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Fragmentos de libros. NOCHES BLANCAS de Fiódor Dostoyevski  FINAL II:

 

 

Editorial: NordicaLibros       Acceso/Volver al Final I de "Noches blancas":  Navijon Nocturno177

 
(Se incorporan ilustraciones de esta edición de Nørdica libros creadas por Nicolai Troshinsky)

 

Continúa (Cuarta noche)...  

    ...

   ... Bajó la mirada, después quiso alzarla pero no pudo. Pocos minutos después se había sobrepuesto a la emoción; sin embargo, de repente se dio la vuelta, se acodó en la balaustrada de la orilla y se anegó en llanto.

    —Basta, no llore —empecé yo, pero al mirarla me faltaron las fuerzas para seguir; además, ¿qué le iba a decir?

   —No intente consolarme —decía ella llorando—, no me hable de él, no me diga que va a venir, que no me ha dejado con tanta crueldad, tan inhumanamente como lo ha hecho. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso había algo en mi carta, en esa infeliz carta?  

     Los sollozos le rompieron la voz, se me partía el corazón al verla.

    LeNotteBianche—¡Ah, qué inhumano y cruel! —volvió a empezar—. Y ni una línea, ¡ni una! Al menos, responder que no me necesitaba, que me rechazaba, pero ¡ni una sola línea en tres días! ¡Qué fácil le resulta herir, ofender a una pobre muchacha indefensa, culpable de quererlo! ¡Ah, cuánto he soportado estos tres días! ¡Dios mío, Dios mío! Cuando recuerdo que yo fui a él la primera vez, que me humillé, lloré, que le imploré aunque fuera una gota de amor… y después de todo eso… Escuche —se dirigió a mí y sus ojos negros comenzaron a brillar—, pero no es así, no puede ser así, ¡no es natural! O usted o yo nos hemos engañado, quizá no haya recibido la carta. ¿Quizá todavía no sepa nada? ¿Cómo es posible? Júzguelo usted, dígamelo, por el amor de Dios, explíquemelo porque yo no puedo entenderlo: ¿Cómo se puede obrar de una forma tan bárbara y grosera como él lo ha hecho conmigo? ¡Ni una sola palabra! Hasta con el hombre más insignificante del mundo se tiene más compasión. ¿Quizá haya oído algo? ¿Quizá le hayan contado algo sobre mí? —exclamó girándose hacia mí para preguntarme—. ¿Usted qué cree?

   —Escuche, Nástenka, iré mañana a verlo de parte de usted.
   —Bien.
   —Le preguntaré todo, se lo contaré todo.
   —Bueno.
  —Escriba usted una carta. No diga que no, Nástenka, no lo diga. Le obligaré a respetar su comportamiento, se enterará de todo y si…

  —No, amigo mío, no —me interrumpió—, ya basta. Ni una palabra más, ni una sola palabra mía, ni una línea, es suficiente. No lo conozco, ya no lo quiero, yo lo… ol… vidaré…

   No acabó de hablar.

  —¡Tranquilícese, tranquilícese! Siéntese, Nástenka —le dije y la senté en el banco.

  —Pero si estoy tranquila. Ya basta. Ha pasado. Las lágrimas se secarán. ¿Qué cree, que voy a echarme a perder, que voy a tirarme al agua?

   Mi corazón rebosaba, quería hablar pero no podía.

   —Dígame —ella agarró mi mano y siguió—, usted no habría actuado así, ¿no? Usted no habría abandonado a quien fue a usted por sí sola, usted no le habría lanzado burlas descaradas a un corazón débil y bobo. Usted habría cuidado de ella, ¿no? Usted se habría dado cuenta de que ella está sola, que ella no había sabido protegerse de su amor por usted, que no es culpable, no, que ella no es culpable… ¡que ella no ha hecho nada!… Ay, Dios mío… Dios mío… 

   —¡Nástenka! —grité yo al fin incapaz de contener la emoción—. ¡Nástenka! Está lastimando mi corazón, me mata usted, Nástenka, ¡no puedo callar más! Debo contárselo, decirle qué oprime mi corazón…

    Mientras hablaba, me había incorporado un poco. Ella me tomó de la mano y me miró sorprendida.

   —¿Qué le ocurre? —articuló al fin.

  —¡Escúcheme —dije resuelto—, Nástenka, escúcheme! Todo lo que voy a decirle ahora es una tontería, es irrealizable, es absurdo. Sé que nunca sucederá, pero no puedo callar más. En nombre de eso que ahora le hace sufrir, le suplico de antemano que me perdone. 

   —Pero ¿por qué? —dijo ella ya sin llorar y mirándome fijamente al mismo tiempo que una extraña curiosidad brillaba en sus sorprendidos ojos—. ¿Qué le ocurre?

  EnElBancoElAmor —Es irrealizable, pero la quiero, Nástenka, eso es lo que me ocurre. Bueno, ya lo he dicho —dije con un ademán—. Ahora usted verá si puede hablar conmigo como ha hablado ahora mismo, si puede al fin oír lo que voy a decirle…

    —Pero, pero… ¿y qué? —me interrumpió—. Hace mucho que sé que me quiere, pero siempre me parecía que, bueno, que usted me quería así, de cualquier manera, sencillamente. ¡Ay, Dios mío!

   —Al principio era sencillo, Nástenka, pero ahora, ahora… estoy justo igual que usted cuando fue a verlo a él con su hatillo. Peor que usted, Nástenka, porque él entonces no quería a nadie, pero usted sí.

  —¿Por qué me dice eso? No lo comprendo. Pero, dígame, ¿para qué me cuenta…? Bueno, no para qué, sino por qué así, tan de repente… ¡Dios, estoy diciendo tonterías! Pero es que usted…

    Nástenka estaba completamente confundida. Sus mejillas ardían; bajó la vista.

   —¿Qué puedo hacer, Nástenka , qué? Es culpa mía, me he aprovechado… Pero no, no, no es culpa mía, lo oigo, lo siento porque mi corazón me dice que tengo razón, porque yo no puedo hacerle daño, no puedo ofenderla. He sido su amigo, y ahora soy su amigo, no he cambiado en nada. Y ahora se me caen las lágrimas, bueno, dejemos que caigan, no molestan a nadie, que sigan cayendo. Se secarán, Nástenka … 

—Siéntese, siéntese usted —dijo ella tirando de mí hacia el banco—. ¡Ay, Dios mío!

No, Nástenka , no voy a sentarme, no puedo seguir aquí, ya no me verá más. Se lo diré todo y me iré. Sólo quiero decirle que usted nunca habría sabido que la quiero. Yo habría guardado el secreto. Yo no habría empezado a atormentarla con mi egoísmo, claro que no. Pero ahora no he podido contenerme, usted misma ha empezado a hablar del tema, usted es la culpable, usted tiene la culpa de todo, no yo. No puede echarme…

   —Que no, que yo no lo rechazo —dijo Nástenka ocultando como podía su confusión, la pobre.

    —¿Usted no me echa? Pero yo sí desearía escapar de usted. Y me iré, sólo que antes le contaré todo, porque mientras usted hablaba, yo no podía quedarme sentado, mientras usted lloraba, cuando usted se torturaba por… bueno, por —voy a ponerle nombre, Nástenka — haber sido rechazada, porque han rechazado su amor; yo sentía, yo entendía que mi corazón tenía tanto amor para usted, Nástenka, ¡tanto amor! Y era tan amargo no poder ayudarla con este amor que mi corazón se desgarraba y yo… yo no podía callar, tenía que hablar, Nástenka, ¡tenía que hablar!

   —Sí, sí, hábleme, hable conmigo —dijo Nástenka con un movimiento inexplicable—. A lo mejor le resulta extraño que le diga esto, pero… ¡hable! Después hablaré yo, ¡después yo le contaré todo!

    white nights—Me daba pena,Nástenka, me daba pena, amiga mía. Lo pasado, pasado está. La palabra dicha ya no puede volver, ¿no es así? Y ahora sabrá todo. Así que este es el punto de partida. Está bien. Ahora todo está muy bien, usted sólo escuche. Mientras estaba usted aquí sentada y llorando, yo pensaba para mí —¡oh, déjeme decir qué he pensado!—, pensaba que… —bueno, por supuesto que no es posible, Nástenka—, yo pensaba que usted…, que usted de alguna manera…, bueno, que de alguna forma completamente ajena, ya no lo quería. Ayer lo pensé, y anteayer ya lo había pensado, y entonces, Nástenka, yo habría actuado para…, sin duda habría actuado de forma que usted me quisiera, porque usted ha dicho, usted misma lo dijo,Nástenka, que ya casi me quería. ¿Y qué más? Pues esto es casi todo lo que quería decirle, sólo me queda contarle qué habría ocurrido si usted me hubiera querido, sólo eso, nada más. Escuche, amiga mía, porque a pesar de todo es usted mi amiga, yo, claro está, soy un hombre sencillo, pobre, tan insignificante, pero no se trata de eso —no hago más que decir lo que no es,Nástenka; es porque estoy azorado—, yo la querría tanto, tantísimo, que si usted lo quisiera a él y continuara queriendo a aquel que no conozco, usted no sentiría mi amor como una carga. Usted sólo oiría, usted sólo sentiría a cada minuto que un corazón agradecido, un corazón agradecido y cálido, late a su lado, por usted… ¡Oh,Nástenka! ¿Qué me ha hecho?

    —No llore, no quiero que llore —dijo Nástenka levantándose rápidamente del banco—, vamos, póngase de pie, venga conmigo, pero no llore, no llore —decía secándome las lágrimas con su pañuelo—, venga, vamos, quizá le cuente algo… Sí, ya que él me ha dejado, ya que me ha olvidado, aunque todavía lo quiera —no voy a engañarle—… pero respóndame. Si yo, por ejemplo, lo quisiera a usted, es decir, si yo… ¡Ay, amigo mío! Cuando pienso en cómo le he insultado antes, en cómo me he burlado de su amor cuando le elogié por no haberse enamorado de mí… ¡Dios mío! ¿Cómo he podido no verlo? ¿Cómo he sido tan tonta? Pero… estoy decidida, le contaré todo…

 —Mire, Nástenka, me voy, no hago más que torturarla. Ahora tiene remordimientos por haberse reído y yo no quiero, sí, no quiero que usted, además de su pena… Sí, la culpa es mía, Nástenka, ¡adiós!

