanda; el cual, durante muchos años, buscó en la linfa de los hombres y de las plantas, en el fuego y en la luz, en los peces alados llegados de las colonias y en todo lo que es mudable la sustancia de la belleza.

Lorgion sostenía que cada cosa perfecta, armoniosa y simétrica que hay en la naturaleza extrae su perfección, su armonía y simetría de una sustancia circulante, llamada por él eumorfina, y que desaparece cuando la vida muere; es la misma que ocasiona que sobre todo lo que es muerte —hombre, bestia o vegetal— se abata el desorden y la falta de armonía. Con la muerte, esta sustancia se difunde de los cuerpos a los elementos circunstantes, hasta que los procesos orgánicos normales de los seres vivientes la reabsorben y se apoderan de nuevo de ella. Cosa que parece posible si se piensa que cualquier forma de vida que nace, nace desmañada, y sólo poco a poco extrae del aire, de la luz y de la nutrición forma, color y proporción.

Alejado de los grandes centros de investigación, de París, de Leida, de Viena, Lorgion sólo disponía de un antiguo microscopio de Amsterdam, un conocimiento más bien aproximado de la ciencia química, que como ciencia estaba aún en sus inicios, y una terca convicción, puramente idealista, de que todo es materia, o se puede reducir a la materia. Ante cualquier cosa que examinara en su aparato, el holandés quedaba sorprendido por la belleza, por las formas, por el resplandor de los colores: infusorios, cabellos, ojos de insecto, mucosas aterciopeladas, estambres y pistilos y polen, gotas de rocío, cristales de nieve y silicatos, diminutos huevos de araña, plumas de oca, todo hablaba a sus ojos de un Creador, un Artista, un Esteta inagotable, infinitamente inventivo, un músico de las combinaciones; aquel Creador de las sustancias también era para Lorgion una sustancia.

A nadie se le permite en este mundo ser totalmente original, a partir del momento en que todo o casi todo ya ha sido dicho por un griego. Reducida a su esencia, la teoría de Lorgion era, en cualquier caso, un desafío al mandamiento de Occam de no multiplicar inútilmente los entes. Lo que para otro habría sido un prisma de espato de Islandia, para el médico de Emmen era una aleación o combinación de calcitas y eumorfina: el mineral en sí era una masa informe, la eumorfina lo hacía prismático, transparente, incoloro, brillante, birrefringente, en suma: bello. Calentadas a temperatura suficiente, es posible que las dos sustancias llegaran a separarse, y, en efecto, en el crisol siempre era posible reducir el cristal a una masa amorfa; pero Lorgion no disponía todavía del instrumental necesario para recoger una eumorfina tan evaporada.

                           OrugaDePapilio  PapMac

Había probado con el alambique, calcinando mariposas; pero de setenta y cinco Papilio Machaon sólo había conseguido obtener media gota de agua, un agua densa y turbia, como la de los lagos alquitranados, desprovista evidentemente de eumorfina. Había probado a dejar herméticamente cerrado dentro de un globo de cristal un tulipán, y, extrañamente, el tulipán se había mantenido intacto durante mucho tiempo; al final, se había derrumbado reducido a polvo. Tal vez su belleza se había condensado en la superficie interna de la esfera. Lorgion rompió el globo pero no encontró en su interior nada concreto.

Dichos experimentos, y una plausible explicación de su parcial fracaso, están descritos en el extenso informe publicado en Utrecht en 1847, con el sencillo pero no menos enigmático título de Eumorphion (enigmático porque era preciso leer el libro para entender su título). El volumen está dividido en 237 breves capítulos, cada uno de los cuales está dedicado a un experimento diferente. De las 237 pruebas, al menos nueve, por lo que afirma el autor, dieron un resultado tangible y positivo: en total, siete gotas de eumorfina, cuidadosamente conservadas durante casi un siglo en una redomita del Museo Cívico de Emmen. Ochenta y dos bombas alemanas destruyeron en 1940 redomitas y Museo; en cuanto al extracto de belleza que contenían, habrá vuelto a la naturaleza, al ser la belleza, según Lorgion, indestructible.

   Después de la aparición del libro —que no tuvo mucho éxito, entre otras cosas porque Emmen parecía entonces muy alejada del mundo científico—   prosiguió tenazmente su investigación. En 1851 fue condenado, primero a morir ahorcado, después a reclusión perpetua en un manicomio, por haber calcinado en una adecuada caldera de cobre a un jovencito de catorce años, ordeñador de oficio.

131 - XXXII

NIKLAUS ODELIUS

Durante cierto tiempo, hacia 1890, los enemigos del darwinismo, que entonces amenazaba con arrastrar a Europa a una nueva herejía, tan atractiva que atraía incluso a las Iglesias militantes, se sintieron tentados de apuntarse a las teorías de Odelius, profesor de zoología de Bergen y corresponsal del Real Instituto de las Ciencias de Könisberg; la tentación fue tan efímera como la teoría.

Como otros muchos estudiosos de su siglo, Odelius había llegado a la conclusión de que el relato de la creación del mundo que nos había dejado Moisés debía ser totalmente revisado. No ya porque la historia del Génesis no hubiera sido inspirada por el propio Dios, sino porque la expresión escrita de dicha inspiración había sido Genesisconfiada a la lengua hebraica. Ahora bien, es característico de dicha escritura el hecho de aparecer invertida, o en cualquier caso en la dirección que el mundo unánimemente considera invertida, o sea de derecha a izquierda. Era una manera como otra, entre las muchas imaginadas por Dios, aquel eterno burlón, de dar a entender a los lectores que también los hechos descritos estaban invertidos. Generaciones de hombres se habían preguntado cómo era posible que Dios hubiese separado en un día la luz de las tinieblas, y algunos días después creado el sol y las estrellas, que constituyen la única fuente conocida de luz; la respuesta de Niklaus Odelius era simplemente que el sol había sido creado antes que la luz, y el hombre antes que los animales. Eso implicaba curiosas consecuencias.

Como todos los naturalistas de su tiempo, Odelius era evolucionista; fue el único entre sus contemporáneos, en cambio, que seguía sosteniendo, como muchos habían sostenido en los siglos XVII y XVIII, que esta evolución suponía una decadencia; no sólo de un estado de perfección original, cerciorable en mayor o menor medida en las diferentes especies tanto desaparecidas como existentes, sino decadencia también a lo largo de la escala biológica, de especie a especie, de la más antigua y suprema invención de Dios, que es el hombre, hasta los más modernos protozoos. El hombre aquejado por el pecado original se había convertido en mono (no todos, sin embargo, porque quedaban todavía algunos en el estado originario, para testimoniar la Gloria del Creador), el mono en veso, el veso en ballena y así sucesivamente: los lagartos en peces, los peces en calamares, las hidras en amebas; desde sus orígenes el mundo había tomado el camino de un franco descenso.

Niklaus Odelius, zoólogo, supuso que algo parecido debía haber ocurrido con las plantas; pero dejó a los botánicos ese aspecto del problema. Reconocía que la escritura de la creación era en ocasiones decididamente bustrofédica, es decir, que determinadas cosas habían ocurrido después, y otras antes, con respecto a como habían sido narradas, o bien testimoniadas por la historia fósil; en cualquier caso, los detalles no le incumbían, lo que le interesaba sobre todo era la gran síntesis, la idea conductora, la genial intuición que no sólo hacía morder el polvo a toda una ralea petulante de darwinistas, sino que arrojaba una luz insólita sobre los milenios alterados de lo creado, este degenerar de Adán en babuino, en perro, en elefante, en ptedoráctilo, en serpiente. Eva, en cambio, había degenerado, sugería Odelius, en animalitos amables y femeninos, suaves castores, suntuosos pájaros, preciosas tortugas. La idea de que la tortuga sea un animal precioso, comparable por tanto a la mujer, puede parecer arbitraria actualmente, pero estaba muy difundida a fines del siglo pasado, cuando era usada (la tortuga) para fabricar peines, anteojos y tabaqueras.

MicrobioUn estudioso capaz de afirmar que los camellos descienden de los árabes, tal vez hubiese podido mantenerse a flote en la Edad Media; pero hace ochenta años, como científico, su fama estaba condenada a una rápida extinción. La ciencia oficial es una fortaleza, en cuyos túneles en ocasiones, tal vez siempre, reina una lucha encendida, pero sus puertas no se abren al primero que llama a ellas. Del Génesis al microbio(1887), la obra en la que Odelius expresa más articuladamente su teoría de la progresiva estultificación de las especies, habría podido ser acogida con curiosidad, con escepticismo, con repugnancia, con hilaridad; en cambio no fue acogida en absoluto. Nadie se tomó el trabajo de refutarla, lo que es la máxima señal del desprecio científico. No por ello el autor se quitó la vida; en la soledad de la obstinación, vivió el suficiente tiempo como para que le fuera permitido contemplar la llegada de los nazis a Bergen, como confirmación a su jamás repudiada teoría.

 

OTROS RETRATOS  DE LA SINAGOGA DE LOS ICONOCLASTAS (FRAGMENTOS).

TheTempleOfIconoclasts

57 -XII

De  CARLO OLGIATI.

… Como sucede con frecuencia, hasta las dudas del Maestro se convierten en dogma para los discípulos.

La teoría prevé, o mejor dicho postula, la inevitable victoria final de los donantes universales, o grupo O; paradójicamente, esa certidumbre ha hecho que los más obstinados olgiatistas se reclutaran entre los miembros de los otros grupos. Siendo inevitable, en efecto, la victoria de los donantes universales, no se acaba de entender porqué éstos debieran preocuparse, trabajar y sufrir para provocar un acontecimiento que en cualquier caso tiene que suceder. En cuanto al motivo que lleva y llevaba a los AB a adoptar con tanto ardor una causa ajena, varias hipótesis, pero ninguna de ellas totalmente satisfactoria, han sido avanzadas por la escuela psiquiátrica turinesa. La romana sostiene, en cambio, que se trata de pura y simple analidad, es decir, tendencia a exhibir u ofrecer el ano, con fines cómicos o educativos. En los B, la analidad pasa a ser con mucha mayor frecuencia oral. 

Difícil resumir en pocas palabras la gran mole conceptual olgiatiana, contenida en los densos volúmenes del texto clásico de 1931…

 

  

98 -XXIII

De A. DE PANIAGUA

    A Sinagoga Dos IconoclastasDiscípulo de Elisée Reclus y amigo de Onésime Reclus, A. de Paniagua escribió La civilización neolítica para demostrar que la raza francesa es negra de origen y procede de la India meridional; lo que no excluye que más antiguamente proviniera de Australia, dados los vínculos lingüísticos que según Trombetti comunican al dravídico con el australiano primitivo. Esos negros eran propensos a constantes migraciones; su primer tótem era el perro, como indica la raíz «kur», y por ello se llamaban kuretos. Al haber viajado por todas partes, en casi todos los nombres de lugares del mundo se encuentra la raíz «kur»: Kurlandia, Courmayeur, Kurdistán, Courbevoie, Curinga de Calabria y las islas Kuriles. Su segundo tótem era el gallo, como indica la raíz «kor», y por ello se llamaban coribantes. Nombres de lugares que comienzan con «kor» o «cor» -Corea, Córdoba, Kordofan, Cortina, Korca, Corato, Corfú, Corleone, Cork, Cornualles y Cornigliano Ligure— se encuentran también en todo el mundo, por doquier hayan pasado los antepasados de los franceses.

    Semejante pasión migratoria se explica en parte por el hecho, según parece demostrado, de que a cualquier sitio que llegaran kuretos y coribantes, se tratara de la Esciria o de Escocia (evidentemente la misma palabra), Japón o América, ellos se convertían en blancos; y en ocasiones, en amarillos. Los franceses primigenios se dividían, pues, en dos grandes grupos: los kur, que eran los perros propiamente dichos, y los kor, que eran los gallos. Estos últimos son frecuentemente confundidos por los etnólogos con los perros: el espíritu reductivo tiende, desgraciadamente, a empobrecer la historia, observa Paniagua.

    Perros y gallos recorren las estepas del Asia Central, el Sahara, la Selva Negra, Irlanda. Son ruidosos, alegres, inteligentes, son franceses. Dos grandes impulsos cósmicos mueven a kuretos y coribantes: ir a ver de dónde sale el sol e ir a ver dónde se pone el sol. Guiados por esos dos impulsos opuestos e irrefrenables, acaban, sin darse cuenta, por dar la vuelta al mundo.

    Se alejan hacia Oriente haciendo diabluras plantando menhires a lo largo del camino…

 

107 - XXVII

De  LUIS FUENTECILLA HERRERA

   LeeuwenhoekEn 1702 el microscopista Anton von Leeuwenhock comunicó a la Royal Society de Londres su curioso descubrimiento. En el agua de lluvia estancada en los tejados había encontrado algunos animalitos, los cuales se desecaban según se iba evaporando el agua, pero después, introducidos de nuevo en el agua, retornaban a la vida: «Descubrí que, una vez agotado el líquido, el animalito se contraía en forma de minúsculo huevecillo y así permanecía inmóvil y sin vida hasta que no lo recubría de agua como antes. Media hora después las bestezuelas habían recuperado su aspecto primitivo y se las veía nadar bajo el cristal como si nada hubiese ocurrido.»

Este fenómeno de vida latente, obvio en las semillas y en las esporas, pero más visible en los rotíferos, nematodos y tardígrados, fascinó a los pensadores ochocentistas que vieron en él una confirmación de la extrema vaguedad, de la extremadamente deseable vaguedad, de la frontera entre la vida y la muerte. Lenard H. Chisholm sostuvo, en Are these Animals Alive? (¿Estos animales están vivos?, 1853), que en cierto modo todos nosotros hemos nacido de una espora y que incumbe a la ciencia encontrar el sistema para reducirnos de nuevo a la espora original, en cuyo estado se nos podría conservar cómodamente durante uno o dos milenios y finalmente devolver a la vida dentro de una bañera.

En 1862, Edmond About publicó su novela El hombre de la oreja rota, cuyo protagonista es un soldado de Napoleón desecado, embalado y finalmente hecho revivir, gracias a una inmersión acuática, cincuenta años después, exactamente como era en el momento de la desecación, a excepción de una oreja que se había roto durante el letargo. ..

 

134 - XXXIV

De LLORENÇ RIBER

Casa Batllo GaudiLlorenç Riber tuvo la fortuna singular de nacer en una de las casas de pisos construidas por Gaudí en Barcelona; su padre decía que parecía una conejera. Este fue su primer contacto con el arte y con los conejos; ello explica que en materia de arte se convirtiera en un iconoclasta; y en materia de conejos, en un entendido. De la convicción de que él mismo era un conejo sacó tal vez el ímpetu que no tardó en convertirlo en una de las fuerzas más poderosas del teatro contemporáneo; arte al cual supo dar, desde su primera y elástica juventud, tal impulso, que convendrá preguntarse si alguna conseguirá levantarse del lugar donde lo ha enviado dicho impulso. A partir de Riber, nada se ha producido en el escenario que ya no hubiese sido hecho por él.

