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Fragmentos de libros.   TRAINSPOTTING de Irvine Welsh    FINAL II:

 

Editorial:   Editorial Anagrama Anagrama          Acceso/Volver a Finales I de "Trainspotting": Acceso/Volver al Final I de Trainspotting

Continúa
 

Último capítulo. Recordamos:    Flagrante Spoiler.

(Algunas de las imágenes que incorporamos para acompañar al texto son fotogramas de Trainspotting, película británica de 1996 basada en esta novela y de T2: Trainspotting su secuela, ambas dirigidas por Danny Boyle.)

...

... Spud sonríe y levanta las cejas. Mirándole, Renton piensa: Nunca adivinarías lo mucho que hay en juego. Ésta es la grande, no hay duda. Le hacía falta ese chute, para mantener los nervios bajo control. Había sido el primero en meses.

Begbie se vuelve, con los nervios crispados, y les hace una mueca furiosa, casi como si hubiera captado su irreverencia. «¿Dónde cojones está Sick Boy

Mandanga«Eh, a mí que me registren, digamos», se encoge de hombros Spud. «Estará aquí», dice Renton, señalando la bolsa de Adidas con la cabeza. «Tienes ahí un veinte por ciento de su mandanga.»

Esto desencadena un ataque de paranoia. «¡No hables tan jodidamente alto, puto desgraciao!», le espeta Begbie. Mira fijamente a los demás pasajeros a su alrededor, sintiendo desesperadamente la necesidad de que uno, al menos uno, le sostenga la mirada, para proporcionarle un blanco sobre el que desencadenar la furia que lleva dentro y que amenaza con desbordarle, y a la mierda las consecuencias.

No. Tenía que controlarse. Había demasiado en juego. Todo estaba en juego.

Pero nadie mira a Begbie. Los que son afines a él perciben las vibraciones que emite. Emplean ese talento especial que tiene la gente: hacer como que los majarones son invisibles. Ni siquiera sus compañeros quieren cruzarse con su mirada. Renton se ha echado su gorra de béisbol verde sobre los ojos. Spud, que lleva una camiseta de fútbol de la República de Irlanda, le está echando el ojo a una mochilera rubia que acaba de quitarse la mochila para ofrecerle una perspectiva de sus ajustados vaqueros. Segundo Premio, que está un poco apartado de los demás, se limita a beber sin parar, en actitud protectora hacia el lote de considerable tamaño que descansa a sus pies en dos bolsas de plástico blanco.

En la sala de espera, detrás del quiosco que se hace llamar pub, Sick Boy habla con una chica llamada Molly. Es prostituta y seropositiva. A veces merodea por la estación en busca de clientes. Molly está enamorada de Sick Boy desde que él se morreó un día con ella en un cochambroso disco-bar de Leith hace unas semanas. Sick Boy había hecho un aseveración acerca de la transmisión del virus en estado de ebriedad y para ejemplificarla había pasado la mayor parte de la noche dándole besos con lengua. Más tarde, tuvo un ataque de nervios malísimo y se cepilló los dientes media docena de veces antes de disponerse a pasar una noche de insomnio llena de ansiedad.

Sick BoySick Boy ha estado espiando a sus amigos desde detrás del pub. Ha dejado a los capullos esperando. Quiere asegurarse de que ningún guripa se les eche encima antes de que suban al autobús. Si eso ocurre, que se coman el marrón esos capullos.

«¡Déjame uno de diez, muñeca!», le pide a Molly, sin olvidar que tiene una participación de tres y medio de los grandes en el contenido de la bolsa de Adidas. Esto son pluses, no obstante. Esto es flujo de efectivo, que siempre resulta un problema.

«¡Aquí tienes!» El modo incondicional con que Molly echa mano del monedero casi enternece a Sick Boy. Después, con cierta amargura, se da cuenta de lo grueso que es el fajo, y maldice interiormente por no haberle pedido veinte.

«¡Gracias, nena!… bueno, será mejor que te deje con tus clientes. Londres me llama.» Le despeina el cabello rizado y la besa; esta vez, sin embargo, un irrisorio roce en la mejilla.

«Llámame cuando vuelvas, Simon», le grita ella a sus espaldas, mirando cómo su cuerpo magro pero firme se aleja de ella brincando. Él se vuelve.

«Tú intenta impedirlo, nena, tú intenta impedirlo. Ahora cuídate.» Le guiña un ojo y le muestra una sonrisa abierta y cordial antes de volverle la espalda.

Trainspotting Cara2«Zorrilla hecha polvo», murmura en voz baja, con una gélida expresión de enojo y desprecio. Molly era una aficionada, ni de lejos lo bastante cínica para el juego en el que estaba metida. Una víctima total, piensa, con una extraña mezcla de compasión y desdén. Dobla la esquina y brinca hasta los otros, con la cabeza girando de un lado a otro, tratando de detectar la presencia de la policía.

No le agrada lo que ve mientras se preparan para fletar el autobús. Begbie le maldice por su retraso. Siempre tenías que tener un ojo atento a ese desgraciao, pero con lo alta que era la apuesta, se suponía que estaría aún más irascible de lo habitual. Se acordaba de los rocambolescos planes de violencia por si había problemas que Begbie había parido durante la repentina fiesta que habían montado la noche anterior. Su genio podría mandarles a todos a prisión de por vida. Segundo Premio se hallaba en un avanzado estado de embriaguez; era de suponer. Por otra parte, ¿con qué clase de charla de borracho parlanchín habrá salido el capullo antes de llegar allí? Si no sabe dónde está, ¿cómo coño puede esperarse que sepa lo que dice? Este trapicheo es chunguísimo, reflexiona, dejando que un escalofrío ansioso le recorra.

Lo que más le jode a Sick Boy, sin embargo, es el estado de Spud y Renton. Era obvio que iban hasta las orejas de jaco. Era muy propio de aquellos hijoputas cagarla. Renton, que llevaba siglos desenganchado, desde mucho antes de mandar a hacer puñetas su empleo de Londres y volver a subir, no pudo resistir ese jaco colombiano sin cortar que les había suministrado Seeker. Era auténtico, había sostenido, una oportunidad única en la vida para un yonqui de Edimburgo acostumbrado a la heroína barata del Pakistán. Spud, como siempre, se apuntó al carro.

Spud EwenBremmerAsí era Spud. Su capacidad para transformar sin esfuerzo el más inocente de los pasatiempos en actividad delictiva siempre había asombrado a Sick Boy. Ya en las entrañas de su madre, uno habría tenido que calificar a Spud menos de feto que de conjunto aletargado de problemas de drogas y personalidad. Probablemente llamaría la atención de la policía derribando un salero en el Little Chef. Olvidémonos de Begbie, reflexiona amargamente, si hay un capullo que va a estropear la movida, será Spud.

Sick Boy mira de forma arisca a Segundo Premio, apodo procedente de su fantasía alcohólica de que sabía boxear, y los desastrosos resultados con que tropezó. El deporte de Segundo Premio no había sido el boxeo sino el fútbol. Fue de colegial una estrella internacional escocesa de notable habilidad que se fue al Manchester United con dieciséis años. En aquel entonces ya tenía un embrionario problema con la bebida. Uno de los milagros desconocidos del fútbol era cómo Segundo Premio había conseguido arrancarle dos años al club antes de ser devuelto a patadas a Escocia. La sabiduría popular decía que Segundo Premio había desperdiciado un gran talento. Sin embargo, Sick Boy comprendía cuál era la dura verdad. Segundo Premio era una amalgama de desesperación; en términos de su vida en conjunto, la capacidad futbolística era una desviación accidental más que el alcoholismo una cruel maldición.

Suben al autobús, Renton y Spud al estilo imagen congelada del picota. Están tan desorientados por la sucesión de los acontecimientos como por el jaco. Allí estaban, dando el gran golpe y largándose de vacaciones a París. Lo único que tenían que hacer era convertir el caballo en metálico, lo cual ya había sido preparado por Andreas en Londres. Sick Boy, no obstante, les había recibido como una pila llena de cacharros sucios. Estaba evidentemente de mal humor y Sick Boy creía que las cosas desagradables de la vida había que compartirlas.

Cuando sube al autobús, Sick Boy oye una voz que le llama por su nombre.

«Simon

«Otra vez esa zorra no», maldice en voz baja, antes de reparar en una chica más joven. Grita: «Coge mi asiento, Franco, sólo será un momento.»

Cogiendo su asiento, Franco siente odio mezclado con más de una punzada de celos al ver a una chica joven envuelta en un impermeable azul cogida de la mano de Sick Boy.

«¡Ese capullo y sus líos de chochos acabarán jodiéndonos a todos!», le gruñe a Renton, que parece atolondrado.

Begbie intenta adivinar la figura de la muchacha a través del impermeable. Ya la había admirado con anterioridad. Piensa en lo que le gustaría hacer con ella. Toma nota de que su cara es aún más bonita sin maquillar. Le cuesta fijarse en Sick Boy, pero Begbie ve su expresión de morritos y los ojos abiertos con fingida sinceridad. Begbie se pone cada vez más ansioso hasta que está a punto de levantarse y arrastrar a Sick Boy hasta el autobús. Cuando ya ha empezado a moverse del asiento, ve a Sick Boy regresar al vehículo, mirando afligidamente por la ventana.

brotherteddComEstán sentados al fondo del autobús, junto al retrete químico, que ya huele a pis derramado. Segundo Premio se ha adjudicado el asiento de atrás para él y su lote. Spud y Renton están sentados enfrente de él, con Begbie y Sick Boy delante de ellos.

«¿No era ésa la hija de Tam McGregor, eh, Sick Boy?», dijo Renton sonriéndole estúpidamente a través del hueco de los respaldos.

«Sí.»

«¿Aún te sigue agobiando?», pregunta Begbie.

«El capullo está mosqueado porque se la he estado metiendo a la guarra de su hija. Entretanto, él juega a estuprar a todas las pavitas que beben en su mierdoso club. Puto hipócrita.»

«Te paró en mitad de la calle al lado del Fiddlers, me dijeron. Nos contaron que te cagaste encima», se burla Begbie.

«¡Y una puta mierda! ¿Quién te ha contado eso? El capullo me dice: Si le pones un dedo encima… yo voy y le digo: ¿Ponerle un dedo encima? ¡Pero si llevo meses chuleándola, cacho cabrón!»

Renton sonrió burlonamente ante esto y Segundo Premio, que en realidad no lo ha oído, se ríe en voz alta. Todavía no está lo bastante mamao como para sentirse cómodo del todo prescindiendo completamente del más mínimo contacto social. Spud no dice nada, pero hace una mueca mientras la férrea presa del síndrome de abstinencia aprieta sus quebradizos huesos un poco más.

Begbie sigue sin estar convencido de que Sick Boy tenga las narices de plantarle cara a McGregor.

«Y una mierda. No eres capaz de meterte con ese cabrón.» «Vete a la mierda. Jimmy Busby estaba conmigo. Ese capullo de McGregor se caga delante de Buzz-Bomb. Todos los cashies [Diminutivo de casual. (N. del T.)] le tienen acojonao. Lo último que querría es un pelotón de Casuals destrozándole el local.»

«Jimmy Busby… ése no es un tipo duro. Un cagao es lo que es. Yo le metí a ese desgraciao en el Dean. ¿Te acuerdas de aquella vez, Rents, eh? ¿Te acuerdas de la vez que inflé al capullo de BusbyBegbie echa un vistazo por encima de su asiento en busca de apoyo pero Renton empieza a sentirse como Spud. Un espasmo le atraviesa el cuerpo y le sacude una tétrica náusea. Sólo puede asentir con la cabeza de forma poco convincente, en vez de suministrar los detalles que busca Begbie.

«Eso fue hace años. Ahora no lo harías», le opuso Sick Boy.

«¡Quién cojones no lo haría! ¿Eh? ¿Crees que yo no lo haría? ¡Puto desgraciao!», desafía agresivamente Begbie.

«Es un montón de mierda de todos modos», contraataca humildemente Sick Boy, empleando una de sus tácticas clásicas. Si no puedes ganar la discusión en sus pequeños detalles, enmierda el contexto.

Begbie Robert Carlyle«Ese capullo sabe que no le conviene meterse conmigo», dice Begbie, gruñendo en voz baja. Sick Boy no responde, sabiendo que se trata de una advertencia por poderes, dirigida a él, por vía del ausente Busby. Se da cuenta de que ha estado tentando a la suerte.

La cara de Spud Murphy está aplastada contra la ventana. Sufre su desgracia en silencio, chorreando sudor y con los huesos molidos. Sick Boy se vuelve hacia Begbie, aprovechando la oportunidad de hacer causa común.

«Estos capullos, Franco», dice cabeceando hacia atrás, «dijeron que seguirían desenganchados. Hijos de puta mentirosos. Nos joderán a todos.» Su tono es una mezcla de asco y auto-compasión, como si se resignase a que su suerte en esta vida fuera que todos sus pasos fuesen saboteados por los débiles necios que tenía la desgracia de tener que llamar amigos.

No obstante, Sick Boy no logra captar las simpatías de Begbie, a quien le disgusta su actitud aún más de lo que desaprueba el comportamiento de Spud y Renton.

«Déjate ya de putos lamentos. Tú has pasado por eso bastantes veces.»

«Hace siglos que no. Estos capullos empanaos nunca crecerán.»

«¿Así que no querrás nada de este puto speed, pues?», le provocó Begbie, picoteando algunos granos salados en papel de plata.

A Sick Boy le apetecería de verdad un poco de speed, para hacer más corto el viaje. Que le follen, sin embargo, si piensa suplicarle a Begbie. Se sienta, mirando al frente, sacudiendo suavemente la cabeza y murmurando en voz baja, con una tortuosa ansiedad en las entrañas que le impele a repasar agravio irresuelto tras agravio irresuelto. Entonces se levanta de golpe y va a hacerse con una lata de McEwan’s Export de la pila de Segundo Premio.

McEwansExport«¡Te he dicho que tenías que haber pillado tu propio lote!» La cara de Segundo Premio se asemejaba a la de un feo pajarraco cuyos huevos estuvieran amenazados por un depredador al acecho.

«¡Venga una lata pues, capullo agarrao! ¡Joder!» Exasperado, Sick Boy se golpea la frente con la palma. Segundo Premio le entrega una lata a regañadientes, que a fin de cuentas Sick Boy no puede beberse. Lleva algún tiempo sin comer y el fluido resulta pesado y desagradable al contacto con sus tripas vacías.

Detrás de él, el deslizamiento de Renton hacia la miseria de la abstinencia sigue su curso. Sabe que tiene que actuar. Eso significa dejar tirado a Spud. Sin embargo, no hay simpatía en los negocios, y mucho menos en éste que en ningún otro. Volviéndose hacia su compañero dice: «Tío, vaya un tapón más malo tengo en el culo. Tengo que pasar un rato en el cagadero.»

Por un segundo Spud vuelve a la vida. «¿No irás a pasar de mí, eh?» «Vete a tomar por culo», salta Renton convincentemente. Spud se vuelve y se funde miserablemente con la ventana otra vez.

