CucharaSaturada

         Datos a 1 de Enero de 2020

ModTodVisitadas 1Ene2020

(Pinchar para detalle)
ÚLTIMO TRIMESTRE( Oct/Dic 2019)
             Accesos :   660.324
       Media diaria:          7.336
NosotrosLosMalditos
               Artículo Destacado:
    Sobre Nosotros Los malditos 

DedoIndice

 

Fragmentos de libros. LO QUE SÉ DE LOS VAMPIROS de Francisco Casavella FRAGMENTOS I:

 

Editorial: Destino       Acceso/Volver a los Fragmentos I de "Lo que sé de los vampiros":  PtaPubSalamanca177

 
Continua: "ID E INCENDIAD EL MUNDO"   

      ... alza la voz el prefecto:

      - Para criar en ti el espíritu de empresa de Dios, para disponer de tu corazón, que irá a Dios por votos, para no tenga cosa que lo retarde de Su amor y el deseo de la gloria más excelsa, la vida llama a pruebas, novicio… 

       «Ay», piensa Martín, que se esfuerza por mirar al prefecto y no la carta. 

     - Quiero decir con eso que hay que dejar la hacienda y la esperanza de ella. Y dejar la horna. El deber, tu gran deber como futuro soldado de la Compañía, Martín, es como un árbol. Y así como el árbol, para servir en un edificio, le cortan las hojarascas y las ramas y lo cepillan, así deben cortarse nuestra hojarasca y olvidar la hacienda familiar. Y cortarse el verdor de la carne y de la sangre, abandonar el demasiado trato y la afición de parientes, convertir en espíritu puro el amor carnal…

    «Ay», vuelve a pensar Martín, y evita cualquier figuración de lo que su hermana pueda haber escrito, y contiene un súbito rubor con mucho esfuerzo. 

    EscudoCJesús- El religioso, el hombre espiritual, no ha de ser tan parentero. No se ha de encarnizar en carne y sangre, sino entregarse todo al servicio de Dios Nuestro señor.

     Quiere respirar de alivio Martín, sumergirse en aromas del campo. Sin embargo le paraliza la mirada que surge del difícil rostro que lo examina, y conforme se endurecen los ojos del prefecto, el novicio selecciona la respuesta correcta a una pregunta que aún no se ha formulado. Y como esa pregunta no llega, Martín se atreve a hablar: 

     - Ordene usted, padre… 

     El prefecto expone la misiva ante los ojos de Martín como si cogiera una rata por el rabo. Pero Martín sabe que si esa carta contuviese algo punible el prefecto ya le habría infligido un castigo ejemplar. El prefecto está jugando, quiere que Martín se exponga. Por eso Martín dice:

     - La hermana que yo tenía está muy sola, padre. 

    Un «¿Cómo te atreves» anticipa el bofetón. Los golpes no abundan en el noviciado y por ello sorprenden las rabiosas excepciones. Martín lo encaja muy entero, sin asomo de alteración.

    - ¡Una mujer casada nunca está sola! Y las flaquezas propias de su condición de hembra solo incumben a su marido y a su confesor. ¿Pertenece a la Compañía su confesor?

     - No padre…
     - ¿Ha parido hijos la hermana que tú tenías?
     - Dos, padre.

     JesuitaArcoCon esos chismes ocupan las horas muertas algunos curas: no han entendido el auténtico poder que habita en las voluptuosas revueltas del secreto bien elegido. Eso, y no el acaparar habladurías, es el rasgo distintivo de los jesuita que Martín ha intuido y al cual desea consagrar su vida. Sin embargo, bajo el riesgo de recibir más golpes, sería prudente mostrar, para el efecto general de la escena, buena disposición, una inteligencia acorde con el exiguo talento de quien la reclama.

   - Ella es buena, padre, y una gran dama, pero a veces le cuesta comprender la abnegación. Eso es lo que yo pretendía inculcarle en mis cartas: el gran amor a la obediencia que aquí me han enseñado. 

    - ¿Y qué soberbia es ésa? Tu obligación era hablar con tus superiores para que ellos dispongan cómo se labra el surco.

     «Otros surcos labrarías tú en tu aldea», piensa Martín, mientras finge hondura reflexiva.

    - Nada me honrará más que hablarle a usted de todo en la próxima ocasión, padre.

    - Tú ya no tienes honra. Y no sé si tendrás ocasiones… 

    No le cuesta a Martín fingirse desamparado, mientras el prefecto inicia sus astucias:

    - Te darse a elegir entre dos caminos de conducta.

   «Qué listo se cree», piensa Martín. La carta debe de llevar lo menos una semana en ese bolsillo. Seguro que Olmedo ha estudiado todos los movimientos de un juego al que solo impulsa una secreta ambición personal o mero aburrimiento. Y el prefecto explica: 

   - Puedo darte la carta. Entonces la lees y después de cenar me la entregas. O bien, puedo entregarte la carta, puedes quedártela y, eso sí, reflexionar mucho por tu salvación y por la de ella.

  Hay una tercera alternativa. Sabe eso Martín por boca de otros novicios que, en la misma circunstancia, se han encontrado ante un dilema de verse luego emboscado por la estratagema de Olmedo. Es el constante distraer el entendimiento, el empeñarse en ser uno y que no te dejen. Olmedo de nuevo, y troquelarte como aquél y aquél y aquél. Sin embargo, esa misma disciplina sugiere que San Ignacio de Loyolaalguna vez se ha de fingir carisma, hacer valer la herencia del arrojo de san Ignacio de Loyola, destacarse y mostrar la facultad para empresas más altas. Y la ocasión ha llegado. Mira el suelo Martín y dice: 

     - Rásguela padre. 

     - ¿Qué me estás diciendo? ¿Rechazas las dos posibilidades que te ofrezco?

    Se arrodilla el novicio y busca la mano libre del prefecto. Olmedo, extiende un dorso peludo, Martín lo besa y siente en la coronilla una mirada entre feroz y perpleja.

     - Rásguela padre –repite Martín, y no hay énfasis en sus palabras- Y todas las gracias del cielo le sean dadas.

     Martín oye la carta rasgarse. Su cuerpo no hace el menor movimiento hasta que escucha:

    - Te puedes ir. 

    Martín evita los ojos del prefecto, besa su mano y camina con la cabeza gacha, la mirada del otro en su espalda. El prefecto no ve su sonrisa. Ni la vez tampoco, y poco les importa, unos soldados que descansan y abrevan caballos en las afueras del pueblo… […]

    p69Martín se arrodilla y todo su ser difunde gravedad. Ésa ha sido la causa de las humillaciones sucesivas del prefecto Olmedo, ése es el escribir recto con renglones torcidos que suplanta a la Providencia. Martín recibe la felicitación a gritos del padre Teixeira, quien ruega que no le deje en mal lugar ante sus nuevos docentes y muestre lo mucho que ha aprendido en materia filosófica.

    - Y nunca olvides, para tu buen gobierno y la paz de espíritu que quienes te rodean, las palabras del “maestro de maestros” en su Retórica: “Lo que está en disposición de ocurrir y hay voluntad de que ocurra, ocurrirá; igual que lo está en el deseo, la ira y el cálculo…” 

 

      De «EL ORO ESPAÑOL» 


     BosqueFantasmaBalticop254 … Aunque ha conocido paisajes fríos y sabe lo que es tiritar hasta creerse endemoniado, la gélida calma de esa ciudad le resulta balsámica. Blancura lisa en las calles que solo mancha la huella parda del tiro, del herraje y los rieles; general blancura que contrasta con vivos azules y amarillos en puestos de flores. En las casas, sillares recios, gamas de castaño, le recuerdan bosques de su tierra. Es cierto que, cuando sopla, el viento mineral del Báltico corta como una navaja; pero si esos filos derramaran sangre, serían de tristeza las sangrías. El cuerpo se renueva, acepta, persevera en los justos intereses: planear, dibujar, honrarse. Al andar, se deleita con el crujir de la nieve como si fuera música; y cuando la nieve es blanda y abundante, Martín de Viloalle cree que camina sobre nubes y el compás del paso es el más misterioso dibujo del tiempo…

     p254 … En el vestíbulo, se suman a una comitiva que mantiene el ceremonial con enojo mal simulado.

    - Cuanto más pequeña es la corte, más arrogantes son los súbditos… -exclama Welldone en el español que solo entiende Martín. Como si fuera un comediante, se aclara la garganta para entrar en situación, enrolla en el brazo las enormes mangas de su túnica; luego, sin cambiar el tono, alza la voz como si alabase cuanto ve-: ¡Serán rústicos! La escalinata que hemos dejado atrás es igual a la del palacio de Catalina, el de verano, claro, que es pequeño, y el corredor que cruzamos idéntico al de los espejos de Versalles en pobre y mal concebido, desde luego… Eso de la izquierda es típico saloncito chino de todos los palacios europeos. ¡RidículaSchleswig pretensión¡ -y parece que diga «¡Cuánta grandeza¡»-: Los grandes príncipes imitan el pasado, porque en algún lugar del pasado moraban los titanes. Y los pequeños príncipes imitan a los grandes. Y la plebe imita a los pequeños príncipes… ¡Sólo tienen imaginación los mendigos¡ ¡Sólo ellos levantan las manos al cielo y rozan suavemente con las yemas las cara de Dios!...

   p260 … - Signore Martino da Vila… -presenta Welldone- Abra el baúl y entregue el objeto rojo al infante Friedrich para que lo examine. Entretanto… -ahí Welldone salta de su perfecto francés cortesano al más noble alemán-: os suplico, alteza, permiso para contar una pequeña historia.

    - No me hagáis perder el tiempo… -repite el heredero, mientras se vuelve hacia su padre entre las risas, ahora forzadas, de los cortesanos. El príncipe Carlos dirige entonces una mirada precisa aun individuo con levita negra que, al punto, chista con severidad. El infante Friedrich se turba, calla y el salón le acompaña en su silencio:

     - Os contaré la historia del embajador de las Provincias Unidas o Países Bajos en Siam, el exótico reino de Oriente, como bien sabrá su alteza.

    El niño vuelve a mirar la severa figura de levita negra y lazo blanco que le acaba de reprender. El niño asiente y a punto está de arrancar una sonrisa de quien será su preceptor. Sí, el niño conoce Siam:

    - Muy bien, pues. El embajador de los Paises Bajos iba a visitar cada tarde el castillo del rey. El motivo de esta visita diaria era relatar a su majestad las peculiaridades de su tierra. El rey de Siam, como buen gobernante, era curioso y ansiaba saber lo que ocurría en otros lugares. Así el embajador le describía una tarde cómo se organiza la flota holandesa y la Compañía de Indias, otra tarde le hablaba de los diques que contienen las poderosas aguas del mar, otra tarde le contaba el modo de cultivar tulipanes y otra tarde fascinaba al monarca con la descripción de las belleza de sus mujeres-...

      Ji,ji… -ríe el niño y chista el de la levita negra.