De la colección de artículos y ensayos Hommage à Ll. Riber (Plon, 1959), compilada con motivo del aniversario de la muerte del director (el cual, como se sabe, fue devorado por un león en las proximidades de Fort Lamy, en el Chad, el 23 de septiembre de 1958, en circunstancias que hasta ahora permanecen ignoradas) transcribimos en primer lugar esta descripción de su persona, tal como fue presentada en 1935 por el critico Enrique Martínez de la Hoz en un diario barcelonés.

El director era entonces extremadamente joven y el crítico no menos hostil, pero el testimonio queda:

«Llorenç Riber llega como un ángel, ligero, casi de puntillas, los brazos abiertos en cruz, las manos que revolotean armoniosamente siguiendo los desplazamientos a derecha o izquierda de los largos cabellos rubios, limpios y lacios. Es muy joven, pero ya ha conseguido hacerse un nombre entre los peores directores de España. En lugar de llevar el jersey debajo de la chaqueta lo lleva al cuello, como un boa, y cada vez que salta de impaciencia ante la incomprensión y la estupidez del mundo, se echa hacia atrás una manga de lana sobre el hombro, irritado, viperinamente amenazador.»…

 

169 -XXXVI

De  FELICIEN RAEGGE

 HelvetiusYendo por las calles desiertas de Ginebra, Félicien Raegge tuvo la intuición de la naturaleza invertible del tiempo; le proporcionó la clave una frase de Helvetius, que no tenía nada de original: «Los antiguos somos nosotros.» Que por tácita convención casi todos los pensadores y estudiosos estuvieran de acuerdo en llamar antiguos a los primeros hombres —paleóntropos a los primerísimos— y nuevos a los polvorientos y decrépitos contemporáneos, quería decir obviamente una cosa: que el tiempo de la tierra, o sea el tiempo de la raza humana, corre al revés de cómo pretende hacer creer la lengua popular. O sea, del presente al pasado, del futuro al presenté.

El inglés Dunn, el español Unamuno, el bohemio Kerça, ya habían insinuado dicha inversión: Unamuno, para limitarse a sacar de ella una buena metáfora en un soneto; Kerça, una comedia que comienza por el final y acaba con el comienzo; Dunn, la idea por otra parte implícita en la oniromancia de que los sueños son en realidad recuerdos de un futuro ya sucedido…

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Fragmentos de libros. LA EDAD DE HIERRO de J.M. Coetzee  Fragmentos II:

 

Editorial:  Mondadori          Acceso/Volver a los Fragmentos I de "La edad de hierro": MartilloElectrEquo177

 
 
Continúa. 

        ... He levantado un extremo de la maraña de enredaderas. En el suelo de la conejera había un revoltijo de huesos resecos, incluyendo el esqueleto perfecto de un conejo joven, con el cuello doblado hacía atrás en una última contorsión.

        Conejos –he dicho-. Eran del hijo de mi asistenta. Yo le dejaba tenerlos aquí como mascotas. Luego hubo alguna que otra conmoción en su vida. Se olvidó de ellos y se le murieron de hambre. Yo estaba en el hospital y no me enteré. Me sentí fatal cuando volví y descubrí la agonía que habían pasado abandonados en el fondo de jardín Los animales no pueden hablar, ni siquiera pueden llorar.

soñar con guayaba podridaLas guayabas se caían, infestadas de gusanos, y ya formaban una alfombra de pulpa maloliente bajo el árbol.

- Me gustaría que los árboles siguieran dando frutos –he dicho- Pero ya nunca dan.

El perro nos ha seguido y ha olisqueado la conejera someramente. Los conejos llevaban mucho tiempo muertos y su olor había desaparecido.

- En todo caso, haga lo que pueda para volver a poner un poco de orden –he dicho-. Para que no se convierta en una selva total.

- ¿Por qué?  -ha dicho.

- Porque así es como soy –he dicho-. Porque no quiero dejar un caos detrás de mí.

Él se encoge de hombros, sonriendo para sus adentros.

- Si quiere que le pague, tendrá que ganárselo –le he dicho-. No le voy a dar el dinero por nada.

Ha pasado el resto de la tarde trabajando, cortando las enredaderas y la hierba, haciendo una pausa de vez en cuando para mirar a lo lejos, fingiendo que no se daba cuenta de que yo lo estaba vigilando desde el piso de arriba. A las cinco en punto le he pagado.

- Ya sé que no es usted jardinero –le he dicho-. Y no quiero convertirlo en lo que no es. Pero no podemos hacer las cosas por simple caridad.

Ha cogido los billetes, los ha doblado, se los ha metido en el bolsillo y, apartando la vista a un lado para no mirarme directamente, ha dicho en voz baja:

-   ¿Por qué?

-   Porque usted no se lo merece.

Él ha sonreído, se ha guardado su sonrisa para sí mismo:

-   ¿Merecer…? ¿Quién merece algo?

¿Quién merece algo? En un ataque de furia le he tirado el bolso.

FiveRand-¿Pues en qué cree? ¿En coger? ¿En coger lo que quiere? Vamos, pues: cójalo.

Con toda tranquilidad ha cogido el bolso, ha sacado treinta rands y algunas monedas y me lo ha devuelto. Luego se ha marchado, con el perro siguiéndole alegremente los pasos. Al cabo de media hora ha vuelto. He oído el tintineo de las botellas.

 

He tocado tan mal como siempre, equivocándome en los mismos acordes que hace medio siglo, repitiendo errores de digitación que ahora ya han llegado al hueso y nunca serán corregidos (los huesos más preciados por los arqueólogos, recuerdo, son los retorcidos por la enfermedad o los mellados por un flecha: huesos marcados con una historia propia de una época previa a la historia).

Cuando me he cansado de la dulzura de Brahms he cerrado los ojos y he tocado acordes, buscando con los dedos uno que, cuando apareciera, pudiera reconocer como el mío propio, como lo que en los viejos tiempos llamábamos el último acorde, el acorde del corazón…

MapaSudáfrica

Una tierra tomada por la fuerza, usada, saqueada, abandonada en su ancianidad estéril. También amada, quizá, por sus violadores, pero amada solamente en la flor de su juventud, y por ello mismo, en el veredicto de la historia, no lo bastante amada.

Después de que suceda, te abren los dedos para asegurarse de que no intentas llevarte nada contigo. Un guijarro. Una pluma. Una semilla de mostaza debajo de la uña.

Es como un resumen, un resumen laberíntico, de muchas páginas, resta sobre resta, división sobre división, hasta que la cabeza da vueltas. Todos los días lo intento de nuevo, con una esperanza parpadeando en mi corazón que en este caso único, en mi caso, puede haber sido una equivocación. Y todos los días me detengo delante de la misma pared vacía: muerte, olvido. El doctor Syfret en su consulta: «Tenemos que afrontar la verdad». En otras palabras: tenemos que mirar a la pared. Pero él no: yo.

Pienso en los prisioneros de pie junta a la fosa en la que sus cuerpos van a caer. Suplican al pelotón de fusilamiento, lloran, bromean, intentan sobornarlos, ofrecen todo lo que poseen: los anillos que llevan en los dedos, las chaquetas que llevan sobre los hombros. Lo soldados se ríen, porque se lo van a quitar de todas formas, y también el oro de los dientes…

 

CetewayoLa televisión- ¿Por qué la veo? El desfile de políticos todas las noches: solamente tengo que ver esas caras toscas e inexpresivas, tan familiares desde la infancia, para sentir abatimiento y náusea. Los matones de la última fila de pupitres de la clase, chavales torpes y huesudos, ya crecidos y ascendidos para gobernar la tierra. Con sus padres y sus madres, con sus tías y tíos, con sus hermanos y hermanas: una hora de langostas, una plaga de langostas negras infestando el país, masticando sin cesar, devorando vidas. ¿Por qué los sigo mirando, si me llenan de horror y de asco? ¿Por qué dejo que entren en la casa? ¿Tal vez porque el reinado de la familia de langostas es la verdad de Sudáfrica, y la verdad es lo que me pone enferma? Ya no se molestan en arrogarse legitimidad. Se han sacudido de encima la razón, Lo que los absorbe es el poder y el estupor del poder. Comer y beber, masticar vidas, eructar. El parloteo lento y con la barriga llena. Sentados en círculo, debatiendo pesadamente, emitiendo decretos como mazazos: muerte, muerte, muerte. DingaanSin preocuparse por el hedor. Párpados pesados, ojos porcinos, iluminados por la astucia de generaciones de campesinos. Conspirando los unos contra los otros: lentas conspiraciones de campesinos que tardan décadas en madurar. Lo nuevos africanos, hombres barrigones y de mejillas colgantes sentados en sillas de oficina: reyes Cetewayo y Dingaan con pieles blancas. Enormes testículos de toro apretados contra sus mujeres y sus hijos…

 

Florence no me puede dar lo que quiero. No puedo tener nada de lo que quiero.

El año pasado, cuando la pequeña todavía era un bebé en brazos de su madre, llevé a Florence en coche a Brackenfell, al sitio donde trabaja su marido.

Sin duda ella esperaba que la dejara allí y me volviera a casa. Pero por curiosidad, por ver al hombre y por verlos a los dos juntos, entré con ella.

AgeOfIron3Era la última hora de la tarde de un sábado. Desde el aparcamiento seguimos un camino polvoriento, dejamos atrás dos barracones largos y llegamos a un tercer barracón, donde un hombre con un mono azul estaba dentro de un corral de alambre lleno de pollos –gallinas jóvenes, en realidad- que pululaban alrededor de sus piernas. La niña, Hope, se soltó de su madres, salió disparada y agarró la malla metálica. Entre el hombre y Florence circuló algo: una mirada, una pregunta, un reconocimiento.

Pero no había tiempo para saludos. Él, William, el marido de Florence, tenía un trabajo y el trabajo no se podía interrumpir. Su trabajo era abalanzarse sobre un pollo, darle la vuelta, agarrar el cuerpo revoloteante entre las rodillas, retorcerle un alambre alrededor de las patas y pasárselo a un segundo hombre, más joven, que lo colgaba, graznando y aleteando, de un gancho en una cinta transportadora traqueteante en el techo que se lo llevaba al fondo del barracón. Allí un tercer hombre con un chubasquero salpicado de sangre le agarraba la cabeza, le tensaba el cuello y se lo cortaba con un cuchillo tan pequeño que parecía parte de su mano, luego tiraba la cabeza con el mismo movimiento dentro de un cubo lleno de cabezas muertas.

SacrificioDePollos

Aquel era el trabajo de William, y yo lo vi todo antes de tener tiempo o presencia de ánimo para preguntarme si quería verlo. Aquello era lo que hacía seis días por semana. Ataba patas de pollos. O quizá se turnaba con los otros hombres y también colgaba pollos de los ganchos y les cortaba la cabeza. Por trescientos rands a mes más la comida. Llevaba quince años haciendo aquel trabajo. Así que no era inconcebible que alguno de los cuerpos que yo había rellenado de migas de pan, yema de huevo y salvia y había untado de aceite y ajo hubieran estado, en sus últimas horas, entre las piernas de aquel hombre, el padre de los hijos de Florence. Que se levantaba a las cinco de la mañana, mientras yo todavía dormía, para limpiar con la manguera el fondo de las jaulas, llenar los comederos, barrer los barracones, y luego, desplumar y limpiar, a congelar miles de cadáveres a empaquetar miles de cabezas y patas, kilómetros de intestinos, montañas de plumas.

 

En cuanto he agarrado la carne y he presionado, he podido contener la mayor parte de la hemorragia. Pero en cuanto me relajaba, la sangre volvía a manar. Era sangre, nada más, sangre como la mía y la tuya. Y sin embargo nunca había visto nada tan escarlata y tan negro. Tal ver era un efecto de la piel, joven, flexible, parecida a terciopelo oscuro, sobre la cual manaba. Pero incluso en mis manos parecía más oscura y más brillante de lo que debe de ser la sangre. Me he quedo mirándola, fascinada, asustada, atrapada por el estupor de la imagen. Y sin embargo me era imposible, imposible en los hondo de mi ser, rendirme a ese estupor, relajarme y no hacer nada para detener la hemorragia. ¿Por qué? Ahora me lo pregunto. Y respondo: porque la sangre es preciosa, más preciosas que el oro y los diamantes. Porque toda la sangre es una: un solo estanque de vida repartido entre nuestras existencias separadas, pero unido por la naturaleza: prestada, no dada; repartida, confiada, para que la preservemos: parece que viva en nosotros, pero solamente lo parece, porque lo cierto es que nosotros vivimos en ella…

 

AgeOfIron2Hemos esperado en el coche en silencio. Vercueil y yo, como una pareja casada desde hace demasiado tiempo, harta de hablar, malhumorada. Incluso me esto acostumbrado a su olor, he pensado. ¿Es así como me siento con Sudáfrica: no la amo pero me he acostumbrado a su olor? El matrimonio es el destino. Nos convertimos en aquellos con que nos casamos. Los que nos casamos con Sudáfrica nos convertimos en sudafricanos: gente fea, huraña, aletargada. El único signo de vida que hay en nosotros es un breve vislumbre de colmillos cuando nos irritamos. Sudáfrica: un viejo sabueso malhumorado dormitando en el umbral, retrasando el momento de morir. ¿Y qué nombre tan poco inspirado para un país! ¡Esperemos que lo cambien cuando empiecen de nuevo!.

 

-Además –he dicho-, usted me empuja el coche. Si no pudiera usar el coche estaría atrapada en casa.

-Lo único que le hace falta es una batería nueva.

-No quiero una batería nueva. ¿No lo entiende, verdad? ¿Se lo tengo que explicar? Este coche es viejo, pertenece a un mundo que prácticamente ya no existe, pero funciona. Yo intento aferrarme a lo que queda de ese mundo, a lo que todavía funciona. No importa si lo amo o lo odio. Lo cierto es que pertenezco a aquel mundo del modo que, gracias a Dios, no pertenezco a esto en lo que se ha convertido. Es un mundo en el que uno no puede confiar en que los coches arranquen cuando uno quiere. En mi mundo uno prueba primero con el automático. Si no funciona, pruebas con el arranque. Si eso tampoco funciona, haces que alguien empuje. Y si el coche sigue sin arrancar, te subes en tu bicicleta o caminas o bien te quedas en casa. Así son las cosas en el mundo al que pertenezco. Aquí estoy cómoda, es un mundo que entiendo. No veo porqué tendría que cambiar…

 

Eneas…Si queda alguna justicia, nos encontraremos el camino cortado en el primer umbral del submundo. Blancos como larvas y con pañales, nos enviarán junto con las almas infantiles cuyo eterno gimoteo Eneas confundió con llanto. El blanco es nuestro color, el color del limbo; arenas blancas, piedras blancas, una luz blanco procedente de todas partes. Como estar tumbado en la plaza por toda la eternidad, un domingo infinito entre miles de congéneres, perezosos, medio dormidos, escuchando el sonido reconfortante del romper de las olas. In limine primo: el umbral de la muerte, el umbral de la vida. Criaturas vomitadas por el mar, atascadas en la arena, indecisas, inacabadas, ni frías ni calientes, ni carne ni pescado.