Renton entra en el retrete y cierra la puerta. Limpia de pis el bordillo de la taza de aluminio. No es la higiene lo que le preocupa, sólo evitar una sensación húmeda sobre su piel hipersensible.

brotherteddCom2Coloca sobre la minúscula pila su cucharilla de cocinar, la aguja y las bolas de algodón. Sacando un pequeño paquete de polvo blanco amarronado del bolsillo, vierte diligentemente el contenido en su preciada pieza de cubertería. Absorbe 5 ml de agua con la jeringa y la echa lentamente en la cucharilla, cuidando de no tirar ningún grano. Su mano temblorosa se endereza con esa concentración que sólo la preparación del jaco puede facilitar. Paseando la llama del mechero de plástico de Benidorm bajo la cucharilla, remueve los tercos posos con la punta de la aguja hasta obtener una solución inyectable.

El autobús da violentos bandazos, pero él se mueve al compás; con el sentido vestibular del yonqui sintonizado, como el radar, con todos los obstáculos y curvas de la A1. No se derrama ni una preciosa gota cuando deposita la bola de algodón sobre la cucharilla.

Introduciendo la aguja en la bola, absorbe el herrumbroso líquido dentro de la cámara. Se arranca el cinturón, maldiciendo cuando el pasador queda enganchado en las trabillas de sus vaqueros. Lo libera a base de violentos tirones, que le provocan la sensación de que van a plegarse sobre sí mismas. Apretando el cinturón alrededor de su brazo justo por debajo de un bíceps enclenque, tensa con sus dientes amarillentos el cuero para mantenerlo afianzado. Los tendones de su cuello se ponen tirantes mientras mantiene la posición, hasta que aparece, a base de pacientes y estimulantes golpecitos, una renuente vena sana.

Un breve destello de indecisión resplandece en un rincón de su mente, únicamente para verse cruelmente ahogado por un espasmo retorcido que provoca convulsiones en su cuerpo chungo. Enfila diana, contemplando cómo cede la tierna carne ante el acero penetrante. Impulsa el émbolo parte de su recorrido, durante una fracción de segundo, antes de volver a retirarlo para llenar la cámara de sangre. Entonces afloja el cinturón y lo impulsa todo dentro de su vena. Levanta la cabeza y saborea el colocón. Se queda sentado durante un periodo que podría ser de minutos o de horas, antes de levantarse y mirarse en el espejo.

GuapoEspejo«Pero qué guapo eres, jodido», observa, besando su reflejo, sintiendo el frío vidrio contra sus cálidos labios. Se vuelve y coloca la mejilla contra el vidrio, para lamerlo a continuación. Entonces da un paso atrás y amolda sus rasgos hasta obtener una máscara de miseria forzada. Los ojos de Spud estarían sobre él en cuanto abriese la puerta. Tenía que arreglárselas para aparentar el mono, lo cual no iba a ser fácil.

Segundo Premio ha bebido lo suficiente para remontar una resaca paralizante y experimenta lo que podría describirse como fuerzas de flaqueza si su constante estado de embriaguez y abstinencia no hubiesen hecho superfluo tal término. Begbie, reparando en que ya están cada vez más cerca y no han sido detenidos por la Lothian and Borders Constabulary[** La gendarmería de Lothian (Edimburgo y alrededores) y los Borders (región fronteriza con Inglaterra). (N. del T.) ], la pasma, se halla más relajado. La victoria está al alcance de la mano. Spud concilia el difícil sueño del yonqui. Renton se siente un poco más animado. Hasta a Sick Boy le parece que las cosas van bien, y se suelta.

Esta frágil unidad resulta quebrada cuando Sick Boy y Renton inician una discusión sobre los méritos del Lou Reed pre y post Velvet Underground. Sick Boy se encuentra insólitamente trabado de lengua bajo el asalto de Renton.

«Nah, nah…», dice sacudiendo débilmente la cabeza y sin inspiración para contrarrestar los argumentos de Renton. Renton había robado el manto de la indignación que a Sick Boy le gustaba vestir en tales ocasiones.

BMussoliniSaboreando la capitulación de su adversario, Renton echa la cabeza atrás de forma ostentosa, doblando los brazos en un gesto de beligerancia triunfal, como había visto hacer una vez a Mussolini en un viejo reportaje.

Sick Boy se consuela husmeando entre los demás pasajeros. Hay dos viejas maris delante de él que miran de forma intermitente a su alrededor con cara de desaprobación y hacen referencias gallináceas al «lenguaje». Tienen, se da cuenta, el olor a pis y sudor de las viejas, parcialmente oscurecido por capas de talco rancio.

Frente a él se sienta una obesa pareja vestida con chandals de acetato. Los hijoputas de acetato son otra raza aparte, piensa cáusticamente. Habría que exterminarlos, joder. A Sick Boy le sorprendía que Begbie no tuviese un acetato en su vestuario. Una vez que recojan la pasta, piensa que le regalará uno al muy hijoputa, sólo para reírse un rato. Además, se promete a sí mismo obsequiar a Begbie con un cachorro de Pit Bull americano. Aunque Begbie no lo cuide, con el crío en casa no pasará hambre.

Había no obstante una rosa entre las espinas. Los ojos de Sick Boy cejan su escrutinio crítico MecheroBenidormde sus compañeros de viaje cuando enfocan a la mochilera teñida de rubio. Está completamente sola, delante de la pareja de los acetatos.

Renton se siente muy travieso y saca el mechero de Benidorm y empieza a quemar la coleta de Sick Boy. Se oye el crepitar del pelo, y otro desagradable olor más se mezcla con los demás al fondo del autobús. Sick Boy, percatándose de lo que sucede, se da la vuelta de un salto. «¡Vete a la mierda!», gruñe, azotando las muñecas alzadas de Renton. «¡Capullos infantiles!», resopla mientras las risas de Begbie, Segundo Premio y Renton se mofan de él, rebotando por el autobús.

Sin embargo, la intervención de Renton le proporciona a Sick Boy la excusa que apenas necesita para abandonarles y unirse a la mochilera. Se quita su camiseta «Los italianos lo hacen mejor», exhibiendo un torso fibroso y moreno. La madre de Sick Boy es italiana, pero lleva la camiseta no tanto para mostrarse orgulloso de sus orígenes como para incordiar a los demás con sus pretensiones. Se baja la bolsa y rebusca entre su contenido. Hay una camiseta de «Mandela Day», que era políticamente solvente y lo bastante rockera, pero demasiado machacada, MandelaDaydemasiado publicitada. Peor aún, estaba fechada. Tenía la sensación de que Mandela demostraría ser solamente otro capullo viejo y tedioso una vez que todo el mundo se acostumbrase a que estuviera fuera de la cárcel. Sólo le echó una rápida mirada a «Hibernian F.C. - European Campaigners» antes de rechazarla de inmediato. Los sandinistas también estaban pasados de moda. Se conformó con una camiseta de Fall que al menos tenía la virtud de ser blanca y realzaría su moreno de Córcega de la mejor manera. Poniéndosela, se puso en movimiento y se deslizó en el asiento de al lado de la mujer.

«Disculpa. Lo siento, voy a tener que unirme a ti. El comportamiento de mis compañeros de viaje es un poquitín inmaduro para mi gusto.»

Renton observa, con una mezcla de admiración y disgusto, la metamorfosis de Sick Boy desde despojo humano hasta hombre ideal de esa mujer. La modulación de la voz y el acento cambian de modo sutil. Una expresión de interés y sinceridad se dibuja en su cara mientras dispara preguntas seductoramente inquisitivas a su nueva acompañante. Renton se estremece al oír decir a Sick Boy: «Sí, yo también soy más bien purista en lo que atañe al jazz.»

«Sick Boy lo ha conseguido», observa, volviéndose hacia Begbie.

«Me alegro mucho por ese jodido cabrón», dice Begbie con amargura. «Al menos así el capullo caralarga estará lejos de mí. El puto capullo empanao no ha hecho otra puta cosa que quejarse desde que le he visto… el muy cabrón.»

«Todo dios está un poco tenso, Franco. Hay mucho en juego. Todo ese speed que nos metimos anoche. Es imposible que no estemos todos un poco paracas.»

«Deja de dar la cara por ese cabrón. A ese jodido vivales le hace falta una puta lección de modales. Puede que reciba una pronto y todo. Tener modales no cuesta una mierda.»

Renton ShatilovaVictoriaRenton, dándose cuenta de que la discusión no podía proseguir de manera fructífera, se acomoda de nuevo en su asiento, dejando que la mandanga le masajee, desmadejándole y deshaciendo los pliegues. Ciertamente era mercancía de calidad.

La amargura de Begbie para con Sick Boy no viene dada tanto por los celos como por el resentimiento porque le ha dejado solo; echa de menos estar sentado al lado de alguien. Tiene un gran puntazo de speed encima en estos momentos. Su mente se ilumina con una revelación tras otra, que considera demasiado buenas como para no compartirlas. Necesita alguien a quien hablarle. Renton percibe las señales de peligro. Detrás de él, Segundo Premio ronca estruendosamente. Poco partido le podía sacar Begbie a ése.

Renton se echa la gorra de béisbol sobre los ojos, al tiempo que despierta a Spud con el codo.

«¿Estás dormido, Rents?», pregunta Begbie.

«Mmmmm…», murmura Renton.

«¿Spud?» «¿Qué?», dice Spud con irritación.

Era un error. Begbie se revuelve en el asiento; apoyándose en las rodillas, se inclina sobre Spud y empieza a repetir una historia muy machacada.

«… así que estoy encima de ella, entiendes, como inmovilizándola y tal, y le da la burra, venga a chillar y tal y yo pensando joder, a esta guarra le mola cantidad, no te digo, pero me aparta, sabes, y sangraba por el coño como si fuese la semana del tapajuntas y a punto estaba yo de decir que a mí no me molesta, sobre todo con el puto rabo que se me había puesto, te lo juro. De todos modos, resulta que la capulla estaba abortando ahí mismo en ese momento.»

«Ya.»

«Sí, y te diré algo más de propina; ¿te he contado la vez que Shaun y yo nos enrollamos con aquel par de guarras en el Oblomov

«Sí…», gime Spud raquíticamente, mientras le parece que su cara es un tubo de rayos catódicos que está haciendo implosión lentamente.

El autobús se desvía para entrar en la estación de servicio. Aunque a Spud le proporciona un muy necesitado descanso, Segundo Premio no está contento. Acababa de conciliar el sueño, pero han encendido las desagradables luces del autobús, arrancándole cruelmente Tennent SuperLagerde su reconfortante sopor. Se levanta desorientado, en un estupor alcohólico; ojos aturdidos, incapaces de enfocar, zumbantes orejas asaltadas por una cacofonía de voces indiscernibles, boca reseca incapaz de cerrar. Alarga instintivamente la mano para coger una lata morada de Tennent’s Super Lager, dejando que el brebaje haga las veces de saliva.

Cruzan encorvados el puente de la autopista, perseguidos por el frío, además de la fatiga y las drogas que llevan en el cuerpo. La excepción es Sick Boy, que camina confiadamente a unos pasos por delante con la mochilera.

En la chillona cafetería Trust House Fort, Begbie agarra a Sick Boy del brazo y lo saca de la cola.

«No se te ocurra darle el palo a esa periquita. No queremos tener a la puta policía pululando a nuestro alrededor por unos pocos cientos de libras de la guita de vacaciones de una puta estudiante. No cuando llevamos jaco por valor de dieciocho de los grandes encima.»

«¿Me tomas por imbécil?», salta Sick Boy, indignado, pero confesándose simultáneamente a sí mismo que Begbie le había provisto de una oportuna llamada de atención. Había estado morreándose con la mujer, pero sus saltones ojos de camaleón escudriñaban frenéticamente en todo momento, intentando averiguar dónde escondía el dinero. La visita al café era su oportunidad. Begbie tenía razón, sin embargo, no era momento para nada semejante. No siempre puedes fiarte de tus instintos, reflexionó Sick Boy.

Se aparta de Begbie con cara ofendida y de morritos, y se reúne en la cola con su nueva amiguita.

Tras esto, Sick Boy empieza a perder el interés por ella. Encuentra difícil mantener un nivel de concentración aceptable ante sus excitados relatos de una estancia de ocho meses en España, antes de matricularse en un curso de posgraduada en Derecho en la Universidad de Southampton. Coge la dirección del hotel londinense donde va a quedarse, notando con cierto disgusto que es uno de esos hoteles baratos de Kings Cross, en vez de uno de esos sitios más salubres del West End, en los que disfrutaría estando un par de días. Tenía absoluta confianza en que le sacaría un polvo a esa tipa una vez que hubieran arreglado el negocio con Andreas.

SkyLine Londres

Por fin el autobús empieza a atravesar los suburbios de ladrillo del norte de Londres. Sick Boy mira nostálgicamente por la ventana cuando pasan el Swiss Cottage, preguntándose si una mujer a la que conocía aún trabajaría detrás de la barra. Seguro que no, razona. Seis meses es mucho tiempo detrás de la barra de un pub londinense. Aun siendo muy de madrugada, el autobús se ve obligado a ir a paso de tortuga al llegar al centro, y le lleva un tiempo deprimentemente largo arribar a la estación de autobuses de Victoria.

Desembarcan como si fuesen trozos de loza rotos vertidos de una maleta. Se monta una discusión sobre si deberían ir a la estación de ferrocarril y coger un metro de la línea Victoria hasta Finsbury Park o pillar un taxi. Deciden que es mejor coger un taxi que andar enredando por Londres con mogollón de caballo.

ThePoguesSe apiñan en el taxi diciéndole al conductor parlanchín que han bajado a ver el concierto de los Pogues, que iba a tener lugar en un pabellón en Finsbury Park. Era una coartada ideal, puesto que todos pensaban ir al concierto, mezclando así el placer con los negocios, antes de irse a París a descansar. El taxi casi recorrió el camino de vuelta del autobús, antes de detenerse en el hotel de Andreas, que tenía vistas al parque.

Andreas, que provenía de una familia de griegos londinenses, había heredado el hotel a la muerte de su padre. Con el viejo, el hotel había hospedado sobre todo a familias sin hogar en situación desesperada. Los ayuntamientos tenían la responsabilidad de encontrar alojamientos de corta duración para la gente en esas circunstancias, y como el distrito de Finsbury Park estaba repartido entre tres barrios distintos, Hackney, Harringey e Islington, el negocio había ido bien. Al hacerse cargo del hotel, sin embargo, Andreas vio que podía ser todavía más lucrativo como casa de citas para hombres de negocios londinenses. Aunque en realidad nunca llegó a la cumbre del mercado al que apuntaba, proporcionaba un santuario para un reducido número de prostitutas. Los clientes de ingresos medios de la City admiraban su discreción y la limpieza y seguridad de su establecimiento.

Sick Boy y Andreas se conocieron por haber salido con la misma mujer, que había quedado hechizada por ambos. Conectaron de inmediato y montaron algunos chanchullos juntos, básicamente pequeñas estafas de seguros y fraudes con tarjetas de crédito. Al hacerse cargo del hotel, Andreas empezó a distanciarse de Sick Boy, decidiendo que ahora estaba en otro nivel. No obstante, Sick Boy le entró con la historia de una partida de heroína de calidad a la que le había echado el guante. Andreas cargaba con la maldición de una peligrosa fantasía, vieja como la humanidad además: la de que podía codearse con malhechores para inflarse el ego sin pagar el precio correspondiente. El precio pagado por Andreas era reunir a Pete Gilbert con el consorcio de Edimburgo.