   —¡Espere! Aún no he terminado, ¿puede esperar?

   —¿Esperar? ¿El qué? 

  —Yo lo quiero, pero se me pasará, se me tiene que pasar, es imposible que no se me pase; ya se me está pasando, puedo sentirlo… ¿Quién sabe? A lo mejor se termina hoy porque lo odio, porque se ha burlado de mí, mientras que usted ha llorado aquí conmigo, y por eso usted no me habría rechazado como él, porque usted me quiere y él no me quería, y porque, por último, yo lo quiero a usted… ¡Sí, lo quiero! Lo quiero como usted me quiere a mí, yo misma se lo había dicho antes, usted lo ha oído, lo quiero porque es usted mejor que él, porque es más agradecido que él, porque él…

     La pobrecita estaba tan alterada que no pudo terminar, apoyó la cabeza en mi hombro, luego en mi pecho y se echó a llorar amargamente. Yo la consolaba, la convencía, pero ella no podía parar; no hacía más que apretarme la mano y decir entre sollozos: «Espere, espere, enseguida paro. Quiero decirle… No crea usted que estas lágrimas… son sólo de debilidad, espere a que se me pase…». Por fin paró, se secó las lágrimas y echamos de nuevo a andar. Me hubiera gustado hablar, pero ella siguió pidiéndome que esperara. Los dos guardamos silencio. Por fin recobró el ánimo y empezó a hablar.

     —Y bien —empezó con voz débil y temblorosa, pero en la que ya resonaba algo que se me clavó directo en el corazón y le provocó dulce dolor—, no crea que soy tan inestable e inconstante, no crea que puedo olvidar y traicionar con tanta ligereza y rapidez. Un año entero lo he querido y juro por Dios que nunca, ¡nunca! le he sido infiel ni siquiera de pensamiento. Y él lo ha despreciado, él se ha reído de mí, ¡Dios le ampare! Pero ha herido e insultado a mi corazón. Yo… yo no lo quiero porque yo sólo puedo querer lo magnánimo, lo comprensivo, lo agradecido, porque yo misma soy así y él no es digno de mí, ¡Dios le ampare! Ha sido mejor que si yo me hubiera engañado con mis esperanzas y hubiera averiguado que era así… Bueno, ¡se acabó! Pero ¿quién sabe, mi buen amigo —continuó ella estrechándome la mano—, quién sabe si quizá todo mi amor no era un engaño de los sentimientos, una fantasía, quizá empezó como una chiquillada, por una tontería, porque estaba bajo la vigilancia de mi abuela? Quizá yo deba querer a otro, no a él, no a alguien así, sino a otro que se apiade de mí y… y… Bueno, dejémoslo —se interrumpió Nástenka ahogada de emoción—, yo sólo quería decirle…, yo quería decirle que, a pesar de que lo quiero a él —no, de que lo quería—, a pesar de eso, si usted todavía diría…, si usted siente que su amor es tan grande que puede desplazar en mi corazón al de antes, si usted quiere apiadarse de mí, si no quiere dejarme sola con mi destino, sin consuelo, sin esperanzas, si quiere quererme siempre como me quiere ahora, entonces le juro que mi agradecimiento…, que mi amor será al fin digno de su amor… ¿Va a prestarme su apoyo?

   —¡Nástenka! —exclamé yo ahogándome por los sollozos—, Nástenka, ay, Nástenka

   —Bueno, ya basta, es suficiente, ahora sí que es suficiente —dijo ella dominándose a duras penas—, ahora ya está todo dicho, ¿verdad? Usted es feliz y yo soy feliz, ni una palabra más sobre esto, espere, apiádese de mí… Hable de cualquier otra cosa, por el amor de Dios…

  PaseandoLaPromesa—Sí, Nástenka, dejemos de hablar de esto, ahora soy feliz, yo… Bien, Nástenka, hablemos de otra cosa, rápido, de otra cosa. Sí, estoy listo.

  No sabíamos qué decir, reíamos, llorábamos, dijimos miles de palabras sin relación ni sentido; tan pronto íbamos por la acera como nos dábamos la vuelta y empezábamos a cruzar la calle, después nos parábamos y volvíamos a cruzar a la orilla; éramos como niños…

  —Ahora vivo solo, Nástenka—empezaba yo—, y mañana…, bueno, claro, ya sabe que soy pobre, Nástenka, sólo tengo mil doscientos, pero no pasa nada…

  —Naturalmente que no, pero mi abuela tiene una pensión, ella no nos molestará. Tenemos que llevarnos a mi abuela.

  —Claro, tenemos que llevárnosla. Sólo que Matriona

  —Ah, ¡y nosotras tenemos a Fiokla!

  —Matriona es buena, tiene un único defecto: no tiene imaginación, Nástenka, ninguna imaginación, pero no pasa nada.

 —Da igual, las dos pueden estar juntas, pero mañana múdese a nuestra casa.

 —¿Cómo? ¡A su casa! De acuerdo, estoy dispuesto.

 —Sí, vivirá de alquiler con nosotras. Arriba tenemos el entrepiso, está vacío. Había una inquilina, una viejecita, noble; se ha ido y sé que mi abuela quiere que venga alguien joven. Yo le digo: «¿Por qué joven?». Y ella: «Por nada, yo ya soy vieja, pero no pienses que quiero casarte con él, Nástenka». Pero intuyo que es por eso…
   —¡Oh, Nástenka!

  Y los dos nos echamos a reír. —Bueno, ya está bien. ¿Dónde vive usted? Se me ha olvidado.

  —Donde el puente***, en la casa Baránnikov.

  —¿Es esa casa tan grande?

  —Sí, esa tan grande.

  —Ah, la conozco, es una buena casa, pero, ¿sabe?, déjela y véngase a la nuestra enseguida. 

   —Mañana mismo, Nástenka, mañana mismo; debo un poco del alquiler, pero no pasa nada… Voy a cobrar el sueldo enseguida.

   —¿Sabe? Puede que yo dé clases; aprenderé y daré clases…

   —Qué bien… A mí me van a dar una distinción muy pronto.

   —Entonces, mañana será nuestro inquilino.

   —Sí, e iremos a ver El barbero de Sevilla porque pronto volverán a representarlo.

  —Iremos, sí —Nástenka se reía—; no, mejor no vayamos a ver El barbero, sino otra…

   —Está bien, otra, será mejor, no lo había pensado.

  CiudadRojaMientras hablábamos, ambos caminábamos como embriagados, como en una nube, como si no supiéramos qué estábamos haciendo. Bien nos deteníamos y hablábamos largo rato en el mismo sitio, bien echábamos de nuevo a andar, Dios sabrá hacia dónde, y de nuevo risas, y de nuevo lágrimas… Entonces Nástenka quiso irse a casa, yo no me atreví a retenerla y quise acompañarla hasta la misma puerta; nos pusimos en camino y entonces, al cabo de cuarto de hora, estábamos en la orilla, en nuestro banco. Entonces ella suspiró, y las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos. Yo vacilo, siento frío… Pero al instante, ella me aprieta la mano y tira de mí para volver a andar, charlar, hablar…

   —Es hora de que me vaya a casa, creo que es muy tarde —dijo Nástenka al fin—. ¡ya basta de tanta chiquillada!

   —Sí, Nástenka, aunque yo no puedo dormir; no voy a ir a casa.

   —Creo que yo tampoco podré dormir, acompáñeme…

   —¡Sin falta!

   —Pero esta vez llegaremos hasta mi casa.

   —Seguro, seguro.

   —¿Palabra de honor? Porque alguna vez tendremos que volver a casa…

   —Palabra de honor —respondí yo riéndome.

   —Bien, vamos.

   —Vamos.

   —Mire el cielo, Nástenka, mañana será un día maravilloso, qué cielo tan azul, ¡qué luna! Vea, esa nube amarilla va a taparla, ¡vea, vea!… No, ha pasado de largo, ¡vea!

   Pero Nástenka no miraba la nube, estaba quieta y parada, como clavada en la tierra. Poco después se volvió como temerosa, se apretó contra mí. Su mano temblaba en la mía, la miré… Se apoyó en mí con más fuerza aún. 

   En ese momento un joven pasó por nuestro lado. Se paró, nos miró fijamente y dio unos pocos pasos más. Mi corazón empezó a temblar.

    — Nástenka —dije yo a media voz—, ¿quién es, Nástenka ?

    —¡Es él! —susurró ella acercándose y temblando más aún. Yo apenas podía tenerme en pie.

   LosViAlejarse—¡Nástenka! ¡Eres tú, Nástenka! —se oyó una voz detrás de nosotros y, en ese momento, el joven dio varios pasos hacia nosotros.

   ¡Qué grito, Dios mío! ¡Cómo se estremeció ella! ¡Cómo se soltó de mis brazos y voló a su encuentro!… Yo me quedé parado mirándolos, como un muerto. Pero apenas le había alargado la mano, apenas se había lanzado a sus brazos, cuando se giró de nuevo hacia mí, apareció junto a mí rápida como el viento, como un rayo, y antes de que yo me hubiera dado cuenta, me abrazó por el cuello y me besó fuerte, cálidamente. Después, sin haberme dicho ni una palabra, corrió de nuevo con él, lo cogió de la mano y lo arrastró tras de sí.

    Yo me quedé largo rato siguiéndolos con la mirada… Finalmente los dos desaparecieron de mi vista. 

 

La mañana

     Mis noches se acabaron una mañana. Fue un día malo, la lluvia golpeaba melancólica en mi cristal. Mi habitación estaba oscura, la calle nublada. La cabeza me dolía y me daba vueltas, la fiebre se colaba por todos mis miembros.

   —Una carta para ti, bátiushka, la ha traído el repartidor del correo local —dijo Matriona por encima de mí.

   —Una carta, ¿de quién? —exclamé yo saltando de la silla.

   —Pues no lo sé, bátiushka, mira a ver, a lo mejor lo pone.

    Rompí el sobre: ¡era de ella!