- No tengo respuesta –he dicho-. Es terrible.

- No solamente terrible –ha dicho él-. Es un crimen. Cuando ve cómo se comete un crimen delante de sus ojos, ¿qué dice? ¿Acaso dice: “Ya he visto bastante, no he venido a ver el paisaje, me quiero ir a casa?

He negado con la cabeza, angustiada.

- No, claro que no –ha dicho-. Correcto. ¿Qué dice, entonces? ¿Qué clase de crimen es el que ve? ¿Cómo se llama?

Es maestro, he pensado. Por eso habla tan bien. Lo que está haciendo conmigo lo ha practicado en el aula. Es el truco que usa uno cuando quiere que parezca que lo que dice procede del niño. Ventriloquia, el legado de Sócrates, tan opresiva en África como lo era en Atenas.

 HadesEstatua

…Hades, el infierno: el dominio de las ideas. ¿Por qué han tenido que inventar la idea de que el infierno sea un lugar solitario en medio de la Antártida o en el fondo de un volcán? ¿Por qué no puede estar el infierno a los pies de África y por qué las criaturas del infierno no pueden caminar entre los vivos?

 

…”Nunca antes he visto morir a gente negra, señor Vercoueil. Sé que mueren todo el tiempo, pero siempre en otra parte. La gente a la que he visto morir eran blancos y morían en su cama, más bien como si se secaran o se disiparan allí, como el papel, como el aire. Arderían bien, estoy segura, dejarían muy poca ceniza que barrer. ¿Quiere saber por qué he pensado en inmolarme? Por creo que ardería bien.

Pero esa gente no ardería, Bheki y los demás muertos. Sería como intentar quemar lingotes de hierro o plomo. Tal vez sus aristas perderían filo, pero cuando las llamas se apagaran seguirían en el mismo sitio, tan pesados como siempre. Déjelos bastante tiempo y tal vez se acaben hundiendo, milímetro a milímetro, hasta que la tierra los cubra. Pero juego ya no se hundirán más. Se quedarán allí, flotando bajo la superficie. Si hurgaras con el zapato los podrías desenterrar: las caras, los ojos muertos, abiertos, llenos de arena…”

 

Perdóname si la imagen te ofende. Uno tiene que amar lo que tiene más cerca. Uno tiene que amar lo que tiene a mano, que es como aman los perros.

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Fragmentos de libros. LA CONCIENCIA DE ZENO de Italo Svevo  Fragmentos II:

   

Editorial:   CATEDRA Ediciones       Acceso/Volver a los fragmentos I de "La conciencia de Zeno":  FarolLaboure177 

  
 
 
Continúa (De: EL TABACO).

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  ... En la portada de un diccionario, encuentro esta anotación hecha con bella caligrafía y algunos adornos:

  «Hoy, 2 de febrero de 1886, paso de los estudios de derecho a los de química. ¡Último cigarrillo!»

TheLastOne  Era un último cigarrillo muy importante. Recuerdo todas las esperanzas que lo acompañaron. Me había enfurecido el derecho canónico, que me parecía tan alejado de la vida, y corría hacia la ciencia, que es la vida misma, aunque reducida un matraz. Aquel último cigarrillo significaba precisamente el deseo de actividad (incluso manual) y de pensamiento sereno, sobrio y sólido…

… Ahora que soy viejo y nadie me exige nada, sigo pasando del cigarrillo al propósito y del propósito al cigarrillo. ¿Qué significan hoy esos propósitos? ¿Acaso me gustaría como a ese viejo higienista descrito por Goldoni morir sano tras haber vivido enfermo toda la vida?

Una vez, siendo estudiante, cuando cambié de habitación, tuve que pagar un nuevo tapizado de las paredes porque las había cubierto de fechas. Probablemente abandoné esa habitación porque se había convertido en el cementerio de mis buenos propósitos y no creía posible concebir otros en ese lugar.

HumoCreo que el cigarrillo tiene su gusto más intenso, cuando es el último. También los otros tienen un gusto especial propio, pero menos intenso. El último recibe su sabor del sentimiento de la victoria sobre uno mismo y de la esperanza de un próximo futuro de fuerza y de salud. Los otros tienen su importancia, porque, al encenderlos, manifiestas tu libertad y el futuro de fuerza y salud subsiste, pero se aleja un poco.

 

91-… Tengo cincuenta y siete años y estoy seguro de que, si no dejo de fumar o si psicoanálisis no me cura, mi última mirada desde mi lecho será la expresión de mi deseo por mi enfermera, si no es mi mujer o si está permitido que aquella sea hermosa.

 Fui sincero como en la confesión: a mí la mujer no me gustaba entera, sino… ¡por partes! De todas me gustaban los piececitos, si iban bien calzados; de muchas, el cuello delgado, o incluso robusto, y el seno ligero, si era ligero. Y continuaba la enumeración de las partes anatómicas femeninas, pero el doctor me interrumpió:

- Esas partes constituyen la mujer entera.

Entonces hice una declaración importante:

- El amor sano es el que se siente por una mujer sola y entera, incluido su carácter y su inteligencia.

Desde luego, hasta entonces no había conocido semejante amor y, cuando lo experimenté, tampoco me dio la salud, pero es importante para mí recordar que localicé la enfermedad donde un doctor veía la salud y que mi diagnóstico resultara exacto más adelante.

En la persona de un amigo no médico encontré quien mejor me entendiera a mí a mi enfermedad. No me sirvió de mucho, pero en mi vida fue una nota nueva que aún resuena…

 

De:   LA MUERTE DE MI PADRE

105 … «15-4-1890, 4 . 1/2h» Muere mi padre US. Para quien no lo sepa esas dos últimas letras no significan United States sino ultima sigaretta (último cigarrillo) Es la anotación que encuentro en un volumen de filosofía positiva de Ostwald con cuya lectura pasé varias horas lleno de esperanza y que nunca entendí Nadie lo diría pero a pesar de su forma esa anotación registra el acontecimiento más importante de mi vida.

PagYZenoMi madre había muerto cuando yo aún no contaba quince años Hice poesías para honrar su memoria lo que nunca equivale a llorar y en el dolor siempre me acompañó el sentimiento de que a partir de aquel momento debía comenzar para mí una vida seria y de trabajo El propio dolor indicaba una vida más intensa. Después un sentimiento religioso aún vivo atenuó y suavizó aquella tremenda desgracia Mi madre seguía viviendo aunque lejos de mí y podía incluso alegrarse ante los éxitos para los que yo me estaba preparando ¡Gran comodidad Recuerdo con exactitud mi estado de entonces Por la muerte de mi madre y la saludable emoción que me había proporcionado todo en mí debía mejorar.

… yo representaba la fuerza y él la debilidad. Lo que ya he consignado en estos cuadernos prueba que hay en mí y ha habido siempre –tal vez sea mi mayor desgracia- un ansia de superación…

 

108- …Mi padre sabía defender su tranquilidad como un auténtico pater familias. La tenía en su casa y en su ánimo. Sólo leía libros insulsos y morales. No por hipocresía sino por convicción creo que sentía vivamente la verdad de esas prédicas morales y que le tranquilizaba la conciencia su sincera adhesión a la virtud. Ahora que envejezco y me acerco al tipo patriarca también yo siento que una inmoralidad predicada es más punible que una acción inmoral.  Se llega al asesinato por amor o por odio a la propaganda del asesinato sólo por maldad.

María era una de esas criadas que ya no se encuentran. Hacía unos quince años que trabajaba con nosotros. Ingresaba cada mes en la Caja de Ahorros una parte de su paga para su vejez, ahorro que, sin embargo, no le sirvieron porque murió en nuestra casa, sin dejar de trabajar, poco después de mi matrimonio…

SelloSvevoP117- …Creo que oía porque su gemido se volvió más débil y desvió la mirada de la pared de enfrente como si intentara verme pero no llegó a dirigirla hacia mí. Varias veces le grité al oído la misma pregunta y siempre con el mismo resultado. Mi actitud viril desapareció al instante Mi padre en ese momento estaba más cerca de la muerte que de mí porque ya no percibía mi grito. Fui presa del espanto y recordé antes que nada todas las palabras que habíamos cambiado la noche anterior Pocas horas después se había puesto en camino para ver quién de los dos tenía razón ¡Qué curioso! Mi dolor iba acompañado del remordimiento Oculté la cabeza en la propia almohada de mi padre y lloré desesperado lanzando los sollozos que poco antes había reprochado a María

… En ese sofá derramé mis lágrimas más ardientes. El llanto empaña nuestras culpas y permite acusar, sin objeciones al destino…

…Me levanté y me acerqué a la cama donde en ese momento, jadeando más que nunca ,el enfermo se había acostado Estaba decidido iba a obligar a mi padre a permanecer media hora al menos en el reposo deseado por el médico ¿Acaso no era ése mi deber?

Al instante mi padre intentó deslizarse hacia el borde de la cama para librarse de mi presión y levantarse, Con mano vigorosa apoyada en su hombro se lo impedí mientras en voz alta e imperiosa le ordenaba no moverse Por un instante aterrorizado obedeció. Después exclamó:

-¡Me muero!

Y se irguió. A mi vez, espantado al instante por su grito, aflojé la presión de mi mano. Por eso pudo sentarse en el borde de la cama justo enfrente de mí. Pienso que entonces su ira aumentó al encontrarse si bien sólo por un momento impedido en sus movimientos y desde luego le pareció que yo le privaba del aire que tanto necesitaba igual que le quitaba la luz por estar de pie delante de él que estaba sentado. Con un esfuerzo supremo consiguió ponerse de pie, levantó la mano muy en alto como si supiera que no podía comunicarle otra fuerza que la de su peso y la dejó caer sobre mi mejilla. Después se derrumbó sobre la cama y de ella cayó al suelo ¡Muerto!

Yo no sabía que estaba muerto, pero el corazón se me contrajo por el dolor del castigo que él moribundo había querido infligirme. Con la ayuda de Carlo lo levanté y lo volví a colocar sobre la cama Llorando igual que un niño castigado le grité al oído:

- ¡No es culpa mía ¡Fue ese maldito doctor que quería obligarte a estar tumbado.

Era una mentira. Después también como un niño añadí la promesa de no hacerlo más.

the smokerTe dejaré moverte como quieras.

El enfermero dijo:

- Está muerto.

Tuvieron que alejarme a la fuerza de aquella habitación. ¡Había muerto y yo no podía demostrarle mi inocencia. En la soledad intenté serenarme. Razonaba que había que excluir la posibilidad de que mi padre que no había recuperado la conciencia en ningún momento hubiera podido decidir golpearme en la mejilla.

¿Cómo habría podido tener la certeza de que mi razonamiento era exacto. Pensé incluso en dirigirme a Coprosich. Él como médico que era habría podido decirme algo sobre la capacidad de un moribundo para decidir y actuar ¡Hasta podía haber sido víctima de un acto provocado por un intento de facilitarse la respiración! Pero no hablé con el doctor Coprosich. Era imposible ir a revelarle cómo se había despedido mi padre de mí. ¡A él que ya me había acusado de haber carecido de afecto por mi padre!

Otro grave golpe fue para mí oír a Carlo el, enfermero, contar por la noche en la cocina a María:

- El último acto del padre fue levantar muy en alto la mano y abofetear a su hijo.

Si Carlo lo sabía, Coprosich iba a saberlo también

  

De:   LA HISTORIA DE MI MATRIMONIO

ZenoS Concience… El sonido más rudimentario, el de las olas del mar, que, desde que se forma, cambia a cada instante hasta morir, sintetiza la vida más intensa. Por eso, yo también esperaba llegar a ser y desearme como Napoleón y la ola.

… No fue una sorpresa para mí, cuando supe que él la engañaba, que ella lo sabía y no le guardaba rencor. Yo llevaba un año casado, cuando un día Giovanni, muy agitado, me contó que había extraviado una carta muy importante para él y quiso repasar los papeles que me había entregado con la esperanza de encontrarla entre ellos. Pero pocos días después, muy contento, me contó que la había encontrado en su cartera.

-¿Era de una mujer? –le pregunté yo, y él dijo que sí con la cabeza al tiempo que se jactaba de su buena suerte. Después un día en que me acusaban de haber perdido papeles para defenderme dije a mi mujer y a mi suegra que no podía tener la suerte de su padre, cuyas cartas volvían solas a su cartera. Mi suegra se echó a reír con tantas ganas que no me cupo duda de que había sido precisamente ella quien la había vuelto a colocar en su sitio. Evidentemente, en su relación eso no tenía importancia. Cada cual ama a su manera y, en mi opinión la suya no era la más estúpida….

ConAda… Es difícil descubrir los orígenes apacibles de un sentimiento que después se volvió tan violento, pero estoy seguro de que me faltó el llamado coup de foudre por Ada. Sin embargo, fue sustituido por la convicción que tuve al instante de que esa mujer era la que necesitaba y la que debía conducirme a la salud moral y física mediante la sagrada monogamia. Cuando vuelvo a pensarlo, me sorprende que faltara ese flechazo y que, en cambio, hubiera esa convicción. Es sabido que nosotros los hombres no buscamos en la mujer las cualidades que adoramos y despreciamos en la amante. Así, pues, parece que yo no vi en seguida la gracia y toda la belleza de Ada y que, en cambio, quedé encantado admirando otras cualidades que yo le atribuí seriedad e incluso energía; en resumen, las cualidades un poco atenuadas que yo apreciaba en su padre. En vista de que después creí (como sigo creyendo) que no me había equivocado y que Ada, de muchacha, poseía esas cualidades puedo considerarme un buen observador, pero algo ciego. Esa primera vez miré a Ada con un solo deseo: el de enamorarme de ella porque tenía que pasar por eso para casarme con ella. Pero me apresté a ello con esa energía que siempre dedico a mis prácticas higiénicas. No sé decir cuándo lo logré; tal vez en el espacio relativamente corto de aquella primera visita.


 John bullPero yo sentía un odio especial hacia la pérfida Albión y lo manifesté sin temor de ofender a Ada quien, por lo demás, no había manifestado ni odio ni amor por Inglaterra Yo había pasado unos meses en ese país, pero no había conocido a ningún inglés de buena sociedad, ya que había extraviado en el viaje algunas cartas de presentación proporcionadas por hombres de negocios amigos de mi padre. Por eso, en Londres solo había frecuentado a algunas familias francesas e italianas y había acabado pensando que todas las personas de bien en esa ciudad procedían del continente. Mi conocimiento del inglés era muy limitado. No obstante, con ayuda de los amigos, pude entender un poco de la vida de esos isleños y sobre todo me enteré de su antipatía por todos los forasteros.

Describí a las muchachas la impresión poco agradable que me había producido la estancia entre enemigos Sin embargo, habría resistido y soportado Inglaterra durante esos seis meses que mi padre y Olivi querían infligirme a fin de que estudiara el comercio inglés (con el que por cierto no me tropecé nunca porque, al parecer, se hace en lugares recónditos) si no hubiera vivido una aventura desagradable Había ido a una librería a buscar un diccionario En esa tienda, sobre el mostrador, descansaba tumbado un enorme y magnífico gato de Angora al que daban ganas irresistibles de acariciar bajo  su suave pelo. Pues bien: solo por que lo acaricié con cariño, me atacó alevoso y me arañó con rabia las manos. Desde ese momento no pude soportar Inglaterra y al día siguiente me encontraba en París.