Gilbert era un profesional que llevaba mucho tiempo dedicándose al tráfico de drogas. Era capaz de comprar y vender cualquier cosa. Para él, era un asunto estrictamente de negocios, y se negaba a diferenciarlo de cualquier otra actividad empresarial. La intervención estatal bajo la forma de la policía y los tribunales constituía únicamente otro riesgo comercial. Era, no obstante, un riesgo que merecía la pena correr, teniendo en cuenta los extraordinarios beneficios. Un clásico intermediario, Gilbert era, por la naturaleza de sus contactos y su capital-riesgo, capaz de procurar drogas, almacenarlas, cortarlas y venderlas a distribuidores menores.

Pounds1980Desde el primer momento, Gilbert cala a los escoceses como fracasados de poca monta que se han tropezado con un gran negocio. Queda impresionado, no obstante, por la calidad de su mercancía. Les ofrece 15.000 libras, dispuesto a subir hasta las 17.000 libras. Ellos quieren 20.000 libras, y están dispuestos a bajar hasta las 18.000 libras. El trato se cierra en las 16.000 libras. Gilbert ganará un mínimo de 60.000 libras una vez que la mercancía haya sido cortada y distribuida.

Le resulta tedioso negociar con una pandilla de perdedores hechos polvo del lado equivocado de la frontera. Preferiría tratar con la persona que les hizo la venta. Si su proveedor estaba lo bastante desesperado como para venderles una mercancía tan buena a semejante pelotón de gambas, entonces es que en realidad no entendía del negocio. Gilbert podría haberle hecho ganar dinero de verdad.

Además de aburrido, era peligroso. Pese a sus aseveraciones en sentido contrario, sería imposible, decidió, que esa pandilla de Jocks hechos polvo fuera discreta nunca. Era más que posible que la unidad antidroga hubiese hecho que les siguieran. Por ese motivo, había colocado a dos tipos experimentados fuera, en el coche, con los ojos bien abiertos. Pese a sus reservas, cultivó a sus nuevos socios. Cualquiera que estuviese lo bastante desesperado como para venderles esa mandanga una vez, podría ser lo bastante imbécil como para volverlo a hacer.

Una vez concluido el trato, Spud y Segundo Premio se abalanzaron sobre el Soho para celebrarlo. Son los típicos chicos nuevos en la ciudad, atraídos por esa famosa milla cuadrada como los niños por una tienda de juguetes. Sick Boy y Begbie van a echar lo que resulta ser una disputada partida de billar en el Sir George Robey con un par de tíos irlandeses. Viejos zorros de Londres, se muestran despectivos ante la fascinación de sus amigos por el Soho.

CarnabyStreet«Lo único que van a conseguir allí son gorras de policía, unión jacks, señales de Carnaby Street y prohibitivas pintas de pis», se mofó Sick Boy.

«Conseguirían echar un puto polvo más barato en el hotel de tu colega, ¿cómo coño se llama?, ese capullo griego.»

«Andreas. Pero eso es lo último que quieren esos capullos», dice Sick Boy, ordenando las bolas. «Y ese cabrón de Rents. Es la enésima vez que intenta desengancharse. El muy imbécil mandó a tomar por culo un buen curro y un piso chachi aquí abajo y todo. Creo que nos iremos cada uno por nuestro lado después de esto.»

«Menos mal que él se ha quedado, de todos modos. Algún menda tiene que quedarse a vigilar el puto botín. Yo no le confiaría esa tarea a Segundo Premio o a Spud

«Ya», dice Sick Boy, preguntándose cómo podría dejar tirado a Begbie y marcharse en busca de compañía femenina. Se pregunta a quién llamar, o si ir a ver qué tal se le da la mochilera. Fuese lo que fuese, iba a moverse pronto.

De vuelta en el garito de Andreas, Renton está chungo, pero no tan chungo como les había hecho creer. Echa un vistazo al jardín trasero y ve a Andreas tonteando con Sarah, su amiguita.

BAdidas1980Mira atrás hacia la bolsa Adidas atiborrada de pasta; es la primera vez que Begbie la pierde de vista. Desparrama su contenido sobre la cama. Renton jamás ha visto tanto dinero junto. Casi sin pensarlo, vacía el contenido de la bolsa Head de Begbie, introduciéndolo en la bolsa Adidas vacía. Entonces mete el dinero en la bolsa Head, y mete su propia ropa dentro, encima del dinero.

Echa una rápida mirada por la ventana. Andreas tiene la mano metida dentro de la braga del bikini de Sarah y ella está riéndose y chillando: «Andreas, no… no…» Con la bolsa Head agarrada con firmeza, Renton se vuelve y sale corriendo sigilosamente de la habitación, bajando las escaleras que dan al corredor. Mira brevemente atrás antes de desfilar por la puerta. Si se encontraba con Begbie, era hombre muerto. En cuanto deja que esa idea tome forma en su cabeza, casi se desploma de miedo. No hay nadie en la calle, sin embargo. Cruza la calzada.

Oye ruidos y gritos y se para en seco. Un grupo de tíos jóvenes con camisetas de los Celtics, que evidentemente han venido a ver el concierto de los Pogues por la tarde, van dando tumbos en su dirección, totalmente hasta el culo de alcohol. Camina tenso hasta dejarlos atrás, pese a que ellos le ignoran; y, para alivio suyo, ve venir un autobús 253. Se sube y deja Finsbury Park atrás.

Renton lleva puesto el piloto automático cuando se baja en Hackney para coger un autobús hasta Liverpool Street. No obstante, sufre cierta paranoia con esa bolsa llena de dinero. Para él, todo el mundo es un atracador o tironeador en potencia. Cada vez que ve una chupa de cuero negro semejante a la de Begbie, la sangre se le hiela. Incluso piensa en regresar cuando está montado en el autobús que lo lleva a Liverpool Street, pero mete la mano en la bolsa y palpa los fajos de billetes. Ya en su lugar de destino, entra en una oficina del Abbey National y añade 9.000 libras a las 27,32 que había en su cuenta. El cajero ni siquiera pestañea. Después de todo, esto es la City.

LiverpoolStreetStation2Sintiéndose mejor con sólo 7.000 libras encima, Renton baja a la estación de Liverpool Street y compra un billete de ida y vuelta para Amsterdam, únicamente con intención de ir. Observa la transmutación del condado de Essex desde el cemento y el ladrillo hasta el exuberante verdor mientras rulan hacia Harwich. Hay una espera de una hora en Parkston Quay, antes de que el barco zarpe para Hook of Holland. Eso no es problema. A los yonquis se les da bien esperar. Hace unos pocos años, trabajó en ese ferry como camarero. Espera que no le reconozca nadie de aquella época.

La paranoia de Renton se apacigua en el barco, pero queda reemplazada por sus primeros sentimientos verdaderos de culpa. Piensa en Sick Boy, y en todas las cosas por las que habían pasado juntos. Habían compartido algunos buenos ratos, y algunos horrendos, pero los habían compartido. Sick Boy recuperaría la pasta; era un explotador nato. Era lo de la traición. Ya podía ver la expresión más-dolida-quefuriosa de Sick Boy. Sin embargo, ya llevaban años distanciándose cada vez más. Su antagonismo, en tiempos un juego, una actuación a beneficio de los demás, se había convertido lentamente, a través de ese modo de ritualizarse, en una trivialidad. Era mejor así, pensó Renton. En cierto modo, Sick Boy le comprendería, e incluso le admiraría a contrapelo por su acción. Su mayor ira se dirigiría contra sí mismo por no haber tenido los huevos de hacerlo él primero.

No hacía falta un gran esfuerzo para concluir que a Segundo Premio le había hecho un favor. Sentía lástima al pensar que Segundo Premio había empleado su dinero del consejo de compensación por daños criminales para respaldar su participación. Sin embargo, Segundo Premio estaba tan ocupado destruyéndose a sí mismo que apenas reparaba en que alguien le echase una mano. Igual daba que le dieses a beber una botella de herbicida que tres de los grandes para que se los gastara. Era una forma más rápida y en última instancia más indolora de matarle. Algunos considerarían que esa decisión incumbía a Segundo Premio, ¿pero acaso la naturaleza de su enfermedad no destruía su capacidad de optar con conocimiento de causa? Sonrió despectivamente ante la ironía de un yonqui como él, que acababa de darles el palo a sus mejores colegas, pontificando de ese modo. ¿Pero acaso era él un yonqui? Cierto, acababa de picarse otra vez, pero las lagunas entre sus temporadas de picota eran cada vez más grandes. Sin embargo, realmente no podía contestar ahora a esa pregunta. Sólo el tiempo podría hacerlo.

El auténtico sentido de culpa de Renton se centraba en torno a Spud. Quería a Spud. Spud jamás había hecho daño a nadie, si se exceptúa quizá un poco de angustia psíquica por culpa de su tendencia a liberar el contenido de los bolsillos, monederos y hogares de la gente. Pero la gente se calienta demasiado los cascos con esas cosas. Invierte demasiada emoción en los objetos. A Spud no se le podía hacer responsable del materialismo y el fetichismo mercantil de la sociedad. A Spud nada le había salido bien. El mundo se le había cagado encima, y ahora su colega se había unido a él. Si había una persona a quien Renton intentaría compensar, ése era Spud.

TheVineEso dejaba a Begbie. No podía sentir simpatía alguna por aquel cabrón. Un psycho que empleaba agujas de tricotar afiladas cuando iba a ajustarle las cuentas a algún pobre cabrón. Había menos posibilidades de chocar con la caja torácica que con un cuchillo, se jactaba. Renton se acordaba de la vez que Begbie rajó a Roy Sneddon con un vaso, en The Vine, absolutamente sin motivo. Nada aparte de que el tío tuviera una voz irritante y que Begbie tenía resaca. Fue atroz, repugnante y carente de sentido. Aún más feo que el acto en sí, era el modo en que todos, Renton incluido, se confabularon con él, incluso hasta el punto de crear escenarios ficticios para justificarlo. Era sólo otra forma de incrementar el estatus de Begbie como alguien al que no convenía buscarle las cosquillas, y el de todos ellos, indirectamente, por su relación con él. Lo veía como la representación de la máxima cobardía moral. Comparado con eso, su delito al darle el palo a Begbie era casi virtuoso.

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Por una ironía del destino, Begbie resultó ser la clave. Darle el palo a los colegas era la ofensa más grave de su código, y solicitaría la pena más severa. Renton había usado a Begbie, le había usado para quemar sus naves completa e irremisiblemente. Era Begbie el que aseguraba que jamás podría volver. Había hecho lo que quería hacer. Ahora nunca podría volver jamás a Leith, a Edimburgo; ni siquiera a Escocia. Allí no podía ser otra cosa que lo que era. Ahora, libre de todos ellos, de una vez por todas, podía ser lo que quisiera. Se sostendría o caería él solo. Esta idea le aterrorizaba y le excitaba al mismo tiempo mientras contemplaba la idea de vivir en Amsterdam.

 También tenemos fragmentos de Trainsporting, acceder: Trainspotting

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Fragmentos de libros.   TRAINSPOTTING de Irvine Welsh    FINAL I:

Nuestra portada:
  Imagen Provisonal
-------- VOZ DE LA FOTO. IMAGEN PROVISIONAL. -----------
Texto pendiente.
Texto pendiente.
  
Tronco. Sección    Madrid    © LCJ  
 
Finales de libros.
 

[71] Trainspotting:   Hobby consistente en observar compulsivamente los trenes y anotar su número y características para luego darse importancia entre otros aficionados. Es objeto de ridículo generalizado en Gran Bretaña, como grado cero de los hobbies o la forma más fútil de pasar un tiempo con el que no se sabe qué hacer. (N. del T.).

 

Último capítulo.   Flagrante Spoiler.

 

Station to station

 

Era una noche monótona y repugnante. Mugrientas nubes pendían desde lo alto, esperando para vomitar su oscura carga sobre los ciudadanos que desfilaban bajo ellas, por enésima vez desde el amanecer. La sala de espera de la estación de autobuses es como una oficina de la Seguridad Social vuelta del revés y rociada con aceite. Un montón de gente joven que vive de grandes sueños y pequeños presupuestos hace cola sombríamente en la fila para Londres. La única forma más barata de bajar es a dedo.

BusStationOldEl autobús ha llegado de Aberdeen haciendo una parada en Dundee. Begbie comprueba estoicamente las reservas de los asientos, y a continuación mira fija y malévolamente a la gente que ya está en el autobús. Dándose la vuelta, vuelve a mirar la bolsa de deporte Adidas que tiene a los pies.

Renton, fuera del alcance del oído de Begbie, se vuelve hacia Spud y señala con la cabeza a su irascible amigo. «El cabrón está deseando que algún hijo de puta haya cogido nuestros asientos; para tener un pretexto para armar follón.»...

...