    «Ay, perdóneme, perdóneme —me escribía Nástenka—, de rodillas se lo suplico, ¡perdóneme! Le mentí a usted, a mí misma. Fue un sueño, una visión… Hoy sufro tanto por usted, ¡perdóneme!… »No me condene, puesto que yo en nada he cambiado, dije que iba a quererlo y ahora lo quiero, lo quiero mucho más. ¡Dios mío, si pudiera quererlos a los dos al mismo tiempo! ¡Ay, si usted fuera él!».

     belye nochi glazunov 4«¡Ay, si usted fuera él!», me pasó por la cabeza. ¡He recordado tus palabras, Nástenka!

   «Dios sabe lo que haría por usted. Sé que para usted es difícil y triste. Le he ofendido, pero bien sabe que, cuando se quiere, la ofensa no dura mucho. ¡Y usted me quiere!

    »Se lo agradezco, le agradezco ese amor, porque se ha quedado grabado en mi memoria como ese sueño dulce que se recuerda tiempo después de haberse despertado, porque voy a recordar siempre ese instante en que usted me abrió fraternalmente su corazón y magnánimo tomó el mío, muerto, como un tesoro al que cuidar, acariciar, curar… Si me perdona, mi recuerdo de usted va a elevarse en un sentimiento de gratitud eterno que nunca se borrará de mi alma… Conservaré ese recuerdo, le seré fiel, no le traicionaré, no traicionaré a mi corazón, es demasiado constante. Ya ayer volvió con prontitud a aquel al que siempre había pertenecido.

    »Nos veremos, vendrá a nuestra casa, no vamos a abandonarlo, siempre será mi amigo, mi hermano… Y cuando me vea, me ofrecerá su mano, ¿verdad? Me la ofrecerá, me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me quiere como antes? 

     AbandonadoHabitacion»Ay, quiérame, no me deje, porque en estos momentos yo lo quiero tanto, porque soy digna de su amor, porque me lo merezco…, mi querido amigo. Me caso con él la semana que viene. Ha regresado enamorado, nunca me olvidó… No se enfade porque escriba sobre él. Quiero ir con él a verlo a usted. Va a quererlo a él también, ¿verdad?

     »Perdónenos, recuerde y quiera a su

        Nástenka».

    Releí la carta varias veces, las lágrimas brotaban de mis ojos. Finalmente se me cayó de las manos y me cubrí la cara.
     —Oye, mi niño —empezó Matriona.
     —¿Qué, vieja?
     —Pues que he quitado las telarañas del techo; ahora, pues, puedes casarte, traer invitados, ya va siendo hora…

     Miré a Matriona. Era una anciana todavía animosa, joven, pero, no sé por qué, de pronto se me presentó con mirada apagada, con arrugas en la cara, encorvada, decrépita… Sin saber por qué también me pareció que mi habitación había envejecido tanto como la anciana. Las paredes y los pisos se habían descolorido, apagado, las telarañas se habían multiplicado. Sin saber por qué, cuando miré por la ventana me pareció que, a su vez, la casa de enfrente también se había vuelto decrépita y apagada, que el estuco de las columnas estaba descascarillado y se había desprendido, que las cornisas se habían ennegrecido y agrietado y que los muros amarillo brillante tenían manchas de otros colores.

     Puede que el rayo de sol que, de pronto, había asomado tras un nubarrón se hubiera ocultado bajo una nube de lluvia y, con él, mi mirada volviera a apagarse. O bien puede que ante mí pasara, fría y triste, la perspectiva entera de mi futuro y me viera tal cual soy ahora, exactamente después de quince años, envejecido, en la misma habitación, igual de solo, con la misma Matriona, quien no habrá ganado ni un poco de juicio en todos estos años. 

    CieloAmarilloPero ¿que yo recuerde tu ofensa, Nástenka, que yo arrastre una nube sombría a tu felicidad clara, serena? ¿Que yo, haciéndote reproches amargos, cause pena a tu corazón, lo hiera con remordimientos secretos y le haga latir angustiado en un momento de felicidad? ¿Que yo marchite siquiera una de las delicadas flores que llevabas prendidas a tus rizos oscuros mientras te dirigías con él al altar? ¡Nunca, nunca! ¡Sea claro tu cielo, sea clara y serena tu sonrisa querida, seas bienaventurada por ese minuto de felicidad y dicha que le ofreciste a otro corazón, a uno solitario y agradecido! 

      ¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?

 

  ...

                        

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Fragmentos de libros. NOCHES BLANCAS de Fiódor Dostoyevski  FINAL I:

Nuestra portada:
 Navijon Nocturno800
 
VOZ DE LA FOTO. Recuerdo de otro soñador de una noche blanca -solo una-. Otro siglo, otra latitud, otro solsticio pero una parecida ilusión intensa y falsa y breve en la noria fría de las esperanzas rotas... A otra N., silueta también extraviada en el punto de fuga de una calle sin olvido.
Noche blanca. En un solsticio de invierno.    © LCJ  
 
Finales de libros.    

 

Cuarta noche 

¡Dios mío, cómo acabó todo! ¡Cómo acabó!

    Llegué a las nueve, ella ya estaba allí. Ya de lejos reparé en ella. Estaba como entonces, como la primera vez, acodada en la baranda de la orilla y no oyó que me había acercado.

   —¡Nástenka! —la llamé conteniendo la emoción a duras penas.

   Se giró rápidamente.

   —¡Vamos —dijo—, vamos, deprisa!

   La miré perplejo.

   —A ver, ¿dónde está la carta? ¿Ha traído la carta? —repitió sujetándose a la barandilla.

    —No, no tengo ninguna carta —dije yo al fin—, ¿acaso no ha venido?

   Palideció terriblemente y se quedó mirándome inmóvil. Yo había quebrado su última esperanza. 

    —Bien, ¡Dios le guarde! —dijo al fin con la voz rota—, Dios le guarde si es que me abandona así.

    ...

   Continuar final    (Continuar con el FINAL de "Noches blancas" )

                        

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Finales de libros. TODO SE DESMORONA de Chinua Achebe  Final II

  
Editorial  DeBolsillo       Acceso/Volver al final I de "Todo se desmorona": CasaHundidaYMaAu177  

 

Continúa capítulo 22 

A las pocas semanas de su llegada a Umuofia, el señor Smith excluyó de la iglesia a una mujer por echar vino nuevo en odres viejos. Aquella mujer había permitido a su marido pagano mutilar a su hijo muerto. Se había considerado que el niño era un ogbanje, que atormentaba a su madre muriendo y entrando en su útero para volver a nacer. Aquel niño lo había hecho cuatro veces. Y por eso lo mutilaron, para impedirle volver.

El señor Smith no pudo contener la cólera cuando se enteró de esto. No podía creer aquella historia que hasta algunos de los más creyentes confirmaron, la historia de niños verdaderamente malignos a quienes no disuadía la mutilación, sino que volvían con todas las cicatrices. Replicó que esas historias las propalaba el Demonio para llevar a los hombres por el mal camino. Los que creían en esas historias eran indignos de sentarse a la mesa del Señor. 

Carat TSDes2En Umuofia había el dicho de que, según baila un hombre, así se tocan los tambores. El señor Smith bailaba a un ritmo frenético y los tambores enloquecieron. Los conversos demasiado entusiastas que habían sufrido bajo la moderación impuesta del señor Brown florecieron ahora con pleno apoyo. Uno de ellos era Enoch, el hijo del sacerdote de la serpiente, que se decía había matado a la pitón sagrada y se la había comido. A la gente le había parecido que la devoción de Enoch a la nueva fe era mucho mayor que la del señor Brown, hasta el punto que le llamaban «El forastero que lloraba más fuerte que los propios familiares del difunto». 

Enoch era bajo y de constitución delicada y parecía tener siempre muchísima prisa. Tenía los pies pequeños y anchos, y cuando estaba de pie o caminaba los juntaban los talones y los separaba en las puntos como si hubieran reñido y se propusieran seguir en direcciones distintas. El exceso de energía contenida del cuerpo menudo de Enoch era tal que estallaba continuamente en riñas y peleas. Los domingos creía siempre que el sermón iba dirigido a sus enemigos. Y si estaba sentado por casualidad cerca de uno de ellos see volvía de vez en cuando hacia él y le lanzaba una mirada significativa, como si dijera «Ya te lo decía yo». Fue Enoch el que desencadenó el gran conflicto entre la iglesia y el clan de Umuofia, que había venido gestándose desde que se marchó el señor Brown

Ocurrió durante la ceremonia anual que se celebraba en honor de la deidad de la Tierra. En esas ocasiones, los antepasados del clan que habían sido encomendados a la Madre Tierra al morir, afloraban de nuevo como egwugwu en público a través de pequeños hormigueros.

Uno de los peores delitos que podía cometer un hombre era desenmascarar a un egwugwu en público, o decir o hacer algo que pudiera disminuir su prestigio inmortal a ojos de los no iniciados. Y eso fue precisamente lo que hizo Enoch

El culto anual de la diosa de la tierra cayó en domingo, y habían salido los espíritus enmascarados. Así que, las mujeres cristianas que habían ido a la iglesia no podían volver a casa. Algunos de sus hombres fueron a pedir a los egwugwu que se retirasen un rato para que pasaran las mujeres. Los espíritus accedieron a hacerlo y empezaban a retirarse cuando Enoch gritó que no se atreverían a tocar a un cristiano. Entonces volvieron todos y uno de ellos le pegó a Enoch un buen golpe con el bastón que siempre llevaban. Enoch se abalanzó él y le quitó la máscara. Los demás egwugwu rodearon inmediatamente a su compañero profanado, para protegerlo de las miradas sacrílegas de las mujeres y los niños y se lo llevaron. Enoch había matado a un espíritu ancestral y eso sumió a Umuofia en el desconcierto.

Aquella noche la Madre de los Espíritus recorrió el clan de un extremo a otro, llorando por su hijo asesinado. Fue una noche espantosa. Ni siquiera el hombre más anciano de Umuofia había oído jamás un sonido tan extraño y pavoroso, y no volvió a oírse nunca. Era como si el alma misma de la tribu llorase un gran mal que se inminente: su propia muerte.