Augusta, Alberta y también la señora Malfenti se rieron con ganas. En cambio, Ada estaba asombrada y creía no haber entendido bien. ¿Es que había sido el propio librero quien me había ofendido y arañado? Tuve que repetirme, lo que es un fastidio, porque siempre repite uno mal…

Alberta, la sabia, quiso ayudarme:

- También los antiguos se dejaban guiar en sus decisiones por los movimientos de los animales.

GatoInglésNo acepté la ayuda. El gato inglés no se había comportado como un oráculo; ¡había actuado como un destino!

Ada, con sus grandes ojos abiertos como platos, pidió más explicaciones:

- ¿Y el gato representó para usted a todo el pueblo inglés?

¡Qué desdichado era! Aunque auténtica, esa aventura me había parecido instructiva e interesante, como si la hubiera inventado para un fin determinado…

… Entonces ocurrió algo que debería haberme advertido y salvado. La pequeña Anna, que hasta entonces había permanecido inmóvil observándome, expresó a voces el sentimiento de Ada. Gritó:

- ¿De verdad está loco, loco de atar?

… Me parecía que aquella inocente podía perjudicarme con su juicio. Le llevé regalos, pero no sirvieron para amansarla. Debió de advertir su poder y mi debilidad y, en presencia de los demás me miraba indagadora, insolente. Creo que todos tenemos en nuestra conciencia como en nuestro cuerpo punto delicados y ocultos en los que no pensamos con gusto. Ni siquiera sabemos lo que son. Yo apartaba la vista de aquélla, infantil, que quería sondearme…

Entonces había podido comprender la importancia que Ada tenía ya para mí, porque, para tranquilizarme, me decía que, si no me hubiera querido, yo había renunciado para siempre al matrimonio. Así, pues, su rechazo  transformaría mi vida. Y seguía soñando y consolándome con la idea de que ese rechazo sería una suerte para mí. Recordaba a ese filósofo griego según el cual tanto quien se casaba como quien permanecía soltero se arrepentiría de ello. En resumen, no había perdido aún la capacidad de reírme de mi aventura; la única capacidad que me faltaba era la de dormir…

Fueron cinco días y cinco noches terribles y yo acechaba los amaneceres y los crepúsculos, que significaban fin y principio y acercaba la hora de mi libertad, la libertad de batirme de nuevo con mi amor.

EscaleraEnCabezaMe preparaba para aquella lucha. Ahora sabía cómo quería mi muchacha que fuera yo. Me resulta fácil recordar los propósitos que concebí entonces, ante todo porque concebí otros idénticos en época más reciente… Me proponía volverme más serio… Ada se merecía un marido perfecto. Por eso había concebido también varios propósitos de dedicarme a las lecturas series, y también de pasar cada día media horita en el estrado de esgrima y cabalgar un par de veces a la semana. Las veinticuatro horas de la jornada no eran demasiadas.

Durante aquellos días de separación los celos más amargos fueron mi compañía de todas las horas. Era un propósito heroico el de querer corregirse de todos los defectos a fin de prepararse para conquistar a Ada al cabo de unas semanas. Pero, ¿entretanto? Mientras yo me sometía a la más dura disciplina ¿se mantendrían tranquilos los demás hombres de la ciudad o intentarían quitarme a mi mujer? Entre ellos había alguno, seguro, que no necesitaba tanto ejercicio para ser aceptado. Yo sabía, creía saber que, cuando Ada hubiera encontrado a quien le convenía, daría el sí sin esperar a enamorarse. Cuando aquellos días me tropezaba con un hombre bien vestido, sano y sereno, lo odiaba, porque me parecía que convenía a Ada. De aquellos días lo que mejor recuerdo son los celos que habían caído como una niebla sobre mi vida…

FootMusclesTullio volvió a hablar de su enfermedad, que era también su distracción principal. Había estudiado la anatomía de la pierna y del pie. Me contó riendo que, cuando se camina rápido, el tiempo en que se da un paso no supera el medio segundo y que en ese medio segundo se mueven nada menos que cincuenta y cuatro músculos. Aquello me asombró y al instante pensé en mis piernas y busqué en ellas esa máquina monstruosa. Creo que di con ella. Como es natural, no encontré cincuenta y cuatro artefactos, sino una complicación enorme que se desordenó cuando fijé mi atención en ella.

Salí de aquel café cojeando y seguí cojeando durante unos días. Caminar se me había vuelto tarea pesada e incluso levemente dolorosa. Parecía que faltara aceite a esa maraña de mecanismos y que, al moverse, se dañaban unos a otros… También esa afección se la debo a Ada. Muchos animales caen presa de los cazadores o de otros animales, cuando están en celo…

… Unos apuntes en una hoja de papel que conservé me recuerdan otra extraña aventura de aquella época. Además de la anotación del último cigarrillo acompañada de la expresión de confianza en poder curar de la enfermedad de los cincuenta y cuatro movimientos, hay un ensayo de poesía… sobre una mosca. Si no lo supiera, creería que esos versos que esos versos se deben a una señorita cándida que habla de tú a los insectos a los que canta, pero, en vista de que los compuse yo, debo creer que, si yo he pasado por eso, a todo el mundo puede ocurrirle lo mismo.

NoiStessiAsí fue como nacieron esos versos. Había vuelto a casa a las tantas de la noche y, en lugar de acostarme, me había dirigido a mi estudio donde había encendido el gas. Junto a la luz una mosca se puso a atormentarme. Conseguí darle un golpe, pero leve para no ensuciarme. La olvidé, pero después la vi recuperarse en el centro de la mesa. Estaba quieta de pie y parecía más alta que antes porque una de sus patitas había quedado anquilosada y no podía doblarse. Con las dos patitas posteriores se alisaba perseverante las alas. Intentó moverse pero cayó de espaldas. Se alzó y volvió obstinada a su perseverante tarea.

Entonces escribí esos versos asombrado de haber descubierto que ese pequeño organismo abrumado por tamaño dolor fuera guiado en su gigantesco esfuerzo por dos errores: ante todo, alisándose las alas, que no estaban heridas, con tanta obstinación el insecto revelaba no saber de qué órgano procedía su dolor, además la perseverancia de su esfuerzo demostraba que en su minúscula inteligencia había la confianza fundamental en qué la salud corresponde a todos y que ha de volver, sin lugar a dudas cuando nos ha abandonado Eran errores que se pueden excusar con facilidad en un insecto cuya vida dura sólo una estación y no tiene tiempo de acumular la experiencia.

… Se sentó con su violín y me pareció que con eso me invitaba a hablar. Por lo demás, ¿cómo habría podido yo volver a casa sin haber hablado? ¿Qué había hecho en aquella larga noche? Me veía dar vueltas de derecha a izquierda en la cama o correr por las calles y los garitos en busca de distracción. ¡No! No debía abandonar aquella casa sin haber recobrado la claridad y la calma.

Intenté mostrarme simple y breve. Me veía obligado a ello, porque me faltaba el aliente. Le dije:

- Yo la amo, Ada. ¿Por qué no me permite hablar a su padre?

Riassunto la Coscienza di ZenoElla me miró asombrada y espantada. Temí que se pusiera a gritar… Yo sabía que sus serenos ojos y su rostro de líneas tan precisas no conocían el amor, pero nunca la había visto tan alejada del amor como entonces. Empezó a hablar… Pero yo quería claridad: ¡un sí o un no! Tal vez me ofendiera ya lo que me parecía una vacilació…

- Pero, ¿cómo es posible que no se haya dado cuenta? ¡No podía haber creído usted que yo estaba haciendo la corte a Augusta!

Quise dar énfasis a mis palabras, pero, con el apresuramiento, fui a darlo donde no me correspondía y acabé pronunciando el nombre de Augusta con un acento y un gesto de desprecio.

Así libré a Ada de la turbación. Solo reparó en la ofensa de Augusta:

- ¿Por qué se cree superior a Augusta? ¡No creo en absoluto que Augusta aceptara ser su mujer!

Luego recordó apenas que me debía una respuesta:

- Por lo que a mí respecta…, me asombra que se le haya ocurrido semejante cosa.

… Si me hubiera abofeteado, creo queme habría quedado vacilante intentando descubrir la razón. Por eso insistí aún:

- Piénselo, Ada, Yo no soy un hombre malo. Soy rico… Soy un poco extraño, pero me será fácil corregirme.

También Ada se mostró más suave, pero volvió a hablar de Augusta.

- Piénselo también usted Zeno: Augusta es una buena muchacha y le conviene de verdad. Yo no puedo hablar por ella, pero creo…

… Tal vez estuviese perdida para mí, o al menos no aceptaría la instante casarse conmigo, pero entretanto había que evitar que se comprometiera con Guido, en relación con el cual debía abrirle los ojos. Fui astuto… Luego precipité las cosas porque se oían ruidos en el pasillo y de un momento a otro podían cortarme la palabra.

- ¡Ada! Ese hombre no es el indicado para usted. ¡Es un imbécil! ¿No se ha dado cuenta como sufría por las respuestas del velador? ¿Ha visto su bastón? Toca bien el violín, pero también hay monos que saben tocarlo. Todas sus palabras revelan a un animal…

Tras haber estado escuchándome con la expresión de quien no consigue decidirse a admitir en su sentido exacto las palabras que se le dirigen, me interrumpió. Se puso en pie de un salto con el violín y el arco en la mano y me dijo palabras ofensiva. Yo hice lo posible por olvidarlas y lo conseguí… No la olvidé nunca y, cuando pienso en mi amor de mi juventud, vuelvo a ver el rostro bello, noble y sano de Ada en el momento en que me eliminó definitivamente de su destino.

Volvieron todos en grupo… Nadie se ocupó de mí ni de Ada y yo, sin despedirme de nadie, salí del salón; en el pasillo cogí mi sombrero. ¡Qué curioso! Nadie venía a retenerme. Entonces me retuve yo mismo, al recordar que no debía faltar a las reglas de la buena educación… Yo, que por fin tenía la claridad, sentía ahora otra necesidad: la de la paz, la paz con todos…

Ada era la única que había advertido mi paso por el pasillo y, cuando me vio regresar, me miró ansiosa. ¿Temería una escena? Me apresuré a tranquilizarla. Pasé a su lado y murmuré:

- ¡Discúlpeme si la he ofendido!

Me cogió la mano y, tranquilizada, la apretó. Fue un gran consuelo…

Declaración¡Cesé de analizarme porque me vi entero! Para tener paz, debía conseguir que no se me prohibiera la entrada nunca más a aquel salón. ¡Miré a Alberta! ¡Se parecía a Ada! Era un poco más pequeña que ella y llevaba en su organismo señales evidentes, aún no borradas, de la infancia. Alzaba la voz con facilidad, y su risa, muchas veces exagerada, le contraía la carita y se la enrojecía. ¡Qué curioso! En aquel momento recordé un consejo de mi padre: «Escoge a una mujer joven y te será más fácil educarla a tu modo». El recuerdo fue decisivo. Volví a mirar a Alberta. Me esforzaba por desnudarla con el pensamiento y me gustaba tan dulce y ternecita como me la imaginaba.

Le dije:

-¡Escuche, Alberta! Tengo una idea: ¿ha pensado alguna vez que está en la edad de tomar marido?

-¡Yo no pienso casarme! –dijo sonriendo y mirándome con dulzura, sin turbación ni rubor-. Al contrario, pienso continuar mis estudios. También mamá lo desea.

- Pero podría continuar sus estudios aún después de casada.

Se me ocurrió una idea que me pareció ingeniosa y la expresé al instante:

- También yo pienso iniciarlos después de haberme casado.

Se rió con ganas, pero yo me di cuenta de que perdía el tiempo, porque no era con semejantes necedades como se podía conquistar a una mujer y la paz. Había que ser serio…

Me puse serio de verdad. Mi futura esposa debía saberlos todo. Con voz conmovida le dije:

- Hace poco he dirigido a Ada la misma propuesta que acabo de hacerle a usted. Me ha rechazado con desdén. Ya puede imaginarse en qué estado me encuentro…

Ella se puso muy seria para decirme:

- Sentiría que se ofendiera, Zeno. Yo le tengo mucho aprecio. Sé que es usted buena persona y, además, sin saberlo, sabe muchas cosas, mientras que mis profesores olo saben exactamente lo que saben. Yo no quiero casarme. Tal vez cambie de idea, pero por el momento solo tengo una meta: me gustaría llegar a ser escritora…

… Me sentía de nuevo bajo la amenaza de verme expulsado de aquel salón y corrí en busca de refugio. Solo había un modo de atenuar en Alberta, el orgullo de haber podido rechazarme y lo adopté apenas lo descubrí. Le dije: -Ahora voy a hacer la nueva propuesta a Augusta y voy a contar a todo el mundo que me caso con ella porque sus dos hermanas me han rechazado.

 

RotHoriz

211 - … Recuerdo que hacía días que se anhelaba en la ciudad un poco de lluvia, de la que se esperaba algún alivio para el calor anticipado. Yo ni siquiera me había dado cuenta de ese calor. Esa noche el cielo había empezado a cubrirse de ligeras nubes blancas, de esas de las que el pueblo espera lluvia abundante, pero una gran luna avanzaba por las zonas despejadas del intenso cielo azul, una de esas lunas de mejillas hinchadas que el mismo pueblo cree capaces de comer las nubes. En efecto, era evidente que allí donde tocaba aclaraba y limpiaba.

Quise interrumpir el charloteo de Guido, que me obligaba a asentir de continuo, una tortura, y le describí el beso en la luna descubierto por el poeta Zamboni, ¡qué dulce era ese beso en el centro de nuestras noches comparado a la injusticia que Guido comentaba a mi lado! Al hablar y sacudirme el sopor en que había caído a fuerza de asentir, me pareció que mi dolor se atenuaba. Era el premio a mi rebelión, e insistí.

Guido tuvo que resignarse a dejar por un momento en paz a las mujeres y mirar hacia arriba. Pero, ¡por poco tiempo! Tras descubrir, por indicación mía, una pálida imagen de mujer en la luna, volvió a su tema con una broma con la que rió con ganas, pero él solo, en la calle desierta:

-¡Ve tantas cosas esa mujer! Lástima que por ser mujer no sepa recordar.

WeiningerFormaba parte de su teoría (o de la de Weininger) que la mujer no puede ser genial porque no sabe recordar….

… Así fuimos caminando en la noche lunar. Supongo que Guido estaría cansado de sostenerme, porque por fin enmudeció. Sin embargo, me propuso acompañarme hasta la cama. No acepté, y cuando pude cerrar la puerta de mi casa tras de mí, di un suspiro de alivio. Pero, desde luego, también Guido debió de lanzar el mismo suspiro.