 

Continuar final     (Continuar con el FINAL de " "Trainspotting" de Irvine Welsh )

 

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Fragmentos de libros. SEÑAS DE IDENTIDAD de Juan Goytisolo   Final II:

 

Editorial:  SeixBarral     Acceso/Volver al FINAL I de "Señas de identidad": PzaToroRonda177

Continúa

...   

docenas de automóviles de matrícula extranjera cubrían la zona de estacionamiento del mirador y

     los que sin cesar llegaban se veían obligados a contornear los muros adustos del castillo atravesar

     de nuevo el puente en sentido inverso buscar un hueco libre en el parque exterior de autocares

a poca distancia de los catalejos dos centinelas en uniforme de gala observaban el ir y venir del pú-

     blico con la expresión atontada y servil de dos intrusos en una encopetada reunión de familia

caminastes por el belvedere lateral tras un grupo de alemanes extasiados por la perspectiva del

     mar el despliegue armonioso de los veleros los portaviones de la Sexta Flota americana las ga-

     viotas menudas y ágiles

los jardines se prolongaban más allá del castillo con su árboles flores arbustos papeleras bancos con

     una ojeada rápida abarcaste los senderos bien alineados los arriates de césped los obuses antiaé-

     reos amables ornamentales caducos

te colaste por un poterna abierta en el lienzo de la fachada y por un corredor iluminado con lampa-

     rillas de luz indirecta desembocaste en lo que fuera patio de armas de la abolida fortaleza militar

el suelo era adoquinado las cuatro galerías formaban un claustro con severos arcos de piedra y en

     las esquinas había enredaderas tiestos cántaros y hasta el brocal de un poco con la polea sosteni-

     da por una armadura de hierro forjado

en el centro

en medio de un cuadrado de césped señalado por cuatro mojones

Franco estatua2un zócalo sobrio realzaba la estatua ecuestre de un guerrero en bronce regalo de la Ciudad

eso decía la lápida 

      a su Caudillo Libertador

buscaste refugio a la sombra de los pórticos

los turistas discurrían grupos compactos hacia el museo del Ejército fotografiaban la estatua ecues-

     tre se aglomeraban a la entradade las tiendas de souvenirs hacian girar los torniquetes de tar-

     jetas postales visitaban el almacén de Antigüedades Heráldica Soldados de Plomo

       

              ENTRADA LIBRE

              ENTRÉE LIBRE

              FREE ENTRANCE

              EINTRITT FREI

   

    el cartel anunciador de una corrida de toros atrajo bruscamente su atención

  

              SOUVENIR           SOUVENIR

            DE ESPAÑA        DE ESPAÑA

               Plaza de Toros Monumental 

              Grandiosa corrida de toros 

              6 Hermosos y Bravos Toros 6 

              con la divisa rosa y verde de 

              la renombrada ganadería de 

              Don Baltasar Iban de Madrid 

              Para los grandes espadas

                LUIS MIGUEL DOMINGUÍN

   ICI VOTRE NOM – HERE, YOUR NAME – HIER, IHRE NAMEN 

              ANTONIO ORDÓNEZ 

               Con sus correspondientes cuadrillas 

              Amenizará el espectáculo la Banda

              “La popular Sansense”

 

CartelTorospasaste de largo

una multitud de curiosos examinaba dos composiciones fotográficas en las que un torero (sin

      cabeza)   clavaba (con estampa de maestro) un par de banderillas y una gitana (sin cabeza

      igualmente) se abanicaba (muy chula ella) frente a una maqueta de la Giralda  

en endiablado esperanto un caracterizado ejemplar de hombrecillo español de la estepa expli-

      caba quese trataba de una imagen trucada con la que los señores y caballeros messieurs

      et dames ladies and gentleman aquí presentes podrían sorprender a sus amistades y cono-

      cidos vestidos de toreros y gitanas toreadors et gitanes matadors and gupsies de regreso a

      sus respectivos países vos pays d´origine yor native conuntries y afirmar así su personali-

      dad affimer votre personnalité your pensonality con el relato de sus aventuras españolas

      aventures espagnoles spanish adventures
              

              SU FOTO EN 20 MINUTOS

              VOTRE PHOTO EN 20 MINUTES

              YOUR PICTURE 20 MINUTES

              IHR FOTO IN 20 MINUTEN

SdI Verticales(en un periódico de la mañana habías leído la escalofriante noticia de un estudiante de Filosofía

      madrileño que se costeaba sus estudios universitarios retratándose con las turistas vestido

      de torero en un conocido bar típico de Palma de Mallorca

que sistema filosófico iba a concebir

te decías

nuestro futuro genial único Erasmo de Atocha

subiste la escalera hacia las vastas terrazas desnudas del castillo

las garitas desiertas de los centinelas se erguían en la esquinas como las torrecillas de un des-

      tartalado juego de ajedrez

suprimido el penal militar los adoquines las piedras erosionadas por el viento los desmantela-

      dos puestos de observación se sobrevivían a sí mismo con resignada y quieta nostalgia

alejado de los grupos de turistas que con sombrero gafas oscuras máquinas de retratar se

      aventuraban por la desolación luminosa de los ladrillas te sentaste en un ángulo del pretil

      y acechaste el vuelo irreal de las aves el patio abrasado y violento el vago cielo azul del sol

      fanático que parecía incendiarlo todo

luz soledad vacío silencio muerte

los límites ancestrales de la cárcel se reconstituían de modo aleve y sutil bajo la piedra bruñi-

     da el revoque cuidadosamente arrancado las fachadas remozadas y limpias la conciencia

     blanqueada por la absolución y olvido de la Historia cegado por el reverbero abrupto

     cerraste momentáneamente los ojos.

25AñosdePazSin embargo

en este mismo ámbito de calcinada tierra cielo remoto imposibles pájaros luz obsesiva

durante el reino de los Veinticinco Años de Paz reconocidos y celebrados ya hoy por todos los

      bienpensantes del mundo

hombres armados habían golpeado a compatriotas indefensos con látigos fustas bastones se

      habían cebado en ellos con sus culatas correas botas fusiles

hombres cuyo único delito fuera defender con las armas el gobierno legar cumplir con su jura-

      mento de fidelidad a la República proclamar el derecho a una existencia justa y noble y

      creer en el libre albedrío de la persona humana escribir la palabra LIBERTAD en las tapias

      cercado aceras muros

habían contado una y mil veces las columnas del claustro calculado el número exacto de adoqui-

      nes del suelo medido mentalmente los límites avariciosos y estrictos que los aprisionaban

corrido tras una mísera pelota de trapo atisbado el cuadrado azul infinito del cielo espiado el

      vuelo libre y generoso de la aves

golpeado la cabeza contra las paredes escupido sangre

corrido a paso ligero hasta perder el sentido obedecido en silencio al llamamiento de la corneta

       aguardado turno ante la sucia perola de rancho desfilado con monos harapientos después

       de la misa

       dormido en calabozos oscuros y húmedo tiritado de frío en las noches de invierno soñado en

       mujeres inaccesibles y hermosas acechado el hosco rumor de las botas que anunciaban el

       relevo de las imaginarias

se habían arrodillado los domingos durante la elevación de la Sagrada Forma masturbado

       en el denso y propicio cubil de los malolientes petates abierto elas venas en brusco arrebato

       de enajenación y locura

condenados a muerte

miraron por última vez el cielo las nubes los pájaros todo aquello que de una forma u otra re-

       presentaba para ellos la vida

pasaron el duermevela agitado que precede a la ejecución escribieron su carta de adiós al padre

      la madre la mujer la novia los hijos comieron el último plato de lentejas bebieron ávidamente

      la última taza de café caminaron hacia el paredón vigilados encuadrados empujados sosteni-

     dos por sus verdugos

afrontaron los fusiles con serenidad lloraron solicitaron valientemente la venia de dar la orden

      de fuego suplicaron vida salva se reconciliaron con Dios rechazaron los auxilios del cura gri-

      taron rieron aullaron se mearon de miedo cayeron tronchados por las balas

rindieron el último suspiro.
 

 

CaratulaAlianzaEl clima del lugar es magnífico.

su situación en la zona intertropicar y la acción benigna de las corrientes determinan que sus

      inviernos sean breves y poco acentuados sus veranos estimulantes y frescos un país ideal

      en suma para los reumáticos y los gotosos

su flora es espléndida generosa salvaje

árboles inmensos frutos variopintos flores desmesuradas y exóticas

los animales de la selva vagan libremente por el campo compaten las plagas nocimas son ami-

       gos y aliados del hombre

tu casa corona la cima de un monte rodeado de mar azul arrecifes de coral playas de arena 

      blanca bosques de cocoteros

el sol brilla rotundo sobre la copa de los árboles y en el cielo no hay una nube

desde tu ventana abarcas las ricas plantaciones de café cacao vainilla caña de azúcar copra

los baobabs las palmeras las ceibas las secoyas los ficus

las chimeneas del ingenio en el que tus peones y obreros trabajan

el pabellón de recreo el lago el cenador los jardines

los capataces vienen a tu encuentro acechando tus órdenes tú las das brevemente

como un self made man tejano severo y silencioso

parco en palabras y de apariencia brusca

pero de corazón discreto y noble

mientras tu mujer y tus hijos se balancean en las hamacas rodeados de invitados exquisita-

      mente vestidos

damas criollas con abanicos collares faldas de moaré chapines de raso

caballeros con sombrero de copa

lebreles ágiles gatos esbeltos papagayos vistosos decorativos niños

el baile está a punto de comenzar

lo abres con la muchacha más bella girando y girando bajo las fastuosas arañas del techo

un viejo vals del Imperio Austrohúngaro

iluminado por los candelabros de los lacayos en librea

con una copa de champaña en la mano

te diriges a la cuadra del potro

un angloárabe llamado Johnny

lo ensillas

lo cabalgas

partes al galope

los negros te saludan afectuosos

su alimento consiste en meladura de caña flores silvestres hierbas aromáticas

sin necesidad de recurrir a los castigos te admiran te respetan te quieren

su carácter es dulce son católicos

tú los llamas a a cada uno por su nombre

Bobó

Sesé

Arará

como en las novelas de Emilio Salgari

y ello piden tu bendición se arrodillan te besan la mano

espaciosamente recorres tus dominios verificando que todo está en orden

las propiedades tus inmuebles tu ganado tus rentas

los peones se descubren para saludarte

los viejos te sonríen

los niños te rodean

los animales de la jungla te escoltan

bejucos y orquédeas se inclinan a tu paso y parecen rendirte homenaje

te crees a salvo

entronizado en tu puesto por los siglos de los siglos

y cuando despiertas segundos más tarde

te recobras en tu habitación del Mas con la "Geografía de Cuba" de tu tío Eulogio debajo

      de la almohada

sin cetro

sin corona

sin súbditos

sin reino

lector concienzudo de Spengler y Keyserling en un menopáusico país del Viejo Continente

      condenado a desaparecer por su vida muelle y lenta degeneración de la raza con

      el desamparo hondo de tus trece años

inerme

sobrecogido de miedo

a la merced del kirguís carnívoro

y de sus fabulosas mujeres que paren a lomo de caballo

 

SdI AlianzaAbriste de nuevo los ojos convocado por el sol imperioso de la canícula

sin saber con certeza si el pasado reciente de tu patria era real

o se trataba sencillamente

como todo lo inducía a creer en esta sofocante jornada de agosto del año de gracia del 63 y

      sucedía con cierta frecuencia en vuestras latitudes

un mes justo después de tu regreso a España

cuarenta y ocho horas más tarde del entierro de Ayuso en tu exploratorio recorrido senti-

      mental

de una alucinación

un mal sueño

una resaca característica de borracho

un prosaico y vulgar fenómeno de espejismo.

 

Adelante pues

bajaste al patio bordeaste la puerta de los calabozos convertidos en boutiques de souvenirs

      sorteaste nuevos grupos de turistas recién desembarcados de los autocares te empocas-

      te en el corredor por el que los condenados a muerte eran conducidos al paredón saliste

      al aire libre rehiciste el itinerario de los fusilados

una zanja de varios metros de anchura conducía por medio de un túnel a los míticos fosos

      del castillo

la puerta de acceso estaba de par en par y desde el umbral el visitante podía abarcar una

      sección del jardín bien cuidado con arriates de césped árboles cipreses arbustos enreda-

      deras

extranjeros e indígenas caminaban sin prisa por los senderos

se detenían a admirar los macizos de begonias tomaban fotografías de los muros que fueron

      escenario de las vengativas ejecuciones

brigadas de obreros habían borrado cuidadosamente los impactos de las balas y abierto a

      las miradas indiscretas de los curiosos el lugar parecía proclamar a los cuatro vientos su

      inocencia desmentir las patrañas y fábulas inventadas por envidiosos y resentidos negar

      ante las generaciones futuras de españoles su presunta culpabilidad.

 

 

Aunque ninguna lápida lo dijera el presidente de la abrogada Generalitat de Catalunya vivió en

      Montjuich los últimos instantes de su vida

entregado por los nazis después de la derrota de Francia el político festejado un día por las mul-

      titudes barcelonesas bajó a los fosos del castillo escoltado por las bayonetas de los soldados

pensó en su amada ciudad con pesar y nostalgia

aspiró el aire puro y agreste del monte

contempló el cielo claro por última vez

habías dado un billete de veinte duros al guardián de los jardines y sin necesidad de formular 

      la pregunta

tan manifiestos debían de ser tus propósitos

FusiCompaynsel hombre te guió hacia la izquierda apuntó con el dedo un lienzo desnudo en el muro e indicó

      bajando la voz

aquí fue

caballero

donde fusilaron a Companys.

 

Te lo habían contado siendo niño y entonces lo creíste

obligado a liberar los esclavos por decreto del Gobierno de la Colonia

el bisabuelo había reunido a sus negros en el batey del ingenio y con lágrimas en los ojos

puesto que los quería

los proclamó libres

seres dolientes como los otros

sin protección superior alguna

abandonados al destino cruel

sin dueño

sin señor

sin amparo

y al escucharle

los negros lloraron a su vez

porque el bisabuelo era bueno

no empleaba el látigo

les daba de comer

les protegía

y a su manera

rústica y primitiva

silvestre

ellos

los negros

también lo amaban

pero todo era mentira

su protección

el alimento

el pretendido amor que les unía

el dolor de la separación

los discursos

las lágrimas

lo sabes ahora

cuando también tú te has liberado de ellos y navegas a solas

diciéndote

bendito sea mi desvío

todo cuanto me separa de vosotros y me acerca a los parias

a los malditos

a los negros

mi inteligencia

mi corazón

mi instinto

benditos sean

gracias sean dadas a dios

infinitas gracias

por los siglos de los siglos.

 

 CaidosXDiosA la derecha una verja de hierro protegía el reducto consagrado a la memoria de los Caídos por

      Dios y por España

era un rincón evocador silencioso recoleto y apacible

con un altar de líneas simples una estatua de bronce un rústico jardín por el que las lagartijas 

      campaban a sus anchas con visible y morosa sensualidad

un cicerone informaba a los turistas de lo sucedido en Barcelona entre julio de 1936 y enero de 1939

y como un Monsieur Dupont Mister Brown Herr Schmidt de los diez y pico millones que aquel ve-

      rano os rendían visita te aproximaste a oir sus explicaciones

ici Messieur dames c'est l'endroit où furent fusillés par le Rouges pendant notre guerre de

      Libération un grand nombre de hauts officiers de l'Armée de prêtres de personnalités relevantes

     de la vie sociale de notre ville

los forasteros escuchaban con expresión atenta y te apartaste de ellos

una naúsea invencible te invadía

prend-moi une photo

regarde c'est le Monument aux Morts

ladies and gentlemen

mon Dieu quelle chaleur

será posible

te decías

CurasBarcelonaque el final sea éste

que la injusticia impuesta por la fuerza de las armas

debáis acatarla como algo definitivo

hacer que lo que existió una vez no hubiese existido nunca

era empresa factible para aquellos hábiles titireteros de la idea existencia y atributos de Dios

tu te rappelles l''anée dernière

look here my darling

c'est extraordinaire l'impression de paix

de quelle guerre s'agit-il

habías vuelto a España después de diez años de espera consumidos en planes proyectos ensueños

      especulaciones utopías

y Diablo Cojuelo desde el descubridero de los miradores atalayabas tu ciudad natal

cansado

enfermo

sin fuerzas

al borde del suicidio

acechando los latidos de un corazón frágil que

como en el Boulebard Richard Lenoir seis meses antes

preludiaban

anunciaban ya

la necesaria despedida

un viejo vestido con un traje de rayadillo se abanicaba a la sombra del muro indiferente y como

      ajeno a la cháchara de su transmisor

te acodaste en la baranda del mirador y abriste el folleto turístico redactado en cuatro idiomas

TarracoBREVE HISTORIA DE NUESTRA CIUDAD

sobre los restos de un poblado ibero habitado por los layetanos se fundó la colona romana Faventia