Al día siguiente todos los egwugwu enmascarados de Umuofi se reunieron en la plaza del mercado. Llegaron de todos los sectores del clan, e incluso de las aldeas vecinas. De Imo llegó el temido Otakagu, y de Uli llegó Ekwensu, balanceando un gallo blanco. Fue una reunión terrible. Las voces horripilantes de los innumerables espíritus, las campanillas que arrastraban algunos de ellos, y el estruendo de los machetes cuando corrían hacia adelante y hacia atrás y se saludaban, estremecieron de espanto todos los corazones. Se oyó por primera vez en la memoria viva la carraca sagrada a plena luz del día.

La banda enfurecida se dirigió desde la plaza del mercado al recinto de Enoch. Iban también algunos ancianos del clan, bien protegidos con amuletos. Eran hombres de brazos fuertes en ogwu o poderes mágicos. En cuanto a los hombres y las mujeres corrientes, estaban todos escuchando desde sus cabañas. 

Los dirigentes de los cristianos se habían reunido la noche anterior en la casa del señor Smith. Mientras deliberaban podían oír a la Madre de los Espíritus que ululaba por su hijo. Aquella voz escalofriante afectó al señor Smith, que pareció tener miedo por primera vez. 

- ¿Qué se proponen hacer? –preguntó. 

Nadie supo qué contestarle, porque jamás había pasado nada así. El señor Smith hubiera enviado a llamar al comisario de distrito y a sus ayudantes, pero acababan de marcharse de viaje el día anterior. 

- Que quede clara una cosa —dijo el señor Smith-. No podemos ofrecerles resistencia física. Nuestra fuerza reside en el Señor. 

Se arrodillaron juntos y rezaron a Dios para que los salvara. 

- Señor, salva a Tu pueblo -exclamó el señor Smith

- Y bendice tu herencia -replicaron los hombres. 

Decidieron que Enoch se quedara escondido en la vicaría un día o dos. El propio Enoch se sintió muy desilusionado al oírlo, pues confiaba en que fuera inminente una guerra santa, y hubo unos cuantos cristianos más que opinaron como él. Pero en el campo de los fieles prevaleció la prudencia, con lo cual se salvaron muchas vidas. 

egwugwuEl grupo de egwugwu avanzó como un torbellino furioso hacia el recinto de Enoch y con el machete y el fuego lo redujo a una ruina informe. Y desde allí marchó sobre la iglesia, ebrio de destrucción.

El señor Smith estaba en su iglesia cuando oyó que llegaban los espíritus enmascarados. Fue calmadamente hacia la puerta desde la que se dominaba la llegada al recinto de la iglesia y allí se quedó inmóvil. Pero cuando aparecieron los tres o cuatro primeros egwugwu en el recinto de la iglesia, casi se echó a correr. Venció su impulso y, en lugar de echarse a correr, bajó los dos escalones de la entrada de la iglesia y se acercó a los espíritus que venían hacia él. 

Estos avanzaron de golpe y a su paso cedió un largo tramo de la valla de bambú que cercaba el recinto de la iglesia. Sonaron cascabeles discordantes, chocaron los machetes y el aire se llenó de polvo y de sonidos extraños. El señor Smith oyó ruido de pasos tras él. Se dio la vuelta y vio a Okeke, su intérprete. Okeke no tenía muy buenas relaciones con su patrón desde que la noche pasada había condenado decididamente el comportamiento de Enoch en la reunión de los dirigentes de la Iglesia. Okeke había llegado incluso a decir que no debía esconderse a Enoch en la vicaría, porque no iba a lograrse más que atraer la ira del clan contra el pastor protestante. El señor Smith se lo había reprendido en términos contundentes, y aquella mañana no le había pedido consejo. Pero ahora, cuando apareció y se quedó a su lado para hacer frente a los espíritus coléricos, el señor Smith lo miró y sonrió. Era una sonrisa desmayada, pero que reflejaba una enorme gratitud. 

Durante un instante el avance de los egwugwu se vio frenado por la serenidad inesperada de aquellos dos hombres. Pero no fue más que una parada momentánea, como el silencio tenso que se extiende entre dos estallidos del trueno. El segundo avance fue más allá que el primero. Se tragó a los dos hombres. Después se levantó una voz inconfundible por encima del tumulto y se produjo un silencio inmediato. Se abrió un espacio en torno a los dos hombres y empezó a hablar Ajofia

Ajofia era el egwugwu principal de Umuofia. Era el jefe y el portavoz de los nueve antepasados que administraban la justicia en el clan. Tenía una voz inconfundible, de forma que podía imponer inmediatamente la paz en los espíritus agitados. Entonces se dirigió al señor Smith, y cuando habló le salieron nubes de humo de la cabeza. 

- Cuerpo del hombre blanco, te saludo -dijo, hablando en el idioma en que hablaban los inmortales a los hombres-. Cuerpo del hombre blanco, ¿me conoces? -preguntó. 

El señor Smith miró a su intérprete, pero Okeke, que procedía de la distante Umuru, tampoco entendía nada. 

Ajofia rió con su voz gutural. Era como la risa de un metal oxidado. 

- Son extranjeros -dijo-, y son ignorantes. Pero no importa. Se volvió a sus camaradas y los saludó, llamándolos padres de Umuofia. Clavó en el suelo su lanza vibrante y ésta tembló con una vida metálica. Después se volvió una vez más hacia el misionero y el intérprete, y dijo a este último:

- Dile al hombre blanco que no le vamos a hacer daño. Dile que se vuelva a su casa y nos deje en paz. Nos gustaba su hermano, el que estuvo aquí antes. Era tonto, pero nos gustaba, y por él no le vamos a hacer daño a su hermano. Peto hay que destruir este santuario que ha construido. Ya no vamos a permitir que permanezca entre nosotros. Ha engendrado abominaciones sin cuento y hemos venido a terminar con él. 

Se volvió a sus compañeros. 

AkanuOhafia- Padres de Umuofia, os saludo. -Ellos contestaron al unísono con voz gutural. Luego se volvió una vez más hacia el misionero-. Te puedes quedar con nosotros si aceptas nuestras costumbres. Puedes adorar a tu propio dios. Es bueno que el hombre adore a los dioses y a los espíritus de sus antepasados. Vuelve a tu casa para que no te pase nada. Nuestra cólera es grande, pero la hemos contenido para poder hablarte. 

El señor Smith le dijo a su intérprete: - Diles que se vayan de aquí. Esta es la casa de Dios y antes morir que verla profanada. 

Okeke hizo una interpretación muy prudente a los espíritus y los dirigentes de Umuofia

- El hombre blanco dice que celebra que hayáis venido a verlo con vuestras reclamaciones, como buenos amigos. Celebrará que dejéis el asunto en sus manos. 

- No podemos dejar el asunto en sus manos porque no entiende nuestras costumbres, igual que nosotros no comprendemos las suyas. Decimos que es tonto porque no comprende nuestras costumbres, y quizá él dice que los tontos somos nosotros porque no comprendemos las suyas. Que se vaya. 

El señor Smith se mantuvo firme. Pero no logró salvar su iglesia. Cuando se marcharon los egwugwu, la iglesia de arcilla roja que había construido el señor Brown era un montón de tierra y cenizas. Y, de momento, el espíritu del clan quedó en paz.

 

23

Por primera vez en muchos años Okonkwo sentía algo parecido a la felicidad. Los tiempos, que habían cambiado de manera tan inexplicable durante su exilio, parecían volver otra vez a su ser. El clan que lo había decepcionado parecía estarse redimiendo. 

Había hablado con violencia a los miembros de su clan cuando se habían reunido en la plaza del mercado para decidir lo que iban a hacer. Volvía a ser como en los viejos tiempos, cuando un guerrero era un guerrero. Aunque no habían aceptado matar al misionero ni expulsar a los cristianos, sí habían aceptado hacer algo importante. Y lo habían hecho. Okonkwo casi volvía a sentirse feliz.

 En los dos días siguientes a la destrucción de la iglesia no pasó nada. Todos los hombres de Umuofia salían a la calle armados de una escopeta o un machete. No iban a cogerlos por sorpresa, como a los hombres de Abame.

Entonces volvió de su viaje el comisario de distrito. El señor Smith fue a verlo inmediatamente y celebraron una larga conversación. Los hombres de Umuofia no hicieron ningún caso de aquello y, si se lo hicieron, decidieron que no tenía importancia. El misionero iba a menudo a ver al hombre blanco hermano suyo. Aquello no tenía nada de raro. 

Tres días después, el comisario de distrito envió a su zalamero agente a ver a los dirigentes de Umuofia para pedirles que fueran a verlo en su oficina. Aquello tampoco tenía nada de raro. Los llamaba muchas veces para celebrar aquellos parlamentos, como los llamaba él.

Okonkwo advirtió a los demás que fueran bien armados. 

- Un hombre de Umuofia no rechaza una llamada -dijo-. Puede negarse a hacer lo que se le pide; no se niega a que se le pida algo. Pero los tiempos han cambiado y debemos ir preparados para todo. 

SelloVictoriaDe forma que los seis hombres fueron a ver al comisario de distrito armados de sus machetes. No llevaban escopetas, porque no hubiera parecido correcto. Los llevaron al juzgado, donde los esperaba el comisario de distrito. Los recibió con cortesía. Se quitaron del hombro los sacos de piel de cabra y se sacaron los machetes envainados, los pusieron en el suelo y se sentaron. 

- Os he pedido que vengáis -dijo el comisario de distrito por lo que ha pasado durante mi ausencia. Me han contado algo, pero no lo puedo creer hasta que me hayáis dado vuestra versión. Hablemos del asunto como amigos y busquemos una forma de que no vuelva a suceder otra vez. 

Ogbuefi Ekweme se puso en pie y empezó a contar lo que había ocurrido. 

- Espera un minuto -dijo el comisario-. Quiero que vengan mis hombres para que también ellos oigan vuestras reclamaciones y queden advertidos. Muchos de ellos vienen de lugares remotos y, aunque hablan vuestra lengua, ignoran vuestras costumbres. ¡Janes! Ve a traer a los hombres.  

Su intérprete salió de la sala del juzgado y volvió en seguida con doce hombres. Se sentaron al lado de los hombres de Umuofia, y Ogbuefi Ekweme volvió a empezar a contar la historia de cómo Enoch había asesinado a un egwugwu

Todo pasó tan rápido que los seis hombres no pudieron defenderse. No hubo más que un breve forcejeo, demasiado breve incluso pata que se pudiera sacar ni uno de los machetes envainados. Los seis hombres se vieron esposados y conducidos a la sala de guardia. 