Subí los escalones de mi casa de cuatro en cuatro, y en diez minutos estaba en la cama. Me quedé dormido enseguida y, en el breve lapso que precede al sueño, no recordé ni a Ada ni a Augusta, sino solo a Guido, tan dulce, bueno y paciente. Desde luego, no había olvidado que poco antes yo había querido matarlo, pero eso no tenía la menor importancia, porque las cosas que nadie sabe y que no dejan huella no existen.

 

220 - … En cambio, en su casa, aprovechó un momento en que nos dejaron solos para decirme llorando:

- Nunca olvidaré que, a pesar de no amarme, te casaste conmigo.

Yo no protesté porque la cosa había sido tan evidente, que era imposible. Pero, lleno de compasión, la abracé.

Después, Augusta y yo no volvimos a hablar de todo eso, porque el matrimonio es algo mucho más sencillo que el noviazgo. Una vez casados, ya no se vuelve a hablar de amor y, cuando se siente la necesidad de expresarlo, la animalidad interviene enseguida para restablecer el silencio. Ahora bien, esa animalidad puede haber llegado a ser tan humana como para complicarse y falsificarse, y sucede que, al inclinarse sobre una melena femenina, se haga también el esfuerzo de evocar una luz que no tiene. Se cierran los ojos y la mujer se convierte en otra para volver a ser ella, al acabar…

  

AmantesDe:   LA ESPOSA Y LA AMANTE

223 -… Yo adoraba esa seguridad, si bien sabía que era precaria porque se basaba en mí. Frente a ella yo debía comportarme al menos con la modestia que mostraba ante el espiritismo. Si éste podía existir, también podía existir la fe en la vida.

Pero me admiraba, en todas sus palabras, en todos sus actos se traslucía, en el fondo, su creencia en la vida eterna. No es que la llamara así: incluso le sorprendió que una vez yo, a quien los errores repugnaban antes de aprender a amar los suyos, hubiera sentido la necesidad de recordarle su brevedad. ¡Pues claro! Sabía que todos debíamos morir, pero eso no impedía que ahora que estábamos casados seguiríamos siempre, siempre, siempre juntos. Así, pues, ignoraba que cuando en este mundo las personas se unían lo hacían por un periodo tan breve, breve, breve, que no se entendía cómo habíamos llegado a hablarnos de tú después de habernos ignorado por un tiempo infinito y estando destinados a no volver a vernos nunca más durante otro tiempo infinito. Al final, cuando adiviné que para ella el presente era una verdad tangible en que podía uno retirarse y estar calentito, comprendí lo que era la salud humana perfecta…

 

229 … Entonces fue cuando me contó que me había amado antes de haberme conocido. Me había amado desde que había oído mi nombre, presentado por su padre de este modo: Zeno Cosini, un ingenuo, que ponía ojos como platos cuando oía hablar de cualquier argucia comercial y se apresuraba a apuntarla en una libreta, pero la perdía. Y si yo no había advertido su confusión en nuestro primer encuentro, debía ser porque también estaría confuso yo.

Recordé que, al ver a Augusta, me había distraído su fealdad, en vista de que esperaba encontrar en aquella casa a las cuatro muchachas bellísimas, cuyo nombre empezaba por a. Ahora me enteraba de que me amaba desde hacía mucho. Pero, ¡qué probaba eso? No le di la satisfacción de desdecirme. Cuando me muriera, ella tomaría a otro. Tras calmársele el llanto, se apretó más contra mí, y echándose a reír de repente, me preguntó:

- ¿Dónde encontraría a tu sucesor? ¿No ves lo fea que soy?

En efecto, probablemente disfrutaría yo de un tiempo de putrefacción tranquila.

MiedoEnvejecerPero el miedo a envejecer ya no me abandonó nunca, siempre por miedo a entregar a mi mujer a otros. No se atenuó el atenuó el miedo cuando la traicioné, ni aumento siquiera con la idea de perder del mismo modo a la amante. Era una cosa muy distinta, que no tenía nada que ver con ella…

241 -… y de que la señorita Carla Gerco y su madre me rogaban que fuera a verlas para que me diesen las gracias. Copler temía perder a su cliente y quería vincularme haciéndome saborear el agradecimiento de las beneficiadas. Al principio intenté librarme de esa molestia asegurándole que estaba convencido de que él sabía hacer la beneficencia más adecuada, pero insistió tanto, que acabé accediendo.

- ¿Es guapa? –le pregunté riendo.

- Guapísima –respondió-, pero no es pan para nuestros dientes.

Es curioso que pusiera mis dientes junto a los suyos con el peligro de contagiarme las caries. Me habló de la honradez de esa desgraciada familia que hacía unos años había perdido al cabeza de familia y que en la más negra miseria había vivido con la honradez más estricta…

…  Durante aquella visita la señorita Carla no dejó de sonreír, tal vez por creer que así tenía esteriotipada en la cara la expresión de gratitud. Luego, cuando pocas horas después empecé a soñar con Carla, imaginé que en su cara había habido una lucha entre la alegría y el dolor. Nada de eso vi después en ella, y una vez más comprendía que la belleza femenina simula sentimientos con los que no tiene nada que ver. Del mismo modo que la tela sobre la que está pintada una batalla no tiene el menor sentimiento heróico…

… Por la escalera, de olor dudoso, Copler dijo:

- Su voz es demasiado fuerte. Es una vez de teatro.

No sabía que en ese momento yo sabía algo más: esa voz pertenecía a un ambiente muy humilde en el que se podía saborear la impresión de ingenuidad de ese arte y soñar con llevar dentro el arte, es decir, la vida y el dolor.

Al dejarme, Copler me dijo que me avisaría cuando el maestro de Carla organizara un concierto público. Se trataba de un maestro poco conocido aún en la ciudad, pero, desde luego, llegaría a ser una gran celebridad futura. Copler no estaba seguro, pese a que el maestro era bastante viejo. Parecía que la celebridad iba a llegarla ahora, después de que Copler lo hubiera conocido. Dos debilidades de moribundos, la del maestro y la de Copler

… Seguía cumpliendo con exactitud lo que yo llamaba el horario de la familia. Tengo una conciencia tan delicada, que ya entonces me preparaba para atenuar con mi conducta mi remordimiento futuro.

SiluetasPrueba de que mi resistencia no cedió del todo es que llegara a Carla no de un impulso, sino por etapas. Al principio y durante varios días solo llegué hasta el jardín público y con la sincera intención de gozar de ese verde que aparece tan puro en medio del gris de las calles y casa que lo circundan. Después, al no haber tenido la suerte de tropezarme, como esperaba, con ella por casualidad, salí del jardín para pasar justo por debajo de sus ventanas. Lo hice con gran emoción, que recordaba a la tan deliciosa del joven que se acerca por primera vez al amor. ¡Llevaba tanto tiempo privado, no de amor, sino de las cosas que conducen a él!...

 

276… Al aire libre respiré la libertad y no sentí el dolor de haberla comprometido. Hasta el día siguiente había tiempo y tal vez encontraría una protección contra las dificultades que me amenazaban. Mientras corría hacia la casa tuve incluso el valor de irritarme con el orden social, como si hubiera tenido la culpa de mis faltas. Me parecía que debía ser tal, que permitiera de vez en cuando (no siempre) hacer el amor, sin tener que temer las consecuencias, hasta con las mujeres a los que no se ama. No había rastro de remordimiento en mí. Por eso, creo que el remordimiento no nace del pesar por una mala acción ya cometida, sino de ver la disposición culpable propia. La parte superior del cuerpo se inclina a mirar y juzgar a la otra parte y la encuentra deforme. Siente horror y eso se llama remordimiento. Tampoco en la tragedia antigua regresaba la víctima con vida y, sin embargo, el remordimiento pasaba. Eso significaba que la deformidad quedaba curada y que el llanto ajeno ya no tenía la menor importancia. ¿Cómo iba a haber sitio en mí para el remordimiento, si corría con tanta alegría y afecta a encontrarme de nuevo con mi legítima esposa? Hacía mucho tiempo que no me sentía tan puro…

… tras haber comprobado que Copler estaba agonizando. El viejo hablaba en voz baja, sin dejar de jadear, como si temiera turbar la quietud del moribundo. También yo bajé la mía. Es una forma de respeto, tal como lo sentimos los hombres, mientras que nadie sabe si al moribundo no le gustaría más verse acompañado por el último trecho del camino por voces claras y fuertes, que le recordarían a la vida.

El viejo me dijo que una monja asistía al moribundo. Lleno de respeto, me detuve un tiempo delante de la puerta de aquella habitación, en la que el pobre Copler, con su estertor, de ritmo tan exacto, medía su último tiempo. Su ruidosa respiración se componía de dos sonidos: vacilante parecía el producido por el aire que inspiraba; precipitado, el que nacía del aire expirado. ¿Prisa por morir? Una pausa seguía a los dos sonidos y yo pensé que, cuando se pausa se alargara, se iniciaría la nueva vida…

… Me preguntó de qué enfermedad moría. Al contarle cómo se había anunciado la catástrofe, recordé la discusión que había tenido con Copler sobre la utilidad del dolor. Mira por donde, los nervios de sus dientes se habían agitado y se habían puesto a pedir ayuda porque a un metro de distancia de ellos, los riñones habían dejado de funcionar. Me sentía tan indiferente a la suerte de mi amigo, cuyo estertor había oído poco antes, que seguí jugueteando con sus ideas. Si hubiera podido oírme todavía, le habría dicho que así se entendía que en el caso del enfermo imaginario los nervios pudieran dolerle legítimamente por una enfermedad manifestada a unos kilómetros de distancia.

 

AConsciencia290 … Entonces me ocupé de mi vecina, Alberta. Hablamos de amor. A ella le interesaba en teoría, y a mí, por el momento, no me interesaba nada en la práctica. Por eso, era hermoso hablar de ello. Me preguntó lo que yo pensaba, y yo descubrí al instante una idea que parecía resultar evidente por mi experiencia de aquel mismo día. Una mujer era un objeto que variaba de precio mucho más que valor alguno de la Bolsa. Alberta no me entendió bien y creyó que yo quería decir una cosa sabida de todos: que una mujer de cierta edad tenía un valor muy distinto de otra. Me expliqué con mayor claridad: una mujer podía tener cierto valor a una hora determinada de la mañana y ninguno a mediodía, para valor por la tarde el doble que por la mañana y acabar la noche con valor del todo negativo. Expliqué el concepto de negativo: una mujer tenía tal valor cuando un hombre calculaba la suma que estaría dispuesto a pagar para enviarla muy lejos, pero es que muy lejos, de él…

… Las fantasías del vino son auténticos acontecimientos.

Por mucho tiempo Alberta y yo no olvidamos que yo había tocado una parte de su cuerpo, al tiempo que le advertía que lo hacía para gozar. La palabra había resaltado el acto y el acto la palabra. Hasta que se casó, siempre tuvo para mí una sonrisa y un rubor; luego, en cambio, rubor e ira. Las mujeres están hechas así. Cada día les aporta una nueva interpretación del pasado. Debe de ser una vida muy monótona la suya. En cambio, para mí la interpretación de aquel acto fue siempre la misma: el hurto de un pequeño objeto de sabor intenso, y fue culpa de Alberta que en cierta época yo intentara hacer recordar aquel acto, mientras que más adelante habría pagado, en cambio, cualquier cosa para que quedara del todo olvidado…

… lancé a Ada tal mirada, que ella se levantó y salió tras haberse vuelto a mirar espantada, lista tal vez para echarse a correr.

LaNotePinturaTambién una mirada se recuerda, cuando es mejor que una palabra; es más importante que una palabra porque en todo el vocabulario no hay palabra que pueda desnudar a una mujer. Yo sé ahora que aquella mirada mía falseó, al simplificarlas, las palabras que había concebido. Pera Ada, mi mirada había intentado penetrar más allá de los vestidos y hasta de su epidermis. Y había significado, sin lugar a dudas: «¿Quieres venirte ahora mismo a la cama conmigo» El vino es un gran peligro, sobre todo porque no saca a relucir la verdad. Todo lo contrario de la verdad: revela especialmente la historia pasada y olvidada del individuo y no su voluntad actual; saca a relucir, caprichoso, todas las ideas absurdas que ha acariciado en épocas más o menos recientes; no tiene en cuenta las tachaduras y lee todo lo que aún es perceptible a nuestro corazón. Y sabido es que en éste no hay modo de borrar nada tan radicalmente, como se hace con una palabra equivocada en una letra de cambio. Toda nuestra historia está siempre legible en él y el vino la grita, olvidando lo que después la historia ha añadido…

 

308- … Después seguí mintiendo, y más adelante supe por Tullio que la segunda mentira bastó para revelarle toda la verdad. Con sonrisa forzada dije:

- También la señorita se ha sentado por casualidad en este banco junto a mí sin verme.

El mentiroso debería tener presente que, para que lo crean, solo debe decir las mentiras necesarias. Cuando nos encontramos de nuevo, Tullio me dijo con su sentido común popular:

- Explicaste demasiadas cosas y, por eso, adiviné que mentías y que aquella señorita tan bella era tu amante.

Yo entonces ya había perdido a Carla, y con gran voluptuosidad le confirmé que había dado en el blanco, pero le conté con tristeza que ya me había abandonado. No me creyó y yo se lo agradecí. Me parece que su incredulidad era un buen augurio.

Carla fue presa de un malhumor como yo no le había visto nunca. Ahora sé que desde aquel momento comenzó su rebelión. No lo advertí enseguida, porque, para escuchar a Tullio, que se había puesto a hablarme de su enfermedad y de las curas que emprendía, yo le daba la espalda. Más adelante supe que una mujer, aún cuando se deje tratar con menos amabilidad siempre, salvo en ciertos instantes, no admite que renieguen de ella en público. Manifestó su desdén más hacia el pobre cojo que hacia mí…

  

De:   HISTORIA DE UNA ASOCIACIÓN COMERCIAL

336- … Después fue admitido en nuestra oficina un huésped muy ruidoso: un perro de caza de pocos meses, agitado e invidente. Guido lo amaba mucho y había organizado para él un aprovisionamiento regular de leche y carne. Cuando no tenía nada que hacer ni que pensar, también yo le veía con gusto retozar por la oficina en esos cuatro o cinco gestos que sabemos interpretar en el perro y que nos hacen cogerle tanto cariño. Pero no me parecía que, siendo como era tan ruidoso y sucio, fuese aquel su lugar. Para mí, la presencia de aquel perro en nuestra oficina fue la primera prueba que Guido dio de no ser digno de dirigir una casa comercial. Eso demostraba una absoluta falta de seriedad. Intenté explicarle que el perro no podía favorecer nuestros negocios, pero no tuve valor para insistir y el me hizo callar con una respuesta cualquiera.