     Welldone prosigue: 

    NaraiAudience2El rey escuchaba todos esos relatos en silencio, con mucho interés y seguía invitando al embajador. Pero sucedió la tarde en la que el embajador contó que algunas veces, en los Países Bajos, el agua se endurece de tal modo en la estación fría del año que los hombres caminan sobre ella. Esa agua endurecida, dijo, soportaría hasta el peso de un elefante, en el caso de que hubiese alguno en los Países Bajos. Cuando el embajador dio fin a ese episodio, el rey de Siam se levantó, señaló la puerta de su cámara y dijo: «Hasta este momento he creído las cosas extrañas que me has relatado, porque vislumbré en ti a un hombre sensato y de honor. Pero ahora estoy seguro de que mientes…»

     En el salón del castillo Gottorp continúa un silencio que solo interrumpen el paso de Martin cuando entrega al infante una caja de madera roja y alargado, con su rueda de metal en un extremo y un cristal en el otro. Mientras Welldone invita al pequeño príncipe a mirar por el lado del cristal, el niño se sobresalta, se vuelve en todas direcciones exclama: 

      - ¡El rey de Siam no conocía el hielo!

   Nada comprenden algunos cortesanos; sin embargo, aplauden con sigilio, porque el otro niño aún duerme.

     - En efecto alteza. Sois mucho más sagaz que el rey de Siam, quien ni conocía el hielo ni, sobre todo, concebía el conocerlo. Ahora, si sois tan amable, mirad por el orificio de la caja que tenéis entre las manos…

 

     p301 … - ¿Alquimista, señora? ¿Me llamáis alquimista? ¿Insinuáis que he sido alquimista? - Alza y agita Welldone sus manos enguantadas, mientras laza preguntas a la marquesa de Krenker como un partida de caza disparando a una liebre esquiva- ¿Me ve la señora marquesa como un hombre que se aleja del mundo por gusto, que se aparta a una aldea remota, a una mísera tintorería, por ejemplo, para renunciar a las pasiones agradables y desagradables, que todas tienen su esencia y son mejor que nada? ¿O acaso me semejo a aquel que abandona esos altos y esotéricos estudios después de afirmar con la tez pálida, con las mejillas hundidas y cenicientas, briago de melancolía, ya en el gradiente de la locura, «Esto no le importa a nadie, ni a mí mismo»? 

     - Le ruego… -inicia una disculpa la marquesa de Krenker llevándose la mano cargada de anillos y de pecas al escote, al collar o al corazón.

      En vano.

     - ¿Me imagináis, señora marquesa, como aquel que afirma: «A quien le importa este sacrificio cuando tanto estudio habrá de corromperse entre charlatanes, se disolverá en la sesera de los ineptos, cuando una noche feliz de hallazgo sólo sea abono para la vulgaridad de sus recaderos»? 

     - Querido amigo, mon cher… -la de Krender lo prueba de nuevo.

    Ni caso.

    Alquimista- ¡Alquimia! Paralizados ya, consumiremos nuestra vida en esos amargos laberintos de retortas donde bulle el agua regia, mientras de ultramar llega verdadera abundancia y se construyen palacios y las mujeres son cada día más hermosas y el sabor de sus pechos más dulce y más salado y más picante, y el sabor del café indescriptible, y el tacto de la seda más rico y variado, y el vino, tan distinto a este que nos han servido, más gustoso, pleno, delicioso y vuelve menos estúpido y obsequia con horas de sueño excelente. ¡Abandonemos la alquimia, marquesa¡ ¡Mire al pobre Newton! Toda su vida estudiando para que al final solo se aprovechen cuatro tonterías que urdió en su juventud… Para que este mundo te tome en serio no es necesaria la ciencia, solo el esprit y unas cuantas clases de danza en Paris, con el vivaracho Marcel. Así que adiós a ese carácter huraño que da el estudio, al papiro amarillento, al espejismo de hondura con que nos engaña el solitario retiro. Sustituyámoslos por unas sentencias chispeantes oídas aquí y allá, mucha galantería y, sobre todo, mucho silencio. Otro silencio, claro… Vista de halcón, paso de gato, diente de lobo y hacerse el bobo. Un bobo con esprit, claro es.

    - No he entendido una palabra de lo que ha dicho, señor de Welldone –replica la marquesa-. Pero si le he ofendido al interesarme por su pasado, solicita una disculpa. No hacía más que repetir… 

     - Si permite echarme ahora mismo encima suyo, la disculpo de todo y verá, de paso, qué contenta se pone…

 

      De «EL HUEVO DEL BASILISCO» 

      p328 …

     - Que dos más dos sumen cuatro, alteza, resulta exacto y hasta necesario, yo diría; pero que sumen cinco fascina, entretiene y consuela. Voltaire era un merluzo. De los muertos, alteza, solo la verdad.

   […]

   GaviotaYGatoMartín traza rápidas líneas. Intenta dibujar una escena que esta sucediendo en el tejado de palacio, entre mansardas, hacia la cornisa. Un gatito azafrán, que a saber cómo ha subido allí, pugna, esquiva, se esconde, salta y se equilibra, lucha con la gaviota que le acosa. La gaviota bate sus alas, queda suspendida en el aire para desconcierto del felino, que intuye la trampa del vacío como intuye que carece de hasta ahora subestimado don del vuelo. Y se enrosca el gatito en sus pasos, algo desquiciado. Ahora, la gaviota hipnotiza al felino al enfrentarle la trémula blancura de su vientre y, al vele confuso, lanza el pico. Sobre la escena, la inmensidad del cielo…

   p357  … Así que, una tarde, Ella y el Humanista, a partir de un comentario a Tito Livio, traman una sucesión de certezas, ese zambullirse derecho y sin trabas en el magma del caos hacia una revelación, elaboran una ley similar a las leyes de la filosofía natural, que siempre se cumple y siempre se comprueba.

     Este es el inicio de la ley.

     Examen de concienciaSi uno se esfuerza verá con los ojos de los muertos, verá sus colores y será Poncio Pilato o Cayo Julio César, o su esclavo. Por eso nunca se hace, porque somos vanidosos y nos avergonzamos de nuestro pasado, cargamos con él. Por ello, con el paso del tiempo y para sanarnos, hacemos que los hechos imprevistos se vuelvan inevitables. De ese modo, lo que llamamos Historia, la explicación de los hechos de los hombres, influye sobre las cosas, pero no explica su naturaleza verdadera. Adán sabe que está desnudo porque ha mordido la manzana. Luego, sabe, Luego, se esconde porque sabe. Luego inventa una falsa sabiduría. Luego, esa sabiduría es un bálsamo, pero una mentira. El hombre se enmascara para no avergonzarse del mismo azar de ser hombre, de su mínima importancia, de que solo es deudor de la nada. Por ello se traiciona a sí mismo. Bebe la sangre de los antiguos, no para alimentarse, sino para reafirmarse y reconfortarse en su idea de hombre según conventa. Y esa conveniencia hace que el hombre se vuelva vampiro. 

     Y así el hombre no sabe a ciencia cierta de su pasado, si lo ha corrompido engañándose, ¿cómo aprenderá de sus lecciones?, ¿cómo razonará su presente?, ¿cómo aventurará su futuro? Es incapaz. Todo en él será sorpresa, incómodo asombro, y más beber sangre con que sanar la sorpresa. Lo imprevisto será inevitable, sí, pero seguirá perdido en el Tiempo y en el Espacio. Ése es el cómico y trágico equilibro del mundo. Días con sus noches. Hombres son sus vampiros. Lo imprevisto, inevitable.

    Ésa es la ley. 

   Y le llaman «Ley del Vampiro». Convencidos, como les ha ocurrido a tantos muchas veces, de que esa idea no existía antes de que ellos la pensaran, de que estaban viviendo un momento único, irrepetible…

      p363  … … Le llama pues a Versalles y le presenta a su hermana, la Pompadour, quien se encanta con las historias del Humanista. Así que, la Pompadour, a su ver, le presenta al rey, el decimoquinto Luis.

   LuisXV MPompadour Ya está dentro el Humanista. Ha escalado la más alta tapia. Veladas en el Trianón con los más allegados a la Favorita: Gontaut, la de Brancas y el cardenal Bernis, ministro todopoderoso, al menos hasta el punto que marca la Pompadour. Nada le cuesta al Humanista aprender los ritos cortesanos en las antesalas; era lo mismo de siempre, sólo que más lento el ademán: leer en los gestos mínimos, en los hombros tensos, en las manos impacientes; valorar las dosis de veneno en cada tono, dónde se arrojan las miguitas de un chisme y dónde no; cómo u cuándo se recogen y por qué se transmiten; las calidades de los lazos sin amistad, de las aversiones sin odio, del honor sin virtud, del respeto por las apariencias y las verdades sacrificadas. Lo necesaria que es la estudiada maledicencia para mantener unido ese dorado corral, el gran mundo entre los grandes mundos. El significados de las volutas y las espirales, líneas de gracia que limitan las paredes y los techos estucados. Cada ornamento es un floreo político.

     Como al parecer el rey se divierte con el Humanista, a éste le llueven invitaciones de las mejores casas parisinas.

   No es mala vida la del Humanista. Sin embargo, la curiosidad ajena es una alimaña bifronte, que besa o que muerde; y aunque quizá no sea argumento de general aplicación, afirmo que si una de esas cabezas parece insaciable, la otra, la que muerde, lo es sin duda. Los aforismos cuestas lo que valen: nada. Pero continuemos que me estoy alargando para bien poca cosa: instruirte, avisarte. Decirte que soy tú y tú nunca serás yo…

    Fete Raison[…]   366… Uno es los que los demás hacen de ti. Ése es el único valor, y en mi caso, el único patrimonio. Al conde de Saint-Germain le da por filosofar, que consuela mucho. Y lo que filosofa el conde de Saint-Germain es lo siguiente: un mundo, unas cortes, donde el máximo valor es la apariencia y el máximo dolor no es la ignorancia, ni la esterilidad moral, es un mundo fracasado. Al mismo tiempo, ese mundo grita por medio de sus mejores bocas: «¡Sed razonables y seréis felices!» Me río yo de eso. Prueba a razonar y a ser feliz en un mundo en que Razón y Felicidad son tan vulnerables a la devastación de ridículo. La felicidad razonable es delicada como el cristal, no es nada solemne, y a todo se expone. Yo no me gustaría hablar demasiado de ese afán de razonable felicidad en los mismos philosophes que la propugnan. En lo más hondo, esos individuos no soportan lo que vocean y si lo vocean sólo es para darse importancia: razón, felicidad. Unos y otros, esos y aquellos, sólo sienten una calma enfermiza cuando termina la fiesta, cuando el instante se agota, cuando todos miran a todos. ¿Y qué ven? El fin del baile. Los músicos se han dormido tras arrojar los violines al parqué. Churretones de polvo y de pintura se deslizan cara abajo y revelan pieles lívidas, enlodadas, el eficiente espectáculo de muchas vanidades rotas. Ésa es la paz. Sólo eso enlaza corazones y libera. Y así camina el mundo, porque así ha de ser y será. Un mundo que desea marcar a fuego el destino de «los que son tolerados», de «los que toleran» y de todos aquellos infelices que , agazapados en la noche, miran ese mundo desde el otro lado de los ventanales. Pero, insisto, así ha de ser…

 

          De    «EL MEJOR DÍA DE NUESTRAS VIDAS» 

      p437   Nadie duerme. 