- No os vamos a hacer ningún daño -dijo el comisario de distrito más tarde, con tal únicamente de que aceptéis cooperar con nosotros. Os hemos traído una administración pacífica para vosotros y vuestro pueblo, para que viváis felices. Si alguien os maltrata vendremos en vuestra ayuda. Pero no os vamos a permitir que maltratéis a otros. Tenemos un juzgado de justicia en el que juzgamos cada caso y administramos la justicia, igual que en mi país bajo una gran reina. Os he traído aquí porque os habéis unido pata atacar a otros, para quemar las casas de las gentes y su lugar de culto. Eso no se puede permitir en los dominios de nuestra reina, que es la gobernante más poderosa del mundo. He decidido que habéis de pagar una multa de doscientas bolsas de cauríes. Quedaréis libres en cuanto aceptéis la multa y os comprometáis a recaudar la multa entre los vuestros. ¿Qué decís a eso?

ThingsFallApart2aLos seis hombres mantuvieron un silencio rencoroso, y el comisario los dejó solos un rato. Cuando salió de la sala dijo a los agentees del juzgado que trataran a los hombres respetuosamente, porque eran los dirigentes de Umuofia. Dijeron: - Sí, señor -y saludaron. 

En cuanto se marchó el comisario de distrito, el agente jefe, que además desempeñaba las funciones de barbero de la cárcel, sacó su navaja y afeitó todo el pelo de las cabezas de los hombres. Estos seguían esposados y se quedaron impasibles y tristes.

- ¿Cuál de vosotros es el jefe? -preguntaron burlones los agente-. Vemos que aquí, en Umuofia, cada mendigo lleva la tobillera de algún título. ¿Llega a costar ni siquiera diez cauríes?

Los seis hombres no comieron nada aquel día ni el siguiente. No se les dio agua para beber, y no podían salir a orinar ni ir al bosque en caso de necesidad. Por las noches iban los agentes a burlarse de ellos y a darles de cabezazos los unos contra los otros. 

Incluso cuando se quedaban solos, los seis hombres no encontraban palabras que decirse. Hasta el tercer día, cuando ya no pudieron soportar más el hambre ni los insultos, no empezaron a hablar de ceder.

- Si me hubierais escuchado habríamos matado al hombre blanco - gruñó Okonkwo

- Y ahora estaríamos en Umuru esperando la horca -le dijo alguien.

- Quién quiere matar al hombre blanco? -preguntó un agente que acababa de entrar.

Nadie le respondió.

- No os basta con vuestro crimen y ahora encima queréis matar al hombre blanco -llevaba un palo grueso y le dio a cada hombre varios golpes en la cabeza y en la espalda. Okonkwo se sofocaba de odio. 

En cuanto quedaron encerrados los seis hombres, los agentes del juzgado salieron a Umuofia a decir a la ;ente que sus dirigentes no saldrían en libertad hasta fue pagaran una multa de doscientas cincuenta bolsas de cauríes.  

- Si no pagáis la multa inmediatamente -dijo el agente jefe-, llevaremos a vuestros dirigentes a Umuru ante el jefe de los hombres blancos, y los ahorcaremos. 

La historia se difundió rápidamente por todos los pueblos y fue aumentando según se contaba. Algunos decían que ya se habían llevado a los hombres a Umuru y que los iban a ahorcar al día siguiente. Algunos decían que también iban a ahorcar a sus familias. Otros decían que ya habían salido los soldados para matar a tiros a la gente de Umuofia, igual que habían hecho en Abame.

Mujeres IgboHabía luna llena. Pero aquella noche no se oyeron las voces de los niños. El ilo del pueblo, donde siempre se reunían para jugar a la luz de la luna, estaba desierto. Las mujeres de Iguedo no se reunieron en su recinto sagrado para aprender un baile nuevo que exhibir más adelante en el pueblo. Los jóvenes, que siempre salían cuando brillaba la luna, se quedaron en sus casas aquella noche. Sus voces viriles no se escucharon en las calles del pueblo mientras iban a ver a sus amigos o a sus amantes. Umuofia era como un animal asustado con las orejas enhiestas, que olfatea el aire silencioso y ominoso sin saber por dónde salir corriendo. 

Rompió el silencio el pregonero del pueblo, que golpeaba su sonoro ogene. Llamaba a todos los hombres de Umuofia, desde el grupo de edades de Akakanma en adelante, a reunirse en la plaza del mercado después de la comida de la mañana. Recorrió el pueblo de un extremo al otro y en toda su anchura. No olvidó ninguno de los senderos principales.

El recinto de Okonkwo era como un hogar desierto. Era como si le hubieran echado agua fría encima. Estaba toda su familia, pero todos hablaban en susurros. Su hija Ezinma había interrumpido su visita de veintiocho días a la familia de su futuro marido y había vuelto a casa al enterarse de que habían encarcelado a su padre y lo iban a ahorcar. En cuanto llegó a casa se fue a ver a Obierika para enterarse de lo que iban a hacer al respecto los hombres de Umuofia. Pero Obierika no estaba en casa desde la mañana. Sus esposas pensaban que había ido a una reunión secreta. Ezinma se quedó convencida de que se iba a hacer algo. 

A la mañana siguiente al llamamiento del pregonero, los hombres de Umuofia se reunieron en la plaza del mercado y decidieron reunir cuanto antes doscientas cincuenta bolsas de cauríes para apaciguar al hombre blanco. No sabían que cincuenta de las bolsas se las iban a llevar los agentes del juzgado, que habían aumentado la cuantía de la multa con ese fin. 

 

24

Okonkwo y sus compañeros de prisión quedaron libres en cuanto se pagó la multa. El comisario de distrito volvió a hablarles de la gran reina y de la paz y el buen gobierno. Pero los hombres no lo escucharon. Se quedaron sentados y lo contemplaron a él y a su intérprete. Al final les devolvieron sus bolsas y sus machetes envainados y les dijeron que se fueran a sus casas. Se levantaron y se fueron del juzgado. No hablaron a nadie ni se dijeron nada los unos a los otros.  

El juzgado, igual que la iglesia, estaba construido a una cierta distancia del pueblo. El sendero que los unía estaba muy frecuentado, porque también llevaba al arroyo, al otro lado del juzgado. Era despejado y arenoso. En la temporada seca todos los senderos estaban despejados y arenosos. Pero cuando llegaban las lluvias crecían las malezas a ambos lados y cerraban el sendero. Ahora era la estación seca. 

Mientras los seis hombres iban haciendo camino hacia el pueblo, se encontraron a mujeres y niños que iban al arroyo con sus cubos para el agua. Pero los hombres tenían una expresión tan ceñuda y terrible que las mujeres y los niños no les dijeron «nno», o sea, «bienvenidos», sino que se hicieron a un lado para dejarles pasar. En el pueblo se les fueron uniendo grupitos de hombres hasta que se convirtieron en una compañía considerable. Cuando cada uno de los seis hombres llegaba a su recinto entraba en él seguido por una parte del grupo. El pueblo se agitaba de forma silenciosa y contenida.

En cuanto llegó la noticia de que iban a poner en libertad a los seis hombres, Ezinma había preparado algo de comer para su padre. Se lo llevó a su obi. Okonkwo comió abstraído. No tenía apetito; si comía era únicamente por agradar a Ezinma. Sus parientes y amigos varones se habían reunido en su obi y Obierika lo instaba a comer algo. Nadie más hablaba, pero vieron las marcas alargadas en la espalda de Okonkwo, donde le había mordido en la carne el látigo del carcelero.

Aquella noche volvió a salir el pregonero del pueblo. Golpeó su gong de hierro y anunció que por la mañana se celebraría otra reunión. Todo el mundo sabía que por fin Umuofia iba a expresar su opinión acerca de lo que estaba pasando.

Aquella noche Okonkwo durmió muy poco. La amargura que sentía en el corazón se mezclaba ahora con una especie de excitación infantil. Antes de irse a la cama se había llevado su atavío de guerra, que no había tocado desde que regresó del exilio. Había sacudido la falda de rafia ahumada y examinado su alto tocado de plumas y su escudo. Todo estaba en estado satisfactorio, pensó. 

Mientras yacía en su cama de bambú pensó en la forma en que lo habían tratado en el juzgado del hombre blanco y juró venganza. Si Umuofia decidía ir a la guerra, todo iría bien. Pero si elegían actuar con cobardía él iría a tomarse la venganza por su cuenta. Pensó en las guerras del pasado. La más noble, pensó, había sido la guerra contra Isike. En aquella época todavía vivía Okudo. Okudo cantaba las canciones de guerra como nadie. No era un combatiente, pero su voz convertía en leones a todos y cada uno de los hombres.

 «Ya no quedan hombres dignos», -suspiró Okonkwo al recordar aquellos días-.

Painter TSDes«Isike no olvidará jamás cómo los aniquilamos en aquella guerra. Les matamos a doce de sus hombres y ellos sólo mataron a dos de los nuestros. Antes de que pasara la cuarta semana de mercado estaban pidiendo la paz. En aquellos días los hombres eran hombres.» 

Mientras pensaba en esas cosas oyó el sonido del gong de hierro en la distancia. Escuchó atentamente y apenas si logró oír la voz del pregonero. Pero sonaba muy débil. Se dio la vuelta en la cama y le dolió la espalda. Rechinó los dientes. El pregonero se iba acercando cada vez más hasta pasar al lado del recinto de Okonkwo

«El mayor obstáculo de Umuofia», pensó Okonkwo con amargura, «es ese cobarde de Egonwanne. Tiene una lengua tan melosa que puede convertir el fuego en una ceniza fría. Cuando habla hace que nuestros hombres se queden impotentes. Si no hubiéramos hecho caso de su prudencia femenina hace cinco años, no hubiéramos llegado a esto». Rechinó los dientes. «Mañana les dirá que nuestros padres nunca combatieron en una “guerra culpable”. Si lo escuchan los dejo y planeo mi propia venganza.