Por eso, me pareció que debía dedicarme a la educación de aquel colega mío y le aseste con gran placer alguna patada, cuando Guido no estaba. El perro chillaba y al principio volvía junto aí creyendo que había chocado con él por error. Pero una segunda patada le explicaba mejor la primera, y entonces se acurrucaba en un rincón y había paz en la oficina hasta que Guido llegaba. Después me arrepentí de haberme cebado con un inocente, pero demasiado tarde. Colmé al perro de atenciones, pero no volvió a fiarse de mí y delante de Guido daba claras señales de antipatía…

… Ahora estoy seguro de haber visto muchachas tan bellas como Carmen, pero no de una belleza tan agresiva, es decir, tan evidente al primer vistazo. Por lo general, a las mujeres las creamos primero con nuestro deseo, mientras que aquella no necesitaba esa primera fase… Se presentaba en búsqueda de empleo, pero a mí me habría gustado intervenir en los trámites para preguntarle «¿Qué empleo? ¿Para una alcoba?»

Vi que no llevaba la cara pintada, pero sus colores eran tan precisos, tan azul su candor y tan semejante al de la fruta madura su rubor, que el artificio estaba simulado a la perfección. Sus grandes ojos castaños reflejaban tal cantidad de luz, que cualquiera de sus movimientos tenía gran importancia…

… Uno de los primeros efectos de la belleza femenina en un hombre es el de hacerle perder la avaricia. Guido se encogió de hombros para dar a entender que no de cosas tan insignificantes, le fijo un sueldo que ella aceptó agradecida y le recomendó que con gran seriedad que estudiara taquigrafía…

MiradaDespreciativa…. Pocos días después –no se si por casualidad- Ada vino a visitarnos a la oficina. Guido no había llegado aún, y Ada se quedó un instante conmigo para preguntarme a qué hora vendría. Después, con paso vacilante, se dirigió a la habitación contigua, en la que en ese momento solo estaban Carmen y Luciano. Carmen estaba ejercitándose en la máquina de escribir, absorta en la búsqueda de las letras una a una. Alzó sus bellos ojos para mirar a Ada, que tenía los suyos clavados en ella. ¡Qué diferentes eran las dos mujeres! Se parecían un poco, pero Carmen parecía una caricatura de Ada. Yo pensé que una, a pesar de ir vestida con ropa más cara, estaba hecha para llegar a ser esposa o una madre, mientras que a la otra, pese a llevar en ese momento un modesto delantal para no ensuciarse el vestido con la máquina, correspondía el papel de amante. No sé si en este mundo habría sabios que supieran decir por qué los bellísimos ojos de Ada recogían menos luz que los de Carmen, y, por esa razón, eran auténticos órganos para mirar las cosas y a las personas y no para maravillarlas. Así, Carmen soportó con frialdad la mirada despreciativa, pero también curiosa; también había en ella un poco de envidia. ¿O se la atribuí yo?

 

352- … Sin embargo, esa noche me echaron de casa los chillidos de mi pequeña Antonia. Cuanto más la acariciaba la madre, más chillaba la niña. Entonces probé un sistema mía, que consistía en gritar insolencias al oidito de aquella monita chillona. El único resultado fue que cambió el ritmo de sus gritos, porque se puso a aullar de espanto. Después me habría gustado probar otro sistema un poco más enérgico, pero Augusta recordó a tiempo la invitación de Guido y me acompañó hasta la puerta, al tiempo que me prometía acostarse sola, si yo volvía tarde. Más aún: contar de que me marchara, se resignaría incluso a tomar sin mí el café de la mañana siguiente, si yo permanecía fuera hasta esa hora. Entre Augusta y yo existe una pequeña divergencia –la única- sobre el modo de tratar a los niños fastidiosos: a mí me parece que el dolor del niño es menos importante que el nuestro y que vale la pena infligírselo con tal de evitar un gran trastorno al adulto; en cambio, a ella le parecía que nosotros, que hemos hecho a los niños, debemos también sufrirlos…

… Pasamos por delante del faro y llegamos a mar abierta. Unas millas más allá brillaban las luces de innumerables veleros: allí acechaban a los peces peligros mayores…. Guido preparó los tres sedales y cebó los anzuelos clavando en ellos gambas por la cola. Entregó un sedal a cada uno de nosotros diciendo que el mía a proa –el único provisto de plomo- sería el que preferirían los peces. Divisé en la oscuridad mi gamba con la cola traspasada y me pareció que movía la aparte superior del cuerpo, la parte que no se había convertido en una vaina. Ese movimiento me pareció más de meditación que de dolor. Tal vez lo que produce el dolor en los organismos grandes en los muy pequeños pueda reducirse hasta convertirse en una experiencia nueva, un estímulo para el pensamiento. Lo metí en el agua hundiéndolo, como me dijo Guido, diez brazas… Durante mucho tiempo no tuvo nada que hacer. Guido charlaba mucho. Quién sabe si no se había aficionado a Carmen a causa de su pasión por la enseñanza más que por el amor. A mí me habría gustado no tener que oírlo para seguir pensando en el animalito que tenía expuesto a la voracidad de los peces, suspendido en el agua, y que con los gestos de la cabecita –si los continuaba en el agua- atraería mejor a los peces… Varias veces tuvimos que recoger el sedal para renovar el cebo. El animalito pensativo acababa, impune, en las fauces de algún pez astuto que sabía evitar el anzuelo…

360- … No recordaba bien las fisonomías de nuestros grandes literatos y las evocaba para encontrar una que se pareciera a Guido. Entonces él gritó:

FabulasEsopo- ¿Queréis fábulas bonitas? ¡Ahora os improviso fábulas como las de Esopo!

Todos se rieron menos él. Hizo que le trajeran la máquina de escribir y, de un tirón, como si escribiera al dictado, con gestos más ampulosos de lo que exigía un trabajo útil a máquina, redactó la primera fábula. Ya estaba tendiendo la hoja a Luciano, cuando cambió de opinión y escribió otra fábula, pero ésa le costo más trabajo que la primera, hasta el extremo de que olvidó seguir simulando con gestos la inspiración y tuvo que corregir su escrito varias veces. Por eso, yo considero que la primera de las dos fábulas no era suya y que, en cambio, la segunda salió de verdad de su cerebro, del que me parece digna. La primera fábula hablaba de un pajarito que advirtió que la puertecita de su jaula había quedado abierta. Al principio pensó aprovechar para escapar volando, pero después cambió de opinión temiendo perder su libertad, si, durante su ausencia, volvía a cerrarse la puertecita. La segunda trataba de un elefante, y era elefantina, la verdad. Por sufrir una debilidad en las patas, el enorme animal iba a consultar a un hombre, médico célebre, el cual, al ver sus poderosas extremidades, gritaba: «Nunca he visto piernas tan fuertes»

A Luciano no le hicieron impresión esas fábulas, entre otras razones porque no las entendía. Se reía mucho, pero evidentemente le parecía cómico que presentaran una cosa así como comerciable. Después se rió él también, por cortesía, cuando se le explicó que el pajarito temía verse privado de libertad de volver a la jaula y que el hombre admiraba las patas del elefante, a pesar de estar débiles. Pero luego preguntó:

- ¿Cuánto se saca con dos fábulas así?

Guido se las dio de hombre superior:

- El placer de haberlas hecho y, además, si se quiere, mucho dinero.

En cambio, Carmen estaba agitada por la emoción. Pidió permiso para copiar esas dos fábulas y, cuando Guido le regaló la hoja en que había escrito, después de firmarla, le dio las gracias agradecida.

¿Qué tenía yo que ver con aquello?...

… Pedí la máquina y yo sí improvisé. Cierto es que la primera de las fábulas que compuse se basaba en algo en lo que llevaba días pensando. Improvisé el título «Himno a la vida». Después, tras una breve reflexión, escribí debajo: «Diálogo». Me parecía más fácil hacer hablar a los animales que describirlo. Así nació mi fábula, de diálogo muy breve.

La gamba meditabunda: La vida es bella, pero hay que tener cuidado con el lugar donde se sienta uno.

La dorada, corriendo a casa del dentista: La vida es bella pero habría que eliminar a ese animalitos traidores que ocultan en su sabrosa carne el metal agudo.

Ahora habría que componer la segunda fábula, pero me faltaban los animales. Miré al perro, que estaba tendido en su rincón, y también él me miró. Aquellos ojos tímidos me recordaron una cosa: pocos días antes Guido había vuelto de la caza cubierto de pulgas y había ido a lavarse a nuestro cuarto trasero. Al instante se me ocurrió la fábula y la escribí de un tirón: «Érase una vez un príncipe al que picaban muchas pulgas. Pidió a los dioses que sustituyeran todas por una sola pulga, grande y famélica, pero una sola, y destinasen las otras a los demás hombres. Pero ninguna de las pulgas aceptó quedarse sola con aquella bestia de hombre, y éste tuvo que soportarlas a todas»

En aquel momento mis fábulas me parecieron espléndidas. Las cosas que salen de nuestro cerebro tienen un aspecto en extremo amable, sobre todo cuando las examinamos recién creadas…

 

363- … El negocio del sulfato de cobre dio mayor seriedad a nuestra oficina. Ya no había tiempo para fábulas. Ahora aceptábamos casi todos los negocios que nos proponían. Algunos dieron algún beneficio, pero pequeño; otros, pérdidas, pero grandes. Una extraña avaricia era el principal defecto de Guido, que fuera de los negocios era tan generoso. Cuando un negocio resultaba bueno, se apresuraba a liquidarlo con avidez por percibir el pequeño beneficio que le proporcionaba. En cambio, cuando se encontraba envuelto en un negocio desfavorable, no se decidía nunca a salir de él, con tal de retrasar el momento en que debía rascarse el bolsillo. Por eso, creo que sus pérdidas fueron cada vez más importantes y sus beneficios pequeños. Las cualidades de un comerciante no son sino el resultado de todo su organismo, de la punta de los cabellos a las uñas de los pies. A Guido habría sido aplicable una expresión de los griegos: «astuto imbécil». Astuto de verdad, pero también un auténtico estúpido. Tenía toda clase de astucias que no servían para otra cosa que para engrasar aún más el plano inclinado sobre el que resbalaba cada vez más.

Junto con el sulfato de cobre, le cayeron encima los dos gemelos…

 

368- … El día siguiente el ginecólogo que atendía a Ada pidió ayuda al doctor Paoli, quien al instante pronunció la palabra que yo no había podido decir: Morbus Basedowii. Guido me lo contó describiéndome con gran conocimiento la enfermedad y compadeciendo a Ada, que sufría mucho…

MorbusBasedow… ¡Grande e importante enfermedad, la de Basedow! Para mí fue importantísimo haberla conocido. La estudié en varias monografías y creí descubrir justo entonces el secreto esencial de nuestro organismo. Creo que en muchos como yo hay periodos de tiempo en que ciertas ideas ocupan y atestan el cerebro y lo cierran a todas las demás, ¡si la colectividad le sucede lo mismo! Vive de Darwin, tras haber vivido de Robespierre, y de Napoleón, tras haber vivido de Liebig o incluso de Leopardi, ¡eso cuando no prevalece sobre todo el cosmos de Bismarck!

Pero ¡de Basedow viví solo yo! Me pareció que había sacado a la luz raíces de la vida, que está hecha así: todos los organismos se distribuyen sobre la enfermedad de Basedow, que entraña un consumo generosísimo, loco, de la fuerza vital y a un ritmo rapidísimo, el latido de un corazón desenfrenado, mientras que el otro lo ocupan los organismos debilitados por avaricia orgánica, destinados a perecer de una enfermedad que parece de agotamiento y, en realidad, es de pereza. El justo medio entre esas dos enfermedades se encuentra en el centro y se llama impropiamente salud, que no es sino un reposo. Y entre el centro y una extremidad –la de Basedow- están todos los que exasperan y consumen la vida en grandes deseos, ambiciones, goces y también trabajo; por la otra, quienes no echan al plato de la vida sino migajas y economizan preparándose para ser esos abyectos longevos que constituyen una carga para la sociedad. Al parecer, esa carga también es necesaria. La sociedad avanza porque los basedowianos la impulsan y no se desploma porque los otros la retienen. Estoy convencido de que, si se quiera construir una sociedad, se podría hacer de modo más sencillo, pero está hecha así, con el bocio en uno de sus extremos y el edema en le otro y no hay remedio. En medio están quienes tienen el bocio o el edema incipientes y en toda la línea, en toda la humanidad, falta la salud absoluta…

… Durante mucho tiempo pensé en Basedow. Ahora creo que en cualquier punto del universo en que se establezca acaba uno corrompiéndose. Hay que moverse. La vida tiene venenos, pero tiene también los otros venenos, que hacen de contravenenos. Solo corriendo podemos sustraernos a los primeros y disfrutar de los otros…

 

377-… siguió opinando lo mismo, por supuesto, porque entonces descubrió que no perdería nada dejando de frecuentar aquella oficina, donde, con toda seguridad acabaría perdiendo mi fama de comercial. Diantre: ¡mi fama de comercial!... Consintió en que acabara el balance, ya que lo había iniciado, pero después debía encontrar el modo de volver a mi estudio, en el cual no se ganaba dinero, pero tampoco se perdía.

AindaSvevoAhora bien, tuve entonces una experiencia curiosa de mí mismo. No fui capaz de abandonar aquella actividad, pese a haberlo decidido. ¡Me quedé atónito! Para entender bien las cosas, hay que utilizar imágenes. Entonces recordé que en tiempos la condena a trabajos forzados se aplicaba en Inglaterra colgando al condenado encima de un rueda accionada por agua, con lo que se obligaba a la víctima a mover con determinado ritmo las piernas que, si no, resultarían aplastadas. Cuando se trabaja se tiene siempre la sensación de una obligación de ese tipo. Cierto es que cuando no se trabaja la posición es la misma y me parece correcto afirma que Olivi y yo estuvimos siempre colgados así; solo que yo, tal como estaba, no debía mover las piernas. Nuestra posición daba un resultado diferente, desde luego, pero ahora sé con certeza que no justificaba ni la censura ni la exaltación. En resumen, depende del azar que estemos atados a una rueda móvil o a una inmóvil. Siempre es difícil desatarse…

404-… Tenía entonces unos cuarenta años y era muy feo, por una calvicie casi general interrumpida por un oasis de cabellos negros y espesos en la nuca y otro en las sienes, y una cara amarilla y de piel demasiado abundante, pese a su gran nariz. Era pequeño y flaco y se erguía como podía, hasta el punto de que cuando hablaba con él yo sentía un ligero dolor simpático en el cuello, la única simpatía que sentía hacia él. Aquel día me pareció que contenía la risa y que su rostro tenía la cara contraída por una ironía o un desprecio, que no podía herirme a mí, en vista de que me había saludado con tanta amabilidad. Después descubrí que la extraña madre naturaleza le había grabado en la cara esa ironía. Sus pequeñas mandíbulas no ajustaban exactamente, y entre ellas, en una parte de la boca, había quedado un agujero en el que habitaba estereotipada su ironía. Tal vez para adaptase a la máscara de la que no podía librarse salvo cuando bostezaba, le gustaba burlarse del prójimo. No era ningún tonto y lanzaba flechas envenenadas, pero con preferencia a los ausentes.