      Julia Augosta Pía Barcino en el España Citerior cuya capital era Tarraco

diciéndote

nada válido puede salir de ti ni del humano caldo en que vives ni de este triste tiempo

cállate mejor

cierra tu boca

no prolongues por rutina la farsa irrisoria del intelectual que sufrir cree y obscenamente lo proclama

por el país y por sus hombres

españaahogándose y esas leches

con la mirada perdida en el mal la escollera la Sexta Flota Americana los depósitos de carbón los

      tanques de petróleo las barcas de vela las gaviotas las cloacas

aléjate de tu grey tu desvío te honra

cuanto te separa de ellos cultívalo

lo que les molesta en ti glorifícalo

negación estricta absoluta de su orden esto eres tú

mientas el viejo se abanicaba regalado y feliz

y el transistor emitía incansablemente

Ataúlfo Madrazocon el rey Ataúlfo pasó a ser capital de Imperio Visigodo que en siglo V se extendía por Hispania y la 

      Galia al trasladarse la capital del Imperio a Toledo Barcelona perdió importancia

pensando en la historia de tu país tuya solamente a intermitencias

en su pasado que no era más que esto

pasado

y en buena hora lo fuera puesto que de él no brotaba ningún presente limpio

en las hazañas de su gente

que de algún modo había que llamarlas

aunque estériles eran en su frutos como el suelo baldío y avaro de su estepa

demostración por absurdo de un combate sostenido siglo a siglo contra fantasmas y demonios

      interiores lucha de hermanos contra hermanos lúcidos cuya memoria ni el tiempo ni la muerte

      respetaban

the spanish civil war

là-bas vers la droite

assassinés par les Rouges

siguió las vicisitudes de los reinos cristianos invadidor por los mulsulmanes en el siglo VIII fue re-

      conquistada por los francos al mando de Luis el Piadoso en el año 801

luis piadosoalma de Ochún santifícame

cuerpo de Changó sálvame

sangre de las reglas de Yemeyá embriágame

el llano verde del Prat el solitario faro embestido por el oleaje el nuevo espigón en obras del puerto

      franco

clamando

todo ha sido inútil

oh patria

mi nacimiento entre los tuyos y el hondo amor que

sin pedirlo tú

durante años obstinadamente te he ofrendado

separémonos como buenos amigos puesto que aún es tiempo nada nos une ya sino tu bella lengua

      mancillada hoy por sofismas mentiras hipótesis angélicas aparentes verdades frases vacías

      cáscaras huecas

alambicados silogismos

buenas palabras

Iberian Peninsula 910vino a ser entonces la capital de la Marca Hispánica frente al imperio Mahometano Wilfredo el

Velloso logró convertir al hereditario el título de Conde de Barcelona en el año 897

discurriendo

mejor vivir entre extranjeros que se expresan en idioma extraño para ti que en medio de paisanos

      que diariamente prostituyen el tuyo propio

humillan la frente

qué remedio cabe dicen

ante el orden brutal que les niega y de su preciosa e irremplazable esencia les despoja

tinglados modernos depósitos de hulla una golondrina atrestada de turistas criiaderos de mejillones

      barcos grises negros blancos dársenas grúas

después de aquellas invasiones Barcelona aparece ya como la capital de un Estado independiente 

      la antigua Marca es ahora Cataluña

preguntándote

tu desesperación actual es para ellos triunfo

vence quien tras sembrar cosecha sólo cizaña inutil y asolada muerte

regarde mon chéri

do you really like that

là-bas c'est Majorque

RamónBerenguer Ia partir de Ramón Berenguer I adquiere cada vez mayor importancia anexiona los territorios con-

      quistado a los musulmanes y extiende sus dominios por tierras que hoy forman parte de Francia

escuchando el coro de las Voces que se ensañan contigo como las premonitorias hechicera del pri-

reflexiona todavía estás a tiempo

nuestra firmeza es inconmovible ningún esfuerzo tuyo logrará socavarla

piedra somos y piedra permaneceremos

no te empecines más márchate fuera

mira hacia otros horizontes danos a todos la espalda

olvídate de nosotros y te olvidaremos

tu pasión fue un error

repáralo

SALIDA

SORTIE

EXIT

AUSGANG

tout le monde est parti

come here my darling

las torres del transbordador aéreo la estación marítima más grúas más cobertizaos mas barcos

Jaime I el Conquistadorcon Jaime I el Conquistador se inicia una nueva política de expansión por la otra orilla del Medi-

      terráneo

sexo violento y suntuoso de Changó reconfórtame

materna Yameyá acógeme

dentro de tu útero escóndeme

no permitas que me arranque a ti

la Puerta de la Paz la Barceloneta el humo espeso de las fábricas

pero no

su victoria no es total

y si un destino acerbo para ti como para los otros te lleva no queriéndolo tú

antes de ver restaurada la vida del país y de sus hombres

deja constancia al menos de este tiempo no olvides cuanto ocurrió en él no te calles

la geometría caótica de la ciudad las tres chimeneas de la Cefsa campanarios y agujas de iglesias

      jardines

on va rater le car

tu te rends compte

alguno comprenderá quizá mucho más tarde

edificios legañosos buldozers brigadas de obreros barracas en ruina chozas farolas plateadas

      avenidas

qué orden intentaste forzar y cuál fue tu crimen

INTRODUZCA LA MONEDA

INTRODUISEZ LA MONNAIE

INTRODUCE THE COIN

GELDSTUCK EINWARFEN

***

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Fragmentos de libros. MATADERO CINCO de Kurt Vonnegut   Final II:

  

Editorial:  Alfaguara          Acceso/Volver al Final I de "Matadero CInco": ManosEscaparate177

Continúa

...

... En Tralfamadore, según dice Billy Pilgrim, a nadie le interesa Jesucristo. La figura terrestre que más se compenetra con la mentalidad tralfamadoriana es Charles Darwin, quien enseñó que los que mueren están hechos para morir, y que cada cadáver es un progreso.

TralfamadoreLa misma idea aparece en El gran tablero, de Kilgore Trout. Las criaturas del platillo volante que capturan al héroe de Trout le preguntan por Darwin. Y también le preguntan por el golf.

Si es cierto lo que Billy Pilgrim aprendió de los tralfamadorianos −que siempre viviremos−, no importa lo muertos que algunas veces parezcamos estar. No es que la idea me seduzca, la verdad. Pero, sea como fuere, si resulta cierto que me voy a pasar la eternidad visitando momentos y más momentos, me siento agradecido de que haya tantos momentos buenos.

Uno de los mejores que recientemente he vivido ha sido mi viaje a Dresde con mi viejo camarada de guerra, O'Hare.

Tomamos un avión húngaro en Berlín Oriental. El piloto llevaba un gran mostacho, se parecía a Adolph Menjou y fumaba un cigarro habano mientras cargaban el avión de combustible. Cuando el avión despegó, nadie ordenó que nos pusiéramos los cinturones.

SchlachtHof5Luego, una azafata nos sirvió pan de centeno, queso, mantequilla y vino blanco. Mi mesilla plegable no quería abrirse. Entonces la azafata fue en busca de una herramienta y regresó con un abrelatas. Logró arreglar la mesilla.

Aparte de O'Hare y yo, en el avión sólo iban seis pasajeros. Hablaban distintas lenguas y también se lo pasaban bien. A nuestros pies estaba Alemania Oriental, con las luces encendidas. Me imaginé a mí mismo lanzando bombas hacia aquellas luces, aquellos pueblos y aquellas ciudades.

O'Hare y yo jamás confiamos en hacer dinero, y he aquí que los dos nos encontramos en buena posición.

− Si alguna vez vas por Cody, Wyoming −le dije perezosamente−, pregunta por Wild Bob.

O'Hare llevaba consigo una pequeña libreta de notas donde venían las tarifas postales, las distancias en avión, las altitudes de los montes más importantes y otros datos de interés internacional. Ahora buscaba la cantidad de habitantes que tenía Dresde, pero no estaba en la agenda. En cambio, encontró esto, que me dio a leer:

CrecimientoPoblacion«En el mundo nacen un promedio de 324.000 niños por día. Al mismo tiempo mueren, aproximadamente: unas 10.000 personas de hambre o por deficiencias de nutrición y otras 123.000 por otras causas. Así pues, resulta que cada día hay en el mundo 191.000 personas más. El Departamento de Estadísticas de Población predice que la población total del mundo sobrepasará los 7.000.000.000 antes del año 2000.»

− Supongo que todos exigirán un mundo digno −dije.

− Supongo −convino O'Hare.

Mientras tanto, Billy Pilgrim también estaba viajando por el tiempo hacia Dresde. Pero no en el tiempo presente. Había retrocedido 5 hasta 1945, dos días después de que la ciudad fuera destruida. Ahora Billy y el resto de los americanos caminaban hacia las ruinas, conducidos por guardianes. Yo estaba allí. O'Hare Billy Pilgrim Ftgratambién estaba. Habíamos pasado las dos noches anteriores en el establo del albergue del ciego. Las autoridades nos encontraron allí y nos ordenaron lo que teníamos que hacer. Debíamos conseguir de nuestros vecinos picos, palas y toda clase de herramientas para cavar. Con estos utensilios fuimos hacia las ruinas, dispuestos a trabajar donde nos mandaran.

Los principales caminos que conducían a las ruinas estaban cortados por barricadas. Allí detenían a los alemanes. No se les permitía explorar aquella luna suya.

Prisioneros de guerra de muchos países se encontraron aquella mañana en tal o cual lugar de Dresde. Habían decretado que se cavara para rescatar los cadáveres. Así pues, empezamos a trabajar.

Billy se encontró cavando una fosa junto a un maorí, que había sido capturado en Tobruk. El maorí era del color del chocolate y llevaba tatuajes en forma de espiral en la frente y las mejillas. Billy y el maorí removían la inerte y seca tierra de aquella luna.

Dresde arrasadaLos materiales estaban descompuestos. Continuamente había desprendimientos.

 Se hicieron muchas fosas al mismo tiempo. Nadie sabía aún, en realidad, lo que teníamos que encontrar. La mayoría de agujeros no conducían a nada, o quizá a un pavimento o a una piedra tan grande que no podía moverse. No teníamos maquinaria. Ni siquiera caballos o mulas o bueyes con los que cruzar aquella superficie lunar. Billy y el maorí, con la ayuda de otros prisioneros, hicieron un gran hoyo. Al fin, encontraron una techumbre de vigas de madera entrelazadas que, cubierta de piedras, formaba una cúpula accidental. Hicieron un agujero en la cúpula y se encontraron con que debajo sólo había un gran espacio a oscuras.

Un soldado alemán bajó a la oscuridad con una linterna, y desde dentro le dijo a su oficial que allí había docenas de cadáveres. Estaban sentados en los bancos. Quietos para siempre.

Así era.

El oficial mandó ensanchar la abertura de la cúpula e hizo colgar del agujero una escalerilla para poder sacar los cadáveres. Así se encontró la primera mina de cadáveres de Dresde.

DerKinderkreuzzugHabía centenares de refugios llenos de cadáveres esparcidos por todas partes. Al principio no olían mal, eran como personajes de un museo de cera. Pero después los cuerpos empezaron a corromperse y a descomponerse, y su hedor era parecido al del gas de mostaza y rosas.

Así era.

El maorí que había estado trabajando con Billy murió después de que le ordenaron bajar a uno de aquellos pozos para que trabajara allí. Se quedó hecho añicos de tanto vomitar.

Así fue.

Tuvieron que inventar una nueva técnica. No izaron más cadáveres. Los soldados, provistos de antorchas, los quemaban en el mismo sitio en que los encontraban. Era mucho más sencillo: sólo había que provocar un incendio sin siquiera necesidad de bajar.

Trabajando en aquellos lugares el pobre profesor de escuela superior, Edgar Derby, fue atrapado con una tetera que había tomado de las catacumbas. Fue arrestado por pillaje, juzgado y muerto.

Así fue.

PtaJaulaAbiertaEn algún lugar, cerca de allí empezaba la primavera. Los refugios llenos de cadáveres fueron cerrados. Los soldados dejaron de luchar contra los rusos. En el campo, las mujeres y los niños hacían hoyos para enterrar las armas. Billy y el resto de su grupo fueron encerrados en unos establos de una casa de campo. Y una buena mañana al levantarse la puerta no estaba cerrada. En Europa, la Segunda Guerra Mundial había terminado.

Billy y el resto de los americanos salieron a vagabundear. Iban por una carretera sombreada. En los árboles empezaban a brotar las hojas. No había nadie ni pasaba nada. Sólo un vehículo, una carreta abandonada, tirada por dos caballos. La carreta era de color verde y tenía forma de ataúd.

Los pájaros trinaban.

Un pájaro le dijo a Billy Pilgrim: «¿Pío-pío-pi?»

 

De Matadero Cinco, también acceso a:

Comienzo: PlaffPlasRojo177   Fragmentos:  matadero 5

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Fragmentos de libros. MARÍA ANTONIETA de Stefan Zweig  FINAL II:

 

Editorial:  ACANTILADO     Acceso/Volver al Final I de "María Antonieta": CabezaManiqui177  

 
Continúa (La vista).
      

    ...

    ... Pero si internamente está llena de resolución, también quiere María Antonieta aparecer con dignidad externa delante del tribunal. El pueblo debe comprender que la mujer que se acerca hoy a la barra es una Habsburgo y que, a pesar de todos los decretos que la destronan, sigue siendo una reina. Con más cuidado del que usa en general, peina la raya de sus cabellos encanecidos. Se pone una cofia de lienzo blanco, plegada y almidonada recientemente, de cuyos lados desciende el velo de luto; como viuda de Luis XVI, el último rey de Francia, quiere María Antonieta comparecer ante el Tribunal Revolucionario.

       MAntoinette lutoA las ocho de la mañana se reúnen los jueces y jurados en la gran sala de audiencia; Herman, el paisano de Robespierre, como presidente; Fouquier-Tinville, como acusador público. Los juramentos proceden de todas las clases sociales: un antiguo marqués, un cirujano, un vendedor de limonada, un músico, un impresor, un peluquero, un sacerdote que colgó los hábitos y un ebanista; junto al fiscal han tomado asiento algunos miembros del Comité de Salud Pública para vigilar el curso de la vista. La sala está totalmente llena. No todos los días se tiene ocasión de ver en el banquillo a una reina.

     María Antonieta entra serenamente y se sienta tranquila; a ella no le han reservado ya un sillón especial, como a su esposo; sólo la espera un desnudo asiento de madera; tampoco los jueces son ya, como en el solemne proceso público de Luis XVI, unos representantes elegidos entre los miembros de la Asamblea Nacional, sino el jurado que actúa de ordinario, que realiza su funesto deber como por oficio. Pero en vano buscan los espectadores en el semblante agotado de la reina, agotado pero no descompuesto, un signo visible de emoción y de miedo. En una actitud rígida y resuelta espera el comienzo de la vista. Mira tranquilamente hacia los jueces, mira tranquilamente hacia la sala y concentra sus fuerzas.

     Bouillon Processo M.AntoinettePrimeramente se levanta Fouquier-Tinville y lee en voz alta el escrito de acusación. La reina apenas presta atención. Conoce ya todos los reproches: los ha examinado ayer con su abogado. Ni una sola vez, ni tampoco ante las más duras acusaciones, levanta la cabeza; sus dedos se mueven con indiferencia sobre los brazos de su asiento, «como si fuera un piano».