La voz del pregonero había vuelto a alejarse, y la distancia había quitado aspereza a la voz de su gong de hierro. Okonkwo se volvió de un lado al otro y obtuvo una especie de placer del dolor que sentía en la espalda. «Que mañana hable Egonwanne de una “guerra culpable” y me va a ver la espalda y la cabeza.» Rechinó los dientes. 

La plaza del mercado empezó a llenarse en cuanto salió el sol. Obierika estaba esperando en su obi cuando llegó Okonkwo, y lo llamó. Se echó al hombro su saco de piel de cabra y su machete envainado y salió a unirse con él. La casa de Obierika estaba junto al camino y veía a todos los que pasaban camino del mercado. Había intercambiado saludos con muchos que ya habían pasado aquella mañana.

Cuando Okonkwo y Obierika llegaron al punto de reunión, ya había tanta gente que si se tiraba al aire un grano de arena, éste no encontraría hueco para volver a caer en tierra. Y llegaba mucha más gente de todas las partes de íos nueve pueblos. A Okonkwo se le calentó el corazón al ver que eran tantos. Pero estaba buscando a un hombre en concreto, al hombre cuya lengua temía y despreciaba tanto. 

- ¿Lo ves? -preguntó a Obierika.

- ¿A quién?

- A Egonwanne -respondió, mientras lanzaba la mirada de un extremo de la enorme plaza del mercado al otro. 

Casi todos los hombres estaban sentados en pieles de cabra puestas en el suelo. Algunos estaban sentados en taburetes de madera que habían traído.

Carat TSDes3- No -dijo Obierika buscando con la mirada entre la multitud-. Sí, ahí está, bajo el árbol del bómbax ¿Temes que vaya a convencernos para que no combatamos?

- ¿Que si lo temo? Me da igual lo que te haga a ti. Yo lo desprecio, a él y a quienes lo escuchan. Si es necesario, estoy dispuesto a combatir yo solo.

Estaban gritando porque todo el mundo hablaba a voces, y era como el ruido de un gran mercado. 

«Esperaré hasta que hable», pensó Okonkwo. «Después hablaré yo.»

- Pero, ¿cómo sabes que va a hablar en contra de la guerra? -preguntó Obierika al cabo de un rato.

- Porque sé que es un cobarde -dijo Okonkwo.

Obierika no oyó el resto de lo que dijo, porque en aquel momento alguien le tocó en la espalda y se dio la vuelta para darle la mano y cambiar saludos con cinco o seis amigos. Okonkwo no se dio la vuelta, aunque reconoció las voces. No estaba de humor para andar saludando a nadie. Pero uno de los hombres lo tocó y le preguntó cómo estaba la gente en su recinto.

- Están bien -replicó sin interés.

El primer hombre que habló a Umuofia aquella mañana fue Okika, uno de los seis que habían estado encarcelados. Okika era un gran hombre y un buen orador. Pero no tenía la voz atronadora que ha de utilizar un primer orador para establecer el silencio en una asamblea del clan. Onyeka sí que tenía esa voz, de forma que se le pidió que saludara a Umuofia antes de que empezara a hablar Okika

- ¡Umuofia kwenu! -rugió, levantado el brazo izquierdo y empujando el aire con la mano abierta.

- ¡Yaa! -bramó Umuofia.

- ¡Umuofia kwenu! -volvió a rugir una vez, tras otra, tras otra, cada vez en una dirección distinta.

Y la multitud respondió: - ¡Yaa!

Después se produjo un silencio inmediato, como si se hubiera echado agua fría en una hoguera llameante.

Okika se puso en pie de un salto y saludó cuatro veces a los miembros de su clan. Después empezó a hablar: 

- Todos sabéis por qué estamos aquí, cuando deberíamos estar construyendo nuestros graneros o arreglando nuestras casas, cuando deberíamos estar poniendo en orden nuestros recintos. Mi padre me decía: «Cuando veas un sapo que salta a la luz del día, entonces sabrás que hay algo que lo persigue para matarlo.» Cuando os he visto a todos llegar a esta reunión de todas las partes de nuestro clan, a hora tan temprana de la mañana, he comprendido que algo nos perseguía para matarnos -hizo una breve pausa y después volvió a empezar-: Todos nuestros dioses están llorando. Idemili está llorando, Ogwugwu está llorando, Agbala está llorando, y lo mismo todos los demás. Nuestros padres muertos están llorando por culpa del horrible sacrilegio de que han sido objeto, y de la abominación que hemos visto todos nosotros con nuestros propios ojos.

Volvió a detenerse para calmar la voz, que le temblaba. 

Esta es una gran reunión. No hay ningún clan que pueda jactarse de tener tanta gente ni tan valiente. Pero, ¿estamos todos aquí? Os pregunto: ¿Están aquí con nosotros todos los hijos de Umuofia?

Un gran murmullo recorrió la multitud. 

ThingsFallApart3a- No están -dijo-. Han roto el clan y cada uno se ha ido por su lado. Los que estamos aquí esta mañana hemos mantenido la fidelidad a nuestros padres, pero nuestros hermanos nos han abandonado y se han ido con un forastero a ensuciar su propia patria. Si combatimos al forastero iremos contra nuestros hermanos y quizá derramemos la sangre de un miembro de nuestro clan. Pero tenemos que hacerlo. Nuestros padres jamás soñaron nada parecido, jamás mataron a sus hermanos. Pero es que nunca les llegó un hombre blanco. De manera que tenemos que hacer lo que jamás hubieran hecho nuestros padres. Una vez le preguntaron a Eneke, el pájaro, por qué estaba siempre volando, y contestó: «Los hombres han aprendido a disparar sin fallar jamás el objetivo, y yo he aprendido a volar sin posarme jamás.» Tenemos que arrancar este mal de raíz. Y si nuestros hermanos se ponen del lado del mal, también a ellos tenemos que arrancarlos de raíz. Y tenemos fue hacerlo ahora mimo. Hay que achicar el agua ahora fue no nos llega más que a los tobillos...

En aquel momento se produjo una agitación repentina en la multitud y todas las miradas se volvieron en una sola dirección. En el camino que llevaba de la plaza del mercado al juzgado del hombre blanco, y más allá al arroyo, había una curva muy pronunciada. Por eso nadie había visto la llegada de los cinco, agentes del juzgado hasta que salieron de la curva, a unos pasos del límite de la multitud. Okonkwo estaba sentado allí. 

Se puso en pie de un salto en cuanto vio de quiénes se trataba. Se enfrentó con el agente jefe, tembloroso de odio, incapaz de decir una palabra. Aquel hombre era intrépido y se quedó firme, con sus cuatro hombres formados tras él.

En aquel instante pareció que el mundo se detenía en espera. Se produjo un silencio absoluto. Los hombres de Umuofia se fundieron con el telón de fondo mudo de los árboles y las lianas gigantes, expectantes.

El jefe de los agentes rompió el hechizo, y ordenó:

- ¡Dejádme paso!

- ¿Qué vienes a buscar aquí?

- El hombre blanco, cuyo poder conocéis de sobra, ha ordenado que se disuelva esta reunión.

Como un relámpago, Okonkwo sacó el machete. El mensajero se agachó para evitar el golpe. Inútil. El machete de Okonkwo descendió dos veces y la cabeza del agente quedó al lado de su cadáver uniformado.

El telón de fondo expectante prorrumpió en una vida tumultuosa y la reunión se interrumpió. Okonkwo se quedó mirando al muerto. Sabía que Umuofia no iría a la guerra. Lo sabía porque habían dejado huir a los otros agentes. En lugar de pasar a la acción, habían prorrumpido en un tumulto. En aquel tumulto percibía el miedo. Oía voces que preguntaban: «¿Por qué lo ha hecho?»

Limpió su machete en la arena y se fue.

  

25

ThingsFallApart1Cuando llegó al recinto de Okonkwo el comisario del distrito a la cabeza de una cuadrilla armada de soldados y agentes judiciales, encontró un pequeño grupo de hombres silenciosos sentados en el obi. Les ordenó salir y obedecieron sin un murmullo. 

- ¿Cuál de vosotros se llama Okonkwo? -preguntó a través del intérprete.

- No está aquí -respondió Obierika.

- ¿Dónde está?

- ¡No está aquí! 

El comisario se enfureció y se le congestionó la cara. Advirtió a aquellos hombres que si no presentaban en el acto a Okonkwo los encerraría a todos.

Los hombres cuchichearon entre ellos y habló de nuevo Obierika.

- Podemos llevarte donde está, y quizá tus hombres puedan ayudarnos.

El comisario no entendió lo que quería decir Obierika con lo de «quizá tus hombres puedan ayudarnos». Una de las costumbres más irritantes de aquella gente era su amor a las frases superfluas, pensó.

Obierika, junto con cinco o seis más, se pusieron en marcha. El comisario y sus hombres les siguieron, con las armas de fuego dispuestas. Le había advertido a Obierika que si él o sus hombres les hacían alguna jugarreta les maltarían. Y siguieron andando.

Detrás del recinto de Okonkwo había un bosquecillo. el único acceso a él desde el recinto era un pequeño agujero redondo que había en el muro de tierra roja por la que entraban y salían las gallinas en su búsqueda incesante de alimento. Pero no podía pasar un hombre. Justamente hacia allí condujo Obierika al comisario y a sus hombres. Rodearon el recinto manteniéndose caminando pegados al muro. Solo se oía el rumor de sus pisadas al aplastar las hojas secas.

OkonkwoFinLlegaron junto al árbol del que colgaba el cuerpo de Okonkwo y pararon en seco. 

- Quizá tus hombres puedan ayudarnos a bajarle y enterrarle -dijo Obierika-. Hemos mandado a buscar forasteros a otra aldea para que lo hagan por nosotros, pero tal vez tarden mucho en venir.

El comisario del distrito cambió en un instantáneamente. El resuelto administrador que había en él dio paso al estudioso de las costumbres primitivas.

- ¿Por qué no podéis bajarle vosotros? -preguntó. -

Va en contra de nuestras costumbres -dijo uno de los hombres-. El que un hombre se quite la vida es un acto abominable. Es una ofensa a la Tierra, y el hombre que la comete no puede ser enterrado por los hombres de su clan. Su cuerpo es maligno, y solo pueden tocarle los extraños. Por eso os pedimos a tu gente que lo bajen porque .sois forasteros. 