    En la noche de París, las luces y su danza de sombras ondean hasta el alba, ya en salones con lámparas de cincuenta caireles, ya en buhardillas de techo oblicuo y vela exhausta. Se canta, se baila, se discute, rasgan el papel diez mil plumas enardecidas, tiemblan los dedos que los sostienen: no hay silencio en la ciudad que merezca tal nombre. Solo cuando las calles vacías retienen el aliento hasta la aurora, de algún mansión, y por la puerta de servicio, asoman figuras con bultos y van y vienen de un carroza azul con blasón tallado –chef-d’oeuvre de un ebanista menor –mientras el tiro mastica heno para un largo viaje. La carroza abandona la ciudad al galope por callejones vacíos, chisas en los cascos. El rápido vehículo evita el Sena y las plazas principales, elude el paso ante las Tullerías, donde el coche sería reconocido por algún miembro de la ya menguada corte; y, desde luego, los viajes evitan el Campo de Marte como si fuera la misma puerta del Averno, porque allí la chisma prepara festejos absurdos. Al paso fulgurante, la FiestaSerSupremocarroza atropella borrachos, salpica cieno, esparce el zumbido de insectos dementes que ya no distinguen el día de la noche, azúcar de carco o de boñiga… 

    p446   … Los reyes y el delfín saludan desde un pódium distante, pero magnífico, y, al hacerlo, los cientos de miles se descubren. Oficia la misa el obispo Talleyrand, tal como la lleva ensayada y aprendida. La Fayette hace caracolear su caballo blanco ante una ovación que, a buen seguro, ha de oírse en toda Europa. Una madre, la Madre, asciende los escalones de aquel mismo Altar con su recién nacido en brazos, y allí el niño reclama por boca materna su recién nacido en brazos, y allí el niño reclama por boca materna su dignidad de hombre y de francés, toma posesión de la patria, entra en la esperanza y jura fidelidad a la nación, a la ley, al rey. Y entonces, y al unísono, los cientos de miles juran, mientras en cada plaza de cada pueblo de Francia se jura. Retumba el cañonazo suena la música y aplausos y sollozos y escalofríos de emoción conmueven la Tierra

     mirabeauAl terminar la primera y más importante ceremonia, mientras el gentío se desordena y aglomera en torno al Altar para acariciarlo y besarlo, Los Rivette animan a Martín para que les acompañe a una recepción en el palacete de Mirabeau. El de Viloalle elude el compromiso y se cita con ellos para la cena. Debe cultivar una paradoja que le ha venido a la cabeza durante esa fiesta inaugural: allí, en ese Campo de Marte, y a día de hoy, el ritual masónico de iniciación se ha mezclado con el sentimentalismo de Rousseau y sus epígonos, y ha pasado de ceremonia secreta a la más grande las celebraciones que se ha visto nunca. ¿Conclusión? O los designios de Providencia son ciertamente inescrutables, o Providencia está borracha como una cuba. Una melopea de las alegres, sin duda, pero colosal melopea. Acto seguido, el de Viloalle se impone borrar de su mente esos silogismos como enredaderas que se diluyen en vanos sofismas: las conclusiones han de dictarlas sus dibujos…

...

 También, de "Lo que sé de los vampiros": El Comienzo:MuralViejoUsera177 

  

  Comparta, si lo considera de interés, gracias:         

Fragmentos de libros. LO QUE SÉ DE LOS VAMPIROS de Francisco Casavella FRAGMENTOS I:

Nuestra portada:
 PtaPubSalamanca750
VOZ DE LA FOTO. Homo sum; nihil humani a me alienum puto. ("Soy un hombre, nada humano me es ajeno") Publio Terencio Africano. Imagen de la pintura naif-canalla que decoraba la entrada de un bar de copas y por la que se puede colegir que al autor tampoco nada humano le es ajeno. Así, parece que publicitara que el local podía albergar a personajes con contraste, de distintas razas, credos, cultura, condiciones sociales, estados mentales e incluso a humanos de siglos distintos. Adecuada imagen, pues, como portada nuestra para esta novela del prematuramente desaparecido Casavella, un autor que, para nosotros, ¡oh sorpresa!, ha resultado un estupendo descubrimiento, con una prosa viva y elocuente, de las que no abundan demasiado en la actual novela de consumo.
De la entrada a un bar de copas.  Salamanca.    © LCJ  
 
Fragmentos de libros   
 

     De    «ID E INCENDIAD EL MUNDO»


      … Martín, sabio en bastardías menos famosas, aplica a su rostro la absoluta suspensión de ánimo tras el cuento y la moraleja, y de sus facciones brota un semblante de nube donde cada cual intuye lo que quiere: un búho, una vieja, un calón, un mapa… Martín desea que lo admirativo asome en su expresión, porque adivina la valentía del preceptor de don Juan de Austria. Medita en la propiedad de orrodillarse ante el prefecto y besar su mano por contarle esa historia prodigiosa, medicina sutil envuelta en dulcísimo caramelo. Pero detiene la intención, porque la mano huesuda ya rebusca en la sotana y enseguida aparece una carta con el lacre violentado. Martín, que reconoce la letra de Elvira, recuerda la expresión adecuada para referirse a ella: «la hermana que yo tenía». No fue poco el alborozo que en su hora le produjo saber que su hermana no era tal, ignorando con gusto el verdadero espíritu de la regla que ahora mismo el prefecto habrá de recordarle.

     Y alza la voz el prefecto:

    

   Continuar fragmentos    (Continuar con los fragmentos de "Lo que sé de los vampiros" )

  Comparta, si lo considera de interés, gracias:         

Fragmentos de libros. LAS RATAS de Miguel Delibes  Fragmentos II:

  

Editorial:  Destino      Acceso/Volver a los fragmentos I de "Las Ratas": AlbercaPza177

  

Continúa:

     ...

      ... El Rabino Grande, el Pastor, y el Rabino Chico, el Vaquero del Poderoso, eran hijos del Viejo Rabino, el que, al decir de don Eustasio de la Piedra, el Profesor, era una prueba viva de que el hombre provenía del mono. En efecto, el Viejo Rabino tenía dos vértebras coxígeas de más, a la manera de un rabo truncado, y el cuerpo cubierto de un vello negro y espeso, y cuando se cansaba de andar sobre los pies podía hacerlo fácilmente sobre las manos. Por todo ello, don Eustasio de la Piedra le invitó por San Quinciano, allá por el año 33, a un Congreso Internacional, sin otra mira que demostrar ante sus colegas que el hombre descendía del mono y que aún era posible encontrar ejemplares a mitad de la evolución. Después de aquello, don Eustasio le llamaba a la capital cada vez que recibía una visita de cumplido y le hacía desnudar y dar vueltas sobre las manos, muy despacito, encima de una mesa. Al principio, el Viejo Rabino sentía vergüenza, pero pronto se habituó e incluso permitía que don Eustasio, que era un sabio, le tentara las dos vértebras coxígeas sin inmutarse. A partir de entonces, cada vez que un forastero mostraba interés por su particularidad, el Viejo Rabino se soltaba la pretina y se la enseñaba.

LasRatasePub Con estas relaciones, el Viejo Rabino, al decir del Undécimo Mandamiento, se torció y dejó de frecuentar la iglesia. Don Zósimo, el Curón, que por entonces andaba de párroco en el pueblo, le decía: «Rabino, ¿por qué no vienes a misa?». El Viejo Rabino se encampanaba y respondía: «No hay Dios. Mi abuelo era un mono. Don Eustasio lo dice». Y cuando estalló la guerra, cinco muchachos de Torrecillórigo, capitaneados por el Baltasar, el del Quirico, se presentaron con los mosquetones prestos a la puerta de su casa. Era domingo y el Viejo Rabino apareció con su humilde traje de fiesta y sus zapatos apretados, y el Baltasar, el del Quirico, lo empujó con el cañón del mosquetón y le dijo: «Ahora voy a enseñarte yo dónde deben pastar las cabras». El Viejo Rabino parpadeaba y solo dijo: «¿Qué quieres?». Y el Baltasar, el del Quirico, dijo: «Que te vengas con nosotros». El Baltasar llevaba una cruz en el pecho y la Rabina miraba hacia ella como implorando, y luego miró para el Viejo Rabino, que, a su vez, se miraba a los pies calzados con zapatos, y dijo humildemente: «Aguarda un momento». Al regresar de la alcoba vestía el traje de pastor y calzaba las alpargatas de goma y dijo: «Hasta luego». Después le dijo a Baltasar: «Cuando quieras».

      Al día siguiente, el Antoliano encontró el cadáver en las Revueltas y cuando se presentó con él en la casa, al Rabino Chico, que apenas era un muchacho, aunque con dos vértebras coxígeas de más, se le cerró la boca y no había manera de hacerle comer. Don Ursinos, el médico de Torrecillórigo, dijo que el mal era nervioso y que le pasaría. Y cuando le pasó, el Rabino Chico se llegó donde don Zósimo, el Curón, y le dijo: «¿No es la cruz la señal del cristiano, señor cura?». «Así es» —respondió el Curón—. Y agregó el Rabino Chico: «¿Y no dijo Cristo: Amaos los unos a los otros?». «Así es» -respondió el Curón-. El Rabino Chico cabeceó levemente. Dijo: «Entonces, ¿por qué ese hombre de la cruz ha matado a mi padre?». La desbordada humanidad de don Zósimo, el Curón, parecía reducirse ante el problema. Se ajustó automáticamente el bonete antes de hablar: «Escucha —dijo al fin—, mi primo Paco Merino era párroco de Roldana, en el otro lado, hasta anteayer. ¿Y sabes cómo ha dejado de serlo?». «No» —dijo el Rabino Chico—. «Pues atiende —añadió el Curón—: le amarraron a un poste, le cortaron la parte con un gillete y se la echaron a los gatos delante de él. ¿Qué te parece?». El Rabino Chico cabeceaba, pero dijo: «Los otros no son cristianos, señor Cura». Don Zósimo entrelazó los dedos y dijo pacientemente: «Mira, Chico, cuando a dos hermanos, sean cristianos o no, se les pone una venda en los ojos, pelean entre sí con más encarnizamiento que dos extraños». Y el Rabino Chico dijo por todo comentario: «¡Ah!»

MapaLasRat

Mapa figurado del territorio donde se desarrolla la trama de "Las Ratas" elaborado por el propio Miguel Delibes

p30

…En ocasiones, el abuelo Román ladeaba la cabeza para escuchar o se echaba al suelo y examinaba atentamente las piedras, los terrones y las pajas de los rastrojos. En una de sus inspecciones recogió una oscura bolita de sobre una lasca y sonrió golosamente como si fuera una perla y el niño se sobresaltó:

    -    ¿Qué es, abuelo?

    -    ¿No lo ves? La freza, Nini. No andará lejos, está todavía reciente.

   -     Qué es la freza, abuelo?

   -    ¡Ji, ji, ji, la cagada! Pero ¿así andas?

De súbito, el abuelo Román se inmovilizó, con un dedo bajo la boina, los ojos fijos como dos botones, y dijo sin mover los labios:

- Ve, ahí está.

 Lentamente se fue incorporando, clavó en el suelo una de las cachabas y colocó la gorra sobre el mango. Después, como sin querer la cosa, fue describiendo un pequeño semicírculo mientras, a media voz, daba instrucciones al niño:

- No te muevas, hijo, se marcharía. ¿Ves esa lasca blanca a dos metros de la cacha? Ve, ahí está aculada la zorra de ella. No te muevas, ¿oyes? ¿No ves qué ojos tiene la indina? Quieto, hijo, quieto.

Liebre

El Nini no acertaba a ver la liebre, mas conforme el abuelo se aproximaba enarbolando la otra cachaba, la divisó. Los ojos amarillos del animal, clavados en la boina del abuelo, fosforecían entre los terrones. Poco a poco iban definiéndose para el niño los difusos contornos del animal: el hocico, las azuladas orejas pegadas al lomo, el trasero respaldado en la insignificante prominencia. La liebre, como las casas del pueblo, en prodigioso mimetismo, formaba un solo cuerpo con la tierra.