     Entonces comienza el desfile de cuarenta y un testigos que prestan juramento de declarar «sin odio y sin temor de decir la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad». Como el proceso ha sido preparado a toda prisa -tiene verdaderamente mucho que hacer en aquellos días el pobre Fouquier-Tinville: los girondinos, madame Roland y cien otros más esperan ya su turno-, las más diferentes inculpaciones son enunciadas en confuso desorden, sin relación alguna entre sí, lógica o cronológica. Los testigos hablan tan pronto de los acontecimientos del 6 de octubre de 1789, en Versalles, como de los del 10 de agosto de 1792, en París; sobre delitos anteriores a la Revolución o contemporáneos a ella. La mayoría de estas declaraciones carecen de importancia, y algunas son completamente ridículas, como la de aquella criada, Milot, que afirma haber oído en 1788 como el duque de Coigny le decía a alguien que la reina había hecho enviar a su hermano doscientos millones, o aquella otra también de que María Antonieta había llevado sobre sí dos pistolas para asesinar al duque de Orleans. En todo caso, hay dos testigos que juran haber visto los mandatos de la reina para el envío de dinero, pero no pueden ser presentados los originales de estos decisivos documentos, así como tampoco lo es una Fouquier Tinvillecarta de su mano que se dice que María Antonieta había enviado al comandante de la guardia suiza: «¿Puede contarse con toda seguridad con sus suizos? ¿Se mantendrán valientemente si se les ordena?». No es aportado ni un solo pliego de papel escrito por María Antonieta, y tampoco el paquete lacrado que contiene los objetos que le fueron secuestrados en el Temple suministra nada de que se la pueda acusar. Los mechones de cabellos son de su marido y de sus hijos; las miniaturas, una de la princesa de Lamballe y la otra de su amiga de la infancia, la landgravesa de Hesse-Darmstadt; los nombres anotados en el librillo de señas, los de su lavandera y de su médico; ni una sola pieza aparece como utilizable para la acusación. Por tanto, el acusador público trata siempre de volver otra vez a las inculpaciones generales, pero la reina, esta vez preparada, responde, si es posible, aún con mayor firmeza y seguridad que en su primera declaración. Los debates se desenvuelven de un modo análogo a éste:

      - ¿De dónde ha tomado usted el dinero con el cual hizo construir y amueblar el petit Trianon, en el que daba usted fiestas donde era siempre la diosa?

      - De un fondo que estaba destinado para este efecto.

      - Es preciso que este fondo fuera considerable, porque el petit Trianon debe haber costado sumas enormes.

     - Es posible que el petit Trianon haya costado sumas inmensas, acaso más de lo que yo hubiera deseado; se veía una metida poco a poco en gastos; por los demás, deseo más que nadie que se conozca bien lo pasado allí.

     - ¿No fue en el petit Trianon donde conoció usted por primera vez a la De la Motte?

     - No la he visto jamás.

     - ¿No fue ella víctima de usted en el asunto del famoso collar?

     - No pudo serlo, ya que no la conocía.

     - ¿Persiste usted, pues, en negar que la haya conocido?

     - Mi plan no es el negar; es verdad lo que he dicho, y persistiré en decirla.

     Petit TrianonSi, en general, pudiera existir aún alguna esperanza, le habría sido lícito a María Antonieta abandonarse a ella, pues la mayor parte de los testigos han negado plenamente. Ni uno solo de aquellos a quienes temía la acusó seriamente. Siempre es más fuerte su defensa. Cuando el acusador público afirmaba que mediante su influencia había llevado al difunto rey a que hiciese todo lo que ella quisiera, responde la reina: «Es muy distinto aconsejar que se haga una cosa a mandarla ejecutar» . Cuando, en el curso de la vista, el presidente le hace observar que, con sus declaraciones, se pone en contradicción con las afirmaciones de su hijo, responde desdeñosamente: «Es muy fácil hacer decir a un niño de ocho años todo lo que se quiera». En las preguntas verdaderamente amenazadoras se cubre siempre con un prudente «no me acuerdo». De este modo, ni una única vez consigue Herman triunfar de ella, mostrando en sus palabras una manifiesta inexactitud o una contradicción patente; ni una sola vez durante estas largas horas se enciende en el auditorio que escucha con toda atención una manifestación incidental de cólera, un movimiento de odio o un patriótico aplauso. Vacíos, lentos, con mucha paja por en medio, se prosiguen los interrogatorios. Es tiempo de que venga un testimonio decisivo realmente aplastante para dar impulso a la acusación. Esta aportación sensacional piensa traerla Hébert con la espantosa acusación del incesto. 

      AnteElTribunalSe adelanta. Resuelto y convencido, en voz bien perceptible, repite la inculpación monstruosa. Pero pronto advierte que lo increíble de esta acusación provoca incredulidad; que nadie en toda la sala expresa su horror con ningún grito de indignación ante esta madre corrompida, ante esta mujer degenerada; todos permanecen en silencio, pálidos y sobrecogidos. Por ello piensa el pobre petate que tiene que presentarles, además, una explicación especialmente refinada, psicologico-política. «Puede admitirse -declara el majadero- que estos goces criminales no estaban inspirados por una necesidad de placer, sino más bien por la esperanza política de enervar la salud de este niño, al que se complacían aún en creer destinado a ocupar un trono y sobre el cual, con esta maniobra, querían asegurarse el derecho a regir su personalidad moral.» Pero, ¡cosa curiosa!, también el auditorio permanece en silencio, totalmente desconcertado por esta simplicidad histórica. María Antonieta no responde y aparta despreciativamente la vista de Hébert. Indiferente, como si aquel furioso mentecato hubiera hablado en chino, y sin concederle una mirada, permanece rígida a inconmovible.

       También el presidente Herman hace como si no hubiera entendido toda la declaración. Se olvida expresamente de preguntar qué tiene que responder la calumniada madre; ha advertido ya la penosa impresión que esta acusación de incesto produce en el auditorio, especialmente en las mujeres, y deja por ello a toda prisa que se abandone el terreno de esta vidriosa acusación. Pero entonces, torpemente, uno de los jurados comete la indiscreción de recordar al presidente: «Ciudadano presidente, le invito a que llame la atención de la acusada por no haber respondido nada respecto al hecho de que ha hablado Hébert y a lo que ha pasado entre ella y su hijo».

       Jacques René HébertAhora el presidente no puede dilatarlo ya más. Contra sus íntimos sentimientos, tiene que interrogar a la acusada. María Antonieta levanta orgullosa y bruscamente la cabeza -«en este momento la acusada parece vivamente conmovida», relata hasta el mismo Moniteur, de ordinario tan seco- y replica en voz alta, con indecible desprecio: « Si no ha respondido, es que la naturaleza se niega a responder a semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las que puedan encontrarse aquí».

    Y, en efecto, una efervescencia profunda, una fuerte agitación recorre la sala. Las mujeres del pueblo, las trabajadoras, las pescaderas, las calceteras, contienen el aliento, se sienten misteriosamente coligadas: en esta mujer han herido a todo su sexo. El presidente guarda silencio; aquel jurado curioso baja los ojos; el acento de doloroso enojo en la voz de la mujer calumniada ha conmovido a todos. Sin decir palabra se aparta Hébert de la barra, no precisamente orgulloso de su empresa. Todos advierten, y acaso también él, que su acusación ha proporcionado a la reina un gran triunfo moral, precisamente en la hora más difícil. Lo que él pretendía rebajar queda ensalzado.

      Robespierre, que en la misma tarde tiene conocimiento del incidente, no puede dominar su cólera contra Hébert. Como único espíritu político entre aquellas gentes que no eran más que estrepitosos agitadores populares, comprende al instante qué delirante insensatez ha sido sacar a la publicidad aquella acusación dictada contra su madre por un niño que aún no tiene nueve años y brotada del miedo o quizá de la conciencia de una falta. «Ese zopenco de Hébert -lRobespierre1790Anónimoes dice furioso a sus amigos todavía tenía que proporcionarle este triunfo.» Largo tiempo hace que Robespierre está cansado de aquel inculto personaje que, mediante su ordinaria demagogia, mediante su conducta anárquica, deshonra la causa de la Revolución, para él sagrada; este día decide él en su fuero interno suprimir esta mancha de basura. La piedra que Hébert ha lanzado contra María Antonieta vuelve a caer sobre su persona y lo hiere mortalmente. Que pasen algunos meses, y recorrerá idéntico camino en la misma carreta, pero no tan valientemente como ella, sino con un ánimo tan débil que su compañero Rosin tiene que gritarle para que se domine: «Cuando había que actuar, has charlado lamentablemente. Aprende siquiera ahora a morir».

      María Antonieta ha comprendido su triunfo, pero percibe también una voz entre el auditorio que dice con asombro: «¡Ve qué orgullosa es!». Y por ello le pregunta a su defensor: «¿No habré puesto demasiada dignidad en mi respuesta?». Pero éste la tranquiliza: «Señora, siga usted siendo usted misma y estará siempre bien». María Antonieta tiene que luchar aún otro día; pesadamente se arrastra el proceso, fatigando a actores y espectadores; pero, aunque agotada por sus hemorragias y si bien sólo toma durante el descanso una taza de sopa, mantiene su actitud enérgica y recta, lo mismo que su espíritu. «Imaginémonos, si es posible -escribe su defensor en sus Memorias-, toda la fuerza de alma que necesitó la reina para soportar las fatigas de una sesión tan larga y tan horrible; convertida en espectáculo de todo un pueblo, teniendo que luchar contra unos monstruos ávidos de sangre, defenderse de todos los lazos que le tendían, destruir todas sus objeciones, guardar todas las conveniencias y todo lo debido, sin quedar jamás por debajo de sí misma.» Durante quince horas luchó el primer día, más de doce han pasado ya en el segundo, cuando, por fin, declara el presidente terminada la audiencia de testigos y pregunta a la acusada si tiene, en su descargo, todavía algo que añadir. Consciente de sí misma, responde María Antonieta: «Ayer no conocía a los testigos e ignoraba lo que iban a declarar contra mí; pues bien, nadie ha enunciado en mi contra ningún hecho positivo. No tengo nada que observar salvo que yo no era más que la mujer de Luis XVI y que era preciso que me conformara con su voluntad».

      Se levanta entonces Fouquier-Tinville y recapitula, fundamentándolas, sus acusaciones.

    Los dos defensores a quienes ha correspondido la causa le responden en un tono bastante apagado; recuerdan probablemente que el defensor de Luis XVI, por haber tomado partido en su favor con demasiada energía, fue propuesto para el cadalso; por tanto, prefieren invocar más bien piedad del pueblo que afirmar la inocencia de la reina. Antes de que el presidente Herman formule las consabidas preguntas a los jurados, María Antonieta es sacada de la sala, y quedan solos el tribunal y los jurados. Ahora, después de toda la anterior fraseología, el presidente Herman se expresa clara y objetivamente; deja a un lado todas las inciertas a innumerables acusaciones de detalle y resume todas las cuestiones en una breve fórmula. Es el pueblo francés, dice, el que acusa a María Antonieta, pues todos los acontecimientos políticos que han ocurrido desde hace cinco años atestiguan contra ella. Por ello presenta cuatro preguntas a los jurados:

     En primer lugar: ¿Está probado que han existido maniobras o contactos con las potencias extranjeras y otros enemigos exteriores de la República, las cuales maniobras y contactos tendían a proporcionarles socorros en dinero y darles entrada en el territorio francés y a facilitar el avance de sus armas?

      En segundo lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber cooperado en estas maniobras y de haber mantenido estos contactos?

      En tercer lugar: ¿Existe constancia de que ha habido un complot y una conspiración tendentes a encender la guerra civil en el interior de la República?

    En cuarto lugar: María Antonieta de Austria, viuda de Luis Capeto, ¿está convicta de haber participado en este complot y en esta conspiración?

    Silenciosamente se levantan los jurados y se retiran a una habitación inmediata. Ha pasado la medianoche. Las velas arden vacilantemente en la sala sobrecargada de gente cuyos corazones palpitan de ansia y de curiosidad.

   Cuestión incidental. Conforme a derecho, ¿cómo deberían haber contestado los jurados? En su discurso de conclusión, el presidente ha prescindido de todos los arrequives políticos del proceso, reduciendo propiamente a una sola las inculpaciones. No se les pregunta a los jurados si tienen a María Antonieta por una mujer desnaturalizada y adúltera, incestuosa y dilapidadora, sino únicamente si la que fue reina es responsable de haber estado en relaciones con el extranjero, de haber deseado y favorecido el triunfo de las armas enemigas y una insurrección en el interior del país.

     Ahora bien: María Antonieta, en sentido legal, ¿es responsable y está convicta de este crimen? Pregunta de doble filo que sólo puede ser contestada en una doble respuesta.

    Indudablemente, María Antonieta -y ésta es la fuerza del proceso- es en realidad responsable, desde el punto de vista republicano. Sabemos que ha mantenido relaciones permanentes y constantes con el enemigo extranjero. Según el sentido de la acusación, ha cometido realmente un delito de alta traición al proporcionar al embajador austríaco los planes militares de ataque a Francia, y ha empleado y fomentado, sin condición alguna, todos los medios legales o ilegales que pudieran devolver a su esposo el trono y la libertad. 

     La acusación tiene, pues, un fundamento jurídico. Pero -éste es el punto débil del proceso- no está en modo alguno probada. En el día de hoy, los documentos que hacen indudablemente culpable a María Antonieta del delito de alta traición contra la República son conocidos y están impresos; están en el Archivo del Estado de Viena y en los papeles dejados por Fersen. Pero este proceso fue instruido en París el 14 de octubre de 1793, y entonces ni uno solo de estos documentos era accesible al acusador público. Ni un solo testimonio realmente válido de aquella traición realmente cometida pudo, en todo el proceso, ser presentado a los jurados. Un jurado honrado y no sometido a influencias se habría visto, por tanto, en grave perplejidad. Si se abandonaban a su instinto, estos doce republicanos tenían que condenar necesariamente a María Antonieta, pues ninguno de ellos puede dudar de que esta mujer sea la enemiga mortal de la República, de que ha hecho to que ha podido para volver a conquistar sin aminoración el poder real para su hijo. Pero, según su letra, la ley está de parte de la reina; falta el hecho convincente. Como republicanos, les era pCalendarioRevolermitido conceptuar a la reina como culpable; pero como jueces tenían que atenerse a la ley, que no reconoce ninguna otra culpa sino aquella que está probada. Pero, felizmente para ellos, les es ahorrado a estos pequeños ciudadanos este último conflicto de conciencia, pues saben que la Convención no exige en modo alguno de ellos una sentencia justa. No los ha enviado para decidir esta cuestión, sino que les ha ordenado que se reunieran para condenar a una mujer peligrosa para la seguridad del Estado. Tienen que entregar la cabeza de María Antonieta o presentar la suya propia. Por ello, en realidad, los doce no deliberan más que en apariencia, y si parece que discuten la cuestión más allá de un minuto, sólo es para fingir una deliberación donde hace tiempo que está ordenada una solución inequívoca.