410-… Una noche de agosto me convenció para que lo acompañara a pescar. A la luz deslumbrante de una luna casi llena había poca probabilidad de pescar nada. Pero insistió diciendo que en el mar encontraríamos algún alivio para el calor. En efecto, no encontramos otra cosa. Tras un solo intento, no volvimos a cebar los anzuelos y dejamos los sedales colgando de la barquita que Luciano dirigió hacia alta mar. Cierto es que los rayos de la luna llegaban hasta el fondo del mar, con lo que permitían a los peces grandes afinar la vista y advertir la insidia y también a los pequeños capaces de roer el cebo, pero no de llegar con la boquita al anzuelo. Nuestros cebos no eran sino regalos para los pececillos.

LunaSobreElMarGuido se tumbó a poca y yo a proa. Poco después murmuró:

- ¡Qué tristeza toda esta luz!

Probablemente lo dijera porque la luz le impedía dormir, y yo asentí para complacerlo y también para no turbar con una discusión tonta la solemne quietud en que nos movíamos lentamente. Pero Luciano protestó diciendo que a él aquella luz le gustaba muchísimo. En vista de que Guido no respondía, quise hacerle callar diciéndole que la luz era sin duda algo triste, porque se veían las cosas de este mundo. Y, además, impedía la pesca. Luciano se rió y calló.

 

416-… Yo no supe ofrecerle consuelo alguno. En verdad, me ofendía que creyese ser el hombre más desgraciado del mundo. No era una exageración, era una auténtica mentira. Lo habría socorrido, si hubiera podido, pero resultaba imposible consolarlo. En mi opinión, ni siquiera quienes son más inocentes y más desgraciados que Guido merecen compasión, porque, si no, en nuestra vida solo habría sitio para ese sentimiento, lo que sería un gran tedio. La ley natural no da el derecho a la felicidad, sino que, al contrario, prescribe la miseria y el dolor. Cuando se expone algo comestible, acuden de todas partes los parásitos y, si faltan, se apresuran a nacer. Pronto la presa apenas basta, y poco después, ya no basta, los consumidores deben disminuir a fuerza de muerte precedida del dolor y así se restablece el equilibrio por un instante. ¿Por qué quejarse? Y, sin embargo, todos se quejan. Quienes no han conseguido nada de la presa, mueren gritando injusticia y quienes han conseguido una parte les parece que tenían derecho a una parte mayor. ¿Por qué viven y mueren en silencio? En cambio, es simpática la alegría de quien ha sabido conseguir una parte abundante de la presa y se manifiesta al sol entre los aplausos. El único grito admisible es el del triunfador.

 

De,   PSICOANÁLISIS

454- … Desde entonces aquellas sesiones fueron una auténtica tortura, y yo las continué solo porque siempre me ha resultado difícil detenerme cuando me muevo o ponerme en movimiento cuando me detengo. A veces, cuando él me decía una auténtica barbaridad, yo aventuraba alguna objeción. No era cierto en absoluto –como él creía- que todas mis palabras, todos mis pensamientos fueran propios de un delincuente. Entonces ponía unos ojos como platos. ¡Estaba curado y no quería verlo! Era auténtica ceguera, me había enterado de haber deseado quitar la esposa, ¡mi madre! a mi padre, ¿y no me sentía curado? Inaudita obstinación la mías; pero el doctor reconocía que estaría aún más curado cuando hubiera acabado mi reeducación, después de la cual me acostumbraría a considerar esas cosas (el deseo de matar a mi padre y de besar a la madre) de los más inocentes, cosas por las que no había que sufrir remordimiento, porque ocurrían con frecuencia en las mejores familias. En el fondo, ¿qué pedía?...

 

Tabaco478- … Por supuesto que no soy un ingenuo y disculpo al doctor por ver en mi propia vida una manifestación de enfermedad. La vida se parece un poco a la enfermedad, porque avanza por crisis y lisis, y tiene mejorías y empeoramientos diarios. A diferencia de las demás enfermedades, la vida siempre es mortal. No tolera curas. Sería como querer tapar los agujeros que tenemos en el cuerpo por considerarlos heridas. Moriríamos estrangulados nada más curarnos…

… Cualquier esfuerzo por conseguir la salud es vano. Esta solo puede pertenecer a los animales que conocen un único progreso: el de su organismo. Cuando la golondrina comprendió que su única posibilidad de vida es la emigración, aumentó el músculo que mueve sus alas y que se convirtió en la parte más importante de su organismo. El topo se metió bajo tierra y todo su cuerpo se adaptó a su necesidad. El caballo creció y transformó su pie. No conocemos el progreso de algunos animales, pero habrá existido y nunca habrá perjudicado a su salud.

En cambio, el hombre, el animal con gafas, inventa instrumentos fuera de su cuerpo y, si quien los inventó gozó de salud y nobleza, quien los usa casi siempre carece de ellas. Los instrumentos se compran, se venden y se roban, y el hombre se vuelve cada vez más astuto y más débil. Es más: se comprende que su astucia crezca en proporción a su debilidad… Y el instrumento es el que crea la enfermedad con el abandono de la ley, que fue la creadora en toda la tierra. La ley del más fuerte desapareció y perdimos la saludable selección. Necesitaríamos algo muy distinto del psicoanálisis: bajo la ley del poseedor del mayor número de instrumentos prosperarán enfermedades y enfermos.

Tal ver gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud. Cuando no basten los gases venenosos, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos. Y otro hombre hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará dicho explosivo y se situará en el centro de la tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades…

...

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Fragmentos de libros. LO QUE SÉ DE LOS VAMPIROS de Francisco Casavella FRAGMENTOS I:

 

Editorial: Destino       Acceso/Volver a los Fragmentos I de "Lo que sé de los vampiros":  PtaPubSalamanca177

 
Continua: "ID E INCENDIAD EL MUNDO"   

      ... alza la voz el prefecto:

      - Para criar en ti el espíritu de empresa de Dios, para disponer de tu corazón, que irá a Dios por votos, para no tenga cosa que lo retarde de Su amor y el deseo de la gloria más excelsa, la vida llama a pruebas, novicio… 

       «Ay», piensa Martín, que se esfuerza por mirar al prefecto y no la carta. 

     - Quiero decir con eso que hay que dejar la hacienda y la esperanza de ella. Y dejar la horna. El deber, tu gran deber como futuro soldado de la Compañía, Martín, es como un árbol. Y así como el árbol, para servir en un edificio, le cortan las hojarascas y las ramas y lo cepillan, así deben cortarse nuestra hojarasca y olvidar la hacienda familiar. Y cortarse el verdor de la carne y de la sangre, abandonar el demasiado trato y la afición de parientes, convertir en espíritu puro el amor carnal…

    «Ay», vuelve a pensar Martín, y evita cualquier figuración de lo que su hermana pueda haber escrito, y contiene un súbito rubor con mucho esfuerzo. 

    EscudoCJesús- El religioso, el hombre espiritual, no ha de ser tan parentero. No se ha de encarnizar en carne y sangre, sino entregarse todo al servicio de Dios Nuestro señor.

     Quiere respirar de alivio Martín, sumergirse en aromas del campo. Sin embargo le paraliza la mirada que surge del difícil rostro que lo examina, y conforme se endurecen los ojos del prefecto, el novicio selecciona la respuesta correcta a una pregunta que aún no se ha formulado. Y como esa pregunta no llega, Martín se atreve a hablar: 

     - Ordene usted, padre… 

     El prefecto expone la misiva ante los ojos de Martín como si cogiera una rata por el rabo. Pero Martín sabe que si esa carta contuviese algo punible el prefecto ya le habría infligido un castigo ejemplar. El prefecto está jugando, quiere que Martín se exponga. Por eso Martín dice:

     - La hermana que yo tenía está muy sola, padre. 

    Un «¿Cómo te atreves» anticipa el bofetón. Los golpes no abundan en el noviciado y por ello sorprenden las rabiosas excepciones. Martín lo encaja muy entero, sin asomo de alteración.

    - ¡Una mujer casada nunca está sola! Y las flaquezas propias de su condición de hembra solo incumben a su marido y a su confesor. ¿Pertenece a la Compañía su confesor?

     - No padre…
     - ¿Ha parido hijos la hermana que tú tenías?
     - Dos, padre.

     JesuitaArcoCon esos chismes ocupan las horas muertas algunos curas: no han entendido el auténtico poder que habita en las voluptuosas revueltas del secreto bien elegido. Eso, y no el acaparar habladurías, es el rasgo distintivo de los jesuita que Martín ha intuido y al cual desea consagrar su vida. Sin embargo, bajo el riesgo de recibir más golpes, sería prudente mostrar, para el efecto general de la escena, buena disposición, una inteligencia acorde con el exiguo talento de quien la reclama.

   - Ella es buena, padre, y una gran dama, pero a veces le cuesta comprender la abnegación. Eso es lo que yo pretendía inculcarle en mis cartas: el gran amor a la obediencia que aquí me han enseñado. 

    - ¿Y qué soberbia es ésa? Tu obligación era hablar con tus superiores para que ellos dispongan cómo se labra el surco.

     «Otros surcos labrarías tú en tu aldea», piensa Martín, mientras finge hondura reflexiva.

    - Nada me honrará más que hablarle a usted de todo en la próxima ocasión, padre.

    - Tú ya no tienes honra. Y no sé si tendrás ocasiones… 

    No le cuesta a Martín fingirse desamparado, mientras el prefecto inicia sus astucias:

    - Te darse a elegir entre dos caminos de conducta.

   «Qué listo se cree», piensa Martín. La carta debe de llevar lo menos una semana en ese bolsillo. Seguro que Olmedo ha estudiado todos los movimientos de un juego al que solo impulsa una secreta ambición personal o mero aburrimiento. Y el prefecto explica: 

   - Puedo darte la carta. Entonces la lees y después de cenar me la entregas. O bien, puedo entregarte la carta, puedes quedártela y, eso sí, reflexionar mucho por tu salvación y por la de ella.

  Hay una tercera alternativa. Sabe eso Martín por boca de otros novicios que, en la misma circunstancia, se han encontrado ante un dilema de verse luego emboscado por la estratagema de Olmedo. Es el constante distraer el entendimiento, el empeñarse en ser uno y que no te dejen. Olmedo de nuevo, y troquelarte como aquél y aquél y aquél. Sin embargo, esa misma disciplina sugiere que San Ignacio de Loyolaalguna vez se ha de fingir carisma, hacer valer la herencia del arrojo de san Ignacio de Loyola, destacarse y mostrar la facultad para empresas más altas. Y la ocasión ha llegado. Mira el suelo Martín y dice: 

     - Rásguela padre. 

     - ¿Qué me estás diciendo? ¿Rechazas las dos posibilidades que te ofrezco?

    Se arrodilla el novicio y busca la mano libre del prefecto. Olmedo, extiende un dorso peludo, Martín lo besa y siente en la coronilla una mirada entre feroz y perpleja.

     - Rásguela padre –repite Martín, y no hay énfasis en sus palabras- Y todas las gracias del cielo le sean dadas.

     Martín oye la carta rasgarse. Su cuerpo no hace el menor movimiento hasta que escucha:

    - Te puedes ir. 

    Martín evita los ojos del prefecto, besa su mano y camina con la cabeza gacha, la mirada del otro en su espalda. El prefecto no ve su sonrisa. Ni la vez tampoco, y poco les importa, unos soldados que descansan y abrevan caballos en las afueras del pueblo… […]

    p69Martín se arrodilla y todo su ser difunde gravedad. Ésa ha sido la causa de las humillaciones sucesivas del prefecto Olmedo, ése es el escribir recto con renglones torcidos que suplanta a la Providencia. Martín recibe la felicitación a gritos del padre Teixeira, quien ruega que no le deje en mal lugar ante sus nuevos docentes y muestre lo mucho que ha aprendido en materia filosófica.

    - Y nunca olvides, para tu buen gobierno y la paz de espíritu que quienes te rodean, las palabras del “maestro de maestros” en su Retórica: “Lo que está en disposición de ocurrir y hay voluntad de que ocurra, ocurrirá; igual que lo está en el deseo, la ira y el cálculo…” 

 

      De «EL ORO ESPAÑOL» 


     BosqueFantasmaBalticop254 … Aunque ha conocido paisajes fríos y sabe lo que es tiritar hasta creerse endemoniado, la gélida calma de esa ciudad le resulta balsámica. Blancura lisa en las calles que solo mancha la huella parda del tiro, del herraje y los rieles; general blancura que contrasta con vivos azules y amarillos en puestos de flores. En las casas, sillares recios, gamas de castaño, le recuerdan bosques de su tierra. Es cierto que, cuando sopla, el viento mineral del Báltico corta como una navaja; pero si esos filos derramaran sangre, serían de tristeza las sangrías. El cuerpo se renueva, acepta, persevera en los justos intereses: planear, dibujar, honrarse. Al andar, se deleita con el crujir de la nieve como si fuera música; y cuando la nieve es blanda y abundante, Martín de Viloalle cree que camina sobre nubes y el compás del paso es el más misterioso dibujo del tiempo…

     p254 … En el vestíbulo, se suman a una comitiva que mantiene el ceremonial con enojo mal simulado.

    - Cuanto más pequeña es la corte, más arrogantes son los súbditos… -exclama Welldone en el español que solo entiende Martín. Como si fuera un comediante, se aclara la garganta para entrar en situación, enrolla en el brazo las enormes mangas de su túnica; luego, sin cambiar el tono, alza la voz como si alabase cuanto ve-: ¡Serán rústicos! La escalinata que hemos dejado atrás es igual a la del palacio de Catalina, el de verano, claro, que es pequeño, y el corredor que cruzamos idéntico al de los espejos de Versalles en pobre y mal concebido, desde luego… Eso de la izquierda es típico saloncito chino de todos los palacios europeos. ¡RidículaSchleswig pretensión¡ -y parece que diga «¡Cuánta grandeza¡»-: Los grandes príncipes imitan el pasado, porque en algún lugar del pasado moraban los titanes. Y los pequeños príncipes imitan a los grandes. Y la plebe imita a los pequeños príncipes… ¡Sólo tienen imaginación los mendigos¡ ¡Sólo ellos levantan las manos al cielo y rozan suavemente con las yemas las cara de Dios!...

   p260 … - Signore Martino da Vila… -presenta Welldone- Abra el baúl y entregue el objeto rojo al infante Friedrich para que lo examine. Entretanto… -ahí Welldone salta de su perfecto francés cortesano al más noble alemán-: os suplico, alteza, permiso para contar una pequeña historia.

    - No me hagáis perder el tiempo… -repite el heredero, mientras se vuelve hacia su padre entre las risas, ahora forzadas, de los cortesanos. El príncipe Carlos dirige entonces una mirada precisa aun individuo con levita negra que, al punto, chista con severidad. El infante Friedrich se turba, calla y el salón le acompaña en su silencio:

     - Os contaré la historia del embajador de las Provincias Unidas o Países Bajos en Siam, el exótico reino de Oriente, como bien sabrá su alteza.