El abuelo se aproximaba a ella de costadillo, sin mirarla apenas, y cuando se halló a tres metros le lanzó violentamente la cayada describiendo molinetes en el aire. La liebre recibió el golpe sobre el lomo, sin moverse, y súbitamente se abrió como una flor y durante unos segundos se estremeció convulsivamente en el surco. El abuelo Román saltó sobre ella y la agarró por las orejas. Sus pupilas relampagueaban.

-   Es como un perro de grande, Nini. ¿Qué te parece?

-   Bien -dijo el niño.

-   Fue todo limpio, ¿no?

-   Sí.

  Mas al chiquillo no le agradó la faena del abuelo. Por principio le repugnaba la muerte en todas sus formas…

 ENINCI

p33

Pero una vez -para Santa Escolástica haría dos años-, el abuelo Román se rapó las barbas y enfermó. A la abuela Iluminada, que le velaba cada noche en la cueva, la encontraron tiesa un amanecer, sentada en el tajuelo, sin descomponer el gesto ni la figura, tal como dormida. La abuela Iluminada hacía cada año la matanza para los pudientes de los alrededores y ella se vanagloriaba de que ningún cerdo gruñía más de tres veces después de asestarle el golpe de gracia y de que nunca, en su larga vida, hizo mierda al sajar la membrana del animal.

LasRatasFilmAl llegar a la cueva el carro de la Simeona con el ataúd, el abuelo Román había muerto también y hubo necesidad de bajar por otro. El borrico de la Simeona arrastraba alegremente los dos féretros cárcava abajo, pero al llegar al puentecillo la rueda izquierda se hundió en una de las juntas y cayó al río. El ataúd de la abuela Iluminada se abrió entonces y ella apareció mirándoles tranquilamente, la boca abierta, como sorprendida, y las manos en el regazo. Pero allí, dentro del cajón, flotando en las sucias aguas, parecía una mujer en conserva. A la señora Clo, la del Estanco, al comentar la serena pasividad del cadáver, decía que a la Iluminada, hecha a vivir bajo tierra, la muerte no la espantaba.

 

p48

La lumbre chisporroteaba al fondo y sobre la mesa y los vasares la señora Clo había dispuesto, ordenadamente, la cebolla, el pan migado, el arroz y el azúcar para las morcillas. Al pie del fogón, donde se alineaban por tamaños los cuchillos, había un barreñón, tres herradas y una caldera de cobre brillante para derretir la manteca.

En el corral, los hombres se despojaron de las chaquetas de pana y se arremangaron las camisas a pesar de la escarcha y de que el aliento se congelaba en el aire. El Centenario, en el centro del grupo, arrastraba pesadamente los pies y se frotaba una mano con otra mientras salmodiaba: «En martes ni tu hijo cases ni tu cerdo mates». La señora Clo se volvió irritada al oírle: «Déjate de monsergas. Y si no te gusta, te largas». Luego se fue derecha a su marido, que se había arremangado como los demás y mostraba unos bracitos blancos y sin vello, y le dijo: «Tú no, Virgilio. Podrías enfriarte».

DibujoMatanza

El Antoliano abrió la cochiquera y tan pronto el marrano asomó la cabeza le prendió por una oreja con su mano de hierro y le obligó a tumbarse de costado, ayudado por el Malvino, el Pruden y el José Luis. Los chiquillos, al ver derribado el cochino que bramaba como un condenado y a cada berrido se le formaba en torno al hocico una nube de vapor, se envalentonaron y comenzaron a tirarle del rabo y a propinarle puntapiés en la barriga. Luego, entre seis hombres, tendieron al animal en el banco y el Nini le auscultó, trazó una cruz con un pedazo de yeso en el corazón y cuando el tío Ratero acuchilló con la misma firmeza con que clavaba la pincha en el cauce, el niño volvió la espalda y fue contando, uno a uno, los gruñidos hasta tres. De pronto, el Pruden voceó:

      -  ¡Ya palmó!

El Nini, entonces, dio media vuelta, se aproximó al cerdo y, con dedos expeditos, introdujo una hoja de berza en el ojal sanguinolento para reprimir la hemorragia y, finalmente, abrió la boca del animal y le puso una piedra dentro.

     Los hombres hacían corro en derredor de él y las mujeres cuchicheaban más atrás. Se oyó apagadamente la voz de la Sabina:

     - ¡Qué condenado crío! Cada vez que lo veo así me recuerda a Jesús entre los doctores.

El Nini procuraba ahuyentar el recuerdo de la abuela Iluminada para no cometer errores. Diestramente forró el cadáver del animal con paja de centeno y la prendió fuego; tomó una brazada ardiendo y fue quemando meticulosamente las oquedades de los sobacos, las pezuñas y las orejas. Se alzó un desagradable olor a chamusquina y, al concluir, el Mamertito, el chico del Pruden, y los sobrinos de la señora Clo descalzaron al bicho y comieron las chitas.

Había llegado el momento de la prueba, no porque el sajar al cerdo fuera tarea difícil, sino porque en esta coyuntura la referencia a la abuela Iluminada era inevitable. Al Nini le tembló ligeramente la mano que empuñaba el cuchillo cuando el Malvino voceó a su espalda:

- ¡Ojo, Nini, tu abuela en este trance nunca hizo mierda!

MatanzaEl niño trazó mentalmente una línea equidistante de las mamas y tiró la bisectriz de la papada al ano sin vacilar. Luego, al dividir delicadamente la telilla intestinal de un solo tajo, le rodeó un murmullo de admiración. El hedor de los intestinos era fuerte y nauseabundo y él los volcó en herradas distintas y, para terminar, introdujo en la abertura dos estacas haciendo cuña. Al cabo, el Antoliano y el Malvino le ayudaron a colgar el marrano boca abajo. Del hocico escurría un hilillo de sangre fluida que iba formando un pequeño charco rojizo sobre las lajas escarchadas del corral.

  

p83

Guadalupe, el capataz de los extremeños, que, pese a su nombre, era un muchacho atezado y musculoso, con bruscos y ágiles ademanes de gitano, les dijo de entrada a los mozos del pueblo en la taberna del Malvino que venían dispuestos a convertir Castilla en un jardín. El Pruden se había sonreído escépticamente y el Guadalupe le dijo: «¿Es que no lo crees?». Y el Pruden respondió melancólicamente: «Solo Dios hace milagros».

Los extremeños comenzaron el trabajo por la Cotarra Donalcio y en pocos meses la motearon de pimpollos, como la cara de un hombre picado de viruelas. Pero tan pronto concluyeron, un sol implacable derramó su fuego sobre la colina y los incipientes pinabetes comenzaron a amustiarse y a las dos semanas un setenta por ciento de los arbolitos trasplantados estaban resecos y chascaban al pisarlos como leña. Los supervivientes se defendieron unas semanas aún, pero al poco tiempo perecieron también calcinados y la faz de la Cotarra Donalcio volvió a ser tan adusta y hosca como antes de dejar su huella allí los extremeños. El yeso cristalizado brillaba en el borde de las hoyas de greda, y Guadalupe, el Capataz, al divisar los guiños del cerro desde los bajos juraba y decía:

LasRatasDestino- Todavía se cachondea el marica de él.

Hablaban de los cerros con rencor, pero, pese al estéril resultado, no cejaban en el empeño. A veces aparecía por el pueblo el ingeniero, que era un hombre campechano aunque con esa palidez que contagian las páginas de los libros a quien ha estudiado mucho y, entonces, se reunía con los doce extremeños en la taberna del Malvino y les arengaba como el general a los soldados antes del combate:

- Extremeños –decía-, tened presente que, hace cuatro siglos, un mono que entrara en España por Gibraltar podía llegar al Pirineo saltando de rama en rama sin tocar tierra. Con vuestro entusiasmo, el país volverá a ser un inmenso bosque…

 

p102

La cigüeña casi siempre inmigraba a destiempo, lo que no impedía que el Nini anunciase su presencia cada año con varios días de antelación. En la cuenca existía desde tiempo el prejuicio de que la cigüeña era heraldo de primavera, aunque en realidad, por San Blas, fecha en que de ordinario se presentaba, apenas iba mediado el duro invierno de la meseta. El Centenario solía decir: «En Castilla ya se sabe, nueves meses de invierno y tres de infierno». Y raro era el año que se equivocaba.

PlantasRatasTrigo, espliego, aliaga, salvia y tomillo.

… Tiempo atrás, el Nini solía subir al campanario cada primavera, por la fiesta de la Pascuilla, y desde lo alto de la torre, bajo los palitroques del nido, contemplaba fascinado la transformación de la tierra. Por estas fechas, el pueblo resurgía de la nada, y al desplegar su vitalidad decadente asumía una falaz apariencia de feracidad. Los trigos componían una alfombra verde que se diluía en el infinito acotada por la cadena de cerros, cuyas crestas agónicas se suavizaban por el verde mate del tomillo y la aliaga, el azul aguado del espliego y el morado profundo de la salvia. No obstante, los tesos seguían mostrando una faz torva que acentuaban las irisaciones cambiantes del yeso cristalizado y la resignada actitud del rebaño de Rabino Grande, el Pastor, ramoneando obstinadamente, entre las grietas y los guijos, los escuálidos yerbajos.

  SeComianRatasJUrdialesBajo el campanario se tendía el pueblo, delimitado por el arroyo, la carretera provincial, el pajero y los establos de don Antero, el Poderoso. El riachuelo espejeaba y reverberaba la estremecida rigidez de los tres chopos de la ribera con sus muñones reverdecidos. Del otro lado del río divisaba el niño su cueva, diminuta en la distancia, como la hura de un grillo, y según el cueto volvía, las cuevas derruidas de sus abuelos, de Sagrario, la Gitana, y del Mamés, el Mudo. Más atrás se alzaba el monte de encina del común y las águilas y los ratoneros lo sobrevolaban a toda hora acechando su sustento. Era, todo, como una portentosa resurrección, y llegada la Conversión de San Agustín la fronda del arroyo rebrotaba enmarañada y áspera; los linderones se poblaban de amapolas y margaritas, las violetas y los sonidos se arracimaban en las cunetas húmedas y los grillos acuchillaban el silencio de la cuenca con una obstinación irritante.

  Sin embargo, este año, el tiempo continuaba áspero por Santa María Cleofé, pese a que el calendario anunciara dos semanas antes la primavera oficial. Unas nubes altas, apenas tiznadas, surcaban velozmente el cielo, pero el viento norte no amainaba y las esperanzas de lluvia se iban desvaneciendo. Junto al arroyo, en las minúsculas parcelas donde alcanzaba el agua, sembraron los hombres del pueblo escarola, acelgas, alcachofas y guisantes enanos. Otros segaron los cereales de las tierras altas para forrajes verdes y dispusieron la siembra de trigos de ciclo corto. Las yeguas quedaron cubiertas y con la leche de las cabras y las ovejas se elaboraron quesos para el mercado de Torrecillórigo. En las colmenas recién instaladas se hizo el oreo para evitar la enjambrazón prematura y el Nini, el chiquillo, no daba abasto para atender las demandas de sus convecinos:

  - Nini, chaval, mira que quiero formar nuevas colonias. Si no cojo trigo siquiera que coja miel.