       A las cuatro de la madrugada, los jurados vuelven a entrar calladamente en la sala: un silencio de muerte espera su veredicto. Unánimemente declara éste a María Antonieta culpable de los crímenes que le son atribuidos. El presidente Herman advierte al auditorio -no es ahora ya muy numeroso a tal hora de la mañana; la fatiga ha impulsado a la mayor parte de la gente hacia sus casas- que se abstenga de toda muestra de aprobación. 

      Entonces es introducida María Antonieta. Ella sola, que desde hace dos días viene luchando ininterrumpidamente a partir de las ocho de la mañana, no tiene todavía derecho a estar fatigada. Le es leída la resolución de los jurados. Fouquier-Tinville solicita la pena de muerte; se acuerda por unanimidad. Entonces el presidente le pregunta a la condenada si todavía tiene alguna queja que presentar.

    María Antonieta ha escuchado sin movimiento alguno, perfectamente tranquila, la decisión de los jurados y la sentencia. No muestra ni el más pequeño indicio de miedo, de debilidad o de cólera. A la pregunta del presidente no contesta palabra; sólo mueve negativamente la cabeza. Sin volverse, sin mirar a nadie, sale fuera de la sala en medio del silencio general y desciende la escalera; está cansada de esta vida, de estas gentes y, allá en lo más profundo, satisfecha de que ahora hayan terminado todos estos mezquinos tormentos. Ahora no se trata ya más que de conservarse firme para la hora postrera.  

        En un momento, en el oscuro pasillo, se niegan a servirla sus fatigados y débiles ojos; el pie no encuentra el escalón, vacila, está a punto de caer. Vivamente, antes de que ocurra, el oficial de la gendarmería, el teniente Busne, el único que durante toda la vista ha tenido valor para traerle un vaso de agua, le ofrece su brazo para sostenerla. Por ello, y porque tuvo su sombrero en la mano mientras acompañaba a la condenada a muerte, es al instante denunciado por otro gendarme y tiene que defenderse: « Tomé esta determinación para evitar una caída; las gentes de buen sentido no podrán ver en ello ningún otro interés, porque si hubiese caído en la escalera, al punto se hubiera gritado que había conspiración y traición». También los defensores de la reina son detenidos al acabar la sesión y registrados por si la reina les ha transmitido secretamente algún mensaje escrito; ¡pobres almas de juristas!, estos jueces temen la imperturbable energía de esta mujer cuando ya está a un solo paso de la tumba. Pero la que produce todos estos miedos y cuidados, la pobre mujer, desangrada y fatigada, no sabe ni palabra de todas estas lamentables vejaciones; tranquila y sosegada, ha vuelto a entrar en su prisión. Su vida, ahora, no cuenta más que con algunas horas.

 

      ConciergerieEn la pequeña celda arden dos velas sobre la mesa. A la condenada a muerte le han otorgado este último favor para que no tenga que pasar en la oscuridad su última noche antes de la noche eterna. También a otro ruego no osa resistirse el hasta entonces excesivamente cauto carcelero: María Antonieta pide papel y tinta para una carta; desde su última tenebrosa soledad querría dirigir, una vez aún, la palabra a aquellos que se preocupan por ella. El guardia trae tinta, pluma y un papel plegado, y mientras las primeras rojeces de la aurora penetran ya por la enrejada ventana, María Antonieta, con sus últimas fuerzas, comienza a escribir su última carta. 

     Goethe dice una vez, tratando de las últimas manifestaciones de vida espiritual inmediatamente anteriores a la muerte, esta frase magnífica: «Al fin de la vida, pensamientos hasta entonces no pensados surgen claramente del espíritu; son como genios dichosos que se posan deslumbrantes en las cimas de lo pasado». Tal misteriosa luz de despedida ilumina también esta última carta de la consagrada a la muerte: jamás María Antonieta ha concentrado su alma tan poderosamente ni con tan manifiesta claridad como en esta despedida a madame Elisabeth, la hermana de su esposo y ahora también protectora de sus hijos. Más firmes, más seguros, casi varoniles, son los rasgos de esta letra trazada en una miserable mesilla de prisión que todos aquellos que salían revoloteando desde la dorada mesa de escribir de Trianón; más pura es ahora la forma del lenguaje sin recatar el sentimiento; es como si la tempestad interna desencadenada por la muerte hubiera desgarrado toda la inquieta masa de nubes que fatalmente, durante largo tiempo, le habían encubierto a esta mujer trágica la vista de su propia profundidad. María Antonieta escribe así: «A usted, hermana mía, es a quien escribo por última vez. Acabo de ser condenada no a una muerte vergonzosa, sólo lo es para los criminales, sino a ir a reunirme con su hermano de usted inocente como él, espero mostrar la misma firmeza que mostró él en sus últimos momentos. Estoy tranquila como se está cuando la conciencia no reprocha nada. Tengo la profunda pena de abandonar a mis pobres hijos; usted sabe que yo no existía más que para ellos y para usted, mi hermana buena y tierna. A usted, que lo había sacrificado todo por su afecto hacia nosotros y para acompañarnos, MAntoinette conciergerie¡en qué situación la dejo! He sabido, por el curso del mismo proceso, que mi hija está separada de usted. ¡Ay, mi pobre niña!, no me atrevo a escribirle, no recibiría mi carta; no sé siquiera si ésta llegará a sus manos de usted. Reciba usted mi bendición para los dos; espero que un día, cuando sean mayores, podrán reunirse con usted y gozar por completo de sus tiernos cuidados. Que piensen los dos en to que no he cesado yo de inspirarles: que los buenos principios y el cumplimiento exacto de los deberes son la primera base de la vida, que su amistad y confianza mutuas les traerán la dicha. Que comprenda mi hija que, en la edad que tiene, debe ayudar siempre a su hermano con los consejos que su experiencia, mayor que la de él, y su cariño puedan inspirarle; que, a su vez, mi hijo preste a su hermana todos los cuidados y los servicios que su cariño pueda inspirarle; que sepan, en fin, los dos que en cualquier posición en que puedan encontrarse sólo por su unión será verdaderamente felices; que tomen el ejemplo de nosotros. ¡Cuántos consuelos en nuestras desgracias no nos ha dado nuestra amistad! Y de la dicha se goza doblemente cuando puede compartirse con un amigo; y ¿dónde encontrar uno más tierno y más unido que en su propia familia? Que no olvide jamás mi hijo las últimas palabras de su padre, que tantas veces le he repetido expresamente: ¡que no trate jamás de vengar nuestra muerte! »Tengo que hablar a usted de una cosa bien dolorosa para mi corazón. Sé cuánta pena ha debido producirle ese niño. Perdónele usted, mi querida hermana; piense en la edad que tiene y en lo fácil que es hacer decir a un niño lo que se quiera y hasta lo que no comprende. Llegará un día, así to espero, en que tanto mejor sentirá él todo el aprecio de sus bondades y de su ternura hacia los dos. Me falta todavía confiar a usted mis últimos pensamientos. Habría querido escribirlos desde el comienzo del proceso; pero, aparte que no me dejaban escribir, su marcha ha sido tan rápida que, realmente, no habría tenido tiempo.

      »Muero en la religión católica, apostólica y romana, en la de mis padres, en la que he sido educada y que he confesado siempre. No teniendo ningún consuelo espiritual que esperar, no sabiendo si existen todavía aquí sacerdotes de esta religión y ni siquiera si el lugar en que me encuentro los expondría a demasiado peligro si entraran aquí una vez, pido sinceramente perdón a Dios de todas las faltas que he podido cometer desde que existo; espero que, en su bondad, querrá aceptar mis últimos ruegos, lo mismo que los que hago desde hace tiempo para que quiera recibir mi alma en su misericordia y su bondad.

      »Pido perdón a todos los que conozco, y en particular a usted, hermana mía, por todas las penas que sin quererlo haya podido causarle. Perdono a todos mis enemigos el mal que me han hecho. Digo aquí adiós a mis tías y a todos mis hermanos y hermanas. He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir; que sepan, por lo menos, que hasta mi último momento he pensado en ellos. »Adiós, mi buena y tierna hermana; ¡ojalá esta carta pueda llegar a usted! Piense siempre en mí; la abrazo de todo corazón, lo mismo que a esos pobres y queridos niños.

      ¡Dios mío, cómo desgarra el alma dejarlos para siempre! Adiós, adiós: no voy a ocuparme más que de mis deberes espirituales. Como no soy libre en mis acciones, acaso me traigan un sacerdote; pero protesto aquí de que no le diré ni una palabra y de que lo trataré como a un ser absolutamente extraño.» Aquí termina súbitamente la carta, sin fórmula de despedida ni firma. Probablemente la fatiga ha vencido a quien la escribió. Sobre la mesa arden todavía las dos velas de cera, cuyas vacilantes llamas acaso duren más que la vida del ser humano que escribió a su resplandor.

 

       Esta carta, venida de las sombras, no llega ya a manos de casi ninguno de aquellos a quien iba dirigida. María Antonieta, poco antes de la entrada del verdugo, se la entrega al primer carcelero, Bault, encargándole que se la dé a su cuñada; Bault había tenido bastante humanidad para proporcionarle papel y pluma, pero no el valor necesario para desempeñar sin permiso aquel encargo fúnebre (¡cuantas más cabezas se ven caer, tanto más teme uno por la suya propia!). Por tanto, conforme a los reglamentos, entrega la carta de la reina al juez instructor, Fouquier-Tinvile, que le da entrada en su registro pero tampoco la hace seguir adelante. Y cuando, después de dos años, por su parte, tiene que subir también a la carreta que ha enviado para tantos otros a la Conserjería, desaparece aquel documento; nadie en el mundo sospecha ni conoce su existencia, sino sólo un hombre único, en extremo insignificante, llamado Courtois. Este diputado, sin altura ni talento, había recibido el encargo de la Convención, después de la prisión de Robespierre, de MA ThePortraitordenar y publicar los papeles dejados por éste; con tal motivo, aquel antiguo zuequero tiene la revelación de cuánto poder pone en manos de alguien el apropiarse de secretos documentos de Estado, pues todos los diputados comprometidos se mueven ahora humildemente en torno al pequeño Courtois, a quien antes apenas saludaban, y le hacen las más locas promesas si les devuelve las cartas que habían dirigido a Robespierre. Es, por tanto, labor útil -observa el hábil mercader- apoderarse en cuanto sea posible de correspondencias ajenas; así, se aprovecha del caos general para saquear todos los documentos del Tribunal Revolucionario y negociar con ellos; sólo reserva en su poder, el muy ladino, la carta de María Antonieta, que en esta ocasión cae en sus manos; ¿quién puede saber, dado el curso de los tiempo, cómo podrá alguna vez ser utilizado aquel precioso documento secreto si volviese a cambiar de rumbo el viento? Durante veinte años oculta su rapiña, y, en efecto, cambia el viento. Otra vez llega a ser rey de Francia un Borbón, Luis XVIII, y los «regicidas», aquellos que habían votado la ejecución de su hermoso Luis XVI, sienten ahora en el cuello una extraña picazón. Para adquirir su favor, ofrece Courtois a Luis Luis XVIII (¡ya se ve si es bueno el robar papeles!), en una carta hipócrita, como regalo, aquel escrito de María Antonieta «salvado» por él. Su astucia no le sirve de nada; Courtois es desterrado lo mismo que los otros. Pero se ha obtenido la carta. Veintiún años después de que la reina la ha expedido, sale a la luz esta asombrosa carta de despedida.

      Pero ¡demasiado tarde! Casi todos aquellos a quienes María Antonieta quería saludar en la hora de su muerte han seguido sus pasos. Madame Elisabeth, en la guillotina; el delfín ha muerto realmente en el Temple o vaga entonces desconocido por el mundo (hasta hoy no se sabe toda la verdad), bajo nombre extraño, ignorante de su propio destino. Y tampoco a Fersen alcanza ya el amoroso saludo. Ninguna palabra lo cita en aquella carta y, sin embargo, ¿a quién si no a él van dirigidas aquellas emocionantes líneas: «He tenido amigos; la idea de estar para siempre separada de ellos y sus penas son uno de los mayores sentimientos que llevo conmigo al morir.»? El deber prohíbe a María Antonieta que mencione delante del mundo a aquel que era para ella lo más querido. Pero había confiado en que estas líneas llegarían a estar alguna vez ante su vista y que el amante reconocería también en estas encubiertas palabras que hasta su último aliento había pensado en él con invariable rendimiento de corazón. Pero -¡misterioso efecto lejano del sentimiento!, como si Fersen hubiese sentido el deseo de la reina de estar con él en su última hora, responde a ello, como a una llamada Hans Axel von Fersenmágica, su Diario, al recibir la noticia de la muerte: «Es mi mayor dolor, en medio de todas mis penas, pensar que en sus últimos instantes estuvo sola, sin el consuelo de tener a alguien cerca de sí con quien hubiera podido hablar». Lo mismo que ella en él, en la más extrema soledad, también él piensa en ella en el mismo momento. Apartadas por leguas y muros, invisibles e inalcanzables una para otra, respiran sus dos almas con idéntico deseo en el mismo segundo del tiempo: en espacios inalcanzables, por encima del tiempo, se unen sus pensamientos, al difundirse en vibraciones circulares, lo mismo que labio y labio en el beso.

       María Antonieta ha dejado la pluma. Lo más difícil está vencido: despedirse de todos y de todo. Ahora descansa en su lecho algunos momentos para concentrar sus últimas fuerzas. Ya, para ella, no hay nada que hacer en esta vida. Sólo una única cosa: morir, y, a la verdad, morir bien.

 

El último viaje

     A las cinco de la mañana, mientras María Antonieta escribe todavía su última carta, tocan ya a llamada los tambores en todas las cuarenta y ocho secciones de París. A las siete está en pie toda la fuerza armada; cañones dispuestos a ser disparados cierran los puentes y las grandes calles; destacamentos de guardia atraviesan la ciudad con bayoneta calada; la caballería forma grandes filas... Un inmenso movimiento de soldados, y todo contra una única mujer que ella misma no quiere otra cosa sino llegar pronto al fin. Con frecuencia, la fuerza tiene más miedo de la víctima, que la víctima de la fuerza.

      A las siete, la criada del carcelero se desliza silenciosamente en el calabozo. Sobre la mesa arden todavía las dos luces de cera; en el rincón está sentado el oficial de gendarmería, como una sombra vigilante. Al principio, Rosalía no ve a la reina; sólo después nota, toda espantada, que María Antonieta, completamente vestida de su negra ropa de viuda, está tendida en el lecho. No duerme. Sólo está fatigada y agotada por sus permanentes pérdidas de sangre.

     La tierna aldeanita se aproxima temblorosa, conmovida por doble compasión: de la condenada a muerte y de su reina. «Señora -pronuncia sobrecogida al acercarse-, ayer por la noche no tomó usted ningún alimento, y casi nada durante el día. ¿Qué desea hoy por la mañana?» «Hija mía -le responde la reina sin levantarse-, ya no necesito nada; para mí está ya todo terminado.» Pero, como la muchacha le ofrezca de nuevo, insistentemente, una sopa que ha Oxtail Bouillionpreparado especialmente para ella, acaba por decir, fatigada: «Bueno, Rosalía, tráigame usted el bouillon». Toma algunas cucharadas; después, la muchachita la ayuda a cambiar de traje. Han recomendado a María Antonieta que no vaya al cadalso con la negra ropa de luto con que compareció ante los jueces: el llamativo traje de viuda podría excitar al pueblo. María Antonieta -¡qué le importa ahora un vestido!- no opone ninguna resistencia y decide llevar un ligero traje blanco de mañana. 