- ¿Le enterraréis como a cualquier otro hombre? -preguntó el comisario. 

- No podemos enterrarle. Solo pueden hacerlo los extraños. Pagaremos a tus hombres por hacerlo. Cuando le hayan enterrado cumpliremos nuestra obligación con él. Haremos sacrificios para limpiar la tierra profanada.

Obierika, que se había queda mirando fijamente el cadáver ahorca de su amigo, se volvió de pronto hacia el comisario de distrito, y le dijo en tono furioso: 

- Este hombre era uno de los hombres más grandes de Umuofia. Vosotros lo obligasteis a matarse; y ahora le enterrarán como a un perro...

No pudo seguir. Le temblaba la voz y no le salían las palabras.

- ¡Cierra la boca! -gritó un agente bastante innecesariamente.

- Bajad el cadáver -ordenó el comisario al jefe de los agentes- y llevadlo junto con toda esta gente al juzgado.

- Sí, señor -dijo el agente saludando. 

Map of River Niger

El comisario se marchó y se llevándose con él a tres o cuatro soldados. Había aprendido bastantes cosas en los muchos años que llevaba esforzándose por hacer llegar la civilización a diversas regiones de África. Una de ellas era que un comisario de distrito no debía encargarse de minucias indignas como descolgar de un árbol a un ahorcado. Si lo hubiese hecho habría dado a los nativos una mala impresión de sí mismo. En el libro que pensaba escribir destacaría ese punto. Mientras volvía caminado al juzgado pensaba en aquel libro. Cada día le aportaba material nuevo. La historia de aquel hombre que había matado a un agente judicial y se había ahorcado sería un lectura interesante. Podría escribir casi un capítulo entero sobre él. Bueno, un capítulo entero quizá no, pero un párrafo considerable sin ninguna duda. Había que incluir muchas más cosas y había que estricto en lo de prescindir de los detalles. Ya había elegido el título del libro, después de muchas vueltas: La pacificación de las tribus primitivas del Bajo Níger.

 

Acceso a los fragmentos de "Todo se desmorona":   TodoSeDesmorona

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Finales de libros. TODO SE DESMORONA de Chinua Achebe  Final I

Nuestra portada:
CasaHundidaYMaAu800
VOZ DE LA FOTO: Unos quince interminables segundos mantuve encuadrada esta imagen en espera de que apareciera por la izquierda una tercera persona que permanecía oculta tras la pared derrumbada. La tensión la mantenía esa dilación y el temor a que las dos personas que sí aparecen, M y A, se salieran del cuadro. No pudiendo soportar más presión, disparé. Ingenuo de mí porque la espera era innecesaria y tuvo su riesgo. Solo después pude reconocer que esa tercera persona, L, aún estando, no podría aparecer porque la imagen con voz, la que nos habla, es necesariamente ésta. No era solo la casita de pescadores... algo entre ellos, M y A, también se desmoronaba.
Una de las casitas de la playa Babilonia, en Guardamar del Segura, que se "comió el mar" -término periodístico para la noticia- en 2017.    © LCJ  2019

  

Finales de libros 

 

22

 El sucesor del señor Brown fue el reverendo James Smith, un hombre completamente distinto. Criticaba abiertamente la política de compromiso y adaptación del señor Brown. Para él las cosas era blancas o negras. Y las negras eran malas. Veía el mundo como un campo de batalla en el que los hijos de la luz libraban una lucha a muerte con los hijos de las tinieblas. Hablaba en sus sermones de ovejas y cabras y de trigo y cizaña. Y era partidario de exterminar a los profetas de Baal.

El señor Smith se sentía muy disgustado por la ignorancia que demostraban muchos de su rebaño, hasta en cosas como la Trinidad y los Sacramentos. Lo cual solo demostraba que eran semillas plantadas en tierra pedregosa. El señor Brown solo había pensado en la cantidad. Debería haber sabido que el reino de Dios no dependía de grandes multitudes. Nuestro Señor mismo había destacado la importancia del corto número. Muchos son los llamados y pocos los elegidos. Angosto es el camino y pocos son los que lo hallan. Llenar el templo del Señor con una multitud idólatra que pedía a voces señales era una locura de consecuencias perdurables. Nuestro Señor utilizó el látigo una vez en Su vida: para echar a la multitud de Su iglesia... 

...

 Continuar final    (Continuar con el final de "Todo se desmorona" ) 

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Fragmentos de libros. ROMEO Y JULIETA de William Shakespeare  Final (II):

 

  Editorial:  Literanda            Acceso/Volver al Final I de "Romeo y Julieta": FloresYPlásticoNegro177

 

Continúa

 

... 

PAJE

¡Oh Dios! Se baten. Voy a llamar la guardia.

(Vase el PAJE.)

PARIS

¡Ah! ¡Muerto soy! (Cae.) Si hay piedad en ti, abre la tumba y ponme al lado de Julieta.

(Muere.)

ROMEO

¡Sí, por cierto, lo haré. -Contemplemos su faz. ¡El pariente de Mercucio, el noble conde Paris! -¿Qué dijo Baltasar mientras cabalgábamos, en esos instantes en que mi alma agitada no le ponía atención? Me contaba, creo, que Paris debía haberse casado con Julieta. ¿No dijo eso? ¿O lo habré yo sonado?, ¿o es que, demente, así me lo imaginé al oír hablar de ella? -¡Oh, dame tu mano, tú, lo mismo que yo, inscrito en el riguroso libro de la adversidad! Voy a sepultarte en una tumba esplendente. ¿Una tumba? ¡Oh! no, una gloria, asesinado joven; pues en ella reposa Julieta, y su belleza trueca esta bóveda en una luminosa mansión de fiesta.
(Dejando a PARIS en el monumento.)

ParcasGoyaLas Parcas (Átropos) de Francisco de Goya

Muerte, yace ahí enterrada por un muerto. ¡Cuántas veces los hombres, a punto de morir, han sentido regocijo! ¡El postrer relámpago vital, cual dicen sus asistentes! Mas ¿cómo llamar a lo que siento un relámpago? -¡Oh! Amor mío, esposa mía! La muerte, que ha extraído la miel de tu aliento, no ha tenido poder aún sobre tu hermosura; no has sido vencida: el carmín, distintivo de la belleza, luce en tus labios y mejillas, do aún no ondea la pálida enseña de la muerte. -¿Ahí, tú, Tybal, reposando en tu sangrienta mortaja? ¡Oh! ¿qué mayor servicio puedo ofrecerte que aniquilar con la propia mano que tronchó tu juventud la juventud del que fue tu enemigo? ¡Perdóname, primo! -Amada Julieta, ¿por qué luces tan bella aún? ¿Debo creer que el fantasma de la muerte se halla apasionado y que el horrible, descarnado monstruo te guarda aquí, en las tinieblas, para hacerte su dama? Temeroso de que sea así, permaneceré a tu lado eternamente y jamás tornaré a retirarme de este palacio, de la densa noche. Aquí, aquí voy a estacionarme con los gusanos, tus actuales doncellas; sí, aquí voy a establecer mi eternal permanencia, a sacudir del yugo de las estrellas enemigas este cuerpo cansado de vivir. -¡Echad la postrer mirada, ojos míos! ¡Brazos, estrechad la vez última! Y vosotros, ¡oh labios!, puertas de la respiración, sellad con un ósculo legítimo un perdurable pacto con la muerte monopolista! -Ven, amargo conductor; ven, repugnante guía! ¡Piloto desesperado, lanza ahora de un golpe, contra las pedregosas rompientes, tu averiado, rendido bajel! ¡Por mi amor!
(Apura el veneno.)
¡Oh, fiel boticario! Tus drogas son activas. -Así, besando muero. (Muere.)

(Aparece FRAY LORENZO por el otro extremo del cementerio, con una linterna, una barrena y una azada.)

FRAY LORENZO

¡San Francisco, sé mi auxiliar! ¡Cuántas veces, esta noche, han tropezado contra tumbas mis añosos pies! -¿Quién está ahí? ¿Quién es el que hace compañía a los muertos a hora tan avanzada?

BALTASAR

Él que está aquí es un amigo, uno que os conoce bien.

FRAY LORENZO

¡Dios os bendiga! Decid, mi buen amigo, ¿qué antorcha es aquella que inútilmente presta su luz a los gusanos y a los cráneos sin ojos? A lo que distingo, arde en el sepulcro de los Capuletos.

RandJ MusicalTeatro, cine, ópera, danza, pintura, música, musicales... Universal y eterna esta tragedia de Shakespeare.

BALTASAR

Así es, reverendo padre; y allí está mi señor, una persona a quien estimáis.

FRAY LORENZO

¿Quién es?

BALTASAR

Romeo.

FRAY LORENZO

¿Cuánto hace que está ahí?

BALTASAR

Una media hora larga.

FRAY LORENZO

Ven conmigo al panteón

BALTASAR

No me atrevo, señor; mi amo cree que he dejado este sitio y me amenazó de un modo terrible con la muerte si permanecía para espiar sus intentos.

FRAY LORENZO

Ven conmigo al panteón.

BALTASAR

Romeo

FRAY LORENZO

Quédate, pues; yo iré solo. Me asalta el miedo; ¡oh!, mucho me temo un siniestro accidente.

BALTASAR

Mientras dormía aquí, bajo estos sauces, soñé que mi señor se batía con otro hombre y que mi amo había matado a éste.

FRAY LORENZO

!Romeo! -¡Ay!, ¡ay!, ¿qué sangre es ésta que mancha el pétreo umbral de este sepulcro? ¿Qué indican estos perdidos, sangrientos aceros, empañados, por tierra en tal sitio de paz?

(Entra en el monumento.)

Northcotes RandJ¡Romeo! ¡Oh!, ¡pálido está! -¿Otro aún? ¡Cómo! ¿Paris también? ¡Y bañado en su sangre! ¡Ah!, ¿qué desapiadada hora es culpable de este lamentable suceso?

(Despierta JULIETA.)

JULIETA

¡Oh, padre caritativo! ¿Dónde está mi dueño? Recuerdo bien el sitio en que debía despertarme; sí, en él me hallo. -¿Dónde está mi Romeo?