  - Nini, ¿es cierto que si no destruyo las celdillas reales el enjambre se me largará? ¿Y cómo demontre voy a conocer yo las celdillas reales?

  Y el Nini atendía a unos y a otros con su habitual solicitud.

  LasRatasCarat1Por San Lamberto, las nubes se disiparon y el cielo se levantó, y sobre los campos de cereales empezaron a formarse unos corros blanquecinos. El Pruden dio la alarma una noche en la taberna:

  -¡Ya están ahí las parásitas! –dijo-. La piedralipe no podrá con ellas.

  Le respondió el silencio. Desde hacía dos semanas no se oía en el pueblo sino el siniestro crotorar de la cigüeña en lo alto de la torre, y el melancólico balido de los corderos nuevos tras las bardas de los corrales. Los hombres y las mujeres caminaban por las sórdidas callejas arrastrando los pies en el polvo, la mirada ensombrecida, como esperando una desgracia. Conocían demasiado bien a las parásitas para no desesperar. El año del hambre el «ojo de gallo» arrasó los sembrados y dos más tarde el «cyclonium» no respetó una espiga. Los hombres del pueblo decían «cyclonium», entrecruzando los dedos mecánicamente, como veían hacer a don Ciro cada vez que soltaba cuatro latines desde el púlpito de la iglesia. A los más religiosos se les antojaba una blasfemia que se llamara «cyclonium» una parásita tan cruel y devastadora. No obstante, fuese su nombre propio o impropio, el «cyclonium» se ensañaba con ellos, o, al menos, amagaba todos los años por el mes de abril. El tío Rufo decía: «Si no fuera por abril no habría año vil». Y en el fondo de sus almas los hombres del pueblo alimentaban un odio concentrado hacia este mes versátil y caprichoso.

Por San Fidel de Sigmaringa, en vista de que la sequía se prolongaba, doña Resu propuso sacar el santo para impetrar la lluvia de lo Alto, siquiera don Ciro, el párroco de Torrecillórigo, con su excesiva juventud y su humildad, y su indecisa timidez, no les pareciera eficaz a los hombres del pueblo para un menester tan trascendente. De don Ciro contaban que el día que el Yayo, el herrador de Torrecillórigo, mató a palos a su madre y tras enterrarla bajo un montón de estiércol, se presentó a él para descargar sus culpas, don Ciro le absolvió y le dijo suavemente: «Reza tres Avemarías, hijo, con mucho fervor, y no lo vuelvas a hacer».

  LasRatasCarat2Con todas estas cosas la nostalgia hacia don Zósimo, el Curón, se avivaba todo el tiempo. Don Zósimo, el antiguo párroco, levantaba dos metros y medio y pesaba 125 kilos. Era un hombre jovial que no paraba nunca de crecer. Al Nini, su madre, la Marcela, le asustaba con él: «Si no callas —le decía—, te llevo donde el Curón, a que le veas roncar». Y el Nini callaba porque aquel hombre gigantesco, enfundado de negro, con aquel vozarrón de trueno, le aterraba. Y cuando las rogativas, el Curón no parecía implorar sino exigir y decía: «Señor, concédenos una lluvia saludable y haz correr por la sedienta faz de la tierra las celestiales corrientes» como si se dirigiera a un igual en una conversación confianzuda. Y con aquella su voz atronadora, hasta los cerros parecían temblar y conmoverse. En cambio, don Ciro, ante la Cruz de Piedra, se arrodillaba en el polvo y decía humillando la cabeza y abriendo sus débiles brazos: «Aplaca, Señor, tu ira con los dones que te ofrecemos y envíanos el auxilio necesario de una lluvia abundante». Y su voz era débil como sus brazos, y los vecinos del pueblo desconfiaban de que una petición tan desvaída encontrara correspondencia en lo Alto. Y otro tanto sucedía en las Misiones. Don Zósimo, el Curón, cada vez que subía al púlpito era para hablarles de la fornicación y del fuego del infierno. Y peroraba con voz de ultratumba y, al concluir el último sermón, los hombres y mujeres abandonaban la parroquia empapados en sudor, lo mismo que si hubieran compartido con los réprobos durante unos días las penas del infierno. Por contra, don Ciro hablaba dulcemente, con una reflexiva, cálida ternura, de un Dios próximo y misericordioso, y de la justicia social y de la justicia distributiva y de la justicia conmutativa, pero ellos apenas entendían nada de esto y si aceptaban aquellas pláticas era únicamente porque a la salida de la iglesia, durante el verano, don Antero, el Poderoso, y el Mamel, el hijo mayor de don Antero, se enfurecían contra los curas que hacían política y metían la nariz donde no les importaba.

  No obstante, el pueblo acudió en masa a las rogativas.

...

Por si le interesara (enlaces externos)

Catedra Delibes   
El Norte de Castilla: Delibes
(Cuando aquí se pusieron estos enlaces funcionaban y llevaban al sitio deseado. Su desaparición o ruptura sería ajena a fragmentos de libros)

    Comparta, si lo considera de interés, gracias:    

Fragmentos de libros. LA MUERTE DE UN VIAJANTE de Arthur Miller  Fragmentos (II):

 

Editorial:  CATEDRA Ediciones Letras Universales       Acceso/Volver a los fragmentos I de "La muerte de un viajante":  Pasarela Escorzo177

 

Continúa, del Acto Primero

 

 

(LINDA se guarda las medias en el bolsillo)

...

BERNARD (entra a toda prisa). ¿Dónde está? Como no se ponga a estudiar…

WILLY (se acerca al proscenio, muy agitado). ¡Tú le soplarás las respuestas!

BERNARD. Siempre lo hago, pero en un Regents no puedo. ¡Es un examen estatal! ¡Podrían arrestarme!

WILLY. Pero ¿dónde se ha metido? ¡Voy a darle unos buenos azotes! ¡Se va a enterar!

LINDA. Y es mejor que devuelva el balón, Willy. No está bien.

WILLY. ¡Biff! Pero ¿dónde está? ¿Por qué está tirándolo todo por la borda?

LINDA. Es demasiado bruto con las chicas, Willy. A la madres las tiene asustadas.

WILLY. ¡Es que le voy a dar una buena!

BERNARD. Además conduce sin carné.

DesignedCustomerLinda1(Se oye la risa de LA MUJER)*

  *(Nota de la edición) Es una manera eficaz y muy original de sugerir la conexión entre la actitud de Biff y lo que el joven va a descubrir más adelante sobre la relación de su padre con esta mujer, a la que precisamente va a delatar una carcajada como la que escuchamos en este punto. La voz de LA MUJER viene a sumarse a las de Linda y Bernard espetándole a Willy esas otras cosas de las que el protagonista es en cierta medida responsable)

WILLY. ¡Callaos!

LINDA. Todas las madres…

WILLY. ¡Callaos todos!

BERNARD. Si no se pone ya con ello, va a suspender matemáticas. (El final de la frase coincide con su salida del escenario.

WILLY (tomándola con LINDA). ¡A Biff no le ocurre nada! ¿Es que quieres que sea un don nadie como Bernard? Biff tiene ánimo, carácter, personalidad…

(WILLY sigue hablando, sin percatarse de que LINDA, a punto de romper a llorar, ha salido por la puerta que da al salón. WILLY está ahora solo en la cocina, inmóvil y absorto en sus pensamientos. Las hojas han desaparecido del escenario y vuelve a ser de noche y a verse los edificios que contemplan desde arriba la casa de WILLY.)            

WILLY. ¡Lo ha robado! ¡Robado! Pero, ¿por qué roba? Supongo que lo devolverá. Pero, ¿por qué lo ha robado? Yo nunca le he enseñado nada deshonesto.

(HAPPY, en pijama, acaba de bajar por las escaleras. WILLY súbitamente se da cuenta de que está a su lado)

HAPPY. Venga, vámonos. Anda.

WILLY (se sienta a la mesa de la cocina). ¡Caray! ¡Otra vez ha tenido que encerar el suelo ella sola! ¡Y eso que sabe que cuando lo hace se queda baldada!

HAPPY. Shhhh. Tranquilízate. ¿Por qué te has vuelto?

WILLY. Me he llevado un susto de muerte: casi atropello a un chico en Yonkers. ¡Dios mío! ¿Por qué no me fui a Alaska con mi hermano Ben en aquella ocasión? ¡Ben! Ese hombre sí que era un genio, la propia personificación del éxito. ¡Qué gran error! ¡Y eso que me rogó que me fuera con él!

HAPPY. Bueno, ahora ya no sirve de nada el…

WILLY. ¡Siempre estáis con lo mismo! ¿Hay muchos hombres que hayan empezado con un hatillo a la espalda y hayan terminado con minas de diamantes?

CartelConcocheHAPPY. La verdad es que me encantaría saber cómo lo hizo.

WILLY. ¡No hay ningún misterio! Ese hombre sabía lo que quería y fue a por ello. Entró en la selva y salió a los veintiún años. Estaba forrado. El mundo es como una ostra, hay que abrirlo y cuesta trabajo, pero tumbado en la cama no se consigue.

HAPPY. Papá, ya te he dicho que te voy a retirar de por vida y no vas a tener que trabajar más.

WILLY. ¿Qué tú me vas a retirar de por vida con setenta dólares que ganas a la semana? Me cago en… Cuando además tienes que pagar el coche, el apartamento, las mujerzuelas ésas… ¿Y tú eres el que me ha de retirar? Dios santos, no he sido capaz de ir más allá de Yonkers esta mañana! ¿Pero es que no os dais cuenta, todos vosotros? ¡Esto no es un fogata, es un incendio en toda regla! Ya ni siquiera soy capaz de conducir.

(Ha parecido CHARLEY en la puerta. Es un hombre corpulento, que habla despacio, de manera lacónica y casi sin inflexión. Siempre que habla, diga lo que diga, lo hace de modo lastimero, aunque en este preciso momento hay además en él un cierto nerviosismo. Lleva puesto un pijama, una bata y zapatillas de andar por casa. Entra en la cocina.)

CHARLEY. ¿Va todo bien por aquí?

HAPPY. Sí, Charley, no te…

WILLY. ¿Qué pasa?

CHARLEY. He oído ruido y me pareció que pasaba algo. Habría que hacer algo con las paredes. Estornudáis aquí y en mi casa vuelan hasta los sombreros.

HAPPY. Vámonos a la cama, papá. Venga.

(CHARLEY le hace señas a HAPPY para que suba él solo.)

WILLY. Ve tú. No tengo sueño aún.

HAPPY (a WILLY). Cálmate, ¿vale? (Sale.) 

kweku collinsWILLY. ¿Qué haces levantado?

CHARLEY (se sienta en la mesa de la cocina frente a WILLY) No podía dormir. Ardor de estómago.

WILLY. Es que no sabes comer.

CHARLEY. Sí, con la boca.

WILLY. Eres un ignorante. Deberías leer cosas sobre las vitaminas y todo eso.

CHARLEY. ¿Te hace una partida? Igual así te entra sueño.

WILLY (lo duda un instante). Vale. ¿Has traído las cartas?

CHARLEY (saca un mazo de cartas del bolsillo). Pues sí. Están por aquí. ¿Qué me decías de las vitaminas esas?

WILLY (barajando). Fortalecen los huesos. Es pura química.

CHARLEY. Sí, pero el ardor de estómago no tiene nada que ver con los huesos.