     Pero tampoco para esta última molestia le es ahorrada una última humillación. En todos estos días, la reina ha perdido sangre incesantemente; todas sus camisas están manchadas de ella. Por el natural deseo de recorrer corporalmente limpia su último camino, quiere cambiar ahora de camisa y ruega al oficial de gendarmes que está de guardia que se retire durante un momento. Pero el hombre, que tiene el severo encargo de no perderla de vista ni un segundo, declara que no le es permitido abandonar su puesto. Por tanto, se acurruca la reina en el estrecho espacio entre la cama y la pared, y mientras se cambia la camisa, la cocinera, compasiva, se coloca delante de ella para ocultar su desnudez. Pero ¿qué hacer con la ensangrentada camisa? Se avergüenza la mujer de dejar aquel lienzo maculado bajo la vista de aquel hombre desconocido, expuesto a las curiosas miradas de los que, pocas horas más tarde, deben venir para repartir la ropa de su pertenencia. Por tanto, la arrolla rápidamente en un pequeño envoltorio y lo introduce en un hueco que hay en el muro, detrás de la estufa.

       Se viste entonces la reina con especial cuidado. Desde hace más de un año no ha vuelto a pisar la calle ni ha visto sobre su cabeza el cielo libre y dilatado: precisamente este último deseo debe hacerlo limpia y decentemente vestida; no es una vanidad femenina to que la determina a ello, sino el sentimiento de la dignidad en esta hora histórica. Fichu2Cuidadosamente se ajusta el blanco vestido mañanero, envuelve su cuello con un fichu de suave muselina, escoge sus mejores zapatos; oculta sus encanecidos cabellos con una cofia de dos volantes.

       A las ocho llaman a la puerta. No, no es todavía el verdugo. No es más que el que le precede, el sacerdote; pero uno de esos que han prestado juramento a la República. La reina se niega cortésmente a confesarse con él; sólo reconoce como verdaderos servidores de Dios a los sacerdotes no juramentados, y, a la pregunta de si debe acompañarla en sus últimos pasos, responde con indiferencia: «Como usted quiera».Esta aparente indiferencia es, hasta cierto punto, el muro protector tras el cual prepara María Antonieta su energía para el último viaje. Cuando, a las diez de la mañana, entra el ejecutor Sansón, joven de estatura gigantesca, para cortarle los cabellos, deja tranquilamente que le ate las manos a la espalda y no opone ninguna resistencia La vida, ya lo sabe, no es posible salvarla; únicamente el honor. Pues ahora, ¡a no mostrar debilidad alguna delante de nadie! Sólo conservar la fortaleza y enseñar a todos los que desean verlo cómo muere una hija de María Teresa.

       Hacia las once se abren las puertas de la Conserjería. Fuera está la carreta del verdugo, una especie de carro con adrales y al cual está enganchado un poderoso y pesado caballo. Luis XVI había sido conducido todavía a la muerte, solemne y respetuosamente, en su cerrada carroza de corte, protegido por las paredes de cristal contra la más grosera curiosidad y el más ofensivo odio. Pero, después, la República ha seguido avanzando desmedidamente en su camera CroppedHeadsimpetuosa; también exige igualdad en el viaje de la guillotina; una reina no debe morir más cómoda que cualquier otro ciudadano; un carro de adrales es suficiente para la viuda de Capeto. Como asiento le sirve sólo una tabla puesta entre los travesaños, sin almohadón ni cubierta alguna; también madame Roland, Danton, Robespierre, Fouquier, Hébert, todos los que envían ahora a María Antonieta hacia la muerte, harán su último viaje sobre la misma dura tabla; sólo un breve trecho de camino precede la condenada a sus condenadores.

     Primeramente surgen del oscuro pasillo de la Conserjería algunos oficiales, y detrás de ellos toda una compañía de la guardia con el fusil al hombro; después María Antonieta, tranquila y con seguro paso. El verdugo Sansón lleva cogido el extremo de la larga cuerda con la cual ha atado a la espalda las manos de la reina, como si hubiese peligro de que su víctima, rodeada de centenares de guardias y soldados, pudiera todavía escaparse.

     Involuntariamente, la muchedumbre queda sorprendida por esta humillación insospechada a innecesaria. No se alza ninguno de los sarcásticos gritos habituales. En completo silencio, se deja que la reina avance hasta la carreta. Llegados allí, Sansón le ofrece la mano para subir. Junto a ella se sienta el clérigo Girard, vestido de paisano, mas el pere duchesneverdugo permanece en pie, inconmovible el semblante, con la cuerda en la mano; lo mismo que Carón las almas de los difuntos, lleva a diario su cargamento, con impasible corazón, a la otra orilla del río de la vida. Pero esta vez, tanto él como sus ayudantes, durante todo el trayecto llevan bajo el brazo el sombrero de tres picos, como si quisiesen disculparse de su triste oficio ante la mujer indefensa que conducen al patíbulo.La miserable carreta avanza lentamente, bamboleándose sobre el pavimento. Con toda intención se deja tiempo para que cada cual pueda considerar suficientemente este espectáculo único. Sobre su duro asiento, le daña a la reina hasta el tuétano de los huesos cada vaivén de la grosera carreta sobre el mal pavimento, pero, inconmovible el pálido semblante, con sus ojos orlados de rojo mirando fijos ante sí, María Antonieta no da ninguna muestra de miedo o de dolor a las apretadas filas de curiosos. Reconcentra todas las fuerzas de su alma para mantenerse enérgica hasta el final, y en vano sus más crueles enemigos acechan para sorprender en ella un momento de debilidad o desaliento. Pero nada desconcierta a María Antonieta, ni siquiera que, junto a la iglesia de Saint-Roche, las mujeres allí reunidas la reciban con los habituales sarcásticos clamores, ni que el comandante Grammont, para animar la fúnebre escena, cabalgue delante del carro de la muerte con su uniforme de guardia nacional y, blandiendo el sable, exclame: «¡Aquí tenéis a la infame Antonieta! Se ha fastidiado ahora, amigos míos». El semblante de la reina permanece inmóvil, como de bronce; parece no oír ni ver nada. Las manos atadas a la espalda le hacen levantar un poco más la cabeza; mira derechamente ante sí, y todos los abigarrados y bárbaros cuadros de la calle no penetran ya en sus ojos, que, en su interior, se encuentran ya anegados por la muerte. Ni un estremecimiento mueve sus labios, ningún escalofrío recorre su cuerpo; totalmente señora de sus fuerzas, permanece allí sentada, orgullosa y desdeñada, y hasta el mismo Hébert tiene que confesar al día siguiente en su Père Duchéne: «Por lo demás, la muy bribona se mantuvo hasta el final audaz a insolente». 

      En la esquina de la calle de Saint-Honore, en el sitio del actual café de la Régence, esperaba un hombre, lápiz en ristre y una hoja de papel en la mano. Es Luis David, una de las almas más Louis david Mort de maratcobardes al mismo tiempo que uno de los mayores artistas de la época. Siendo uno de los que gritaron más alto durante la Revolución, sirve a los poderosos mientras están en el poder y los abandona en el peligro; pinta a Marat en su lecho de muerte; el 8 Thermidor le jura patéticamente a Robespierre «vaciar con él el cáliz hasta las heces», pero ya el día 9, en sesión fatal, está agotada su sed de heroísmo y el triste personaje se retira a su casa para esconderse, librándose de la guillotina mediante esta cobardía. Enemigo encarnizado de los tiranos durante la Revolución, será el primero que se convierta al nuevo dictador, y para ello, después de haber pintado la coronación de Napoleón, trocará su antiguo odio a los aristócratas por el título de barón. Arquetipo del eterno tránsfuga que corre tras el poder, lisonjeador de los triunfadores, despiadado con los vencidos, pinta a los vencedores en su coronación y a los derrotados, camino del patíbulo. Desde lo alto de la misma carreta que lleva a María Antonieta, también Danton, que conoce bien su lamentable carácter, lo descubrirá más tarde, y rápidamente, al paso, ha de cruzarle la cara con el latigazo de esta despreciativa injuria: «¡Alma de lacayo!». 

     Pero aunque tenga alma de criado y un corazón cobarde y miserable, este hombre posee un ojo magnífico y una mano impecable. En un bosquejo, fija de modo imperecedero, en la volandera hoja de papel, el semblante de la reina tal como va camino del cadalso: boceto espantoso y magnífico, dotado de siniestra fuerza, arrancado de la propia vida, caliente y palpitante: una mujer envejecida, ya no bella, pero todavía orgullosa. La boca cerrada con soberbia, como si gritara hacia dentro; los ojos indiferentes y ajenos a lo que ocurre, va sentada, con las manos atadas a la espalda, tan recta y desafiadora sobre su carreta de adrales como si estuviese en un trono. Un indecible desprecio nos habla desde cada uno de los rasgos de su rostro como de piedra; una inconmovible decisión se ve en el busto bien erguido; una resignación que se ha transformado en pertinacia, un dolor que internamente ha llegado a ser una fuerza, prestan a esta atormentada figura una nueva y terrible majestad. Hasta el mismo odio no puede ocultar, en este dibujo, la nobleza con que María Antonieta triunfa de la vergüenza de la carreta de adrales con su actitud magnífica.

      MAntonietaCarretaLa gigantesca Plaza de la Revolución, la actual Plaza de la Concordia, está llena de gente. Diez mil personas se encuentran allí de pie desde por la mañana temprano, para no perder aquel espectáculo único de ver cómo una reina, según la grosera frase de Hébert, es «afeitada por la navaja nacional». Horas enteras lleva ya de espera la curiosa muchedumbre. Para no aburrirse, se charla un poco con una linda vecinita, se ríe, se bromea, se compran periódicos o caricaturas a los voceadores, se hojea el más reciente folleto de la actualidad: Les Adieux de la Reine à ses mignons et mignonnes (adiós de la reina a sus homosexuales y lesbianas) o Grandes fureurs de la ci-devant Reine (grandes furores de la antigua reina). Se trata de adivinar, en voz baja, qué cabezas caerán aquí, en el cesto, en los días siguientes, y, mientras tanto, se adquiere limonada, panecillos o nueces de los vendedores callejeros: la gran escena bien merece un poco de paciencia.

       Sobre este hervidero de curiosos, negro y ondulante, se elevan rígidamente dos siluetas, las únicas cosas sin vida en aquel espacio cargado de animación humana: la esbelta línea de la guillotina, con su puente de madera que lleva del más acá al más allá; en lo alto de su yugo centellea, bajo el turbio sol de octubre, el brillante indicador del camino, la cuchilla recién afilada. Ligera y esbelta, se recorta sobre el cielo gris, juguete olvidado de un dios horrendo, y los pájaros, que no sospechan la tenebrosa significación de este cruel instrumento, juguetean despreocupadamente sobre él en sus revoloteos.

       Severa y grave se levanta allí al lado, dominando a esta tremenda puerta de la muerte, la gigantesca estatua de la Libertad, sobre el pedestal que sostuvo en otro tiempo la estatua de Luis XV. Tranquilamente se muestra allí sentada la inaccesible diosa, coronada la cabeza con el gorro frigio, meditando con la espada en la mano; permanece allí sentada, piedra sobre piedra, la diosa de la Libertad, y mira soñadora ante sí. Sus blancos ojos sin pupila miran más allá de la muchedumbre, eternamente inquieta, que se tiende a sus pies, y mucho más allá de la inmediata máquina mortífera, fijándose en algo lejano a invisible. No ve en torno suyo lo humano, no ve la vida, no ve la muerte, la incomprensible y eternamente diosa amada, con sus soñadores ojos de piedra. No oye los gritos de todos aquellos que la llaman, no advierte las guirnaldas que se cuelgan en torno a sus rodillas de piedra, ni la sangre que abona la tierra bajo sus pies. Símbolo de un eterno pensamiento, extraño entre los hombres, permanece silenciosa y contempla en la lejanía una invisible meta. Ni pregunta ni sabe qué cosas se realizan en su nombre.

     CharlesHenriSansonDe pronto se agita la muchedumbre, se alza en conmoción, para quedar después súbitamente muda. En este silencio se oyen ahora unos salvajes gritos que llegan desde la calle Saint-Honoré; se ve la caballería que precede al cortejo, y después, bamboleándose al dar la vuelta a la esquina, la trágica carreta con la mujer amarrada que en otro tiempo fue señora de Francia; de pie, detrás de ella, con la cuerda llevada orgullosamente en una mano y humildemente el sombrero en la otra, viene Sansón, el verdugo. Un silencio total se hace ahora en la plaza gigantesca. Los vendedores no lanzan sus pregones, enmudece toda lengua; tan grande llega a ser el silencio, que se perciben los pesados pasos del caballo y el chirriar de las ruedas. Las diez mil personas que poco antes charlaban y se reían animadamente, se sienten de pronto oprimidas y contemplan con una mágica emoción de horror a la pálida mujer atada que no mira a nadie. Sabe que aquello no es más que la última prueba. Sólo cinco minutos hasta morir, y después la inmortalidad.

      La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma alada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de 1a neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, ya los postreros, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo. guillotina MA150Ya está terminado todo. Los verdugos la cogen por los hombros; la arrojan, con un rápido impulso, sobre el tablero, con la nuca bajo el filo; un tirón de la cuerda, un relámpago de la cuchilla, que cae zumbando, un golpe sordo, y Sansón coge ya por los cabellos la cabeza que se desangra, alzándola bien visible a los cuatro lados de la plaza. De repente, el horror que cortaba el aliento de las diez mil personas se resuelve ahora en un salvaje grito de «¡Viva la República!» que retumba al salir de unas gargantas libradas ahora de una furiosa congoja. Después, la muchedumbre se dispersa casi presurosa. Parbleu!, realmente son ya las doce y cuarto, más que tiempo para la comida del mediodía; ahora, de prisa a casa. ¿Para qué estar aún más tiempo dando vueltas por allí? Mañana, y todas las próximas semanas, y meses, podrá casi todos los días, en la misma plaza, contemplarse veces y veces idéntico espectáculo.

      Es más de mediodía. La muchedumbre se ha dispersado. En un carretoncillo se lleva el ejecutor de la justicia el cadáver, con la sangrienta cabeza entre las piernas. Algunos gendarmes guardan todavía el cadalso. Pero nadie se preocupa de la sangre que va empapando lentamente la tierra; aquel lugar vuelve a quedar vacío.

      Sólo la diosa de la Libertad con sus soñadores ojos de piedra, ha permanecido inmóvil en su sitio, y contempla sin cesar, allá en lo remoto, una meta invisible. No ha visto ni oído nada. Severamente, columbra una eterna lejanía más allá de las salvajes y locas acciones de los hombres. No sabe ni quiere saber qué cosas se hacen en su nombre.                   

 

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