    El niño vuelve a mirar la severa figura de levita negra y lazo blanco que le acaba de reprender. El niño asiente y a punto está de arrancar una sonrisa de quien será su preceptor. Sí, el niño conoce Siam:

    - Muy bien, pues. El embajador de los Paises Bajos iba a visitar cada tarde el castillo del rey. El motivo de esta visita diaria era relatar a su majestad las peculiaridades de su tierra. El rey de Siam, como buen gobernante, era curioso y ansiaba saber lo que ocurría en otros lugares. Así el embajador le describía una tarde cómo se organiza la flota holandesa y la Compañía de Indias, otra tarde le hablaba de los diques que contienen las poderosas aguas del mar, otra tarde le contaba el modo de cultivar tulipanes y otra tarde fascinaba al monarca con la descripción de las belleza de sus mujeres-...

      Ji,ji… -ríe el niño y chista el de la levita negra.

     Welldone prosigue: 

    NaraiAudience2El rey escuchaba todos esos relatos en silencio, con mucho interés y seguía invitando al embajador. Pero sucedió la tarde en la que el embajador contó que algunas veces, en los Países Bajos, el agua se endurece de tal modo en la estación fría del año que los hombres caminan sobre ella. Esa agua endurecida, dijo, soportaría hasta el peso de un elefante, en el caso de que hubiese alguno en los Países Bajos. Cuando el embajador dio fin a ese episodio, el rey de Siam se levantó, señaló la puerta de su cámara y dijo: «Hasta este momento he creído las cosas extrañas que me has relatado, porque vislumbré en ti a un hombre sensato y de honor. Pero ahora estoy seguro de que mientes…»

     En el salón del castillo Gottorp continúa un silencio que solo interrumpen el paso de Martin cuando entrega al infante una caja de madera roja y alargado, con su rueda de metal en un extremo y un cristal en el otro. Mientras Welldone invita al pequeño príncipe a mirar por el lado del cristal, el niño se sobresalta, se vuelve en todas direcciones exclama: 

      - ¡El rey de Siam no conocía el hielo!

   Nada comprenden algunos cortesanos; sin embargo, aplauden con sigilio, porque el otro niño aún duerme.

     - En efecto alteza. Sois mucho más sagaz que el rey de Siam, quien ni conocía el hielo ni, sobre todo, concebía el conocerlo. Ahora, si sois tan amable, mirad por el orificio de la caja que tenéis entre las manos…

 

     p301 … - ¿Alquimista, señora? ¿Me llamáis alquimista? ¿Insinuáis que he sido alquimista? - Alza y agita Welldone sus manos enguantadas, mientras laza preguntas a la marquesa de Krenker como un partida de caza disparando a una liebre esquiva- ¿Me ve la señora marquesa como un hombre que se aleja del mundo por gusto, que se aparta a una aldea remota, a una mísera tintorería, por ejemplo, para renunciar a las pasiones agradables y desagradables, que todas tienen su esencia y son mejor que nada? ¿O acaso me semejo a aquel que abandona esos altos y esotéricos estudios después de afirmar con la tez pálida, con las mejillas hundidas y cenicientas, briago de melancolía, ya en el gradiente de la locura, «Esto no le importa a nadie, ni a mí mismo»? 

     - Le ruego… -inicia una disculpa la marquesa de Krenker llevándose la mano cargada de anillos y de pecas al escote, al collar o al corazón.

      En vano.

     - ¿Me imagináis, señora marquesa, como aquel que afirma: «A quien le importa este sacrificio cuando tanto estudio habrá de corromperse entre charlatanes, se disolverá en la sesera de los ineptos, cuando una noche feliz de hallazgo sólo sea abono para la vulgaridad de sus recaderos»? 

     - Querido amigo, mon cher… -la de Krender lo prueba de nuevo.

    Ni caso.

    Alquimista- ¡Alquimia! Paralizados ya, consumiremos nuestra vida en esos amargos laberintos de retortas donde bulle el agua regia, mientras de ultramar llega verdadera abundancia y se construyen palacios y las mujeres son cada día más hermosas y el sabor de sus pechos más dulce y más salado y más picante, y el sabor del café indescriptible, y el tacto de la seda más rico y variado, y el vino, tan distinto a este que nos han servido, más gustoso, pleno, delicioso y vuelve menos estúpido y obsequia con horas de sueño excelente. ¡Abandonemos la alquimia, marquesa¡ ¡Mire al pobre Newton! Toda su vida estudiando para que al final solo se aprovechen cuatro tonterías que urdió en su juventud… Para que este mundo te tome en serio no es necesaria la ciencia, solo el esprit y unas cuantas clases de danza en Paris, con el vivaracho Marcel. Así que adiós a ese carácter huraño que da el estudio, al papiro amarillento, al espejismo de hondura con que nos engaña el solitario retiro. Sustituyámoslos por unas sentencias chispeantes oídas aquí y allá, mucha galantería y, sobre todo, mucho silencio. Otro silencio, claro… Vista de halcón, paso de gato, diente de lobo y hacerse el bobo. Un bobo con esprit, claro es.

    - No he entendido una palabra de lo que ha dicho, señor de Welldone –replica la marquesa-. Pero si le he ofendido al interesarme por su pasado, solicita una disculpa. No hacía más que repetir… 

     - Si permite echarme ahora mismo encima suyo, la disculpo de todo y verá, de paso, qué contenta se pone…

 

      De «EL HUEVO DEL BASILISCO» 

      p328 …

     - Que dos más dos sumen cuatro, alteza, resulta exacto y hasta necesario, yo diría; pero que sumen cinco fascina, entretiene y consuela. Voltaire era un merluzo. De los muertos, alteza, solo la verdad.

   […]

   GaviotaYGatoMartín traza rápidas líneas. Intenta dibujar una escena que esta sucediendo en el tejado de palacio, entre mansardas, hacia la cornisa. Un gatito azafrán, que a saber cómo ha subido allí, pugna, esquiva, se esconde, salta y se equilibra, lucha con la gaviota que le acosa. La gaviota bate sus alas, queda suspendida en el aire para desconcierto del felino, que intuye la trampa del vacío como intuye que carece de hasta ahora subestimado don del vuelo. Y se enrosca el gatito en sus pasos, algo desquiciado. Ahora, la gaviota hipnotiza al felino al enfrentarle la trémula blancura de su vientre y, al vele confuso, lanza el pico. Sobre la escena, la inmensidad del cielo…

   p357  … Así que, una tarde, Ella y el Humanista, a partir de un comentario a Tito Livio, traman una sucesión de certezas, ese zambullirse derecho y sin trabas en el magma del caos hacia una revelación, elaboran una ley similar a las leyes de la filosofía natural, que siempre se cumple y siempre se comprueba.

     Este es el inicio de la ley.

     Examen de concienciaSi uno se esfuerza verá con los ojos de los muertos, verá sus colores y será Poncio Pilato o Cayo Julio César, o su esclavo. Por eso nunca se hace, porque somos vanidosos y nos avergonzamos de nuestro pasado, cargamos con él. Por ello, con el paso del tiempo y para sanarnos, hacemos que los hechos imprevistos se vuelvan inevitables. De ese modo, lo que llamamos Historia, la explicación de los hechos de los hombres, influye sobre las cosas, pero no explica su naturaleza verdadera. Adán sabe que está desnudo porque ha mordido la manzana. Luego, sabe, Luego, se esconde porque sabe. Luego inventa una falsa sabiduría. Luego, esa sabiduría es un bálsamo, pero una mentira. El hombre se enmascara para no avergonzarse del mismo azar de ser hombre, de su mínima importancia, de que solo es deudor de la nada. Por ello se traiciona a sí mismo. Bebe la sangre de los antiguos, no para alimentarse, sino para reafirmarse y reconfortarse en su idea de hombre según conventa. Y esa conveniencia hace que el hombre se vuelva vampiro. 

     Y así el hombre no sabe a ciencia cierta de su pasado, si lo ha corrompido engañándose, ¿cómo aprenderá de sus lecciones?, ¿cómo razonará su presente?, ¿cómo aventurará su futuro? Es incapaz. Todo en él será sorpresa, incómodo asombro, y más beber sangre con que sanar la sorpresa. Lo imprevisto será inevitable, sí, pero seguirá perdido en el Tiempo y en el Espacio. Ése es el cómico y trágico equilibro del mundo. Días con sus noches. Hombres son sus vampiros. Lo imprevisto, inevitable.

    Ésa es la ley. 

   Y le llaman «Ley del Vampiro». Convencidos, como les ha ocurrido a tantos muchas veces, de que esa idea no existía antes de que ellos la pensaran, de que estaban viviendo un momento único, irrepetible…

      p363  … … Le llama pues a Versalles y le presenta a su hermana, la Pompadour, quien se encanta con las historias del Humanista. Así que, la Pompadour, a su ver, le presenta al rey, el decimoquinto Luis.

   LuisXV MPompadour Ya está dentro el Humanista. Ha escalado la más alta tapia. Veladas en el Trianón con los más allegados a la Favorita: Gontaut, la de Brancas y el cardenal Bernis, ministro todopoderoso, al menos hasta el punto que marca la Pompadour. Nada le cuesta al Humanista aprender los ritos cortesanos en las antesalas; era lo mismo de siempre, sólo que más lento el ademán: leer en los gestos mínimos, en los hombros tensos, en las manos impacientes; valorar las dosis de veneno en cada tono, dónde se arrojan las miguitas de un chisme y dónde no; cómo u cuándo se recogen y por qué se transmiten; las calidades de los lazos sin amistad, de las aversiones sin odio, del honor sin virtud, del respeto por las apariencias y las verdades sacrificadas. Lo necesaria que es la estudiada maledicencia para mantener unido ese dorado corral, el gran mundo entre los grandes mundos. El significados de las volutas y las espirales, líneas de gracia que limitan las paredes y los techos estucados. Cada ornamento es un floreo político.

     Como al parecer el rey se divierte con el Humanista, a éste le llueven invitaciones de las mejores casas parisinas.

   No es mala vida la del Humanista. Sin embargo, la curiosidad ajena es una alimaña bifronte, que besa o que muerde; y aunque quizá no sea argumento de general aplicación, afirmo que si una de esas cabezas parece insaciable, la otra, la que muerde, lo es sin duda. Los aforismos cuestas lo que valen: nada. Pero continuemos que me estoy alargando para bien poca cosa: instruirte, avisarte. Decirte que soy tú y tú nunca serás yo…

    Fete Raison[…]   366… Uno es los que los demás hacen de ti. Ése es el único valor, y en mi caso, el único patrimonio. Al conde de Saint-Germain le da por filosofar, que consuela mucho. Y lo que filosofa el conde de Saint-Germain es lo siguiente: un mundo, unas cortes, donde el máximo valor es la apariencia y el máximo dolor no es la ignorancia, ni la esterilidad moral, es un mundo fracasado. Al mismo tiempo, ese mundo grita por medio de sus mejores bocas: «¡Sed razonables y seréis felices!» Me río yo de eso. Prueba a razonar y a ser feliz en un mundo en que Razón y Felicidad son tan vulnerables a la devastación de ridículo. La felicidad razonable es delicada como el cristal, no es nada solemne, y a todo se expone. Yo no me gustaría hablar demasiado de ese afán de razonable felicidad en los mismos philosophes que la propugnan. En lo más hondo, esos individuos no soportan lo que vocean y si lo vocean sólo es para darse importancia: razón, felicidad. Unos y otros, esos y aquellos, sólo sienten una calma enfermiza cuando termina la fiesta, cuando el instante se agota, cuando todos miran a todos. ¿Y qué ven? El fin del baile. Los músicos se han dormido tras arrojar los violines al parqué. Churretones de polvo y de pintura se deslizan cara abajo y revelan pieles lívidas, enlodadas, el eficiente espectáculo de muchas vanidades rotas. Ésa es la paz. Sólo eso enlaza corazones y libera. Y así camina el mundo, porque así ha de ser y será. Un mundo que desea marcar a fuego el destino de «los que son tolerados», de «los que toleran» y de todos aquellos infelices que , agazapados en la noche, miran ese mundo desde el otro lado de los ventanales. Pero, insisto, así ha de ser…

 

          De    «EL MEJOR DÍA DE NUESTRAS VIDAS» 

      p437   Nadie duerme. 

    En la noche de París, las luces y su danza de sombras ondean hasta el alba, ya en salones con lámparas de cincuenta caireles, ya en buhardillas de techo oblicuo y vela exhausta. Se canta, se baila, se discute, rasgan el papel diez mil plumas enardecidas, tiemblan los dedos que los sostienen: no hay silencio en la ciudad que merezca tal nombre. Solo cuando las calles vacías retienen el aliento hasta la aurora, de algún mansión, y por la puerta de servicio, asoman figuras con bultos y van y vienen de un carroza azul con blasón tallado –chef-d’oeuvre de un ebanista menor –mientras el tiro mastica heno para un largo viaje. La carroza abandona la ciudad al galope por callejones vacíos, chisas en los cascos. El rápido vehículo evita el Sena y las plazas principales, elude el paso ante las Tullerías, donde el coche sería reconocido por algún miembro de la ya menguada corte; y, desde luego, los viajes evitan el Campo de Marte como si fuera la misma puerta del Averno, porque allí la chisma prepara festejos absurdos. Al paso fulgurante, la FiestaSerSupremocarroza atropella borrachos, salpica cieno, esparce el zumbido de insectos dementes que ya no distinguen el día de la noche, azúcar de carco o de boñiga… 

    p446   … Los reyes y el delfín saludan desde un pódium distante, pero magnífico, y, al hacerlo, los cientos de miles se descubren. Oficia la misa el obispo Talleyrand, tal como la lleva ensayada y aprendida. La Fayette hace caracolear su caballo blanco ante una ovación que, a buen seguro, ha de oírse en toda Europa. Una madre, la Madre, asciende los escalones de aquel mismo Altar con su recién nacido en brazos, y allí el niño reclama por boca materna su recién nacido en brazos, y allí el niño reclama por boca materna su dignidad de hombre y de francés, toma posesión de la patria, entra en la esperanza y jura fidelidad a la nación, a la ley, al rey. Y entonces, y al unísono, los cientos de miles juran, mientras en cada plaza de cada pueblo de Francia se jura. Retumba el cañonazo suena la música y aplausos y sollozos y escalofríos de emoción conmueven la Tierra

     mirabeauAl terminar la primera y más importante ceremonia, mientras el gentío se desordena y aglomera en torno al Altar para acariciarlo y besarlo, Los Rivette animan a Martín para que les acompañe a una recepción en el palacete de Mirabeau. El de Viloalle elude el compromiso y se cita con ellos para la cena. Debe cultivar una paradoja que le ha venido a la cabeza durante esa fiesta inaugural: allí, en ese Campo de Marte, y a día de hoy, el ritual masónico de iniciación se ha mezclado con el sentimentalismo de Rousseau y sus epígonos, y ha pasado de ceremonia secreta a la más grande las celebraciones que se ha visto nunca. ¿Conclusión? O los designios de Providencia son ciertamente inescrutables, o Providencia está borracha como una cuba. Una melopea de las alegres, sin duda, pero colosal melopea. Acto seguido, el de Viloalle se impone borrar de su mente esos silogismos como enredaderas que se diluyen en vanos sofismas: las conclusiones han de dictarlas sus dibujos…

...

 También, de "Lo que sé de los vampiros": El Comienzo:MuralViejoUsera177 

  

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