WILLY. Pero ¿qué dices? Si es que no sabes nada de nada.

CHARLEY. No te enfades.

WILLY. Pues no hables de cosas que no entiendes.

(Comienza la partida. Breve pausa.)

CHARLEY. ¿Por qué has vuelto?

WILLY. He tenido un problemilla con el coche.

CHARLEY. Ah. (Breve pausa.) Me gustaría hacer un viaje a California.

WILLY. No me digas.

CHARLEY. ¿Quieres un trabajo?

WILLY. Ya tengo uno, te lo he dicho muchas veces. (Breve pausa.) ¿Para qué demonios me ofreces trabajo?

CHARLEY. No te ofendas.

WILLY. Pues no me insultes.

ViajanteMaletasCHARLEY. Pero es que no lo entiendo. Si sigues así es porque quieres.

WILLY. Tengo un buen trabajo. (Breve pausa.) Es que no sé para qué vienes aquí una y otra vez con la misma cantinela.

CHARLEY. Si quieres me voy.

WILLY (Tras una pausa, durante la que se viene un poco abajo). No lo entiendo. Piensa volver a Texas. Pero ¿para qué?

CHARLEY. Déjale que se vaya.

WILLY. Tampoco tengo nada que ofrecerle, Charley, Estoy sin blanca. Sin blanca.

CHARLEY. No se va a morir de hambre. Saben buscarse la vida. Deja de preocuparte por él.

WILLY. Entonces, ¿de qué me tengo que preocupar?

CHARLEY. Te lo tomas todo muy a pecho. A hacer gárgaras. Las cosas son como son y hay que aceptarlas.

WILLY. Para ti es fácil decirlo.

CHARLEY. No, no es fácil.

WILLY. ¿Has visto el techo nuevo del salón?

CHARLEY. Sí, has hecho un gran trabajo. Para mí color un techo nuevo es un misterio absoluto. ¿Cómo lo haces?

WILLY. Y ¿qué más da?

CHARLEY. No, quiero escucharlo.

WILLY. Entonces, ¿para qué demonio me lo preguntas? ¡Qué pesado!

CHARLEY. Te enfadas por cualquier cosa.

WILLY. Un hombre que no sabe manejar herramientas no es un hombre de verdad. Me das asco.

CHARLY. No me hables así, Willy.

(Por la esquina derecha de la casa y directamente al proscenio hace su entrada TIO BEN. Lleva un maletín y un parasol. Es un hombre fío, de unos sesenta años, con bigote y que inspira respeto. Está completamente seguro de sí mismo y de su camino y desprende un aura de lugares lejanos. Su entrada debe coincidir exactamente con la siguiente frase de WILLY.)

CadaDiaMasCansadoWILLY. Estoy cada vez más cansado, Ben.

(Se escucha la música de BEN. Éste mira a su alrededor, contemplando cada objeto.)

CHARLEY. Estupendo; sigamos jugando. Vamos a dormir a pierna suelta, ya lo veras. ¿Me has llamado Ben?

(BEN consulta su reloj.)

WILLY. ¡Qué curioso! Por un instante me has recordado a mi hermano Ben.

BEN. Tengo solo unos minutos. (Pasea por el escenario, inspeccionándolo todo. WILLY y CHARLEY continúan con la partida.)

CHARLEY. No has vuelto a saber de él, ¿no? Desde aquella vez.

WILLY. ¿No te lo ha contado Linda? Hace un par de semanas nos llegó una carta de su mujer desde África. Ha muerto.

CHARLEY. No me digas.

BEN (ríe entre dientes). Así que esto es Brooklyn.

CHARLEY. Igual te cae algo en el testamento.

WILLY. ¡Qué va! Tenía siete hijos. Lo único de ese hombre podía haber dado fue…

BEN. Tengo que cogen un tren, William. Voy a ver unas fincas en Alaska a las que les he echado el ojo.

WILLY. Claro, claro. Si me hubiera ido con él a Alaska aquella vez, todo habría sido distinto.

CHARLEY. Venga ya, Willy. Lo único distinto es que allí te habrías congelado.

WILLY. Ya estás otra vez.

Alaska1BEN. Las oportunidades son enormes en Alaska, William. No entiendo como no estás allí.

WILLY. Si, es verdad, enormes.

CHARLEY. ¿Cómo dices?

WILLY. Es el único hombre que he conocido que tuviera todas las respuestas.

CHARLEY. ¿Quién?

BEN. ¿Cómo estáis todos por aquí?

WILLY (sonriendo y recociendo el dinero que acaba de ganar en la partida con CHARLEY). Bien, bien.

CHARLEY. Estás de suerte esta noche.

BEN. ¿Mamá vive con vosotros?

WILLY. No, murió hace mucho tiempo.

CHARLEY. ¿Quién?

BEN. Vaya. Mamá era una mujer de bandera.

WILLY (a CHARLEY). ¿Cómo?

BEN. Contaba con haber visto a la vieja.

CHARLEY. ¿Quién se ha muerto?

BEN. ¿Tienes noticias de papá?

WILLY (abatido). ¿Cómo que quién ha muerto?

CHARLEY (Ahora es CHARLEY quien ha ganado y quien recoge el dinero). ¿De quién estás hablando?

BEN (mirando de nuevo el reloj). William, son las ocho y media.

WILLY (como forma de ahuyentar su propia confusión mental detiene, enfadado, la mano de CHARLEY). ¡Ese juego es mío!

CHARLEY. Pero si he sacado yo el as…

WILLY. Si no sabes jugar, no pienso perder mi tiempo ni mi dinero.

CHARLEY (levantándose). ¡Ese as era mío! ¡Me cago en diez!

WILLY. Ya no juego más. Se acabó.

BenYWillyLoman

BEN. ¿Cuánto hace que murió mamá?

WILLY. Mucho. Nunca has sabido jugar a las cartas.

CHARLEY (recoge las cargas y se dirige a la puerta). ¡Vale! ¡Muy bien! La próxima vez traeré una baraja con cinco ases.

WILLY. Yo no hago trampas.

CHARLEY (volviéndose hacia él). Debería darte vergüenza.

WILLY. ¿Ah sí?

CHARLEY. ¡Sí! (Sale.)

WILLY (dando un portazo tras él). ¡Imbécil!

BEN (mientras WILLY se acerca hasta él cruzando la pared de la cocina). Así que tú eres William.

WILLY (estrechando la mano de BEN). Ben, llevo tanto tiempo esperándote. Contéstame. ¿Cómo lo lograste?

BEN. Uf, es una larga historia.

(LINDA entra directamente al proscenio, con su aspecto de años, llevando una cesta con la colada.)


LINDA. ¿Éste es Ben?

BEN (mostrando toda su galantería). Es un placer conocerte, querida.

DesignedCustomerLinda2LINDA. ¿Dónde te has metido todos estos años? Willy nunca ha terminado de entender por qué…

WILLY (tomando a BEN del brazo, lo aparta de ella. Está impaciente por continuar la conversación). ¿Dónde está papá? ¿No fuiste a buscarlo? ¿Cómo te abriste camino?

BEN. Bueno, no sé qué es lo que recuerdas exactamente.

WILLY. Era un niño, claro, tendría tres o cuatro años…

BEN. Te faltaba un mes para cumplir los cuatro años.

WILLY. ¡Menuda memoria, Ben!

BEN. He llevado adelante muchas cosas, William, y jamás he tenido que anotar nada.

WILLY. Me acuerdo que estaba yo sentado al lado de la carretera de Nebraska, creo.

BEN. En Dakota del sur. Y te regalé un ramo de flores silvestres.

WILLY. Te recuerdo marchándote por alguna de esas carreteras.

BEN (ríe). Sí, iba a buscar a papá a Alaska.

WILLY. ¿Dónde está?

BEN. A aquella edad o sabía nada sobre geografía, William. Al cabo de unos días me di cuenta de que iba hacia el sur y, en lugar de Alaska, me encontré en África.

LINDA. ¡África!

WILLY. ¡La Costa de Oro!

BEN. Minas de diamantes, sobre todo.

LINDA. ¡Minas de diamantes!

BEN. Sí, querida. Pero solo dispongo de unos minutos y…

WILLY. ¡No! ¡Chicos! ¡Hijos míos” (Salen BIFF y HAPPY con aspecto de hace años.) Quiero que oigáis esto. Éste es vuestro tío Ben, un gran hombre. Cuéntaselo a ellos, Ben.

BEN. Pues bueno, chicos, cuando tenía diecisiete años me adentré en la jungla y no salí hasta que tenía veintiuno…

WillyConLlave

Del ACTO SEGUNDO

276

(Pausa.)

CHARLEY (se acerca a él con amabilidad). ¿Cuánto necesitas, Willy?

WILLY. Charley, estoy tieso, tieso. No sé que hacer- Me acaban de despedir.

CHARLEY. ¿Que Howard te ha despedido?

WILLY. El cretino ese. Increíble, ¿no? Cuando yo le puse ese nombre. Se llama Howard por mí.

CHARLEY. Willy, ¿cuándo vas a entender que esas cosas no significan nada? Vale, se llama Howard por ti. Y ¿a quién puedes venderle eso? Lo único que tienes de verdad en la vida es aquello que puedes vender. Bueno, pues resulta que te ganas la vida vendiendo y aún no te has dado cuenta.

WILLY. Supongo que siempre he intentado verlo de otro modo. Yo creía que si un hombre dejaba impresionados a los demás, caía bien, nada…

JPMorganCHARLEY. Pero ¿por qué tienes que caerle bien a todo el mundo? ¿A quién le caía bien J.P. Morgan? ¿Dejaba impresionados a los demás? En un baño turco podría pasar por un carnicero. Pero cuando se colocaba la cartera, entonces sí que caía bien y yo tampoco es que esté loco por ti, pero te ofrezco un empleo porque… Diablos, porque sí, ya está. Venga ¿qué contestas?

WILLY. Es que no sé explicártelo, pero no puedo trabajar para ti, Charley.

CHARLEY. ¿Qué pasa? ¿Estás celoso de mí?

WILLY. No puedo trabajar para ti, ya está, no me preguntes por qué.

CHARLEY (enfadado, saca unos cuantos billetes más de la cartera). Toda la vida me has tenido envidia, ¡maldito estúpido! Venga, paga el seguro. (Le pone el dinero en la mano a WILLY.)

WILLY. Llevo las cuentas al dedillo.

CHARLEY. Tengo trabajo. Cuídate. Y paga el seguro.

WILLY (va hacia la derecha). ¡Qué curioso! Toda la vida por esas carreteras, en tren, todas las citas, años y años, y al final vales más muerto que vivo.

CHARLEY. Willy, muerto nadie vale nada. (Breve pausa.) ¿Me has oído?

 

295

WILLY. ¿Quieres dejar de reírte? ¿Quieres hacer el favor?

LA MUJER.  Pero, ¿es que no vas a abrir la puerta? Va a despertar a todo el hotel.

WILLY. No estoy esperando a nadie

LA MUJER.  ¿Por qué no te tomas otra copa, cariño, y dejas de pensar únicamente en ti mismo?

WILLY. Estoy muy solo.

LA MUJER.  Ya sabes que has sido mi perdición, Willy. Desde ahora, cada vez que vengas por la oficina, me encargaré de que no tengas que esperar junto a mi mesa. Te pasaré a ti antes que a los demás vendedores. Has sido mi perdición.

WILLY. Me gusta escucharte decirlo.