 (Ruido al exterior de la escena.)

FRAY LORENZO

Oigo ruido. -Señora, deja este antro de muerte, de contagio, de sueño violento. Un poder superior, al que no podemos resistir, ha desconcertado nuestros designios. Ven, sal de aquí; tu esposo yace ahí, a tu lado, sin vida, y Paris también. Ven, yo te haré entrar en una comunidad de santas religiosas. No tardes con preguntas, pues la ronda se acerca. Ven, sal, buena Julieta. (Ruido otra vez.) -No me atrevo a permanecer más tiempo

(Vase)

JULIETA

Sal, aléjate de aquí; pues yo no quiero partir. ¿Qué es esto? ¿Una copa comprimida en la mano de mi fiel consorte? El veneno, lo veo, ha causado su fin prematuro. ¡Oh! ¡Avaro! ¡Tomárselo todo, sin dejar ni una gota amiga para ayudarme a ir tras él! Quiero besar tus labios; acaso exista aún en ellos un resto de veneno que me haga morir, sirviéndome de cordial. (Lo besa) ¡Tus labios están, calientes!

PRIMER GUARDIA (desde el exterior de la escena)

Condúcenos, muchacho. ¿Por dónde es?

OperaBastilleJULIETA

¿Ruido? Sí. Apresurémonos pues. ¡Oh, dichoso puñal! (Apoderándose del puñal de ROMEO) Esta es tu vaina; (Se hiere) enmohece en ella y déjame morir.

(Cae sobre el cuerpo de ROMEO, y muere)

(Entra la ronda, guiado por el PAJE de PARIS)

PAJE

Éste es el sitio; ahí donde arde la antorcha

RandJ 2PRIMER GUARDIA

El suelo está lleno de sangre; id, buscad algunos de vosotros por el cementerio, echad mano a quien quiera que encontréis.

(Vanse algunos)

¡Lastimoso cuadro! He ahí al conde asesinado y a Julieta manando sangre, caliente y apenas desfigurada; ella, hace dos días dejada aquí sepulta. Id a instruir al príncipe; corred a casa de los Capuletos, poned en pie a los Montagües. Inquirid algunos de vosotros.

(Vanse otros guardias)

Vemos el lugar en que tales duelos tienen asiento, pero lo que realmente ha dado lugar a estos duelos deplorables no podemos verlo sin informes.

(Vuelven algunos de los guardias con BALTASAR)

SEGUNDO GUARDIA

Aquí tenéis al criado de Romeo, le hemos hallado en el cementerio.

PRIMER GUARDIA

Tenedle a recaudo mientras llega aquí el príncipe.

(Entra otro guardia con FRAY LORENZO)

TERCER GUARDIA

Ved un monje que tiembla, suspira y llora. Le hemos quitado este azadón y esta barra cuando venía de esa parte del cementerio.

PRIMER GUARDIA

¡Grave sospecha! Retened al monje también.

(Entran el PRÍNCIPE y su séquito)

RomeoJulieta Edicion1PRÍNCIPE

¿Qué infortunio ocurre a tan primera hora, que nos arranca de nuestro matinal reposo?

(Entran CAPULETO, LADY CAPULETO y otros)

CAPULETO

¿Qué es lo que pasa, que así alborotan por fuera?

LADY CAPULETO

Unos gritan en las calles, ¡Romeo!; otros, ¡Julieta! otros, ¡Paris!, y todos corren con gran vocería hacia el panteón de nuestra familia.

PRÍNCIPE

¿Qué alarma es ésta que ensordece nuestros oídos?

PRIMER GUARDIA

Augusto señor, el conde Paris yace asesinado ahí, Romeo sin vida, y Julieta, de antemano muerta, caliente aún y acabada segunda vez.

PRÍNCIPE

Buscad, inquirid y penetraos de cómo vino esta abominable matanza.

PRIMER GUARDIA

Aquí están un monje y el criado del difunto Romeo; ambos portaban utensilios apropiados para abrir las sepulturas de estos muertos.

RandJ VicensVivesCAPULETO

¡Oh, cielos! ¡Oh, esposa mía! ¡Ve cómo sangra nuestra hija! Este puñal ha equivocado el camino. Sí, ¡mira!, en la trasera de Montagüe está su vaina vacía, y se ha metido por error en el seno de mi hija.

LADY CAPULETO

¡Ay de mí! Este cuadro mortuorio es campana que llama al sepulcro mi vejez.

(Entran MONTAGÜE y otros)

PRÍNCIPE

Acércate, Montagüe: temprano te has puesto en pie para ver a tu hijo y heredero más temprano caído.

MONTAGÜE

¡Ay! Príncipe mío, mi esposa ha muerto esta noche; el pesar del destierro de su hijo la dejó inánime. ¿Qué nuevo dolor conspira contra mi vejez?

PRÍNCIPE

Mira y verás.

MONTAGÜE

¡Oh, hijo degenerado! ¿Qué usanza es ésta de lanzarte en la tumba antes de tu padre?

PRÍNCIPE

Tened, sellad el ultrajante labio hasta que hayamos podido esclarecer estos misterios y descubrir su origen, su esencia, su verdadera progresión. Alcanzado esto, seré de vuestras penas el principal doliente y os acompañaré en todo hasta el último extremo. Hasta entonces, reprimíos y avasallad a la paciencia el infortunio. Haced que avancen los individuos sospechosos.

FRAY LORENZO

Yo, el más importante, el menos pudiente, soy sin embargo, puesto que la hora y el lugar deponen en mi contra, el más sospechoso de esta horrible matanza, y aquí comparezco para acusarme y defenderme, para ser por mí propio condenado y absuelto.

PRÍNCIPE

Di pues, de seguida, lo que sepas acerca de esto.

FRAY LORENZO

     Casa GiuliettaSeré breve; pues el poco aliento que me queda no alcanza a la extensión de un prolijo relato. Romeo, el que ahí yace, era esposo de Julieta, y esa Julieta, muerta ahí, la fiel consorte de Romeo. Yo los casé: el día de su secreto matrimonio fue el último de Tybal, cuya intempestiva muerte extrañó de esta ciudad al nuevo cónyuge, por quien, no por el muerto primo, Julieta descaecía. Vos, (a CAPULETO) para alejar de su pecho ese insistente pesar, la prometisteis al conde Paris y quisisteis por fuerza que le diera su mano. Entonces fue que ella vino a encontrarme y con extraviados ojos me precisó a buscar el medio de libertarla de ese segundo matrimonio, amenazando matarse en mi celda si no lo hacía. En tal virtud, bien aleccionado por mi experiencia, la proveí de una poción narcótica, que ha obrado como esperaba, dando a su ser la apariencia de la muerte. En el intervalo, escribí a Romeo a fin de que viniese aquí esta noche fatal, plazo prefijo en que la fuerza del brebaje debía concluir, para ayudarme a sacar a la joven de su anticipada tumba; mas el portador de mi carta, el hermano Juan, detenido por un accidente, me la devolvió ayer por la tarde. Solo pues del todo, a la precisa hora de despertar Julieta, me encaminé a sacarla del sepulcro de sus antepasados, con intención de retenerla oculta en mi celda hasta que fuese posible avisar a su esposo; empero, a mi llegada, minutos antes de la hora de volver aquella en sí, vio- lentamente acabados, me hallé aquí al noble Paris y al fiel Romeo. Despierta en esto Julieta. Instábala yo a salir y a soportar con paciencia este golpe del cielo, cuando un ruido me ahuyenta de la tumba. Ella, entregada a la desesperación, no quiso seguirme, y según toda apariencia, atentó contra sí misma. Esto es todo lo que sé; por lo que respecta al matrimonio, la Nodriza estaba en el secreto. Y si en lo dicho ha ocurrido desgracia por mi falta, que mi vieja existencia, algunas horas antes de su plazo, sea sacrificada al rigor de las leyes más severas.

PRÍNCIPE

Siempre te hemos tenido por un santo varón. ¿Dónde está el criado de Romeo? ¿Qué puede decir sobre lo presente?

BALTASAR

Yo llevé noticia a mi señor de la muerte de Julieta y él al punto salió, en posta, de Mantua para este preciso lugar, para este panteón. Diome orden de llevar temprano a su padre esta carta que veis, y al dirigirse a la bóveda esa, me amenazó con pena de muerte si no partía y le dejaba solo.

PRÍNCIPE

Dame la carta, quiero enterarme de ella. ¿Dónde está el paje del conde? El que dio aviso a la guardia. Tunante, ¿qué hacía aquí tu señor?

RomJul DeadPAJE

Vino a regar flores sobre el sepulcro de su prometida; mandome estar a lo lejos, y así lo hice. Muy luego apareció uno con luz, para abrir la tumba, y a poco cayó sobre él mi amo, espada en mano. Entonces fue que corrí para llamar la guardia.

PRÍNCIPE

Esta carta comprueba las palabras del monje; el relato de su mutuo amor, la comunicación de la muerte de Julieta. Dice Romeo que adquirió el veneno de un pobre boticario y asi- mismo que vino a morir a este panteón y a reposar al lado de ella. ¿Dónde están esos contrarios? ¡Capuleto! ¡Montagüe! ¡Ved qué maldición está pesando sobre vuestros odios, cuando el cielo halla medio para matar vuestras alegrías sirviéndose del amor! Y yo, por también tolerar vuestras discordias, he perdido dos deudos. Castigado todo.

RandJ PosterCAPULETO

Oh, Montagüe, hermano mío, dame la mano!

(Estrecha la mano de MONTAGÜE)

Ésta es la viudedad de mi hija: nada más puedo pedirte.

MONTAGÜE

Pero yo puedo más darte; pues, de oro puro, la erigiré una estatua, para que mientras Verona por tal nombre se conozca, no se alce en ella busto de más estima que el de la bella y fiel Julieta.

CAPULETO

De igual riqueza se alzará Romeo a su lado. ¡Pobres ofrendas de nuestras rencillas!

PRÍNCIPE

La presente aurora trae consigo una paz triste; pesaroso el sol, vela su faz. Salgamos de aquí para continuar hablando de estos dolorosos asuntos. Perdonados serán unos, castigados otros; pues jamás hubo tan lamentable historia como la de Julieta y su Romeo.

(Vanse)

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