ConLaMujerLA MUJER.  ¡Jolín, es que solo piensas en ti mismo! ¿Pero por qué tan triste? Eres el ser más triste y menos generosos que he veído… visto… nunca. (Ella se ríe y el la besa) Entra conmigo, viajante mío. ¡A quién se le ocurre ponerse la ropa en mitad de la noche! (Coincidiendo con nuevos golpes en la puerta.) Pero ¿es que no vas a abrir la puerta?

WILLY. Se han equivocado de habitación.

LA MUJER.  Pero yo he oído como llamaban. Y quien sea nos ha oído hablar aquí dentro. ¡A lo mejor hay un incendio en el hotel!

WILLY (cada vez más atemorizado). Se equivocan.

LA MUJER.  ¡Entonces, dile que se vaya!

WILLY. No hay nadie fuera.

LA MUJER.  Willy, me está poniendo muy nerviosa. Hay alguien ahí fuera y me está poniendo nerviosa.

WILLY (la empuja para que se aparte de él). Vale, quédate en el cuerto de baño y no salgas. Hay leyes contra esto en Massachussets (*),

*(Nota de la edición) Lo más sorprendente no es que en los años 20 el adulterio fuera considerado delito en Massachussets sino que siga siéndolo (además de en Idaho, Michigan, Oklahoma y Wisconsin; en muchos otros estados se considera “solo” una falta). Obviamente, es una legislación que no suele llevarse a efecto, aunque en 1980 una pareja fue sorprendida en ese estado practicando relaciones sexuales en el interior de un vehículo. Ambos estaban casados (con otras parejas) y se les impuso una multa. La mujer recurrió y en 1983 la Corte Suprema del estado falló contra ella. En la conocida sentencia Commonwealth vs. Stowell, se afirma que las leyes contra el adulterio de Massachussets se ajustan a derecho y, por tanto, son de aplicación.

así que no vayas a salir. A lo mejor es ese recepcionista nuevo. Parecía tener muy mala idea. No se te ocurra salir. Se están equivocando de habitación ¿Cómo va a haber un incendio?

(Se vuelve a escuchar cómo golpean la puerta. WILLY se aparta de LA MUJER unos pasos, mientras ella se esconde entre bastidores. La luz acompaña a WILLY en sus movimientos y de pronto el viajante se encuentra con el JOVEN BIFF, que lleva una maleta. BIFF se acerca a su padre. Deja de oírse la música.)

BIFF.  ¿Por qué no abrías?

WILLY. ¡Biff! ¿Qué estás haciendo en Boston?

BIFF.  ¡¿Por qué no abrías?! Llevo cinco minutos llamando y antes lo había intentado por teléfono…

WILLY. Acabo de oír la puerta. Estaba en el baño. ¿Ha ocurrido algo en casa?

BIFF.  Papá… Te he fallado.

WILLY.¿Qué quieres decir?

BIFF.  Papá…

WILLY. Biff, ¿qué te pasa? (Le pasa un brazo por encima del hombro.) Venga, vamos abajo y te tomas un batido.

BIFF. Papá, he suspendido las matemáticas.

WILLY. ¿El examen final?

BiffLomanBIFF.  Sí. No tengo créditos suficientes para graduarme.

WILLY.¿Me estás diciendo que Bernard no te ha soplado las respuestas?

BIFF. Sí, sí, bueno, lo intentó, pero solo obtuve sesenta y un puntos.

WILLY.¿Y no te piensan dar los cuatro que te faltan?

BIFF. Birnbaum se ha negado en redondo. Se lo he rogado, papá, pero no ha querido. Tienes que hablar con él antes de que se vaya de vacaciones. Porque si viera el tipo de hombre que eres y le hablaras de esa manera que tú sabes, seguro que me ayudaría. Es que su clase era justo antes del entrenamiento y no he ido apenas. ¿Vas a hablar con él? Le caerás bien, papá. Ya sabes con qué habilidad convences a la gente.

WILLY. Tienes toda la razón. Ahora mismo cogemos el coche y nos volvemos a casa.

BIFF. ¡Bien, papá! Seguro que si hablas con él, se arregla todo.

WILLY. Ve abajo y dile al recepcionista que me prepare la cuenta. Venga, ve abajo.

BIFF. ¡Sí señor! Verás, papá, la razón por la que me tiene manía es que… Un día se retrasó y, mientras venía, me puse en la pizarra a imitarlo. Con los ojos bizcos y ceceando.

WILLY (riendo). ¿Ah sí? ¿Les gustó a los otros chicos?

BIFF. Casi se mueren de la risa.

celinacurry zenderposterWILLY. ¿Sí? ¿Y cómo lo hacías?

BIFF (ceceando). La raíz cuadrada de cecenta y trez ez… (Willy ríe a carcajadas; BIFF también.) Y justo entonces va y llega él.

(WILLY se ríe y LA MUJER lo hace también, aunque desde fuera del escenario.)

WILLY (sin pensarlo un instante). Venga, date prisa, ve abajo y…

BIFF.¿Hay alguien ahí dentro?

WILLY. No, era la habitación de al lado

(vuelven a oírse las risas de  LA MUJER.)

BIFF. Hay alguien en el baño.

WILLY. No, es la habitación de al lado, hay una fiesta y…

LA MUJER  (entra riendo y también ceceando). ¿Puedo entrar? Hay algo en mi bañera, Willy, y ze eztá moviendo. (WILLY se vuelve para mirar a BIFF, que contempla a LA MUJER con la boca abierta, horrorizado.)

WILLY. Bueno, pues es mejor que vuelva a su habitación. Ya deben de haber terminado de pintar. Están pintando su habitación y la he dejado que se duche aquí. Venga, vuelva ya a… (La empuja)

LA MUJER (resistiéndose). Pero tengo que vestirme, Willy, no puedo…


MediasRedStocking

WILLY. Váyase de aquí. Vuelva, vuelva… (De pronto trata de adoptar una actitud que haga que todo parezca natural.) Te presento a la señorita Francis, una clienta. Mi hijo Biff. Están pintando su habitación. Vuelva, señorita Francis, vuelva ya a…

LA MUJER. Pero ¿y mi ropa? No puedo salir desnuda al pasillo.

WILLY (tratando de sacarla del escenario a empujones). ¡Salga de aquí! ¡Váyase a su habitación, váyase!

(Poco a poco, BIFF se sienta en la meleta mientras WILLY y LA MUJER continúan discutiendo fuera de escena.)

LA MUJER.¿Dónde están mis medias? Me prometiste que me comprarías medias, Willy.

WILLY. ¡Ahora no tengo ninguna!

LA MUJER. Me habías traído dos cajas de la talla nueve extrafinas y quiero que me las des.

WILLY. Vale, vale, toma, caramba. ¿Te vas a marchar ya?

LA MUJER. (reaparece en escena con una caja de medias). Espero que por lo menos no haya nadie en el pasillo. Por lo menos. (A BIFF) ¿Fútbol o béisbol?

BIFF. Fútbol.

LA MUJER (enfadada y humillada). Yo también soy más de fútbol. Buenas noches. (De un manotazo le quita a WILLY su ropa y sale)…

Del REQUIEM

 ViñetasArgumento

BIFF. Pero tenía unos sueños equivocados. Completamente equivocados.

HAPPY (casi dispuesto a pelear con BIFF). ¡No digas eso!

BIFF. Nunca entendió quién era en realidad.

CHARLEY (deteniendo a HAPPY, que da unos pasos y está a punto de contestar. A BIFF). Que no se le ocurra a nadie culpar de nada a este hombre. No lo entendéis. Willy era viajante. Y un viajante no es alguien que va por la vida pisando el suelo. No une tuercas y pernos, no te explica las leyes, no te receta medicinas. Es alguien que está allí arriva, en el cielo, que cabalga sobre una sonrisa y el lustre de sus zapatos. Y cuando empiezan a no devolverle esa sonrisa…. Entonces ocurre un terremoto. Lo siguiente es descubrir un par de manchas en el sombrero. Ahí has acabado. Que no se le ocurra a nadie culpar de nada a este hombre. Un viajante tiene que soñar, chico. Así el la vida.

BIFF. Charley, este hombre nunca entendió quién era en realidad

HAPPY (furioso). ¡No vuelvas a decir digas eso!

...

Acceder al comienzo de "La muerte de un viajante":  LaMuerteDeUnViajante

 Comparta, si lo considera de interés, gracias:    

Fragmentos de libros. LA GUERRA DEL FUTBOL de Ryszard Kapuscinski  Fragmentos II:

 

                     Editorial:   Anagrama         Acceso/Volver a Fragmentos I de "La guerra del fútbol"..: VCalderon177

..

Continúa reportaje "La guerra del fíúlbol"

...

... En esta ocasión, Luis expresó su opinión sobre la guerra quese nos avecinaba, después de doblar el periódico en el que acababa de leer una crónica deportiva dedicada al partido de fútbol que habían jugado las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador. Los dos equipos luchaban por clasificarse para el Mundial que, según lo anunciado, se celebraría en México en 1970.

Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento.

El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron víctima de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. A cada momento estallaban con estruendo los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los cláxones de los coches que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos llenos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie.

Al día siguiente, Honduras venció al equipo de El Salvador, muerto de sueño, por 1 a 0.

CLaGdelFutboluando el delantero centro del equipo hondureño, Roberto Cardona, metió en el último minuto el gol de la victoria, en El Salvador, una muchacha de dieciocho años, Amelia Bolaños, que estaba viendo el partido sentada frente al televisor, se levantó de un salto y corrió hacia el escritorio, en uno de cuyos cajones su padre guardaba una pistola. Se suicidó de un disparo en el corazón. «Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria», publicó al día siguiente el diario salvadoreño El Nacional. Transmitido en directo por televisión, al entierro de Amelia Bolaños asistió la capital entera. Encabezaba el cortejo fúnebre la compañía de honor del ejército de El Salvador, portando su estandarte. Detrás del féretro, cubierto con la bandera nacional marchaba el presidente de la república acompañado de sus ministros. Tras el gobierno desfilaban los once jugadores del equipo de El Salvador, que esa misma mañana habían vuelto al país a bordo de un avión especial, no sin que antes, en el aeropuerto de Tegucigalpa, les llenaran de vituperios, les escupieran en la cara, los ridiculizaran y vilipendiaran.

Una semana después se celebraba en un campo de fútbol de bello nombre, Flor Blanca, de la capital salvadoreña, San Salvador, el partido de vuelta. Esta vez fue el equipo de Honduras el que pasó la noche en blanco: una multitud de hinchas encolerizados rompieron todos los cristales de las ventanas del hotel para, a continuación, arrojar al interior de las habitaciones toneladas de huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Los jugadores fueron llevados al estadio en carros blindados de la I División Motorizada de El Salvador, lo que los salvó de la venganza del vulgo sediento de sangre que se apiñaba a lo largo del trayecto, enarbolando los retratos de la heroína nacional, Amelia Bolaños.

Las afueras del estadio estaban tomadas por el ejército. Alrededor del campo mismo, cordones de soldados del regimiento de élite de la Guardia Nacional blandían sus metralletas listas para disparar. Cuando sonó el homno nacional de Honduras, el estadio estalló en gritos, silbidos, abucheos e insultos, que no cesaron hasta la última nota. A continuación, en lugar de la bandera nacional de Honduras, que había sido quemada minutos antes para gran júbilo de los espectadores, locos de alegría, los anfitriones izaron en el asta un harapo sucio y hecho jirones. Resulta evidente que, dadas las circunstancias, los jugadores de Tegucigalpa no pudieron pensar en el juego. Solo pensaban en si iban a salir de allí con vida. «Menos mal que hemos perdido este partido», dijo con alivio el entrenador del equipo visitante, Mario Griffin.

El Salvador ganó por 3 a 0.

FgramaPartido

FgramaPartido pie1

FgramaPartido pie2

Directamente del campo de fútbol, el equipo de Honduras fue llevado al aeropuerto en los mismos carros blindados que los habían traído. Peor suerte corrieron sus hinchas, que, golpeados y pateados sin piedad, huían hacia la frontera. Dos personas resultaron muertas. Docenas tuvieron que ser hospitalizadas. Ciento cincuenta coches hondureños fueron incendiados. Pocas horas después, la frontera entre ambos países quedaba cerrada.

Todo esto lo leyó Luis en el periódico y dijo que habría guerra. En sus tiempos había sido un gran reportero y conocía a la perfección el terreno.

En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militares solo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el Campeonato Mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño, estaba destrozado: «La derecha militar», dijo, «tiene asegurados por lo menos cinco años de gobierno sin que nadie la importune». En su camino hacia el título de campeón, Brasil ganó a Inglaterra. El diario Jornal dos Sportes, que se publican en Río de Janeiro, explica la causa de la victoria en el artículo titulado «Jesús defiende a Brasil» con estas palabras: «Cada vez que el balón se acercaba a nuestra portería y parecía que nada podría salvarnos del gol, Jesús bajaba un pie de entre las nubes y despedía la pelota fuera del campo». El artículo se publicó acompañado de dibujos que ilustraban ese fenómeno sobre natural.

El que va al campo del fútbol puede perder la vida. Tomemos como ejemplo un partido en el que México pierde con Perú por 1 a 2. Desesperado, un hincha mexicano exclama en tono sarcástico: «¡Viva México!» Instantes después muere masacrado por la multitud. No obstante, también hay veces que estas fuertes emociones acumuladas se descargan de otra forma. Después del partido en el que México ganó a Bélgica por 1 a 0, borracho de tanta felicidad, Augusto Mariaga, alcalde de la cárcel de Chilpancingo (estado de Guerrero), que alberga exclusivamente a presos condenados a cadena perpetua, recorre los pasillos pistola en mano, dispara al aire y, al grito de «¡Viva México!», abre una a una todas las celdas, dejando en libertad a 142 criminales peligrosos. El tribunar absuelve a Mariaga, «porque, según se puede leer en la motivación de la sentencia, actuaba llevado por un arrebato de patriotismo».

- ¿Crees que merece la pena ir a Honduras? –le pregunté a Luis, que en aquella época era redactor de Siempre, un semanario serio e influyente.

- Creo que sí –me contestó-, seguro que pasará algo.

A la mañana siguiente aterricé en Tegucigalpa.

Al anochecer un avión sobrevoló la ciudad y arrojó una bomba…

laopinionpopularimagen: http://www.laopinionpopular.com.ar/noticia/16134-la-guerra-del-futbol-una-historia-de-pelota-y-metralla.html 

 

La guerra del fútbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas.

Las hostilidades cesaron gracias a la intervención de los países de América Latina, si bien la frontera entre Honduras y El Salvador sigue siendo, hasta la fecha, escenario de muchas escaramuzas armadas en el curso de las cuales mueren personas y las aldeas se convierten en cenizas.

La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en lo siguiente: El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano (más de 160 personas por kilómetro cuadrado). La gente se agolpa en un espacio tremendamente reducido, máxima cuando la inmensa mayoría de la tierra está en manos de catorce poderosos clanes de terratenientes. Incluso se dice que «El Salvador es la propiedad particular de catorce familias». Mil latifundistas poseen exactamente diez veces más extensión de tierra que la que poseen cien mil campesinos juntos. Dos tercios de la población rural no tienen ni un acre. En unas migraciones que se han prolongado durante años, una buena parte de este campesinado ha emigrado a Honduras, donde había grandes extensiones de tierra sin dueño. Honduras (112.000 kilómetros cuadrados) es casi seis veces mayor que El Salvador, al tiempo que tiene una población dos veces menor (alrededor de dos millones y medio de habitantes). Se trataba de una emigración bajo cuerda, ilegal, pero tolerada por el gobierno de Honduras durante años.

Mapa Hon ElSalLos campesinos de El Salvador se establecían en Honduras, fundaban sus aldeas y llevaban una vida algo mejor que la que dejaban atrás. Su número alcanzó los trescientos mil.

En los años sesenta se manifestaron los primeros síntomas de malestar entre los campesinos hondureños, que reclamaban tierras en propiedad. El gobierno proclamó un decreto de reforma agraria. Al ser un gobierno al servicio la oligarquía terrateniente y ejecutor de la voluntad de Estados Unidos, el decreto no preveía ni la fragmentación de los latifundios ni el reparto de las tierras pertenecientes al trust estadounidense United Fruit, que posee grandes plantaciones bananeras en el territorio de Honduras. El gobierno pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de El Salvador. Eso significaba que trescientos mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su vez, el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos, llevado del temor de una revuelta campesina.

El gobierno de Honduras insistía y el gobierno de El Salvador se negaba. Las relaciones entre los dos países se volvieron muy tensas. A ambos lados de la frontera, los periódicos llevaban a cabo una campaña de odio, calumnias e insultos. Mutuamente se tachaban de nazis, enanos, borrachos, sádicos, sabandijas, agresores, ladrones, etc. Organizaban pogromos e incendiaban comercios.

En estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones nacionales de fútbol de Honduras y El Salvador. El partido decisivo se jugó en terreno neutral, en México (ganó El Salvador por 3 a 2). Los hinchas de Honduras fueron acomodados en un lado del estadio y los de El Salvador en el opuesto, sentándose en medio cinco mil policías mexicanos armados con imponentes porras.

El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países.

El Salvador fue el primero en atacar. Tenía un ejército mucho más fuerte y contaba con una victoria fácil.

La guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta. Es un frontera trazada a ojo en medio de la selva, en un terreno montañoso que reclaman ambos países.

Parte de los emigrantes regresaron a El Salvador, mientras que otros siguen viviendo en Honduras.

Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra, porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y habían atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés solo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es.

                                                                                                    1969

Victoriano Gómez ante las cámaras de televisión.

 

FidelSchezHdezEl guerrillero Victoriano Gómez murió el 8 de febrero en San Miguel, una pequeña ciudad de El Salvador. Fue fusilado en el estadio, en una soleada tarde. La gente ocupaba las gradas desde la mañana. Después llegaron unidades móviles de la radio y la televisión. Los operadores colocaron sus cámaras. En el césped, junto a la portería, se hallaba un grupo de reporteros gráficos. Estaba preparado todo de tal manera que daba la impresión de que de un momento a otro iba a dar comienzo un partido de fútbol.

Primero trajeron a su madre. La mujer, prematuramente envejecida y ataviada con ropas modestas, se sentó frente al lugar en el que iba a morir su hijo. Durante unos instantes las gradas se sumieron en silencio. Pero al cabo de breves momentos la gente se puso a hablar, a cambiar impresiones, a comprar helados y refrescos. Los que más bulla metían eran los niños, que, al no caber en las gradas, se encaramaron a los árboles colindantes, desde donde tenían una buena vista del estadio.

Después apareció en el campo un camión militar del que primero bajaron los soldados del pelotón de fusilamiento. Tras de ellos, apareció en el césped Victoriano Gómez. Se apeó de un salto, recorrió con la vista las gradas y dijo en voz alta que pudo oírlo mucha gente:

- Soy inocente, amigos.

TheSoccerWarEl ruido del estadio amainó, aunque no por mucho tiempo, pues enseguida se oyeron unos silbidos procedentes del palco de honor que ocupaban dignatarios locales.

Las cámaras se pusieron en marcha; la retransmisión había empezado. Aquel día en El Salvador, todo el mundo pudo ver por televisión la ejecución de Victoriano Gómez.

Primero Victoriano se colocó frente a las gradas, junto a la pista. Pero los operadores lo conminaron a gritos para que se situase en el centro del estadio: buscaban mejor iluminación para así obtener mejores tomas. Él comprendió sus intenciones; obedeció, retrocedió hacia el centro del campo y allí –alto, moreno, veinticuatroañero- se puso en posición de firmes. Ahora desde las gradas sólo se veía una pequeña silueta, que era de lo que se trataba: a esa distancia, la muerte perdía su peso, su tangibilidad, su concreción; dejaba de ser muerte para convertirse en el espectáculo de la muerte. Tan solo los cámaras poseían el primer plano, ofrecían el rostro de Victoriano llenando la pantalla, gracias a lo cual la gente que lo seguía por televisión vio mucho más que la multitud congregada en el estadio.

Los disparos del pelotón de fusilamiento abatieron a Victoriano, y las cámaras mostraron cómo los soldados rodeaban el cuerpo inerte y contaban los orificios de bala. Llegaron a contar trece. El comandante del pelotón movió la cabeza en un gesto de aprobación y enfundó la pistola.

En realidad todo había acabado. Las gradas empezaron a vaciarse. La retransmisión también llegaba a su fin; los presentadores se despedían de los telespectadores. Los soldados se llevaron a Victoriano en el camión. Solo su madre se quedó allí, de pie, un rato más, inmóvil, rodeada por un grupo de curiosos que la contemplaban en silencio.

SelloJanosikNo sé qué más puedo añadir. Fue el Janosik(1) salvadoreño. Exhortaba a los campesinos a que ocupasen las tierras. Todo El Salvador es propiedad de catorce familias de latifundistas. Un país en el que vive un millón de campesinos sin tierra. Victoriano Gómez preparaba emboscadas a las patrullas de la Guardia Rural, todo un ejército privado al servicio de los terratenientes, reclutado entre los más peligrosos criminales. El terror de todas las aldeas. A esas gentes había declarado la guerra Victoriano.

La policía le dio caza una noche, cuando vino a San Miguel para visitar a su madre. La noticia de su captura fue celebrada por todo lo alto en las haciendas. Se organizaron interminables festejos. El jefe de la policía fue ascendido y felicitado por el mismo presidente.

Victoriano fue condenado a muerte.

El gobierno decidió vender cara esa muerte. Lo guiaban razones didácticas. En El Salvador hay mucho descontento, son muchos los que se rebelan. Los campesinos reclaman tierra, los estudiantes exigen justicia. El poder no podía desperdiciar la ocasión de montar un espectáculo que fuese una lección para la oposición. Así surgió la idea de transmitir la ejecución por televisión. Para todo el mundo, para que todo el mundo viera la muerte en primeros planos. Que la viera toda la nación. Que viera y que le diera que pensar.

Que viera.
Que le diera que pensar.

                                                                                                                      1971

(1)         Héroe popular polaco. Como Guillermo Tell y Robin Hood, un bandido que robaba a los ricos para ayudar a los pobres (N.de la T.)

Comparta, si lo considera de interés, gracias:  

          Contáct@ con

 fragmentosdelibros.com 

     FormContacto

         

             El Buda lógico

ElBudaLogico Servi

         

                      Usted

UstedModulo

         

© 2018 fragmentosdelibros.com. Todos los derechos reservados. Director Luis Caamaño Jiménez

Please publish modules in offcanvas position.